Las vueltas de la vida: de la Asamblea a Podemos

Hace un par de años, con todo el tinglado del 15M, participé en la asamblea que se montó en mi barrio.

En una asamblea llena de gente desconocida, acabas encontrando gente afín, con la que compartes postulados o con la que simplemente te llevas bien.

Durante la vida de dicha asamblea, observando su desarrollo, varios de los que teníamos puntos de vista similares iniciamos un debate privado, un intercambio de posturas, para comentar lo que no nos gustaba e intentar desarrollar propuestas con el fin de, si dábamos con algo consensuado, proponerlo al resto de compañeros.

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Rutas con Torpedo: La Guindalera – Pozuelo

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Ruta detallada en Wikiloc: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=6057599

Los cumpleaños están haciendo estragos en la presencia de Torpedos en nuestras rutas ciclistas. De nuevo Javi Rabanal era presa de la destrucción vital, así que quedábamos Pablo y servidor para seguir investigando rutas y salidas desde el barrio hacia el mundo.

Damos por abandonado el Sur y nos dirigimos hacia zonas más verdes y prósperas (y desagradables socialmente hablando, en principio) buscando más y más caminos. Salir en bicicleta desde el barrio tiene su componente heroico, la destrucción de las barreras mentales rompiendo las físicas, ¡sí se puede salir de Madrid sin coche! Es difícil, nadie lo piensa, pero se puede.

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Rutas con Torpedo: La Guindalera – Alcorcón – Leganés – La Guindalera

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Guindalera – Alcorcón: La Ruta

http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=5949680

Tras la fría semana llegó un sábado en el que asomaba el sol levemente, así que decidimos emprender nueva ruta Torpeda desde el barrio. En estas indagaciones de conquistadores del Siglo XXI explorábamos nuevo camino al Sur para llegar hasta Alcorcón, bautizando la ruta como “El Alcorconazo”, en homenaje a uno de los grandes hitos de la Historia de la Humanidad.

Aunque nos volvió a fallar Javi, Pablo y servidor nos juntamos con otro Javi, que se presentó con su bólido de carretera en la Plaza de San Cayetano.

Esta vez madrugamos un poquito más. Es jodido madrugar más un sábado, pero si hay que atravesar Madrid en bicicleta es la mejor opción. Los sábados, cuanto antes mejor. Habría que salir según sale el sol para dejarse de mandangas.

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Rutas con Torpedo: La Guindalera – Leganés – La Guindalera

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Ruta en wikiloc: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=5784401

El pasado sábado hicimos nueva expedición los Torpedos de La Guindalera, con la ausencia destacada del fenómeno Javi, que no pudo sumarse a nuestra nueva ruta de investigación. El objetivo principal para las próximas salidas es, además de coger dinámicas de rodaje, encontrar salidas de Madrid desde el barrio por distintos caminos, lo cuál tiene sus fascinantes momentos poligoneros.

Esta vez tocaba ir a Leganés. El día era soleado, lo cuál estaba bastante bien porque en la bici se puede también pasar frío. Por fortuna yo había hecho derroche de flipación y me compré en Mammoth todo tipo de prendas para estar preparado para las adversidades meteorológicas. La salida desde La Guindalera para ir a Leganés fluye yendo hacia el carril bici de O’Donnell, que es un carril bici tan malo como el resto de los de la ciudad, con seres que lo pueblan tales como la señora anciana que decide parar en seco en medio del carril para ser atropellada, o el niño kamikaze que te ve y se lanza a morder. ¡Ah, la vida!

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Rutas con Torpedo: La Guindalera – Coslada

Buenas amiguetes Me he dado el capricho de pillarme una bici decente después de llevar 17 años con viejas Mountain Bike, primero una mía y después una de mi hermano. La afortunada ha sido una Trek DS 8.6 , una bici híbrida que es un auténtico pepino, que responde al nombre de “Torpedo”, así que iré poniendo por aquí varias rutas por si alguien se anima a copiarlas o a compartir información. A mí la verdad es que no me motiva ir a un sitio a dar vueltas ininterrumpidas con la bicicleta, lo que me gusta es partir de un punto A y llegar a un punto B, y alejar cada vez más ese punto B. De paso uno hace turismo y aprende nuevos caminos. He inaugurado las rutas con una facilita, desde La Guindalera hasta Coslada

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La Guindalera bajo la piqueta

Aunque he vivido en diferentes barrios porque mi familia se ha movido varias veces y aunque tengo orígenes que van y vienen por el mundo y la península, no se por qué pero incluso desde antes de vivir en el barrio de La Guindalera me siento un guindalero casi nativo. Será porque es el barrio de mis abuelos y cuando vivíamos en Valencia y veníamos a Madrid es el barrio en el que estaba y el que identifico siempre con mis recuerdos más lejanos de esta ciudad. Porque es el barrio de mi madre y siempre contaban historias increíbles de vaquerías y caballos pululando por lo que entonces era el extrarradio de la ciudad. Después por casualidades de la vida me emparejo con la Reina, que es de La Guindalera desde que nació, y varios amigos que hago son de La Guindalera o alrededores y el barrio acaba siendo punto de confluencia. Además de esa vinculación afectiva y personal, que sucede mucho antes de que yo resida en el mismo, me gusta el barrio porque está bien localizado, porque es un barrio de calles estrechas con gente pululando por enmedio de la calzada, porque tiene un origen sencillo que todavía se puede respirar, todo ello pese a estar encuadrado por vía de reglamento municipal en el distrito más elitista de la ciudad. Pero cualquiera pasea por las calles y ve que no es lo mismo Claudio Coello que Andrés Tamayo.

El caso es que me gusta el barrio con sus cosas buenas y malas y también como aficionado siempre miro los temas de urbanismo, además de que me gusta la historia de las pequeñas cosas. Siempre me interesan más las ciudades que respiran historia y mantener dicha historia no pienso que sea difícil si desde los diferentes organismos se hacen bien las cosas. No digo que haya que anclarse en el pasado, si fuese así viviríamos en chozas de barro, pero sí mantener la idiosincrasia de las ciudades. El problema que pasa en Madrid es que los esfuerzos del Ayuntamiento, en este sentido, se centran exclusivamente en la zona Centro y Madrid de los Austrias, que es una zona sin duda preciosa pero no la única parte de la ciudad. Respecto a los cascos históricos fusionados por decreto sólo podemos hablar de destrucción y lo mismo podemos decir de los que a finales de siglo XIX y principios del XX fueron los barrios de las clases populares, como pueden ser La Guindalera y Prosperidad, por citar los que me pillan más a mano.

