Llegar y volver de Isla Mêlée

  • Nota: Con el fin de alejar la isla de las garras del turismo masivo, las personas que nos han descubierto esta isla nos han solicitado que mantengamos discreción. Por ello, los nombres de las localidades clave aparecen cambiados en este relato. Incluido el de la propia isla. Si alguien lo descifra y llega, será que se lo ha ganado.

 Eran las 22h pero parecía mucho más tarde. En el bar “Mi tierra” de San Honorato sonaba vallenato a todo meter. Se escuchaba desde el otro lado de la carretera, en la gasolinera, donde estábamos. Llamando la atención, cuatro blanquitos y un local. Entre borrachos que cruzaban la carretera mirándonos de forma inquietante y moteros-taxistas que esperaban algo de nosotros y que , decepcionados, no paraban de sondearnos con la mirada.

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Comiendo en Tenerife

Ahora sí que sí, ya no hay excusas, no vale negar la realidad: han terminado las vacaciones. Debo reconocer que fue para mí placentero currar en Agosto y pirarme cuando todo el mundo volvía, pero ahora toca reincorporarse como cualquier hijo de vecino a la jornada laboral.

Estos últimos días los he pasado familiarmente en la isla de Tenerife, en un viaje familiar que nos hemos marcado toda la tropa. Me esperaba una isla mucho peor de lo que me he encontrado. No se, algo así como la zona de Levante, una destrucción total. Aunque hay bastante destrucción, todavía conserva zonas no masificadas. Quizá sea por su afortunada geografía, por todas esas cuestas arriba y abajo, todo ese paisaje montañoso que hace que sea bastante difícil plantar urbanizaciones a saco. Aun así, algo de mierda hay. Estuvimos por ejemplo en la zona de la playa de Las Américas, que es un mamotreto destinado al turismo a lo bestia, he visto poca cosa igual, parecía Los Ángeles aquello. Donde estábamos alojados, en Puerto de la Cruz, algo de eso también había. De hecho, estaba por un lado el centro histórico, bien conservado, y justo al lado un puñado de hoteles.

A parte de eso, todo lo demás se conservaba con cierta decencia. Las ciudades grandes, como Santa Cruz o La Laguna, las fusilamos en un día, con visita al campo del Heliodoro para rematar la faena. A partir de ahí todo lo que vimos, que no fue tanto como hubiésemos querido (pero no había más tiempo) fue esencialmente rural, desde Garachico hasta Candelaria, dimos la vuelta alrededor del Teide parando en pueblos medianos y pequeños de todo tipo. Por cierto, que por una carretera tortuosa subimos también al Teide y afortunadamente el teleférico no admitía viajeros debido al fuerte viento. Digo afortunadamente, porque mi familia estaba dispuesta a dejarse estafar (25 lereles cuesta la broma) y yo no quería consentirlo, así que la meteorología fue una buena aliada.

Cuatro días dan para poco, pero aun así intentamos escapar de lo esencialmente turístico y mezclarnos un poco con la cultura de allí. Es difícil conseguirlo, pero lo intentamos esforzadamente, con el coche de alquiler metiéndonos en todo tipo de lugares.

En lo gastronómico, que es al fin y al cabo lo que más nos interesa a todos los que hacemos este blog, la visita a este país fue mucho mejor de lo esperada. Por suerte ahora en Internet hay gente que hace blogs y te va aconsejando sitios. Con eso y el instinto de haber viajado un poquito y saber cuáles son los sitios estafas y cuáles son los buenos, pudimos comer bastante bien.

Está claro que probamos las omnipresentes papas arrugás con los mojos verde y picón. Imagino que esto es algo un poco tópico, como aquel que toma paella en todas partes cuando va a Valencia, aunque sea una mierda. La suerte es que las papas, según parece, no tienen mucha complicación, por lo que aparentemente era difícil que nos colocasen “papas falsas”. Aun así, imagino que no todos los sitios eran los indicados para tomar este sencillo plato, pero mi madre estaba obsesionada con pedirlas en todas partes. De todas formas, estaban buenas aquí y allá.

Estuvimos en varios restaurantes interesantes, frecuentados básicamente por lugareños. Algunos los encontramos por casualidad, otros los habíamos visto en blogs y otro par nos fueron recomendados por un amigo de mi hermano, al que debemos hacerle un monumento: el Chusma.

Por ejemplo, en el Restaurante La Papaya, en el Puerto de la Cruz, pudimos probar una de las especialidades de la tierra, el Conejo con Salmorejo. Este salmorejo no es como el salmorejo andaluz, es una salsa picante que tengo entendido que se usa más bien como acompañamiento a platos como este.

El Restaurante “Los Garrafones” en La Victoria, es un lugar en el que básicamente se come pollo asado con mojo picón. Otra exquisitez alejada de los circuitos turísticos.

En La Carambola”, una pequeña tasca en el pueblo de El Sauzar, la comida era menos tradicional, aunque partía siempre de productos canarios. Tomamos por ejemplo batata con bacalao, unas papas explosivas con bechamel y queso fundido o solomillo con salsa de coca-cola. Este sitio me emocionó especialmente, por ser uno de estos en los que se ve que el dueño disfruta con su trabajo. El hombre sonreía mientras nos decía las especialidades de la casa y nos aconsejaba lo que debíamos pedir para no pasarnos mucho.

