Comimos en Diverxo

El marxismo lafarguiano es lo que tiene. Hay que socializar los medios de producción , pero también darse a los placeres de la vida. En las profesiones liberales estamos un poco a otra cosa en esto de los medios de producción, pero de vez en cuando un trabajo da una factura jugosa. En esos momentos lo que yo hago es lo siguiente: guardo casi todo como la hormiga ahorradora, y una parte la dedico a gastarla como si no hubiese un mañana.La parte que va al banco, ahí se queda, pero la que queda fuera quema en las manos.

En lo que más me gusta gastar es en comer. “¿Te has gastado doscientos euros en ir a comer?” SÍ, hasta lo pregono, como ahora. Recientemente cobré una factura de las jugosas y decidí que la Reina de La Guindalera y yo deberíamos hacer un derroche de estos. Así que nos fuimos a comer a “Diverxo”.

Debo decir, para que conste, que uno no es muy fan del “puturrú de foie”, en general. Me gusta la gastronomía, la fusión y la innovación, pero no las gilipolleces. Donde esté una casa de comidas tradicional, para mí que se quite todo. Un cocido madrileño y una paella (DE LAS DE VERDAD) son mis máximos placeres. Pero también hay que probar cosas y entablar una batalla sensorial de vez en cuando, dejarse sorprender. Total: Diverxo.

De este restaurante sabía que el cocinero y dueño es una especie de cyberpunk y que era de la escuela de Viridiana. Poco más. El sitio está en Tetuán, en la calle Pensamiento, en una calle pequeña al lado de un gimnasio low cost. Por fuera no llama la atención. Hay que reservar con antelación, te llaman el día anterior para confirmar que vas y el mismo día para preguntarte si tienes alguna alergia. Te plantas allí y al entrar pasas por una sala donde están preparando platos y entras en un mundo feliz donde eres la estrella y todos los que están trabajando te saludan sonrientes “¡hola!” , “¡buenos días!”, y te plantan en la mesa. Estás en una sala luminosa con figuras de cerdos con alas en todas las mesas y mariposas negras en todas las paredes. Al principio nos recibió una música electrónica de la que le gusta a los alternativos, tal vez lo peor. Te sientas y aparece una especie de maestro zen con un traje falda gris que te cuenta el método, de forma muy detallada. Hay dos menus, uno de 140€ y otro de 90€. El primero es más largo, once platos, tres horas comiendo. El segundo, más corto, hora y media comiendo. Todo tiene una puesta en escena, te explican que cada plato lo sirven con los cubiertos indicados y que los platos son de “tres o cuatro bocados”, al contrario que en muchos menús degustación en los que son de “un bocado”. Esta medición en bocados ayuda mucho. Como un día es un día, nos fuimos al menú tocho. Mientras esperas, te dan una carta del dueño, David, en la que explica lo que es el concepto del restaurante. La carta no aclara casi nada, la verdad, una serie de conceptos filosófico-gastronómicos expresados con un vocabulario tan sofisticado que resulta una fumada total. Pero habla de “montaña rusa” y eso nos motiva.

Te preguntan la bebida y te traen un edamame de aperitivo unos chicos majetes con un traje negro. Una de las frases de la comida era “¡Me encanta el traje que llevan!”. La Reina y sus cosas. Cada plato que te traen lleva explicación “esto es no se qué y te aconsejo que lo comas de un bocado y con la mano”.

Bien, te tomas el edamame y empieza el menú. Es indescriptible en su totalidad, me gustaría hablar de cada plato pero me resulta incapaz recordar todos. Lo único que puedo decir es que es una experiencia de locura, “montaña rusa” se queda corto para describirlo. Empezamos con una sopa de coco, estás con la sopa de coco y el plato lleva una emulsión de “no-se-qué”, que te dicen que no toques, que vayas empezando con lo otro, entonces aparece un cocinero (un tipo con gafas muy salao) y te saca una brocheta de sardinas con salsa de jalapeño. Y así es la dinámica, frenética y excitante: plato, explicación, mientras estás comiendo, hacen un añadido de algo, retiran el plato, traen otra cosa, ¡toma, un puñado de arroz de no se donde!, ¡abrumador y divertido, redeu!

Que recordemos, carrillera, caldo de perdiz con angulas, kokotxas al pilpil de foie, carabinero, salmonete, dimsum de patata canaria con tuétano , espárrago blanco, chipirón con kimchi, buey asado durante ¡¡cuatro días!! Y los edulcorados, que es como llama el maestro zen a los postres. Cada plato lo ponen en un (valga la redundancia) plato diferente, a los que llaman “lienzos” (un poco repipi eso) y con sus cubiertos, entre los que había un artilugio al que no supimos como llamar pero que usábamos para empujar.

Mientras dura la experiencia, flipas. La organización brillante, el personal atento, el ritmo intenso que hace que estés gozándolo todo el rato sin parar y los sabores… ¡ay los sabores! Una explosión de sabores, una calidad de alimentos increíble, sabores conocidos y sabores nuevos, dulces y salados, picantes, ácidos, amargos. Lo dicho, la expresión “montaña rusa” se queda corta. Llegas ahí y eres el “pimpampum” de los camareros que te van sacando platos y platos y dándote información a muerte, una sobredosis bendita. Sólo le pongo dos “peros” a la experiencia: 1)Que no te den una chuleta final en la que te digan que demonios es TODO lo que has comido (tantas cosas y tanta información, si no tomas notas difícil retenerlo) 2)Que no tengan carta de cervezas y se queden tan panchos con dos lagers industriales (nos decantamos por el cava, visto lo visto).

Uno no sabe si volverá a pillar una factura de esas que permiten hacer un dispendio económico gastronómico similar. Pero lo que me queda claro es que si podemos volver, volveremos.

Parte de los once platos: 

(digo parte, porque te ponían esto y luego le añadían cosas)

diverxo

carrillera diverxo

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