Cortos: Narváez-Moncloa

He cogido el 61. Otra vez, como cada día laborable en los últimos 20 años. En la parada de Narváez esquina con la calle O’Donnell. Voy en autobús a trabajar porque mi oficina está en un edificio de la Castellana y en seguida se hace muy difícil encontrar aparcamiento. No compensa, además, ponerse muy nervioso de buena mañana. En el autobús, a las 7:30, se va muy bien. Todavía no sube demasiada gente, no hay demasiado tráfico durante el trayecto y si has dormido mal puedes echar una cabezadita.

Tengo localizados, más o menos, a las personas que suben, porque muchas son las mismas desde el principio, y otras están un tiempo haciendo el mismo recorrido hasta que un día no les ves más. Lo mismo pasa con el chófer, a lo largo de estos años sólo he visto tres distintos en este horario, con la salvedad de aquellos que de vez en cuando son nuevos pero les ves únicamente un día, porque estarán haciendo alguna sustitución, o por ser vacaciones, o por estar haciendo prácticas. Realmente desconozco el motivo, sólo lo imagino, porque nunca he conocido a nadie que trabaje en la EMT y pueda explicarme cómo se hacen los turnos. Prácticamente nunca he cogido el autobús tarde, siempre cojo el mismo, que tampoco tiene una hora exacta de llegada, pero es siempre en torno a las 7:30. Puede llegar un poco antes o un poco después, un minuto arriba o un minuto abajo.

Casi todo el año salgo de casa y es de noche y cuando vuelvo es también de noche. El día pasa mientras estoy dentro de la oficina, por lo que casi podríamos decir que mi vida es independiente de la luz solar. Se que el sol ha salido porque lo veo por la ventana, pero nunca coincidimos los dos en la calle. Sólo en verano, que amanece antes, y los fines de semana.

Si me preguntas en qué trabajo, podría explicártelo de manera egocéntrica, como he hecho a lo largo de muchos años. Una carrera de tanto prestigio en tal universidad con un master de no se qué porque mis padres podían pagármelo. Y no me ha ido mal, mirándolo con según que ojos. Tengo un puesto que para los cánones sociales actuales está bastante bien, “un puesto alto”. No es el más alto, por supuesto, ni de los más altos, si así fuese quizá tendría un chófer propio y no uno colectivo del servicio de transportes municipal. Quizá podría pagarme uno, ahora que lo pienso, pero también es verdad que siempre he ido en autobús y no se va mal, se va más tranquilo. Me pude comprar un piso grande en la zona de Retiro y ese era uno de mis objetivos, el estatus, la posición, el vivir en cierta zona relacionándome con cierta gente tomando brandy en ciertas copas para hablar de ciertos temas importantes mientras criticaba al gobierno.

Lo que pasa es que un día me levanté y empecé a verlo todo negro. Negro como está el día, pues todavía no ha amanecido, y eso que ya llevamos un tramo de Conde de Peñalver avanzado mientras avanza el bus. No se por qué estudié lo que estudié, imagino que todo me condujo a ello, lo estudié, supongo, pensando en el dinero que ganaría. Y porque tenía muchas salidas. No se donde están las salidas, porque yo a esta vida no le veo salida ninguna. Me he aburrido de vivir así. De repente no le veo la gracia. La gente con la que me relaciono, todos unos mequetrefes que viven en la sociedad de la apariencia. Cuando vienen y se ríen condescendientemente de distintas cosas, me dan asco y pienso en tirarles algo, o escupirles, o partirles la cabeza. Pero luego pienso que para qué va a servir todo eso. Yo soy un simple ejecutivo con un despacho que hago que los clientes paguen, no soy una persona que parta cabezas, aunque tenga ese sentimiento interno. Poco a poco voy hablando con menos gente porque vivo en un círculo estúpido y la gente que vive dentro me parece idiota en términos generales. ¿Para qué hacerme su amigo? Lo veo absurdo.

