Cortos: La vida de Roberto

La vida de Roberto

Roberto estudió Derecho y ADE, tenía muchas salidas, sobretodo viniendo de ICADE.

Todas las mañanas Roberto se pone su traje de marca, su corbata y sus gemelos de oro. Sale de su chalé adosado, que está pagando a plazos, en su Audi nuevo, que está pagando a plazos, y enfila hacia la calle Orense, donde trabaja. Roberto todavía no se ha enterado de que es el último mono.

Roberto entra en la oficina a la hora estipulada, aunque antes compra EL MUNDO en el VIPS porque Roberto es un liberal y los liberales leen EL MUNDO, igual que los progres leen EL PAÍS.

Con EL MUNDO bajo el brazo, Roberto entra a su oficina a la hora estipulada. Como es un padre ejemplar, tiene la foto de sus hijos y su mujer en la mesa.

Roberto hace lo que le manda el jefe hacer porque, como es bien sabido, en estos tiempos que corren el jefe siempre tiene razón. De hecho admira a su jefe, un gran hombre, hecho a si mismo, que era analfabeto e inculto y trabajaba recogiendo boñigas y ahora su objetivo es de una tremenda superioridad cultural, ya que consiste en ganar todo el dinero posible y ser un triunfador. Roberto quiere también ser un triunfador y por eso imita a su jefe, aunque él tiene estudios. Cuando el jefe habla, Roberto calla, cuando el jefe manda, Roberto asiente, cuando el jefe está de pie Roberto le ofrece una silla y cuando el jefe tiene sed Roberto le ofrece un café. Aunque le griten, Roberto sabe que así sube en el escalafón.

Roberto hace los papeleos que tenga que hacer y firma donde haya que firmar. No importa lo que sea mientras el cliente pague. A la hora de comer, mejor a las 14:05 que a las 13:55, Roberto baja a uno de los múltiples establecimientos de comida rápida. Todos llenos de hombres trajeados, algunos solos y con la mirada aburrida, otros acompañados de compañeros de la oficina haciendo chistes soeces sobre las tetas de la secretaria. Como Roberto es un hombre de buena familia, bien educado, con estudios y liberal, no mira las tetas de la secretaria o sólo lo hace de refilón. Otra cosa es lo que imagine, pero imaginar no es pecado. El cargo que ocupa Roberto le permitiría ir a comer a sitios de mayor categoría, pero aun así lo rechaza. No es por dinero, porque Roberto sabe que su sueldo es la envidia de todos sus conocidos, es por tiempo. Roberto come rápido, termina rápido y vuelve rápido a su puesto de trabajo. Así, el jefe le ve llegar antes que nadie, incluso cuando el jefe llega más tarde puede comprobar que Roberto ya está en su mesa de roble preparando papeles para que la empresa vaya a más. Así se prepara la ascensión a la cumbre.

La tarde la ocupa en repasar lo hecho por la mañana y preparar lo del día siguiente, salvo cuando surge algo urgente que se hace de inmediato. Lo urgente no se mide según la importancia objetiva y contrarreloj que tenga un asunto, sino según lo que pague el cliente y lo amigo del jefe que sea. Los asuntos del dueño de los grandes almacenes son siempre urgentes, eso lo saben todos. Si hay que meter horas extra, Roberto mete horas extra, aunque haya protestas. Quienes le consideran pelota o trepa desconocen el camino del triunfo, pero él tampoco se ocupa de revelárselo. En las alturas sólo hay sitio para uno, Roberto no quiere llevarse bien con los compañeros, quiere dejarles atrás cuanto antes.

Cerca de las 21:30 Roberto vuelve a casa, al chalet adosado en Las Rozas. Es un chalet adosado junto a otro chalet adosado que a su vez está al lado de otro y así sucesivamente. Es lo que se llama una vida en el campo, aunque el campo ya no exista porque el chalet está encima.

