Llegar y volver de Isla Mêlée

  • Nota: Con el fin de alejar la isla de las garras del turismo masivo, las personas que nos han descubierto esta isla nos han solicitado que mantengamos discreción. Por ello, los nombres de las localidades clave aparecen cambiados en este relato. Incluido el de la propia isla. Si alguien lo descifra y llega, será que se lo ha ganado.

 Eran las 22h pero parecía mucho más tarde. En el bar “Mi tierra” de San Honorato sonaba vallenato a todo meter. Se escuchaba desde el otro lado de la carretera, en la gasolinera, donde estábamos. Llamando la atención, cuatro blanquitos y un local. Entre borrachos que cruzaban la carretera mirándonos de forma inquietante y moteros-taxistas que esperaban algo de nosotros y que , decepcionados, no paraban de sondearnos con la mirada.

Llegar hasta allí fue lo más fácil. En hora punta, en Cartagena, montamos en un taxi. El taxista era un tipo de pocas (o nulas) palabras, que pisaba a fondo con su estilo de conducción “Niko Bellic”. Allí los taxistas no sueltan temas de conversación. Una vez pactado el precio, le pisan a fondo para dejarte cuanto antes y buscar al próximo candidato. Nuestro taxista, un chaval joven amante de la velocidad, se metió por los barrios más conflictivos de la ciudad para hacernos un tour por la parte desconocida de la ciudad. Así fue como atravesamos el barrio de Olaya, dominado por bandas de antiguos paras, completamente embarrado e invadido por los mosquitos. Así se borra de un plumazo la ciudad de postal que habíamos conocido, se ve la realidad, lo que no aparece en los folletos en las oficinas de turismo. Eli, Miguel, Aurora y yo, en el taxi con el loco de la carretera, cruzando el barrio peor, por caminos imposibles. Si no fuese porque íbamos con Miguel Juste, que vive allí y que parecía tranquilo, habríamos pensado que el taxista nos estaba llevando por un camino perdido para meternos en una casa , descuartizarnos y desperdigar nuestros restos por todas partes. Ahí, en Olaya, con sus coleguitas perdidos. Pero Miguel Juste iba tranquilo. Luego nos dijo que no iba tranquilo, pero verle tranquilo nos tranquilizó. El tranquilizador que nos destranquilice…

Llegamos al Terminal de autobús, donde nos encontramos con el fenómeno Lucho, que atravesó en moto-taxi contrarreloj los “troncones” de la ciudad para encontrarse con nosotros. En el Terminal, tuvimos uno de nuestros múltiples encuentros con la idiosincrasia local. “Queremos billete, para San Honorato, a las 18:30” (información proporcionada telefónicamente por el propio Terminal: hay un autobús a las 18:30 para San Honorato, el último del día). Nos venden el billete para San Honorato. Son las 18:00, llegamos ajustados, pero llegamos. Billete en mano. Vamos a las dársenas, viene un tipo “¿A dónde van?”. “Vamos a San Honorato”. “Pues ese autobús es a las 20:00h”. “¿Cómo que es a las 20h, si en nuestro billete pone a las 18:30?”. “Esperen que voy a preguntar”. “Gracias”. “A la orden”. Pasa un minuto “Oigan, que el autobús es a las 20h”. Entonces vuelta a las taquillas, a reclamar. Volvemos a la señorita vendedora. “Oiga, ¿cómo nos vende un billete para las 18:30 si no existe tal autobús?”. Y la señorita levanta los hombros y pone cara de mala leche, algo muy típico de allí (la evasiva y la cara de mala leche ante la reclamación). Al final nos resignamos, por lo menos nos confirman que el billete que hemos comprado nos vale para las ocho.

Para hacer tiempo, miramos los puestos por si podemos cenar algo. Nada nos convence, salimos fuera, entre el ajetreo del gentío y la locura del caos. Ese “las cosas funcionan de alguna manera” tan típico de tantos lugares. Cruzamos junto a un puesto de hamburguesas que anuncia este producto “para el desayuno, para el almuerzo, para la cena” con voz nostálgica, casi con pena. Acabamos en un restaurantillo al lado de un charco infestado de mosquitos con un gato desafiante y así pasamos el rato.

