Cortos: Verano en La Guindalera

Otra vez. Aquí estamos, los dos, con todo el calor. Siempre los únicos, tú y yo, que se quedan en Agosto en La Guindalera. Muchos son los llamados y pocos los elegidos, que diría aquel. Cuando llegaban las vacaciones la mayoría de los niños se iban a la playa con su familia, a meterse en apartamentos que compraban a plazos sus padres, al mar, mientras apenas una decena de chicos del barrio de nuestra edad sufríamos el asfalto caliente en este centro de la nada.

Me acuerdo, hace muchos años, de ir a comprar un ramo de flores en la calle Béjar con mi madre, que cuando llegaban estas fechas le daba por poner color al piso, imagino que para dar una imagen más alegre a todo mientras mi padre trabajaba todo el día. En la salida del Metro, esa que es una rampa, echabas carreras con otros niños, que luego me enteré de que eran tus primos. Casi nunca ganabas, te ganaba otro con el pelo rizado, pero insistías en repetir una y otra vez hasta que te llevabas alguna pequeña victoria. Ya tenías cara de pillo mientras subíais y bajabais, colorados, mientras os gritaban las viejas del barrio, “¡niños, que conozco a vuestro abuelo!”. Yo me quedaba mirando vuestras carreras mientras volvíamos a casa, con mi madre tirando de mí mientras giraba la cabeza y me moría de la envidia por las ganas que tenía de jugar.

Recuerdo, claro, jugar a la goma al lado de la calle de Ardemans y veros pasar corriendo porque a alguien se le habían caído muchísimas pelotas de tenis por una ventana y os peleábais por ver quien recogía mas. Poco os duró la alegría, porque cuando volvía a mi casa mientras mi madre me llamaba por la ventana, ya estaban la mayoría tiradas por el suelo, de nuevo, cerca de la Escuela de Danza. Parecías un duende, pequeño, muy delgado, con un bicho metido en el cuerpo.

Luego pasaba el año, te veía alguna vez por la zona, pero ¡ya era distinto! Ya el barrio volvía a su actividad, con las tiendas abiertas, la gente por la calle saludando de una acera a otra, los bares de tapas llenos, con el partido del Atleti los domingos en la tele,  y los de tu pandilla salían del cole en tropel mientras yo me iba a las clases de dibujo a las que me quiso apuntar mi abuela con el dinero que ganó en el bingo.

Así nos quedábamos, con nuestras vidas paralelas que no se tocaban nunca, hasta que volvía el calor, acababa el curso, nos daban las notas, a algunas nos daban la enhorabuena y a otros os caía una muy gorda, y con las vacaciones Santillana nos quedábamos mientras todos se iban. De un año para otro crecíamos un poco. No conocíamos más playa que la de San Cayetano, donde jugaba con Tere y Carmen, otras dos chicas del barrio que se quedaban siempre, aunque luego Carmen se mudó y nunca más la vimos. Saltábamos a la comba como si nos fuera la vida en ello y trepábamos algún árbol, por eso mi abuela me regañaba después, porque me había cosido un vestido y lo dejaba echo unos zorros, “una señorita no hace eso”. Tú jugabas al fútbol todo el día, ¡menudos pelotazos que pegábais! Recuerdo vuestra pelota, una pelota de color naranja, sonando al dar contra la pared del mercado, ¡vaya golpes! Dábais muy fuerte y hacía un eco que rebotaba, y las señoras siempre con el bastón en la mano, torciendo el gesto y santiguándose. Me acuerdo de un día que se os coló aquella pelota naranja en la casa esa que hay tan antigua en la calle Pilar de Zaragoza, intentabais trepar, tus amigos y tu, pero erais todavía muy pequeños. Os mirábamos curiosas hasta que desististeis de recuperar el balón y os quedasteis sentados en la acera, con las manos en las mejillas, con gesto fastidiado. Cuando os disteis cuenta salisteis corriendo detrás de nosotras, que salimos pitando hacia nuestras casas con un susto tremendo, ¡que borricos erais! Un día que iba tomando una limonada que hizo mi madre hubo una pelea de globos de agua con unos niños que venían de otro barrio, tomasteis San Cayetano y quedo todo hecho un Cristo. Aquel verano no te vi mucho más, porque te castigaron tus padres por hacer tanto el gamberro.

Y seguro que no te has olvidado de los baños en las piscinas del Apóstol. Ibas con tu abuela caminando por la calle Méjico, pero como querías ir de machito te daba mucha vergüenza que te vieran con ella y te dedicabas a ir corriendo, ¡pobre señora! Te perseguía dando voces, mientras tus primos se dedicaban también a hacer el loco. Cuando llegabais a Cartagena en tropel, dabais insistentemente al botón para que el semáforo se pusiese en verde. Mi madre y yo subíamos por la calle mirándoos, a mi madre le dabais miedo, “¡que niños mas malos!” decía siempre. En la piscina erais unos trastos, os dedicabais a hacer ahogadillas y más de una vez os llamaban la atención. Yo me iba al otro extremo para no cruzarme con vosotros.

