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Carta desde Madrid, Castilla, Planeta tierra

Queridas amiguitas:

Os colé una pequeña engañifa por la escuadra. Mil perdones. Nos pagaron el cheque de driveaway según fuímos a cogerlo. ¿Por qué dijimos lo contrario? Porque necesitábamos justificar de alguna manera todo el tiempo que estábamos pasando en Nueva York, cuando en teoría nuestro plan era ir hacia el norte. ¿Y por qué estábamos pasando tanto tiempo en Nueva York? Pues porque ya teníamos el billete de vuelta. Amigas, ya estamos en casa.

¿Por qué os ocultamos la fecha de regreso?. Hay tres motivos

1.- Porque por casualidades de la vida, la tarifa más barata para volver coincidía con el cumpleaños de mi querida y ya querida por todos vosotros Maria Luisa. Así que sorpresa sorpresa.

2.- Ya puestos, dijimos, “bueno, pues sorpresa para todos”

3.- Os parecerá una chorrada, pero nos entró la rayada de que decir la fecha de regreso a bombo y platillo nos daría mala suerte en lo que quedaba del viaje. Y habiendo pasado ocho meses con buena suerte, fastidiarlo en el último minuto no era menester.

Como leeís, ya estamos en casa, sanos y salvos.

Nuestros últimos días en Nueva York fueron plácidos, tranquilos, paseando por las calles y confirmando el encanto que nos ha despertado esta ciudad. Sin duda un gran colofón para nuestros ocho meses de viaje.

La vuelta, pesada, 20 horas para tres vuelos, Nueva York – Dublín, Dublín – Londres, Londres-Madrid, con mucho tiempo de espera en aeropuertos.

¿Y por qué hemos terminado el viaje?

El motivo fundamental es que ambos habíamos llegado a la conclusión de que el viaje había cumplido su misión. Disfrutábamos el viaje, pero pensábamos que ya era demasiado tumbo. Estábamos felices y estamos felices por el viaje realizado, una aventura en nuestras vidas dificilmente repetible, pero desde hace un mes pensábamos que había cumplido su ciclo.

Un segundo motivo, imagino que bastante comprensible, es que empezábamos a echar de menos nuestro espacio (tanto couchsurfing…) y a nuestra gente.

Y por supuesto, un motivo de bastante peso es que el dinero se nos estaba terminando y no queríamos ir a la calle 16 de San Francisco a vivir con los mendigos en la plazuela del Metro. Antes de quedarnos a cero, mejor volver.

En estos momentos estamos en una nube. Llegar a Madrid, volver a ver las calles, o volver a nuestras casas… parece como si nunca nos hubiésemos ido y sin embargo han pasado ocho meses sin pisar nuestra tierra, sin ver a nuestra familia (yo no les había visto ni en foto, a Aurora una vez le mandaron una tanda de fotos, pero esto fue hace cinco meses). Abrir el armario y encontrar nuestra ropa (que ya cansaba llevar las mismas camisetas todos los días), reír con la familia… y me imagino que pronto vendrán los reencuentros, con el resto de familia, con los amigos y con los camaradas de trinchera. Ya os iré llamando, zascandiles, de momento pongo el aviso general por aquí pero como se que no todos leeis esto a diario, igual alguno se lleva alguna nueva sorpresilla.

¿Conclusiones del viaje? No se si esto es lo que toca poner, imagino que sí. Intentaré no dar la chapa.

Acerca del fenómeno de viajar, es sin duda una experiencia irrepetible si se hace bien. Cada uno que viaje como quiera, pero creo que la única forma de aprender es dejar el turismo de lado y simplemente involucrarse en las sociedades que se visitan. Viajar para ver monumentos, para quien le interese, puede estar bien, pero para conocer el mundo y sobretodo para comprender el mundo, es mucho más fácil, aunque quizá más pesado. Romper con la barrera del touroperador y coger el tren local, el autobús, hacer autostop, ves como vive y siente la gente. Caminar por cualquier calle, ver que cosas compran, que rutinas tienen, que trabajos distintos y cuales similares. Entrar en un restaurante, cualquiera, guíados por si está lleno o vacío de autóctonos y probar los nuevos sabores.

Algunos antes, durante y me imagino que después del viaje nos han dicho que somos afortunados. Así nos sentimos después de haber hecho este viaje. Creo que para viajar es necesario disponer de tiempo y en esta sociedad en la que quieren aumentar la jornada laboral a 60 horas cada vez es más dificil. El tiempo es necesario para observar. Sólo se viaja bien si se viaja despacio. Cuando tienes una fecha estricta, puedes viajar mucho, pero es dificil viajar bien. El fenómeno que se repite es: profesionales jóvenes, quince días de viaje y querer verlo todo. Quince días en los que ver norte, centro y sur de un país sin detenerse, tachando sitios de la lista. Quizá en quince días, yo vería tres ciudades o tres zonas, con calma, o quizá sólo dos.

Nos han dicho “que suerte, cuantas vacaciones”. Lo “único” que hay que hacer es dejarlo todo. El trabajo, la casa, los amigos, dejarlo todo e irse. No es cuestión de suerte. Nadie regala nada. Hemos ahorrado, nos lo hemos currado y hemos viajado. Lo puede hacer cualquiera, pero no es cuestión de suerte.

Conste que nosotros mismos hemos incumplido a veces en este viaje nuestra propia filosofía, pero creemos que es un ideal al que aspirar.

Nos hemos planteado muchas veces el tema del turismo y si es posible un turismo positivo. A estas alturas, creo que turismo siempre es negativo. No es negativo viajar, involucrarse, pero todo el negocio del turismo es una permanente prostitución del alma. Las ciudades que viven del turismo, las peores.

Habiendo visto mundo, otra conclusión que sacamos es que en ninguna parte se vive como en el Sur de Europa. Claro que nos falta mundo por ver. Y claro que hay muchísimo que mejorar en muchísimos aspectos, pero socialmente los pueblos del sur de Europa son los más cercanos, amigables, al tiempo que tienen una serie de servicios públicos (en el norte de Europa son mejores, pero la gente es más arisca) y una comida excelente.

No obstante, tenemos muchas cosas que destacar, positivas de muchos sitios:

De Francia, el pan y el queso. De Bélgica, las cervezas.

De Holanda y Alemania, sus servicios públicos, su urbanismo, sus medios de transporte.

Del este de Europa, de Polonia la amistad de sus gentes. De Ucrania y Rusa, su increíble sistema de trenes. Si te dicen que un tren sale hoy de Moscú y va a llegar a Vladivostok dentro de ocho días a las 14:33 , parando en muchos sitios, con inclemencias del tiempo, la regla general es que no se retrase más de dos minutos.

De todo Asia en general, la amabilidad de sus gentes, distinta en cada país en su forma pero no en el fondo. De Japón, lo limpio que está todo, lo fácil que es hacer autostop, el increíble sushi. De Corea lo alegres que son, los paisajes del norte, los autobuses que llevan a todas partes. De Tailandia, que la gente humilde es la que más tiene que enseñar. Y nuestro pueblito junto al Mekong, que posiblemente sea lo que más huella nos ha dejado en estos ocho meses de periplo.

De los Estados Unidos, su espíritu emprendedor, la cercanía de la gente (en seguida entablan conversación), su variedad de paisajes (desiertos, bosques, océanos), las microdestilerías y parte de su comida, totalmente insana y deliciosa (pese a la falta de variedad).

Hemos aprendido, dando tantos tumbos, que vivimos con demasiadas cosas. No he echado de menos mis posesiones materiales. Nos hemos adaptado a todo tipo de situación teniendo sólo lo justo, espero que sea una lección para toda la vida. Lo único que me hacía ilusión reencontrar eran mis dvds (es dificil ver películas durante el viaje), por cierto, me faltan las películas de Kurosawa, Pulp Fiction y HellBoy, si alguno ha aprovechado una visita a mi casa para cogerlas de estrangis… ¡que las devuelva!