Vuelta al Terminal. Esta vez sí, autobús a las 20h. Los asientos van numerados pero allí eso no se lleva, así que te sientas como puedes. El autobús es cómodo y ponen películas dobladas en eso llamado “castellano neutro” que no se puede explicar pero que se puede oír. Una especie de acento mexicano que intenta ser neutral para toda Latinoamérica. Ponen la película esa de “Intocable” aunque la cogemos terminando, después la de “Mercury Rising”, esa de “eeeres uuun extraaaañooo” que tanto le gusta a Sabas. Medio dormitamos medio vemos la película. A todo esto, se para el autobús en una gasolinera. Yo pienso que es parada de descanso, pero cojo todas mis cosas. Mejor, porque sólo bajamos nosotros, llegamos a San Honorato.

Estábamos en medio de una gasolinera y aparecen todos los moto-taxis y un carricoche. San Honorato y sus alrededores fueron zona asolada por los paramilitares. Al parecer, los mototaxistas eran los confidentes de los paramilitares, porque sabían quien llegaba, quien se iba, quien iba donde. Muy tranquilizador. Para llegar a Isla Mêlée habíamos hablado con Wilberto, el cuál a su vez había hablado con su primo Alserio, el cuál dijo que nos mandaría un coche a recogernos a San Honorato. Pero con el lío de los autobuses y el descontrol del viaje nos descoordinamos y no llamamos a Alserio con antelación. Entonces los mototaxistas y el señor del carricoche nos ofrecían sus precios, aunque su manera de ofrecer tenía un punto de oferta y otro de amenaza subterránea “ven conmigo o ven conmigo”. Los mototaxistas nos ofrecían ir dos por moto en medio de la noche oscura y el del carricoche nos ofrecía directamente llevarnos a los cinco ( cabrían tres, y gracias) hasta Verruca, nuestro próximo destino, “Casa Alserio”. Van soltando precios cafres, “100.000 por ser de noche” mientras Miguel Juste llamaba a Alserio para decirle que ya habíamos llegado. Alserio recibió la llamada y nos dijo que se pondría a buscar coche, que ya nos llamaría. Los mototaxistas se ponen de acuerdo con el señor del carricoche “tres en el carricoche y dos en una moto por 70.000” y en medio de todo este tinglado nos llamó Alserio “les envío un coche, por 60.000”. Así funciona todo allí. Así que les dijimos que ya nos mandaban el coche y los mototaxistas y el del carricoche se quedaron muy disgustados.

Una persona con la que viajar es Miguel Juste. De la Prospe, residente ahora en Cartagena. Tiene el punto de seriedad suficiente para poder hacer planes de viaje y el punto de locura obligatorio para cambiar esos mismos planes e improvisar, sin imposiciones, museos, monumentos ni estrés. Un gran amigo y viajero. Allí nos llevó, a San Honorato, que a nosotros nos recordaba al horno de los famosos roscones y que ahora nos recordará a este pueblo.

Con el tema del coche los mototaxistas se fueron dispersando. Y el tipo del carricoche intentaba convencer a Lucho : “oiga miren, nosotros trasnochamos para recibirles y darles un buen servicio y ustedes llaman a un pelao de Verruca que seguro que ahora está durmiendo”. Pero así debía ser. Entonces estábamos en medio de la noche en zona de dominio paramilitar, frente al garito “Mi tierra” con los borrachos entrando y saliendo, el tipo del carricoche ofendido, esperando a quien quiera que fuese que viniese a recogernos, con los mototaxistas rondando de tanto en tanto echándonos un ojo. ¡Ah, la dicha! ¡Ah, la aventura! ¡Ah, la felicidad de la noche oscura y el vallenato a todo meter! ¿Cómo dormirían los vecinos de San Honorato con esa música que se escuchaba por todo el santo pueblo? Tenían que pasar unos 30 minutos para que llegase nuestro coche, a los 45 nos empezábamos a poner nerviosos, con ojos bien atentos. En esto que con derrape incluido aparece un coche “tuneado a la caribeña”, una especie de coche antiguo de Jesse Pinkman en peor estado, la salsa sonando por una radio llena de interferencias ,baja un tipo descamisado con gorra blanca que nos da la mano. “Soy Luis, vuestro transporte a Verruca”. Joie de vivre en estado puro.

