On the road again (II)

Y ahí estábamos, en Ginebra, en Chez Guerra, con mi amigo trabajando hasta las mil en un banco. Y es que eso hay en Ginebra: bancos, bancos y bancos.

Como para llegar a Ginebra nos dimos un tute más importante de lo que teníamos planificado, una vez en Ginebra decidimos hacer parada, utilizando el día para decidir hacia donde seguir, pues habíamos estado ocupados sobretodo en organizar nuestro desembarco.

Don Guerra se fue a trabajar de traje y corbata como se estila y nos dejó a cargo de su morada, un apartamento al lado del lago. El día anterior nos había dado indicaciones sobre las cosas que había por Ginebra, que en realidad no eran muchas: un chorro sideral que sale del lago, una parte vieja pequeña y una plaza con cosas en el suelo que brillan por la noche. Y bancos, bancos, bancos.

Nos dedicamos a pasear. La Reina sacó su ametralladora de imágenes y estuvo capturando momentos. El día iba bien, las temperaturas habían bajado y todo era muy agradable. Así que eso hacíamos, pasear y estudiar nuestros pasos.

Ginebra daba que pensar, no la definiría como una ciudad suiza, la definiría más bien como un ente paralelo, una ciudad como la Ciudad de las Nubes  de Lando Carlisian. En Ginebra no hay gente “normal”, lo que hay son banqueros, coches caros, tiendas de lujo y millonarios árabes que pasan ahí las vacaciones con sus cochazos que mandan traer. No es una ciudad en la que veas gente variada, jóvenes universitarios, obreros, señoras esperando el autobús. Todo tiene otro toque.

Otra cosa que pasa en Ginebra, y en Suiza como veríamos, es que tu dinero no vale. Reputo franco, todo es carísimo allí. La mayoría de cosas cuestan entre el doble y el triple, había que ir bien agarrado a la cartera porque parece que el dinero te pedía escapar. A eso hay que añadir la incomodidad de funcionar en francos, aunque en algunos lugares trabajaban con euros pero aun así siempre es un rollo.

Por recomendación del Guerra, con quien comimos en un puesto callejero en Rue Confederation, nos dedicamos a… ¡visitar supermercados! Cosa interesante siempre para mí. Había uno llamado Globus en el que todo era delicatessen, nos fuimos bien surtidos de cervezas tras tener que vender nuestros órganos a una mafia local. Visitamos también el Coop y otro que era una especie de Corte Inglés (empezaba por M, no me sale el nombre) en el que había una terraza donde tomar algo y ver toda la ciudad, cosa que hicimos.

Además de comprarme un libro de comida suiza, no hacíamos mucho más, estar y pasear. Y reflexionar , ¿hacia donde ir? El Guerra nos ofrecía insistentemente su piso, aunque no iba a estar en casa nos dejaba las llaves (ya que por motivo de una boda hacía el camino inverso). Sugería que lo utilizásemos como base para las vacaciones. Como nuestra idea era ante todo una idea de carretera y manta, lo consideramos pero decidimos no aceptar su ofrecimiento, agradeciéndoselo enormemente.  Aun así, como Suiza era objetivamente carísimo, decidimos que el día siguiente haríamos viaje de carretera pero que si no le importa, pernoctaríamos en su casa para ahorrar en gastos de domir. ¿Cómo haríamos esto? Pues decidimos dar una vuelta al lago Leman, desde Ginebra hasta Ginebra.

Y así hicimos al día siguiente. Recogimos a Rayito, al que habíamos abandonado en una calle perdida donde no había parquímetros, constatamos que su salud estaba como siempre y procedimos a movilizarnos. Por la carretera 1, como siempre rutas pequeñas y sin peajes, nos dirigimos hacia Lausanne. Por primera vez disfrutamos de paísaje suizo, recorriendo pueblecitos junto al lago, ya que antes todo había sido Francia.

