Cortos: El duelo (II)

–          ¡Qué hay de comer! – exclamó Pufi

–          Eres un irresponsable y nos llevas a todos por la calle de la amargura, si tu no resuelves esto mi hermano lo resolverá y luego te va a pegar a ti una paliza – fue la respuesta de Mari . A Pufi se le notó en el gesto que no le hizo mucha gracia tener que vérselas con su cuñado

–          ¡¡Pues esta tarde mi compadre Pitufo y yo, Porfirio Díaz Herrero, hijo de Agustín y Remigia, voy a ir a limpiar mi honor al Viña, a las seis, tal y como quiere el mierda malnacido de Koke Jiménez!!

–          De comer hay pollo al ajillo – Mari se fue hacia la cocina

Pufi se sentó en el sofá y siguió viendo la televisión. En el canal local la pitonisa echaba las cartas, diciéndole a una señora agobiada que llamaba desde el barrio de Tetuán que su marido le ponía los cuernos con su mejor amiga. Se escuchaban los sollozos de la señora a través del teléfono “no es posible, no es posible, con todo el amor que yo le doy”. Pitufo se levantó, cogió un taburete y se sentó frente a Pufi.

–          Mira Pufi, yo no pinto nada en esta historia, yo estoy limpio ya de todo, yo no tengo ya más nada que ver con el talego ni la hostia, mis chavales van bien en el cole, uno está aprendiendo ordenador, mi vieja está enferma y mi mujer no tiene por qué soportar más preocupaciones, y la única que tengo yo es encontrar un currelo, no meterme en tus cosas, que bastante te ayudo ya…

Pufi se mantuvo en silencio, observándole atentamente, con semblante muy serio

–          Es en los grandes momentos donde se demuestra la lealtad hacia los socios de andanzas. Mi vida es mi vida y la tuya es la tuya, cada uno toma su camino. No te escondas detrás de un vino peleón del “Día” cuando viene un problema… o hazlo, deja a tu colega vendido. Que yo me he jugado el cuello por ti, por ti y por más malnacidos de este barrio que son unos gilipollas y unos hijoputa que ya no se donde están y si me vendes pues vete a tomar por culo, lo cual digo en estado de plena salud mental y sin irritación

Pitufo se levantó nuevamente y se dirigió a la puerta. Tomó el pomo, abrió, puso un pie en el descansillo, miró al techo, suspiró y volvió atrás.

Ambos estuvieron viendo la televisión por las dos horas siguientes. Pufi cambiaba de canal sin aparente interés por nada de lo que ponían, pasaba del 1 al 12 y vuelta a empezar, desde los canales estatales hasta las cadenas locales. Mucho magazine matutino, algo de dibujos, pitonisas, videoclips y anuncios de colchones.

Mari entró de nuevo en el salón, puso cuatro platos sobre la mesa con sus cubiertos

–          ¡Hijo trae los vasos! ¡Vosotros sentaros a comer!

Fue a la cocina y trajo un cuenco de ensalada y una cazuela de pollo. Toni puso un vaso frente a cada plato

–          Venga niño trae agua – ordenó la madre

–          Y vino para el tío Pitufo – dijo Pufi

–          No, ya tomaré más tarde – Pitufo no tenía muchas ganas de beber, vista la situación

–          Y para papá cerveza

Mari les puso a todos cuatro o cinco trozos de pollo y también ensalada. Pufi se quejaba diciendo que no era un caballo, pero Mari insistió en lo beneficioso que era, especialmente en un día como el de hoy. Quedaban cuatro horas para que su marido y Koke se vieran las caras y dirimieran sus diferencias.

Pitufo cortaba los trozos con cuchillo y tenedor, Pufi directamente usaba las manos, al igual que el resto de su familia.

–          Muy bueno Mari – dijo Pitufo. Pufi eructó.

Acabaron de comer y Pufi ordenó tajante que todos fueran a dormir la siesta. Pitufo por ser invitado la dormiría en el salón.

Pufi cogió a Mari del brazo y la dirigió hacia la habitación.

–          La mesa está sin recoger…

–          Ya la recogerá el niño – le retiró el pelo del oído y le habló en bajo – ahora un poco de caña.

