Cortos: La pesadilla de Eugenio (I)

La pesadilla de Eugenio

Caía la lluvia sobre la plaza de Santa Bárbara. Al principio eran unas gotas casi imperceptibles. Se diría que incluso eran agradables, porque el día había amanecido caluroso. Pero pronto aquello tornó en un tremendo chaparrón. Todos salieron corriendo a resguardarse.

Cuando quiso darse cuenta, Eugenio se había quedado solo. Con la tormenta primaveral que asolaba la zona de Alonso Martínez, y previsiblemente todo Madrid, sus amigos y conocidos habían puesto pies en polvorosa. El botellón de confraternización que habían planificado, al que iba a ir tanta gente, se iba al traste. No hacía falta ir a comprobarlo, las Salesas y la Villa serían un barrizal. En realidad, no se había quedado del todo solo. Tomó la decisión de cobijarse en un portal, junto al Pizza Hut, y allí se habían cobijado también Jeremy y Arturo. Aquellos chavales tan raros.

Hacía tiempo que les conocía, pero, aunque no tenía una estrecha relación con ellos, no le gustaban demasiado. A él, Eugenio Hernández, un chico tan educado, el hijo que toda madre querría tener, no le hacía mucha gracia estar con aquellos dos. Con sus pintas, sus greñas, sus camisetas negras y sus chistes raros. En una conversación normal, sobre temas manidos como el clima, por ejemplo, se cagaban numerosas veces en la Santa Madre Iglesia. Eran irreverentes y no necesariamente seguían las normas. No es que anduviesen saltándoselas de manera constante, pero no les importaba romper con lo establecido, con la formalidad. Era el tipo de gente que ponía nervioso a Eugenio. Los típicos que irían a una recepción en la Casa Real con chanclas y pantalón corto. Pero allí estaba, bajo el portal, con ellos dos. Arturo llevaba la camiseta estirada por encima de la cabeza, ese había sido su recurso para cubrirse de la lluvia. Parecía… Eugenio no sabría definir que es lo que parecía, pero no parecía nada normal. Ellos dos hablaban y Eugenio se mantenía callado. Como no sabía que hacer, decidió, para pasar el rato, fijar la mirada con máxima atención en las casetas de libros del bulevar.

– ¡Tú!- El grito de Jeremy le sacó de su anonadamiento. – ¿Qué vas a hacer?

– He pensado que deberíamos ir a buscar a los demás – musitó Eugenio- Se estarán preocupando porque no saben donde estamos

– Yo paso tío – ahora hablaba Arturo – En realidad no se ni que hacemos aquí nosotros. Y no creo que se estén preocupando

– Vamos a Los Bajos – sugirió Jeremy- me apetecen unas pipas

¿Los Bajos? A Eugenio le empezó a parecer que aquello estaba girando hacia una vertiente muy desagradable. Todo lo que había escuchado sobre Los Bajos era negativo. Peleas todos los fines de semana y muertes de tanto en tanto copando las páginas de sucesos. Sí, no cabía duda, Eugenio había tomado una decisión. Si esos dos locos no querían ir a buscar al resto, se iría él solo. Todos estarían comiéndose la cabeza, preguntándose donde podía estar él en ese momento, quien sabe si estarían llamando a la policía, a lo mejor pensaban que Eugenio, imprudente, se había marchado a la Villa y había quedado atrapado en el barro, quien sabe si estaban cavando para desenterrarle, pensando que se estaba sumergiendo hacia el centro de la tierra, ¡oh, no! ¿Y si alguno de ellos por intentar salvarle creyendo que estaba ahí moría por su culpa? Eugenio no podía consentirlo. Si aquellos dos elementos subversivos, zafios y groseros, sin futuro alguno en la vida, no tenían la suficiente decisión como para ayudarle y cometer un acto heroico, si ningún ideal les movía, si ni siquiera tenían la suficiente caridad y un corazón noble que les moviese a romper aquel malentendido en el que todos buscaban al pobre Eugenio, perdido en el segundo diluvio universal mandado por Nuestro Señor, a él no le importaba. Porque él, Eugenio, era un héroe. Un héroe anónimo cuya heroicidad no había salido a la luz anteriormente en su vida, lo que no significaba que nunca debiese aflorar. Este era el momento. Había sido un imbécil, no corrió junto a los demás a resguardarse de la lluvia, a buscar un lugar seguro, a salvo de los caprichos de Dios y sus juegos con el clima. Por cierto, se la guardaba a Dios, incluso se quejó mentalmente, procurando, eso sí, no caer en la blasfemia. No, no le importaba ir solo, bajo la torrencial lluvia. Sólo era agua, agua que cae con fuerza, agua que puede transformarse en piedras de granizo mortíferas, pero agua al fin y al cabo. Sí, Eugenio iría él solo a buscar al grupo, a quitarles las preocupaciones. Cuando se reencontrasen todos sonreirían aliviados al descubrir que seguía vivo, que nada le había pasado.

Miró a su derecha. No había nadie en el portal. Miró hacia la esquina de Sagasta con la plaza. Arturo corría con la camiseta estirada cubriéndole la cabeza y Jeremy había imitado su gesto. Corrían los dos y le dejaban solo en el portal.

–          ¡Esperadme! – Gritó Eugenio.

El agua corría por las escaleras del metro, formando una cascada urbana de aspecto putrefacto. Cosas que pasan en Madrid, estaciones que se inundan cuando cae la lluvia. Aquellos dos descerebrados bajaban las escaleras corriendo despreciando su vida. ¿No sabían que en un mal paso podían caer y abrirse la cabeza? Cuando llegaron a los torniquetes dejaron de correr y sacaron su abono de transportes.