Por supuesto, en una isla el pescado tiene cierta presencia gastronómica. En un restaurante llamado “Miramar” en el pueblo de Garachico, probamos un pescado llamado “Sama” que al menos yo no había tomado nunca y que estaba delicioso. Aunque quizá fue más intensa aún la experiencia del restaurante “La Pimienta en el municipio de La Matanza. Allí reservamos para seis personas y nos esperaban con un mero enorme, sin más. Estos sitios me encantan, los sitios donde tienes poco margen de elección. En “La Pimienta”, si hay mero, comes mero, si hay otra cosa, comes otra cosa. Además había cuatro entrantes y poco más que decir. Al contrario de lo que mucha gente piensa, en los sitios donde hay poco margen de elección está garantizado que son expertos en lo poco que ofrecen. Hay que dejarse llevar… (por cierto, nosotros habíamos reservado, pero la gente que no había reservado tenía que ir y escoger algún pescado de entre los que tenían allí cogidos el mismo día)

Otras cosas que probamos en sitios diversos y que vimos en numerosas cartas fueron la morcilla dulce, algo que me maravilló y que nunca había probado antes, solomillo relleno de gambas y aguacate, y el gofio. El gofio debe ser el plato nacional canario, una harina de trigo y maíz que por lo visto se toma con cualquier cosa. Es como una papilla que no causó demasiado éxito en nuestra comitiva, puesto que yo fui el único que lo tomaba en todas partes. También en todas partes había queso de cabra, que lo podías tomar a pelo, frito o asado. En Tenerife hay, por lo visto, buenos quesos bastante desconocidos. Es interesante mencionar también que las ensaladas en general llevaban aguacate y melón, y que los tomates eran muy sabrosos

Una experiencia gastronómica muy interesante son los guachinches. Los guachinches son unos lugares en los que las familias te venden vino de producción propia y de paso te ofrecen cuatro o cinco cosas muy básicas para comer o cenar. Son una especie de restaurantes familiares, aunque la base fundamental de todo el tinglado es el vino, lo de la comida es acompañamiento. En general están en sitios un poco a desmano, sobretodo, según tengo entendido, en el Valle de la Orotava. Nosotros pudimos a ir a uno en el pueblo de Pinolere, “el guachinche del tío Kiko”, donde junto al vino de la casa nos ofrecieron “huevos a la estampida”, huevos revueltos con chorizo y patatas fritas. La pena es que no pudimos explorar más estos sitios, aunque intentaré volver y probar más.

A nivel postres, en Tenerife pudimos probar cosas como el frangollo, el Príncipe Alberto, el Bienmesabe (una bomba calórica) o el Quesillo, que era quizá el más popular.

Respecto al bebercio, las cervezas canarias eran malas con avaricia. La marca “Dorada” estaba en todas partes y en algunas estaba la “Reina”. Fácilmente olvidables. Respecto a vinos no soy tan entendido, pero el que más entendía de esta materia en nuestra pequeña comitiva dijo que estaban bien. A mi me sabían bien, pero empiezo a pensar que casi todos me saben bien.

Y esto es lo que gastronómicamente ha dado de sí la visita a Tenerife. Me quedo con ganas de volver a la isla porque pienso que nos faltó bastante por ver (hace falta calma para saborear las cosas, puedes ver muchas cosas en poco tiempo pero lo suyo es cogerle el saborcillo), porque la gente era muy amable y porque el acento era muy dulce. Y bueno, me quedo con ganas de conocer más lo que se mueve por ahí, pero ya volveré.

[A ver si puedo subir pronto alguna foto de todo esto]

[Me como Tenerife, uno de los blogs que nos sirvieron de ayuda para encontrar donde comer decentemente ]

Historias de la Marina Alta: Tomaquets by the face

Tú escuchas el nombre, “Jesús Pobre” y suena a todo menos a municipio. “Ayer fui a Jesús Pobre”, parece, que se yo, que fuiste a visitar a un sanador, o a un filósofo, o ermitaño.

Cuando el centro de tu universo infantil es Dénia, se establecen unas categorías por parte de los adultos que quedan marcadas. Si los de La Xara eran “comunistas, catalanistas, burros y alguna buena persona”, los de Xábia eran el enemigo (muchos celos…), los de Jesús Pobre ya eran legendarios. Agricultores que vivían casi aislados en las faldas de la montaña, sin apenas conexión con la sociedad a pie de mar. Ir a Jesús Pobre parecía más difícil que ir hasta Madrid. Allá tan arriba…

El célebre ermitaño de la zona, Pare Pere, vivió por esas tierras. El carrer que lleva su nombre atraviesa una plazuela y abarca cinco manzanas más antes de perderse en un caminal. Dos calles a cada lado completan el pueblo. Y ahora, una hilera de chalets, porque hay una ley no escrita que dice que si en un pueblo de Alicante no tiene chalets horribles, el señor Camps lo fulminará con un rayo sideral. Después, desperdigadas, pequeñas huertas familiares en casas aisladas en torno a los caminos rurales. Queda también un pequeño “riu riau”, arco de la arquitectura tradicional de la zona, en estado de semi abandono. Asociaciones del lugar luchan por su conservación, así como por la difusión de esta arquitectura.

Los habitantes son los auténticos aborígenes de la zona, gente sabia que transmite toda la cultura popular. Bueno, y también hay ingleses. Si Dénia es territorio alemán, Jesús Pobre lo es inglés.

En la pastelería venden coca de calabaza, el dulce tradicional. Además hay dos peluquerías, porque las señoras del pueblo serán de pueblo y vivirán en la montaña, pero la elegancia la llevan en la sangre. Hay cuatro bares. En el Rosita dan chorisets de la terra muy especiados a buen precio. También está el Pedro, donde a lo mejor encuentras al mestre Sifoner echándose una garimba. Y los que faltan.

Un pinar corona el flanco derecho del municipio. Los amigos de la naturaleza, o sea, los constructores y el ayuntamiento de Dénia, quisieron talarlo entero para hacer una de sus promociones urbanísticas de moda. Pero como el pueblo unido jamás será vencido, las buenas gentes de allí impidieron la tala a base de movilizaciones.

