La lluvia amarilla

Hace poco me leí el libro “La lluvia amarilla”. Me lo regaló la reina por mi entrada a la vejez.

Es un libro que trata sobre un pueblo que sí que existió, Ainielle, en Huesca (Aragón, para el que no lo sepa) y que está abandonado. El autor, un tal Julio Llamazares, se inventa la historia de un personaje que acaba siendo el último individuo que queda allí, ya que tanto sus familiares como sus vecinos van muriendo o abandonando el pueblo, mientras que el se resiste. Está escrito en forma de monólogo, el protagonista va narrando sus recuerdos y sus sensaciones. Recuerda a los de la casa de tal o la casa de cuál, las cosas que hacía con su padre… y mientras tanto te cuenta como esas casas se van derrumbando o siendo invadidas por la vegetación. Al mismo tiempo va perdiendo la cabeza e ¿imaginándose? situaciones de lo más inquietantes.

Da mucho que pensar porque este caso podría ser el de tantas localidades. Aquí se centra en el pirineo aragonés, pero en nuestro pueblo, Castilla, tenemos también multitud de pueblos abandonados o semiabandonados, por ejemplo, en Soria, por decir un sitio. El progreso humano nos ha llevado de la naturaleza a la vida en la gran ciudad. La economía global hace que Estados ricos abandonen su campo porque pueden conseguir todo más barato expoliando a países más pobres. Si puedo conseguir todo lo que me da el campo por la décima parte del precio… no hay mucho más que añadir.

Así se ha ido inmigrando y creando megaciudades para que todos trabajen en el sector servicios, como consumidores permanentes de abastecimientos. Idealizar la vida del campo es peligroso. Exige mucho trabajo físico y en condiciones climatológicas incómodas. También tiene sus ventajas respecto a calidad de vida. Y en el campo estás en comunión con la naturaleza (que jipi suena esto) que debería ser lo habitual, porque vivir en estas junglas de asfalto me parece demencial.

 

El caso es que esto me ha dado que pensar sobre la vida en el campo y creo que sólo una economía planificada podría resucitar al muerto. Con la economía actual es imposible por tema de beneficio. Quizá que se subvencionase ayudaría algo, aunque no creo porque sería dar dinero “por pena”,al fin y al cabo con los precios de aquí seguiría sin ser rentable y lo único que cuenta en la economía global es la rentabilidad.

Lo que me ha llevado a pensar este libro es que vivir hacinados en ciudades es una gran muestra de la imbecilidad de nuestra especie.

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