Cortos: De lo que aconteció a Moisés

Un caso sin duda extraordinario fue el que le sucedió a Don Moises Cañas, vecino de Madrid de 74 años de edad, y a sus amistades, vecinos todos ellos del barrio de Malasaña y zonas cercanas.

Don Moisés, jubilado, se levanta a diario a las 7 de la mañana. Se viste con pantalón de pana y jersey color vino, se enrosca la boina y baja a la calle. En el mismo bar, a diario, pide un chocolate con churros, a sabiendas de que ni a su mujer ni a su médico esto les hará gracia alguna. Lee el ABC y si es Lunes echa un vistazo al Marca para leer la crónica del partido del Atleti. Hacia las 10 se dirige caminando al pequeño parque situado en la calle Conde Duque, donde queda con sus amigos para jugar a la petanca. Pasan varias horas jugando, toman un vino y unas tapas de aperitivo y se vuelve cada uno a su casa.

El pasado 13 de Junio, Don Moisés, como tantos otros días, se dispuso a repetir su rutina. Era un día soleado y seco. Pero hete aquí que en el momento de comenzar su partida de petanca comenzaron a suceder acontecimientos nunca vistos.

El grupo de jugadores se dividió en dos equipos de tres. De un lado, Don Moisés, Don Agustín y Don Pepe. De otro lado, Don Adelino, Don Darío y Don Federico. Convinieron en que, por haber comenzado jugando el día anterior Don Darío, hoy debería comenzar alguno del otro equipo. Por lo tanto, Don Moisés se encargó de iniciar la partida.

Sin ningún gesto especial, sin ningún movimiento técnico concreto, Don Moisés lanzó el boliche, pieza fundamental en la partida pues, como sabemos, ganaría el equipo que lanzase su bola metálica más cerca. El boliche fue haciendo su recorrido aéreo, cayendo más o menos hacia el centro del área rectangular donde jugaban. Se detuvo en seco. De repente, comenzó a moverse, primero despacio y luego muy rápido, llegando el boliche hasta la parte desde donde lanzarían las bolas metálicas, a los pies de los jugadores.

–          ¡Pero chico, como tiras con ese efecto! – Dijo Don Federico

–          Pero si yo no he hecho ningún efecto, hombre – Respondió Don Moisés

–          ¡Pues así no tiene gracia la partida, si tenemos la bolita aquí a nuestros pies, lo difícil va a ser no acercarse! – Comentó Don Pepe

–          Bueno, oye, se juega así, si está muy cerca pues a jorobarse, además también tiene su técnica, porque habrá que centrarse en desplazar las bolas de los demás – dijo Don Agustín

Tras discutirlo entre todos, decidieron que la bolita se quedaría ahí, a los pies de todos.

Don Darío hizo el primer lanzamiento, por llamarlo de alguna manera. En realidad, se puso junto a la línea y dejó caer su bola metálica, justo al lado del boliche. La bola cayó en seco, pero se desplazó varios centímetros hacia delante.

–          ¡Veis como iba a tener su dificultad! – Exclamó Don Agustín. Él era el siguiente en tirar, dejó caer también la bola casi en seco, intentando hacerlo con más suavidad que Don Darío. La bola cayó también junto al boliche, prácticamente pegada, pero nada más tocar el suelo se movió también hacia delante, sobrepasando la que había tirado don Darío. – ¡Arrea, y ahora qué! ¡No se puede desplazar así una bola, sola, sin que nadie la toque!

–          ¡Pues a ver si le vas a haber dado efecto hombre! – Dijo Don Moisés

–          Juro por todos los santos que no he dado ningún efecto. Sugiero que volvamos a empezar la partida, porque así no tiene gracia

–          ¡Pues menudo es este, caramba! – Replicó Don Adelino – Si eres tú el que querías jugar aunque la bolita estuviese demasiado cerca

–          Bueno, pero no pensaba que estaba tan cerca

–          ¿Y donde queda lo de la técnica, eh? – Se preguntaba Don Pepe

Se vieron enfrascados de nuevo en una discusión acerca de si comenzar o no comenzar de nuevo la partida. Decidieron volver a empezar, haciendo esta vez Don Pepe el lanzamiento del boliche. Con todas sus fuerzas lo lanzó lo más lejos que pudo, llegando este hasta el final del rectángulo. Este, tras caer, volvió a desplazarse, sin que nadie lo tocase, hacia delante, llegando de nuevo a los pies de los jugadores.