Cuanto más pequeño es el pueblo, más apacibles y legales suelen ser sus gentes. Un día, caminando por la calle principal, cruzando el pueblo de una punta a otra, vimos un portón de garaje abierto. Un señor sentado en un taburete con aire soñador reflexionaba acerca del mundo junto a una cesta llena de tomates. Tomates grandes, verdirrojos, estéticamente feos y por eso, seguramente, excelentes al gusto. Tomates de verdad. Me acerqué a hablar con el:

-Els tomaquets… els ven? (Los tomates… ¿los vende?)

-No! Jo els tomaquets no els venc!… jo els tomaquets els done! (¡No! ¡Yo los tomates no los vendo!… Yo los tomates ¡los doy!)

-

Volvimos a casa con una bolsa llena. La ensalada de aquel día fue, como dicen por aquí, “de categoría”

Historias de la Marina Alta:Fessols i naps

Son las maravillas que suceden en los pueblos. Pides comida para dos y de la olla que te sirven bien podrían comer cuatro.

El Bar Nati es un bar similar a los bares que hay en tantos pueblos de la Marina Alta. Con una barra en la que los señores comentan la actualidad política y deportiva marcando un ritmo fuerte de cassalles para el cogote. El valencianocatalán es la lengua predominante. Sólo la camarera, colombiana, alardea de que en ocho años no ha aprendido ni una palabra. Ya sabemos cómo es el bilingüismo de muchos castellanoparlantes: el bilingüismo, obligatorio para los demás, que yo con mi lengua me apaño.

Cinco mesitas con manteles de papel llenan el espacio. A la hora de comer, decenas de trabajadores del pueblo acuden a tomar el económico menú. El buen precio es acompañado de grandes raciones de buenísima calidad.

Las calles de La Xara en el mes de Diciembre respiran la tranquilidad que en otros tiempos se respiraba durante todo el año. Con casitas bajas de colores. Las hay azules, verdes, amarillas, rosas, blancas… en la pastelería Paquita venden dulces de gran calidad. Los ingleses y alemanes ya lo han descubierto y llenan el local hasta arriba.

La construcción ha marcado también la forma de este pequeño pueblo, pedanía de Dénia. Es la cercanía a la capital de la Costa Blanca lo que ha hecho que muchos promotores se fijen ahí para sus construcciones. “No vas a conocer La Xara, parece una gran ciudad”, dice mi abuela, “aunque sigue habiendo muchos comunistas y catalanistas… y también buenas personas, aunque un poco burros”, puntualiza. Para la gente de Dénia, La Xara siempre ha creado esa fascinación. No obstante, ahí es donde de verdad se ha mantenido durante décadas el paradigma de la forma de vida de la Marina Alta: gossera, meninfotisme y tradición. En esa tradición se han fijado los de la constructora Benlloch, que con su promoción “Ca La Xara”, en vez de hacer armatostes de pisos han hecho unas casitas blancas que encajan a la perfección con el aroma del pueblo. ¿Es un espejismo o hay por ahí sueltos más constructores con cabeza?

El arros amb fessols i naps (arroz con alubias y nabos) es potente. Se trata de un arroz meloso que lleva, además, sus buenos pedazos de carne de cerdo. Para subir así la temperatura corporal y sobrellevar estos inviernos tan húmedos.

“I aixó… no lo menjeu?”, nos dice Salva, señalando las tres cucharadas que nos quedan en la olla y que definitivamente han vencido nuestra resistencia “ Que ja vos queda poquet, a vore si podeu!”

A Valencia

Empiezas a ver naranjas y ya sabes donde te estás metiendo. Has atravesado Cuenca y allí te has plantado, en Valencia.

Alcanzas un poco más, estás en Valencia capital. Una ciudad que no deja indiferente. Tiene de todo para ser amada y odiada.

Uno siempre hace un poco la vista gorda ante lo malo. Porque quien esto suscribe empezó a tener “conciencia de ser” en la capital del Tùria y eso hace que al fin y al cabo la mires con buenos ojos. Difícil que sea de otra forma. Los recuerdos se funden con el presente. La Plaza del Patriarca es ahora peatonal, como tantas otras calles aledañas. La calle de la Nao lo fue (casi) siempre, al menos hasta donde alcanza mi memoria, aunque han cambiado el kiosko de los petardos de acerca. El Parterre parece más pequeño. Sigue estando ahí la estatua de Jaume I, a la que siempre intentábamos escalar (sin éxito= y en una esquina el árbol que trepábamos con la obsesión de alcanzar ramas más altas. La Glorieta está a un paso. A los viejos columpios les han puesto un suelo blandito para que los xiquets no se rompan, será que los de antes éramos de mejor calidad. Todos esos tubos para entrar y salir y esas rampas resisten el paso de los años, ahora acompañados de caballitos con base de muelle para balancearse, columpios más modernos para los niños que sigan yendo al parque.

Donde antes había un bar ahora hay una tienda de lujo y donde antes había yonkis ahora se instalan grandes marcas. Será el tránsito de los 80 al siglo XXI, todo un mundo.

Ahí está Valencia, con naranjos en las calles y palmeras en las avenidas. Nos avisa de que sigue estando ahí y nos llama, vaya si nos llama. Es una ciudad de reencuentros permanentes. Con la familia y con viejos camaradas. A mi más viejo camarada, que responde al nombre de Pau, le conocí en primero de preescolar. Nos obsequió a la reina y a mi con una carbonara exquisita, receta de Italia (sin nata y con huevo). Esta amistad que se remonta a hace 22 años (arrea) quizá sea – con sus intermitencias – el símbolo más evidente de que Valencia siempre espera.

Tenemos también a aquellas que abandonaron Madrid para buscar nuevos horizontes vitales. Y comprobar juntos que pese a que hay bodegas majas, estos valencianos siguen sin poner tapas. Pobres.

Total, que vas en plan llampec , llegas, saludas y te vas. Hacia El Saler, construcciones faraónicas, tan grandes como horribles. Siempre nos quedará El Palmar, para seguir cerca de la tierra. ¿No sería más bonito nuestro planeta de no ser por la mano del hombre?