Una vez en Lausanne intentamos aparcar pero en las ciudades con el coche siempre está el problema del aparcamiento. Decidimos estacionar en un aparcamiento y dar un paseo. La diferencia esencial entre Lausanne y Ginebra no era el precio (igual de caro) ni el idioma (también hablaban francés). La diferencia era que había gente normal, era “una ciudad normal”, con vida. Un centro histórico bonito con sus monumentos y esas cosas que ve la gente, pero sobretodo, con vida.

Ahí comimos en un lugar de menú con el peculiar servicio suizo. Nos pasó la noche anterior (cenamos con Guerra en un lugar de fondue) y también en Lausanne, topar con camareros con prisa, que te insisten para retirarte el plato o que cuando estás comiendo te empiezan a poner cosas por en medio y azuzarte, ¡qué pesados!.

En Lausanne tomamos otra decisión, vista la dificultad de las ciudades con el vehículo, el viaje iba a ser eminentemente rural, cosa que para nosotros no sería ningún problema. En general, las ciudades quedaban oficialmente abolidas de la ruta.

Desde Lausanne continuamos bordeando el lago y en un momento dado nos desviamos a un pueblecito alpino llamado Chateau D’Oex, porque nuestros amigos Ido y Albareto nos dijeron que había una cervecería artesanal y claro, la cabra tira al monte. El pueblo no era nada especial y a la vez era todo especial. No era nada especial en el sentido de que era igual que los pueblos de los alrededores. Pero claro, es que esos pueblos en medio de los alpes, con sus casitas y sus paisajes, son otro cantar señores.  Desde luego quedaba claro que la calidad de vida en Suiza es alta, aunque pasa lo de siempre, la sosez generalizada de la gente y/o sus caras largas, vaya, el carácter.

Esto del caracter siempre nos mina y fue determinante. Mientras viajábamos íbamos pensando próximos pasos, la idea primera era ir hacia Alemania pero nos cansábamos un poco de la seriedad europea y empezamos a considerar ir un poco hacia Italia. Era una decisión difícil de tomar porque nos apetecían las dos cosas, pero jugando con el tiempo que nos quedaba había que decantarse por tomar una u otra dirección.

El caracter (que en Suiza, no obstante, nos pareció mejor que en Francia) y los precios, nos hicieron decantarnos por Italia. Y así entre pensamientos seguíamos bordeando el lago Leman, pasando por un trocito que pertenece a Francia, a la región de Alta Saboya, donde había también unas chozas impresionantes.

Aquella fue nuestra última noche en Ginebra. Agradeciendo a nuestro camarada toda su hospitalidad, nos despedimos. Debo decir que hasta me puse sensiblot despidiéndome de mi gran compinche, porque a la mayoría les tengo cerca pero es que este si no vive en Dusseldorf vive en Barcelona y si no en Ginebra y claro, falta poder pegarse una juerga de las de antaño, que queda sin lugar a dudas pendiente.

Decidimos tomar camino hacia el sur y desarrollar la idea inicial. Ir en marcha siguiendo una ruta, parar al cabo de un par de horas en cualquier sitio a comer, seguir otra hora más o menos y parar a dormir donde caigamos. Todo azar y azar. O bueno, casi… porque uno viaja por muchos motivos y uno es el gastronómico. Tenía ganas de tomar una raclette verdadera porque en casa de la Reina se toma mucha raclette y teníamos curiosidad por ver como era en su lugar originario. Nos enteramos de que la Raclette era típica de la zona de Valais y resultaba que nos pillaba de camino, así que investigamos un par de sitios donde poder detenernos.