En general hay una conclusión que todo aquel que viaja por el mundo acaba sacando:

- Es fundamental acabar con las fronteras. Las fronteras nos encierran en nosotros mismos. Creemos que nos cerramos a los demás pero lo que hacemos es encerrarnos. Se bloquea un territorio y dentro de ese territorio se imparten doctrinas, “somos los mejores”. Ahí empieza el culto a la bandera, al rey, al país. Pasar una frontera es además humillante, las inspecciones, el control del pasaporte, es la degeneración total de la humanidad.

Hasta aquí todos de acuerdo y felices. Ahora viene la mía especial.

- A pesar de la necesidad de acabar con las fronteras, en estos tiempos, en el siglo XXI, es fundamental reivindicar a los pueblos del mundo. Sus lenguas, sus culturas. La diversidad nos hace ricos y el respeto al diferente nos hace ricos. Que un pueblo no tenga estado propio o no tenga, según algunos, suficiente historia para “ser”, no significa que no debamos respetar y defender sus peculiaridades. Vivimos en un mundo en el que se está imponiendo un modelo de vida nefasto que corresponde a cierto modo de vida estadounidense. Es el modelo de vida Burger King, Starbucks, brunch y centro comercial. Avanzamos hacia un mundo homogeneizado y cuando se homogeneizan las culturas se homogeneizan las mentes. Se acaba la diversidad y se acaba el pensamiento. Esto causa estragos en el mundo y también en donde se inició todo, en los propios Estados Unidos, donde uno se cansa de ver pueblo tras pueblo las mismas cadenas multinacionales.

El reto, entonces, es reivindicar los pueblos al tiempo que destruimos las fronteras. Dificil, sin duda, porque muchas veces la reivindicación del pueblo implica una exaltación nacional y creación de un nuevo encierro.

Pero para eso estamos aquí los malvados antisistema.

Amigos y amigas que nos habéis seguido estos ocho meses, aquí acaba la aventura de este viaje. Ahora tendremos que reacoplarnos a la vida sedentaria, lo que será complicado, pero imagino que podremos hacerlo.

Volver en medio de una crisis, así somos nosotros: echaos p’alante

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Y ahora, ¿qué hago con este blog? ¿Lo dejo sin actualizar para siempre? ¿Lo dedico a la subversión total? ¿A la subcultura pop y al mundo freak? ¿A la crítica gastronómica? ¿A las reflexiones vitales? ¿A todo, a parte, a nada de eso?

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POR CIERTO, ESTAMOS AQUI, PERO TODAVIA FALTAN FOTOS POR SUBIR EN EL BLOG DE AURORA, ESTAD ATENTOS SI QUEREIS VER LAS ULTIMAS

(si no entiendes de que va esto, pincha aquí http://caminoacasa.wordpress.com/ )

Carta desde Bangkok

Queridas amiguitas:

Terminaron nuestras vacaciones en ChiangKhan. Paramos allí para reponer fuerzas y creo que lo hemos conseguido.

Esta última semana fue el día de la madre en Tailandia. El día de la madre era martes y al viernes siguiente era el cumpleaños de la reina. Por lo visto todos los días de la semana tienen un color. El color del viernes es azul. Y aunque el día de la madre era martes, todo el mundo tenía que ir de azul. Nosotros no fuimos menos, nos trajeron unas camisetas azul celeste y con ellas pasamos la jornada. Lumpi, el masajista, nos invitó a su casa a cenar con su anciana madre. Vivía en una zona cercana a ChiangKhan en una pequeña casa, allí sí que no habían visto muchos extranjeros y la gente nos miraba curiosa. Fue un poco extraña la cena puesto que nos servían unas mujeres (¿hermanas de Lumpi?) que no comían nada, el propio Lumpi tampoco comía mucho, sólo comía la madre. Nosotros fuimos en tropa con la familia de nuestra casa, que tampoco comieron demasiado. Aquí me da la sensación de que cuando uno monta una cena no debe comer mucho, porque una de las veces que cenamos con los de la casa tampoco es que se hinchasen.

Después de esto fuimos a una explanada donde habían puesto una gran foto de la reina, todo el mundo iba de azul con velitas en las manos. Tiraron fuegos artificiales y cantaron canciones. La perra que tienen aquí con el rey y la reina es considerable, yo no he visto semejante culto a la personalidad en mi vida. En todas las tiendas tienen la foto del rey saludando desde el balcón, también en muchas casas, junto a otras muchas fotos de dicha persona. La más mítica es la que salen todos los parásitos reales europeos, con la Sofi de Grecia en la esquina inferior izquierda.

Al rey, de todas formas, le he cogido simpatía. Le veo en las fotos, es así delgadito, con una media sonrisa, poquita cosa, parece tímido. Pero la reina es grandota, con cara de malos humos… en fin, el día de la reina, así es como es.

Ese mismo día hicieron una velada de taiboxing en el pueblo y nos invitaron a verlo en la “zona vip”, que no eran más que unas sillas azules de estas de KAS (no eran de KAS, pero nos entendemos) junto al cuadrilatero. Lo que más nos sorprendió era la edad de los luchadores, en general todos tenían siete años, aunque vimos un combate de unos chavales que tenían unos diez. El muaytai, que creo que así es como se llama hablando con propiedad, es un deporte que tiene muchas reglas para respetar al oponente, además se ve que es un respeto real. Algunas veces ves el boxeo por la tele y al final el perdedor felicita al ganador con muy poca gana, por cumplir el protocolo. Aquí el perdedor se ve que felicita con sentimiento y los entrenadores rivales le abrazan y le dan agua. Pero aunque hay todo ese trasfondo de respeto y es todo muy ceremonioso, ver a unos niños tan pequeños meterse tamañas leches impresiona. A parte del combate, hay algo a lo que se le da mucha importancia, es una danza que se hace al principio en la que los luchadores recorren todo el cuadrilatero lado por lado y después hacen una serie de movimientos. Esto es tan importante que hasta en un momento entre combates subió una chica a hacer una danza de demostración, aunque no fuese a combatir.

Nuestros últimos días en el pueblo estuvieron marcados por las tremendas lluvias. El Mekong subió varios palmos y en algunas zonas cercanas al pueblo se desbordó. Muchos niños no podían ir a la escuela y muchos agricultores perdieron toda la cosecha. Se pasaba toda la noche lloviendo, al día siguiente mirábamos por el balcón e íbamos viendo como las plantas de los márgenes del río iban quedando sumergidas… además se veían muchísimos árboles enteros arrastrados por el agua.

Él último día en ChiangKhan, los de nuestra casa se empeñaron en que teníamos que levantarnos a las 6 de la mañana. Todas las mañanas los monjes de los templos pasean por las calles y la gente les da de comer, esencialmente “arroz pegajoso”, que es un arroz que se come con las manos y se hace bolas, y también otras cosas que tengan. Como nos íbamos a ir de viaje, nos dijeron que de esta manera Buda nos protegería. Mejor tener a las divinidades del lado de uno, así que nos dimos el madrugón y les dimos arroz, plátanos y dulces. No fue gran cosa, de hecho fue algo muy soso, los monjes ni sonríen, ni dan las gracias, ni nada, no tiene ni una pizca de emotividad, van con su cesto, lo abren y metes ahí la comida. Al primero le dimos mogollón y después vimos que venían muchísimos y tuvimos que darles bolitas de arroz minúsculas. No se si nos valió para mucho, porque ese día fue el único que comimos mal en toda nuestra estancia en el pueblo. Fuimos a un sitio al azar, de los pocos que no conocíamos, y nos pusieron una carne mala y dura que encima valía una pasta. Nosotros le dimos arroz al monje, otros marcan la casilla de la Iglesia en la renta, estamos en paz.