Así, hacia el sur, hemos vuelto a Dènia. Pero eso lo contaremos otro día.

En el camí

Volverán a esta bitácora las chiripitifláuticas reflexiones viajeras. Y es que el regreso de nuestra vuelta al mundo no habrá quedado sellado hasta que uno vea a su parte de la familia que vive vora la mar. El mare nostrum nos espera. Nos esperan las bellezas arquitectónicas y los impactantes paisajes naturales:

Estaremos unas semanas de idas y venidas. Después de ver tanto mundo, uno necesita reencontarse también con la tierra de su infancia para constatar que la vuelta ya es un hecho. Desde allí os mandaré algunas crónicas, para que sepáis cómo se ve todo aquello.

Vamos a estar, decía, yendo y viniendo. Pese a que mañana partimos de nuevo, dentro de una semana tendremos que pasar tres días en Madrid por motivos que ahora no vienen al caso. Pero aprovechando esos motivos que nos hacen estar en Madrid, acudiremos a unas jornadas que celebramos los malvados antisistema y a las que también les invito:

No duden en pasarse por las charlas y conciertos y, especialmente, no dejen de ir al extraordinario comedor gourmet que se va a realizar. Sólo para estómagos exigentes. Allí nos veremos.

Carta desde Madrid, Castilla, Planeta tierra

Queridas amiguitas:

Os colé una pequeña engañifa por la escuadra. Mil perdones. Nos pagaron el cheque de driveaway según fuímos a cogerlo. ¿Por qué dijimos lo contrario? Porque necesitábamos justificar de alguna manera todo el tiempo que estábamos pasando en Nueva York, cuando en teoría nuestro plan era ir hacia el norte. ¿Y por qué estábamos pasando tanto tiempo en Nueva York? Pues porque ya teníamos el billete de vuelta. Amigas, ya estamos en casa.

¿Por qué os ocultamos la fecha de regreso?. Hay tres motivos

1.- Porque por casualidades de la vida, la tarifa más barata para volver coincidía con el cumpleaños de mi querida y ya querida por todos vosotros Maria Luisa. Así que sorpresa sorpresa.

2.- Ya puestos, dijimos, “bueno, pues sorpresa para todos”

3.- Os parecerá una chorrada, pero nos entró la rayada de que decir la fecha de regreso a bombo y platillo nos daría mala suerte en lo que quedaba del viaje. Y habiendo pasado ocho meses con buena suerte, fastidiarlo en el último minuto no era menester.

Como leeís, ya estamos en casa, sanos y salvos.

Nuestros últimos días en Nueva York fueron plácidos, tranquilos, paseando por las calles y confirmando el encanto que nos ha despertado esta ciudad. Sin duda un gran colofón para nuestros ocho meses de viaje.

La vuelta, pesada, 20 horas para tres vuelos, Nueva York – Dublín, Dublín – Londres, Londres-Madrid, con mucho tiempo de espera en aeropuertos.

¿Y por qué hemos terminado el viaje?

El motivo fundamental es que ambos habíamos llegado a la conclusión de que el viaje había cumplido su misión. Disfrutábamos el viaje, pero pensábamos que ya era demasiado tumbo. Estábamos felices y estamos felices por el viaje realizado, una aventura en nuestras vidas dificilmente repetible, pero desde hace un mes pensábamos que había cumplido su ciclo.

Un segundo motivo, imagino que bastante comprensible, es que empezábamos a echar de menos nuestro espacio (tanto couchsurfing…) y a nuestra gente.

Y por supuesto, un motivo de bastante peso es que el dinero se nos estaba terminando y no queríamos ir a la calle 16 de San Francisco a vivir con los mendigos en la plazuela del Metro. Antes de quedarnos a cero, mejor volver.

En estos momentos estamos en una nube. Llegar a Madrid, volver a ver las calles, o volver a nuestras casas… parece como si nunca nos hubiésemos ido y sin embargo han pasado ocho meses sin pisar nuestra tierra, sin ver a nuestra familia (yo no les había visto ni en foto, a Aurora una vez le mandaron una tanda de fotos, pero esto fue hace cinco meses). Abrir el armario y encontrar nuestra ropa (que ya cansaba llevar las mismas camisetas todos los días), reír con la familia… y me imagino que pronto vendrán los reencuentros, con el resto de familia, con los amigos y con los camaradas de trinchera. Ya os iré llamando, zascandiles, de momento pongo el aviso general por aquí pero como se que no todos leeis esto a diario, igual alguno se lleva alguna nueva sorpresilla.

¿Conclusiones del viaje? No se si esto es lo que toca poner, imagino que sí. Intentaré no dar la chapa.

Acerca del fenómeno de viajar, es sin duda una experiencia irrepetible si se hace bien. Cada uno que viaje como quiera, pero creo que la única forma de aprender es dejar el turismo de lado y simplemente involucrarse en las sociedades que se visitan. Viajar para ver monumentos, para quien le interese, puede estar bien, pero para conocer el mundo y sobretodo para comprender el mundo, es mucho más fácil, aunque quizá más pesado. Romper con la barrera del touroperador y coger el tren local, el autobús, hacer autostop, ves como vive y siente la gente. Caminar por cualquier calle, ver que cosas compran, que rutinas tienen, que trabajos distintos y cuales similares. Entrar en un restaurante, cualquiera, guíados por si está lleno o vacío de autóctonos y probar los nuevos sabores.