Esta señora que se sube en el autobús, lleva subiendo por lo menos diez años. ¿Hacia donde irá? Nadie lo sabe. Nadie sabe hacia donde va esa señora, ni esa señora sabe hacia donde va, salvo que sabe donde se baja, lo cuál significa que sabe hacia donde camina en un sentido físico, aunque no vital. Tendrá algún trabajo rutinario que ya dura mucho, y ya sus movimientos los hará como una autómata. Como hago yo mismo. Muchas veces me permito dormir mentalmente, aunque me ha sonado el despertador, mi mente está en cierto modo dormida, aunque corporalmente hago una rutina de ducha, vestirse, desayunar, caminar hacia la parada…  lo hago prácticamente sin pensar. Hay veces que ya llevo un buen rato en el autobús y de repente noto como un flash y pienso “¡Un momento! ¡Pero si ya estamos bajando Diego de León!”. Quizá eso se llame estado mental catatónico de intrascendencia temporal consciente. Porque conscientemente el tiempo no está trascendiendo, pero es porque mentalmente en realidad sigo dormido. Este término no existe, me lo he inventado yo, pero prometo que me sucede. Quizá a esta señora le pase lo mismo, quizá cuando llega su parada, aunque no se haya dormido, ha ido “como dormida”. Esto es por puro automatismo de hacer lo mismo muchas veces, todos los días, sin saber por qué. Por eso digo que nadie sabe hacia donde va esa señora, ni ella misma, ella sólo hace lo que hace, llegados a este punto, porque lo lleva haciendo tanto tiempo que ya le sale solo. A mi me pasa, yo no se hacia donde voy. Se que el autobús va hacia Moncloa, en un sentido de movimiento automovilístico, si es que puede llamarse así, pero realmente no va hacia ninguna parte, o va hacia lo mismo de siempre, que es como ir hacia la nada.

El chaval este que se subió en mi misma parada lleva sólo un par de años haciendo el mismo recorrido. Creo que va al Instituto, pero ¡qué temprano! ¿no? Se pone unos auriculares y escucha una música infernal, ¿heavy metal? Lleva pelo largo y va de negro, quizá sea heavy metal. Le comprendo, es una buena manera de no quedarse dormido a estas horas, porque los chavales a ciertas horas se quedan dormidos. Si te pones música atronadora, es difícil que te quedes dormido inesperadamente. Este chaval quizá sepa a donde va, porque tendrá seguramente algún proyecto, por ejemplo, crear una banda de heavy metal y tener una vida de desenfreno, hacerse un mito de ese estilo de música, tocar en distintas salas y quizá en un futuro, ya mayor, llenar estadios, o quizá morir dentro de diez años debido a los excesos. Quizá sí que sepa hacia donde va, este chico, pero es posible también que le empiecen a marear pronto, en su entorno, porque le dirán que estudie algo, algo con salidas, con futuro. Y dará su brazo a torcer y posiblemente cambiará sus hábitos y acabará cogiendo otro autobús, o el metro, o se verá metido en un atasco en la M-30, pero tal vez no le importe porque ganará dinero y se comprará cosas con su dinero y será parte de un círculo social con dinero y todos se reirán porque todo tiene muchas salidas. O puede que no, puede que se de cuenta de que es un autómata y entonces piense que nada tiene sentido.