Al llevar allí un tiempo tan largo, ya nos conocía mucha gente del pueblo y nos iban saludando por la calle. ChiangKhan quedará para siempre en nuestra memoria, le hemos cogido mucho cariño al pueblo y a sus gentes.

Íbamos a comer mucho a un restaurante que se llamaba algo así como “Leoulé” al que rebautizamos como “Louie Louie” en honor a la mítica canción. Otro que frecuentábamos a menudo era el Choi, así se llamaba su dueño, un gran cocinero, simplemente nos sentábamos allí y le decíamos que nos pusiese lo que quisiera, el siempre nos sorprendía para bien. Era de los pocos en el pueblo con los que podíamos comunicarnos con cierta fluidez y hablábamos con el siempre que íbamos. El sitio del somtam (ensalada de papaya) y el pollo a la barbacoa era el tercero en nuestra lista de favoritos, donde Aurora perdió su cuaderno.

Por el pueblo paseaban carritos con comidas. El más comercial era el de helados Nestlé, con una canción que parecía que decía “Ice Cream mi amor”, pero el mejor heladero era un señor mayor al que bauticé como “Miquel Gelater” que vendía un helado de coco metido en pan de sandwich con birutillas de coco que estaba tremendo y valía diez baht, que no es ni dinero.

Al lado del Louie Louie había un sitio de juegos en red en el que alguna vez vimos Internet. Estar ahí rodeado de chavales jugando a juegos en red era la risa, había uno que tenía una musiquilla que parecía “Su Ta Gar” pero en tailandés, que sonaba una y otra vez, y un chaval viciadillo se la sabía de memoria y no paraba de cantarla.

Dejamos atrás también a Pui y su casa, donde pasamos mucho tiempo tomando helados y batidos y mirando el correo electrónico o escribiendo aquí, tuvimos la suerte de ser sus invitados más de una vez. No le correspondimos nunca quedándonos a dormir allí, estábamos muy bien en nuestra casa, pero le deseamos lo mejor. También dejamos atrás a otros muchos. A Lumpi, el masajista, un tipo peculiar y siempre sonriente. Al señor que vendía los salapaos, a las de la tienda de edredones, a los de la casa del Soi 14 que siempre nos decían algo cuando pasábamos aunque no entendíamos nada, a todos los chavales que nos saludaban al pasar junto a la escuela, al tipo que vendía bolsas llenas de hielo picado y café con leche… cuanta gente estupenda en ChiangKhan.

Chongruk, Tiu y Piqué, los de nuestra casa, nos trataban de maravilla. Para nosotros han sido, en estos cinco meses, lo más parecido que hemos tenido a una familia, y echando de menos a la familia tanto como echamos de menos a la nuestra, eso se agradece y aunque la familia de uno es insustituible, hicieron un más que digno papel. Hablábamos con ellos, cocinábamos, pasábamos el rato. Uno de los días nos enseñaron a hacer un curry buenísimo. A mi me llamaban “Antoni” y yo estaba en la gloria porque lo pronunciaban a la valenciana. El nombre de Aurora no sabían decirlo, la llamaban “Lola” y pese a que Aurora se pasaba su buen rato intentando explicarles, luego estaban siempre “Lola, Lola, Lola” arriba y abajo.

El último día nos llevaron en coche a la estación de autobús y yo creo que a los que casi se nos sale la lagrimilla fue a Chongruk y a mi, y es que te vas de un sitio así humilde y te dicen que has sido como un hijo y que no te olvidarán, y piensas “que habremos hecho nosotros para que esta gente nos trate tan bien, si no somos nada ni tenemos nada que enseñar ni aportar”.

Nos fuimos del pueblo de ChiangKhan con la convicción de haber dejado atrás a gente millonaria. Hay gente que mide los estándares de calidad de vida según términos muy occidentales. Esta gente no vivía en el lujo, pero en el pueblo, al menos en lo que conocimos, no había mucha necesidad. Ganaban menos que nosotros, pero todo el tiempo libre que tenían, la pachorrilla vital, lo sociables que eran, lo bien que te trataban… yo creo que un millonario en estos tiempos es quien tiene lo necesario para vivir , regado de seres queridos y tiempo para disfrutar un poco de hacer lo que le guste. Otros se matan a trabajar para ser los más ricos del cementerio. De quien más se aprende es de la gente sencilla.

El cambio a Bangkok ha sido brutal. Viajamos en el bus VIP, porque no tendremos nunca más la posibilidad de afrontar económicamente un bus con tanto espacio. Era más cómodo, pero sigue siendo bastante pesado dormir allí, porque para, enciende la luz, arranca, la apaga… nunca se descansa mucho.

Al llegar a Bangkok, ya nos encontramos a los tailandeses malos. Los taxistas empezaron a preguntarnos que a donde íbamos, nosotros les íbamos diciendo que nos dejasen en paz (teníamos urgente necesidad de ir al baño). Una vez preparados para irnos, nos pusimos a buscar taxi. Nos habían dicho en ChiangKhan que a ellos les suele costar un poco más de 100 baht hacer el recorrido que nosotros íbamos a hacer. Visto esto, siendo extranjeros, nos propusimos lograr que nos lo dejaran en 200 baht. Había un tipo que tenía organizados a los taxistas, le dijimos que más de 200 baht no pagábamos, habló con ellos y uno se ofreció a llevarnos por ese precio. Fuimos a su coche, metimos las mochilas en el maletero y nos soltó “bueno, 200 baht cada uno”. Allí empezamos a discutir con el y dejé mi mítica frase “oye, que yo soy de ChiangKhan, no soy estúpido”. El también dejó una mítica, nos dijo que con el taxímetro se nos quedaría la cosa en torno a 250 baht, pero que el nos lo dejaría en 300. Con un tipo tan amable poco puedes hacer, así que nos fuimos. Por cierto, siempre leemos en todas partes que debemos ir al sitio de taximetro, que nos activen el taxímetro que es lo más importante para que no te timen, pero nosotros no se como lo hacemos pero siempre acabamos en el taxi equivocado. Los taxistas de Bangkok y seguramente los de muchas otras ciudades son la vergüenza del país, porque luego la gente no es tan rancia, pero lo de los taxistas es tremebundo.

El propio taxista reconoció tácitamente que su objetivo de la noche era timar a alguien. Vio que nosotros teníamos cierto control de los precios, así que decidió dejarnos de lado y buscar a otro taxista que nos llevase por 200 baht. ¿Por qué el nos buscaba a otro taxista para que nos llevase por ese precio y no lo hacía el? Porque el se iba a buscar a algún primo.

El taxista nuevo yo creo que iba pedo. Decidimos ir a Khao San, que es la calle famosa por ser la calle de los viajeros. Con esos antecedentes, estaba claro que era el lugar a donde no ir. Cuando algo se hace famoso por ser “de mochileros” suele ser una mierda. Es interesante cuando no ha cogido la fama, cuando coge la fama es que ya es un circo. El taxista además estaba alcoholizado o lo que fuera y no nos dejó en el sitio.

Ahí estábamos, a las cinco de la mañana, buscando sitio para dormir. El panorama era desolador. Un inglés borrachísimo con una pilingui tailandesa, dando un espectáculo tristísimo. Pero no era el único. Un par con litronas en un tuk tuk, haciendo el idiota, otros claramente puestos hasta arriba de todo, muchísima fulana y muchísimo baboso rosaceo de mierda. Si el sitio ya ha cogido fama es que ya ha degenerado del todo.

