Diario de unas vacaciones empordanesas (y II)

Día 6

Hacemos una división de tareas. Como nos levantamos tarde, la Reina se va sola a la playa de Sant Feliu de Guixols aunque no sea una cala hermosa y aislada y esté llena de adolescentes, familias bastorras y marujonas. Yo paseo por el pueblo, compro un libro (La Costa Brava, de Josep Pla, muy propio). Me voy a casa, me tiro en el sofá. Me termino el libro “Los dolores del mundo” de Schopenhauer y descubro que, en mis días finos, yo soy como Schopenhauer.  Me dedico a no hacer nada, porque no hacer nada es hacer algo. Nos juntamos la Reina y yo a la una y vamos de expedición a comer al pueblo de Foixá. Para ir allí Antonio, que es nuestro GPS y mi tocayo, decide ir por una carretera pequeña que va de Calonge a La Bisbal D’Empordá. Pasa por pinares preciosos. Hay pinares por todas partes. Llegamos a Foixá por una carretera pequeña y secretísima compuesta por muchas carreteras pequeñas y secretísimas.  En el restaurante Can Quel la Reina se come unas berenjenas con cigalas y jamón. Servidor unas manitas de cerdo. En este restaurante de este pueblo aislado hacen su propio cava. Como aquí no es raro comer con cava, pido una botella del cava local. Como la Reina conduce, no bebe. Como la Reina no bebe, me tomo casi todo el cava. Después probamos el licor local, Ratafía.  Qué peligro. De vuelta a casa visitamos el pueblo de Pals, lleno de turistas. Pasamos por el Acuadiver, ya iremos otro día. En Sant Feliu visitamos otra librería (hay que visitar todas las librerías) en la que compro un libro de cocina catalana.

Por la noche, en la terracita del piso, degustamos unas cervezas locales de marca “Moska” que habíamos comprado en la bodega. Siempre hay que degustar las cervezas locales. La “Moska”rubia no es nada del otro mundo.

Día 7

Seguimos con las playas. La Reina necesita ir a la playa. Lo bueno es que buscamos calas que son bonitas y tranquilas. Acabamos en Illa Roja, en el término municipal de Begur, que está justo al lado de la playa de Pals. En esta calita hay gente muy variada, todos en cueros para seguir con la dinámica. Hay muchísima gente. Las olas son enormes y poca gente se baña. Yo me pongo bajo la sombrilla y cuando el sol se mueve yo muevo la toalla siguiendo la sombra.

Cuando volvemos hacia el piso pasamos por el Acuadiver y decimos que iremos uno de estos días.

Por la tarde vamos en el coche a un punto más avanzado de la vía verde (llamada “el carrilet”) para correr nuestros kilómetros de rigor. Todo está lleno de hinojo alrededor y me dedico a mascarlo. Mejor que la hoja de coca, aprended, bolivianos. En Sant Feliu de Guixols y toda la comarca hay mucha humedad y a poco que te pones a correr empieza la sudada. Al volver, ya en casa me termino el libro “Golfos de Bien”, sobre chavales que hacen el gamberro en algún barrio de Madrid, supuestamente el mío. Tres libros en siete días, recupero ritmo.

Mientras dormimos me despierta el llanto de un niño y me monto la película de que alguien ha tirado a un niño a un cubo. Alarmado me asomo a la ventana. He visto demasiados programas de sucesos, porque el niño parece ser hijo de algún vecino.

Día 8

Volvemos a la playa de Illa Roja. En estas playas es difícil mirar a los sitios porque si miras a la gente parece que les estás mirando sus partes, cosa que es verdad o mentira dependiendo de la persona a la que se mira, claro. Yo me dedico a coger piedrecitas y hacer un gran montículo en torno al palo de la sombrilla, así no se vuela. Los peores en esta playa son los holandeses que abundan en la zona, porque son los que recogen el testigo de familia escandalosa. Y también hay holandeses adolescentes. No hay salvación.

Visitamos el pueblo de L’Escala que no nos llama mucho la atención porque no encontramos sitios donde comer a buen precio, aunque al final encontramos uno regular. Pedimos sangría y la carga el diablo. Pasamos por el Acuadiver y decidimos que iremos al día siguiente. El viaje de vuelta al piso en Rayito a más de 30 grados es infernal.

