Cortos: Mis nueve céntimos

–       Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? – preguntó el dependiente con una gran sonrisa

–       Sí, mire… – Marcos caviló – es que…

–       Sí dígame

–       Mire, que yo he estado haciendo unas llamadas.

–       Sí.

–       Y mandando unos mensajes.

–       Sí.

–       Y que me quedan nueve céntimos en el teléfono. A ver si me los podían dar

–       (…silencio…)

–       Es que con eso, no voy a ninguna parte

–       Ya veo… ¿entonces le hacemos una recarga?

–       No, no, es que ya no estoy interesado en usar el teléfono.

–       Entiendo.

–       Y lo que quería era que me dieran mis nueve céntimos. Porque con eso no puedo llamar a nadie ni mandar mensajes. Y llamé a información y me dijeron que fuese a la sucursal más cercana, que es la de Bravo Murillo, y por eso he venido aquí a Bravo Murillo

–       Ya… mire, me temo que eso no se puede hacer, pero podemos recargar cinco euros.

–       Es que yo  no quiero recargar cinco euros.

–       No se preocupe señor, si ahora no tiene dinero no tiene por qué hacer la recarga de inmediato, puede esperar y venir otro día.

–       Mire es que yo no quiero venir otro día, es que no puedo hacer nada con los nueve céntimos y por eso quería que me los devolviesen.

–       No… no… no va a ser posible, caballero.

–       ¿Cómo no va a ser posible? Mire, yo no tenía teléfono móvil. Y mi hija me dijo, “papá, cómprate un teléfono móvil, que estás ya mayor y hay que tenerte localizado”.

–       Ya.

–       Y entonces yo no me lo compré. Pero para Reyes, me lo regalaron.

–       Ya.

–       Y entonces lo cogí y le hice una recarga.

–       Ya.

–       Y fui llamando. Mandé unos mensajes, pero los que me mandan no los se leer

–       Ya.

–       Y se me acabó el saldo. Y como se me acabó, yo ya me he cansado del teléfono móvil. Por eso no lo quiero usar más ni lo quiero recargar. Cómo no lo quiero recargar, porque no quiero usar más teléfono móvil, el dinero que yo metí, quería que me lo devolviesen, si son ustedes tan amables.

–       Señor, lo siento mucho, pero me temo que no va a ser posible.

–       Entonces ¿quién se queda esos nueve céntimos? ¿La compañía?

–       No lo sé, señor… de todas maneras, son sólo nueve céntimos…

–       Oiga joven, ¡me está usted faltando al respeto! ¡¿Me está llamando agarrado?!

–       Nada más lejos de mi intención…

–       ¡No quiero hablar con usted! ¡Qué venga el encargado!

–       No se ponga así caballero, el problema es que lo que usted me está pidiendo es sencillamente imposible.

–       ¡Pero como va a ser imposible! ¡Usted no me entiende, que venga el encargado!

–       Pero…

–       Ni pero ni leches. ¡Qué venga!

–       Señor intervino una señora de la cola – le vengo escuchando y creo que no tiene usted razón y además nos está haciendo perder el tiempo –dijo, al tiempo que el dependiente se iba a buscar a una mujer alta-

–       Oiga usted no se meta –dijo Marcos- que yo con usted no tengo nada que ver ni me meto en sus asuntos.

–       Por gente como usted van las cosas tan mal en este país –replicó la señora-

–       ¡Déjeme! ¡Déjeme en paz! ¡Métase en sus asuntos!

–       Señor, ¿tiene algún problema? – Dijo la mujer alta, que venía con el dependiente

–       ¿Y usted quién es? – preguntó Marcos

–       Señor… es… es la encargada, con quien usted quería hablar ¿sé acuerda? – Dijo el dependiente

–       ¡Claro que me acuerdo! ¡Qué no estoy gagá! Mire señorita, a ver si usted me puede ayudar, porque tienen un dependiente que da muy mal servicio. Mire, yo tengo en este teléfono móvil nueve céntimos de saldo. No puedo llamar, ni mandar mensajes, no puedo hacer nada y quiero que me devuelvan mis nueve céntimos restantes porque no los he usado y no los voy a usar porque no puedo.