Ahora que miro por la ventana y veo que, sí, bajamos por Diego de León, yo pienso que no, que no tiene sentido. Todo esto no tiene sentido. Y no se como, pero me he dado cuenta recientemente, un día no se por qué fui consciente. Entonces se me abrieron distintas alternativas. Una primera fue de índole mortal, o sea, que tal si me muriese ahora. ¿Qué  pasaría? Posiblemente nada. Un día naces y no te das cuenta, porque tu consciencia del “yo” no es repentina, de hecho ya llevas algunos años viviendo cuanto te reconoces en un espejo y te distingues a ti mismo como un ser humano dentro del mundo. Del mismo modo, pienso que cuando te mueres, no pasa nada. O sea, te mueres y adiós, muy buenas, como cuando se te estropea algo y lo tiras a la basura. Caput, fin, se acabó. Y, si no hay nada, ¿para qué vale todo? Ah, pues eso, no vale para nada. Todo vale para nada, o nada vale para nada, o esto vale para nada. Por eso, pensé, ¿si no vale para nada, para qué vivir? Primero pensé en suicidarme, de alguna manera, pero ninguna me parecía atractiva. Pero aun así mantuve la idea de que lo mejor era morir, por tanto esperé la muerte. Esperé olvidarme el gas abierto, aunque nunca sucedió. Alguna vez pensé en dejarlo abierto a propósito, pero eso no valdría, por lo tanto lo cerraba. Luego pensé que tampoco tenía sentido morirse así como así, puesto que ya que estamos vivos, lo fácil sería dejarse llevar. Mi segundo enfoque de la cuestión fue más bien positivo, epicúreo podríamos decir. Como nada importa nada, vamos a pasarlo bien y ya nos pillará la muerte cuando toque. Sabiendo que vamos a morir de todas formas, mejor al menos disfrutar mientras estás vivo. Pero como mi círculo de amistades está compuesto de imbéciles absolutos, no tenía como pasármelo bien. Intenté pasármelo bien yo sólo, pero no sabía qué hacer. Y mi mujer es un muerto, porque forma parte de esas marujas que en vez de hablar en la portería hablan en el “fitness center”, porque son marujas de alto standing, por lo que pasárselo bien con ella es imposible. Pensé en hacer locuras, en hacerme un galán, ligar con todo tipo de mujeres, o irme de putas, o emborracharme, o todo, pero luego me daba vergüenza.

Creo que algo que fue clave en mi desilusión sobre la vida sucedió precisamente en el trabajo. Lo de plantearme el “para qué” es nuevo, es una consecuencia de todo, pero en verdad yo no me planteaba nada más allá de ir al golf, ir a buenos restaurantes o comprar buenos trajes. Trabajo en el departamento de cobros, de hecho soy una pieza importante de dicho departamento. Teníamos un cliente que no pagaba un trabajo que hicimos y hubo que hacer el procedimiento habitual, requerirle por activa y por pasiva, hasta llegar a amenazar con emprender la vía judicial, lo que puede suponer embargos. Así se lo comuniqué a esta persona. “Por favor”, me dijo suplicante, “denme más tiempo, confíen en mí, puedo pagar, sólo necesito tiempo”. Me desglosó  su vida en pequeños capítulos, la universidad de los hijos, su madre enferma, su casa que estaba pagando a plazos. Normalmente yo era inflexible, no agresivo, ni maleducado,  tampoco insultante, pero si inflexible. Con perfecta educación y calma era capaz de decir “Lo siento, tendremos que emprender las acciones legales pertinentes. Gracias por su atención”. Pero, no se por qué, no se si fue el tono de este hombre, no se que fue, vaya, pero algo me conmovió. Y le dije “deme tiempo, a ver si se puede hacer”. Rompí el protocolo habitual, hablé con mis superiores, les dije que pensaba que se podía dar un voto de confianza a este cliente. Los jefes aceptaron concederle más tiempo y así se lo comuniqué yo a nuestro cliente, el cuál se puso muy contento. “Prometo no decepcionarles”, dijo.