Algunos antes, durante y me imagino que después del viaje nos han dicho que somos afortunados. Así nos sentimos después de haber hecho este viaje. Creo que para viajar es necesario disponer de tiempo y en esta sociedad en la que quieren aumentar la jornada laboral a 60 horas cada vez es más dificil. El tiempo es necesario para observar. Sólo se viaja bien si se viaja despacio. Cuando tienes una fecha estricta, puedes viajar mucho, pero es dificil viajar bien. El fenómeno que se repite es: profesionales jóvenes, quince días de viaje y querer verlo todo. Quince días en los que ver norte, centro y sur de un país sin detenerse, tachando sitios de la lista. Quizá en quince días, yo vería tres ciudades o tres zonas, con calma, o quizá sólo dos.

Nos han dicho “que suerte, cuantas vacaciones”. Lo “único” que hay que hacer es dejarlo todo. El trabajo, la casa, los amigos, dejarlo todo e irse. No es cuestión de suerte. Nadie regala nada. Hemos ahorrado, nos lo hemos currado y hemos viajado. Lo puede hacer cualquiera, pero no es cuestión de suerte.

Conste que nosotros mismos hemos incumplido a veces en este viaje nuestra propia filosofía, pero creemos que es un ideal al que aspirar.

Nos hemos planteado muchas veces el tema del turismo y si es posible un turismo positivo. A estas alturas, creo que turismo siempre es negativo. No es negativo viajar, involucrarse, pero todo el negocio del turismo es una permanente prostitución del alma. Las ciudades que viven del turismo, las peores.

Habiendo visto mundo, otra conclusión que sacamos es que en ninguna parte se vive como en el Sur de Europa. Claro que nos falta mundo por ver. Y claro que hay muchísimo que mejorar en muchísimos aspectos, pero socialmente los pueblos del sur de Europa son los más cercanos, amigables, al tiempo que tienen una serie de servicios públicos (en el norte de Europa son mejores, pero la gente es más arisca) y una comida excelente.

No obstante, tenemos muchas cosas que destacar, positivas de muchos sitios:

De Francia, el pan y el queso. De Bélgica, las cervezas.

De Holanda y Alemania, sus servicios públicos, su urbanismo, sus medios de transporte.

Del este de Europa, de Polonia la amistad de sus gentes. De Ucrania y Rusa, su increíble sistema de trenes. Si te dicen que un tren sale hoy de Moscú y va a llegar a Vladivostok dentro de ocho días a las 14:33 , parando en muchos sitios, con inclemencias del tiempo, la regla general es que no se retrase más de dos minutos.

De todo Asia en general, la amabilidad de sus gentes, distinta en cada país en su forma pero no en el fondo. De Japón, lo limpio que está todo, lo fácil que es hacer autostop, el increíble sushi. De Corea lo alegres que son, los paisajes del norte, los autobuses que llevan a todas partes. De Tailandia, que la gente humilde es la que más tiene que enseñar. Y nuestro pueblito junto al Mekong, que posiblemente sea lo que más huella nos ha dejado en estos ocho meses de periplo.

De los Estados Unidos, su espíritu emprendedor, la cercanía de la gente (en seguida entablan conversación), su variedad de paisajes (desiertos, bosques, océanos), las microdestilerías y parte de su comida, totalmente insana y deliciosa (pese a la falta de variedad).

Hemos aprendido, dando tantos tumbos, que vivimos con demasiadas cosas. No he echado de menos mis posesiones materiales. Nos hemos adaptado a todo tipo de situación teniendo sólo lo justo, espero que sea una lección para toda la vida. Lo único que me hacía ilusión reencontrar eran mis dvds (es dificil ver películas durante el viaje), por cierto, me faltan las películas de Kurosawa, Pulp Fiction y HellBoy, si alguno ha aprovechado una visita a mi casa para cogerlas de estrangis… ¡que las devuelva!

En general hay una conclusión que todo aquel que viaja por el mundo acaba sacando:

- Es fundamental acabar con las fronteras. Las fronteras nos encierran en nosotros mismos. Creemos que nos cerramos a los demás pero lo que hacemos es encerrarnos. Se bloquea un territorio y dentro de ese territorio se imparten doctrinas, “somos los mejores”. Ahí empieza el culto a la bandera, al rey, al país. Pasar una frontera es además humillante, las inspecciones, el control del pasaporte, es la degeneración total de la humanidad.

Hasta aquí todos de acuerdo y felices. Ahora viene la mía especial.

- A pesar de la necesidad de acabar con las fronteras, en estos tiempos, en el siglo XXI, es fundamental reivindicar a los pueblos del mundo. Sus lenguas, sus culturas. La diversidad nos hace ricos y el respeto al diferente nos hace ricos. Que un pueblo no tenga estado propio o no tenga, según algunos, suficiente historia para “ser”, no significa que no debamos respetar y defender sus peculiaridades. Vivimos en un mundo en el que se está imponiendo un modelo de vida nefasto que corresponde a cierto modo de vida estadounidense. Es el modelo de vida Burger King, Starbucks, brunch y centro comercial. Avanzamos hacia un mundo homogeneizado y cuando se homogeneizan las culturas se homogeneizan las mentes. Se acaba la diversidad y se acaba el pensamiento. Esto causa estragos en el mundo y también en donde se inició todo, en los propios Estados Unidos, donde uno se cansa de ver pueblo tras pueblo las mismas cadenas multinacionales.

El reto, entonces, es reivindicar los pueblos al tiempo que destruimos las fronteras. Dificil, sin duda, porque muchas veces la reivindicación del pueblo implica una exaltación nacional y creación de un nuevo encierro.

Pero para eso estamos aquí los malvados antisistema.

Amigos y amigas que nos habéis seguido estos ocho meses, aquí acaba la aventura de este viaje. Ahora tendremos que reacoplarnos a la vida sedentaria, lo que será complicado, pero imagino que podremos hacerlo.

Volver en medio de una crisis, así somos nosotros: echaos p’alante

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Y ahora, ¿qué hago con este blog? ¿Lo dejo sin actualizar para siempre? ¿Lo dedico a la subversión total? ¿A la subcultura pop y al mundo freak? ¿A la crítica gastronómica? ¿A las reflexiones vitales? ¿A todo, a parte, a nada de eso?

