A Valencia

Empiezas a ver naranjas y ya sabes donde te estás metiendo. Has atravesado Cuenca y allí te has plantado, en Valencia.

Alcanzas un poco más, estás en Valencia capital. Una ciudad que no deja indiferente. Tiene de todo para ser amada y odiada.

Uno siempre hace un poco la vista gorda ante lo malo. Porque quien esto suscribe empezó a tener “conciencia de ser” en la capital del Tùria y eso hace que al fin y al cabo la mires con buenos ojos. Difícil que sea de otra forma. Los recuerdos se funden con el presente. La Plaza del Patriarca es ahora peatonal, como tantas otras calles aledañas. La calle de la Nao lo fue (casi) siempre, al menos hasta donde alcanza mi memoria, aunque han cambiado el kiosko de los petardos de acerca. El Parterre parece más pequeño. Sigue estando ahí la estatua de Jaume I, a la que siempre intentábamos escalar (sin éxito= y en una esquina el árbol que trepábamos con la obsesión de alcanzar ramas más altas. La Glorieta está a un paso. A los viejos columpios les han puesto un suelo blandito para que los xiquets no se rompan, será que los de antes éramos de mejor calidad. Todos esos tubos para entrar y salir y esas rampas resisten el paso de los años, ahora acompañados de caballitos con base de muelle para balancearse, columpios más modernos para los niños que sigan yendo al parque.

Donde antes había un bar ahora hay una tienda de lujo y donde antes había yonkis ahora se instalan grandes marcas. Será el tránsito de los 80 al siglo XXI, todo un mundo.

Ahí está Valencia, con naranjos en las calles y palmeras en las avenidas. Nos avisa de que sigue estando ahí y nos llama, vaya si nos llama. Es una ciudad de reencuentros permanentes. Con la familia y con viejos camaradas. A mi más viejo camarada, que responde al nombre de Pau, le conocí en primero de preescolar. Nos obsequió a la reina y a mi con una carbonara exquisita, receta de Italia (sin nata y con huevo). Esta amistad que se remonta a hace 22 años (arrea) quizá sea – con sus intermitencias – el símbolo más evidente de que Valencia siempre espera.

Tenemos también a aquellas que abandonaron Madrid para buscar nuevos horizontes vitales. Y comprobar juntos que pese a que hay bodegas majas, estos valencianos siguen sin poner tapas. Pobres.

Total, que vas en plan llampec , llegas, saludas y te vas. Hacia El Saler, construcciones faraónicas, tan grandes como horribles. Siempre nos quedará El Palmar, para seguir cerca de la tierra. ¿No sería más bonito nuestro planeta de no ser por la mano del hombre?

Así, hacia el sur, hemos vuelto a Dènia. Pero eso lo contaremos otro día.

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