Cortos: Futbito

Si decidí apuntarme a futbito fue para imitar a mis ídolos: Quique Ramos y (antes de que nos traicionase) Hugo Sánchez. A mi no se me daba muy bien cuando jugaba al fútbol en el patio, pero si yo tenía algo muy claro es que era del Atleti, aunque el resto de chavales fuesen todos unos merengones. Yo imitaría a Votava, a Julio Prieto, a todos los míos. Me cansaba escuchar ya el carrusel deportivo los domingos sin ser protagonista y tenía que empezar por algún sitio. Por eso me apunté a futbito.

En realidad yo era un chaval muy sobreprotegido. Era de estos que hasta en verano iba con jersey porque mi madre decía que me iba a acatarrar. Debo reconocer avergonzado que mi madre me llevaba al colegio y me hacía cogerla de la mano y eso me hacía el centro de las burlas de los demás chicos. Pensé que siendo futbolista ganaría un poco de respeto. Por eso en mi colegio de Chamberí quise ser parte del equipo de fútbol sala, le pedí a mi padre que rellenase todos los papeles. A mi madre no le hizo mucha gracia, porque decía que me llenaría de moratones, pero me puse más pesado que nunca para conseguir mi objetivo.

Con todos estos antecedentes, los martes y los jueves empecé a entrenar. Era bastante torpe, pero tampoco el más torpe del equipo. Aun así, chupaba mucho banquillo. Jugábamos los sábados por la mañana contra otros colegios de la zona en partidos bastante aburridos. Yo siempre tenía cinco minutos porque eran muy estrictos con eso de que todos los chavales tuviesen su oportunidad. A mi madre ni se le pasaba por la cabeza ir a verme, decía que sufría. Por eso el que me llevaba a los partidos era mi padre. También era el encargado de recogerme de los entrenamientos, porque no me dejaban ir solo a casa por si me pasaba algo.

Así fue pasando aquel año, entre clases y entrenamientos, siempre con la misma rutina. Hasta que un martes pasó el acontecimiento que marcó mi vida. Recuerdo que estuvimos entrenando y que jugamos un partidillo contra los mayores, un partidillo muy especial porque marqué gol, cosa que era muy rara porque apenas jugaba. El entrenador le había dado mucha importancia a ese partidillo de entrenamiento, incluso nos hizo llevar el uniforme oficial, un uniforme verde, en vez del chándal habitual. En el gol que marqué me pasó el balón Edu y yo marqué a puerta vacía. Vale que era fácil, pero hay gente que esas las falla. Salí bastante contento y los compañeros, que muchas veces me hacían el vacío, me felicitaron. Estaba ansioso de contarle todo a mi padre, así que fui a la salida del patio al sitio donde siempre quedábamos. Yo me sentía orgulloso, sentía que podía decirle a mi padre que finalmente mi afán por ser futbolista empezaba a encarrilarse.

Me quedé esperando en la salida. Los chavales se iban y se despedían de mí. Mientras tanto, mi padre no aparecía. ¿Qué le habría pasado? Pensé que sería un retraso sin importancia. Aunque no era habitual en mi padre, un tipo de una puntualidad excepcional, siempre podía pasarle a cualquiera. En el fondo, que mi padre se retrasase le humanizaba. No sé cuánto tiempo pasó porque no tenía reloj ni me había interesado mucho la hora a lo largo de mi vida, el caso es que al cabo de una espera bastante larga el conserje del colegio me dijo que ya iban a cerrar. “¿Qué haces aquí todavía?” me preguntó “¿Estás esperando a alguien?”. Me asustó tanto con su tono agresivo que eché a correr a toda velocidad por la calle, hasta que llegué jadeando a la primera esquina. Me sentía muy inquieto y decepcionado con mi padre. ¿Por qué no había venido a buscarme? Quizá algo había pasado en casa, pero entonces ¿por qué no mandaron a nadie en mi busca? Debo reconocer, avergonzado, que pese a tener ya once años no sabía volver solo a casa desde el colegio. Hay un par de motivos que quizá no justifican esto pero sí que pueden facilitar la comprensión de este hecho tan poco común en un chaval de mi edad. El primer motivo es que mis padres vivían temerosos de la delincuencia juvenil, el macarreo, los punkis , los quinquis y todos los peligros de una ciudad como Madrid. Por eso siempre me llevaron y me trajeron del colegio. El segundo motivo es que aunque bien podía yo haberme fijado en el camino, iba siempre tan en babia que apenas me fijaba en nada durante el camino entre la escuela y mi casa. Me constaba que mi casa era cercana al colegio y que no tardaba más que un ratito en llegar, muchos edificios me sonaban como referencias visuales pero era incapaz de ponerlos en orden geográfico o de orientarme, por esto debo reconocer que mi manía de ir pensando en mis extravagancias mientras mis padres me traían del colegio jugó en mi contra en aquel momento trascendental en mi vida.

