La Primera Comunión

Ahora que llega a su fin este loco – en lo que al tiempo se refiere – mes de Mayo, uno no puede parar de pensar en una de sus características principales: las comuniones.

Siempre que veo a todos esos chavales y chavalas vestidas de comunión recuerdo la mía. Fue un 16 de Mayo de 1992. El año lo recuerdo porque fue el último que vivimos en Valencia, el mes porque es el de las comuniones y el día porque resultó ser el mismo en el que la hizo mi madre, años atrás. Mi madre tiene una memoria prodigiosa y recuerda la fecha de su comunión (algo que la gente no suele recordar con nitidez) y tanto me ha repetido la coincidencia que a mí ya se me ha grabado.

Era yo un alumno de 3º de EGB de los Maristas de Valencia. Iba a los Maristas por tradición familiar, porque mis tíos maternos y mi abuelo habían ido también a los Maristas en Madrid y se ve que a mi madre le hacía ilusión que yo fuese también Marista, aunque estuviese en los Paisos Valencians. El tutor de la clase era un tipo llamado Don Ricardo Maica. Era un profe de vieja escuela, en clase de Gimnasia (o Educación Física, no recuerdo cuando se cambió el nombre a la asignatura) hacíamos formaciones militares y también cuando hacíamos fila para subir del patio o ir a cualquier parte lo hacíamos en formación. Teníamos que extender la mano hasta el hombro del compañero delantero y andar con un cierto paso. Este tipo era de los que te daba con la regla en la mano cuando fallabas una pregunta, si bien es cierto que daba flojo, yo creo que se debatía entre sus viejos métodos y las denuncias de los padres, así que daba testimonialmente, era más un toque de aviso que un reglazo contundente. El hombre imponía, aunque a mi me caía bien porque un día me hizo una broma y vi que el tipo tenía algo parecido a sentido del humor. En clase hizo una especie de competición de grupos, algo relacionado con ortografía, y no se por qué motivo me tocó escoger a alguien para castigar. Yo no quería escoger a nadie, entonces me puso una sonrisa y me dijo cuchicheando “di a la más fea”. Yo ahí pensé “el tipo está gastando una broma, existe el humor en su corazón”, pero me negué a decir a nadie y entonces me echó una regañina y me mandó a mi sitio.

El caso es que era la comunión. Esto tenía muchos enfoques por parte de los chavales. Los de familias más pías te iban con la directa, la importancia de recibir al cuerpo de Jesús, el paso fundamental en el camino hacia la madurez cristiana, el antes y después, un día clave. La mayoría de la clase entraba más en otra esfera, la de los regalos, estaban ilusionados porque les iban a regalar esto, lo otro y lo de más allá. Luego había un par de chavales en la clase que no hacían la comunión porque no estaban bautizados y todos les mirábamos un poco como apestadillos que iban a ir al limbo después de muertos. El limbo sería un sitio aburridísimo, un tedio. Había una chica, no recuerdo el nombre, que era muy pálida de cara y yo llegué a la conclusión de que eso era por no estar bautizada. En lo que a mí respecta, asumí la comunión como una actividad extraescolar que tocaba ese año, que mis padres habían dicho que había que hacer y en la que tendría que ir con un traje de marinero. El traje en los chicos causaba división, porque estábamos los marineros y estaban los que iban de azul marino (¿de almirante? ¿de traje? ¿qué era eso?). Yo iba contento en el aspecto traje porque iba a llevar exactamente el mismo traje que llevó mi padre y eso era un orgullo.

La comunión tenía un proceso. No era ir y hacer la comunión, había un entrenamiento. Creo que era un día a la semana, en horario escolar, en el que hacíamos catequesis. Estaban presentes el propio tutor, el Padre Roque (que era el que iba a ser el brazo ejecutor de Dios sobre nosotros, dándonos la hostia) y creo – o esto me lo invento incrustando en mi memoria lo “no-sucedido” – que el director del cole (Hermano Julio, creo que era su nombre). Había una parte del proceso de entrenamiento que se hacía allí y otra parte que se hacía en casa.