–       Señor – dijo la encargada – eso que me está usted pidiendo es totalmente imposible de efectuar. No entra dentro de nuestras posibilidades. ¿Por qué no hace usted una recarga? Así podrá seguir utilizando su teléfono

–       Oiga señorita, mire, yo nunca he tenido un chisme de estos en mi vida y he vivido muy bien. He trabajado en Correos, me he casado, he vivido siempre en la calle de Almansa. He tenido hijos y nietos y nunca he tenido un teléfono, ya lo he usado, no-me-gus-ta, ¡no me gusta! Y quiero que me devuelvan mis nueve céntimos.

–       Lo siento muchísimo señor, usted no lo comprende, pero es que no puedo reintegrarle sus nueve céntimos.

–       Pues algo habrá que hacer. Porque con estos nueve céntimos,  no puedo ni llamar, ni mandar mensajes ni nada.

–       Bueno, pero puede usted recibir llamadas y mensajes.

–       ¿Y quién me va a llamar, leche! ¡Y no se leer los mensajes!

–       Me temo que no podemos hacer nada por usted. Lo siento. Le ofrezco dos alternativas, recargarle el móvil o que se vaya usted a su casa. Tenemos más clientes a parte de usted y la cola es cada vez más larga.

–       ¡Nos están faltando todos al respeto! ¡El señor y ustedes los de la compañía! – dijo la señora de antes-

–       Pues yo de aquí no me muevo sin mis nueve céntimos –insistió Marcos-

–       ¿Y qué va a hacer? ¿No ve  que no hay nada que se pueda hacer? – Dijo la encargada-

–       Pues me pienso quedar aquí sentado hasta que esto se resuelva. A mi me están robando, ¡me están robando! Uno trabaja toda la vida para que vengan ustedes y me roben – Y dicho esto, se sentó en el suelo

–       Pero… pero… ¡señor! ¡hombre deje de hacer el tonto! ¡Qué no está usted ya para estos trotes! ¡Levántese de ahí o tendré que llamar a alguien! – exclamó la encargada de la sucursal.

–       Pues que me devuelvan mis nueve céntimos. Si les parece una cantidad tan mísera, pues devuélvanme mi dinero, que uno no ha trabajado toda la vida para que le roben así como así.

–       ¡Bueno! ¡Pues haga usted lo que quiera! ¿A quién puedo atender? – preguntó la encargada

–       ¡Pero me va usted a atender con este señor ahí sentado, entre nosotras dos? – dijo la señora de la cola

–       ¡Esto es vergonzoso! ¡Un señor mayor y ustedes humillándole! ¡Denle su dinero! – dijo una chica joven que también estaba en la cola, de más de quince personas en esos momentos, mientras un rumor de aprobaciones o desaprobaciones se escuchaba entre los demás clientes

–       Javi, ¡Javi! – Dijo la encargada al dependiente, que estaba absorto – ¡Atiende a la gente, anda!  – Javi se puso manos a la obra. Entre los dos fueron atendiendo a la clientela, que se apañaba como podía con el señor Marcos sentado entre ellos y el mostrador

——-

–       ¡Antes me muero en esta tienda que irme sin mis nueve céntimos! – dijo Marcos

–       ¡Hombre! Vuelve a hablar el antisistema – Dijo la encargada

–       No se haga la tonta conmigo, señorita. Devuélvanme mi dinero, ¡mi dinero! O moriré aquí y saldremos en “El Caso”

–       Llevo un tiempo observándolo desde la cola, ¿alguien me puede decir por qué hay un señor sentado en el suelo y gritando? – dijo un señor trajeado cuando le llegó el turno de ser atendido

–       ¡Estoy protestando y haciendo boicot porque me están robando!