La historia de La Guindalera no tiene gran misterio. Madrid crece con el ensanche que plantea el Marqués de Salamanca, lo que era originariamente el Barrio de Salamanca, en el que se instalan gentes pudientes en pisos maravillosos con agua corriente. Y al otro lado del Paseo de Ronda, hoy Francisco Silvela, los migrantes que venían a buscarse la vida, fundamentalmente aragoneses, se instalan a la buena de Dios en la Prospe y en la Guinda. Los terrenos se urbanizan de aquella manera, con una planificación de calles entre la espontaneidad y la cuadrícula, y las casas son las más baratas y/o las que se puede construir cada cual. Así se mantiene el barrio durante sus primeros cien años pero en los 70 y los 80 llega el ladrillo visto con toldo verde y se empieza la re-urbanización sin orden. Donde había casas bajas en las que no todas las familias tenían coche se meten edificios de seis alturas con tres apartamentos en cada una y así se genera parte del caos. Las casas bajas sucumben poco a poco y la identidad del barrio se va alterando, se decide en la reordenación de distritos de los años 80 sacarnos del distrito Buenavista (en el que estaba La Guindalera junto a Prosperidad) y nos encajan en el Distrito Salamanca, los precios se disparan por cuestión nominal, pero Andrés Tamayo sigue sin ser Claudio Coello y cuando vienen las vacas flacas llega el abandono de locales y pisos porque ya no cuela aquello de “magnifico local en pleno Barrio Salamanca” o “loft luminoso en calle concurrida del Barrio Salamanca”.

Mantener la historia de un barrio, sea La Guindalera u otro, mediante su estructura urbana, no es una defensa de las cosas tal cual eran hace 50 o 100 años, sino una apuesta por integrar lo que fuimos y lo que somos con lo que seremos. Y mantener la humildad, que siempre hace falta, además de tener un criterio estético que haga la ciudad más atractiva. En Madrid la tendencia es la de la ciudad centrípeta , cuando la ciudad debería ser desnuclearizada, tendiendo a modelos de cercanía. Ni ciudades centrípetas donde solo se utiliza el centro urbano ni centrífugas yankis de residencias en los “suburbs”. Mejor ciudades como Tokio, Berlín o Nueva York en las que las cosas están en todos los barrios y todos los barrios son susceptibles de tener vida. Todo depende de por qué modelo de ciudad apuestes y aquí la apuesta es pisos en unos barrios, consumo y trabajo en otros, la historia está en el centro y lo demás no ha existido.

Esta reflexión nace porque en mi barrio es muy difícil encontrar resquicios de su breve historia. Ya se ha hablado de ello en blogs como Urban Idade y es que apenas quedan varios resquicios del Madrid Moderno, la Colonia Iturbe (las casas de Avenida de los Toreros), la Colonia de los Carteros (las “casitas blancas”, al final de Martínez Izquierdo) y casas sueltas aquí y allá (un par en la zona del Parral). De las casas que serían, digamos, originarias del barrio, queda poco en su aspecto original. Algunas fueron “creciendo”, es decir, se fueron metiendo pisos, se ve claramente en muchas que cada piso es “de un color”, o unas tienen ladrillos más oscuros en la planta baja, más claros arriba, cosas de este tipo. Casas que se mantengan, digamos, como fueron creadas, hay pocas y sin protección ninguna. Por ejemplo, en Calle Iriarte número 43 hay una, y en Ardemans esquina con Juan de la Hoz hay, por poco tiempo, unas pocas.

Digo por poco tiempo porque el pasado jueves nos las encontramos de esta guisa, en proceso de demolición como hacen ahora, piso por piso.

Siempre pensé en darles algún uso público a esas casas, sería la mejor manera de mantenerlas con vida. Reformarlas, adaptar sus condiciones a las ventajas que puede haber en el día de hoy y hacerlas partícipes de la vida en el barrio.

De lo poco que conozco, pocas demoliciones en el barrio han sido a mejor. A mejor podría haber sido mantener el barrio vivo, con sus redes sociales intactas, reformando y adaptando las casas que había. Pero aquí se tira de piqueta porque los propietarios siempre piensan que con el ladrillo hay futuro, puesto que aquí nadie aprende. Así han sido derribadas una serie de casas históricas del barrio y desde hace años siguen los solares vacíos , a saber: Eraso 32, Juan de la Hoz esquina con Pilar de Zaragoza, José Picón esquina con Pilar de Zaragoza (aquí había un pequeño chalet, Villa Carmen o Villa Cándida, algo así), la antigua casa de Ceuta en Francisco Navacerrada (que llevaba la estructura de las casas del llamado “Madrid Moderno”), el viejo edificio de Ardemans con José Picón, algunas casitas de Pintor Moreno Carbonero (a destacar una que derribaron, construyeron un edificio y ahora, un par de años después, está totalmente nuevo y totalmente abandonado)… Vaya, que se cargan el barrio para llenarlo de agujeros. Y cargarse un barrio es cosa fina porque hablamos de abandono privado y público y destrucción de un entramado social, que viene a ser destrucción de la comunidad humana, todo para nada, para dejar ahí los solares de la vergüenza.

La realidad es que a este barrio pertenecer al Distrito Salamanca no le beneficia en nada. Estéticamente y urbanamente, junto al barrio vecino de Fuente del Berro, somos la Cara B de la Junta de Distrito, la parte a la que nadie hace ni puñetero caso ni en cuidado de las calles ni en servicio ninguno. Mejor cuidar la calle Serrano que la calle Cartagena, vende más. La realidad es que a nivel popular estar encajados en dicho distrito sólo sirve para subir los precios de la vivienda y de los locales, pero como la gente no es tonta, no paga a precio de Barrio Salamanca casas de Tetuán (lo digo porque, por analogía, seríamos un barrio más parecido a aquel que a este). Y unos pocos propietarios siguen cargándose las casas jugando a especular con el suelo esperando que la crisis pase pronto y se forren, pero por eso yo me alegro, porque la economía del ladrillo no va a volver y se van a comer sus solares vacíos por décadas. Ojalá alguien apostase por mantener los barrios de la ciudad, todos los que hay y no sólo los del centro histórico y los ricos,  pero eso es mucho desear con la que está cayendo. El PP repetirá alcaldía y del PSOE nadie decente puede esperar nada. Y aquí hay una Asociación de Vecinos fantasma, que nadie sabe quien la compone, que no da facilidades a nadie para ser contactada pero que siempre sale en los medios autoerigida en portavoz de un barrio que no sabe quien demonios son.

