Cortos: La pesadilla de Eugenio (y III)

Súbitamente, terremoto humano. Algo sonó en los altavoces, una canción relativa a un tipo nervioso, borracho y violento. Ese esperpento musical causó un revuelo tal entre la concurrencia que todos comenzaron a saltar y dar empujones. Eugenio sujetaba su vaso como podía y notó que todo ese movimiento humano realizado al mismo tiempo y de manera irregular le estaba provocando un total desplazamiento posicional. Jeremy y Arturo empujaban a los que estaban a su alrededor, todos empujaban a todos. Cuando Eugenio se quiso dar cuenta, estaba al fondo del bar. Intentó volver hacia la puerta, pero la canción había terminado y todos volvían a estar quietos. Sonaba otra canción atronadora, pero no les hacía brincar ni empujar, simplemente seguir con sus cosas, con sus pipas y sus bebidas. Intentó volver hacia sus “amigos”, pero no había forma, nadie reparaba en él y su intento por pasar. Tocó en el hombro a una inmensa chica con el rostro pálido y llena de anillos en las manos y en las orejas

–          ¿medejaspasar?

La chica ni le escuchó. El lo repitió, más alto

–          ¿Me dejas pasar?

Ni caso. Ni se giraba para mirarle, ni hacía gesto alguno. Eugenio estaba acorralado. Se apoyó en la pared e intentó calmarse. Mientras se relajaba, notó algo. Se estaba meando. Las puertas que había al fondo parecían ser los baños. Vio salir a una chica de la puerta de la izquierda, así que por simple deducción llegó a la conclusión de que el servicio de caballeros era el de la derecha. Empujó la puerta y vio a dos punkis agachados sobre el lavabo.

–          ¿ESTÁS TONTO O QUE? – le chilló uno de ellos al tiempo que cerraba la puerta de golpe.

Eugenio se meaba, se meaba como nunca en la vida. Intentó pensar en otras cosas, pero no sabe como acabó pensando en la manera en la que había llegado a ese antro. Eso le llevó a la lluvia, a las cascadas en las escaleras del Metro, todo ese líquido fluyendo le hizo desear mear con más fuerza. Miró al techo y mantuvo fija su atención ahí. Notó que el litro de kalimotxo que se había bebido en tres segundos le empezaba a subir a la cabeza, todo eso añadido al que se estaba bebiendo en aquel momento. Empezaba a estar piripi y se meaba. De repente los punkis salieron del baño. Un tipo se le iba a colar, pero Eugenio entró lo más rápido que pudo. Se echó la mano a la bragueta. Pasado el lavabo había otra puerta donde estaría el urinario. La abrió, encendió la luz, se sacó su miembro, se dispuso a descargar, miró hacia abajo y se encontró un agujero en el suelo, una taza turca, con meadas por todas partes y una hez humana (o eso pensó el) en un lateral, rezumando mal olor. Tuvo una arcada, terminó su meada y salió disparado de allí.

Según salía, le gritaron al oído

–          ¡SI ES MI AMIGO, EL DE ANTES!

Cuando se quiso dar cuenta tenía un trozo de manguera en la boca y notó que una gran cantidad de cerveza le bajaba por la faringe. Marchante se iba con su embudo serpenteando entre la gente, Eugenio intentó aprovechar el hueco que este abría, pero todos se cerraban en banda, le ignoraban y el no podía pasar.

Se giró hacia el baño, la puerta se abría. ¡Era Arturo! No sabía por qué, pero se alegraba de verle.

–          CUANDO SE BEBE SE MEA, ES LA LEY – dijo Arturo – ¿QUÉ HACES AQUÍ SÓLO? – miró a la tipa enorme – ¿HAS VENIDO A LIGAR?

–          No consigo abrirme paso…

–          ¿¿QUÉ??

–          ¡QUÉ NO CONSIGO ABRIRME PASO!

Arturo le miró con lástima, le cogió de la mano y tiró de él. Se desenvolvía con soltura entre la masa humana compacta. Cuando llegaron al principio del bar, Eugenio comprobó sorprendido como Jeremy se había agenciado un taburete y estaba junto a un chaval también con melenas, muy delgado y con cara de enfermo de muerte, sentado en otro taburete. Junto a ellos había un tercero con gafitas, pecas y pelo revuelto. Eugenio se puso a su lado, pero nadie tuvo la gentileza de presentarles. Jeremy y el de la cara de enfermo de muerte hablaban al oído muy bajito, algo complicado en aquel antro, tramando algo de gran importancia. Reflexionaban sobre como llevar a cabo alguna tarea que no conseguía identificar, analizando pros y contras. El chico del pelo revuelto no hablaba, sólo bebía. De repente, Jeremy y el de cara de enfermo hicieron un gesto de haber llegado a una conclusión. Se levantaron de sus taburetes, los pusieron en fila ante la barra y encima de la misma pusieron varios minis en distinta disposición, con pipas alrededor de cada uno y desperdigadas por la barra formando figuras psicodélicas. Le dijeron al chico del pelo revuelto que se pusiera detrás de la fila de los dos taburetes. Sin mover los pies, estirándose lo máximo que pudiese, tenía que coger los minis sin tocar las pipas que los rodeaban ni deshacer las figuras psicodélicas formadas a su alrededor.

