Cortos: 2

Imagínate que por tus oídos fluyen estas letras narradas en francés. Imagina que un galán te susurra este relato con voz melosa.

Son las 8 de la tarde y la Gran Vía de Madrid es una olla a presión. Cada vez menos comercios tradicionales conviven con cada vez más negocios multinacionales o tiendas de ropa moderna con poky-poky sonando en los altavoces. La masa estúpida consume su café en alguno de los tres o cuatro Starbucks que hay entre Alcalá y Plaza de España. Pandillas de chavales de instituto hacen cola en el McDonalds o en el Burger. Chicas con dinerito en el bolsillo gastan euros para estar a la altura en la nueva temporada de moda. Junto al cine Capitol hay un mimo con unos gatos.

Grupos de guiris rosáceos avanzan con sus mochilas. Da igual que esté a punto de llover, pues están convencidos de estar en la tierra del sol y llevan chanclas playeras. Con calcetines algunos de ellos, horror. Dentro de una hora estarán borrachos y haciendo el ridículo en plena calle.

Los agentes de movilidad ponen la banda sonora en la calle. Al tiempo que hacen indicaciones manuales dan un tono imperativo mediante toques de silbato. Un pitido largo. Muchos pitidos cortos. Pitidos secos.

Por más que los agentes de movilidad se esmeran en sus funciones, lo cierto es que el panorama no es esperanzador. Pues a los silbatos de estos buenos funcionarios les acompañan los cláxones de tantos coches hartos del atasco. En uno de los coches, don Jacinto habla por el manos libres cerrando una importante operación. En esta furgoneta blanca, Kevin escucha reggaeton. Gloria lleva un Smart pequeño con un fox terrier en el asiento de copiloto, que mira concentrado por la ventanilla.

¿Ves esa parada de autobús atestada de gente? Paran diferentes autobuses. Todos los que están ahí cogerán alguno para regresar a casa. O quizá para encontrarse con los amigos, o con su pareja. Este atractivo cuarentón tiene que ir a hacer la maleta, pues mañana sale de Barajas con rumbo a Londres. Esta señora mayor va hacia Prosperidad cargada de bolsas. Ha pasado la tarde en el cine con unas amigas y ha comprado un regalo para su nieta, que cumple 18 años. Allí hay un señor sentado que medita sobre su vida. ¿Y esta? ¿Quién es? Esta chica con aire modosito va a dar mucho que hablar.

Nuestra chica trabaja en una oficina en plena Gran Vía, casi esquina con San Bernardo. Lleva una falda gris, una blusa blanca y una chaqueta gris. Un pequeño moño y gafitas redondas. Su día laboral no ha sido muy bonito. Su jefe es un ser despreciable que de tanto en tanto le da palmaditas en el trasero y le dice “hay que estar más atento”. Sus compañeros se dedican a contar chistes machistas, a leer el MARCA y a fanfarronear. Sus compañeras son unas marujas que hablan del peinado de la infanta o de si el torero le ha puesto los cuernos a su mujer.

El jefe hoy le ha echado la madre de todas las broncas. Ha habido un problema con una compra, el hombre se ha frustrado y ha gritado a todos y cada uno de los compañeros. Y a ella, por algún motivo que sólo el conoce, le ha gritado más.

Nuestra chica está  esperando el autobús. El 2. Que la lleve a su apartamento en La Guindalera. Para poder quitarse los zapatos, para desnudarse y darse un baño caliente, para pasear cubierta tan sólo por aquel kimono regalo de su cuñado, abrir el congelador, coger una cuchara y comerse un helado directamente desde la tarrina mientras ve desde el sofá un dvd de una película de Truffaut. Va repasando mentalmente todo lo que hará, imaginando con gran placer esa humilde culminación a un día lamentable. Zapatos fuera, ropa fuera, baño caliente, kimono sobre la piel suave, congelador, helado, sofá, dvd. Luego dormiría, al día siguiente su día sería mejor.

No aspira más que a una existencia tranquila. Pasa desapercibida para casi todos, no tiene demasiado éxito con los hombres. Su familia vive en una capital de provincia de Castilla, pero ella vive sola en la ciudad. Apenas ha conocido a algunas personas. Su hermana se fue a vivir a Milan y se siente un poco más sola. Entre el tumulto de la Gran Vía, apenas nadie repara en ella.

