El Atleti, mi hermano y el materialismo dialéctico

Patricio me abrazaba con fuerza y al abrazar me tiraba de la bufanda, lo que me asfixiaba, al tiempo que me inclinaba y me raspaba toda la pierna izquierda con el asiento delantero, en una euforia incontenible, en la máxima felicidad experimentada en mucho tiempo, un subidón demencial. Gol de Miranda y a esperar al final.

La verdad es que había estado muy tranquilo durante la semana. De pequeño nada me ponía más nervioso que un partido contra el Real Madrid, porque en clase siempre te putean los demás chavales cuando pierdes el derbi. Por suerte cuando era pequeño ganábamos de tanto en tanto. Y luego eso ha permanecido en mi vida inmutable, el canguelo pre-derbi, el acojone irracional. En las finales europeas me puse muy nervioso también, pero para este partido iba convencido.

El tema es que sabía que íbamos a ganar. Lo que pasa es que no lo podía decir muy alto por las supersticiones que tiene uno. En esto del fútbol tengo supersticiones por todas partes. Un tipo como yo, con estudios, del mundo de la razón, formado en el materialismo dialéctico, que cubre todas las áreas analíticas de la vida propia. Con el fútbol nada vale. Y llegué a la convicción de que sí se me ocurría decir muy alto que íbamos a ganar, perderíamos. Que toda la final dependía de mí. Así que silencio puro. Ni un comentario, ni un pronóstico, ni un tweet, nada. Silencio, gafe, ir al partido callado.

No digan que la ocasión no era buena. En el Bernabeu hemos ganado todas las finales, pero la racha de 14 años pesaba mucho. El primer pálpito de la victoria me lo dio mi hermano. Mi hermano es del Valencia, y mi padre, que es el que debería venir, es un señor que se ha hecho del Valencia, pero que es abonado del Atleti. Y mi padre delegó su entrada en mi hermano. Y mi hermano nos iba a dar suerte. Al saber eso, sabía que íbamos a ganar. Pero yo muy callado.

Una firma en el despacho me impidió concentrarme 24 horas en la final. Pero pronto quedamos para comer. Con Patricio, con Víctor, con la Reina Nor, con Rober (el fan número uno de Miss Caffeína) y un tipo del Depor, al que conocimos aquel día pero que me dio buena vibración por aquello del centenariazo. Comíamos en el Zagal, que es un restaurante por la zona de las Descalzas, donde comen mucho los currantes del Corte Inglés y donde a Víctor le pondrán un monumento. Víctor es un fichaje que viene del sector Javi Rabanal. Y lo que viene del sector Javi Rabanal tiene siempre las suficientes dosis de peligro y diversión que necesita un ser humano. Lo que viene del lado Rabanal suele venir del lado salvaje de la vida. Tomamos un menú del día bien regado con vino y gaseosa, porque mi tesis era que al partido había que ir algo achispado, pero manteniendo el control para no ir en la inconsciencia.  Salía la conversación, a ver que hacemos hoy, y vi que Víctor estaba acojonado con el partido, el más acojonado de todos, así que le dije “Oye Víctor, no se lo digas a nadie, pero hoy vamos a ganar porque viene mi hermano”. Me dio temor habérselo dicho, pero pensé que con la discreción tampoco iba a romper con todas estas cosas de la serendipia . Nos pusieron una crema de orujo demasiado densa y luego unas copas bien cargadas, tanto que, con el afán de mantener el equilibrio achispamiento-consciencia , hubo que dejar a la mitad. A todo esto, el Andrius se dedicaba a mandar wasaps hablando de planificaciones para quedar en Neptuno, cosa que también es una auténtica maldición, por lo que tuvimos que decirle que mantuviese la cabeza fría y el wasap tranquilo, no fuese que por su culpa se jodiese toda la final.

Entre conversaciones y recuerdos de anécdotas llegaba la hora de irse. No era plan de ir corre que te corre a una final de Copa, había que estar allí y vivir el ambiente. Llegó Javi Rabanal con tiempo de tomarse un Brugal exprés y nos dividimos. Victor, Nor y Rober verían el partido en la Peña Atlética Legazpi, el del Depor ya se había pirado dejándonos la buena suerte y Javi, Patricio y servidor iríamos a la cuadra. Antes de separarnos, otra señal del destino, la Reina Nor, que en realidad se llama Norberto y es el primo de Víctor, había encontrado una moneda de 20 duros. Otra señal de la victoria segura.

