Cortos: La pesadilla de Eugenio (II)

“Este tren no admite viajeros”. Mientras entraban en la estación, el conductor anunciaba por megafonía a los pasajeros que esperaban fuera una verdad incómoda. Esto fastidió también a Eugenio, que  tenía idea de seguir montado en el tren para regresar. Argüelles era la última parada, apenas había tres estaciones de regreso a Alonso Martínez. Al abrirse las puertas, entró agua. El andén estaba cubierto por una fina capa de agua y se repetía el panorama de cascadas y escaleras. Quedarse ahí era una locura. No podía esperar otro tren, el agua ya estaba allí, al acecho. Tenía que salir, volverían andando.

Subieron las escaleras y el volumen de agua era mayor cada vez. Una capa fina que se hacía algo más gruesa según avanzaban. En la parte de arriba, en las taquillas, les cubría medio zapato. Había que salir de allí, volver andando, tenían que volver andando y encontrarse con los demás.

Salieron a la calle Alberto Aguilera

–          ¡Volvamos, estamos a tiempo!- Eugenio rogaba y exigía al mismo tiempo

–          No te preocupes tío, ¡con nosotros lo vas a pasar bien! – Arturo le puso el brazo sobre los hombros.

De repente, corrían otra vez, calle arriba. Era una calle oscura y el agua caía con tal fuerza que incluso dolía. A ratos corrían y a ratos andaban pegados a la pared. De tanto en tanto un chorretón les visitaba con fuerza. De pronto, se pararon. A la derecha de Eugenio se abría un hueco difícil de definir. Entre dos bloques de viviendas había un espacio abierto con una serie de pasillos y pasarelas que cruzaban por debajo de uno de los edificios hacia la izquierda para desembocar en otro espacio abierto con similares características. Un cartel más viejo que la vida anunciaba “Bajos de Aurrerá”, adornado con nombres de establecimientos que seguramente ya ni existían. Eugenio estaba perdido, no sabía por donde había venido exactamente, no sabría regresar al metro, no sabría salir de ahí con vida. Su única salvación era seguir a Jeremy y a su amigo Arturo, mantenerse pegado a ellos y volver a casa sano y salvo.

Se encaminaron por una especie de rampa y anduvieron por un corredor lateral. Dejaron atrás un local cerrado con una verja. La gente humana, que es de natural guarra, se había dedicado a tirar todo tipo de envases y basuras por el hueco de la verja. Conforme avanzaban se iba escuchando un murmullo que era cada vez mayor. Al girar la esquina, se encontraron con un gran pasillo con un terrible olor a orina. El pasillo estaba lleno de gente. Había grupos de gente bebiendo cervezas y kalimotxo, fumando marihuana o vete tú a saber que cosas. Había gente deambulando de un lado para otro, gente gritando, gente vomitando, gente sentada en el suelo y gente de pie. Eugenio se giró a la izquierda y vio en diagonal la calle. La calle estaba allí, pero ellos se habían adentrado en aquella estructura ilógica de perdición. Esa calle oscura, llena de peligros, a la que no volvería bajo ningún concepto. Tenía que seguir con Jeremy, tenía que seguir con Arturo, tenía que seguir con los dos. Ellos se adentraban en el pasillo, no quedaba más remedio.

Andaban con paso despreocupado, parecía que con ellos no iba la cosa. No les preocupaba la vida de Eugenio ni la suya propia ni la de sus amigos que les buscaban entre el barro y la muerte. Para ellos era lo más normal, lo más lógico que podía hacerse en aquel momento. No tenían sentido del bien y del mal, no hacían lo correcto. Aquel desgraciado de Arturo merecía el desprecio de Carolina y aquel desgraciado de Jeremy merecía también algo malo que ya pensaría después. Cuando andaban, se cruzaron con dos tipos que llevaban sujeto a sus cuellos a un tercero con evidentes síntomas de intoxicación etílica. Se pararon frente a ellos, bloqueándoles el paso. Ya llegó su hora, la hora de la muerte, el día en el que San Pedro a las puertas del cielo leería las cartillas. Arturo y Jeremy irían directos al infierno y él al menos gozaría de la vida eterna.

El tipo al que llevaban los otros dos tenía barba de tres días, pelo largo rubio muy sucio, una camiseta blanca semitransparente y los bajos de los pantalones llenos de mierda. Se irguió, miró fijamente a Eugenio y le gritó con la voz cascada y los ojos fuera de órbita:

–          ¡¡Carne pa la picadora!!