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POR CIERTO, ESTAMOS AQUI, PERO TODAVIA FALTAN FOTOS POR SUBIR EN EL BLOG DE AURORA, ESTAD ATENTOS SI QUEREIS VER LAS ULTIMAS

(si no entiendes de que va esto, pincha aquí http://caminoacasa.wordpress.com/ )

Carta desde Kingston, Rhode Island

Queridas amiguitas:

Aurora al final se fue haciendo amiga del Honda y dejó de refunfuñar acerca de si el coche tenía diez años y todas esas cosas.

Por lo demás, el viaje transcurrió con normalidad. Atravesamos de nuevo Oklahoma. Con Oklahoma todos tienen un cierto cachondeo, dicen que son los más paletos. La verdad es que dan en general un poco de imagen de “Cletus”, pero están orgullosos de ello.

Antes de llegar a Oklahoma, todavía en Texas, visitamos el cañón de Palo Duro, que es el segundo más grande después del Gran Cañón. Nos quedamos con el mal sabor de boca de no haber podido visitar el famoso Gran Cañón, pero dependemos de los cochoes.

En Henryetta, Oklahoma, fue donde les dió por preguntarme si soy irlandés y desde entonces me lo han preguntado varias veces más esta semana. Me ven con mis camisetas reivindicativas, mi barbarroja y mi acento raro y me ubican en la tierra de Eriu. Así son ellos. Lo celebro.

En general hemos tenido muchas carreteras preciosas en Arkansas, Tenessee, Virginia, Pensilvania… y es que comienza el otoño y los colores son impresionantes. Lo ves en una postal y parece “photoshop”, pero o han inventado el photoshop tridimensional o esto es el otoño más bonito que he visto nunca.

Toda la parte del sureste de Arkansas y sudoeste de Tenessee son zonas bastante deprimidas. Era muy dificil encontrar moteles y en general había muchísimas casas abandonadas, muchísimos afroamericanos y muchísimos campos de algodón. Estos dos últimos factores han ido desgraciadamente unidos durante mucho tiempo.

El primer couchsurfing de la semana lo tuvimos en la ciudad de Nashville, la llamada ciudad de la música. Nos acogía DeeDee, una chica de Milwaukee que había viajado por Italia y estaba enamorada de dicho Estado, al igual que nosotros. La pena es que llegamos muy cansados y no pudimos disfrutar de la ciudad, DeeDee vivía en una de estas casas en las afueras y coger el coche no nos apetecía nada. Sólo vimos el centro una media hora y nos fuímos con la sensación de estar perdiéndonos una ciudad con mucha vidilla, la música se respiraba por todas partes.

A mediados de semana llegamos al Estado de Virginia que nos sorprendió gratamente. Ellos se consideran “sudistas” pero nosotros lo consideramos el comienzo del Este, y es que las casas empiezan a ser muy diferentes. No sólo las casas, también la configuración de los pueblos, que tienen más vida, como Wytheville, donde pasamos una noche, o Staunton. Toda esta zona junto a los montes Apalaches tiene preciosos paisajes muy diferentes a todo lo que íbamos dejando atrás.

En la localidad de Staunton tuvimos una gran alegría gastronómica porque estábamos más que descontentos con la comida americana. Los yankis que conocíamos en Japón nos decían que echaban de menos algo de variedad alimenticia, así que nos hicimos a la idea de encontrarnos una gran diversidad de alimentos insalubres. Pero no ha sido así. Hamburguesas, las que quieras, algunas muy ricas. Pizzas de todo tipo, la mayoría malas. Muchísimos Burritos, algún kebab. Poco más. Nos hablaban de los “mom and pop restaurants”, así llaman a los restaurantes de toda la vida, donde te sientas, te lees una carta, te atiende alguien medianamente majo nativo del lugar y todos tan amigos. Pero no encontrábamos nada. O bien encuentras cadenas, o bien encuentras imitaciones de las cadenas. Pero en Virginia, en Staunton, encontramos por azar un sitio llamado “Mrs Rowe´s” de comidas locales que fue una agradabilísima sorpresa. Muchas cosas insanas, por supuesto, pero diferentes. Es curioso las cadenas lo que anulan culturalmente a un pueblo, desaparece toda la diversidad y se avanza hacia la uniformidad, en este caso alimenticia, comida caca por todas partes. Hay gente a la que le gusta, lo respeto, pero el problema llega cuando hasta en el pueblo más perdido sólo encuentras un McDonalds y los viejos del pueblo se reúnen allí para contar sus batallitas. Es lo más triste que puede pasar. Yo desde aquí reivindico la “slow food” y la manera de comer que tenemos en Castilla y en tantos otros pueblos del sur de Europa, donde te sientas, tomas varios platos, un buen vino u otra cosa, y pasas una hora o más tiempo comiendo, hablando con los amigos, la familia, quien sea. Aquí hemos comido con algunas familias, muchas veces comen fast food, otras veces alguien cocina pero en vez de sentarse todos juntos cada uno se coge su plato y se va por ahí, o se sientan y comen rápido en cinco minutos… las comidas con mis abuelas (ambas, en Madrid o Valencia), largas, contundentes, agradables, es de lo mejor de mi cultura, perderlo sería lamentable.

De Virginia fuimos a Pensilvania, donde nos acogió Rita en la ciudad de Harrisburg. Esto fue interesante porque fue nuestra anfitriona “de rebote”. Habíamos contactado con un chico de couchsurfing pero el no estaba y lo arregló todo para que fuésemos a casa de su amiga Rita. Rita y su marido Gerald vivían en un barrio esencialmente africano, su familia había vivido en EEUU por varias generaciones pero ambos tenían ascendencia alemana. Esto nos llevó a una interesante conversación porque a veces en la radio hay Losantos yankis que dicen que si toda esta gente mexicana (o de donde sea) que viene a invadir la tierra de sus ancestros… lo que es una barbaridad, porque los únicos que podrían decir eso son los nativos americanos (cherokees, navajos, apaches, etc), y no todos estos que son inmigrantes igualmente, aunque de más generaciones.