–          ¡Atiza!

–          ¡Caramba!

–          ¡Demonios!

–          ¡Esto es cosa de brujas! ¡No es posible! – Dijo Don Pepe

–          No puede ser cosa de brujas hombre, alguna explicación habrá – Dijo Don Agustín

–          ¡Qué explicación va a haber! – Gritaba Don Darío

–          ¡Pues estará el campo imantado! – Decía Don Moisés

–          ¡Pero como va a estar imantado! ¿Desde cuándo? ¡Si hemos jugado aquí toda la vida! Y nunca antes había pasado cosa igual – Se preguntaba Don Federico

–          Uy, ahora con todo el cambio climático y todos los gases, puede suceder cualquier cosa – Replicaba Don Moisés

–          Quizá este parque tenga una ligera inclinación, por eso después de lanzar las bolas estas se mueven – Intentaba explicar Don Agustín, que trabajó como Ingeniero antes de jubilarse

–          Pues entonces, ¿cómo no nos hemos dado cuenta antes? ¡Si llevamos años viniendo! – Decía Don Adelino

–          Será por las obras entonces, que aquí siempre hay obras y eso tiene que tener una repercusión en el suelo. No nos damos cuenta, pero quizá con todas las perforaciones que está haciendo este alcalde, la ciudad se esté inclinando ligeramente. Como siempre hemos vivido aquí y la inclinación es paulatina, no nos damos cuenta. – Seguía Don Agustín, tratando siempre de buscar una explicación científica a los fenómenos paranormales que estaban viviendo

–          ¡Eso son mamarrachadas, hombre! – Don Pepe estaba alterado

–          ¡No me falte al respeto, Pepe, que nos conocemos! – Se enfadaba Don Agustín.

Mientras seguía la discusión, Don Moisés volvió a tomar en sus manos la pequeña bolita de madera. La lanzaba y esta volvía a sus pies, como un perrito dócil. Una y otra vez. Lanzaba, volvía, volvía a lanzar, volvía a volver, así durante diez, once, doce, trece tiradas. Poco a poco los compañeros dejaron de discutir y se iban acercando a ver las pruebas de Don Moisés.

–          No nos hemos movido de este rectángulo, a lo mejor en todos los demás esto no pasa – Sugirió Don Darío

–          Pero si siempre hemos jugado en este… – se lamentaba Don Adelino

–          Hombre, si es sólo por probar. Si funciona, os convido a vinos en la tasca – Insistía Don Darío.

Probaron en el rectángulo de tierra que estaba inmediatamente al lado del suyo. Lanzaban la bolita de madera y esta volvía a sus pies. Se quedaron boquiabiertos. Fueron probando en el siguiente, el posterior, el de más allá, así hasta completar todos los rectángulos de tierra del parque. El resultado siempre era el mismo. Lanzasen donde lanzasen, la bola de madera volvía a sus pies.

–          Deben ser las obras, no puede ser otra cosa – Dijo Don Agustín

–          Entonces, ¿no convidarás a vino, Darío? – Preguntó Don Moisés.

Se fueron cabizbajos a casa, con gran inquietud. Unos atribuían el suceso a las obras, otros al cambio climático, Don Pepe estaba seguro de que todo se debía a un mal de ojo, a algún fenómeno paranormal o vaya usted a saber qué.

Lo único verdaderamente cierto de todo esto es que después de estos acontecimientos inexplicables, tras probar varios días y ver que seguía sucediendo lo mismo, las partidas de petanca se terminaron. Al final, decidieron quedarse en el bar y jugar a la Pocha. Todos menos Don Pepe, que asustado por todo lo que ocurría, decidió encerrarse en su casa y nunca más salir. Hasta el día de hoy, nadie ha vuelto a saber de él.

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