Historias de La Guindalera por Antonio y Angelines

Madrid es una ciudad llena de barrios interesantes. Sin embargo, a la hora de encontrar información sobre cualquier cosa, todo se centra en el Madrid de los Austrias y zonas aledañas (me refiero en medios oficiales, en Internet por suerte se encuentran más cosas de otros barrios, aunque hay que hacer mucho trabajo de búsqueda). En cierto modo es lógico porque al ser lo más antiguo tiene muchas más historias. Pero eso no quiere decir que sean las “únicas” historias. Creo que una ciudad, y lo defiendo siempre, gana interés conforme sus barrios ganan interés. Me gustan las ciudades descentralizadas en las que hay vida en todos los barrios (Nueva York y Tokio, que yo conozca, quizás también Londres pero ahí no he estado) y en cada barrio hay una historia. Me gusta la idea de la gran ciudad como suma de barrios con multitud de anécdotas y me gusta la gente que es “barrionalista” porque le da vida a la ciudad. No me gusta la idea de que Madrid tiene el centro para algunas cosas, los polígonos comerciales en las afueras para otras y barrios históricos que no son del centro derruidos a golpe de piqueta para transformarlos en residenciales-céntricos-gentrificados.

Como me gusta conocer historias de los barrios y no siempre es fácil encontrar información, el otro día decidí interrogar a mis abuelos sobre historia de mi barrio. No conozco a nadie que lleve más tiempo viviendo en La Guindalera, aunque seguro que hay alguien de su misma edad que lleve más años. Mis abuelos llegaron a este barrio en 1952. No se criaron aquí, mi abuelo es nativo de Cuenca, sus padres son de Cuba y Valencia (me viene la vía valenciana también por el otro lado) y se crió en el barrio de Malasaña, que entonces todos llamaban de Maravillas. Mi abuela si nació en Madrid, en Lavapiés, su padre era de Carmena (Toledo) y su madre de Cifuentes (Guadalajara), se crió en el barrio de Arapiles. Llegaron a La Guindalera por las cosas de la vida, por lo que ha movido siempre a la gente, el trabajo. Mi abuelo había terminado la carrera de Magisterio y se topó con un anuncio en un periódico que decía “Se traspasa colegio”. Así se hizo con las riendas del Colegio San Fernando, en la calle de Ardemans esquina con la calle Bejar, y pasaron a vivir ahí (actualmente hay un edificio nuevo con la tienda “Excalibur” de juegos de mesa). En realidad vino mi abuelo de avanzadilla en el 52, mi abuela hasta que no se casaron no vino, fue ya en el 54.

En 1952, venir a La Guindalera era como irse ahora a vivir a Sanchinarro. Sólo que esto no era un barrio de casas modernas organizadas. Después de La Guindalera no había ya más Madrid, si ibas hacia el Este llegabas a Canillejas, que por aquel entonces era un pueblo independiente de Madrid (por poco tiempo). En palabras de mi abuela, venir aquí era como irse a vivir a “un poblacho”. Todas las casas eran bajas, había muchos hotelitos. Las casas más altas de su entorno eran el propio colegio, que tenía dos plantas, y la casa de enfrente, que tenía cuatro. Mi abuela dice que desde su habitación veía la calle de Diego de León y el trasiego que tenía. Todas las calles estaban adoquinadas y apenas pasaban coches. Tanto era así que cuando en el Colegio era el cumpleaños de algún alumno, salían a hacer bailes en plena calle con un organillo que tenía el señor del ultramarinos que había al otro lado de la calle, llamado Quintín. Donde estaba Quintín ahora hay una tienda de chinos, imagino que como en casi todas las tiendas de ultramarinos de esta ciudad. En la esquina frente a Quintín, otra de las cuatro esquinas de Ardemans-Bejar, donde ahora está “Casa de comidas Béjar” había un restaurante de un tal Valentín. Cada vez que hacían una fiesta, Valentín les hacía barriles de sangría enormes, no recuerdo si me dijeron que Valentín se los llevaba a la casa o eran ellos los que iban a buscarlo.

El día a día del barrio tenía cosas curiosas. Por ejemplo, había unos misioneros. Sí, sí, misioneros, gente que iba a “evangelizar” por decirlo de alguna forma, a las gentes que vivían en esos barrios perdidos. Vaya, como cuando iban los curas en los años 70 al Pozo del Tío Raimundo, sólo que 20 años antes. Iban por las calles todas las mañanas rezando el Rosario y se juntaban también en la Plaza de San Cayetano, que todo el mundo llamaba “la playa”, porque hasta hace unos años fue un arenal (y era mejor que la chapuza de ahora). Además de misioneros, pasaban por ahí caballos, porque en el Club Deportivo Apostol Santiago, que estaba en la calle Méjico al final del todo (lo que venía siendo un club deportivo en las afueras), había equitación, por lo que tenían una señora “inglesa o alemana” que paseaba a los caballos.

Siguiendo con la calle Ardemans, recuerda mi abuelo que en la esquina con Juan de la Hoz había una señora que fabricaba galletas para helados y también hacía “sagradas formas”. La propia señora llevaba un rollo “Juan Palomo”, porque se encargaba de hacer las cosas y después iba con una cesta por las casas ofreciendo a la gente.

En la siguiente esquina hacia abajo, Ardemans con Méjico, vivió en un hotelito la vedette Laura Pinillos, que por lo visto hizo una famosa obra llamada “Socorro en Sierra Morena”. Esta no se si vivía allí al mismo tiempo que mis abuelos o había vivido anteriormente. Por cierto, que investigando sobre esta mujer he dado con que hubo una obra llamada “Miss Guindalera” de Selica Pérez Carpio, habrá que hacerse con ella. (siguiendo con la búsqueda, he encontrado: Miss Guindalera, sainete madrileño en un acto, original de Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo. Música de Jacinto Guerrero. Estrenada el 28 de Agosto de 1931 en el Teatro Calderón de Madrid http://lazarzuela.webcindario.com/Efem/agosto.htm )