Nos daban unos materiales para estudiar. Nos hablaban de lo que significaba la comunión en nuestra vida cristiana militante (que para mí terminó ese día, en ese proceso tan burocrático) y tenías que aprenderte la lección. Había que aprenderse los sacramentos, los pecados capitales, algo de teoría y muchas oraciones. Esto de las oraciones lo practicábamos en casa y para mí era el despiporre. Había que aprender una cantidad de rezos que no habíamos escuchado en la vida (hasta ese momento, me sabía el Ave María, el Padre Nuestro y el “San Cayetano bendito padre de la providencia danos pan, paz y paciencia” que rezaba mi abuela antes de las comidas – y que por cierto, me doy cuenta de que estoy olvidando partes, lo cuál me apena, tenía esa molona de  “El rey de la gloria eterna nos haga partícipes de su mesa celestial”) y unos cánticos. Todo eso había que practicarlo en casa y mi madre era la que se encargó de hacerme el marcaje, a ver si me aprendía todo. A todos nos gustaba mucho esa de “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, el Acto de Contrición , porque mientras decías lo de “por mi culpa” te tenías que golpear el pecho. Se supone que había que hacerlo sutilmente pero en ese momento los chavales de la clase nos engorilábamos y nos autoinfligíamos unas castañas en el pecho lo más sonoras posibles, a ver quien era más culpable. Mi madre luego fue catequista de la comunión de mi hermano, porque dice que los Maristas (ya de Madrid) dijeron que o salían más catequistas o no se hacía la comunión ese año.

Todo lo de las oraciones, cánticos, sacramentos y demás era la teoría. Pero luego estaba la práctica. Bajábamos a la capilla del cole para ensayar lo que sería el día “D”. Dónde y cómo nos sentaríamos, como entraríamos, quien saldría a decir qué. Y lo mejor es que ensayábamos la propia recepción del cuerpo de Nuestro Señor, acudiendo todos en orden, te daban la hostia mojada en el vino, para practicar. Lo del vino en esa época no llamaba tanto la atención porque en el año 92 en casa de mis abuelos de La Guindalera los niños tomábamos vino con casera y en casa de mi abuela de Denia mi tío Eduardo nos enchufaba el porrón de vino en medio de la comida. Ahí todavía no teníamos asimiladas las maravillas de la vida europea. Si acaso, el tema del vino lo utilizaríamos más adelante para hacer bromas sobre el cura en cuestión que hubiese en el Cole, cuando se bebía el vino llegaban los cuchicheos “reparte algo, borrachín, no te lo bebas todo, etc”. Lo de la hostia sí que nos llamaba la atención, era un pan ácimo que representaba el cuerpo de Cristo, pero en los ensayos se encargaban, después de dárnosla, de recordarnos que “¡ojo, NO habéis hecho aun la comunión, esta hostia no está consagrada! Repetimos ¡esto NO es la comunión de verdad!”. Era llamativa la importancia que se le daba a este particular, no fuese que algún chaval fuese a ir por ahí diciendo que en un mero ensayo le habían dado la comunión de verdad. Esto para nosotros era causa de morbo, nos generaba mucha curiosidad el cómo sabría ese pan tan soso una vez consagrado. Hago aquí un inciso para comentar que yo estaba familiarizado con el pan ácimo porque mi tío Eduardo tomaba ese pan y me decía que eran “servilletas comestibles”, hasta tal punto me lo creí que una vez en Denia me comí una servilleta real, el tema me causó cierta confusión y sufrí lo indecible para tragármela.

