Se llamaba Carlos

[Este texto está escrito hace exactamente un año. Ante un hecho como el asesinato de nuestro compañero Carlos Palomino u otros de gravedad, mi postura siempre es que hay que dejar de llorar, sobreponerse y seguir adelante. Es con nuestras propuestas y nuestra actividad como avanzamos hacia un mundo nuevo. Los que me conocen saben que soy más de mirar hacia delante que hacia atrás. Sin embargo, durante esta semana, quiero sumarme al recuerdo, especialmente por arropar a Mavi, esta madre que ha perdido a su único hijo. Al contrario que otras víctimas del terrorismo, no recibe ningún apoyo mediático ni institucional. Por eso debemos ser nosotros los que la den el aliento para seguir adelante]

Me acuerdo de cuando tenía 16 años, tampoco hace tanto. Hacía 3º de BUP. Iba a garitos punkis como “El Pipas” o “La Casa de la Yaya”, aunque la mayoría del tiempo lo pasaba en plazas con los colegas. Me gustaba una chica (que no me hacía ni caso) y junto a mis colegas me comía el mundo. En clase éramos los bichos raros porque llevábamos greñas y escuchábamos punk rock. Éramos antifas. Para algunos de mis colegas esto era pose. Quizá lo era un poco para todos, significarse para decir “no somos parte del rebaño”, una rebelión marcada en la estética peculiar. Pero algunos se quedaron ahí. Otros vieron que eso era una “locura” y se hicieron responsables, lo principal era estudiar y trabajar, dejar de soñar con esas cosas, ser realistas, votar útil. El pensamiento del que, abrumado, sucumbe a la supuesta realidad, a hacer cambios desde dentro, a desmarcarse, a respetar, a no ser “radical”. Otros tomamos conciencia, montamos nuestro colectivo, nos metimos en el mundillo antifascista. Suplíamos nuestra falta de formación política (nadie nos había enseñado nada y por ciencia infusa y nuestra escasa edad no podíamos conocer las obras completas marxista-leninistas) con muchísimas ganas de trabajar. En las asambleas dejábamos hablar a los mayores, imbuidos sobretodo por un gran respeto al que tiene años de lucha, y afrontábamos cada actividad con una ilusión absoluta. Cada concentración, cada pegada de carteles o de pegatinas, cada actividad para nosotros era parte de esa revolución que neustra generación iba a llevar a cabo. Teníamos enemigos a los que identificábamos no tanto por nuestros conocimientos teóricos (como he dicho, nulos) sino por nuestro día a día. Nuestro enemigo era aquel facha de clase que nos amenazaba por “guarros” y nos insultaba, o eran esos chavales que pegaron con una hebilla a nuestro colega en Argüelles, o aquellos que en el colegio iban de colegas pero cuando se juntaban con sus amiguitos de UltraSSur nos perseguían. Eran esos que no sólo iban a por mi y a por mis colegas, sino a por todo aquel que no le gustaba, a por el homosexual, a por el inmigrante. Estos chavalitos que eran nuestros enemigos se metían al AUN o a Patria Libre o hacían su agosto en las gradas del Bernabeu o el Calderón, “animando” a sus equipos con banderas aguiladas y calaveras totenkopf. Viendo esta situación, la cuadratura del círculo era obvia: estos chavales que nos odiaban a nosotros odiaban a otra gente, se organizaban y montaban actividades para difundir su mensaje de odio. Y como no queríamos para nosotros ese odio, tampoco lo queríamos para nadie. Así que con nuestros 16 años, con nuestras ganas de comernos el mundo, con nuestras ilusiones y nuestras convicciones, hacíamos la “contra” a estas convocatorias xenófobas. Cada vez que salía de casa a una de estas, iba con mis pintas hacia allá y mi madre me decía “hijo no vayas a eso que un día te va a pasar algo”, “hijo ten cuidado no sea que los skin esos te peguen una paliza” y yo la decía “que sí mamá, que no me va a pasar nada” y allá que me iba. Quedaba con varios colegas en algún punto y siempre en Metro o en autobús íbamos a la mani.

Esta historia que cuento, aun siendo mi historia personal, no lo es tanto. Es la historia de todos los que fuimos, somos y seremos. Con detalles que pueden cambiar, pero esencialmente la misma. Todos pasamos por lo mismo, con nuestra madre diciendonos “quitate esas pintas” y nuestros viajes en Metro para hacer la revolución. Nos podíamos haber cruzado con algún tarado que junto a las llaves de casa y el abono de transportes cogía cada día, al salir de casa, un machete de caza. Pero en nuestro caso no fue así. En el suyo sí. Se llamaba Carlos, tenía 16 años. No le conocí personalmente, pero todos los que hemos vivido su historia le conocemos de alguna manera porque hemos sido él, por eso esa puñalada hoy la tenemos todos en el corazón. Con sus ganas de luchar, con sus colegas, con sus cosas, Carlos optó bien joven por el camino de la lucha. Ante la tolerancia del régimen de las supuestas libertades, que tolera que en las calles campen a sus anchas grupúsculos de ultraderecha destilando odio, Carlos tomó conciencia bien pronto de que sólo el poder popular, el pueblo trabajador organizado, podrá parar el racismo y la xenofobia, ante la indiferencia de un gobierno que ampara el odio hacia el diferente.