Nos sentamos en el coche. Lucho delante y cuatro detrás, apretujados. Antes Luis nos puso una toalla en el asiento de detrás ¿porque estaba mojado porque había llevado a una embarazada a no sé dónde? . Nos preguntó si nos molestaba la música, dijimos que “no”, arrancó de golpe, da un giro espectacular y… se para en la propia gasolinera, a meter gasolina ¡con el contacto dado!. Después monta, con su estilo de conducción feliz y quita la música. Nos metimos por la carretera a Verruca y nos alegramos de no haber ido en motos ni carricoche: un auténtico caminal sin asfaltar lleno de baches, totalmente a oscuras en medio de la noche, sólo iluminado por los faros del coche y las luciérnagas, mientras se cruzan caballos, burros y cerdos que vagan cuál ánimas nocturnas ante la felicidad de nuestro improvisado taxista Luis, que esquiva los baches, los animales y las miserias de la vida mientras conversa con Lucho. La conversación no se escuchaba bien debido al traqueteo y los baches, pero yo desde atrás, cuando intentaba poner la oreja, iba captando conceptos: “… el asesinato de…”, “… y aquí mataron a…”, “… quinientos muertos enterrados en esta finca…”, “… por lo que el atentado de…”, “… pero conmigo no se meten porque yo no me meto en líos…”. Definitivamente, los paramilitares habían asolado la zona y habían dejado trastornado al bueno de Luis, al cuál Lucho aguantó todo el camino. Por lo visto Luis se tiraba algún farol, pero nos llevó a nuestro destino.

En la noche cerrada, con un cerdo campando y un perro observando sin molestarse en ladrar hicimos nuestra entrada triunfal en Verruca. Y allí Luis nos dejó, en “Casa Alserio”, el “hotel” donde Alserio nos recogería. Alserio es el primo de Wilberto, nuestro contacto en la isla, y la cosa está montada para que antes de partir hacia la isla pases por “Casa Alserio”. Alserio hace los contactos para que tengas transporte y te aloja por la noche para partir por la mañana, a cambio de 20.000 por persona, precio competente. La casa es modesta, el piso de abajo es antiguo y el de arriba es nuevo y fabricado por Alserio y otro primo. Alserio nos contaba también sus aventuras con los paramilitates, con su familiar del ejército y su otro familiar de la policía. Al contrario que Luis, Alserio hablaba con cierto sigilo del tema, sin decir más palabras de las necesarias, casi con desidia pero con mucha amabilidad. Nos dijo que en ese pueblo no se ve casi gente de noche porque antiguamente si ibas por ahí por la noche habría lío y ya se han quedado con el trauma, aunque ahora estén las cosas más tranquilas. Charlamos un rato con él y nos dijo que partiríamos a las 5. Nos metimos en las literas a dormir, poniendo la alarma a las 4:30. Nos dimos las buenas noches y casi nada más cerrar los ojos Alserio comenzó a golpear en el piso de arriba, bajó y grito por la ventana “¡Gente! ¡Ya tienen la lancha preparada! ¡Listo!”. Parecía que acabábamos de cerrar los ojos, aunque eran ya las 4, una hora antes.