Entre tanto ensayo, antes de la propia Comunión había que pasar por otro sacramento. Ese era el de la Confesión. Para estar en paz con Dios y poder ir al cielo, además de para poder tomar la Comunión sin mácula, había que quitarse los pecados. Y para quitarse los pecados, había que contárselos al confesor, el cuál por medio de Dios te los quitaba todos y te imponía una penitencia, consistente en una serie de rezos (“Cuatro Avemarías y dos padresnuestros”) que se incrementaban, supongo, según la gravedad de tus pecados. La confesión la haríamos con el Padre Roque, que era el sacerdote que nos daría la comunión. El Padre Roque era un hombre al que recuerdo bastante agradable y con sentido del humor, hacía gracietas para quitar los nervios a los que estaban nerviosos y contaba anécdotas y chascarrillos. Resultó ser además amigo de la infancia de “El Oliva”, el tío Juan Oliver, un primo de mi padre que por cierto era una gran persona, tristemente fallecido y al que recuerdo con cariño. El tío Juan me decía “dile al Padre Roque que eres sobrino del Oliva y te tratará mejor que a los demás” y yo se lo decía al Padre Roque, aunque no me trataba mejor, pero tampoco trataba mal a nadie. A mí aun así me gustaba presumir de influencias ante la chavalería. En la confesión había que seguir un procedimiento, había un saludo y luego “hace x tiempo de mi última confesión”, entonces le decías al confesor tus pecados. En la primera confesión los compañeros incluso se hacían listas en papel, escribían en una hoja de cuaderno sus pecados para que no se les olvidasen. Yo llegué en blanco al gran momento y le dije al Padre que no recordaba tener pecados, me dijo que pensase bien, le dije que de vez en cuando me zurraba con mi hermano y me mandó a rezar ante la Virgen María.

Pasaban los ensayos y las confesiones y los niños nos obsesionábamos con la Comunión. Así, nos hicimos “comisarios políticos de Dios”. Algunos con más celo, otros por no quedarnos atrás. Si alguno cometía algún pecado o simplemente decía alguna palabrota, alguien le recordaba “vas a ir al infierno” y todos tan contentos.

Al final llegó el gran día para el que tanto habíamos ensayado. A mi me hacía ilusión el hecho de que viniese toda mi familia de Madrid, con mis primos (en aquel momento, sólo dos, hoy los Álvarez surgidos de La Guindalera y expandidos por el mundo somos dieciséis, con 30 años de diferencia entre el mayor y el menor – y yo soy el segundo – ). Me llamaba la atención que todos se alojaban en el mismo hotel y pensaba que me estaba perdiendo lo mejor de la vida porque mi primo Germán decía que se iba con mis tíos a ver “AluCine en La 2” por la noche en la habitación. Mi tío Julio hizo felices a mis padres porque apareció con una Game Boy y ¡un perro salchicha!. Concretamente una perra, a la que llamamos Tosca, que duró un año en mi casa. Entre todos los demás tíos de Madrid trajeron una MegaDrive, era la época de esas videoconsolas míticas que todavía conservo. En la familia de Valencia eran más clásicos, regalaban “cosas típicas de comunión”, a saber: abrecartas de plata, marco de plata, crucifijo de plata, cruz de Caravaca (de plata), iconos religiosos de plata y relojes. Siendo un xiquet de ocho años, aquella cantidad de plata abrumaba y aburría. Agueda, que era la hija de la Tía Marichu, me regaló un monopatín y aunque no hemos tenido mayor contacto vital (con los primos segundos es lo que tiene), siempre recordaré que fue el único regalo molón que vino de Valencia. Toda la plata la metieron mis padres en una caja fuerte que tenían para guardar las pistolas (porque mi padre hacía tiro federado y obligaban a tener una caja fuerte, no tenía las pistolas porque fuese un pistolero del Oeste ) menos el abrecartas y uno de los iconos. Y eso es lo único que conservo, porque un buen día, ya viviendo en Madrid, una banda de atracadores peruanos entró en nuestra casa mientras estábamos en Denia y arrancó la caja fuerte de cuajo con todos mis regalos de comunión.