En aquellos años, cuando vinieron al barrio, este estaba comunicado con el tranvía 40 que iba a Prosperidad y más allá. También estaba el metro en Diego de León, aunque llegar a él no era tan fácil. En estos días, cuando yo quiero ir al Metro bajo Ardemans y giro en Béjar a la derecha, saliendo así a Francisco Silvela. A finales de los años 50, la calle Béjar terminaba siendo un callejón sin salida, no salía a Francisco Silvela. Al final de la misma, en lo que hoy sería el edificio que es Béjar,1 (donde hay una farmacia) y la llamada “plazoleta” de Diego de León, todo era un descampado. Esto estaba vallado, por lo que al ir recto por Béjar acababas topando con una valla y no podías salir a Francisco Silvela. Dice mi abuela que había un gran anuncio en el que ponía “Hipofosfito Salud”. Como no se podía salir a Francisco Silvela, la gente del barrio hacía un agujero en la valla para poder entrar en el Metro, cuya boca estaba entonces en medio de Francisco Silvela ya que aquella calle no era la “autopista” que es hoy sino un tranquilo bulevar. Doctor Esquerdo, Francisco Silvela, Joaquín Costa, todo eso era un bulevar tranquilo llamado “Paseo de Ronda” por donde se podía pasear tranquilamente. Cuando edificaron el descampado que ponía fin a Béjar, se amplió la calle y en el edificio que ahora es el número 1 de Béjar pusieron las Mantequerías Leonesas, que ahora son el Supermercado Márquez y dice mi abuela que eran mucho mejores las Mantequerías.

En Béjar y en muchas partes del barrio había muchas lecherías a donde iban diariamente a comprar la leche. Al final de la C/Méjico había incluso una vaquería, estaban las vacas ahí con la cabeza fuera, según pasabas por la calle las veías. Ese edificio de la vaquería lleva años abandonado y totalmente tapiado, quien sabe si será propiedad del señor terrateniente Lazcano, que posee toda esa zona del barrio y hace lo que le da la gana.

En la calle Agustín Durán había muchas tiendas de todo tipo de materiales, cosa que no ha cambiado en la actualidad. En Pilar de Zaragoza esquina con Alonso Heredia había una pescadería que es donde compraba mi abuela, luego los de la tienda se trasladaron al mercado, el cuál está igual que entonces sólo que ahora hay calefacción y aire acondicionado. Esa pescadería pasó a ser propiedad de otros pescaderos del mercado, Cortizo, que siguen estando ahí. El mercado tiene un par de puestos buenos aunque el resto no es nada del otro mundo, habría que hacer algún esfuerzo por impulsarlo un poco.

Según mi abuelo, en el barrio hubo muchas fundiciones que el visitó incluso antes de vivir ahí en el 52, ya que se dedicaba en sus ratos libres a la escultura. En la calle Martínez Izquierdo con Ardemans había una que mi abuelo frecuentó mucho ya que el fue el encargado de hacer la cola del caballo y la barba del Cid de la estatua que hay del Cid en Burgos. Esa fundición se llamaba “Fundición Codina”. El taller para modelar lo que hacían estaba en la calle Londres. Cuando se edificó esa esquina fue ahí a vivir la tía Tile, que es la hermana mayor de mi abuela. Hablamos de estos edificios típicos de Madrid y tan masivos en tantos barrios, con los ladrillos que se ven y los tolditos verdes. De estos edificios hay muchos en La Guindalera porque es un barrio que tiene el deshonor de ser de los primeros arrasados por la piqueta y al ser entonces casi un pueblo fue relativamente fácil acabar con casi todo. Dicen que en el solar de al lado de donde vivía la tía Tile se tardó mucho en hacer edificios grandes, lo que había era una especie de pequeña colonia de casitas blancas con un gran patio interior, cuando hacía calor la gente sacaba el colchón y dormía en el patio. Hablamos de los años 60/70.  No idealizo tampoco la vida en casas que no tenían ni calefacción y a veces ni agua corriente, pero creo que la remodelación del barrio, de este o de cualquiera, debería respetar un poco arquitectónicamente su esencia y mantener ciertos criterios estéticos. Ahora tenemos un barrio lleno de calles sin retranquear con construcciones de todo tipo.

Además de fundiciones, por lo visto había también platerías. Por ejemplo, en la calle Andrés Tamayo. El Colegio San Fernando que regentaba mi abuelo era al principio, debido a la normativa de esa época, un colegio sólo de chicos. El hermano pequeño de mi abuelo, el tío Paco, terminó magisterio y lo que hicieron fue ampliar el proyecto del colegio cogiendo un hotelito en la calle Andrés Tamayo que destinaron a ser colegio de chicas y también parvulario. Este hotelito por lo visto tiene historia negra porque antiguamente se había encontrado ahí un muerto. Lo del hotelito este y lo del colegio al final terminó debido a diferentes circunstancias, el tío Paco siguió viviendo en la planta de arriba y alquiló la planta baja a un director de cine que se fue haciendo conocido, un tal Víctor Erice. Este hotelito ya no existe aunque en Andrés Tamayo todavía queda una casita.

Como se ve, mis abuelos vivían y siguen viviendo en lo que podríamos llamar “La Guindalera vieja”, que sería la parte originaria de La Guindalera, encajonada entre la calle Coslada, la calle Cartagena y la Avenida de los Toreros. La calle Cartagena dicen que siempre fue parecida a lo que es en nuestros días, más un símil de la típica carretera que atraviesa un pueblo que una calle viva con gente caminando. Ahora administrativamente el barrio de La Guindalera abarca más zonas, que están diferenciadas de la parte original pero al mismo tiempo el paso de una a otra es algo muy difuso, pasas de un lado a otro sin darte cuenta, mientras que para salir del barrio al completo hay que pasar calles muy bulliciosas como la Avenida de América, Francisco Silvela, la calle de Alcalá o la M30. De esas otras zonas mis abuelos también tienen algunos recuerdos, aunque menos, ya que dice mi abuela que “esas partes no entraban en mis recorridos”.

De la parte de Ventas/Madrid Moderno, dicen que iban poco, aunque sí que tocaban mucho la calle Londres. Un motivo fue por el taller de modelación de esculturas al que iba mi abuelo. Y también porque según parece había unos estudios de doblaje pertenecientes a CIFESA en esa calle, en un chalet. La familia de mi abuela estuvo muy vinculada al mundo del cine, trabajando en distintos oficios. Mi bisabuela Ruperta, por ejemplo, era encargada de vestuario de muchas películas y Charlton Heston la tenía gran admiración (eran unos años en los que se hacían muchas producciones de Hollywood). Hubo, por cierto, una gran colección de autógrafos de estrellas del cine de esos años que ahora se han perdido. Bueno, el caso es que en la calle Londres estuvieron esos estudios de doblaje en un chalet en el que había muchas hortensias. Hacia la calle Roma y demás ya no se movían tanto. También hablan de que ya estaba ahí la Colonia Iturbe, las casitas que hay por Avenida de los Toreros.