Salimos quitándonos la legaña y Alserio comenzó a llevarnos por las calles de Verruca. Parecía de película, como si estuviésemos haciendo algo clandestino. Este era el plan: Bonaldo Julio, que tenía algún vínculo familiar con Wilberto, nos llevaría en una lancha de mercancías propiedad de una señora hasta la Isla. Así que estábamos a las 4:30 en la orilla del mar, junto a unos señores cargando cajas. Apareció la dueña de la lancha (“la dueña es esa, la de la risa estridente” nos dijo Alserio), montaron unas cajas más, además de una caja con una coneja (“esta no vuelve” decían) y después nos montaron a nosotros, malamente. Y esta era la escena, estábamos montados en la lancha pilotada por Bonaldo Julio, saliendo del municipio de Verruca (que nunca vimos, porque no hubo luz), la lancha arrancó y nos encaminamos en medio del Caribe hacia la nada absoluta, hacia la oscuridad más profunda, así, como quien no quiere la cosa. Ahí admito que pensé “¿qué hago yo aquí?”, porque es inevitable pensarlo cuando uno va en una lancha conducida por extraños en medio de la noche sin ver absolutamente nada.

Disfrutamos del amanecer, surcando el Caribe iba saliendo el sol y al poco comenzamos a ver islas. En algunas paraba la lancha, dejaban alguna caja, bajaba alguien, subía otro. Uno de los de la lancha pedía la “buncola” (o algo así) y yo pensaba que el tipo quería una pistola y que la íbamos a liar. Pero quería un refresco de cola de marca “Dedo”, para lo que nos hizo levantar todas las lonas. Tras pasar por la isla en la que viven apelotonados llegamos a la nuestra. Bajamos de la lancha y uno de los tripulantes nos dijo “síganme” y le seguimos: cruzamos un pueblo bajo las miradas de sus habitantes, mientras aparecían gallinas y cerdos (uno se acaba acostumbrando a lo de los cerdos) y el tipo de la lancha gritaba “¡voy temprano! ¡tempranito! ¡y traigo sandías y piñas!”. El hombre gritaba y caminaba rápido, le seguíamos cruzando entre palmeras hasta que llegamos a un punto y un tipo negro enorme se me quedó mirando fijamente y me estrechó la mano. “Soy Wilberto”, lo que significaba que habíamos llegado. “Y esta es su cabaña”, y nos enseñó una cabaña solitaria delante de un mar cristalino, lo que significaba que habíamos muerto en el coche de Luis o descuartizados en Olaya o atrapados por un mototaxista y estábamos en el paraíso de donde nunca volveríamos. Sólo que el sitio era real y estábamos ahí.

Costó llegar, pero llegamos. Un lugar maravilloso, con playas de arena blanca que aparecen tras las palmeras y que son sólo para ti, mientras pasa algún pescador con sus barcas de nombre imposible (“La niña Arelis”, “La señorita Melba”) y sólo escuchas el mar. Bajo la cabaña cinco hamacas cinco para tumbarse a la bartola y coger el gusto a hacer nada. Así pasamos los días, playa, relajación, mar azul, pescados cocinados por Wilberto a la brasa (mojarra con patacón y arroz de coco, langosta con patacón y arroz de coco, dorada – o algo así – con patacón y arroz de coco) , tomando cerveza local (infame y refrescante) y jugando a la pocha en medio del sitio soñado. Pasaban los cerdos, hablábamos con la gente, las ovejas portamosquitos nos saludaban, buceábamos en la barca de Raúl (con sus precarios tubos arreglados artesanalmente con bolsas de plástico) viendo bajo el mar un mundo de peces y corales impresionante. Y digo alto que es de los sitios más bonitos en los que he estado en mi vida, imposible de describir con muchas palabras. Tal vez la foto ayude, parece de postal pero es de La Reina de La Guindalera:

islamele

Pasamos los días. Nos relajamos, nos divertimos, pero tocaba volver. La señora del club tenía deudas con Wilberto y por eso Wilberto nos colocó en las lanchas que iban a Tulsa con los turistas. ¿El club? ¿Las lanchas? ¿Los turistas? ¿No era una isla paradisiaca sin gente? Ahí está la gracia, amigos. La isla está ahí, y en uno de sus extremos tiene un hotel donde van los turistas en viaje organizado con la lancha que les trae y les lleva mientras pagan por carpitas junto al mar y bungalows, viviendo apelotonados su triunfo, los unos junto a los otros al ritmo del touroperador. Y en el otro extremo de la isla está el pueblecito, donde viven los que trabajan en el hotel o con las lanchas y Wilberto, su cabaña y la soledad, la paz, la tranquilidad, la playa para ti, por mucho menos de la mitad de la mitad del precio de los turistas, mucha más comodidad y relajación. Alguna vez en nuestros paseos incursionábamos en territorio turis, un mundo de piscina, cocktail de coco y tumbona con sirviente, nos sentíamos como los personajes de Lost cuando descubren que al otro lado de la isla está el poblado de “The Others”, sólo que a nosotros nos molaba más nuestro poblado. Y así, infiltrados entre “The Others” volvimos en la lancha, con los turistas sacándose fotos, el pijerío del lugar, que restriega más si cabe su pijismo que el pijo matritense, tiene más tono de pijo y da más la nota. Bien apretaditos, en la lancha.