El día de la Comunión lo recuerdo con mucho estrés. Estrés de mi madre, claro, que siempre se estresa en todos esos momentos. Mi madre se pone espídica en todas las previas de los grandes eventos religiosos familiares (bautizos, comuniones, bodas), lo cual siempre utilizamos mi hermano Miguel y yo para putear. “¿Estáis ya vestidos?” “No, nos queda una hora” , “¡Me cago en vuestra madre, que soy yo!” y tal. Pero ese día no había posibilidad de chinchar, porque yo era como un muñeco sin escapatoria. Durante la previa me asusté un poco porque para ver el tema del traje miré las fotos de comunión de mi padre y resultaba que en el convite le habían sentado entre mis abuelos y un cura, con lo que el pobre salía en las fotos con una cara de sopor terrible. Así que me aseguré sobretodo de que me garantizasen que iba a estar sentado con mis primos y amigos. Con eso garantizado ya me daba todo un poco igual.

Fuimos al cole y habíamos ensayado todo tantas veces que no había mucho problema. Antes de entrar a la capilla te hacían unas fotos en las que salgo muy serio porque siempre salgo serio en las fotos. Luego ya empezaba el proceso archiensayado, entrabas en la capilla en formación mientras sonaban cánticos celestiales de un coro. En la capilla hubo tema porque los Maristas eran superorganizados distribuyendo los asientos, nada de entrar al tuntún, había unas prioridades para padres y abuelos además de unas entradas (sí, entradas, o pases como en la discoteca) que las familias podían distribuir libremente, pero de cupo limitado (del tipo “diez pases por familia”), lo que a las familias más opusinas sentó un poco mal porque eran ciento y la madre. Luego te sentabas en tu sitio y había que seguir el guión. Yo me sentaba al lado de un chaval llamado Felix. Este Felix era un tipo grandote que lo mismo te metía una tonyina que iba de supercolega, era inquietante. Al sentarnos en la Capilla, a Felix le dio por darme tobas que no le podías devolver dada la diferencia de tamaño. Por suerte paró pronto. Luego mi reloj, que me acababan de regalar, se volvió loco de remate, todas las agujas empezaron a dar vueltas frenéticamente, lo cual me inquietaba, por lo que en vez de prestar atención al transcurso de los acontecimientos comulgantes me dediqué a girarme a buscar a mi madre entre el respetable y, una vez localizada, comencé a decirle en modo “grito-cuchicheo” (ya saben, esto que haces que hablas en voz baja, pero elevando el tono para que te oigan) que el reloj estaba loco y mi madre, con su mirada fulminante, me ordenaba darme la vuelta y prestar atención al cura. A todo esto, a mi me tocaba leer, porque todos teníamos que tener nuestro protagonismo individual. Yo leía muy bien para mi edad, todo el mundo lo decía, además me gustaba leer (lo que jugó en mi contra mucho tiempo porque sólo me regalaban libros y yo quería también juguetes), así que me tocó salir y dar gracias a Dios por los libros. Este hito de lectura pública ha sido utilizado por mi madre para intentar que lea algo en todos los acontecimientos familiares, dado que “leíste estupendamente en tu comunión”, estrategia que sigue incluso a día de hoy, pese a sus nulos resultados, puesto que desde mi comunión no he vuelto a leer nada en ningún evento.

Y llegó el momento de la Comunión. Yo iba ante todo pensando si por estar consagrada iba a saber diferente o notar algo especial. Total, que fui: “El Cuerpo de Cristo”. “Amén”. ¿Qué sucedió? ¡Nada! Sabía igual que en los ensayos, por lo que me quedé algo decepcionado.

Con la Comunión tomada, salimos al patio todos a estar con la familia. A mi me hacía ilusión porque había amigos míos del Cole, mis primos de Madrid y muchos primos segundos de Valencia, como Manolito y Pepe. En Valencia no tenía primos de mi edad, mis primos mayores me sacaban quince años y Jacobito “El Traca” tenía dos años y no daba mucho juego (luego dio bastante, en cuanto supo hablar y caminar), los mellizos no habían ni nacido. Pero la relación Valencia – Denia familiar estaba llena de conexiones del estilo “familia siciliana”, había un sentido amplísimo de la familia en la que los primos y los hijos de los primos y sus hijos respectivos se sentían familia, de forma que al primo segundo de tu padre le llamabas “tío”. Para mi era un caos tener tantos tíos que no eran hijos de mi abuela, tardé bastante en comprenderlo.  Pero bueno, nos juntamos todos en el patio y nos hicimos muchas fotos. Recuerdo la foto con mi abuela y la tía Amparito, que era la cuñada de mi abuela y tal vez su mejor amiga, porque estaba jugando alegremente y me obligaron a posar para el fotógrafo familiar (el tío Eduardo), lo que fue un bajón. Aparezco con cara de malas pulgas, mi abuela muy solemne y la tía Amparito es tal vez la que tiene gesto más amable.