El atasco continúa. Por la parada de autobús desfilan vehículos de distintas líneas. El 1, el 147, el 74… pero no el 2. Van subiendo y van bajando personas. En seguida distingue a los que esperan su mismo autobús. Son los que llevan ya más de un cuarto de hora. Los pitidos de los agentes de movilidad taladran su cerebro. Se cansa de esperar sentada, se levanta. Mira hacia el fondo de la calle, pero no se ve nada. Una hilera de coches, pero ningún autobús. Pasea de lado a lado. El sonido de los cláxones la va generando cada vez más ansiedad. Tiene un nudo en el estómago. Observa con rabia el paisaje urbano, preguntándose qué hace ella allí.

Pasan treinta minutos, comienza a llover. Todos se acurrucan bajo la marquesina. Especialmente interesantes son esas dos señoras que con el paraguas abierto se cobijan también ocupando el doble de espacio. Doble seguridad para ellas, si el agua traspasa el cristal caerá sobre el paraguas. Quien quede fuera, que se moje.

Cuarenta y cinco minutos. A lo lejos, se divisa el autobús. Finalmente. Pero el sistema nervioso de nuestra chica ha generado algo en su interior. Una vibración le recorre el cuerpo. El nudo del estómago apenas la deja respirar.

Se abren las puertas. El chofer tiene la misma cara de hastiado que el resto de pasajeros. Las gotas caen sobre las lunas del autobús. Cinco personas suben. El 2 está lleno.

Nuestra chica se monta. Saca su abono de transportes. Paga todos los meses para recibir un buen servicio. Toda la tensión del día se le sube a la cabeza en ese mismo instante. Se desmaya.

Abre los ojos de nuevo. Está tumbada en el suelo del autobús. El conductor le sujeta la cabeza. Un policía local llega. Avisa de que pronto llegará  el Samur. Ella se reincorpora, despacio. Hoy se ha dado cuenta de que su existencia carece de sentido. Ella no mueve los hilos. Se limita a aceptar su papel de marioneta en el gran teatro de la existencia. Todas las mañanas se levanta para aguantar a personas inaguantables. Pasa sola el día, la tarde, la noche. Trabaja en un sitio para ganar dinero. Pero para qué quiere ese dinero. El policía le pregunta si está bien. Ella le mira a los ojos. Es un chico joven, delgado. Fuera está su compañero, mirando a los lados, posiblemente en espera del Samur. Sigue lloviendo sobre la Gran Vía.

Nuestra chica se disculpa. No tiene por qué disculparse, le dice el municipal. Pero ella le dice que sí, que hace falta. ¿Por qué? Pregunta el municipal. Por esto, dice nuestra chica. Le propina un codazo en la cara con todas sus fuerzas, le roba la pistola con un movimiento que desconocía que supiese hacer y le apunta. Le pide educadamente que se baje del autobús. Apunta al compañero, que desde fuera observa sorprendido. Grita al conductor que cierre la puerta y tome el volante. Grita a los pasajeros. Vamos a hacer algo.

Indica a los policías que abran paso al autobús o todo el pasaje será ejecutado. Se usar este chisme, dice ella. Los policías intentan tranquilizarla. Indica a los policías que, si le obedecen, nadie resultará herido. Un hombre grita histérico. El resto de viajeros permanece en silencio. A más de uno no le importa morir. Ordena arrancar al conductor y este así lo hace. Hacia donde voy, pregunta. De momento sigue recto.

El autobús avanza por la Gran Vía. Los policías con la moto abren paso entre el tráfico. Nuestra chica habla con los pasajeros. No les pasará nada si le hacen caso. Hay que hacer lo que hay que hacer. Un hombre le grita, diciéndole que su barbaridad les va a costar la vida a todos. Ella dice que no quiere héroes. El hombre responde que su padre fue un héroe y que el lo será si es necesario. Pero ella le dice, simplemente, que se replantee su vida.

