Cortos: La curva de Jacinto Benavente

Allá íbamos. Metidos en la furgoneta. Lanzando gritos para animarnos unos a otros. No mirábamos hacia fuera, nos concentrábamos en nosotros mismos. Repasábamos mentalmente las directrices a seguir. Silencio. Cada uno pasaba esos momentos como podía. ¿Tensión? Algo. ¿Miedo? Nada.

Se abren las puertas y allí están, con su pancarta. Como corderitos. Gritando consignas que nadie entiende y a nadie importan. No son muchos. Dicen que son miles, pero yo lo dejaría en cientos. No sé. No me importa. Los compañeros se ponen en fila, yo me pongo en mi sitio. Un niñato me mira desafiante. Ya me reiré yo de ti, mentecato, cuando te parta la cara. Hoy vamos puestísimos y parece que habrá fiesta. Llueve. Van pasando los minutos, esto empieza tarde, esperan que venga más gente. Poco a poco se congregan más. Ríen, algunos se saludan efusivos.

Camina el rebaño, camina. Escuchamos sus lemas monótonos. Por Atocha que subimos. Allá van varios punkis con las litronas y el perro que no falte. A la mínima que se muevan, repartiremos. Que ganas de perder el tiempo que tiene la gente. No perder la posición, no perder la fila, caminar a su lado. Escuchando sus insultos. Reiré el último y esta noche lo celebro. Que si torturamos, que si asesinamos… pero os vais a cagar a la mínima porque lo estamos deseando. Siento ira incontrolada. Aprieto fuertemente los dientes, hasta que me duele la mandíbula. Les miro en silencio, impasible. A nuestro lado van los del cordón de seguridad. De que irán estos macarras, con sus gorras, tapándose la cara. De que cojones van. Subimos, subimos, una punki me hace los cuernos. No cambio el gesto, todavía no toca.

Llegamos a Antón Martín. Todos a formar frente al McDonalds, no sea que estos lo rompan. De tanto en tanto pasan, ¿qué tendrán en contra de una empresa modélica? Nosotros lo defenderemos con nuestro cuerpo, porque somos la garantía de la seguridad en democracia. Lo defenderemos a costa de lo que sea. Estos se paran en el edificio de los abogados y aplauden. Poco se de historia, no me interesa, pero si esos abogados no se hubiesen metido en política… nosotros no nos metemos en política. Ya tenemos el país que necesitamos. Que ganas tiene la gente de cambiarlo. Que ganas de chillar a los empresarios, a la autoridad. Esta gentuza que camina por Atocha.

La lluvia arrecia, pero estos siguen. Y si siguen, seguimos. Caminando, despacito. Cada dos por tres se detienen, sin saberse por qué. Y luego reanudan. Y paran. Y reanudan. Y paran. Vamos a darle un poco de emoción, ordenan. Así que empezamos a hacer ruido contra los escudos. Se escucha un murmullo que crece y hay algunos gritos e insultos, ¡qué miedo! Guarros asquerosos, que miedo. Estamos casi en Jacinto Benavente, la calle se estrecha. Apretamos un poco a la gente, se ponen más nerviosos, insultan, gritan. La tensión crece. Un disparo disuasorio. Algunos se van corriendo. Que efecto más satisfactorio para nosotros, cuando unos empiezan a correr y los que van detrás, que no saben ni lo que ha sucedido, corren también. Es el miedo. El respeto y el miedo, que van de la mano. Es el sálvese quien pueda. Esas oleadas de corredores de fondo aficionados que contagian al de atrás. Los de delante, los militantes más curtidos, calman a la gente, lanzándoles proclamas. No es demasiado difícil distinguir al militante del simpatizante. El militante en general entra menos a trapo, controla más los tiempos, tiene más sangre fría. Les reconozco con la mirada. Pero se que han perdido. Porque son los simpatizantes los que van a empezar a correr, son los que van a perder los nervios, son los que nos van a dar pie para que les mandemos calientes a casa. Porque nosotros, a diferencia de los que organizan esto, sabemos qué efecto causar en la gente y cómo hacerlo.

Avanzamos. Con un estado de histeria creciente. Algunos ya se han dado la vuelta, otros siguen. Todos seguimos, bajo la lluvia. ¿Qué veo al fondo? La calle de la Concepción Jerónima. Estos van a Tirso de Molina en procesión. Pero saben ellos y sabemos nosotros que esa curva tiene un efecto mágico. Que al girar aumentan las posibilidades de fiesta. Lo estamos deseando. Llegamos. Los compañeros nos miramos y decimos todo sin decir nada. Los más expertos entre “ellos” ponen gesto preocupado. Y sucede. Ruido de cristales. Alguien ha lanzado una litrona contra la pared. Suficiente. Hasta aquí habéis llegado. Y recibimos la orden. Carga.

Pronto vendrán más compañeros.  Mientras tanto, nosotros sacamos las porras y empezamos. Es el momento del día. Es cuando cobramos sentido. Nos contenemos cuando nos mandan, golpeamos cuando nos mandan. No hacemos preguntas, ese no es nuestro trabajo. No cuestionamos, porque sabemos que somos la garantía de orden, paz y estabilidad del Estado. Se sientan unas chicas, con las manos alzadas. Pobres ilusas. A hostias las levantamos. Estas no vuelven a pasearse en manada. Dispersamos a golpes. ¡Qué placer indescriptible ese caos de carreras por todas partes! Corred, bastardos, hasta quedaros sin aire. Es el punto en el que la mayoría corren como nunca han corrido en su puta vida. Pasan los minutos, sólo quedamos nosotros y los más macarras. Más de uno duerme hoy en comisaría y aunque un juez progre les saque al día siguiente, la experiencia que van a pasar no se les olvida jamás.

¿Qué pasa? Ya están haciendo barricadas con los cubos de basura. Empieza la lluvia de litronas. Nos cubrimos bien. Avanzar un poco, disparar, avanzar un poco. Mierda. Nos empiezan a rodear. Es justo reconocerlo, muy lentamente aprenden. Muy despacio, necesitan décadas para mejorar. Pero aprenden. Nos tienen rodeados, lanzando de todo. Nos cubrimos con los escudos. Es cosa de aguantar. Aguantar. Algún disparo y aguantar. Botes de humo y aguantar. Escucho a lo lejos las sirenas. Estamos preparados, vendrán los compañeros y acabaremos con esto. Se ponen agresivos. Nos protegemos como podemos. La tensión crece, pero estamos preparados. Por detrás empieza a caernos de todo, respondemos disparando. Intentamos avanzar, girándonos, pero es imposible. Una litrona me pasa cerca. Y otra. Me duele el cuello. Con la tensión ni me entero si me dan. Se me nublan los ojos. Me mareo. Quedaros ahí guarros, que esta noche me río yo. Veo borroso. Escucho las sirenas a lo lejos…

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