Cortos: El duelo (I)

–          ¿Qué necesidad tengo yo de partirle a un tío la boca por una negligencia suya?

Las puertas del metro se abrían en Guzmán El Bueno. Pufi y el Pitufo salían para hacer el transbordo hacia la línea siete.

–          ¿Dime, dime, Pitufo, yo qué beneficio obtengo con esto, si al final le voy a partir la boca al tío, por negligencia de él?

Pitufo no respondía. Pufi era alto, rubio, con el rostro demacrado por la heroína, vestía un chaleco negro, una camisa blanca y unos pantalones vaqueros, llevaba unos tatuajes descoloridos en el brazo derecho y una lata de Mahou de las grandes en la mano izquierda. Tenía la voz totalmente cascada.

Pitufo era bajo, con el rostro colorado y pestazo a vino, con una sudadera Kelme del Real Madrid y pantalón de pana, los dientes torcidos y el pelo revuelto.

Andaban por los pasillos de la estación. Pufi estaba más bien alterado, aunque no era para menos.

–          Vas a volver a la trena de todas formas

–          Pitufo si a mi la trena me come la polla, a mi me come la polla porque allí me dan lo que yo necesito, a mi me suda los cojones pero la cuestión entonces como bien apuntas no es esa porque de todas formar por hache o por be allá voy a volver, pero la cuestión es si yo tengo o por el contrario no tengo necesidad de partirle la boca, máxime cuando, cojones, es negligencia suya todo este asunto que nos mueve y nos lleva ahora a plantearnos esta historia, coño, joder – Pufi se agitaba conforme hablaba- si es que hostia… – pegó el último trago a su lata y la tiró contra la pared.

En el andén de la línea siete el tren no se hizo mucho esperar. Eran las 11 de la mañana, el servicio aparentaba ser bueno, había trenes para todos con cierta celeridad. La puerta del metro se abrió ante ellos y cogieron sitio rápidamente.

–          No le veo los pros a partirle la boca por ninguna parte

–          ¿Y no partírsela? – Replicó Pitufo

–          La ganancia del tiempo, el bien inmaterial del que carecemos en esta sociedad, perder o no perder tiempo, realizar o no realizar un esfuerzo. Porque realizar un esfuerzo supone un trabajo y un trabajo no remunerado y yo puedo estar en casita con la churri o con mi puta madre tocándome la vaina y no por el mierda ese, que encima es el que tiene la culpa, ir allí y perder una tarde que otrora podría ser maravillosa.

Se abrió la puerta en Francos Rodríguez y subió una gitana con un bebé en brazos y un pañuelo en la cabeza, que no tardó en comenzar su perorata

–          Buenos días señoras señores soy una chica pobrecita de la BosniaHerzegovina no tengo dinero porfavor no tengo casa por favor, no tengo leche para este niño pequeño por favor…

Mirando con rostro afligido a cada uno de los pasajeros, se detuvo ante Pufi y Pitufo sin variar el gesto, cabeza gacha y mano extendida.

–          ¿Y esta? – dijo Pufi

–          Mira para otro lado y se irá – susurró Pitufo

–          Pero cojones – le dijo Pufi a la chica – pero tu me ves a mi en el gesto pinta de que yo estoy en condiciones de darte a ti nada me cago en mi historia joder… ¡fuera coño! – gritó al tiempo que gesticulaba con las manos y la chica se fue a mirar con cara de pena al siguiente pasajero

–          No es para ponerse así hombre

–          Hombre, si es para ponerse, si es para ponerse, porque nos ocupa una cuestión vital de supervivencia absoluta, de vida o muerte, de todo o nada y no me puede venir esta chica, de origen zíngaro, a mi a decirme que si tal o que si cual porque estoy viajando en el metro y además un euro he pagado, he pagado un euro para montarme en este metro y no es para andarse con historias

–          Ya pero esta chica es de otras tierras

–          A partir de ahora silencio, porque quiero pensar y necesito un estado de silencio

Pitufo cerró la boca y Pufi cerró los ojos. En la estación de Valdezarza subieron unas chicas que iban hablando alegremente sobre sus cosas y Pufi les lanzó un grito de silencio acompañado de una mirada asesina. Las chicas se callaron y se desplazaron al otro extremo del vagón. A cada mínimo ruido, Pufi musitaba tacos “jodercoñohostiasilencioo” entre dientes. Pitufo miraba los itinerarios de cada línea imaginando transbordos posibles para llegar a tal o cual sitio.