¿Por qué decidimos venir a esta zona? Porque Agosto es un mes en el que los de couchsurfing o bien viajan o bien tienen muchísimas peticiones para alojar gente. Marie, la chica que nos alojó anteriormente, estaba fuera. Así que pensé “a ver si el liberalismo funciona”. Un sitio con tanta fama, con una gran oferta hostelera, algo decente tendría que haber. Encontrábamos o bien sitios carísimos o bien sitios que parecían ratoneras. Era difícil escoger. Al final encontramos una ratonera de mayor tamaño con baño incluido, una habitación graciosa porque está oculta, entras al hostal y tienen unas cuantas sin ventana, muy agobiantes, pero yendo por unas escaleras al fondo del local, tras el tendedero está la nuestra, de las pocas con ventana, algo más cara. Aun así, buscamos duro y no encontramos nada que fuese sencillo pero cómodo, era o todo o nada, así que la democracia del consumidor a tomar por saco. Yo no se para que me fío de estas teorías. Se supone que el mercado se autorregula y tal. En Khao San no.

Nos pusimos a dormir nada más llegar a la habitación y nos despertamos cuatro o cinco horas después, decididos a pasear por Khao San. Como era de esperar, esta famosa calle es un circo para turistas. Precios infladísimos por todas partes. En nuestra anterior etapa en Bangkok encontramos Internet a 10 baht la hora, aquí el más barato son 30 y gracias, porque muchos tienen la broma de “un baht el minuto”. Yo es lo que digo, no es por dinero, en realidad muchos precios no son tan caros, pero lo que jode es ver como lo inflan. Hay además muchísimos restaurantes “thai” a precios occidentales, a parte de un Burger Kin, un Starbucks y todo esto. Khao San es una calle mítica porque seguramente en su momento era donde estaba todo el meollo alternativo de la ciudad, donde iban a parar los viajeros y se mezclaban con los locales. Ahora hay turistas lamentables bebidos o a punto de serlo y los tailandeses más pesados que he encontrado. Y si, es impactante porque venimos de un pueblo muy tranquilo, pero la otra vez que estuvimos en Bangkok no nos llevamos esa impresión tan negativa de tener gente que te da la brasa para todo, es cosa de este barrio. Cuando un lugar ya ha cogido toda la fama, es que ya no tiene nada que ofrecer. Teníamos que venir a verlo con nuestros ojos, ya lo hemos visto.

Como suele pasar, hay que desplazarse un poco para encontrar cosas interesantes. Es lo que pasa siempre. La Gran Vía de Madrid se va quedando sin comercios de los que siempre estuvieron ahí, pero si callejeas los encuentras. Aquí pasa lo mismo, hay que moverse un poco para encontrar restaurantes a precio local y con gente local, o comercios locales o lo que sea. Es triste que todas las calles importantes de todas las ciudades del mundo acaben siendo el mismo espectáculo lamentable de turistas ridículos y multinacionales a tuti. La gente no se plantea esto, el mundo se va a la mierda. Creo que este planeta tiene poco más que ofrecernos, no se que queda por inventar, cuando todo en todas partes acaba siendo lo mismo, creo que la especie humana ha alcanzado su techo de necedad, nadie tiene voluntad de recular, ya hemos superado la media de existencia de otras especies animales… siempre nos quedarán las calles aledañas. Aquí en la zona de Khao San, es lo único interesante. Si alguien me hace caso, que lo dudo, yo diría a quien viaje a Bangkok que si tiene curiosidad por ver Khao San, que se busque alojamiento en otra parte y se venga un día en un tuktuk o en un taxi, haciendo lo máximo para no ser estafado. Creo que no vale la pena hacer lo que hemos hecho, alojarse en el barrio. Con tanta fama no podía ser bueno y lo sabíamos, pero aun así lo intentamos y fallamos. No aprendemos.

Así damos prácticamente por finalizada nuestra estancia en Tailandia, a falta de un par de jornadillas. Bangkok en general no está mal, lo que vimos la vez anterior nos gustó más, era muy caótico pero tenía algo especial. ChiangKhan es un remanso de paz del que no hablaré más, no me gustaría contribuir a que se visitase por mala gente, pero lo bien que hemos estado, lo contentos y tranquilos que hemos estado, ya ha quedado aquí escrito.

Ahora las vacaciones se terminan y volvemos al camino. Una pista: Incheon.

Carta desde ChangKhan (III)

Jongruk, el dueño de nuestra casa, es un futbolero empedernido. Fue parte del equipo técnico de una selección tailandesa juvenil que ganó un campeonato asiático en el 2001. Aquí es el entrenador del equipo del instituto. Probablemente sea el que más sabe de fútbol de todo el pueblo, me dijo “Atlético de Madrid, red and white”, y eso es bien importante. Con el hemos ido al entrenamiento del equipo del instituto y a ver algún partidillo. Uno de los días me hizo pronunciar unas palabras ante todos, no tenía mucho sentido porque el no me entiende ni la mitad de las veces, así que imaginaos a los chavales. Pero bueno, yo elogié a un chavalin muy bajito que en los rondos peleaba como el que más, y todos tan contentos.

Aquí seguimos con nuestro ritmo de vida relajado. Le hemos cogido muy bien el ritmo al pueblo. Al principio los horarios nos volvían locos. Aquí comen entre doce y una, y cenan entre seis y siete. En grandes ciudades puedes hacer tu ritmo, pero aquí o comes y cenas a esa hora, o nada. Nos cuesta un poco adaptarnos, pero parece que lo vamos logrando. Si vas a un restaurante más tarde de la hora de comer, probablemente te encuentres a los dueños durmiendo la siesta en el suelo.

La comida aquí es lo que más nos llama la atención. En esta casa el desayuno está incluído. Normalmente sólo tienen bollitos y algo de fruta, pero nos han cogido cariño y la dueña de la casa nos compra de todo para desayunar. Unos tallarines con una salsa de curry y frutos secos ha sido hasta ahora el mejor desayuno. Aquí toman cosas así, yo estoy en la gloria. También muchas cosas con leche de coco.

Nos conocemos prácticamente todos los restaurantes del pueblo, al menos los de esta zona. Lo que más nos gusta es el somtam, que es la especialidad de la zona y que como ya os comenté es ensalada de papaya. Un día que fuimos a comerla, nos pasó algo que nos dejó bastante tristes. Y es que Aurora perdió su cuaderno en el que había estado apuntando todo tipo de cosas del viaje desde hacía cinco meses. Era un gran tesoro, pero Aurora se suele despistar facilmente con las cosas pequeñas. Lo sacó un momento en el restaurante, lo dejó sobre la mesa y se lo dejó ahí. Cuando nos dimos cuenta volvimos a buscarlo pero ya no estaba. No tenía ningún valor económico, pero alguien debió cogerlo y quedárselo. Otra cosa no tiene sentido, porque si lo hubiesen encontrado los del restaurante creo que lo habrían guardado para devolvérnoslo, ya que somos los únicos falangs que van allí y es fácil identificar que es nuestro. Pero bueno, el cuaderno desapareció y fue una lástima. Mejor ni pensar todas las cosas de todos los países que Aurora había ido apuntando: vocabulario, recetas, direcciones…

Al volver de buscar el cuaderno por todas partes, se lo dijimos a los de nuestra casa. Montaron un despliegue bastante importante, hasta dijeron en la radio que el cuaderno se había perdido, pero nada, no ha vuelto a aparecer. Aurora se ha comprado uno nuevo, esperemos que no se pierda.

Esta última semana hemos tenido más compañía en la casa, ha habido algo más de movimiento. Hay una chica francesa que va viajando por el mundo con la que hablamos de tanto en tanto. Y también hubo un grupo de catalanes muy majetes con los que estuvimos mucho rato. Nos hizo mucha ilusión, la gente del sur de la civilización solemos conectar bien, para nosotros fue bonito que vinieran porque hace ilusión encontrarse con gente de carácter similar. Ellos iban a estarse tres semanas recorriendo Tailandia, iban con un coche de alquiler, eran ocho en total. Cuando vinieron, no estaban los dueños de la casa y prácticamente fuimos nosotros los que les vendimos la habitación.