Día 9

Adoptamos la playa de Illa Roja como la nuestra. Como es sábado, está llena de gente, más que nunca. A mi ya me da igual y como no se que hacer miro a la gente. A ratos me baño, pero cuando estoy en la toalla me aburre lo de estar tumbado y además no tomo el sol. Por eso hay que mirar a la gente. Al lado tenemos una pareja. El chico llega, se despelota y se lo pasa pipa, como un niño pequeño. Coge las olas nadando y juega con la arena. La chica se pone en topless, pero al cabo de un rato se raya y se pone el bikini. Luego discuten. Yo me imagino que porque al chico le gusta ir ahí y a la chica le da vergüenza. El chico la hace mimos un rato y le hace un montículo de arena para poner la toalla por encima y tener “almohada”.  Al poco tiempo se vuelve a saltar en las olas y jugar en la arena para ser feliz mientras su novia sigue con cara de pie.  Vamos muy preparados, llevamos hasta un arroz con pollo y berenjenas. Hay más personajes que nunca. Un tipo argentino se fuma unos porros el solito y acaba hablando con la gente de alrededor. Una chica que hay a nuestro lado está totalmente tiznada y reparamos (repara la Reina también, no sólo yo) que tiene tiznado hasta el chichi. La mayoría de la gente que va a estas playas es gente normal y corriente, si todo el mundo fuese a estas playas desde pequeño no tendríamos tantas obsesiones con los cuerpos desnudos y demás. Sí se ven tíos mazados, la mayoría gays, y pocas tías con cuerpazo, quizá porque las que vemos son más photoshop que otra cosa. Miento, hay una que sí. Una y media, vale. Hay mucho tanoréxico que tiene morenos hasta los agujeros de la nariz. Una señora tiene pliegues en el culo, cuando se tumba no se le ven pero cuando se inclina de una determinada manera resulta que los tiene totalmente blancos. Debe tomar el sol a diario pero claro, el sol no llega a los pliegues.

Por la tarde visitamos el mirador de la ermita de Sant Elm y de vuelta en el piso tomamos más cervezas catalanas, esta vez de la Companyía Cervesera del Montseny. La llamada “Blat” es una de trigo muy suave. La llamada “Lupulus” la denominan “Iberian Ale” que es un amago de “IPA” y que es algo más amarga.

Día 10

Es la dura realidad, hay que volver. Nos mentalizamos para ocho horas de viaje (no vamos por autopistas de peaje) en pleno verano en un coche sin aire acondicionado. Vamos preparados con botellas de agua congelada. Por suerte, el tiempo es misericordioso y de salida no hace demasiado calor. Como no vamos por autopistas de peaje, Antonio, que es el GPS y  mi tocayo, nos lleva por una carretera por la que no fuimos al venir. Va por la comarca de “La Selva”, atravesando pinares hermosos porque está todo lleno de pinares. Es idílico, la luz va entre las ramas y pasan muchos ciclistas. También muchos moteros.

Intento aprovechar la radio nueva buscando emisoras, pero el panorama radiofónico español es muy triste. Se encuentran muchas radiofórmulas minoritarias y mayoritarias con la misma música de mierda. Con la cantidad de estilos musicales que hay y siempre se encuentra el mismo rollo prefabricado. Cuando encontramos algún programa interesante, la señal se pierde aunque tengamos rds.  Pasamos por el desierto de Los Monegros y resulta que es el festival de Los Monegros. Pasan muchísimos coches embarrados y hay picoletos por todas partes haciendo controles. En los controles hay conos y un camión se lleva todos por delante, uno termina bajo Rayito y Rayito parado en el arcén. Un señor agente de la ley saca el cono y podemos seguir.

En el kilómetro 286, por recomendación fraterna, comemos en el Restaurante “El Navarro” que resulta tener un menú a 10 euros con platos riquísimos y una eficacia al servir que parece de otro mundo. Según cuenta, la Reina, pensando en otras cosas, se despista en el baño y hace aguas menores con la tapa bajada. Por lo visto, monta un cirio curioso y yo esperando.

Por la radio escuchamos la etapa del Tour y resulta que Schleck y Contador hacen el amarreti. Para colmo vuelve a hacer calor, aunque sólo lo soportamos la última hora del viaje. Llegamos a Madrid. No hemos ido al Acuadiver

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