A los 12 años ya íbamos mas sueltos por el barrio. Tu ibas siempre con tres chavales y os gustaba entrar a las naves abandonadas en la calle de Marques de Ahumada, o a una casa muy vieja que estaba en la calle Eraso. Ahí os metíais a fumar a escondidas, me lo contó mi amiga Tere, porque se hizo “novia” de uno de tus amigos y cuenta que pego tantas caladas que estuvo dos días vomitando. Os metíais por esas calles hasta llegar al pequeño vivero que había al final, y todos esos descampados donde siempre nos decían nuestros padres que no fuésemos porque había gitanos. Una vez fui con vosotros y me estuvisteis vacilando toda la tarde, me mandasteis a la Avenida de Bruselas a comprar unos kikos y cuando volví ya no estabais. Os estuve buscando como loca, por la parte esa de detrás de las casitas blancas donde siempre se juntaban los yonkis  y como no os encontraba me puse a llorar cuando una drogadicta se me acerco para pedirme veinte duros. La chica se asusto más que yo y se dio la vuelta con andar desganado. Resultó que estabais escondidos, mirándolo todo, y tu amigo Quique me vio tan triste que fue el único que me vino a consolar, mientras todos os moríais de la risa. A quien no se lo he perdonado todavía, y me encargo bien de recordárselo, es a Tere. Ahora han tirado casi todas aquellas naves (¿te acuerdas de que en una hubo hasta okupas?) y han hecho una avenida muy grande y solitaria en lo que era descampado. Poco queda ya de aquello, una casita medio derruida en la calle Oltra, en medio de todos esos edificios tan modernos donde vienen a vivir familias de dinero con sus hijos. Y me acuerdo, claro, del pobre Quique, siempre tan sonriente y amable, (¿vivía en Francisco Remiro, verdad?) con su chándal verde, del que lo ultimo que supimos es que le robó a sus padres todo el dinero que tenían debajo del colchón y alguien cuenta que le vio colocadísimo en Ibiza.

Eran esos primeros años en los que te haces más rebelde, las hormonas se te vuelven locas, las chicas maduramos antes y los chicos os ponéis mas tontos. Y así pasábamos el año, haciéndonos poco caso, diciendo hola y adiós al cruzarnos, hasta que volvía de nuevo Agosto, y aquí estábamos, preguntándonos como sería eso del mar. Empezábamos a hacer botellón en el Eva Perón en la parte de las mesitas, no íbamos juntos pero los que quedábamos de nuestras respectivas pandillas tampoco teníamos muchos más sitios a donde ir. Ahí estábamos a veces y otras muchas en las escaleras junto a la Plaza de Toros. Cerca de las casas de la calle Londres un chaval os vendía talegos de costo y os veíamos siempre con la risa tonta. Estabais mas vacilones que siempre, aunque tú siempre me hiciste gracia. “¡Hola rubia!”, decías, “¡me gustan tus trencitas!”, y luego te daba con llamarme “Pippi Langstrum”. Me hacia la cabreada mientras te ibas con tus amigos, que te reían las gracias, y yo despotricaba contándole a mis amigas que desde pequeño eras insoportable.

Pocos nos quedamos en el barrio cuando llega el verano. Acababa el instituto y al principio, en Junio, era la risa, porque salvo aquellos que tenían algunas para Septiembre, estábamos todos en Madrid y era una fiesta continuada. Me acuerdo del año pasado, en el cumple del “Gusano”, que hicimos un botellón en el descampado del Parral, el único que queda. Empezaste vacilando, como siempre, pero entre las risas y la bebida acabamos enrollándonos. Al día siguiente, con mucha resaca, vomitando, en el suelo del water con las manos agarrando la taza,  mientras mi madre me echaba la bronca se me hacia un nudo en el estomago pensando en aquel beso. Después se iban yendo unos y otros, a su pueblo, a su playa, a su no sé donde, y nos quedábamos otra vez solos, los cinco de siempre, con tantas tiendas cerradas. Aquel verano se me hizo larguísimo porque quería hablarte, quería decirte algo y tu estabas ahí, con tu pavo de siempre, bromista, mientras yo me moría por dentro por las ganas de transmitir no se sabe que. Después me evitabas, te ibas a Malasaña, y yo solo pensaba en el inicio del curso. Un poco antes de empezar las clases empecé a salir con Toni, y huías de mi mas todavía, ni me saludabas, ¡que raro era todo!

Cuantos recuerdos, ¿verdad? Y ahora estamos aquí, en el mismo descampado, subidos a la montañita, abrazados, mirando las estrellas de una noche de Agosto, otro verano mas, juntos, en La Guindalera.

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4 comentarios en “Cortos: Verano en La Guindalera

  1. Me ha gustado mucho, que complicadas son las relaciones humanas, verdad? Por no atrevernos a decir lo que tenemos en la cabecita jeje

    Un saludo!

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