En mi conexión Valencia – Denia eran muy importantes estas relaciones de primos lejanos y casamientos entre “las familias”, lo que determinó la cantidad de regalos de plata y el tamaño del convite, que parecía de boda. Esto de “las familias” para mi abuela era y es muy importante, “en las familias de Valencia nos conocemos todos” o “si pasa algo en las familias de Denia, se entera todo el mundo”. Habla de cuatro o cinco familias (extensas), no de todas las familias del pueblo, sólo las importantes, las que venimos de nobles (aunque el título se haya diluido en el tiempo y no tengas un duro, eres del clan forever). Mi padre vivía bastante aislado de esta dinámica ya viviendo allí y al venir a vivir a Madrid por suerte nos salimos de ese mundillo en el que había buena gente pero también mucho aparentar y bastante chismorreo.  El caso es que con tanta familia había mucho compromiso y “ya que Fulanito nos invitó a la comunión de su hijo, yo tengo que invitarle”. Así que cogieron un salón en el Hotel Meliá y ahí nos metimos todos. Esto lo hacen los padres y le dicen al niño “es que es un día muy importante para ti”, aunque bueno, debemos todos admitir que es un día de lucimiento de los padres (“mira-que-convite-he-montado-es-mucho-mejor-que-el-tuyo”). Ya en el convite te dejan suelto, por lo que me dediqué a jugar con los niños y hacer el cabra loca. Hubo hasta tarta con un muñequito, al que mi madre llamó “el novio”. Lo dicho, como una boda. Tal vez tuve bastante con ese banquete y por eso mi boda real la hicimos en un bar de tapas, pim pam pum, registro civil y fuera.

Así fue el día. Los compañeros más píos decían haber sentido una maravilla interior por recibir a Cristo en su ser, pero de verdad que yo no sentí nada. Después montaron “grupos de post-comunión” en los que se comentaban cosas cristianas y se hacían excursiones, no eran obligatorios pero mi abuela Carmen se empeñó en ofrecerse voluntaria para llevarme, así que ese año (sólo ese año, luego vinimos a Madrid) estuve acudiendo a esos grupos. Lo que recuerdo con más cariño es que me recogiese mi abuela, que ya iba con bastón (ahora no puede casi andar, pero resiste, con 96 añazos).

¿Qué pasó después? La plata la robaron los peruanos, el monopatín tuvo bastante uso (me despeñé con él en una cuesta en Serranillos, y mi hermano lo rompió dando saltos sobre él a lo salvaje), la MegaDrive, el abrecartas y la GameBoy todavía están en uso. El icono está guardado y hay una tarjeta en la que pone “Para el Señor Antonio Hedilla”, de la familia Barbería, creo. De vez en cuando lo miro. ¿Y las confesiones y comuniones? Me confesé dos veces más y estuve compitiendo con mi primo Manolito (que vivía en Valencia en el mismo edificio) a ver quien hacía más comuniones (cada vez que ibas a misa, contabilizabas “ya llevo cuatro comuniones”, “yo llevo siete”) hasta que perdí interés. Manolito estaba muy convencido y es muy practicante, yo perdí el hilo, no duró la competición ni un año.

Eso fue mi Primera Comunión, que recuerdo siempre en el mes de Mayo. Pero si en la historia de la humanidad ha habido una comunión absolutamente mítica esa ha sido la de mi hermano Miguel. Y de esa tal vez hablaremos más adelante.

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