Preguntas típicas

Si todo sale como estaba previsto, en unos días estaremos en marcha.

En estos momentos la sensación que tenemos es una mezcla de incredulidad y excitación. El proceso por el que se fraguó este viaje fue muy intenso, porque se juntaron muchas cosas. Si bien siempre hemos tenido tanto Aurora como yo muchas ganas de viajar, no entramos en el perfil de viajero que huye o en el de aquel que desea vivir una vida nómada permanente, ni en el de que no se siente vinculado a su lugar de origen y prefiere buscar otros vínculos en tierras lejanas. Yo particularmente tenía una serie de proyectos personales/profesionales/políticos con los que estaba muy ilusionado, pero una vez aparecida la oportunidad con toda su crudeza, rechazarla me parecía dejar pasar un tren bastante interesante. Hablo de que tengo sensación de incredulidad porque tras un largo proceso de reflexión con una serie de contradicciones aflorando, recuerdo nítidamente el momento en el que tomamos la decisión definitiva y lo que supuso, que por mi parte fue frenar iniciativas bastante inminentes e importantes. No me creo que estemos ya casi en marcha, parece que fue ayer cuando nos enzarzamos en el debate permanente, cuando hicimos balance de pros y contras, cuando pensé que había llegado para mi el momento de corresponder a mi fiel escudera. Ha sido bastante tiempo y veíamos todo como algo muy irreal, muy lejano, y ya lo tenemos a la vuelta de la esquina.

La excitación es la segunda sensación que estamos experimentando porque al verlo tan próximo el cerebro lo tenemos ya a mil por hora pensando en múltiples variantes y alternativas sobre nuestra idea inicial, que no es otra que la que encabeza este blog: Madrid – Tokio – Madrid. Lo desconocido se acerca, dejamos atrás la vida que hemos llevado los últimos años, nos echamos al hombro el macuto y que venga lo que tenga que venir.

En todo este tiempo hemos desarrollado un proceso gradual de despedidas. Así hemos querido que sea, dado que a mi particularmente no me gusta mucho lo de montar una historia para que todos me digan adiós. Prefiero coger y marcharme, sin más, pero también quería tener mis momentos para quedar con personas importantes (todavía me falta alguna), contarnos nuestras cosas y demás.

Nuestros amigos y familiares nos han fundido a preguntas, aunque esencialmente las podemos resumir en las que van a continuación

¿Cuánto va a durar esto?

La duración del viaje es indeterminada, aunque a priori tenemos una estimación de un año. Aun así, esto es muy relativo, porque no hay nada obligatorio. El viaje que vamos a emprender en cierto modo simboliza una toma de timón necesaria en la vida que estábamos llevando hasta ahora, la apertura de un proceso de reflexión. Como cuando un pintor se aleja unos pasos del lienzo para ver el conjunto de la obra, apartando momentáneamente el frenesí con el pincel en la mano.

Siendo esto un acto de cierta libertad, al menos en lo que implica salir momentáneamente del ritmo de vida occidental, esta libertad la asumiremos consecuentemente. Esto ¿qué significa? Que no vamos a ser nosotros mismos los que pongamos obstáculos a nuestra libertad, obligándonos a una duración X. Por este motivo, si vemos que estamos en la gloria, el viaje durará más de un año. Si por los motivos que sean estamos incómodos, no nos encontramos a gusto, nos sentimos decepcionados con el desarrollo del viaje o dejamos de disfrutar el hecho de estar en el camino, simplemente cogeremos y nos volveremos a casa, aunque sólo llevemos un mes fuera. Quizá durante el recorrido, cuando llevemos, por ejemplo, dos meses, pensamos que, en vez de seguir viajando, lo mejor que podemos hacer es volver a Madrid y pasar tres meses tocándonos la barriga (yo tengo clavada una espina, cuando empecé la carrera siempre pensaba que en el momento en que acabase me estaría cuatro o cinco meses sin hacer ni el huevo, durmiendo hasta la 1 y, como diría Manolo Barranco, siendo más perro que Lassie… pero cuando efectivamente terminé Derecho, ya estaba currando, así que vi la última nota, al día siguiente me fui a trabajar y un poco más tarde tuve dos bloques de quince días de vacaciones).

Lo que sí que tenemos muy claro es que si se da la circunstancia de que nos planteamos bajarnos del carro antes de lo previsto, haremos un balance previo, pensando fundamentalmente en la realidad objetiva de que esta oportunidad no la podemos dejar pasar así como así. Por lo que, al estilo de José Antonio Marina, la decisión de volver a casa será tomada más por el Yo Ejecutivo que por el Yo Ocurrente.