Con el grupo de catalanes fuimos a dar el paseo por el río Mekong. Mover el barquito para el paseo vale 1000 baht, da igual que vaya una persona o catorce, así que al ser ellos ocho y nosotros dos, nos salió a 100 baht cada uno. Tantos días junto al Mekong, ya tocaba darse una vueltecita. Estuvimos “al lao de Laos” , donde los niños se subían a los árboles y saltaban desde ahí al río. El conductor de la barca sería un gran amigo de la Guardia Civil, ya que iba bebiendo una litrona mientras conducía y hablando por el móvil. En esto del paseo, se me ocurrió una idea maravillosa. Estaría genial hacerse con un barquito pequeño y recorrer todo el Mekong desde China hasta Vietnam. Pero tranquilos, que esta vez no será, ya será a la próxima.

También hemos tenido esta semana nuestro primer masaje tailandés. Una mezcla de dolor y placer, aunque al final te quedas como nuevo. El que nos dio el masaje es un tipo que se llama LumPin. Lleva una barba larga rollo malo de película, cuatro pelillos pero larguísimos. Va con chandal y una gorra y por lo visto es una eminencia, viene gente de todo el país con lesiones importantes a que el les de masajes. El pasa de moverse de Chiang Khan, el que quiera verle, que venga. Es además el maestro de los centros de masajes que hay en el pueblo y también el masajista del equipo de fútbol. Un fiera. Uno de los catalanes tenía una lesión en la rodilla y se comprometió a darle un masaje, no se que pasaría al final porque esto fue el último día que estuvieron.

Los catalanes nos dejaron tras dos noches. La última noche se la pasaron cantando en el karaoke que tienen aquí montado en la salita de la casa. Lo hacían con mucha entrega, especialmente uno de ellos que creo que se llamaba Oscar. Si lo hacía mejor o peor, no lo se, pero al menos cantaba, porque en el karaoke luego todos nos avergonzamos y yo el primero, dadas mis escasas habilidades para el canto. La verdad es que les echaremos de menos y ojalá tengan un buen viaje. Llevaban pocos días en Tailandia, los primeros días habían ido a varios resort. Aquí en ChiangKhan se encontraron en una casa más humilde, pero hicieron varias cosas en contacto con la gente del pueblo, como jugar al fútbol con los chavales, ojalá se acuerden, con el paso del tiempo, más del contacto humano que de los monumentos y resorts. Bon viatge per als catalans!

Ayer fue un día especial en el pueblo porque vino una banda de rock que por lo visto es bastante famosa en Tailandia. Montaron un partidito de fútbol la gente de ChangKhan contra los de la ciudad de Loei, invitando al cantante del grupo a jugar en el equipo de ChiangKhan. Tras el partidito fueron todos los de los dos equipos a cenar y Jangruk nos invitó a ir con el, con su hijo Piqué (le llaman Piqué por el central del Barcelona, antes del Manchester United, antes del Barcelona juvenil) y todos los demás. La gente estuvo todo el rato pendiente de nosotros, de que nos nos faltase de comer y de beber. Tanto era así que nos pusieron cerveza y en cuanto dábamos un trago nos la volvían a rellenar. Nos costó horrores pasar a los refrescos, pero hubo que hacerlo porque estos nos iban a dejar etílicos.

Después fuimos al concierto del grupo. El dueño de nuestra casa es una eminencia local, todos le conocen y nos colaron sin pagar. Aunque duramos poco. El es profesor del instituto y había muchos chavalillos bebiendo cerveza y haciendo el gamba. Ya sabéis como es esto, es universal. No es que se bebiesen una cerveza, es que hacían las típicas gilipolleces de bebérselo de un trago o a ver quien bebe más. Este se mosqueó con todos los chavales haciendo el gamba y decidió que mejor nos fuésemos.

Esta es la vida en un pueblo tailandés del norte. Nos quedan pocos días por aquí, pero los aprovecharemos para seguir descansando y reponer fuerzas para nuestra próxima (y última) etapa del viaje.

Creo que esta semana pasada fue el cumple del meu cosí, Jacobet, “el traca de la Marina Alta”, así que le dedico esta carta a el y a sa mare.

Carta desde ChiangKhan (II)

Queridas amiguitas:

La vida en ChiangKhan es bastante apacible. El pueblo tiene dos calles grandes. Una es la calle principal propiamente dicha, en la que hacen vida los tailandeses. Paralela a esta está la calle de los hostales, junto a la que transcurre el río Mekong, en la que hacen vida los turistas. Hay muchas calles perpendiculares que se llaman “soi”. Soi 1, Soi 2, Soi 3, Soi 4…. pensamos que soi debe querer decir “perpendicular”. Son calles más pequeñas que no tienen apenas negocios.

Empezamos la semana en una casa y la terminamos en otra. Al llegar al pueblo nos alojamos en la célebre “Chiang Khan guesthouse”. Es célebre porque es la que sale en la guía Lonely Planet y es sobre la que siempre se encuentra información en Internet. No quedamos muy convencidos por el trato. La propietaria está todo el rato intentando venderte esto y lo otro y cobrarte, claro. En este pueblo se puede ver la negativa influencia del turismo en las comunidades locales. Una persona abre un guesthouse de esos, tiene éxito, sale en las guías, entonces empieza a hacerse más y más y más codicioso. En cierto modo es comprensible y la culpa recae en la actitud de los visitantes. El turista viene aquí y se comporta como un ricachón, los otros ven que los “falangs” (extranjeros) tienen pasta y enloquecen. La casa que estábamos era muy sencilla, las habitaciones eran pequeñas, eso no era problema. Pero no estábamos a gusto en general con lo ruin que era la dueña. Por ejemplo, el precio era 250 baht (unos cinco euros, está bastante bien) sin incluir desayuno. Pero todas las mañanas te levantabas y tenías el desayuno preparado. La primera mañana picas, todo está muy bueno. La dueña, según apareces, te dice “mira, te he preparado el desayuno, ya verás que bueno” y piensas “no sabía que estuviese incluido”. Cuando te lo acabas, te lo suelta, 140 bahts. Sigue sin ser dinero, pero el problema no es el dinero, es la actitud. El desencadenante de que nos fuésemos fue una maniobra que nos hizo la mujer. Estábamos en una habitación que no era la mejor pero que era bastante decente. Uno de los días vino un grupo organizado de holandeses y la tipa decidió cambiarnos de habitación para que los holandeses, que llevaban pasta, tuviesen las mejores habitaciones. Nos metió en un cuartucho con una ventanita sin mucha ventilación. Nos dijo que sólo sería por un día, y que al día siguiente nos metería en la habitación número uno, que era la mejor porque tenía las mejores vistas y además tenía dos ventanas gracias a las cuales había una corriente fresca, cosa importante porque hace muchísimo calor. Aceptamos el trato. Pero al día siguiente resultó que venían dos chiquitas que eran amigas de no se quien y nos volvió a hacer el lío y dejarnos en el cuartucho. Por cierto, el grupo de holandeses, lamentable. Les montaron una barbacoa y un espectáculo folklórico, cuando volvimos estaban todos haciendo el idiota con florecitas en el cuello y un guía tailandés diciendo “Y ahora agitad todos la mano y decid adiós y gracias a las bailarinas”. Todos como borregos. Era vergonzoso.