Después se fue. Eugenio, asustado, se mantuvo lo más cerca que pudo de sus dos acompañantes, los dos a los que debía agradecerles su muerte próxima. Avanzaban por el pasillo. A su derecha, se abría otro pasillo. En este se repetía el mismo panorama, gente sentada, gente de pie, gente pululando, sólo que todos más apretaditos. El olor a meada era más intenso si cabe. Hacia el final del pasillo, a la izquierda, había una puerta negra de la que salía un ruido infernal.

–          ¿Vamos a entrar ahí? – Preguntó Eugenio

No le contestaron con palabras, pero si con hechos. Se dirigían hacia allá con gran decisión. ¿En qué clase de tugurio o garito de mala muerte le iban a meter? ¿Qué habría ahí dentro?

Cuando estuvo frente a la puerta vio una maraña de cuerpos apretados en un espacio minúsculo. El antro estaba lleno, no cabía ni un alfiler. Por fin la suerte corría de su lado, volverían atrás. Cuando se quería dar cuenta, sin embargo, ya estaban dentro. En la barra había vasos de plástico llenos de pipas de girasol. Así que eso era “El Pipas”. Un sitio enano, un agujero, con un terrible olor a sudor y música atronadora. En las paredes había unos dibujos de una especie de trolls con instrumentos musicales. Entre toda la gente que había podía vislumbrar la barra con los vasos de mini llenos de pipas y también a las camareras. Una especie de Dolly Parton chelis y otra con cara de pocos amigos. A la izquierda, nada más entrar, había un murete y tras el un tipo sin camiseta pegando gritos y poniendo discos.

Vio que Arturo le hablaba pero era incapaz de comprender nada con aquel griterío. Puso cara de no entender nada y acercó la oreja

–          ¿¿¿ CERVEZA O KALIMOTXO???

Aquel demente le acababa de destrozar el tímpano. Se echó atrás de golpe con la mano en la oreja y chocó con un tipo. Se giró para pedir disculpas.

–          ¡¿QUÉ ESTÁS MIRANDO, CUATRO OJOS?!

Había chocado con un rapado de metro noventa con patillas de lobo marino y gesto agresivo, un tipo con un aspecto terrible, con unos tirantes rojos y un pantalón desteñido. Entre pedir disculpas y contestar a la pregunta directa que le habían hecho, optó por darse la vuelta y hacerse el despistado. El rapado le empujó y chocó contra Arturo, que levantó rápido los brazos. Se desestabilizó un poco y, cuando se repuso, Arturo bajó los brazos. En las manos llevaba dos minis, le puso uno en la mano a Eugenio.

–          ¡SI QUIERES MORA PIDESELO A LA CAMARERA!

Era kalimotxo. ¿Para qué quería mora? Arturo se dio la vuelta, se puso junto a Jeremy. Ambos bebían a ritmo pausado y berreaban las canciones que sonaban por los altavoces.

Cuando se disponía a beber el primer trago, un tipo le dio la mano y se presentó:

– ¡¡MARCHANTE!!

Le robó el vaso de entre las manos, se lo dio a Jeremy. Llevaba en la mano un embudo que estaba conectado de forma chapucera a un trozo de manguera de goma. Cuando Eugenio trató de comprender lo que ocurría, Marchante le metió la manguera en la boca. Elevó el embudo, cogió el vaso de las manos de Jeremy y lo vertió entero. Todo el kalimotxo bajó de golpe por el embudo, la manguera y la garganta. Un litro de vino con coca-cola, sin mora, en tres segundos. Eugenio agitó la cabeza, intentó quejarse, levantó la mano para iniciar un discurso agresivo, para cagarse en todo, para cantar las cuarenta a aquellos dos, que le habían arrastrado hasta allí contra su voluntad, que habían girado la cabeza ante la adversidad, que abandonaban a todo el grupo y se metían en un tugurio infernal. Cuando bajó la mano, Jeremy le dio un mini. Eugenio lo agarró con fuerza con la mano izquierda, lo tapó con la derecha, lo resguardó como pudo y se aseguró de que Marchante se había ido. Miró hacia el fondo del bar, que era como el pasillo de su casa o más pequeño, y entre todas las cabezas vio un embudo que se desplazaba de aquí para allá. No había peligro, de momento.

(continuará…)

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