Salimos de Ginebra y en seguida vimos a dos autostopistas. Y como uno ha hecho autostop y quiere devolver lo recibido, decidimos parar a ver si iban hacia donde nosotros. Resultó que sí, que iban a Saint Gingolph, el último pueblo francés que hay en el tramito ese de la Alta Saboya pegado al lado sur del lago. Así que decidimos llevarlas, aunque íbamos apretadísimos en el coche, que ya parecía una especie de bunker francés-gitano lleno de cosas por todas partes. Las chicas se llamaban France y ¿Valerie? (empezaba con V…) , eran Valonas y se dirigían a ese pueblo porque querían ir a pasar una semana en la montaña durmiendo al aire libre. France era más sensata, la otra, la que empezaba con V, estaba un poco como una mona, pero en cualquier caso eran majas las dos y nos amenizaron ese trozo de camino hasta Saint Gingolph.

Seguíamos por carreteras viendo las montañas y escuchando muchos podcast de Carne Cruda y El Sótano, porque aunque siempre nos gusta poner la radio local a veces uno se abruma con tanto idioma. Nos detuvimos en Martigny, en una pedanía de dicha localidad mejor dicho, a tomar una raclette (que no fue fácil porque había dos establecimientos cerrados por vacaciones y el tercero estaba un poco a desmano, pero valió la pena por paisajes y todo. Ya saben que de gastronomía les hablaré aquí).

Toda la zona por donde íbamos, en Valais, estaba llena de cultivos de albaricoques y carteles en francés anunciándolos. Y de repente, ¡estaban en alemán! Todos sabemos que en Suiza (y el que no lo sepa, ya lo sabe) hay distintas zonas lingüísticas, con cuatro idiomas oficiales (alemán, francés, italiano y romanche), pero nos quedamos sorprendidos porque no habíamos cambiado de Cantón. Resulta que en Suiza son más listos que aquí y saben distinguir por un lado la división administrativa y por otro lado las zonas lingüísticas y aunque un cantón suela ser total o casi totalmente de una marcada cultura, eso no significa que si en una zona de un cantón se hablaba históricamente alemán, no deje de ser oficial en dicha zona.

Vaya, que esta gente entiende y además convive bien. Mejor nos iría aquí si respetásemos todos los idiomas por igual en vez de esa gilipollez del “si todos nos entendemos en castellano”. En Suiza se respetan todos los idiomas, incluso el más minoritario (romanche), ninguno es más oficial que otro, se potencia la inmersión lingüística territorial y se apoya el conocimiento de los idiomas. Lo dicho, igualito que aquí. Y resulta que allí conviven todos medianamente bien, no como aquí que somos medio idiotas.

Total, que estábamos en Valais y pasó todo de ser francés a alemán y tan obnubilados estábamos con las montañas que decidimos parar en un camping en la localidad de Brigerbad. Y al dejar el coche para pedir información y volvernos a montar para ir a montar la tienda, ¡sorpresa! El coche no andaba. Catapún. No hacía contacto la llave. La Reina entró en pánico y yo, que no tengo ni idea de coches, dije que era la batería, por decir algo, y eso es lo que era porque mi lógica me decía que no podía ser otra cosa. Hablamos con la dependienta del camping, que era una alemana super activa y curiosa, y ni corta ni perezosa nos dijo que esperásemos cinco minutos, apareció con su coche y unos cables, conectó las baterías, arrancó su coche, arrancó el nuestro y así son las cosas señores, una muchacha de lo más eficaz. La jodienda de todo esto fue que tuvimos que dar alguna vuelta más para recargar la batería (le habíamos metido tanta caña con el gps y los podcast que el coche dijo basta) que a la vuelta ya había cerrado el mini parque acuático que tenían en el camping. Nuestras vacaciones siempre están marcadas por tener un parque acuático cerca y no ir.

Así volvimos a montar la tienda y a dormir por los suelos, en medio del mundo camping, fascinados por todas esas gentes que montan su autocaravana y se pasan ahí todo el verano sentados en sillas de camping, sobretodo franceses y muchos alemanes y holandeses. Un mundo curioso.

Paseamos un ratito por el pequeño pueblo de Brigerbad sacando fotos a todo por parte de la Reina y luego volvimos al camping. Aprovechando que había wifi en el lugar nos apuntamos las direcciones de algún birrificio italiano, por si había alguno cerca, y tras pasar una noche con un frío atroz (cosas alpinas, amigos), tocaba seguir.