Nos despedimos de Wilberto, dándonos la mano, sabiendo que difícilmente volveríamos a verle (La Reina y yo, al menos), nos dividimos en dos lanchas y sorteando un potente oleaje llegamos a Tulsa, a una playa atestada de bañistas y, todo sea dicho, bastante sucia. Y aquí empieza la vuelta: fuimos a la oficina de los autobuses, nos dijeron que no había buses de vuelta, que probásemos con no se cual compañía para ir a no se cual pueblo y de ahí a Cartagena. Y empezamos a tantear. Los señores del lugar nos iban mandando de esquina a esquina. Entre medias pasaban taxis descubiertos de cuatro plazas tirados por bicis, el entretenimiento local: se suben al taxi, ponen musicote y se dan un rulo por el pueblo, livin’ la vida loca. Señor A nos mandaba a tal esquina, diciéndonos que allí pararíamos al autobús antes de que llegase a su origen y conseguiríamos montar, porque si no montábamos antes de tiempo no tendríamos sitio. Señor B nos decía, una vez en la esquina, que ni de broma subiríamos ahí al bus, que nos fuésemos a tal sitio, a donde íbamos, pasaba de largo un autobús y aparecía otro señor para mandarnos a otra parte, hasta que decidimos ir a donde se supone que paraba y ¿qué había? Pues había montones de gente apelotonada, esperando cuál depredadores al autobús, oliendo la sangre, para subir al arrebato, bailando pogo, metiendo codo. Comenzamos a mentalizarnos, llegó un autobús y mientras nos poníamos en posición de combate este siguió su recorrido alegre y feliz. Yo tenía la teoría: en este pueblo debe haber alguien que nos pueda llevar a “no se que pueblo” al que íbamos para poder volver a casa. No tenía prisa, pero del grupo de cinco, tres trabajaban al día siguiente. Así que Lucho y Miguel se fueron a buscar transporte mientras Eli, La Reina y yo esperábamos. Para amenizar la espera, en medio de la turba y tapada por una toalla sujetada por La Reina, Eli decidió quitarse la ropa mojada (el viaje en lancha empapa) y ¡ponerse el pijama! Una decisión táctica que al menos amenizaría el trayecto.