Así que decidimos cambiarnos a otra casa, justo al lado, llamada “Chiang Khan River view”. 350 bahts (unos siete euros) con desayuno incluido y las habitaciones mucho más grandes y cómodas. Creo que la primera casa está bien para los viajeros que van de paso (la mayoría) pero para los que quieren parar un poco, es mejor la segunda. No sólo es mejor. Es que la actitud de los dueños es mucho más agradable. Ayer Jongruk, que es el dueño, decidió llevarnos en su coche a visitar varios templos y un sitio llamado Kran Koo Ku en el que hay muy buenas vistas del Mekong y un mercadillo de artesanía. Por cierto, haced llegar el mensaje a quien pueda interesar: no encuentro minerales. En uno de los templos hay una huella del mismísimo Buda, o eso dicen. Yo no la vi por ninguna parte. Era un sitio muy sencillo en lo alto de la montaña. Siempre he admirado de los budistas los sitios donde clavan sus templos, son auténticos remansos de paz. Jongruk nos enseñó técnicas de meditación, muy por encima. Era bastante reconfortante. A estas alturas no me voy a hacer budista, no temáis, pero en un sentido de relajación e incluso de reflexión, fue una experiencia interesante. Habrá que aprender para seguir haciéndolo. Cuantas cosas nuevas aprendemos por estos mundos, será dificil llevar a cabo todas.

Estamos muy a gusto en esta casa. Tienen muchos detalles. Un día estábamos hablando de frutas tropicales y Aurora dijo que le gustaba mucho el mango. Al día siguiente, dos kilos de mangos nos estaban esperando. Esto marca la diferencia. Al dueño le gusta mucho cantar y tiene montado un mini karaoke en el salón, nos intenta convencer de que cantemos en tailandés, pero no tiene mucho éxito.

En el pueblo en sí, no hay demasiado que hacer. Por eso los turistas apenas están uno o dos días. Uno de los días ven los templos y otro de los días se dan un paseo por el Mekong en un barco. Luego se van. Todos están flipados con nosotros por el tiempo que llevamos. Además como nos metemos por las callejuelas y salimos de la calle de los hostales, nos tienen algo más de simpatía y nos empiezan a conocer. Como todos se parecen mucho (a nuestros ojos) nos es difícil identificarles, pero tendremos que acostumbrarnos. Además nos dicen los nombres pero nos cuesta mucho recordarlos, son un poco raros y, lo que es más curioso, tienen muchas tonalidades. Es una lengua muy musical la de esta gente y casi nunca conseguimos pronunciar lo que nos dicen.

En general no nos hemos relacionado mucho con otros viajeros. Sólo con una familia flamenca, que era bastante maja, y con una chica francesa. El resto, la mitad parecen idiotas y la otra mitad parecen majos pero van con tanta prisa que no da tiempo a hablar. Vacaciones y prisa, que contradictorio.

Uno de los días decidimos explorar todas las casas de huéspedes. Encontramos una que es la que tiene Internet. El dueño se llama Pui. Todas las casas tienen una parte de abajo, que sirve más para comer o tomar algo, y la de arriba con las habitaciones. La de Pui tiene la mejor parte de abajo. Nos cuentan que se montaron la casa hace sólo dos meses y que les parecía vergonzoso como todas las demás casas inflan los precios para los turistas. Ellos tienen precios “tai” y por eso en la parte baja se ven tailandeses usando Internet o tomando helados. En la parte de arriba tienen que mejorar todavía un poco. Al estar en un “soi” , el soi once, no tienen lo que tienen otras casas, las impresionantes vistas del río Mekong. Así que tendrán que redoblar esfuerzos. El precio que tiene es 130 bahts, dos euros y pico, así que para pasar una noche o dos yo creo que está bien.

Con Pui y su novia Uhan pasamos mucho rato. Uno de los días cocinamos junto a ellos. Aquí tienen unos tallarines muy anchos, los cuecen y los rellenan de un sofrito de carne de cerdo, verduras, setas y unas hierbas inidentificables para nosotros. Eso es lo que cocinamos y tenemos en mente cocinar más cosas más adelante.

El mundo de las comidas en Tailandia es asombroso. Para comer a precio tai, basta con meterse por una perpendicular cualquiera y salir a la calle principal. Allí hay muchísimos restaurantes. Casi todos tienen la misma estructura, muy curiosa, tienen la cocina en la calle, por eso es lo primero que ves. En la cocina pides lo que quieres y te sientas a esperar. Eso es lo que hacen los tailandeses. Nosotros como no sabemos lo que hay, les tenemos que preguntar. Pueden comer dos personas por precios entre 50 bahts (90 céntimos de euro) y 80. Lo típico aquí es una ensalada llamada “som tam”, los ingredientes son papaya, brotes de soja, verduras y picante. Otra cosa buena que tienen es “latmaa”, que son los tallarines anchos salteados con verduras. Además de eso, encuentras pad thai (tallarines con azucar), por todas partes (es mi plato favorito) y muchísimos salteados con arroz. Pollo con arroz, cerdo con arroz, verduras con arroz… El arroz se llama “Khao” y es la base de la alimentación aquí. Casi todos los días hemos tomado arroz en la comida y en la cena, sólo no hemos tomado arroz cuando hemos tomado tallarines. En la calle de los hostales hay varias casas de huéspedes que tienen restaurantes que aun siendo más caros están bastante bien. Uno de ellos, el que más nos gusta, tiene muchísima variedad de platos de toda Tailandia. Aquí en la calle lógicamente lo que encuentras principalmente son platos típicos de la provincia de Loei, que es donde estamos. En la casa a la que más vamos a comer el restaurante lo tienen en la terraza. Tienen una carta con muchísima variedad. Aurora se pone fina de curry verde. Yo pruebo más cosas distintas. Pero lo que dice Aurora es “es que abro la carta, leo curry verde y me bloqueo”. Tienen un postre que es plátano con leche de coco dulce que es para caerse de espaldas. Simplemente cuecen leche de coco con azucar, de forma que queda mucho más dulce, y en el proceso de cocción añaden unos platanitos pequeños que tienen aquí que quedan blanditos blanditos. Es lo más dulce que he tomado en mucho tiempo.

Además de todo eso, están las cositas que puedes comprar por la calle a precios de cinco o diez baht, que no es ni dinero. Hacen una pasta de arroz dulce envuelta en hojas que es para quitarse el sombrero. También “solapan”, que es pan relleno de carne. Venden también cosas refrescantes. Tienen preparados té con leche y café con leche, cuando lo pides en vez de ponértelo en un vasito lo ponen en una bolsita de plástico llena de hielos. Pero lo mejor de todo son los “helados”. Va un tipo con un carrito. Al pedirle (nosotros pedimos sin saber, sea lo que sea nos gusta), rellena un vasito de hielo picado y le echa sirope de lo que elijas. Y eso es el helado, hielo triturado con sirope de frutas. Muy refrescante. A estas alturas ya os habréis dado cuenta de que lo del agua embotellada nos lo llevamos saltando desde hace días, parece que sin problemas.

En fin, aquí lo dejo. Esta entrada va dedicada a mi hermano, que cumplió 21 pero que ha tenido experiencias que ni los de 42. Todos los tailandeses me recuerdan mucho a el, especialmente los xiquets.

Sólo hay un sentimiento mayor que el amor a la libertad, es el odio a quien te la quita. O como fuese.

Analisis de coyuntura. Mes de Julio

Quinto mes de viaje en el que hemos conocido Corea y Tailandia.

Cuando estábamos en Madrid y la gente nos preguntaba por nuestro viaje y lo que duraría, yo decía, sin base científica alguna, “estoy seguro de que al cuarto mes pinchamos”.

Al pasar el cuarto mes, pinchamos. Nuestro paso por Corea fue bastante lento y no aprovechamos demasiado. Por eso hemos llegado a Tailandia para cargar baterías y nos está viniendo bien.

Se nos hace raro, tras cinco meses, el llevar tanto sin ver a familiares y amigos. Ultimamente sueño mucho con gente conocida. Y, un dato curioso, últimamente sueño mucho en valenciano. Algo significará.

Al principio del mes de Julio creo que pasamos por nuestro peor momento físico desde que comenzó el viaje. Nada del otro mundo, pero teníamos muchas molestias. Aurora tenía la espalda bastante machacada y yo no hacía más que destrozarme el pie, parecía que lo hacía a propósito. Ahora todo eso queda atrás y parece que vamos recobrándonos. Veremos.