–       Diga que no, señor – dijo la encargada – no le haga caso. Este señor nos está pidiendo algo imposible. Como es imposible de hacer, no lo hacemos. Al señor no le gusta y ha decidido sentarse ahí, perturbando el libre desarrollo de nuestra actividad. No llamo a la policía por pena

–       ¡Pues llame! ¡Llame! Irán ustedes a la cárcel, por ladrones – dijo Marcos

–       Y ya ve, habíamos decidido ignorarle, se había callado durante un par de horas, pero de repente ha decidido volver a pegar gritos como un salvaje – seguía contándole la encargada al señor trajeado

–       ¿Y no pueden hacer nada para que se vaya? ¡Está molestando a la clientela! – replicó el trajeado

–       Válgame Dios, menudo egoísta está usted hecho – proclamó Marcos desde el suelo – ¡ya le robarán a usted! ¡Y cuándo pida ayuda, no le hará nadie ni caso! ¡Insolidario!

–       Oiga señor, todos tenemos nuestros problemas… estoy seguro que hay mejores soluciones que sentarse ahí como un loco y molestar a todo el mundo

–       ¡Pues a mi no se me ocurre ninguna!

–       ¿Por qué no habla con alguien superior? Le estarán esperando en su casa, no tiene sentido que esté usted aquí tirado, está molestándonos a todos. Ponga una queja al departamento pertinente – dijo el trajeado

–       ¡A mi me han dicho que para resolver mi problema venga a la oficina más cercana, que es la de Bravo Murillo, y aquí estoy, en Bravo Murillo, y nadie me resuelve mi problema

–       Señor, mire, pero es que estamos en el mundo civilizado, ponga una reclamación en el lugar que corresponda, hable con alguien, estos dependientes no tienen culpa ninguna…

–       ¡Eso voy a hacer!

–       ¿Cómo? –se extrañó el trajeado

–       No me muevo de aquí hasta que no venga el dueño de la compañía – dijo Marcos

–       ¡Ja! – rió sarcásticamente la encargada

–       Y usted de qué se ríe, señorita? ¿Le hace gracia todo esto? – Marcos preguntó

–       Mire señor, el dueño de nuestra compañía es un señor muy importante, con muchísimos compromisos sociales, no va a venir aquí a una sucursal de barrio porque a usted no le de la gana recargar su teléfono móvil

–       ¡Pues de aquí no me pienso mover! ¡Qué venga alguien! ¡Qué venga alguien pronto o me muero aquí mismo! Tratar así a un anciano…

–       Mire, yo ya no se ni que quería comprar, ya vendré otro día – dijo el señor trajeado – , estamos todos perdiendo el tiempo

–       ¡Eso! – Dijo un hombre que no paraba de mirar su reloj y resoplar

–       Señor, ¡estoy hasta el moño de usted! ¡Me tiene harta! ¡Está espantando a los clientes y está poniéndome de los nervios! ¡Yo qué le he hecho a usted! No tengo la culpa de sus nueve malditos céntimos ¡Nos está fastidiando el día! ¡Váyase de aquí! – La encargada estaba cada vez más alterada

–       Señorita, esto es un acto de justicia. Esto es muy sencillo. Que me den mis nueve céntimos y me voy de aquí. Y si no me los dan, aquí me quedo, en el suelo. Que venga el presidente de la compañía a hablar conmigo – contestó Marcos

–       ¡Por Dios! ¡Dioooooosssssss! ¡Está volviéndome loca! Mire señor, mi paciencia se empieza a agotar. ¡Levántese de ahí! ¡Mire que no estoy llamando a la policía porque no quiero que esto vaya a mayores ¡Pero lo voy a hacer!

–       Haga usted lo que le plazca, a mi amenazas las justas – Marcos seguía en sus trece y algunas personas de la cola se iban a sus casas, cansados de esperar.

–       ¡No se vayan! ¡Esto está bajo control! ¡Este señor nos está faltando al respeto a todos, pero nosotros les atenderemos igualmente, aunque el esté ahí sentado! ¡Que haya calma, por favor! ¡Este señor es inofensivo! – suplicaba la encargada a los clientes – ¡Javi! – llamó al empleado, comenzando a susurrarle – llama a las oficinas, a ver si puede venir alguien trajeado, que le diga que es el presidente de la compañía y a ver si se va de aquí…

———

–       Señor… ¡señor! Javi, mira a ver que le pasa… ¡a ver si se va a haber muerto! – dijo la encargada, asustada.