Nos contaron Rita y Gerald que tenían una hija que era una enamorada de Madrid. Lamentablemente no pudimos conocerla, ya será a la próxima. Fueron una pareja encantadora que cuidó de nosotros fenomenalmente.

Y así llegamos finalmente a Kingston, Rhode Island. El viaje fue duro, había que pasar cerca de Nueva York y allí hay un inmenso conglomerado de autopistas, muchísimas de peaje. Pagamos alguno, pero nos cansamos de ello y decidimos buscar un atajo. Nos metimos en plena ciudad, empezamos a ver personajes raros raros raros por todas partes… al final vimos un cartel, “Bronx City”. Todo esto del Bronx, esta fama que tiene tendrá una gran parte de leyenda urbana, no sabemos, pero vimos una cantidad de seres extraños por metro cuadrado que ni en San Francisco. Queríamos haber sacado una foto para nuestros amigos bronxtoleños, pero no pudo ser.

La jornada acabó en Kingston, donde nos acogen Brett, Adam, Jessie y Dan , cuatro chavales que rehabilitaron una casa del siglo XIX a cambio de que les dejasen un alquiler barato. Pagan en total unos 600 euros por una casa que es bien grande, con seis habitaciones, cocina, dos baños y dos salones. Aquí está el campus de la universidad de Rhode Island, donde estudian Jessie y Dan. Los otros dos trabajan (Adam, que por cierto es una versión de Albareto) o lo intentan (Brett).

La primera noche nos llevaron a cenar a un sitio de pescados, Aurora está contentísima porque llevamos un par de meses sin tomar nada salido del mar.

Toda esta zona es muy diferente, los pueblos son parecidos a los ingleses (o eso creo, nunca he estado en Inglaterra, pero por las fotos…)

Al final entregamos el coche, aunque fue un lío. El tipo de Los Ángeles de Driveaway nos ha dejado un muy mal sabor de boca, un liante de cuidado. Llamamos al cliente y resultaba que el había dicho que el coche había que llevarlo a Massachusetts. A nosotros el de Driveaway nos había dicho que el tipo seguramente estaría en Massachusetts, pero que dejásemos el coche en casa de la hermana. Al final el hombre se portó y vino el hasta aquí a recoger el coche. Eso sí, de lo del depósito de gasolina vacío, no tenían ni idea, así que de gasolina me temo que no vamos a ver ni un duro. No nos pusimos pesados con el cliente porque pensamos que la responsabilidad total es de la agencia, que ha funcionado lamentablemente en ambos sentidos, hacia el cliente y hacia los que llevaban el coche, nosotros. A ver si no tenemos problemas con el depósito que pagamos, ya veremos. Tenemos que ir a New Jersey a cobrarlo y cruzamos los dedos para que no se nos atraviese la situación, como tantas veces está ocurriendo últimamente.

Anecdotilla: El tipo nos ha comentado que el coche perteneció a la madre de la actriz de la serie “Buffy Cazavampiros”

Por lo demás, hemos paseado por esta zona, así como por el pueblo de Narragansset, donde hemos vuelto a ver a nuestro viejo conocido, el Oceano Atlántico, pensando lo raro que era todo esto, salimos de casa hacia el Este y yendo hacia el Este parece que llegaremos pronto.

Un saludo a Islandia y a Bjork, sin más. Las conclusiones, he decido guardármelas, salvo para los afortunados que ya las hayan leído.

Carta desde Canyon, Texas

Queridas amiguitas:

Ya lo dice el dicho: Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. No tenían coches para nosotros en Dallas, ni en Houston, ni en Oklahoma City. Así que ni cortos ni perezosos nos montamos en un avión camino a Los Angeles.

En nuestro último día en McKinney, el vecino Stan nos llevó en su viejo coche al aeropuerto de Fort Worth/Dallas. El vecino Stan es digno de mención porque es la persona más parecida a “The Dude” que he conocido en mi vida. Creo que es el más mítico que hemos conocido en todo el viaje y probablemente en toda nuestra existencia.

El aeropuerto de Dallas, horrible. Muy dificil cambiar de unas salas a otras, hay que estar entrando y saliendo todo el tiempo. Además, me declararon sospechoso. Resulta que entregas tu equipaje, te dan la tarjeta de embarque y cuando vas a entrar donde están todas las puertas, pasan un rotulador especial por encima de la tarjeta. Es un rotulador de estos que “revela” tinta invisible. Y el mío estaba marcado SSSSS: sospechoso. Así que me pasaron un escaner antidroga y antiexplosivos, yo no se por qué pero cuando a alguien le tiene que tocar pasar eso, me toca a mi. Me hubiese gustado guardar mi tarjeta de embarque de sospechoso, pero como sabéis, para entrar en el avión la tienes que entregar, así que sólo pudimos hacer una foto.

Escala en Denver y después a Los Ángeles. En San Francisco nos habían dicho alguna vez que Los Ángeles es “the asshole of the universe”. Es un doble sentido insultante, porque “asshole” significa literalmente agujero del culo, así que por un lado vendría a ser como decir “el culo del universo”, pero también se utiliza como insulto, tipo “gilipollas”, por lo que consideran a los angelinos los más gilipollas del universo. Con esa información tan interesante nos acercábamos a tan famosa ciudad. Desde el avión nos quedamos asustados, llegamos de noche y sólo se veía un gran horizonte luminoso interminable.