Económicamente vamos según lo previsto. Sin tirar cohetes pero gastando bien. Hicimos un gasto más fuerte como fue el billete de avión. Por suerte Corea era barato y Tailandia aún más.

No podemos adelantar mucho porque ni nosotros sabemos como serán nuestros próximos movimientos. Pero sí que podemos afirmar que estamos bastante convencidos de que lo que nos queda por delante es menos que lo que hemos dejado atrás.

Carta desde Chiang Khan

Queridas amiguitas:

Nuestro último día en Seúl fue bastante apacible. La verdad es que a la capital del sur de Corea le dimos muy poca cancha porque pasamos todo el tiempo en busca de distintos accesorios que queríamos. En esta ocasión, dvd vírgenes para copiar las fotos de Aurora y un cable para el cargador de la cámara. Hay un centro comercial llamado “E-Mart” (o similar) que es promocionado como el gran centro comercial de la tecnología. Yo me esperaba una especie de Media Markt, a lo grande. En lugar de eso, era como un mercado de comida. Muchos puestecitos, vendiendo lo mismo o parecido muchas de las veces. El asunto es que si hay cinco fruterías no pasa nada porque mucha gente comprará en uno o en otro, o el pepino aquí y la naranja en el otro. Pero en este sitio había cinco o seis puestos todos con las mismas cámaras Nikon. Me pregunto si harán negocio, me imagino que si porque si no no estarían. En los bajos del E-Mart vendían también ropa y Aurora se compró también unas zapatillas deportivas. ¿Os acordáis de las míticas Nike Ewing? Yo me acuerdo de mis primos arriba y abajo con que si se habían comprado “las Jordan” y “las Ewing”. Las que se compró Aurora eran Ewing, sin más. Su talla le apretaba, el siguiente número le venía grande… total, que eligió su talla.

Con Nathan y Rachel tuvimos nuestra última cena hablando de nuestros proyectos de viaje. Fueron unos muy buenos anfitriones, estuvimos muy cómodos en su casa.

El martes cogimos nuestro primer vuelo en cuatro meses y medio. Habíamos intentado evitarlos al máximo, pero esta vez no nos quedaba más opción. En realidad sí, lidiar con la burocracia china para conseguir el dificilísimo visado y quedarnos quietos en Seúl, o volar hacia alguna parte. Escogimos volar a Tailandia.

En el centro de negocios de Seúl tienen lo que llaman “City Terminal”, que es una estación de autobuses especial para ir a cualquiera de los dos aeropuertos. En uno de estos autobuses llegamos al moderno aeropuerto de Incheon. Allí, lo típico en estos casos. Facturación y a esperar. Cambiamos dinero en una de las casas de cambio y se llevaron una comisión que nos dejó temblando. Es lo que más fastidia del cambio de dinero, que el intermediario siempre se lleva un señor pellizco. En Corea no habíamos cambiado todavía dinero y la primera y única vez fue terrible. Las comparaciones son odiosas, pero recuerdo que en Japón las comisiones eran mínimas. Puede ser que haya alguna regulación al respecto, lo cuál me parece bien.

Volamos con “Malaysia AirLines” haciendo un extraño recorrido, de Seúl a Kuala Lumpur y de allí a Bangkok. El primer vuelo fueron más de seis horas, bastante cómodo. Además es una gozada esa compañía, porque te sacan primero unos cacahuetes, luego un zumito, después una cervecita, más adelante la comida (nada del otro mundo, pollo con verduras, tipo hospital) y por si las moscas un tentempie, un sandwich de atún. Como en realidad soy un pequeño burgués, todas esas pijaditas me encantan. Poniéndonos serios, creo que esas cositas tontas hacen que te sientas más cómodo. Lo primero debe ser la eficacia, pero una vez lograda hay que buscar la eficiencia y si acaso la excelencia. Con mantita y almohada para que duermas cómodo, algunas de esas cosas las dan también en las compañías europeas, otras no.

De Kuala Lumpur no conocimos más que su moderno aeropuerto. Cogimos por segunda vez un metro interno. Tanto en Incheon como en el aeropuerto de Kuala Lumpur hay un metro interno que comunica unas terminales con otras. En fin, cosas que facilitan un poco el rollo que supone estar cambiando de vuelo. Nuestro segundo avión era de la misma compañía, más pequeño y sólo un par de horas de viaje.

En estas, llegamos a Bangkok. Cogimos un taxi desde el aeropuerto y como es habitual, pagamos la novatada. Sabíamos que el taxi nos tenía que costar entre 300 y 400 baht. Como yo soy idiota, me pensaba que eso no era nada. Al coger nuestro taxi, había mucho atasco y el recorrido era muy largo. Le di al tipo un billete de 1000, en principio se lo quería quedar tal cual, cuando le llamé la atención me dio 200 de vuelta. Total, 800 baht costó la cosa. En mi mundo feliz, pensaba que eso sería cinco euros, seis euros. En realidad fueron 16 euros. Entre comisiones y taxis se nos fue una pasta el primer día.

Nuestra nueva anfitriona en Bangkok se llamaba Marie. Profesora de … matemáticas. Seguimos con el profesorado, cambiamos la asignatura. Francesa de 21 años, bastante cabeza loca, llevaba pululando desde hacía un par de años. Vivía en un sitio que parecía un hotel, aunque no lo era. Para que os hagáis una idea, es como si un antiguo hotel lo reconvierten en habitaciones para alquilar para que la gente viva allí. Así que era un edificio donde vivía la gente todo el año, pero las habitaciones eran como habitaciones de hotel.

Marie nos llevó a cenar el primer día y tuvimos así nuestro célebre encuentro con la gastronomía tailandesa. Una simple ensalada es toda una explosión de sabores.

Nuestros días en Bangkok los pasamos esencialmente en el barrio de Patrunam, caminando entre los puestos. Todo está lleno de puestos de comida, una cantidad de frutas de las cuales la mitad son desconocidas para nosotros, muchísimos puestos de gafas de sol de dudosa procedencia legal… centrándonos en esto de la “dudosa procedencia legal”, había un gran centro comercial de electrónica en el que venden dvd a 100 baht, ordenadores tiradísimos de precio, videoconsolas, de todo. Los vendedores de DVD te paran y te enseñan una película, por ejemplo, “La vida es bella” y cuando tu novia no mira le dan la vuelta y por el otro lado de la carátula te enseñan una peli porno y te hacen un guiño. Cuando tu novia se gira, lo giran de nuevo.

Desde Bangkok nuestro objetivo era dirigirnos hacia algún pueblo alejado en lo posible del rollo turístico y emprender nuestro descanso. Para comprar el billete de autobús, tuvimos que ir a la estación de Mo Chit, que está a tomar viento lo mires por donde lo mires. Allí entras y los tailandeses te intentan convencer de que en realidad quieres un billete a otra parte, pero es cuestión de no hacerles mucho caso. No son para nada abrasivos, te sueltan su perla, si les sigues el rollo bien y si no, van a lo suyo. Para ir a Mo Chit había que coger el tren BTS. Es un tren que transcurre por unas vías altas, sobre la ciudad. Bangkok es un lío de autopistas que cruzan la ciudad con distintos niveles y , en el nivel más alto, el tren BTS. De allí tuvimos que caminar un par de kilómetros hasta comprar nuestro billete de bus.

Esa fue nuestra primera etapa en Bangkok, no dio mucho de sí, no visitamos el centro histórico, pero saboreamos las comidas callejeras y nos hicimos un poco a la atmósfera de la ciudad. Es una ciudad que parece que la planificación urbana la ha hecho el enemigo, está llena de coches y los tuk tuk, que te ofrecen todo el rato llevarte. Sin embargo tiene algo que la hace atractiva, no se decir el qué. Volveremos a pasar por Bangkok más adelante.