–       Señor… ¿está usted bien? – Javi le dio unos toques en el hombro. Este se agitó y Javi retrocedió de un salto

–       ¿Qué pasa? ¿Por qué me molestan?

–       ¡¿No se habría dormido?! – inquirió Javi

–       ¡Pues claro que sí! ¡Tengo setenta y ocho años! ¡Me tienen aquí tirado como una mula, me han robado! ¡Estoy cansado! ¡Denme mi dinero!

–       Mire señor, el motivo por el que le despertamos es porque hemos cerrado, está bajada la puerta y todo.  Nos ha dado usted el día, se ha pasado aquí casi desde que hemos abierto. Le hemos dejado tranquilo, para no hacer de esto una montaña. Pero ya nos vamos a casa, aquí no le vamos a dejar. Si no se levanta, le sacaremos por la fuerza, ¡y si no quiere irse a su casa, haga lo que le plazca, duerma en la calle! Pero aquí no se va a quedar. Se lo pido por favor, muévase – le indicó la encargada

–       Vale. Vale. Yo me voy… pero antes, ¡denme mi dinero! ¡Ladrones!

–       ¿Qué es eso? – Preguntó la encargada – ¿Has oído, Javi?

–       Están tocando a la puerta metálica…

–       Mira a ver quien es y luego tendremos que mover a don intransigente – Mientras Javi se iba por debajo de la puerta del local, la encargada se giró hacia Marcos – ¡Ya ve lo que está consiguiendo! ¡Le vamos a tener que sacar a rastras! – Abrieron la puerta de la entrada completamente de nuevo. Javi entraba con un señor elegante de 60 años, una mujer joven y dos señores más entorno a los cuarenta – Oh Dios… no me lo puedo creer – enmudeció la encargada mientras el séquito se acercaba al mostrador – ¿Es… es… es usted? – dijo la encargada al señor elegante.

–       Señorita, no tenemos tiempo que perder con preguntas absurdas. Tenemos aquí un caso de extraordinaria gravedad. – respondió el señor elegante-

–       Señor presidente… yo… – la encargada no conseguía articular las palabras-

–       Alguno de ustedes ha llamado para explicar una situación, al final el mensaje ha llegado a Marta, mi secretaria, aquí presente, y aquí estoy. ¡Tengo compromisos importantísimos! Así que vayamos al grano. Hay un señor que tiene quejas, ¿dónde está?

–       Está ahí…sentado en el suelo, a sus pies, señor presidente – musitó Javi, el dependiente

–       ¡Ya veo! –dijo el presidente, agachando la cabeza- Señor, ¿cuál era su nombre?

–       Marcos Herrera. Ex funcionario de Correos. ¿Y usted quien narices es?

–       Señor Herrera, soy Feliciano Hidalgo y Contreras. Dueño de esta compañía. Usted, según parece, tiene un problema con nosotros. Expóngame la situación. Le advierto, con mi abogado aquí presente, que no toleraré ningún tipo de pantomima. Ni se le ocurra fingir lesiones o daños, porque en los tribunales las cosas me favorecerán, si es que usted quisiera seguir ese camino

–       Mire, señor, yo no quiero ir a los tribunales. ¡Yo lo que quiero es muy sencillo! Yo tengo un teléfono de esta compañía. Antes no tenía, ahora sí, porque mi hija se empeñó y me lo trajeron para Reyes. Toda la vida he vivido sin teléfono inalámbrico. Pero la niña se empeñó, a mis nietos les hacía ilusión, le di una oportunidad. Hice una recarga. Hice llamadas, mandé algún mensaje, aunque no sabía. Un día llamé a mi amigo Salvador, con el que juego a La Pocha, y después de esa llamada no pude hacer nada más. Consulté el saldo, me quedaban nueve céntimos. Imposible llamar, imposible mandar mensajes. Yo para aquel momento ya había determinado que no iba a usar más el teléfono móvil, porque no me gusta. Por eso quiero que me devuelvan mi dinero. Se lo dije a este chico, también a la señorita, pero se empeñaron en no darme nada. Ante su actitud, decidí hacer una sentada para protestar pacíficamente por estos desagradables hechos. Sólo pido justicia. Quiero mi dinero, no es de recibo que ustedes se lo queden si no lo voy a usar ni me dan la posibilidad de hacer llamadas de nueve céntimos.