Acabé en una plaza que me era bien conocida. Sabía que la había cruzado más de una vez con mi madre. Me hacía a la idea de que estaba en mi barrio y poco más. Frustrado, me senté en un banco, vestido con mi traje de futbito, pensando en por qué demonios mi padre se había olvidado de mí. Quizá cometí un error al irme corriendo del colegio, quizá mi padre llegó con retraso, agobiado porque sabría que le estaba esperando, y se encontró con la desagradable sorpresa de mi ausencia. O quizá se habían cansado de mis deseos deportivos y decidieron dejarme allí tirado como un calcetín sucio. Aunque a veces mi cabeza se inclinaba hacia este pensamiento tan desagradable, al final se imponía la razón y me culpaba de haber salido corriendo como el niño asustadizo que era. Aquella lamentable carrera fue la causante de mis males, de estar perdido y desorientado. Temía la regañina de mi padre, me lo imaginaba serio, sentado en su sillón, mirándome con los ojos llenos de decepción y echándome una charla sobre la responsabilidad. Entre tanto pensamiento me quedé profundamente dormido.

“¡Niño! ¿¡Qué haces en mi casa?!”. Recibí unos golpes en el hombro y comencé a desperezarme mientras veía frente a mí la horrible cara de una especie de mendigo. Sin esperar respuesta por mi parte, el hombre cogió mi mochila y empezó a hurgar. “Es mi mochila, ¡señor! ¡no toque ahí! ¡sólo tengo libros!”. El mendigo vació todo el contenido de esta y cuando vio que había dicho la verdad y que no había más que libros escolares, dejó todo desparramado y con aire de desprecio dijo “Ya te puedes ir de mi banco o te acribillo”. Me levanté enfadado, patee mis libros, los dejé ahí tirados y comencé a caminar sin rumbo. Ya se veían los primeros rayos de sol.