Con mucho esfuerzo, el chaval de las pecas se fue bebiendo los minis uno por uno, de un trago, sin mover los pies ni deshacer nada. El otro, el de cara de enfermo, se emocionó tanto que decidió invitar a una ronda de kalimotxo para todos.

–          ¡BEBE HOMBRE! – le dijo a Eugenio, poniendo contra su pecho un mini lleno hasta el borde.

Eugenio pegó un buen trago de aquel kalimotxo, esta vez con mora. El de las pecas estaba sonriente y sin hablar, el de cara de enfermo estaba eufórico, Arturo gemía hablando de Carolina y jurando amor eterno y venganza mundial y Jeremy reía frenéticamente. En los altavoces una canción hablaba de que estaban hartos de aguantar.

–          ¡¡TEQUILA PARA TODOS!! – gritó la “Dolly Parton”, al tiempo que servía unos chupitos.

Eugenio se detuvo. Pensó en sus amigos extraviados en Alonso, preocupados por su vida mientras el estaba emborrachándose, sintió un gran desasosiego interior. Todos tenían su chupito en la mano, el de Eugenio permanecía en la barra. Como no lo cogía, todos brindaron entre sí y también con el vaso solitario que estaba en la barra. Pensó que era de mala educación dejar ahí aquel vaso y no brindar con aquellos nuevos acompañantes que al fin y al cabo estaban salvaguardando su integridad. Cogió el vaso y se lo metió de un trago entre pecho y espalda.

Los primeros rayos de sol entraban por su ventana. Eugenio sentía un terrible dolor de cabeza, pero estaba en la cama, en su cama. Había tenido una pesadilla. No estaba seguro de calificar aquello como pesadilla, así que simplemente lo consideraría un sueño extraño. Con aquella lluvia torrencial en primavera, aquel cielo oscuro cerrándose sobre sus cabezas. Aquellas riadas en el Metro. Eugenio con Arturo y Jeremy, aquello si que era algo improbable. Los dos riendo con sus pintas extrañas. Aquel antro de perdición con música atronadora, con aquel tipo que le gritó en el pasillo y le amenazó de ser “carne para la picadora”, aquel punki agresivo del baño, aquella tipa enorme que le cerraba el paso, aquel chaval con pecas que hacía malabarismos para alcoholizarse, aquel loco del embudo, aquel tipo con cara de enfermo, aquella camarera risueña y rubia y aquella otra con cara de pocos amigos, aquella sucesión de empujones, aquel truño asqueroso en el suelo del baño. Nada tenía sentido. ¿Por qué le dolía tanto la cabeza? Seguramente resbaló por algún motivo. Simplemente caerían unas gotas, no una tormenta, unas simples gotas que formarían un charquito. El habría resbalado, siempre fue torpe, se habría golpeado la cabeza, habría quedado inconsciente y sus amigos, siempre preocupados por el, que jamás le dejarían atrás, le habrían llevado corriendo al hospital y de allí a casa, donde estaba a salvo. Le dejaron en su cama, durmió tranquilo y despertó. El día era hermoso. Se fue a tomar una ducha.

Su ropa del día anterior estaba tirada en el suelo de su habitación vacía. El pantalón estaba justo en el centro de la habitación, con un bolsillo vuelto. Junto a las clásicas pelotillas que se forman en tan insigne lugar, había, bien adheridas al tejido, unas cáscaras de pipas.

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3 comentarios en “Cortos: La pesadilla de Eugenio (y III)

  1. Está basada en distintas cosas que pasaron en el mítico Pipas y también es “real” lo que da origen a la historia (un diluvio universal, botellón de clase, acaban juntándose personas muy distintas y el tipo que menos pega en el Pipas acaba ahí flipando), pero a partir de esos pedazos me lo invento todo y además lo que puede ser real lo exagero mucho, que también está bien reírse de uno mismo.

    Cameos hay, pero creo que no hay nadie que conozcas

  2. Por cierto, de los relatos que he ido recopilando a lo largo de los años, este es el más antiguo, tiene cuatro o cinco años ya, así que espero que los numerosos críticos sean piadosos con él 😉

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