La EMT últimamente cambia mucho de modelo de vehículo. Estos que han puesto tienen hasta una voz que te recuerda el día en el que vives. Ahora lo dice, “Hoy es 10 de Octubre de 2009”. Es útil tener una voz que te diga el día en el que vives, porque tal vez se nos olvide en algún momento. No se quien lo habrá pensado. Bueno, el caso (perdonen que me desvíe, pero esto me ha llamado la atención, lo de que te recuerden el día) es que el cliente que no nos pagaba tuvo un plazo extraordinario. Prometió no decepcionar a la empresa, y vaya, no lo hizo. Con un gran esfuerzo este tipo salió adelante y fue pagando sus deudas. No sólo eso, sino que fue haciéndose un hueco en el sector. “Es admirable”, me decía a mi mismo, “esta persona ha aprovechado su oportunidad”. Tan bien le fue a nuestro cliente que sus negocios iban creciendo, su dinero multiplicándose, hasta que llegó incluso a asociarse con nuestra empresa. Todo un ejemplo de superación personal. Pasaron varios años y este hombre también tuvo gente que le debía dinero. Por medio del convenio de colaboración que hicimos, nosotros gestionaríamos sus cobros. Y hubo una persona con la que hubo que hablar, que lo estaba pasando mal, que también me conmovió por segunda vez en mi carrera (y sólo pasó estas dos veces). Así que hablé con nuestro antiguo cliente, ahora socio, y le expuse la situación, confiando (aunque no se lo indiqué, habría sido descarado) en que se vería reflejado en la situación y podría dar a este otro cliente un plazo, unos meses más, algo. “Estará usted de broma, ¿no?”, dijo nuestro antiguo cliente, actual socio. “Nunca perdono mis deudas, los negocios son cosa de adultos, no de niños, ahora vienen a llorar cuando lo que tienen que hacer es pagar”. Y así, se fue. Sin la mínima piedad, sin un poco de compasión, sin, incluso habría sido más apropiado, algo de solidaridad, un sentido de hermandad, una especie de mimetismo, un “démosle un plazo, yo también lo pasé mal, todo el mundo merece otra oportunidad”. Al final, nada. No se le dio ni un día más, al final este segundo cliente perdió todo y nuestro antiguo cliente y actual socio contaba la historia como un chascarrillo, alardeando de dureza, vanagloriándose de su acción implacable.

Con estos antecedentes, empecé a pensar en cuanto desgraciado hay suelto. En que quizá  la humanidad tenga poco positivo y mucho negativo. Así empecé  a plantearme muchas más cosas, empezando por mi vocación laboral, cuestionando mi condición de autómata vital, planteándome incluso el sentido de la propia existencia. Una conclusión que saqué  en claro es que la especie humana es, posiblemente, la más nociva de las que habitan la tierra. Tuve momentos de gran entusiasmo en los que pensé, incluso con emoción y orgullo, en que esto podía cambiar. Hasta me plantee entrar en política. Pero me hice quisquilloso, creo que demasiado, porque de repente lo veía todo claro, veía por todas partes los mismos comportamientos egoístas y repugnantes. Antes no me daba cuenta, vivía en mi burbuja, pero de pronto tuve la certeza de que nadie se mojaba por nadie. Nadie era capaz de ayudar a nadie, todos eran capaces de aplastar a todos. La gente no tiene solución, está todo demasiado metido en nuestra cabeza, todo el modo de vida lo tenemos insertado, metido a presión, es imposible cambiar, ya pensamos como depredadores. Por eso, de tener un sentimiento solidario, de tener ganas de movilizarme para que la gente fuese mejor con su prójimo, pasé a un odio absoluto. ¿Y si se va todo a la mierda? ¿Y si salta todo por los aires? Claro que en el fondo de mi ser no me veía capaz para hacer nada violento, pues soy incapaz de hacer daño a una mosca, e incluso me daba vergüenza el mero hecho de haberme planteado hacer explotar todo esto y todo aquello, para acabar viviendo en una especie de estado salvaje. Soñaba con la ciudad desierta, con un Madrid abandonado y en ruinas y una vida en la naturaleza.

Un día, leyendo un reportaje científico, leí que la media de supervivencia de una especie no pasa de los 6 millones de años. Entonces vislumbré  el final del túnel. Nuestra especie sobrepasará esa cifra de un momento a otro. Entonces nos caerá un meteorito, o habrá cualquier otra catástrofe, y se irá todo a la mierda. Adiós a la especie humana. Si yo llego vivo a ese momento, moriré junto a todos y se acabó. Si no, simplemente esperaré mi propia muerte, sin hablar con nadie, rompiendo con todos, haciendo mi rutina autómata, sabiendo que nos queda poco sobre la tierra.

Mira, ya estamos en Emilio Castelar.

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