Al cabo de unos quince minutos llegué a un conglomerado de calles más estrechas, desordenadas y sucias. Siguiendo una de estas acabé en una plaza con una estatua blanca de dos hombres que alzaban los brazos, sobre los cuales alguien había colocado una botella de cristal. Me volví a dormir en un banco y desperté al cabo de un rato. Me dolía todo el cuerpo. Intenté poner en orden mis pensamientos. “¿Cómo llegar a casa?” me preguntaba. La situación empezaba a ser un fastidio tremendo. Era miércoles y había faltado a clase, seguramente todos estaban ya buscándome y en cualquier momento vendría alguien a llevarme a casa de nuevo. Mis padres me regañarían, yo me enfadaría y en seguida olvidaríamos todo. Pensaba en todas estas cosas con la mirada perdida y casi sin darme cuenta me vi rodeado de dos tipos con una pinta terrible. “Futbolista” me dijo uno “¿qué haces?”. Les miré detenidamente boquiabierto y les entró la risa. “Vosotros sois punkis, ¿verdad?”. Se volvieron a mirar y estallaron en una sonora carcajada, uno comenzó a cantar una canción que decía “yo me paso todo el día en un coche policía” y el otro me dijo “Chavalito, somos el residuo podrido de esta sociedad asquerosa”. Después lanzó un flemón al suelo. “Vosotros” dije yo “sois punkis y mi madre me ha dicho que no vaya con vosotros porque el hijo de una del barrio fue con vosotros y le acabaron poniendo una cresta y una jeringuilla”. Los punkis empezaron a hacer muecas de burla mientras mentaban a mi madre. Tras un rato aguantando sus tonterías, me levanté sin decir nada y comencé a caminar enérgicamente. De nuevo unos seres del inframundo me echaban de la calle. Mientras caminaba, uno de ellos vino corriendo hacia mí y me cortó el paso. Tras intentar franquearle sin éxito, me di media vuelta para andar hacia otro lado. Sin embargo, el punki me frenó y me dijo “Chaval, ¿qué te pasa? Mi socio y yo podemos ayudarte”. Desconfíe, pero nadie me había ofrecido ayuda y yo empezaba a cansarme. Les expliqué toda la situación, les dije que seguramente mi padre me estaría buscando y que todo sería mi culpa por haberme ido corriendo. “Donde vives chico”, me dijo el punki que habitualmente hablaba menos, “podemos llevarte allí si nos dices la dirección”. Avergonzado, les confesé que desconocía mis señas. “Joder con el crío… ¿cuántos años tienes?”. “Once”, dije yo. “¿Y no sabes tu dirección?”. Apreté los labios, negué con la cabeza y comencé a llorar silenciosamente. “Vamos, vamos… ¡los futbolistas no lloran!” me dijo el que era más charlatán. “¡Pronto saldrás de esto!”. Les miré muy serio y les dije “¿Y si me lleváis a una comisaría y les decimos a los policías que me he perdido? Ellos me ayudarán”. Los punkis se miraron incrédulos. “Ni hablar chaval. ¿Ayudarte? A saber que harán contigo. A la madera ni hablar. No sufras, nosotros cuidaremos de ti”. Comenzamos a caminar un buen rato hasta que llegamos a un sitio que ellos llamaban “Amparo”. Era una casa donde ellos vivían. Me enseñaron un colchón en el que podría descansar y me ofrecieron agua y un bocadillo de chopped.

Esa es mi historia, así fue como me convertí en, probablemente, el primer niño criado por “una manada” de punkis. Nos echaron de Amparo y pasamos a otras casas por la zona. Crecí con ellos, con la esperanza de encontrar a mi padre y a mi madre, pero nada. No volví jamás a la escuela, seguí a mis “tutores” (el Choco y el Papelas) por sus andanzas y así fui madurando. Con catorce años me lié con la primera chica, una antifa alemana que vino a unas jornadas. Viví en sitios variados, algunos conocidos fueron devastados por la droga. No tuve jamás más tarea que la de buscarme la vida y tratar de encontrar a mis padres de nuevo. Recogí cartones, pinté paredes, hice chapuzas, desfasé, fui a conciertos. Ahora empiezo a quedarme calvo y me falta un diente que perdí en una pelea con unos fachas. Durante un tiempo cesé en mi búsqueda, olvidé a mis padres, incluso pasé un día por el barrio, encontré mi casa y pasé de largo. Me gustaba mi nueva vida. Pero ahora me siento vacío. Volví otra vez a la que fue la casa de mi infancia y sólo supe que ya nadie vivía allí, que mis padres se habían mudado. Me gustaría reencontrarme con mis padres, por eso cuento mi vida. Todavía llevo la camiseta de futbito, con la esperanza de que, pese al paso de los años, nos crucemos y puedan reconocerme. Papá, mamá, si leéis esto, os comunico que estoy dispuesto a que nos reconciliemos y olvidemos el pasado. Os espero en “La kloaka”, el garito donde paso las tardes. Sigo llevando la camiseta del equipo, me reconoceréis. Gracias al director por dejarme publicar esto. Gracias.

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