–          ¡¡Es qué estáis locos o qué!! – Eugenio no podía entender a sus dos acompañantes

–          Tranqui tío ¿qué te pasa? – respondió Arturo

–          Tenemos que ir a buscar al resto

–          Que no, que nos vamos a Los Bajos, que vamos al Pipas, que aquí no pintamos nada, que con esta lluvia no hay botellón que valga y que además hemos cambiado de idea y aunque hubiese botellón no queremos ir – esa fue la retahíla de Jeremy

–          Es que el resto…

–          Si tanto te importa el resto ¿por qué no te vas tú a buscarles? – cortó Arturo

Antes de que Eugenio pudiese responder, la singular pareja estaba metiendo el billete y dirigiéndose hacia el andén. Mierda, mil veces mierda, pensaba Eugenio. Si no pensaba esto, algo parecido pensaría. Iría con aquellos dos hasta el andén y les convencería de que lo más sensato era regresar, hacer todo lo posible para reagrupar al grupo y pensar entre todos un modo sensato para solucionar la noche. ¡Era un peligro meterse en el metro! Si seguía lloviendo con aquella violencia, todo se inundaría, ¿cómo no pensaban en eso? Las vías del Metro eran como la cuenca vacía de un río, aquello se llenaría y se inundaría. El agua subiría más y más y ellos irían subiendo junto al agua hasta que la cabeza tocase con el techo y luego no les quedaría más remedio que sumergirse, intentarían salir buceando pero sería demasiado tarde, habría mucha distancia y perecerían. Morirían ahogados, llenarían sus pulmones de esa agua asquerosa, esa mezcla de nube llena de gases con mierda del suelo, con restos de gasoil, con caca de perro, colillas, vómitos de adolescentes alcoholizadas. Todo eso acabaría en sus pulmones y morirían allí. Ellos morirían, Arturo y Jeremy morirían, Eugenio moriría y los demás insensatos que estaban en el andén morirían. Y sus amigos, que estaban en la plaza de la Villa de París escarbando en el barrizal para salvarle de la muerte, morirían también. Todo sería culpa de esos dos antisociales, esos guarros piojosos, con esos pelos largos impropios de hombres decentes. Eugenio tenía que pararles, convencerles. Tres son mejor que uno, saldrían de allí, se agarrarían de los brazos para no ser vencidos por las riadas que aquel diluvio iba a originar, llegarían a la plaza y mostrarían a sus amigos que Eugenio vivía, que nadie debía morir, que debían escapar cuando antes de esa tormenta, resguardarse en sus hogares y llorar de felicidad por la mañana, sentirse vivos viendo salir el sol y dar gracias a Dios por vivir un nuevo día.

¿Otra vez corren? El tren ya estaba en el andén. Arturo y Jeremy habían salido disparados para no perderlo. Eugenio tenía que impedirlo a toda costa, salió tras ellos, pero entraron en el tren, las puertas comenzaban a cerrarse, Eugenio saltó y Arturo le cogió del brazo al tiempo que el vagón quedaba sellado. Eugenio les lanzó una mirada fulminante.

–          ¿Qué pasa contigo? – Aquel pesado de Arturo le desafiaba cada vez que abría la boca

–          Tenemos que ir a buscar a los demás, ¿no os dais cuenta de que estarán buscándonos?

–          ¿No te gustan Los Bajos o qué?

Eugenio lanzó su segunda mirada fulminante. Claro que no le gustaban. Decidió que lo mejor que podía hacer era pensar en cual sería el siguiente paso a dar. Intentaba pensar, pero no podía. Quijote y Sancho, Arturo y Jeremy, no dejaban de hablar. No había quien se concentrase. Resultaba que Arturo estaba totalmente prendado de una chica llamada Carolina, la cual tenía novio. Arturo, que apenas había cruzado con ella tres o cuatro frases en su vida, por algún motivo incomprensible había decidido que Carolina debía corresponderle. Así que se dedicaba a mandarle mensajes telefónicos cantando su amor a los cuatro vientos y clamando que estaba incluso dispuesto a morir por ella o a que su novio le partiese las piernas y le dejase lisiado de por vida. Arturo, según decía, sentía un amor desgarrador y una pasión total que le enloquecía. Jeremy también tenía lo suyo, así que iban a beber kalimotxo hasta la muerte. Irían a aquel “Pipas” en “Los Bajos” y beberían hasta perder el sentido. Eugenio dejó de intentar pensar en su anterior pensamiento de retorno para pensar en aquel Arturo y aquella Carolina, una chica mona que no tenía, por lo que el había entendido siempre, fama de ser muy agradable y comprensiva. Entonces ¿cómo es que Arturo había decidido, de un día para otro, que estaba enamorado de ella? No tenía ningún sentido, apenas la conocía, no se puede colgar uno así. Pero, por otra parte ¿Cómo esperaba Arturo ser correspondido? No hacía más que acosarla con mensajes y cartas de amor desesperado, no era capaz, seguro, de mantener una conversación cabal con ella, además llevaba esas pintas. Pobre Carolina, Eugenio se compadecía de ella. Jeremy también vivía un amor no correspondido y ambos decidieron que culminarían la noche destruyendo una papelera. Aquello, pensaba Eugenio, era un sinsentido por dos motivos. Uno, porque no había conexión lógica entre el amor y el mobiliario urbano. Dos, porque la lluvia inundaría la papelera y al llenarse esta de agua se desprendería de su soporte y se iría flotando por la calle.

(continuará…)

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