Sí que recuerdan más la barriada del Parral, que es la parte ubicada en las calles Francisco Remiro y Antonia Ruiz Soro, entre otras. Dicen que si donde vivían ellos era un pueblecito, lo del Parral ya era un auténtico pueblo manchego, lleno de casitas muy bajas en las que en las puertas había cortinas de tiras de cuerda. Todo lo que ahora es el descampado del Parral, en el que se hacen mercadillos de trueque mensuales, eran entonces pequeños huertos. En las casas tenían también gallinas y todo tipo de animales, había también rebaños de ovejas que vivían allí y cuando los pastores sacaban a las ovejas a pasear, pasaban por toda La Guindalera, por Ardemans, por Méjico, por Agustín Durán… me lo intento imaginar y no lo consigo. Toda esa parte del Parral está ahora muy destruida, se hicieron casas nuevas y apenas quedan casitas pequeñas, queda una de una planta en Francisco Remiro y poco más. Es curioso lo de esta barriada porque apenas hay información de cómo era, ojalá por Internet pudiésemos encontrar testimonios de cómo era aquello, de gente que vivió ahí.

Todo lo que es ese descampado ahora formaba una especie de unión con otros que hay en Prosperidad o que hubo, como el emplazamiento donde han puesto ahora el hotel Puerta de América, ese de tantos colorines y tantos arquitectos, o donde está el edificio Torres Blancas. Ahí hubo un campo de fútbol llamado “El campo de los alemanes” en el que jugaba el Club Recreativo Guindalera. El resto era la nada y en esa nada había cuevas en las que vivía gente. En una de esas cuevas vivía una señora que iba a limpiar el colegio de mis abuelos. A la hija le preguntaron que le habían traído los reyes y les contestó que “los reyes no van a esos andurriales”.

Ahora se han hecho por ahí edificios nuevos que tienen poco que ver con lo que era el barrio y la Avenida de Camilo José Cela, que es lo más soso que puede existir. Entonces en esa zona había un gran vivero llamado “El jardín de sala”. Había eso y después descampados llenos de chabolas, no hablo del año 52 sino del año 90. También en torno a esa Avenida se han hecho ahora muchos lofts, en la parte del Polígono de Monteagudo, que por aquel entonces era un polígono mucho más grande con muchísimo más movimiento. La palabra loft yo creo que todavía no la había pronunciado nadie en los años 50 y 60.

Del Parque de Avenidas curiosamente tienen recuerdos para definirlo con total precisión: “en toda esa zona todo lo que había era campo y un arroyo”.

Y esas son las historias que me contaron mis abuelos. Seguro que hay muchas más que olvidaron contarme en su momento, pero la verdad es que hay muchas anécdotas que nos permiten hacernos una pequeña idea de cómo era todo esto y como es ahora. Ahora me propongo, a través de este pequeño espacio, encontrar más gente que viviese no sólo en la parte vieja de La Guindalera sino también en las otras partes, para poder sacar un poco la memoria del barrio y mostrar un poco que Madrid no es sólo el centro. También molaría conseguir un archivo fotográfico de cosas anteriores al año 90, mapas y demás. Yo pongo aquí esta piedra y si alguien me quiere contactar, pues correocaminoacasa@gmail.com .

Cortos: Verano en La Guindalera

Otra vez. Aquí estamos, los dos, con todo el calor. Siempre los únicos, tú y yo, que se quedan en Agosto en La Guindalera. Muchos son los llamados y pocos los elegidos, que diría aquel. Cuando llegaban las vacaciones la mayoría de los niños se iban a la playa con su familia, a meterse en apartamentos que compraban a plazos sus padres, al mar, mientras apenas una decena de chicos del barrio de nuestra edad sufríamos el asfalto caliente en este centro de la nada.

Me acuerdo, hace muchos años, de ir a comprar un ramo de flores en la calle Béjar con mi madre, que cuando llegaban estas fechas le daba por poner color al piso, imagino que para dar una imagen más alegre a todo mientras mi padre trabajaba todo el día. En la salida del Metro, esa que es una rampa, echabas carreras con otros niños, que luego me enteré de que eran tus primos. Casi nunca ganabas, te ganaba otro con el pelo rizado, pero insistías en repetir una y otra vez hasta que te llevabas alguna pequeña victoria. Ya tenías cara de pillo mientras subíais y bajabais, colorados, mientras os gritaban las viejas del barrio, “¡niños, que conozco a vuestro abuelo!”. Yo me quedaba mirando vuestras carreras mientras volvíamos a casa, con mi madre tirando de mí mientras giraba la cabeza y me moría de la envidia por las ganas que tenía de jugar.

Recuerdo, claro, jugar a la goma al lado de la calle de Ardemans y veros pasar corriendo porque a alguien se le habían caído muchísimas pelotas de tenis por una ventana y os peleábais por ver quien recogía mas. Poco os duró la alegría, porque cuando volvía a mi casa mientras mi madre me llamaba por la ventana, ya estaban la mayoría tiradas por el suelo, de nuevo, cerca de la Escuela de Danza. Parecías un duende, pequeño, muy delgado, con un bicho metido en el cuerpo.

Luego pasaba el año, te veía alguna vez por la zona, pero ¡ya era distinto! Ya el barrio volvía a su actividad, con las tiendas abiertas, la gente por la calle saludando de una acera a otra, los bares de tapas llenos, con el partido del Atleti los domingos en la tele,  y los de tu pandilla salían del cole en tropel mientras yo me iba a las clases de dibujo a las que me quiso apuntar mi abuela con el dinero que ganó en el bingo.