La ciudad que escogimos para nuestros días de retiro fue Chiang Khan, al norte del país, junto a la frontera con Laos. Nos ofrecían billetes de autobús VIP, primera clase o segunda clase. El viaje iba a ser de más de nueve horas y tras la experiencia en autobuses de segunda clase marroquíes, nos inclinamos por la primera clase. En Marruecos, la segunda clase esencialmente eran autobuses que se caían a pedazos, mientras que la primera clase eran autobuses como los que tenemos en Europa. En Tailandia la primera clase ya marca la diferencia, el espacio entre asientos es mayor, hay hasta azafata que te da un bollito y una botella de agua según te sientas. Aun así, viajar en autobús siempre es incómodo. A la vuelta cogeremos el VIP, no creo que tenga oportunidad posterior de viajar en un autobús VIP y aquí seguro que es barato.

A las 5 de la mañana llegamos a Chiang Khan y cogimos nuestro primer tuk-tuk. Básicamente, un tuk-tuk es una moto con un remolque cubierto, que es donde van los viajeros. El tuk-tuk nos dejó en la que va a ser nuestra casa durante los próximos días, la Chiang Khan guest house. Es una pequeña casa con una docena de habitaciones en la planta superior. En la planta baja hay un gran espacio donde puedes sentarte y comer o cenar cuando hay comida o cena (no tienen restaurante propiamente dicho, pero a veces cocinan). En la planta superior, además de las habitaciones, hay una hamaca y una terraza muy tranquila con vistas al imponente río Mekong. Estamos a la orilla del río. Las habitaciones son pequeñas, muy sencillas, básicamente la cama con una mosquitera enorme cubriéndola y una mesita. Los baños son compartidos, aunque no es gran problema porque no hay mucha gente. Un par de metros más en la habitación la harían perfecta. Pero está bien y cubre nuestras pretensiones por el momento.

Aquí no hacemos nada del otro mundo. Pasear por el pueblo y leer. Y eso es lo que haremos durante los próximos días, hasta que nos aburramos de estar quietos y sigamos adelante.

Hay un gallo que canta a todas horas. Esta algo trastornado. Pensamos que el trastorno se debe al enamoramiento. Por ser un gallo enamorado hemos decidido llamarle Edu. Asi somos nosotros.

Desde aqui le doy la bienvenida a Guillermo, nuevo miembro del matriarcado. Y enhorabuena a Carlos Sastre

Desde Tailandia

En la última entrada de esta página, anuncié que Corea era un punto de inflexión. En estos momentos escribo desde Tailandia y os explico el por qué. El salto geográfico es evidente.

Nuestra intención primera era ir desde Corea a China y recorrer dicho país. Pero ahora con el lío de los Juegos Olímpicos según nos cuentan desde muchísimas fuentes consultadas, obtener el visado es misión casi imposible. No imposible al cien por cien, pero altamente complicado. Haber intentado el visado chino nos habría supuesto pasarnos una temporada en Seúl haciendo trámites burocráticos y teniendo la posibilidad cierta de que no valiese para nada la espera. Así que decidimos saltarnos China. Sin volar, sólo teníamos la opción de volver atrás, a Japón o a Rusia. Tocaba volar y decidimos volar a Tailandia.

El primer motivo de estar aquí es por lo tanto Pekín 2008.

Además de esto, cuatro meses y medio nos hemos recorrido una distancia considerable. Gracias en alto grado, por supuesto, al eficaz servicio ferroviario ruso. Los grandes viajeros aguantan bien tanto tute, pero nosotros somos muy caseros y tranquilos. Cambiar de sitio cada tres días empezaba a ser agotador, en el plano físico pero también en el mental. Estamos viajando utilizando, como sabéis, redes de hospitalidad como couchsurfing. Esto es muy positivo en muchos aspectos, pero tiene su parte negativa. Esta parte negativa es llegar a una casa nueva, tener que sonreir, tener que explicar otra vez todo, tener que demostrar nuestros buenos modales y toda la pesca. Y nos apetecía desconectar un poco también de eso, ir un poco a nuestro aire, no tener la presión de que hay que ser respetuoso porque no estás en tu casa o no poder hacer esto o aquello porque no es tu casa.

Por el primer motivo, del cansancio físico y mental, teníamos que parar para coger fuerzas.. Por el segundo motivo, el de los buenos modales y el couchsurfing, teníamos que empezar a pagar alojamiento propio. Pero la parada tenía que ser en algún sitio que pudiésemos afrontar económicamente sin gran dolor para nuestros bolsillos. Por eso escogimos Tailandia. Es un país notablemente barato, relativamente fácil para el extranjero por la avalancha turística, quizá demasiado.

Además de todo esto, se hacía importante iniciar un periodo de reflexión global, pensar hacia donde vamos en su más amplio sentido. Principalmente en el sentido del viaje, claro. Tenemos que pensar si vamos a continuar hacia donde estaba previsto inicialmente o si nos desviaremos hacia cualquier otro lugar.

Gracias a la avalancha turística nos podemos mover con cierta facilidad, pero debido a la avalancha turística nos vamos a buscar un sitio pequeño en el que quedarnos. No queremos que nuestro periodo de descanso y reflexión se produzca en una zona llena de resorts con guiris bebiendo cervezas a todas horas y haciendo fiestas gilipolloides. Porque no se nos ocurre nada más contrario a la idea de relajación que eso. Este tipo de eventos se produce generalmente en las zonas de playas. Como es sabido, tengo raíces mediterráneas y pienso que el turismo de ocio a gran escala sólo trae elementos negativos al medio local. Sí, mucho dinero que repercute en grandes construcciones que provocan un enorme deterioro al territorio, anulación cultural local y prostitución moral máxima. Estoy a favor de investigar modelos de turismo sostenible en lugar de destruir todas las costas del planeta. Nadie se ha preocupado hasta ahora por eso, sí alguien lo hace tendrá mis simpatías para siempre. Y mientras eso ocurra, no voy a gastar dinero en esas zonas (no soluciono gran cosa, pero al menos no aporto dinero tampoco), ni las voy a promocionar. Así que no os imaginéis nuestra estancia en Tailandia en las típicas playas de las fotos.

El motivo de parar un tiempo en un mismo sitio no corresponde sólo a la idea de descansar o relajarse. Creemos que estar quietos puede ser otra forma de viajar. Ya hemos dicho que no viajamos para ver monumentos, sino para conocer la cultura local. Estando parados en un mismo sitio durante varias semanas puede ayudarnos también a eso.

Pues eso, que estamos en Tailandia, sin más. Enterados estáis.

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Votación popular:

De los comentarios realizados en la votación popular que os propuse, he tenido que sacar mis propias conclusiones acerca de vuestras preferencias. Al final he decidido que las ciudades ganadoras son

Burdeos

Lviv

Isla de Sakhalin

Hakodate

Una quinta por determinar

Sólo una persona votó concretamente, Igor (gracias), lo hizo por Irkutsk, pero yo ya me había decidido por Sakhalin porque lo veo más desconocido. Sin embargo, hizo preguntas acerca de como se divierten los jóvenes rusos y tal. Bien, si viven en Moscú, en general van a pubs abiertos 24 horas que son de lo más hortera. El mundo de los clubs en Moscú es bastante amplio, habría que pasar allí un tiempo largo para conocer todos, pero tiene su gracia. Si son de otra ciudad, en general compran “pivo” (cerveza) en los kioskos de la calle y lo beben en un banco con los amigos. Básicamente lo que yo experimenté fue esto, lamentablemente no lo conozco a fondo.

Un saludo

Por cierto, me he tenido que ir de viaje para que Carlos Sastre gane en Alpe DHuez. Es un gran ciclista, cruzo los dedos para que no haya dopaje de por medio y para que se lleve el Tour, es un crack que se merece una grande. Doy ordenes a todos para que me informeis del resultado de las proximas etapas