Cortos: El duelo (y III)

Bajaron en Sol. Pufi se acercó a una señora y le preguntó la hora, pero esta salió corriendo. Después se acercó a un guardia de seguridad y repitió la pregunta.

–          Las seis menos cuarto, caballero.

–          Me apetece un gofre de esos – dijo Pufi

Salieron del Metro con el gofre en la mano. Se mezclaban entre el gentío en pleno centro de la ciudad. Callejeando, llegaron al Viña T.

El local era un pequeño bar, con tres mesitas tipo pupitre escolar, una barra y una televisión alta con el canal satélite parado en el canal de cine español antiguo. Una película de Gracita Morales atraía la atención de los clientes. Un punki desdentado, un semi vagabundo con mucha barba y un tipo bajito con gafas formaban el selecto grupo de asiduos.

–          Tabernero, una sangría para mi y para mi compadre el Pitufo

El tabernero les hizo la sangría y la sirvió en un gran vaso de plástico. Les ofreció también unos cacahuetes y unos canapés con chorizo. Eran las 18:15. Pufi miró al tabernero, que tras servir la bebida se iba hacia el otro extremo de la barra. Le chistó y le hizo una señal con el dedo para que se acercase.

–          Oiga, mire, me llamo Porfirio Díaz… ¿no ha preguntado nadie por mi?

–          ¡Ah! ¿Es usted el señor Porfirio Díaz?. Antes han venido preguntando por usted, se fueron y dijeron que volverían

–          ¿Cuántos eran?

–          Eran dos

–          Dos para dos – Susurró Pufi a Pitufo – ¿Y como eran? – dijo de nuevo en voz alta

–          No me fijé mucho, uno iba vestido con una cazadora de cuero, tenía la mandíbula algo salida y el pelo con entradas. El otro era moreno con coleta

–          El cuñado – musitó Pufi – ¿y por qué se han ido? Luego dicen que yo soy un cagado por el barrio y ahora se acojonan me cago en su puta mierda

Una voz sonó detrás de Pufi

–          ¿A quien llamas maricona? – Koke entró en el local. Efectivamente iba de negro, tenía los ojos claros y el cabello cada vez ocultaba menos la piel de su cabeza. Junto a él un tipo alto, moreno, con cadenas de oro, perilla y pelo rizado recogido en una coleta. Pufi y Pitufo se giraron precipitadamente y cerraron los puños. – Tranquilos… tranquilos, sólo he venido a hablar.

Koke le señaló a Pufi la mesa central. Pitufo se sentó solo en la mesa más cercana a la puerta, mientras que el cuñado de Koke se sentó en la que estaba más al fondo. Los tres clientes del local seguían a lo suyo.

–          Pufi, yo pensaba que eras un tío legal, no un tío que jodía las cosas. Un mierda, Pufi, un rajado que sale cagando hostias cuando las cosas se complican

–          Mira cagamierdas me tienes hasta las pelotas… todo es tu puta culpa, tu lo montaste mal, y mandas a tus sobrinos de mierda de los cojones a pegar a un chaval pequeño al patio, no me llames rajado – el tono era cada vez más hostil – porque eso es ser rajado, rajado eres tu y tu puta familia y tus sobrinos – el cuñado de Koke hizo ademán de levantarse, pero este le hizo un gesto con la mano para que se detuviese. Pufi le observó, acercó la cara a Koke y le dijo en voz baja – y ese gitano… se folla a tu hermana

–          Así no creo que lleguemos a un grado de entendimiento. Te exijo una compensación por la pérdida que tuvimos debido a tu cagalera de última hora que todo lo jode. Si no, tú, tu hijo y tu mujer pagaréis caro.

Pitufo se terminó la sangría, se levantó de la mesa, fue hacia la barra y se dirigió al tabernero:

–          ¿El baño?

–          Al fondo del pasillo

Dejó atrás la mesa de Koke y Pufi, también la del cuñado. Llegó a la puerta del baño y encendió la luz. Koke y Pufi continuaban hablando, en términos serenos pero con tensión. El cuñado había desconectado de la escena y miraba la película de Gracita Morales mientras comía canapés con chorizo y bebía un tercio de cerveza. Entonces Pitufo decidió que la cosa se estaba alargando demasiado y que ese Koke no era más que un desgraciado. Así que cogió un taburete, se acercó sigilosamente al cuñado de Koke y se lo estrelló en la cabeza. Koke se levantó de golpe pero antes de que pudiese reaccionar se llevó otro taburetazo. Cayó al suelo, junto a su cuñado. Pitufo les siguió dando con el taburete mientras Pufi les daba patadas en el estómago. El tabernero empezó a gritar.

–          ¡¡Por favor, en el bar no!! ¡¡En el bar no!!

–          Calla cojones loco, que estás loco, calla, cabezón – le increpó Pufi

El tabernero se puso a llorar y a pedir a Dios o a quien fuese que todo acabase pronto. El punki y el barbudo dejaron de mirar la pantalla y se giraron hacia la escena, mientras que el tipo de las gafas aprovechó la coyuntura para ponerse a vaciar la caja registradora.

Pufi siguió pateando a Koke y su cuñado, Pitufo había dejado el taburete en su sitio y se dirigió a su amigo

–          Vámonos de aquí, salimos por la puerta y nos vamos andando tranquilos, por aquí pasa poca gente. Luego nos vamos los dos del barrio porque los gitanos nos van a matar, pero ese tío ya no se ríe de ti

Pufi dejó de patear en el estómago a Koke. Este gemía en el suelo. Pufi le cogió la cara, apretándole con la mano en las mejillas, acercó bien su rostro y le dijo muy serio:

–          Koke Jiménez, hijo de la gran puta, la próxima vez que quieras que tú y yo robemos a una anciana su collar de diamantes, si no quieres que me vaya corriendo, no lo hagas delante de su hijo de dos metros, cien kilos de peso y siete días de gimnasio a la semana… te tengo que partir la cara por una negligencia tuya. Yo soy maricona, pero tu organizas los palos como una puta mierda

El tabernero estaba absorto y seguía lamentando su mala suerte. En el suelo yacían maltrechos Koke y su cuñado. Pufi y Pitufo se acercaron a la puerta.

–          Mis colegas me llaman Pufi, pero vosotros no sois mis colegas, así que ni me miréis – dijo a los clientes – Tu, no por ser más sucio eres más revolucionario – le dijo al punki – tu lávate, que hueles a choto – le dijo al barbudo – y tu… ¡acércate! – el tipo de las gafas dejó de hurgar en la caja, se guardó un fajo de billetes en el bolsillo de la camisa y se acercó. Pufi le cogió del pelo, le quitó las gafas y le estrelló la cabeza contra la barra varias veces. Le metió la mano en el bolsillo, sacó todos los billetes y se los dio al tabernero – Esto para que se cobre nuestras consumiciones, la de mi amigo y su pariente ahí presentes – señaló con la barbilla a Koke – y para arreglar los desperfectos que le hayamos podido ocasionar.

El tabernero cogió el dinero y se quedó mirándolo.

–          ¡Pero si este dinero es mío!

Pero Pufi y Pitufo ya se habían marchado.

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