Así nos quedábamos, con nuestras vidas paralelas que no se tocaban nunca, hasta que volvía el calor, acababa el curso, nos daban las notas, a algunas nos daban la enhorabuena y a otros os caía una muy gorda, y con las vacaciones Santillana nos quedábamos mientras todos se iban. De un año para otro crecíamos un poco. No conocíamos más playa que la de San Cayetano, donde jugaba con Tere y Carmen, otras dos chicas del barrio que se quedaban siempre, aunque luego Carmen se mudó y nunca más la vimos. Saltábamos a la comba como si nos fuera la vida en ello y trepábamos algún árbol, por eso mi abuela me regañaba después, porque me había cosido un vestido y lo dejaba echo unos zorros, “una señorita no hace eso”. Tú jugabas al fútbol todo el día, ¡menudos pelotazos que pegábais! Recuerdo vuestra pelota, una pelota de color naranja, sonando al dar contra la pared del mercado, ¡vaya golpes! Dábais muy fuerte y hacía un eco que rebotaba, y las señoras siempre con el bastón en la mano, torciendo el gesto y santiguándose. Me acuerdo de un día que se os coló aquella pelota naranja en la casa esa que hay tan antigua en la calle Pilar de Zaragoza, intentabais trepar, tus amigos y tu, pero erais todavía muy pequeños. Os mirábamos curiosas hasta que desististeis de recuperar el balón y os quedasteis sentados en la acera, con las manos en las mejillas, con gesto fastidiado. Cuando os disteis cuenta salisteis corriendo detrás de nosotras, que salimos pitando hacia nuestras casas con un susto tremendo, ¡que borricos erais! Un día que iba tomando una limonada que hizo mi madre hubo una pelea de globos de agua con unos niños que venían de otro barrio, tomasteis San Cayetano y quedo todo hecho un Cristo. Aquel verano no te vi mucho más, porque te castigaron tus padres por hacer tanto el gamberro.

Y seguro que no te has olvidado de los baños en las piscinas del Apóstol. Ibas con tu abuela caminando por la calle Méjico, pero como querías ir de machito te daba mucha vergüenza que te vieran con ella y te dedicabas a ir corriendo, ¡pobre señora! Te perseguía dando voces, mientras tus primos se dedicaban también a hacer el loco. Cuando llegabais a Cartagena en tropel, dabais insistentemente al botón para que el semáforo se pusiese en verde. Mi madre y yo subíamos por la calle mirándoos, a mi madre le dabais miedo, “¡que niños mas malos!” decía siempre. En la piscina erais unos trastos, os dedicabais a hacer ahogadillas y más de una vez os llamaban la atención. Yo me iba al otro extremo para no cruzarme con vosotros.

A los 12 años ya íbamos mas sueltos por el barrio. Tu ibas siempre con tres chavales y os gustaba entrar a las naves abandonadas en la calle de Marques de Ahumada, o a una casa muy vieja que estaba en la calle Eraso. Ahí os metíais a fumar a escondidas, me lo contó mi amiga Tere, porque se hizo “novia” de uno de tus amigos y cuenta que pego tantas caladas que estuvo dos días vomitando. Os metíais por esas calles hasta llegar al pequeño vivero que había al final, y todos esos descampados donde siempre nos decían nuestros padres que no fuésemos porque había gitanos. Una vez fui con vosotros y me estuvisteis vacilando toda la tarde, me mandasteis a la Avenida de Bruselas a comprar unos kikos y cuando volví ya no estabais. Os estuve buscando como loca, por la parte esa de detrás de las casitas blancas donde siempre se juntaban los yonkis  y como no os encontraba me puse a llorar cuando una drogadicta se me acerco para pedirme veinte duros. La chica se asusto más que yo y se dio la vuelta con andar desganado. Resultó que estabais escondidos, mirándolo todo, y tu amigo Quique me vio tan triste que fue el único que me vino a consolar, mientras todos os moríais de la risa. A quien no se lo he perdonado todavía, y me encargo bien de recordárselo, es a Tere. Ahora han tirado casi todas aquellas naves (¿te acuerdas de que en una hubo hasta okupas?) y han hecho una avenida muy grande y solitaria en lo que era descampado. Poco queda ya de aquello, una casita medio derruida en la calle Oltra, en medio de todos esos edificios tan modernos donde vienen a vivir familias de dinero con sus hijos. Y me acuerdo, claro, del pobre Quique, siempre tan sonriente y amable, (¿vivía en Francisco Remiro, verdad?) con su chándal verde, del que lo ultimo que supimos es que le robó a sus padres todo el dinero que tenían debajo del colchón y alguien cuenta que le vio colocadísimo en Ibiza.

Eran esos primeros años en los que te haces más rebelde, las hormonas se te vuelven locas, las chicas maduramos antes y los chicos os ponéis mas tontos. Y así pasábamos el año, haciéndonos poco caso, diciendo hola y adiós al cruzarnos, hasta que volvía de nuevo Agosto, y aquí estábamos, preguntándonos como sería eso del mar. Empezábamos a hacer botellón en el Eva Perón en la parte de las mesitas, no íbamos juntos pero los que quedábamos de nuestras respectivas pandillas tampoco teníamos muchos más sitios a donde ir. Ahí estábamos a veces y otras muchas en las escaleras junto a la Plaza de Toros. Cerca de las casas de la calle Londres un chaval os vendía talegos de costo y os veíamos siempre con la risa tonta. Estabais mas vacilones que siempre, aunque tú siempre me hiciste gracia. “¡Hola rubia!”, decías, “¡me gustan tus trencitas!”, y luego te daba con llamarme “Pippi Langstrum”. Me hacia la cabreada mientras te ibas con tus amigos, que te reían las gracias, y yo despotricaba contándole a mis amigas que desde pequeño eras insoportable.

Pocos nos quedamos en el barrio cuando llega el verano. Acababa el instituto y al principio, en Junio, era la risa, porque salvo aquellos que tenían algunas para Septiembre, estábamos todos en Madrid y era una fiesta continuada. Me acuerdo del año pasado, en el cumple del “Gusano”, que hicimos un botellón en el descampado del Parral, el único que queda. Empezaste vacilando, como siempre, pero entre las risas y la bebida acabamos enrollándonos. Al día siguiente, con mucha resaca, vomitando, en el suelo del water con las manos agarrando la taza,  mientras mi madre me echaba la bronca se me hacia un nudo en el estomago pensando en aquel beso. Después se iban yendo unos y otros, a su pueblo, a su playa, a su no sé donde, y nos quedábamos otra vez solos, los cinco de siempre, con tantas tiendas cerradas. Aquel verano se me hizo larguísimo porque quería hablarte, quería decirte algo y tu estabas ahí, con tu pavo de siempre, bromista, mientras yo me moría por dentro por las ganas de transmitir no se sabe que. Después me evitabas, te ibas a Malasaña, y yo solo pensaba en el inicio del curso. Un poco antes de empezar las clases empecé a salir con Toni, y huías de mi mas todavía, ni me saludabas, ¡que raro era todo!

