Campeones de momentos

El árbitro pitó el final y me acordé de mi madrina, la tía Mariángeles. Se la llevó un cáncer poco después de que ganásemos la Liga del 96. Vimos aquel partido en su casa de Serranillos y cuando el árbitro pitó el final nos dejó salir con unas cacerolas por la calle a celebrarlo. No se me olvidará nunca.

Ser del Atleti en edad adulta supone saber enlazar lo que estás viviendo en presente con todo aquello que viviste en pasado. Es un hilo emocional que toca todas las épocas de tu vida. No recuerdo una sola etapa de mi vida que no relacione con un momento mejor o peor de nuestro equipo. He ido al Calderón con mi padre de la mano, he ido al Calderón con el corasón partío por un amor no correspondido de época de instituto, el famoso 15M me fui a una mani y después al Calderón, y así todo. Aquel partido lo asocio a estar sentado en la grada con mi hermano, en aquel otro vino mi tío Eduardo a ver a su Valencia contra mi Atleti, otro que vimos por la tele en Jesús Pobre (Alacant) perdimos y nos tomamos unas picaetas de la terra.

Y este año ha sido tela marinera de la buena. No se por qué, en cada partido me ha venido la canción “Sociedad Insociable” de Eskorbuto. Con el partido a partido hemos aprendido que ir paso a paso es la única manera de recorrer un camino, pero también que mantener la posición era complicado, y ante la amenaza de ver que se podía perder o empatar un partido, me sonaba en la cabeza:

 

Esto es el punk

Del infierno esquizofrénico

Esta es la locura antisocial

Sin religiones ni obligaciones

Viviendo en católico pecado mortal

Viviendo en católico pecado acelerado

Este año hemos ido al Calderón sin conocer la derrota salvo en un partido de Copa maldito. Hemos fichado a un erasmus alemán, Sebastian, una suerte de Breitner más alto y delgado que decidió abonarse al Atleti. Le acogimos. Habrá pensado “si estos tipos en la treintena viven así, ¿qué va a ser de mí al volver a Alemania?”. Espero que haya aprendido una nueva manera de vivir la vida y disfrutase el chuletón que comimos en el Chiquito Riz.

Hemos tomado más mojitos que nunca en el Patrón del Mal. Un local dominicano/venezolano en la Calle Calatrava, un antro donde los ritmos son otros, y no hablo de los latinos. Para no quedarse cortos de mojitos mejor pedir todas las rondas de golpe, no conocen las prisas, pero escuchas bachata mientras esperas. Lo malo (o tal vez sea lo bueno) es que si anticipaste cuatro rondas y a la tercera vas doblado todavía tienes una por delante. Es duro salir del Patrón del Mal tras una victoria en Champions, dormir cuatro horas e ir a trabajar, pero más triste es robar. Este año ha recibido más golpes en el hígado que nunca, demasiado que celebrar.

La vuelta de semifinales contra el Chelsea la vivimos en la Peña Atlética Legazpi y fui presa de tal ataque de histeria que decidí meterme gin tonic en el ojo. Confesarlo es horrible, pero purga el espíritu y es eximente. Para colmo me fumé un purito y es tan poca mi costumbre que se me volvió el mundo al revés. No importaba ser un despojo humano al día siguiente, porque pasar una tarde así con buenos amigos no tiene precio.

A Jon Pinto, sin embargo, le hemos castigado. Es el bar junto al mítico Köln, aquel en el que los jugadores del Atleti se tomaban sus cañejas después de los entrenamientos. Jon Pinto lo regenta un portugués fantasioso, tiene teorías futboleras increíbles y nos ha dado más de un susto. No se qué partido europeo fue en el que nos dijo que al Atleti le iban a descalificar porque incumplió no se cuál norma. Esto fue algo producto de su cabeza, no se habló de ello en ninguna parte más que en su local. Tiene camareros cosa fina, una mezcla entre dependientes del motel de Psicosis y conquistadores de disco latina. Ver a alguno de ellos en el marco de una puerta en sombra por la iluminación aparecer de la nada con una de bravas es de lo más tétrico que se puede ver en un bar. Después de ir muchos años este hemos decidido rebajar la asistencia, vamos muchísimo y deberíamos tener sala VIP. Por cierto, ni el bar Jon Pinto se llama Jon Pinto ni el Patrón se llama Patrón, es sólo que los bautizamos así.