El tren se detuvo en Pitis. Última parada. Ambos salieron y Pufi tomó aire al llegar a la superficie.

–          Viva mi barrio joder

–          ¿Has pensado ya que hacer?

–          No he determinado que hacer, si ser asín o asá, pero si he determinado que la solución la marcará el destino.

A la salida de Metro se encontraron con Don Ramón, que fumaba un poco de cocaína y heroína en papel de plata

–          Venga coño fumaros un poquito a mi salud

–          Que no Don Ramón que andamos con prisa – dijo el Pitufo

–          Pitufo, ya veo que vas con el Pufi – Don Ramón miró de refilón a Pufi y este tomó la palabra

–          ¿Algún problema?

–          Dice el Koke que eres una maricona

–          ¿Maricona yo? ¡me cago en la hostia! ¡Que te mato!

–          Tranquilo chaval que yo paso aquí las horas y digo lo que escucho

Pitufo tomó del brazo a Pufi, se fueron mientras Don Ramón protestaba por su falta de educación manifiesta y su descortesía al no despedirse. Se encaminaron por las calles del barrio. Como de costumbre, las señoras decentes que quedaban en el vecindario sujetaban bien el bolso al cruzarse con ellos (las madres de ambos hacían lo mismo al encontrarse con sus conocidos). Gitanos y latinos no les hacían mucho caso al verlos, aunque ambos notaron que cuando veían a algún conocido estos se limitaban a saludarles rápidamente o con cierta sorna.  Pufi y Pitufo llegaron al portal, subieron andando hasta el tercer piso y empujaron la puerta.

–          ¡Ya he llegado Mari, ya he firmado! – gritó Pufi

Tiró su chaleco sobre la silla, encendió la televisión y se sentó en el sofá.

–          ¡Tráete dos cervezas que el Pitufo come en casa!

–          No tío, yo me voy – le dijo Pitufo al oído

–          Que tú te quedas compadre, que la Mari si cocina para tres cocina para cuatro…¡¡MARI!! ¡Coño la cerveza!

Mari apareció en el salón con Toni, su hijo de 11 años, que tenía un ojo morado.

–          Me cagüen mi sombra que le ha pasado a este chico … ¡No te sabes defender o que!

–          Mira Porfirio que me tienes negra… ¡que le han pegado en el cole los sobrinos de Koke, que le han dado una paliza y han dicho que su padre es un cagado!

–          Si ya decía yo que el cole no tenía nada bueno – Pufi empezó a reír a carcajadas y le pegó un toque a Pitufo, para que se riese también, cosa que hizo tímidamente. Mari le miró con el rostro más agresivo con el que le había mirado jamás.

Pufi se levantó del sofá, le pegó unos cachetes al niño y empezó a andar dando vueltas alrededor de la habitación

–          ¿He estado o no he estado pensando en la cuestión? Llevo – subió la voz – o no llevo todo el puto día pensando en la cuestión y en los acontecimientos – miró a Pitufo, que a su vez miraba al suelo y musitaba un “sí” prácticamente inaudible – y le doy vueltas y me pregunto por qué tengo yo que tener una confrontación de cualquier tipo con el mandangas ese que la maricona lo será el y por qué los niñatos esos que son medio gitanos medio europeos tienen que pegar a mi chaval – miró a su hijo Toni – ¡que estás gordo, que te hinchas a chocolatina y a gominolas y te pegan luego joder, que así no vas al Real Madrid ni a nada!

–          ¡¡No grites a tu hijo que el no tiene culpa de tus problemas!! ¡Y le han roto las gafas!

–          Coño y si no tiene culpa por qué le atacan por la espalda

–          No ha sido por la espalda – dijo el chaval

–          ¡Pero seguro que eran más que tu! – replicó el padre

–          Eran cuatro

–          Pues cojones me cago en mis muertos y en la pera amarga… ¡castigado a tu habitación!

Se hizo un silencio en la sala

(continuará…)

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