Cuantos recuerdos, ¿verdad? Y ahora estamos aquí, en el mismo descampado, subidos a la montañita, abrazados, mirando las estrellas de una noche de Agosto, otro verano mas, juntos, en La Guindalera.

Cortos: 2

Imagínate que por tus oídos fluyen estas letras narradas en francés. Imagina que un galán te susurra este relato con voz melosa.

Son las 8 de la tarde y la Gran Vía de Madrid es una olla a presión. Cada vez menos comercios tradicionales conviven con cada vez más negocios multinacionales o tiendas de ropa moderna con poky-poky sonando en los altavoces. La masa estúpida consume su café en alguno de los tres o cuatro Starbucks que hay entre Alcalá y Plaza de España. Pandillas de chavales de instituto hacen cola en el McDonalds o en el Burger. Chicas con dinerito en el bolsillo gastan euros para estar a la altura en la nueva temporada de moda. Junto al cine Capitol hay un mimo con unos gatos.

Grupos de guiris rosáceos avanzan con sus mochilas. Da igual que esté a punto de llover, pues están convencidos de estar en la tierra del sol y llevan chanclas playeras. Con calcetines algunos de ellos, horror. Dentro de una hora estarán borrachos y haciendo el ridículo en plena calle.

Los agentes de movilidad ponen la banda sonora en la calle. Al tiempo que hacen indicaciones manuales dan un tono imperativo mediante toques de silbato. Un pitido largo. Muchos pitidos cortos. Pitidos secos.

Por más que los agentes de movilidad se esmeran en sus funciones, lo cierto es que el panorama no es esperanzador. Pues a los silbatos de estos buenos funcionarios les acompañan los cláxones de tantos coches hartos del atasco. En uno de los coches, don Jacinto habla por el manos libres cerrando una importante operación. En esta furgoneta blanca, Kevin escucha reggaeton. Gloria lleva un Smart pequeño con un fox terrier en el asiento de copiloto, que mira concentrado por la ventanilla.

¿Ves esa parada de autobús atestada de gente? Paran diferentes autobuses. Todos los que están ahí cogerán alguno para regresar a casa. O quizá para encontrarse con los amigos, o con su pareja. Este atractivo cuarentón tiene que ir a hacer la maleta, pues mañana sale de Barajas con rumbo a Londres. Esta señora mayor va hacia Prosperidad cargada de bolsas. Ha pasado la tarde en el cine con unas amigas y ha comprado un regalo para su nieta, que cumple 18 años. Allí hay un señor sentado que medita sobre su vida. ¿Y esta? ¿Quién es? Esta chica con aire modosito va a dar mucho que hablar.

Nuestra chica trabaja en una oficina en plena Gran Vía, casi esquina con San Bernardo. Lleva una falda gris, una blusa blanca y una chaqueta gris. Un pequeño moño y gafitas redondas. Su día laboral no ha sido muy bonito. Su jefe es un ser despreciable que de tanto en tanto le da palmaditas en el trasero y le dice “hay que estar más atento”. Sus compañeros se dedican a contar chistes machistas, a leer el MARCA y a fanfarronear. Sus compañeras son unas marujas que hablan del peinado de la infanta o de si el torero le ha puesto los cuernos a su mujer.

El jefe hoy le ha echado la madre de todas las broncas. Ha habido un problema con una compra, el hombre se ha frustrado y ha gritado a todos y cada uno de los compañeros. Y a ella, por algún motivo que sólo el conoce, le ha gritado más.

Nuestra chica está  esperando el autobús. El 2. Que la lleve a su apartamento en La Guindalera. Para poder quitarse los zapatos, para desnudarse y darse un baño caliente, para pasear cubierta tan sólo por aquel kimono regalo de su cuñado, abrir el congelador, coger una cuchara y comerse un helado directamente desde la tarrina mientras ve desde el sofá un dvd de una película de Truffaut. Va repasando mentalmente todo lo que hará, imaginando con gran placer esa humilde culminación a un día lamentable. Zapatos fuera, ropa fuera, baño caliente, kimono sobre la piel suave, congelador, helado, sofá, dvd. Luego dormiría, al día siguiente su día sería mejor.

No aspira más que a una existencia tranquila. Pasa desapercibida para casi todos, no tiene demasiado éxito con los hombres. Su familia vive en una capital de provincia de Castilla, pero ella vive sola en la ciudad. Apenas ha conocido a algunas personas. Su hermana se fue a vivir a Milan y se siente un poco más sola. Entre el tumulto de la Gran Vía, apenas nadie repara en ella.

El atasco continúa. Por la parada de autobús desfilan vehículos de distintas líneas. El 1, el 147, el 74… pero no el 2. Van subiendo y van bajando personas. En seguida distingue a los que esperan su mismo autobús. Son los que llevan ya más de un cuarto de hora. Los pitidos de los agentes de movilidad taladran su cerebro. Se cansa de esperar sentada, se levanta. Mira hacia el fondo de la calle, pero no se ve nada. Una hilera de coches, pero ningún autobús. Pasea de lado a lado. El sonido de los cláxones la va generando cada vez más ansiedad. Tiene un nudo en el estómago. Observa con rabia el paisaje urbano, preguntándose qué hace ella allí.

Pasan treinta minutos, comienza a llover. Todos se acurrucan bajo la marquesina. Especialmente interesantes son esas dos señoras que con el paraguas abierto se cobijan también ocupando el doble de espacio. Doble seguridad para ellas, si el agua traspasa el cristal caerá sobre el paraguas. Quien quede fuera, que se moje.

Cuarenta y cinco minutos. A lo lejos, se divisa el autobús. Finalmente. Pero el sistema nervioso de nuestra chica ha generado algo en su interior. Una vibración le recorre el cuerpo. El nudo del estómago apenas la deja respirar.

Se abren las puertas. El chofer tiene la misma cara de hastiado que el resto de pasajeros. Las gotas caen sobre las lunas del autobús. Cinco personas suben. El 2 está lleno.

Nuestra chica se monta. Saca su abono de transportes. Paga todos los meses para recibir un buen servicio. Toda la tensión del día se le sube a la cabeza en ese mismo instante. Se desmaya.