Nos alojamos en el barrio de San Pedro en casa de Joanna, que trabajaba haciendo lo mismo que yo en mi vida previaje, sólo que ella tenía que estar en la oficina a las 6:30. Yo ya le explique que en Madrid antes de las 8 no han puesto las calles, así que no se puede ir tan temprano. Vivía con su hijo de 5 años, Nathan, un chaval saladísimo.

En el barrio de San Pedro está el puerto de Los Ángeles. Es un barrio de clase trabajadora que no es tan diferente en su configuración al de Mission en San Francisco, sólo que no hay progres ni bohemios. Sólo currantes, muchas tiendas variadas y vendedores de frutas. Ah, y playa. Fuimos a una playa llamada “El Cabrillo”, si Aurora no iba reventaba y como no queríamos que eso sucediese, tuvimos que ir.

No nos pudimos desplazar demasiado por la ciudad porque el transporte público de Los Ángeles es de los peores que he visto en mi vida. Un día que decidimos ir a hacer de turistas, que de vez en cuando también pecamos, esperamos más de dos horas a que llegase el bus. Ni el 2 en Madrid tarda tanto (máxima espera del 2 registrada por mi, 50 minutos).

El turisteo que hicimos, os lo podéis imaginar. Nos plantamos en Hollywood como dos guiris más, fuimos al teatro chino a ver todas las huellas de los actores (Rita Hayworth tenía minipies; Nicolas Cage, te pega una torta y te arranca la cabeza. Fin de las conclusiones) y por Hollywood Boulevard vimos el Paseo de la Fama con todas las estrellitas puestas en el suelo. Conocía a poca gente de la que había ahí puesta. Fue curioso verlo, aunque nos pareció un poco fiasco. En la tele cuando lo sacan parece un señor paseo y resulta que es una acera del mismo tamaño que la de mi calle en Madrid.

Los Ángeles no nos dio para mucho más, porque si por algo estábamos ahí era por un coche. La oficina de Driveaway de Los Ángeles es de las más activas del país y nos dirigimos allí en busca de nuestro maná. Tenían un coche, dirección a Rhode Island.

De todas las oficinas de Driveaway, esta era la más peculiar. El dueño era un tipo cercano a los 60 con un chisme de estos del teléfono móvil enganchado a la oreja, zapatillas de deporte, pantalón y camisa vaqueros, esta última mitad por fuera mitad por dentro. Pelo canoso largo, gafas de sol todo el rato y rollo “que passsa tíoooo”. La chiquita que nos atendía, tenía un cacao mental incomensurable, pobre, era de sus primeros días, todos hemos tenido primer día de curro. El asunto es que para darnos el coche tardó más de tres horas (en la oficina de San Francisco tardaron 40 minutos y nos pareció la vida).

La oficina de Driveaway estaba en un barrio que sobre el mapa recibía el nombre de Koreatown y vaya si era Koreatown. La mayoría de los letreros en hongul, la mayoría de la gente de la calle, honguls. Todos menos los del Driveaway.

El coche lo tenían en lo alto de un edificio, el edificio adyacente a la oficina, nos tuvieron subiendo y bajando más de la mitad del tiempo.

Al final nos dieron el carro, un Honda Accord del 98. Aurora está que muerde porque después de nuestras dos últimas naves, este es más normalito. A caballo (casi) regalado, no le mires el diente, así que por mi parte no hay quejas. El hippie del driveaway, ladino el, nos lo dio sin una gota de gasolina, intentando colárnosla. Se supone que tienen que dar el coche siempre con el depósito lleno, así que nos quejamos y no sabemos si al final nos darán el dinero o que.

Total, que nos pusimos en marcha dirección Este. Salimos de la California playera y nos metimos en la California desértica. Al Este de Los Ángeles está el impresionante desierto de Mojave. Atravesándolo llegamos a la ciudad de Kingman, Arizona, donde nos acogían Mike y familia. Mike es un profesor de historia, activista antiBush, tiene una casa con un jardín desértico (como todo el entorno) transformado en un parque temático artístico-pacifista. Nos enseñó unos cuadros que hace chulísimos y pasamos una buena tarde con el y familia. Volvimos a ir a un partido de fútbol americano porque una de sus hijas estaba en la banda del instituto, así que ya llevamos dos en dos semanas. Nos parecieron personas interesantísimas, una lástima que nuestro deber nos llamase y no pudiésemos quedarnos demasiado.

Al día siguiente seguimos avanzando por tierras desérticas bajo un fortísimo viento. Había momentos en los que sólo se veía arenas por todas partes. La mayor parte del Este de Arizona, y del Oeste de Nuevo México, zonas por las que fuimos con el coche, pertenecen a los indios Navajos. Son las reservas que les dieron y aquí es donde viven. La entrada a Nuevo México, con carteles de “Navajo Nation”, montañas de estas con cerros rojizos y marañas de ramas rodando con el viento, parecía una película de Sergio Leone. Faltaba la música de Morricone.

A ambos lados de la carretera había muchísimas señales de tiendas de artesanía nativas. Y en la radio hablaban en idioma navajo, con música india y todo. Flipábamos. Una pena no entrar más en contacto con los nativos americanos, extranjeros en su propio país, marginados en su propia tierra. Tendré que informarme más al respecto.

Hicimos noche en el pueblo de Grants, reencontrándonos con la ruta 66 en nuestra vida. Esta ruta casi nos ha traído todo el camino hasta el norte de Texas, cruzando Nuevo México de lado a lado. Paramos en el pueblo de Tucumcari, que creo que es el que más refleja lo que fue esta ruta. Lo recorres y dan ganas de llorar, todo moteles abandonados, restaurantes cerrados…

Por hoy, nuestra ruta termina en el pueblo de Canyon, cerca de la ciudad de Amarillo, donde nos acoge Carl, fisioterapeuta, que ha arreglado el hombro de Aurora (tenso de tanto conducir) en un periquete.

Espero que no se os haya atragantado el 12 de Octubre. Nada que celebrar.