–       Señor, ¿todo por esto? ¡¿Y por qué no recarga el teléfono?! ¡Así podrá llamar! El problema es que usted está usando el teléfono mediante recargas, cuando podría perfectamente contratar alguna de nuestras ofertas de tarifa plana para jubilados, pero podemos arreglarlo… Marta le puede ayudar con el contrato, lo hace y nos vamos todos tan amigos, ¡no queremos ningún escándalo!

–       ¡Es que yo no quiero recargar! ¡Yo quiero mis nueve céntimos! – se indignó Marcos

–       Veo que es usted obstinado… -pronunció el presidente de la compañía, que se giró hacia uno de los señores que iban con el – Señor Cruz, legalmente, ¿estamos obligados a darle su dinero?

–       Señor presidente –haciendo cuenco con su mano en el oído del presidente, el señor Cruz le explicó-, más allá de nuestra posible obligación legal, creo que este señor podría causar un escándalo, metiéndonos en líos de tribunales y, lo que es peor, teniendo que aguantar la repercusión mediática

–       Lo empiezo a ver claro. Aunque me disgusta. Martínez – dijo al otro hombre que les acompañaba, manteniendo un tono de voz discreto para que sus palabras pasasen desapercibidas ante Marcos – ¿podemos permitirnos las reclamaciones de este señor? ¿Ha contrastado usted los datos? ¿Ha hecho números?

–       Señor Hidalgo, sin estar seguro al ciento por ciento, le diría que creo que no supondría un gran problema para la economía de nuestra empresa darle a este señor el dinero que solicita – expuso Martínez, el economista-

–       Caramba … – el señor Hidalgo, presidente de la compañía, se mostró contrariado – no me gusta tomar decisiones sin estar cien por cien seguro. ¿En qué porcentaje está usted seguro, Martínez?

–       En un noventa por ciento, señor presidente – afirmó Martínez

–       Está bien. ¡Marta! ¡Extienda un cheque por valor de nueve céntimos a nombre del señor Herrera!

–       ¡Un momento! ¡Después de tenerme todo el día aquí sentado, me van a hacer ir mañana al banco, con lo mal que tengo el cuerpo! – se quejó Marcos

–       ¡Está bien! Se lo daremos suelto, a condición de que nos firme un “recibí” – dijo el Presidente de la compañía, hurgando en su cartera – Vaya… tengo una moneda de cinco céntimos, ¿alguien tiene cuatro céntimos?

–       Yo tengo una moneda de dos céntimos, señor presidente – Dijo Cruz, el abogado

–       Y yo tengo dos monedas de un céntimo – añadió Martínez, el economista

–       Bien, bien, préstenme esas monedas. No se preocupen, se les reintegrará todo en su próxima nómina – les dijo el presidente de la compañía

–       ¡Oh, no se preocupe señor Presidente! Es del todo innecesario – manifestó Martínez

–       ¡Vaya que no es necesario!… a mi me gusta dejarlo todo en orden con mis empleados. Y con mis clientes. Por eso, señor Herrera, ya puede usted levantarse. Le hago entrega personalmente de nueve céntimos de euro.

–       No esperaba menos – Marcos extendía la mano

–       Firme este “recibí” que le extiende Marta y así quedaremos en paz

–       Por supuesto – dijo Marcos, firmando el papel  – ¿Me ayudarían a levantarme?

–       No se preocupe señor – dijo el señor Cruz, que le cogió de un brazo, mientras que Marta le cogía del otro-

–       ¿Lo ven? – dijo Marcos, una vez de pie, mostrando las monedas a Javi, el dependiente, y a la encargada de la tienda – ¡No era tan difícil!

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