Esto a alguno le puede extrañar, porque desde otros puntos de vista puede pensarse que si ahora nos cansamos de viajar, ya tendremos la oportunidad de viajar más adelante durante más tiempo. El tema es que, a priori, tenemos una serie de proyectos comunes como pareja, así como una serie de proyectos personales, que aconsejan volver tarde o temprano a casa y estabilizarnos un poco. Claro que el viaje puede cambiarnos la mentalidad, no olvidemos que la mente humana, como todo lo que está en desarrollo, está sometida a un constante proceso dialéctico.

A parte de esto, también volveríamos si sucediese algo suficientemente grave, a nosotros o en nuestras casas, que nos impulsase a volver.

Por lo tanto la respuesta más aproximada que podemos dar a la pregunta es: en torno a un año, pero nadie lo sabe con seguridad.

¿Cuál va a ser el recorrido?

Hay una idea más o menos fija, que es hacer, intentando no coger ningún avión, Madrid-Tokio-Madrid. Esto implicaría atravesar Rusia hasta Japón, plantarse en China, bajar hacia el sudeste asiático y volver a casa en línea recta dirección Oeste.

Esto sería el esquema previo, pero es bastante posible que lo cambiemos. Hicimos un esquema previo porque después de decidir irnos no sabíamos por donde empezar, por lo que llevamos a cabo una evaluación de posibles recorridos, teniendo en cuenta factores de distinto tipo tales como precio de desplazamientos, temperaturas y por supuesto interés personal.

El problema es que sobre esta base se nos ocurren distintas variantes de manera constante. No sabemos donde pararemos, no sabemos si pararemos en muchos sitios o pocos, o si por ejemplo en un sitio que nos encontremos cómodos nos quedaremos más tiempo. No sabemos tampoco si nos dará por parar a sacar un dinero en algún sitio, en fin, que no sabemos nada.

La idea es una vuelta euroasiática, pero no descartamos saltar a las Américas y hacer una vuelta lineal. Ni lo descartamos ni dejamos de hacerlo. A priori dejamos de lado la idea de ir a Oceanía, pero ¿y si encontramos un vuelo barato? Nadie lo sabe. Estoy convencido de que con este viaje vamos a obtener experiencias muy valiosas y útiles. Pero hay algo que desde hace años se me pasa por la mente, que es pasar un tiempo parado en una ciudad de habla inglesa, por aquello de aprender inglés y vivir la experiencia de ser residente de otra ciudad distinta de la nuestra, no sólo estar de paso. Podríamos combinar esto con el viaje, encajarlo de alguna manera, o quizá no, ¿Quién sabe?

Así que aun teniendo un esquema previo, no nos vamos a ceñir estrictamente a el, por lo que vaya usted a saber que ocurre.


¿No vais a echar de menos a…?

Rotundamente sí. Imagino que será algo inevitable y especialmente en nosotros dos. Con Aurora y conmigo se han ido a juntar el hambre y las ganas de comer. Los dos somos bastante tranquilos y muy hogareños, diría que hay varios calificativos que se nos pueden poner, pero “culo inquieto” no es uno de ellos. De hecho si nos planteamos irnos de viaje así y ahora es porque somos plenamente conscientes de que con el sistema capitalista no vamos a tener muchas oportunidades de viajar como nos gusta, estaremos obligados a hacerlo en temporada alta, con los precios por las nubes, en 30 días y con más estrés que diversión. No compensa, no nos atrae la idea, por eso nos vamos así y ahora.

Como no somos “culo inquieto”, echaremos de menos seguramente el tener nuestro sitio, nuestro refugio. Tu cama donde tirarte a descansar. O, perdonen la vulgaridad, tu sofá donde echar unas ventosidades y hurgarte la nariz si te da por ahí.

Por supuesto, echaremos de menos muchísimo a nuestras familias. Porque los dos, a nuestra manera, somos bastante familiares. En mi familia (no hablo de la extensión que abarca abuelos, tíos, primos, etcétera, sino del núcleo básico) no somos muy cariñosos ni nada de eso, en plan “La tribu de los Brady” o “Padres Forzosos”, pero somos una manada, un lobo protege a otro lobo. A mi me gusta tener cerca a mi hermano y a mis padres, aunque luego los besos y abrazos sean escasos. Saliendo del núcleo básico, también echaré de menos comer con mis abuelos y tíos los viernes. O visitar a mi ahijado, porque tengo un ahijado y por la iglesia (todos tenemos nuestras manchas en el historial), y ya tiene un añito y pico y cuando vuelva ya ni se acordará de nosotros y la verdad es que cuando vamos a verle nos lo pasamos muy bien los tres (El Padrino, la signora Corleone y Johnny Fontane). Y está comprobado que si paso más de seis meses alejado del Mediterráneo me entran convulsiones, así que en el aspecto familiar echaremos muchas cosas de menos.

