On the road again (I)

Aunque esto ha sido sólo ponerse la miel en los labios, ha valido para recordar muchos buenos momentos y sobretodo para disfrutar otros.

Como algunos de ustedes sabrán, en el año 2008 la Reina y yo decidimos echarnos al monte, o sea, cogimos una mochila, dejamos todo en Madrid y nos fuimos a ver mundo. Aquí lo fuimos contando todo (y aquí). Fue una experiencia que duró ocho meses y posiblemente fue lo mejor que hemos hecho en toda la vida. Hicimos autostop, cogimos el tren transiberiano, nos dedicamos a transportar coches en EEUU (y eso que yo no conduzco), estuvimos alojados en casa de muchísima gente por medio del couchsurfing… una locura maravillosa. El caso es que volvimos a Madrid y eso es algo que nos hace pensar mucho. ¿Por qué volvimos? Echábamos de menos a nuestra gente, nuestras cosas y un poco de calma, empezaba a cansarnos estar siempre sin nuestro sitio, sin – perdonen la vulgaridad – tener ese espacio donde te paseas en calzoncillos y eructas si te apetece, porque estás siempre de prestado en casa de otro. Tanto tumbo nos mataba y sobretodo nostalgia, nostalgia de tantas cosas…

Volvimos, por todo eso, pero todavía a día de hoy pensamos si hicimos lo correcto, aunque ya no valga la pena pensar en eso. Está claro que había ganas de ver a mucha gente, lo suyo habría sido volver, estar un rato y luego seguir investigando mundo. El caso es que lo hicimos de otra forma y cogimos otros caminos, también con sus cosas.

Pero desde hacía un tiempo nos latía un poco el corazón viajero, un poco mucho, las ganas de estar en el camino y que el camino te vaya marcando el destino. Latía la idea con muchísima fuerza , así que decidimos lo siguiente: en vacaciones, cogeremos a Rayito, nuestro bólido, y empezaremos a tirar millas sin destino. Cuando llevemos la mitad del tiempo, daremos la vuelta por otro sitio.

Ir con Rayito, el tanque que nos transporta, formaba parte de la locura puesto que hablamos de un Citroen Saxo de 15 años, sin aire acondicionado, que además este año nos había dado varios problemas. Pero le hemos cogido cariño al coche y también este se merecía un homenaje.

Total, que nos iríamos. Se acercaba la fecha de marcharse y no planificábamos nada. Sólo que iríamos hacia el Norte, poco más. Era ya desde el principio una sensación genial de que tiraríamos sin saber a donde y decidiríamos cada día.

Se nos ocurrió ir a ver a algunos amigos que vivían por Europa, al menos tener en cuenta la posibilidad, y entre la ronda de contactos tuvo especial protagonismo para mí mi gran camarada Carlos Guerra. Este nos comentó que sería un placer recibirnos en su casa (Ginebra) pero que en unas determinadas fechas el venía para Madrid, ¡demonios! Curiosamente las fechas en las que parecía más probable que pudiésemos llegar a Ginebra. Pero os voy a contar una cosa, aunque signifique ponerse ñoño, cosa que no acostumbro por escrito pero que sale de tanto en tanto: en la vida hay una serie de personas que si te piden tirarte con ellos por un precipicio, te tiras. Una de esas personas es para mí el señor Guerra, amigo de los tiempos de la juventud, con el que confraternicé porque éramos de la cuerda del punk-rock y porque los dos éramos unos chavales torturaditos, de estos que se rayan más un disco de pizarra mal guardado, por cualquier tontería, especialmente si dichas tonterías tenían que ver con el sexo femenino. Todo lo compartido con el Guerra es clave y aunque ahora los motivos laborales nos hagan vivir en ciudades diferentes y por lo tanto nos podamos ver muy poco, es de esos grandes amigos que uno tiene. Así que si las fechas del Guerra eran unas, insistí en hacer lo posible para poder llegar a tiempo de pasar algún ratejo con él.

Todo esto era lo que sabíamos hasta el mismo día anterior a salir, un día en el que por cierto me desperté con tal dolor de cuello (mi cuello me anda jodiendo en extremo ultimamente) que no podía ni ponerme la camiseta por la mañana y se me caían lagrimillas cada vez que miraba a cualquier sitio. Terrible.

Así que un buen sábado nos montamos en Rayito, a pleno sol, y nos dirigimos hacia el Norte. Decidimos cruzar a Francia por Aragón, que parecía más interesante y novedoso. Por lo tanto, enfilamos hacia Zaragoza, con parada para comer en la Almunia de Doña Godina, un pueblo que nos pareció bastante desolador. Esperamos que los aragoneses nos recomienden pueblos en la provincia de Zaragoza porque ya conocimos La Muela, ahora este, y lo vemos como sitios con construcciones mal hechas y poca vida en medio de parajes semidesérticos. Hasta Huesca todo fue autopista, pero luego empezamos a ir por nacionales, comarcales y demás. Todo con la conducción de la Reina, claro, porque como he dicho no tengo carnet (tal vez un día lo tenga…).