Abre los ojos de nuevo. Está tumbada en el suelo del autobús. El conductor le sujeta la cabeza. Un policía local llega. Avisa de que pronto llegará  el Samur. Ella se reincorpora, despacio. Hoy se ha dado cuenta de que su existencia carece de sentido. Ella no mueve los hilos. Se limita a aceptar su papel de marioneta en el gran teatro de la existencia. Todas las mañanas se levanta para aguantar a personas inaguantables. Pasa sola el día, la tarde, la noche. Trabaja en un sitio para ganar dinero. Pero para qué quiere ese dinero. El policía le pregunta si está bien. Ella le mira a los ojos. Es un chico joven, delgado. Fuera está su compañero, mirando a los lados, posiblemente en espera del Samur. Sigue lloviendo sobre la Gran Vía.

Nuestra chica se disculpa. No tiene por qué disculparse, le dice el municipal. Pero ella le dice que sí, que hace falta. ¿Por qué? Pregunta el municipal. Por esto, dice nuestra chica. Le propina un codazo en la cara con todas sus fuerzas, le roba la pistola con un movimiento que desconocía que supiese hacer y le apunta. Le pide educadamente que se baje del autobús. Apunta al compañero, que desde fuera observa sorprendido. Grita al conductor que cierre la puerta y tome el volante. Grita a los pasajeros. Vamos a hacer algo.

Indica a los policías que abran paso al autobús o todo el pasaje será ejecutado. Se usar este chisme, dice ella. Los policías intentan tranquilizarla. Indica a los policías que, si le obedecen, nadie resultará herido. Un hombre grita histérico. El resto de viajeros permanece en silencio. A más de uno no le importa morir. Ordena arrancar al conductor y este así lo hace. Hacia donde voy, pregunta. De momento sigue recto.

El autobús avanza por la Gran Vía. Los policías con la moto abren paso entre el tráfico. Nuestra chica habla con los pasajeros. No les pasará nada si le hacen caso. Hay que hacer lo que hay que hacer. Un hombre le grita, diciéndole que su barbaridad les va a costar la vida a todos. Ella dice que no quiere héroes. El hombre responde que su padre fue un héroe y que el lo será si es necesario. Pero ella le dice, simplemente, que se replantee su vida.

Cuando llegan a Cibeles, se escucha una señal procedente de la radio del autobús. El conductor le dice que eso que suena es la radio, por si no se había enterado. Pregunta que si responde. Ella le dice que lo haga. Un niño llora. Nuestra chica ordena a su madre que le de un beso. Mientras tanto apunta a unos y a otros. Pero no les va a hacer nada. De la radio sale una voz. Es un señor de la Policía Nacional. Habla con calma. Le dice que se tranquilice. Ella responde que está tranquila. Le dice que está cometiendo una locura. Ella responde que la existencia en sí misma es una locura. Que vivir tragando todo lo que tragamos es una locura. El señor de la Policía Nacional le pregunta que es lo que quiere. Hay que sacar a esas personas, no las haga daño, no le han hecho nada a usted, dígame que es lo que exige para liberarlas. Ella no medita. Quiero que venga a este autobús el responsable de transportes. La persona que más manda sobre los autobuses de la EMT. Quiero que suba aquí a hablar conmigo. El policía nacional se queda en silencio. Verá que puede hacer, le dice.

Varios coches con sirenas escoltan al autobús, que hace tiempo giró hacia el Paseo de la Castellana. Hay lecheras por todas partes y sirenas. Los viajeros apenas hablan. No nos haga daño, dice una señora. No tengo intención, dice la chica.

Vuelve a sonar el intercomunicador. El conductor responde. Vuelve a hablar el policía nacional. Le dice que el responsable de transportes ha accedido a hablar con ella por el intercomunicador. Ella le dice que no, que le quiere ver en persona. Dispara al aire, un señor mayor grita con fuerza. La chica corta la conexión. El niño llora más fuerte. Nuestra chica también llora.

El autobús continúa avanzando, despacio. Varias motos lo escoltan. Vuelve a sonar el intercomunicador. El policía habla de nuevo. Y le cuenta que el responsable de transportes no quiere que pesen vidas humanas sobre su cabeza. Que le garantice que no le hará daño, que subirá a hablar con ella si deja salir a alguien. Ella dice que le dejen quinientos metros de distancia, frenará el autobús y dejará salir a tres personas. La policía accede. Las motos frenan, el bus avanza quinientos metros por un lateral de la Castellana. La chica cumple su promesa, deja salir a tres personas. El niño, su madre y el señor mayor.

Dos policías escoltan a un señor trajeado. Ella deduce que es el responsable de transportes. Con la pistola sobre la nuca del conductor, le ordena abrir la puerta. El responsable de transportes hace un gesto de calma a los policías que le acompañaban. Sube al autobús. La puerta se cierra tras él.

La chica se pone en cuclillas. Ordena al señor trajeado que haga lo mismo. Los dos quedan fuera de la visión de los policías. La chica le pone la pistola en la cabeza. Usted no es un héroe por subir aquí, le dice. En este autobús hay un señor que dice que su padre fue un héroe. Y llama al señor que lo dijo, para que se acerque. El señor se acerca. La chica dice que todos los que están en ese autobús son héroes con conciencia dormida. Que son héroes porque cometen la heroicidad de vivir.

Nuestra chica agarra por la corbata al señor, le muerde el lóbulo con suavidad y después le susurra. Pago todos los meses un abono de transportes. Pago todos los meses por una mierda de transporte público. Todo es una mierda, mi trabajo es una mierda, mi vida no vale para nada. Sólo quiero estar tranquila en mi piso. Sólo pido eso. Sólo pido vivir bien. Sólo pido llegar a casa y tener algo de paz. Algo de paz para disfrutar lo que pago con mi esfuerzo. Usted está al mando de esto porque su partido gobierna porque hay gente que le ha votado. Y nos ofrecen una mierda.

El señor trajeado se disculpa. Dice que no se deben llevar las cosas al extremo. Que no es necesario ser así. Que la comprende. El la comprende y todo se solucionará. Nunca más habrá mal transporte público en Madrid. Ella le mete la pistola en la boca, él comienza a temblar.

El señor musita algo suplicante. Ella comienza hablar. Le dice que los que se comen los atascos son los que pagan los impuestos, los que trabajan a destajo. Que paga un alquiler muy alto para un piso del que no puede disfrutar. Que se mata a trabajar para no sabe que, mientras señores encorbatados dicen sobre esto y lo otro, sobre aquello y lo de más allá. Pero que no saben lo que es la vida. No saben nada de la vida. Educados en universidades prestigiosas, con masteres bajo el brazo y con diplomas de mil cosas, se creen que todo está en los libros.

Lo único que quiere es que a partir de mañana, deje el coche oficial aparcado y vaya por la ciudad en transporte público.