Volvieron Miguel y Lucho: “tenemos a un compadre, con el bigote teñido, que nos lleva a no se que pueblo”. Así que fuimos, entablamos conversación y el tipo nos ofreció llevarnos hasta Cartagena, por un poco más de dinero. 50.000 por persona y listo. Pareció buena oferta y aceptamos. El coche era una especie de todoterreno amplio, iban dos delante con el conductor y tres detrás. El señor del bigote teñido nos contó que era profesor retirado y que ahora se dedicaba a “transportes”. Hay que entrecomillar porque buena parte del tiempo parecía que el hombre añadía cierta dosis de fantasía a la vida. He aquí un ejemplo: vamos por la carretera, hay un control de policía, el tipo se pone el cinturón frenéticamente. Mejor dicho: yo engancho el cinturón del Profesor Bigote Teñido frenéticamente mientras este dice frenéticamente “digamos que somos familia de Medellín y que estamos recorriendo juntos la costa” y frena y dice al agente “buenas tardes señor agente, estamos recorriendo la costa” mientras nos miramos incrédulos. Profesor Bigote Teñido no quiere que la policía de carretera sepa que nos está transportando ilegalmente cobrando un dinerito B(arcenas) y en vez de decir “aprovechando que voy a Cartagena por trabajo he decidido llevar a estos pobres chicos sin autobús hasta allí” se inventa sobre la marcha una historia sobre la que evidentemente todos nos contradeciremos si nos preguntan. La policía de carretera nos hace bajar del coche, cachea aleatoriamente y sin hacer preguntas Profesor Bigote Teñido va improvisando, ya no somos familia, pero se inventa el viaje “los chicos llevan un tiempo viajando por la costa, son de Medellín” y se queda feliz diciéndolo. Nosotros venimos de otra parte, podía decir que estábamos en Tulsa playeando como todo quisque o dando vueltas en el bicitaxi por las calles y plazas escuchando musicote. Los policías nos preguntan de donde somos, piden documentación, yo saco a relucir al Atleti para hacer patria en medio de una conversación espontánea con el mando sobre la crisis y la presencia española en las gradas de los estadios pese a la misma. Preguntan por el trabajo, Eli saca a relucir su trabajo con la diplomacia española, y Miguel también (dicen que ante situaciones similares conviene sacar la carta, es un “seguro antisobornos o anti tejemanejes de las autoridades”) y Lucho dice que es compañero de ellos. Pero Profesor Bigote Teñido estaba demasiado callado y  decide agrandar el momento: “este chico es el guía de ellos” y Lucho “no, trabajo con ellos”, y el Profesor insiste en que es el guía, así que los policías armados hasta los dientes decidieron dejarnos marchar.

El viaje continuó plácido. Como los compañeros se iban durmiendo pasé yo delante para vigilar a Profesor Bigote Teñido junto a Lucho y charlar un rato. Profesor Bigote Teñido estaba obsesionado con hacer buen tiempo de viaje, la demora de los policías le había molestado. El Bigote Teñido era símbolo de su impostura desde el principio. Le suena el teléfono, lo ignora, nos dice que es un tipo al que le dijo que le iba a hacer un transporte a no se donde (cancelado obviamente porque con nosotros ganaba más plata) y al cabo le coge el teléfono “Óigame Vicente, me surgió una emergencia en Cartagena y tuve que salir urgentemente”. Íbamos cruzando pueblos con niños jugándose el tipo con su bicicleta saliendo a lo salvaje de sitios imposibles. Cuando me empecé a habituar a esto, vi cuatro tipos en medio de la carretera junto a una estación eléctrica (o una estación de gas, o de lo que fuera). En medio en plan “si seguimos les atropellamos” y yo dije “¿Qué hacen estos aquí?”, entonces vimos que iban armados hasta los dientes y les teníamos delante, Lucho le decía a Profesor Bigote Teñido “acelere acelere, ¡han atracado la estación!”, Profesor aceleró, resultaron ser militares que iban corriendo, cuatro por en medio de la carretera y dos a cada costado, con gesto de tensión y a todo correr. Ni repararon en nosotros de la tensión que llevaban, iban a lo suyo, algo habría pasado y no supimos qué.

Así llegamos de vuelta a Cartagena. Profesor Bigote Teñido nos dijo que no se quedaría a dormir porque al día siguiente tenía un transporte de no se cuanta gente. Quien sabe si sería verdad. Nos dejó en un punto, pactamos un precio con un taxista, el cuál se cabreó por dejar primero a Eli y llevarnos a los demás (y eso que yo apelé a su caballerosidad, lo cuál le importó un pito). Y así volvimos, destrozados, sudando, llenos de arena pero muy felices.

Grosso modo así es como se va y se vuelve de uno de los paraísos que quedan sobre la tierra. Hay que conocer a Miguel Juste, tener los teléfonos adecuados y esperar que la red funcione, que el primo te pase con el primo que te manda a su colega conductor y te monta en una lancha conducida por otro familiar, que te deja allí para que luego el otro te coloque en otra lancha debido a las deudas que tiene la señora del club, cuando llegas a tierra das con Profesor Bigote Teñido y vuelves a casa. Está la cosa como para repetirla. Quien sabe, algún día… 

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