Lo bueno de las carreteras pequeñas es que ves todo y como lo importante es el camino y no el destino, si el camino es una autopista en la que sólo ves lo mismo todo el rato, es un aburrimiento extremo. Además al TOMTOM instalado en el movil de aquella manera le dijimos que nada de peajes salvo pena de destrucción, así que imaginad los caminos, ¡divertidísimos!

De Huesca fuimos hasta Ainsa, un pueblo precioso en los Pirineos, declarado conjunto histórico artístico por su belleza medieval. Debo decir que los pueblos medievales muchas veces aburren porque siempre tienen tienda de vinos y artesanías, pero este tenía algo más de chispa, tal vez porque tenía más vida más allá del mero turismo medieval, como emplazamiento perfecto para amantes de la naturaleza, la montaña y demás.

Nos alojamos en un camping cercano, comenzando algo nuevo para nosotros: el mundo camping. Mi suegro nos dejó su tienda de campaña y nos vino fetén, no habíamos pensado mucho sobre alojamientos y fue una gran solución. Lo del camping está fenomenal porque vas con la tienda a cuestas en el coche, paras en cualquiera, pagas 22€ (que es lo que valía este, “Camping Ainsa”), duermes y te vas. Lo incómodo es dormir en el suelo, pero bueno, es barato y para unos días no está mal. Lo que nos llamaba la atención es que mucha gente se pasa ahí todo el verano, ¡mundo camping! Y la cosa acababa de empezar.

El camping tenía su piscina y unas vistas preciosas, que disfrutamos un rato pero luego seguimos. Los aragoneses del sector servicios nos parecieron muy secos, ¿es siempre así? Ejemplos: En Almunia “¿Qué nos recomienda de la carta?” “No se”, en el camping “¿Donde están los baños?” “No sé”. En Ainsa “¿Hay mesas libres?” “(…)”.

Al día siguiente seguimos camino, ¡una pasada! Nos dirigimos hacia Bielsa, que es donde hay un tunel para pasar al otro lado de los Pirineos, con nuestros queridos franceses. Pasas por unos pueblos y ves unas montañas y ríos que lo flipas, para de repente llegar a un tunelcillo con pinta de catacumbas, de estos en los que primero pasan los de un lado y luego los de otro porque el camino es muy estrecho, menuda experiencia, parecía el tunel del terror. Y así pasamos de un lado a otro, para parar a comer en un area de servicio cerca de Lannemezan. Ahí comimos patés que nos sobraron de la cena en Aínsa y era todo un espectáculo, porque resultó que había unos gitanos franceses muy educados (nos decían todo el rato “bon appetit”) ¡¡con Camela a todo trapo!! A mí hasta me hizo ilusión.Fue la segunda ilusión del día, la primera fue pasar por la subida al Tourmalet.

Seguimos hacia Castelmaorou, aquí teníamos el camino un poco marcado porque queríamos llegar a Ginebra a tiempo y por lo tanto todo iba algo más organizado, sabíamos al menos la dirección hacia la que ir. En Castelmaorou paramos porque vimos muchísimos coches antiguos en una especie de feria , encuentro o exhibición y nos hizo gracia y paramos a ver todos esos coches , muchos de ellos americanos con gente vestida de rocker. Y de ahí a Rodez, una localidad Occitana en la que nos detuvimos básicamente porque estaba de camino.

En Rodez nos alojamos en casa de un chaval llamado Sylvain, de Couchsurfing. No pensábamos hacer Couchsurfing pero al tener un camino marcado era más fácil organizarlo, el resto del viaje preferíamos no hacer porque nos apetecía ir por libre y estar en camino todo el rato. Este muchacho, Sylvain, era muy hospitalario, aunque hablaba francés muy rápido y de inglés no tenía ni papa, pero nos recibió muy bien en su casa, invitó a otra chica de Couchsurfing y cenamos juntos en su jardincito. Los de Couchsurfing hay que decir muchas veces que están algo atolondrados, pero con todo son buena gente y sobretodo es gente que te acoge en su casa, al igual que hacemos nosotros también con otros viajeros.

Agradeciéndole a Sylvain su hospitalidad, al día siguiente como siempre tocaba continuar. Paseamos un poco por Rodez, una ciudad con pinta de agradable, siendo estos momentos nuestros primeros contactos con los franceses, los cuales solían poner su tradicional cara de “huele a pedo” , cosa muy crispante. Sobretodo las chicas ponen esa cara, nuestros contactos con los franceses suelen dejarnos muy agobiados siempre por sus actitudes raras, aunque siempre los hay majos, claro.