Cuando llega a casa los niños están a punto de marcharse a dormir. Lucía, la asistenta ecuatoriana, o de algún país andino, que para el caso es lo mismo, les da la cena en la cocina. El piensa que sus hijos no deben comer como chachas, pero su mujer dice que manchan.

Su mentada mujer habla por teléfono con sus amigas. Todas las semanas va a la peluquería y a hacerse las manos. Trabaja como secretaria en una empresa multinacional, habla idiomas, hace Pilates, paga a Lucía y se acuesta con su jefe si el bienestar familiar y el ascenso lo requieren. Roberto se lo imagina, como hombre hecho y derecho debería montar en cólera, pero como triunfador potencial sabe que el camino hacia el éxito requiere aventurarse por vericuetos más o menos agradables. El se pregunta “¿si yo fuera mujer, lo haría?” y sabe que en el fondo lo haría incluso siendo hombre.

Hay tres adultos responsables en la casa. Lucía, Roberto y su mujer. Lucía acuesta a los niños, la señora destila envidias por teléfono y Roberto se relaja en su castillo. Se pone sus pantuflas y  una copa de brandy, se sienta en su sofá de cuero y enciende su pantalla de 50 pulgadas que todavía no ha terminado de pagar. Una buena parte del reconocimiento social se obtiene rodeándose de distintos objetos que dan prestigio, independientemente de lo que cueste pagarlos. Roberto sabe que todos le envidian cuando van de visita a su hogar.

Roberto está rodeado de multitud de estos objetos, tanta hora extraordinaria tiene que servir para algo. Estas horas extra hacen también, quid pro quo, que no disponga de tiempo para disfrutar de tanto chisme. Pero lo importante es tenerlos, no disfrutarlos.

Entre el centro de la ciudad y el centro comercial, Roberto prefiere el segundo para hacer compras y pasar el día. El centro de la ciudad es símbolo de decadencia y degeneración, delincuencia, suciedad, multitud, vulgo. El centro comercial – depende de donde esté- es símbolo de la victoria del sistema sobre sus enemigos, de orden, calidad, rapidez, distinción. Tienda de marca, comida de marca, película infantil en el minicine con palomitas y Coca-Cola. Todo está bajo control.

La vida social de Roberto se divide en momentos de distinta intensidad. Hace unos meses fue la primera comunión del niño. La celebraron en un hotel de cinco estrellas, el menú fue excelente, todos los invitados quedaron impresionados. El jefe de Roberto no pudo asistir, pero hizo un buen regalo, un reloj Tag-Heuer. Además el niño recibió el Cuerpo de Cristo.

Algunas veces van a comer con amigos, se invitan entre ellos a buenos restaurantes y miran por encima del hombro la cuenta, para así poder decir en los corrillos que Pepito es un tacaño porque yo pagué mucho mas la otra vez. De tanto en tanto hacen barbacoa en el jardín, todos con sus náuticos y ropa de sport.

Aunque su castellano escrito es pésimo, los hijos de Roberto hablan un inglés más que decente. Van al colegio bilingüe de la urbanización, saben los verbos irregulares, el presente perfecto y otras muchas cosas importantes para la vida moderna. Cuando sean mayores su padre les enviará a estudiar a Estados Unidos, para que sean alguien en la vida y aprendan todo en el país de las oportunidades y la libertad.

No todo son responsabilidades en la vida de Roberto, también hay tiempo para el asueto. Por eso exprimen sus treinta días de vacaciones en un apartamento en el golf resort en ese pueblo, como se llamaba… Oliva. No, no consideren que Roberto tiene mala memoria, es que para un hombre como él, basta con decir que va a “la playa”, saca sus palos, mantiene su buen par y no se relaciona ni con los horteras de sombrilla y suegra ni con los brutos valencianos. Esas cosas las deja para su distinguida señora, que a primera hora coloca la sombrilla y se levanta la primera para coger sitio en la playa, no sea que se acabe. Roberto coge el bronceado entre hoyo y hoyo.

La vida de Roberto es maravillosa. Por eso todos quieren ser como el.

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