Nos embarcamos en el Metro, en Plaza de España, tras comprar una caja de puritos en un estanco de la Costanilla de los Ángeles. Javi y Patricio son de purito en los momentos ilustres. Y de ahí a territorio blanco. Decía el folleto que daban con la entrada de la Final que los del Atleti debíamos salir por Cuzco, así que eso hicimos. Rápido encontramos un bar lleno de colchoneros donde corrían los minis de espirituosos. Y había que ir achispado pero consciente, así que hubo que comprar tres de Matusalem con Cola. Nos encaminamos hacia el Bernabeu entre el personajismo colchonero (cántico mítico: “PEREA-CABRÓN-MÁSTÍTULOSQUEJUANITO”) y algún ciervo perdido, con mucha locura y ganas de final. Encontramos en una calle a una gran masa rojiblanca entonando cánticos y la euforia nos hizo finiquitar rápido el Matusalem. Tuvimos que ir a un bar a hacer el refill de rigor, nos tuvieron esperando quince minutos para luego decir que ya no había minis. Los camareros ponían patatas fritas de bolsa con pinzas, en esas zonas nobles hacen las cosas de otra forma. Nosotros estamos más acostumbrados al casticismo de Pirámides, no a tanta pijería. A todo esto, me quité el chubasquero y encontré en un bolsillo un clic de Playmobil de mi ahijado. Otra señal de victoria segura.

Para el refill definitivo volvimos al primer garito. Y vuelta al Bernabeu, a encontrarnos con mi hermano. Al ver a mi hermano, lo tuve claro, estaba hecho. Entramos en el estadio con media hora de antelación para hacernos al sitio y ubicarnos como está mandado. Ese estadio impresiona, todo sea dicho, es como una pared vertical, vaya tela. A la hora de comprar entradas no quisimos que fuese muy arriba, que parecería estar en un rascacielos. Así que estábamos detrás de uno de los corner del fondo norte, muy cerca del terreno de juego.

El despliegue de las finales es otra cosa, todo muy tenso, con su protocolo y su himno. Empieza el partido y casi no te das cuenta. Y cuando lo estás asimilando, Cristiano Ronaldo marca gol. Un tipo tan desagradable, coge y marca gol. Pero ya es otra vorágine, ni analizas el partido, te vuelves majareta, “¡Atleeeeetiiii! ¡Atleeeeeetiiii!”. A los 20 minutos ya empezaba la ronquera y como viésemos que desde el fondo ciervo gritaban más fuerte nos redoblábamos porque si en algo tenemos que ganar siempre es en las gradas. En esto que estás en la dinámica y pasan los minutos, y tiran al palo, te cagas en todo, pero fallan y dicen “están fallando, eso es que ganamos”, creyéndotelo. A mi izquierda mi hermano, al lado Patricio, después Javi. En esto que Patricio, de tanto refill de ron, dice que se mea y se va al WC. Yo pensé “se va a perder el gol del empate”. Y con Patricio fuera de sitio, marca Diego Costa. Falcao se va dejando víctimas por el camino y mete un pase al desmarque a Diego Costa, que bate a Diego López. Empate y locura. Abrazos con todos, con mi hermano, con Javi, con los vecinos de delante y los de detrás, con el tipo racional que analiza las jugadas sentado junto a mi hermano (¡qué sangre fría de señor oigan!) y el “¡vamos, vamos!” y el “¡Atleeetiii! ¡Atleeeetiii!”, en esto que llega el Patricio al que ha pillado el gol volviendo del baño y llega la locura de abrazos. Empate y vuelta a empezar.

Descanso, segunda parte y acojono. Damos la cara, que ya es algo. Uno se cansa de caer haciendo el ridículo contra esta gente, hablamos de que estamos dando la cara, de que estamos concentrados y muy metidos en la final y de que pasará lo que tenga que pasar.

Empieza la segunda parte y calientan Di María, Higuaín y Arbeloa. Estamos detrás de la portería de Diego López y eso está muy bien porque toda la acción transcurrirá en la otra portería, en la del Atleti, en el otro fondo, así que vemos poca cosa. Ves parte e intuyes el resto. Nosotros, estando tan cerca de Diego López, nos hacemos ilusiones de que veremos los goles nuestros ahí pegaditos. Pero resulta que Ozïl, que es millonario pero muy feo, se dedica a liarla mandando al poste. Que si postes, que si Juanfran saca bajo palos, que si toda la pesca. Un sinvivir. Y Cristiano Ronaldo tira una falta por debajo de la barrera y esta da al palo y le vemos que pega gritos desesperados. Ahí te pones más nervioso, pero yo pensaba “joder todo lo que falla esta gente, nos lo vamos a llevar, que nos toca”. Y nos embrutecimos. Con Higuaín, Di María y Arbeloa a pocos metros, entramos en el modo “falta de respeto”, que uno sabe que no está bien, pero dado que toda la acción sucedía tan lejos, esa era la acción. Patrick en modo “Ujfalusi desatado” le dio una brasa al Pipa y al Fideo digna de “Lo que el ojo no ve”, y a Arbeloa le caían todo tipo de comparaciones: con conos de tráfico, con señales de tráfico, con postes de la calle, mientras el Madrid atacaba. A mí me dio por el tema bélico, que es lo más común, a evocar las pelis de “Comando”, a hablar de machetes en la boca y guerras sangrientas, o sea, de todo el fútbol que no me gusta, pero que invadido por la demencia de la final y entre los cánticos y el bufandeo había que sacar a relucir. Lo veía de esta forma: la historia, el destino, la vida nos lo debe, por lo civil o por lo criminal. Con varios corners muy cerrados al primer palo sacados por Koke llegamos al final de la segunda parte, con empate a uno y poca historia. En esos corner yo pensaba que marcábamos, pero no hubo forma. A la prórroga. En esos momentos Mourinho había sido expulsado del campo pero nosotros ni nos habíamos dado cuenta. Juanfran se dolía y parecía que entraba el Cata Díaz, el malvado de GTA IV, lo que me daba buen rollo, cosa inexplicable, pero eran mis señales. Luego no entró, pero su intervención, en mi mente presa de la irracionalidad, fue crucial.