Cuando llegan a Cibeles, se escucha una señal procedente de la radio del autobús. El conductor le dice que eso que suena es la radio, por si no se había enterado. Pregunta que si responde. Ella le dice que lo haga. Un niño llora. Nuestra chica ordena a su madre que le de un beso. Mientras tanto apunta a unos y a otros. Pero no les va a hacer nada. De la radio sale una voz. Es un señor de la Policía Nacional. Habla con calma. Le dice que se tranquilice. Ella responde que está tranquila. Le dice que está cometiendo una locura. Ella responde que la existencia en sí misma es una locura. Que vivir tragando todo lo que tragamos es una locura. El señor de la Policía Nacional le pregunta que es lo que quiere. Hay que sacar a esas personas, no las haga daño, no le han hecho nada a usted, dígame que es lo que exige para liberarlas. Ella no medita. Quiero que venga a este autobús el responsable de transportes. La persona que más manda sobre los autobuses de la EMT. Quiero que suba aquí a hablar conmigo. El policía nacional se queda en silencio. Verá que puede hacer, le dice.

Varios coches con sirenas escoltan al autobús, que hace tiempo giró hacia el Paseo de la Castellana. Hay lecheras por todas partes y sirenas. Los viajeros apenas hablan. No nos haga daño, dice una señora. No tengo intención, dice la chica.

Vuelve a sonar el intercomunicador. El conductor responde. Vuelve a hablar el policía nacional. Le dice que el responsable de transportes ha accedido a hablar con ella por el intercomunicador. Ella le dice que no, que le quiere ver en persona. Dispara al aire, un señor mayor grita con fuerza. La chica corta la conexión. El niño llora más fuerte. Nuestra chica también llora.

El autobús continúa avanzando, despacio. Varias motos lo escoltan. Vuelve a sonar el intercomunicador. El policía habla de nuevo. Y le cuenta que el responsable de transportes no quiere que pesen vidas humanas sobre su cabeza. Que le garantice que no le hará daño, que subirá a hablar con ella si deja salir a alguien. Ella dice que le dejen quinientos metros de distancia, frenará el autobús y dejará salir a tres personas. La policía accede. Las motos frenan, el bus avanza quinientos metros por un lateral de la Castellana. La chica cumple su promesa, deja salir a tres personas. El niño, su madre y el señor mayor.

Dos policías escoltan a un señor trajeado. Ella deduce que es el responsable de transportes. Con la pistola sobre la nuca del conductor, le ordena abrir la puerta. El responsable de transportes hace un gesto de calma a los policías que le acompañaban. Sube al autobús. La puerta se cierra tras él.

La chica se pone en cuclillas. Ordena al señor trajeado que haga lo mismo. Los dos quedan fuera de la visión de los policías. La chica le pone la pistola en la cabeza. Usted no es un héroe por subir aquí, le dice. En este autobús hay un señor que dice que su padre fue un héroe. Y llama al señor que lo dijo, para que se acerque. El señor se acerca. La chica dice que todos los que están en ese autobús son héroes con conciencia dormida. Que son héroes porque cometen la heroicidad de vivir.

Nuestra chica agarra por la corbata al señor, le muerde el lóbulo con suavidad y después le susurra. Pago todos los meses un abono de transportes. Pago todos los meses por una mierda de transporte público. Todo es una mierda, mi trabajo es una mierda, mi vida no vale para nada. Sólo quiero estar tranquila en mi piso. Sólo pido eso. Sólo pido vivir bien. Sólo pido llegar a casa y tener algo de paz. Algo de paz para disfrutar lo que pago con mi esfuerzo. Usted está al mando de esto porque su partido gobierna porque hay gente que le ha votado. Y nos ofrecen una mierda.

El señor trajeado se disculpa. Dice que no se deben llevar las cosas al extremo. Que no es necesario ser así. Que la comprende. El la comprende y todo se solucionará. Nunca más habrá mal transporte público en Madrid. Ella le mete la pistola en la boca, él comienza a temblar.

El señor musita algo suplicante. Ella comienza hablar. Le dice que los que se comen los atascos son los que pagan los impuestos, los que trabajan a destajo. Que paga un alquiler muy alto para un piso del que no puede disfrutar. Que se mata a trabajar para no sabe que, mientras señores encorbatados dicen sobre esto y lo otro, sobre aquello y lo de más allá. Pero que no saben lo que es la vida. No saben nada de la vida. Educados en universidades prestigiosas, con masteres bajo el brazo y con diplomas de mil cosas, se creen que todo está en los libros.

Lo único que quiere es que a partir de mañana, deje el coche oficial aparcado y vaya por la ciudad en transporte público.

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4 comentarios en “Cortos: 2

  1. Pena que no apretara el gatillo…

    Esta historia me suena haberla leido antes, y alguna otra que has escrito tambien, las has publicado antes en el antiguo blog?

    Un saludo!

    تحياتي

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