Entraron en la habitación y Pufi cerró la puerta, puso a su mujer sobre la cama, le bajó las bragas por debajo del vestido, se bajó los pantalones y los calzoncillos y la penetró.

En el salón, Pitufo veía la televisión tumbado en el sofá. Toni se sentó a ver la tele. Se escuchaba el golpe de la cama contra la pared. Pitufo dio una colleja al niño

–          Venga chaval, a dormir, que has tenido un día duro.

En la habitación conyugal, Pufi había terminado su faena.

–          Cada día estás mas seca – Y se durmió.

Llamaban a la puerta de la habitación. Pufi se desperezó.

–          Que pasa cojones – murmuró

–          Pufi – Pitufo gritaba a través de la puerta – ¡son las cinco menos cuarto!

–          ¡Me cago en la hostia!

Se levantó de un salto, se puso los pantalones mal que bien. Entró en el baño, se echó agua en la cara, luego entró en la habitación del niño, que jugaba con una maquinita.

–          Adiós chaval

Cerró la puerta de su hijo y le hizo un gesto con la cabeza a Pitufo

–          Es un buen niño. Es tonto, como es natural, porque su abuelo materno es tonto y su tío es tonto del culo, pero es un buen niño. No se como pueden pegar a un niño gordito y con gafas. Venga vámonos, que vamos justos de tiempo.

Pufi cogió su chaleco, salió del piso y cerró. Se encaminaron de nuevo hacia el Metro. Al volver seguía allí Don Ramón

–          Mire Don Ramón, usted es un toca cojones y un yonqui de mierda y si mañana a estas horas tengo la oportunidad de verle le arranco la oreja, que usted escucha demasiadas cosas por este barrio y maricona lo será su puta madre.

Don Ramón le miró de reojo. Estaba absorto en la lectura de “Pantagruel”, de François Rabelais.

Pufi y Pitufo bajaron las escaleras del Metro, escucharon un tren y bajaron a toda prisa. Lo perdieron. Pufi estaba nervioso.

–          Joder me cago en mi puta calavera, ¡cojones!

Cinco minutos después, llegó el siguiente tren. Se sentaron y Pufi empezó hablar

–          Mira, a este tío le voy a ir a partir la boca porque está metiendo a mi familia en este asunto. Pero todo ha sido culpa suya, culpa del puto Koke, no hay que juntarse con ese tío, escúchame Pitufo, no hay que juntarse con ese tío porque te enmierda y se junta con navajeros y te mete en un tinglado y es un gilipolla y malnacido y le cojo y le mato. Tú vas a ser mi secretario, tú vienes conmigo para dar fe y si la cosa se pone fea, tú me vengas y te quedas con mi familia y mi hostia. Ahora silencio, que tengo que pensar

Pitufo sabía que cuando Pufi quería silencio lo mejor era no hablar. Murmuraba tacos cuando había ruido o daba golpes contra el cristal. En la estación de Canal se bajaron. Andando por los pasillos en el trasbordo hacia la línea 2, les adelantó una chica joven, una estudiante con pantalones vaqueros ajustados, una carpeta en las manos, gafas de sol a modo de diadema.

–          Pitufo, ¿has olido su perfume? Ese aroma en ese cuello joven: el futuro. La belleza de esa chica es una muestra de alegría. Su perfume me ha recordado a las flores, al campo, el amanecer, el sol tenue de una mañana de primavera. Su piel me recuerda al césped, a las briznas de hierba con gotas de rocío. Pitufo, a veces miro las nubes, veo sus formas, pienso en la vida. Algunos dicen que la vida no tiene sentido, que es una mierda, pero el sentido de la vida está ahí, en una nube, en una flor que se abre, en las abejas que recogen el polen para que después nos tomemos la miel.

Cogieron la línea 2. En la estación de Noviciado subieron unos ecuatorianos que empezaron a tocar esa de “Llegando está el carnaval, quebradeño mi cholita, cerca de la quebrada humahuaqueño para cantar”. Pufi se inquietaba con tanto escándalo, aunque Pitufo les dio dos euros.

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