Historias del Calcio, de Enric González

Menuda suerte tengo, los dos últimos libros que me he leído han sido un gozo absoluto, de esto que arrancas en la primera página y vas casi del tirón hasta que te lo terminas. Ya me empieza a pasar que cuando lo gozo tanto hago lo posible por leer más despacio, así extiendo en el tiempo el disfrute del libro que me ocupa, no sea que el siguiente que caiga en mis manos sea un petardo.

Este último que ha sido un disfrute total ha sido “Historias del Calcio”, de Enric González. Enric Gonzalez es periodista de EL PAÍS y fue corresponsal durante mucho tiempo en ciudades como Londres, New York, París o Roma. Ahora escribe una columna de opinión en la página anterior a la de la programación televisiva.

“Historias del Calcio” es un producto de su estancia en Roma. El entonces director de deportes de EL PAÍS, Santiago Segurola, le encargó escribir una columna sobre algo relativo al mundo del fútbol italiano. Lo que empezó como una anécdota acabó durando tres años. Cada lunes, tras la jornada de liga italiana, aparecía alguna historia. El autor narra deliciosamente detalles futbolísticos, sí, con los que disfrutamos las personas a las que nos gusta este deporte. Pero también curiosidades históricas sobre futbolistas italianos o sobre las distintas hinchadas. Y tras todo esto un análisis crítico, a veces velado y a veces muy directo, de la sociedad italiana y todas sus peculiaridades. Esto para un italófilo tiene todos lo necesario para enamorar… ¡si sólo falta que hable de pasta en el libro!

Al ser una recopilación de artículos se lee en un “plis plas”, yo me lo leí casi enteramente en trayectos de Metro y autobús. Sobre el autor, quiero destacar sus cualidades narrativas porque es capaz de escribir cosas magníficas a base de detalles que pueden pasar muy desapercibidos. Este hombre de cualquier cosa te saca una historia interesante.

Hay muchas historias que me han gustado, así que compartiré con vosotras una de ellas:

La “cuchara” de Totti

Mo je faccio er cucchiaio“, dijo Totti. Y a Maldini le sonó tan raro como a cualquier lector español. Luego, cuando el tótem milanista tradujo mentalmente del romanesco al italiano, la cosa le sonó aún más marciana. En aquellas circunstancias, lo último que podía uno esperarse era un cucchiaio del romano más castizo desde Alberto Sordi. Maldini se quedó lívido.

Era el 29 de junio de 2000 y la semifinal Italia-Holanda del Europeo acababa de terminar en empate. Se jugaba en Holanda y los italianos, encerrados en el círculo central, hablaban de quién tiraba los penaltis. Di Biagio fue el primero en reconocer que la cosa imponía. “Francesco, yo tengo miedo”, dijo. Y Francesco Totti, en su romanesco cerrado: “A quién se lo dices. ¿Has visto lo grande que es aquél?”, resopló, señalando al portero Van der Saar. Di Biagio: “Pues sí que me animas”. Entonces llegó la frase inmortal: “Nun te preoccupá, mo je faccio er cucchiaio”. O sea, “no te preocupes, yo le hago la cuchara”.

El gran jefe Maldini tenía la oreja puesta y al cabo de unos segundos, cuando comprendió, se dirigió con gran alarma hacia Totti. “¿Pero estás loco? Estamos en una semifinal del Europeo”. Pero Totti ya tenía la idea clavada en el entrecejo: “Sí, sí, le hago la cuchara”.

Er cucchiaio“, “la cuchara”, es la marca de fábrica del mejor futbolista italiano. Un toque suave, por debajo del balón, que eleva la trayectoria unos metros y luego la deposita en el suelo, dentro de la portería. Una de esas jugadas caprichosas que pueden hacerse cuando se gana por mucho y queda muy poco partido. Una burla amable al contrario y un guiño al público. Una broma, algo que no se hace en el momento más crucial del año. Lo que pasa es que Totti es Totti. El capitán del Roma tendría poco de qué hablar con Einstein, pero la inconsciencia le da a su juego el toque de locura y genio de los grandes idiotas del fútbol: Totti forma parte de la dinastía de Garrincha, Best, Gascoigne, Cassano. Con la ventaja de no ser cojo, ni alcohólico, ni paranoico.

Cuando le tocó lanzar a Francé Totti, caminó hacia el punto de lanzamiento, miró a aquel portero holandés tan grande, se aproximó al cuero y lo acarició en el vientre. El balón partió en cámara lenta, como un globo de feria, hacia el centro del marco. Van der Saar, en cámara rápida, se había lanzado ya hacia un costado. Y el penalti entró como un suspiro, dulce, desmayado, con la miel de un beso y el ritmo preciso de un buen chiste.

Totti publicará el año próximo un manual de fútbol que se titulará, cómo no, “Mo je faccio er cucchiaio“. Será su tercera obra, tras las memorables Los chistes sobre Totti contados por mí mismo y Los nuevos chistes sobre Totti contados por mí mismo. No los escribe él, pobrecito, pero en este caso no importa, porque los beneficios (una millonada) se destinan a beneficencia. Totti es, seguramente, el futbolista que más dinero ha aportado a obras de caridad, el que ha visitado más asilos y hospitales y el que más ha hecho por su ciudad.

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