Carlos acudió, junto a otros compañeros, a luchar contra lo que creía injusto, a impedir una manifestación racista en un barrio de inmigrantes. Y esto le costó la vida. Lo que no pasó en mi historia, ni en la nuestra, ni en la de todos, pasó en la suya. Un pacífico ultraderechista armado con un machete privó a su madre y abuela de su cariño, privó a sus amigos de su camaradarería y su buen rollo, y nos privó a todos los que no le conocíamos de un compañero antifascista, de esos que aunque no conoces te basta con una mirada para saber que estamos del mismo lado de la trinchera.

Ahora suenan las trompetas de la demagogia, para seguir haciendo daño. Los tolerantes medios de comunicación hablan de peleas de bandas, como si esto fuese cosa de Ñetas y Latin Kings, macarreo sin fundamento. Como si los ultras de Democracia Nacional no estuviesen sembrando el odio. Suena el discurso fácil, el de que la violencia no es el camino. Como si no llevásemos meses y años aguantando en las calles de Madrid a enérgumenos que descargan su frustración personal en palizas a extranjeros, a chavales de izquierdas, a gente con opciones sexuales distintas a la suya. Escuchamos ahora las campanas de la tolerancia en las palabras de los mercachifles de la información, diciendo que hay que “tolerar” las ideas de Democracia Nacional, un partido perfectamente legal que convoca una manifestación legal con el fin de manifestar sus ideas. Claro que todos estos plumillas son tolerantes, están contra el fascismo, contra el racismo, contra la xenofobia. Para demostrarlo, nada mejor que su postura de sillón, su cómodo discurso fácil, su hipócrita equidistancia. Como están en contra de la xenofobia, defienden a los legales “demócratas nacionales” y sus “derechos”, pero ¿cómo defienden los derechos de las personas? ¿Cómo defienden al extranjero que sufre las palizas? Con sus bonitas palabras y su firme condena a los antifascistas, al parecer “más fascistas que los propios fascistas y más violentos”. Bravo por los medios de comunicación, un aplauso a su tolerancia y a su compromiso con la libertad de manifestación. Ahora resulta que un chaval asesinado no era sino otro violento más. Y el otro, un pobre diablo que acudía a una manifestación legal , que cedía su asiento a los ancianitos, que era miembro humanitario del ejército español y que para demostrar su compromiso con la paz social va campando con un machete de caza. Que cosas, en mi cabeza sólo lleva encima un machete de caza quien quiere cazar. Y estamos como estábamos, señalados por los poderosos que cambian las tornas a placer, pero más unidos. Ya se sabe, “Si no estáis prevenidos ante los Medios de Comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido”.

Nuestro compañero asesinado por la ultraderecha no era un miembro de una banda callejera. Era un joven antifascista, un chico con ideas y la suficiente valentía como para no pasar por el aro de la tolerancia hacia los intolerantes. Ahora sus familiares, sus amigos y sus compañeros le lloran, pero con lágrimas de lucha que nos traerán un nuevo día.

Por las calles de Madrid campan neonazis armados ante la indiferencia tolerante de una sociedad dormida. No lo podemos consentir. ¿Bajo que supuesta libertad de expresión se puede defender el odio racial y xenófobo? Con nuestras diferencias políticas, la unidad antifascista en Madrid debe ser total. La respuesta debe ser abrumadora.

En la guerra subterranea que consienten los poderosos, la indiferencia ambigua o el discurso fácil son sinónimo de permisividad hacia la ultraderecha. Por eso, es necesario poner bien fuerte el despertador. Ha llegado la hora de madrugar, de salir de entre las sábanas porque empieza un nuevo día.

Carlos, hermano, nosotros no olvidamos.

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3 comentarios en “Se llamaba Carlos

  1. Esta claro que al poder siempre le ha dado igual que grupos marginales se maten entre ellos. Una muerte no rentable mas, que mas les da que haya sido un blanquito en el metro que un moro en medio de la calle, cuanto menos bombo se le de mejor. Jovenes violentos, peleas callejeras… eufemismos para ocultar lo que realmente pasa. El fascismo crece y los jerifaltes de este circo giran la cara. Ya los usaran cuando los necesiten (otra vez), mientras tanto les dejamos hacer.

    Yo tengo la suerte de haber vivido siempre en un pais en el que el fascismo no ha tenido fuerza, por lo menos visible porque en Euskadi los fascistas son como las meigas, que haberlos haylos y que nadie se lleve a enganio, que estan en la sombra pero estan, y creo que es el momento (siempre lo ha sido) de luchar unidos, de dejar a un lado ideas, posturas y formas de ver la politica porque si hay algo que todos somos en este saco es antifascistas y es lo que nos une y ahi esta nuestra fuerza.

    Un anio sin Carlos y casi diez sin Aitor, otra victima del fascismo mas borreguil si cabe.

    Ni un paso atras, ni para coger impulso.

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