Con la Peña Los 50 conocí el Tomate y Bogavante. Aunque ha cambiado de dueños, tienen copas muy baratas. Y minis a precios de risa. Para la previa, de lo mejor. Para el post, muy lleno. Manuel Grandes, de los 50, por medio de su hijo, me regaló en ese bar un turuto de plástico. Este turuto de plástico es un cilindro que se hincha, lleno de escudos del Atleti y lemas de diseño ochentero. La fortuna quiso que me lo regalara en el día del Atleti-Milan. 4-1 y pase a cuartos. ¿Sabéis lo que provoca esto en un seguidor del Atleti? Otorgar, contra todo razonamiento normal, poderes místicos al turuto. Y así, en adelante, todos los partidos los vi acompañado del turuto. Los de casa en mi localidad, los de fuera en cualquier bar en el que estuviese. En el de Calle Bejar o en el Fresno entre orujos. El partido del Elche lo vi en Londres con la Peña Britania, vacaciones de semana santa en Londres con turuto de compañero. Viaje a Valencia en AVE para el partido contra el Levante, con turuto por todas partes. El turuto me posee junto a los clics de las finales, que saqué de su estantería cuando Cholo dijo que ya esto era “final a final”. El turuto es como el anillo de gollum, pesa, no saben cuanto.

Con la Peña los 50 hemos tenido comidas y cenas, debates y cervezas y, sobretodo, el privilegio de traer a los cracks de la final del 74. Los Reina, Quique, Alberto, Eusebio, Gárate, Adelardo, Leal, Benegas, Irureta… compartir una cena con el Ratón Ayala y Melo es inolvidable. Ayala desmigó un pan, lo hizo bolitas y se puso a diseñar tácticas en el plato. Panadero Díaz se quedó varios días en Madrid, vio el partido del Barça con el gran Pepe Silvestre y estuvo en Neptuno con todos. No sólo una leyenda del Atleti, también una persona cercana, todo lo contrario a su fama de jugador agresivo (merecida, él mismo lo dice). Le prometí a Panadero que cuando terminase la temporada le mandaría el turuto a Argentina. A mí me está pesando demasiado esta carga.

Se dará cuenta quien lea esto que lo que hemos gozado como enanos han sido los momentos. Las lágrimas que asaltaban los ojos en el homenaje a Luis Aragonés, todas estas noches de jarana demencial con un grupo mítico de compadres: Patricio Ravanelli, Javier Radamel, Victor, Nor y Bastian Schwensteiger. O volver tras un partido con el padre de uno en moto como cuando tenía 9 años. Hemos comido en un restaurante cubano hasta no poder más (y luego ganar al Valladolid), hemos vagado comentando las cosas del Atleti o las de la vida. Y en el estadio hemos rugido hasta quedarnos sin voz, hemos gritado hasta la afonía, y en los bares, y en todas partes nos hemos abrazado, hemos saltado de alegría y ha sido la leche en verso. Daba igual luego volver en taxis con conversaciones sobre canción pop italiana (vuelta en taxi a las 3 de la mañana, from el patrón del mal to guindalera city, tras eliminar al Barça en cuartos). Y así todo. Refill tras refill hasta la victoria.

No hay nada que me guste más del hecho de vivir activamente la vida de mi equipo que los momentos. En el Atlético de Madrid somos campeones de momentos. Nos gusta vivir así la vida. Hay otras formas de vivir la vida, pero no son tan apasionantes. Esta es la que hemos escogido y es la que nos gusta. La que te enseña cosas de la vida real aunque no te quieras dar cuenta. No es el camino más fácil, no es el más directo, pero nosotros somos una tribu y estas cosas nos gustan.

Ni aunque tuviésemos diez Champions, ni aunque tuviésemos diez veces más presupuesto, en ninguna circunstancia me gustaría vivir la vida como la viven otros. Valoro más todo esto que la portada del As y la del Marca, los chismorreos o la arrogancia, eso, para los demás. Yo lo tengo claro, siempre he preferido ser un indio que un importante abogado.

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