Echaré de menos también a los amigos con los que tomar una cañita y contarnos nuestras cosas, tomarnos nuestras tapas, jugar a la pocha, hacernos algún improvitour, recordar viejos tiempos y vivir nuevos.

Y echaré de menos a los camaradas que siguen dando el callo, las reuniones con estudios sesudos del Iñaki, los comedores, los actos…

Así que vaya, echaremos de menos muchas cosas, pero habrá que hacer el sacrificio.

¿No se os ocurrirá entrar en…?

Esta pregunta nos la hacen frecuentemente en base a la convulsa situación del mundo. Para esta tenemos una respuesta muy directa que es la que aplicamos siempre: hay un punto intermedio entre la temeridad y el alarmismo. Ese punto intermedio se llama sensatez y guiándonos por esta actitud veremos donde nos metemos. Porque el año pasado ocurriese “algo” a un conocido de un primo de no se quien en no se cual país no vamos a dejar de entrar en ese país. Y si tenemos muchas ganas de entrar en un país pero están pasando en esos momentos acontecimientos verdaderamente graves, pues lo dejaremos al margen. Poco más se puede hacer.

¿No tenéis miedo de qué os pase algo?

De todas las preguntas que nos hacen, esta es la más repetitiva. Contestarla tiene su miga.

Parece que, por el hecho de ir a otras tierras, va a pasarnos algo sí o sí. En realidad pienso que hay las mismas posibilidades de que nos pase algo allí que aquí en Madrid. Estas posibilidades sólo se verían incrementadas en caso de meternos en un país en guerra, cosa que a priori descartamos. Pero vaya, que en Madrid también pueden pasarle a uno cosas. Puedes tener un accidente de tráfico, o te puedes cruzar con un asesino psicópata. De tanto en tanto, para que veamos lo fugaz que es todo, hay fuertes temporales y el viento hace que caiga alguna teja o algún objeto contundente, cargándose ipso facto a algún viandante. Así que igual andamos allí que aquí.

En lo que a mi respecta, que me pase algo me da respeto hasta cierto punto. Me da miedo que me pase algo que me deje consecuencias a posteriori, como contraer alguna enfermedad o sufrir algún tipo de lesión. Claro que eso me da el mismo miedo en Madrid, porque un imprevisto puede pasar en cualquier lugar. Aurora conoce a un señor que comiendo pollo se atragantó con un hueso y le pasaron una serie de calamidades… en fin, sólo por comer un trozo de pollo. Eso le dejó secuelas y no estaba recorriendo mundo.

Si llegamos a ponernos en el punto de “¿no te da miedo que te pase algo y te mueras?”, verdaderamente no. Epicuro decía “La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo”. Así que en lo que a mi respecta, pienso igual. Si ahora mismo me parte un rayo, adiós muy buenas, yo no me entero.

De la muerte no me da miedo su llegada (aunque como dice Sánchez Dragó, “no tengo prisa en morirme”), me da más miedo su proceso: una larga enfermedad, algo muy doloroso o especialmente cruel… pero vaya, creo que las posibilidades de eso no se incrementan por estar fuera de Madrid, por lo que volvemos a lo mismo. En lo que respecta al viaje y a mi persona, esta circunstancia no me amedrenta demasiado.

Visto que queda claro esto, debo decir, no obstante, que sí tengo miedo de que le pase algo a alguien durante el viaje, siendo este, quizá mi miedo mayor. Especialmente, que le pase algo a Aurora. Ni de viaje ni fuera del viaje quiero que le pase nada, pero siendo el viaje una ilusión compartida y una idea de la que ella es fuerte impulsora, creo que me dolería más que le pasase algo en el viaje que al margen del mismo.

Y me da miedo también que le pase algo a algún familiar estando yo fuera, principalmente si es algo grave, porque aunque yo no lo podría evitar (si un familiar mío se cae por un barranco, poco haría yo estando en Madrid), sí que me quedaría con una terrible sensación por no haber pasado junto a el/ella sus últimos días.

Dicen que vivir conlleva ciertos riesgos.

Ale, ja mos vorem

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Un comentario en “Preguntas típicas

  1. Toñete después de echar un vistazo a vuestro blog (excepto algunos tentadores enlaces como el de la Coordinadora Antifascista de Madrid) he concluido que estás como una regadera. De todas maneras, espero que tengais mucha suerte y que disfruteis tanto como os deseo lo hagais. Aunque no tengas miedo (o eso dices) por favor, tened cuidado. Un abrazo de tu tío que te quiere.

    P.D.
    Si algún día triunfa la Revolución, espero que intercedas por mí ante el Comité)

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