Tierras cercanas

Desde hace tiempo sostengo la teoría de que el viaje y la aventura están a la vuelta de la esquina. No es necesario irse demasiado lejos para tener un buen viaje. A menos de quince días para nuestra marcha y en defensa de mi propia tesis, para que no parezca que yo mismo la contradigo, os pongo un relato que hice hace cuatro o cinco años acerca de un viaje que hicimos hace el mismo tiempo. Que lo disfrutéis.

Viajo más en sueños que en la realidad. Economía obliga.

Mientras unos podrían contar sus aventuras en Malasia, Burundi o Surinam, otros tenemos que viajar a sitios más cercanos. Claro que viajar, lo que se dice viajar, yo incluso viajo en mi propia ciudad, Madrid, muy a menudo. Anda que no tenemos en esta mega urbe castellana sitios nuevos y recónditos, personajes peculiares y costumbres apasionantes casi en cada manzana.

Con 20 años, estudiando y sin un duro, mi señora y yo nos lanzamos a viajar lo que podemos. A lugares, en general, cercanos. Por nuestros propios medios llegamos a París en un viaje de autobús de 20 horas que fue una hazaña cuasi bélica que contaremos a nuestros hijos y nietos. Un autobús lleno de fumetas en un viaje tremendo ha sido hasta ahora nuestro punto más lejano en común, pagándolo todo nosotros, con más ingenio que dinero y muchas ganas de ver mundo.

Decía antes que incluso en Madrid viajamos a menudo, sin darnos cuenta. Descubrimos lo inaudito a la vuelta de la esquina. Con esta situación de viajar en la propia ciudad en la que se vive, creo que no es ningún requisito imprescindible, pues, para ser un viajero, irse demasiado lejos. Para algunos el viaje no valdrá la pena si no es a un lugar lejano con rimbombante nombre y sorprendentes ritos , modos de vida, colores vivos y caminos imposibles.

Pero, decía también, economía obliga y limita, así que ni cortos ni perezosos, tenemos mi chica y yo la costumbre de curiosear por sitios cercanos. Viajes a la Castilla cercana nos han dado interesantes días y experiencias: Toledo, la Sierra de Madrid en varias ocasiones, hay un mundo que ver muy cercano en la distancia pero muy alejado del modo de vida que tenemos en la Metrópolis Madrileña, donde parece que nunca acabarán los edificios. Casi creemos que es una ciudad flotando en una burbuja, en medio de ninguna parte y que nunca termina.

Que Madrid tiene fin lo comprobé hace tiempo con unos amigos andando hasta Pozuelo. Rompes con los tópicos y fuera de la ciudad encuentras que es mentira eso de que se es mejor por vivir en una ciudad más grande. Y eso que fuimos a Pozuelo, que no es precisamente una ciudad humilde, pero eso de atravesar campo con el sol pegando fuertemente y un tremendo cansancio le hace a uno pensar.

Para iniciar el verano, decidí con mi compañera, en una dura asamblea “a dos”, pasar unos días en Ávila y Segovia. Sin más, a 100 kilómetros de Madrid. A sufrir el seco verano castellano, esos paisajes ocres, ese viento que se va también de vacaciones y que muy de vez en cuando aparece con una leve ráfaga, muy leve, como diciéndote, encima, que le debes un favor, que está de vacaciones y que es magnánimo por refrescarte durante una milésima de segundo. Nunca lo sabré, pero creo que mi novia aceptó más este viaje por pesadez mía que por convencimiento Quizá ella prefería algún día menos y pasar más tiempo en alguna de las dos ciudades. Economía obliga.

Un autobús con muy pocos pasajeros fue el encargado de sacarnos de Madrid (¡cuánto nos gusta huir!) y dejarnos en Ávila. Mirando por la ventanilla, una de las tareas más recomendadas, nos invadía el miedo. Ávila y Segovia, el desierto al lado de casa. Campos llanos, sol fuerte y ambiente pesado. Paisaje desalentador cuya visión, sin embargo, atrapa. Al fin y al cabo, sin serlo técnicamente, es “nuestro desierto”. Los más grandes poetas quedaron atrapados por la belleza de los paisajes castellanos, sus colores, su aspecto. Sin embargo, que pocas postales tenemos comparadas con las de playas, montañas y demás cosas mucho más bellas para el común de los mortales.