Queríamos que el Cholo hiciese cambios, para dar refresco, cosa que gritábamos con la esperanza de ser oídos entre los ochenta mil que había. Por el lado ciervo entraban Arbeloa, Pipa y Di María del tirón, a lo loco, y nosotros nada. Cuando viene una prórroga ya piensas en penalties, así que mejor no pensar. Sólo a seguir dejándose la garganta animando a once tipos que no te conocen con mucha gente a la que no conoces por no sabes qué motivo. O en realidad sí, porque el motivo es que te lo debes a ti, a tu yo-de-niño, porque el Atleti te devuelve a tu terreno de la infancia durante toda la vida. Diego Costa falló una clara, Courtois siguió parando. Y en esto llegó Fidel. Corner de Koke, cerradito, le maldijimos por sacar todos tan cerrados y resulta que el chico coge el rechace, marca un centro y Miranda se venga de los niños plastas del cole de su hijo, que son los mismos niños plastas que iban a mi cole, que son los mismos niños plastas de todos los coles, y calca el gol de Pantic al Barça del 96. Entonces viene la locura y me abrazo con mi hermano, y Patricio casi me ahoga con la bufanda, me raspo toda la pierna con el asiento de delante. Abrazas a los de delante, a los de detrás, al tipo racional que analizaba el juego en medio de la demencia absoluta, el único que mantenía la cabeza en su sitio cuando alrededor todos la perdían, te llegan abrazos por todas partes y gritos, parece que estás en la Divina Comedia. Gol de Miranda y a esperar al final.

Entonces lo hice. El camino inverso a Engels. Del socialismo científico al utópico. Y recé. Un tipo como yo, descreído, escéptico con todas las divinidades, recé a no se sabe qué o quién. Y decía “nos toca, collons, nos toca de una puta vez así que si hay algo más allá de la realidad material, que ponga orden en el universo”.

Ahí quedaban 20 minutos y ya no sabía si estaba o no estaba. Todos subidos a la silla, salvo los tipos de atrás que pedían que nos sentásemos. Les hicimos caso un rato, hasta que no. Era como para estar sentados. Salvo el Patricio, que ya ni hablaba, sólo miraba al suelo desde el asiento. Pasa todo rápido, pero muy lento. Estás envuelto en la vorágine, el griterío ensordecedor y las bufandas rojiblancas, una sola voz en el Bernabeu resonando. Yo aludía a “Comando” y a los machetes en la boca. En esto que Cristiano Ronaldo le pega una patada en la cara a Gabi, le expulsan, se monta una de esas de las que había en los Bajos de Argüelles en esos tiempos en los que iban todas las tribus urbanas, con el “Mourinho quédate” suena que te suena. Ya no se si la ocasión de Higuaín fue antes o después de todo, sólo se que cortó la respiración.

Y de repente, el final. Ni te enteras. No escuché el silbato. Sólo el griterío, los abrazos, todas las supersticiones poniendo todo en su sitio. Mi hermano nos dio suerte. Nos queríamos llevar un asiento del Bernabeu, de recuerdo, pero estaba tan bien anclado que nos conformamos con una almohadilla. Cogen la Copa y cantas, cantas, cantas. Qué felices fuimos en ese momento, la locura del fútbol. Ahí me acordaba de esa primera vez que fui con mi padre al Vicente Calderón, contra la Real Sociedad, de esos partidos malos en el añito del infierno – que luego fueron dos – y de todas las cosas de la vida, porque siempre ha estado presente. El puñetero Atleti, el maldito Club Atlético de Madrid y de mi vida, que te da algo tan intangible que pone a temblar toda mi visión racional de la vida, la contradicción, la antítesis de mi tesis, que me ha dado más alegrías que cientos de cosas.

Ahí quedará, nuestro día en el Bernabeu, nuestra final de locura, con la excursión a Neptuno, ya planificando con el Andrius como quedar para ir, sin gafes. Ahí iban muchas noches de frío y lluvia en el Calderón, en nuestra pasión voluntaria sin explicación. Todos los postes de la calle evocaban a Arbeloa.

Ojalá volvamos pronto, pero aunque no volvamos, nadie nos quitará ser de esta tribu de dementes rockeros del fútbol. Todo queda dentro del coco. Los viajes con mi padre y el bocadillo, aquel día en Segunda en el que una chica de BUP me rompió el corazón adolescente y lo pasé viendo un terrible partido con el Lleida, y las cañas, las risas, las anécdotas, las penas, la lluvia, el frío, la manta, las mallas, Jon Pinto, el Patrón del Mal, Futre, Kiko…

Lo único que tengo claro es que, visto lo visto, en los próximos partidos importantes tendremos que hacer una colecta para pagarle entrada a mi hermano.

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