De Rodez, a Lyon, pasando por unos caminos infumables (pondré el mapa del viaje en algún momento). El GPS se iba volviendo loco o más bien lo iba gozando , porque los nuevos caminos y paisajes dejan siempre sabores de boca buenísimos. Cogíamos caminos más y más pequeños y con poco sentido geográfico y así acabamos en un pueblo llamado St Alban Limagnoles, ¡en el que nos dieron de comer paella! (no muy buena) y un embutido super salado. El pueblo por lo visto era de paso del Camino de Santiago y había unas peregrinas inglesas dando vueltas por ahí. Además nos pasó lo siguiente, había un surtidor de gasolina que funcionaba con tarjeta de crédito. Metimos la tarjeta y ¡nos cobró 70€ automáticamente! Luego sólo pudimos echar 40 porque no cabía más y aun así no nos devolvieron nada, ¡qué timo! Todavía no entendemos la historia, parece ser que se supone que primero te echas y luego pagas en estos sitios automáticos (nadie te pone la gasolina ni hay cajeros ni personal humano), entonces ¿pagamos lo de alguien anterior que se fue sin pagar? ¿Se supone que te facilitan que pagues y te pires por patas? ¡Qué locura!

De allí a Lyon, donde nos acogió América, una compañera de los tiempos universitarios de Aurora, que es un encanto de chica y nos preparó una cama de lo más cómodo y se preocupó muchísimo de que estuviésemos fenomenal. Ella vive en la parte nueva de Lyon, donde hay edificios muy curiosos (como el suyo). Fuimos caminando hasta el centro donde nos encontramos con Pepa, otra compañera de estudios, y nos enseñaron un poco cosas como las casas típicas del centro de Lyon, las ventanas antiguas y los murales que hay en algunos edificios que hacen ilusiones ópticas. Cenamos por el centro y nos tomamos unas cervezas acompañados también por Sylvain, el novio de Pepa, que era francés y majo, cosa importante a señalar.

Volvimos a casa en bici ya que hay un sistema de bicicletas de estos de cogerla en un sitio y dejarla en otro que hay en todas partes menos en Madrid y que tan útil resulta. América nos organizó todo para poder coger la bici. De esta forma, a la mañana siguiente, antes de seguir hacia Ginebra pudimos dar una vueltecilla por Lyon a la luz del día, subiendo a la basílica que hay y como siempre – por mi parte – sudando la gota gorda.

El cuarto día fuimos hacia Ginebra. Desde Lyon no hay mucha distancia aunque al no coger autopista tardas más. El camino se hizo ameno, además había un laguito en un pueblo llamado Nantua donde hicimos una parada para darnos un remojón. Ameno, hasta el final, ¡había un atasco infernal en la entrada a la ciudad!  Estábamos rodeados de coches de alta gama , hay mucho rico por ahí, así que para demostrar que los de La Guindalera somos gente ruda pusimos Raffaella Carrá a toda castaña, para demostrarle a esos suizos de que pasta estamos hechos. Pasamos muchísimo calor en ese atasco, de hecho estos primeros días de viaje en coche estaban siendo un poco pesados por la temperatura, y desde la entrada a Ginebra hasta el territorio del Guerra (hay unos 15 min) tardamos casi dos horas, ¡terrible!

Ginebra además es, como todas las ciudades, rejodida para poder aparcar. Tuvimos que dejar el coche por detrás de un parque que localizamos y nos despedimos de él por un tiempo, porque estaba siendo todo tan frenético como este escrito, pim-pam-pum, seguir hacia delante, ciudad nueva y echarle horas, más de lo deseado, para llegar a ver a mi gran camarada.

Y así finalmente se produjo el encuentro. Aunque el Guerra estaba cansado por el trabajo, salimos a dar un paseo por la ciudad y nos enseñó zonas muy interesantes, además del famoso “chorro”, buena parte de las calles importantes, y nos fue contando cosas de su vida allí mientras buscábamos a unos compañeros suyos que resultó que ya se habían ido de donde estábamos.

Pero fue una noche buena en la que pudimos hablar un largo rato de muchas cosas, porque siempre es una persona con la que se puede hablar de todo, y al final cogimos la cama y caímos rendidos…

Y estos fueron los primeros cuatro días frenéticos con el objetivo Ginebra en mente. Ya seguiré contando más!

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3 comentarios en “On the road again (I)

  1. Me contaron que en las gasolineras Texaco la primera vez que vas te cobran una cantidad fija, unos cientoypico, y que las siguientes veces que pones gasolina te lo va cobrando de ahí, creo que es como un tipo de seguro. Y pasado un tiempo, si no has puesto gasolina como para cubrir el dinero te lo devuelven. No sé si ese será el mismo caso.
    Por cierto que toda esta historia de la gasolina me la contaron desde Pirineos, pocos días después de vuestro paso por ahí. También estuvimos en Ainsa. Y si me hubierais dicho lo de Suiza os hubiera recomendado cosas, hombre!

  2. Si el mundo camping te ha gustado, y conociendo tu afición al camino más que al destino, no conozcas el mundo camper, o empieza a ahorrar.

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