En Ávila, tranquilidad. Tiempo más fresco de lo que pensábamos, la imponente muralla bien presente (muralla de día, muralla de noche), calles preciosas, historia religiosa, pocos restaurantes a precios para bolsillos ligeros (que paradoja comer por 5 euros en el restaurante chino “La Gran Muralla” al lado de la gran muralla de Ávila), una pensión inclinada pero cómoda y a buen precio (digo bien, inclinada, como la torre de Pisa) gente muy amable con la que pasar un rato agradable por la noche, con los clásicos debates “En Madrid hay tal, en Ávila no”, “En Ávila hay cual, en Madrid no”, “¿Cómo os divertís aquí?”, “¿Por dónde salís allá?”.

Pero hubo un momento en el que conocimos un mundo muy lejano. El día que tocó cambiar de ciudad y desplazarse a Segovia. Cargados con las mochilas, dando un paseo ligero, aparecemos en la estación de autobuses. Más precaria que la de Madrid, evidentemente, más pequeña, lógico. Sustituto popular de la plaza del pueblo… no tiene precio. No sabemos que tendrá, pero se convierte en un espacio acogedor para la tercera edad abulense, punto de reunión donde conversar sobre las cosas de cada cual. Sólo un tercio del gentío esperábamos algún autobús, el resto hacía vida social, almorzaba un bocadillo y hacía tiempo.

Subimos al autobús y descubrimos que todavía no habíamos abandonado ese halo mágico y distinto, ese mundo lejano a 100 kilómetros de casa. Acostumbrados a los fríos autobuses de la EMT, donde las batallas por un asiento son encarnizadas, las miradas secas y la incomodidad a flor de piel, este bus de La Sepulvedana que cubría el trayecto Ávila – Segovia, quedará grabado para siempre en nuestra mente.

Recorriendo pequeños municipios, los pasajeros debatían alegremente con el conductor. Todos los días la misma ruta, comentando la jugada, el tiempo, la vida. Todos los pasajeros se conocían. Dos alemanes, un inglés, mi señora y yo invadíamos su espacio, observándoles atónitos a ellos y sus pueblos.

En un momento dado, el autobús para. No hay parada, sólo campo y carretera. Sube un hombre. 70 años, quizá más, pelo negro, arrugas, camisa de cuadros, pantalón marrón, calcetín negro, delgado, 1’75, rostro alegre, ojos negros y menos dientes de los debidos. El conductor le conoce, como a casi todos los pasajeros:

  • ¡Hombre, Feliciano!. ¡Qué sorpresa!
  • Ya – contesta el buen señor, con tono lánguido
  • Cómo me dijiste que esta semana no vendrías…

El gesto le cambia al buen señor. No está para bromas.

  • Es que ha habido inconvenientes – responde él
  • Vaya… ¿y eso? ¿No te ibas a quedar en el pueblo?
  • Si. Pero no ha podido ser – calla unos instantes – Resulta que el marido de mi prima iba por la comarcal conduciendo – el conductor le observa sin interrumpir – se pone detrás de un camión. Un camión que cargaba palas.
  • ¿Palas de cavar? – Interrumpe el conductor. Feliciano asiente con la cabeza y prosigue
  • En esto, una pala se desliza del camión, atraviesa el parabrisas… ¡y le sesga la cabeza!.

¡Dios! ¡Le sesga la cabeza! La ley de la gravedad haciendo de las suyas, la pala que se desliza y ¡zas!, de cuajo… que gore. Momento terrible. ¿Camiones de palas? ¿Dónde se ha visto eso?. Yo, sintiéndome fatal por cotilla y por el pobre marido de la prima y su trágico fallecimiento. El conductor, más apesadumbrado aún. Su cara era todo un poema, lamentándose (aun diría yo más: fustigándose mentalmente) por haber metido sus narices en asuntos que le son ajenos. Trágica muerte de un familiar y el preguntando con una sonrisa de azafata de Telecupón. Tremenda metedura de pata.

  • Ahora tengo que ir a Madrid al funeral – Continúa el señor
  • Lo siento mucho – Balbucea el conductor

Se miran fijamente. Feliciano, el señor del pueblo, triste, apesadumbrado. El conductor, con esa vergüenza que todos tenemos cuando, sin quererlo, sacamos a relucir un tema molesto para un contertulio.

  • No – señala Feliciano – ¡si a mi lo que me molesta es quedarme sin las fiestas del pueblo!… ¡para cuatro días al año que hay! ¡Si tenemos hasta baile y orquesta!
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