El nuevo destino era Italia y la entrada debía ser, como siempre, por todo lo alto. Ni autopistas ni peajes, a lo bestia. Y a lo bestia significaba montañas, Alpes preciosos y carreteras difíciles. Con Rayito portándose como un héroe tras su incidente de la batería, nos dirigíamos a un nuevo paso fronterizo por el camino más extraño. Al llegar a Italia, dos policías chulitos nos hicieron parar en aduanas, ¡nuevo país, nuevas historias! Y tras mirar un rato por encima nos hicieron parar.

El camino hacia donde nos dirigíamos era curioso porque implicaba hacer Suiza-Italia-Suiza-Italia, dos pasos fronterizos. El primero fue este y nos paramos a comer en una localidad piamontesa llamada Re en la que hay un santuario acojonante, de estas cosas que ves enormes en pueblos pequeños y te quedas a cuadros. Ahí comimos y ya cambiaba la cosa, mucha más amabilidad y un amaretto de regalo que tuve que tomarme yo, claro.

De Re se pasaba nuevamente a Suiza, al cantón de Ticino, el cantón italiano de Suiza, donde un motero se paró a nuestro lado y nos dijo que era zamorano, como nosotros. Tras el momento de shock recordamos que Rayito es de matrícula zamorana. El tipo era medio suizo por lo que se ve, sus orígenes debían ser zamoranos, y tras su saludo, siguió por ahí más contento que unas castañuelas.

El camino avanzaba hacia Italia pasando por la ciudad de Lugano y empezaba un nuevo espectáculo: los lagos. El primer lago que vimos, como indica la ciudad, el de Lugano. En Lugano vuelves a pasar a Italia y continuamos en marcha bordeando lago, del de Lugano al de Como, ¡qué pasada! Unos paisajes increíbles. Yo no soy mucho de paisajes pero esa mezcla de lago y montaña me dejó boquiabierto, es posiblemente lo que más anonadado me ha dejado en mi vida paisajil.

Tras pasar de nuevo al lado italiano, con policías chuletas incluídos (que esta vez no nos hicieron parar), fuimos bordeando lago de Como hasta detenernos en una localidad llamada Dongo. El motivo fue que vimos una señal de camping y esta iba a dar directamente al lago. Como estábamos embobados con el lago no había mucho más que plantearse.

Así volvimos al mundo de los precios viables, en este pequeño campeggio junto al lago en el que te podías bañar. El agua estaba gélida, hice varios intentos pero por más que sea animal de aguas frías, esto era imposible de soportar mucho rato seguido, se te quedaba el cuerpo fino.

Seguimos la dinámica, poner la tienda (ya la poníamos en un minuto), pasear por el pueblo, cenar (cenar muy bien, Italia es otra cosa y además te dan un chupito!) y observar el lago.

Ahí estábamos, dos guindaleros en el camping de Dongo (camping “La breva”, para más señas), donde la gente se instalaba con sus sillitas de camping y sus mesas de camping, abriendo su botella de vino y pasando treinta días sin moverse. Eso sí, junto a un lago que es la caña

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3 comentarios en “On the road again (II)

  1. 1. ¡Migros!

    2. La mayoría de suizos con los que he tratado eran de la parte alemana y nunca me han parecido rancios, al contrario, me sorprende el sentido del humor que tienen, aunque supongo que esto se nota más pasada la barrera del trato cliente/camarero o similar. Pero vaya, recuerdo que lo hablaba con mi madre, estás en bares y restaurantes y oyes muchas más risas que en España. Igual esto es cuestión de suerte, a vosotros os tocaron los serios y a mi los alegres 😛

    3. En mi último viaje visitamos el cantón italiano en tren, la megafonía era en alemán, todo en alemán hasta que nos metimos en uno de los muchos túneles y zas, todo en italiano. Es una sensación muy rara.

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