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Cortos: Futbito

Si decidí apuntarme a futbito fue para imitar a mis ídolos: Quique Ramos y (antes de que nos traicionase) Hugo Sánchez. A mi no se me daba muy bien cuando jugaba al fútbol en el patio, pero si yo tenía algo muy claro es que era del Atleti, aunque el resto de chavales fuesen todos unos merengones. Yo imitaría a Votava, a Julio Prieto, a todos los míos. Me cansaba escuchar ya el carrusel deportivo los domingos sin ser protagonista y tenía que empezar por algún sitio. Por eso me apunté a futbito.

En realidad yo era un chaval muy sobreprotegido. Era de estos que hasta en verano iba con jersey porque mi madre decía que me iba a acatarrar. Debo reconocer avergonzado que mi madre me llevaba al colegio y me hacía cogerla de la mano y eso me hacía el centro de las burlas de los demás chicos. Pensé que siendo futbolista ganaría un poco de respeto. Por eso en mi colegio de Chamberí quise ser parte del equipo de fútbol sala, le pedí a mi padre que rellenase todos los papeles. A mi madre no le hizo mucha gracia, porque decía que me llenaría de moratones, pero me puse más pesado que nunca para conseguir mi objetivo.

Con todos estos antecedentes, los martes y los jueves empecé a entrenar. Era bastante torpe, pero tampoco el más torpe del equipo. Aun así, chupaba mucho banquillo. Jugábamos los sábados por la mañana contra otros colegios de la zona en partidos bastante aburridos. Yo siempre tenía cinco minutos porque eran muy estrictos con eso de que todos los chavales tuviesen su oportunidad. A mi madre ni se le pasaba por la cabeza ir a verme, decía que sufría. Por eso el que me llevaba a los partidos era mi padre. También era el encargado de recogerme de los entrenamientos, porque no me dejaban ir solo a casa por si me pasaba algo.

Así fue pasando aquel año, entre clases y entrenamientos, siempre con la misma rutina. Hasta que un martes pasó el acontecimiento que marcó mi vida. Recuerdo que estuvimos entrenando y que jugamos un partidillo contra los mayores, un partidillo muy especial porque marqué gol, cosa que era muy rara porque apenas jugaba. El entrenador le había dado mucha importancia a ese partidillo de entrenamiento, incluso nos hizo llevar el uniforme oficial, un uniforme verde, en vez del chándal habitual. En el gol que marqué me pasó el balón Edu y yo marqué a puerta vacía. Vale que era fácil, pero hay gente que esas las falla. Salí bastante contento y los compañeros, que muchas veces me hacían el vacío, me felicitaron. Estaba ansioso de contarle todo a mi padre, así que fui a la salida del patio al sitio donde siempre quedábamos. Yo me sentía orgulloso, sentía que podía decirle a mi padre que finalmente mi afán por ser futbolista empezaba a encarrilarse.

Me quedé esperando en la salida. Los chavales se iban y se despedían de mí. Mientras tanto, mi padre no aparecía. ¿Qué le habría pasado? Pensé que sería un retraso sin importancia. Aunque no era habitual en mi padre, un tipo de una puntualidad excepcional, siempre podía pasarle a cualquiera. En el fondo, que mi padre se retrasase le humanizaba. No sé cuánto tiempo pasó porque no tenía reloj ni me había interesado mucho la hora a lo largo de mi vida, el caso es que al cabo de una espera bastante larga el conserje del colegio me dijo que ya iban a cerrar. “¿Qué haces aquí todavía?” me preguntó “¿Estás esperando a alguien?”. Me asustó tanto con su tono agresivo que eché a correr a toda velocidad por la calle, hasta que llegué jadeando a la primera esquina. Me sentía muy inquieto y decepcionado con mi padre. ¿Por qué no había venido a buscarme? Quizá algo había pasado en casa, pero entonces ¿por qué no mandaron a nadie en mi busca? Debo reconocer, avergonzado, que pese a tener ya once años no sabía volver solo a casa desde el colegio. Hay un par de motivos que quizá no justifican esto pero sí que pueden facilitar la comprensión de este hecho tan poco común en un chaval de mi edad. El primer motivo es que mis padres vivían temerosos de la delincuencia juvenil, el macarreo, los punkis , los quinquis y todos los peligros de una ciudad como Madrid. Por eso siempre me llevaron y me trajeron del colegio. El segundo motivo es que aunque bien podía yo haberme fijado en el camino, iba siempre tan en babia que apenas me fijaba en nada durante el camino entre la escuela y mi casa. Me constaba que mi casa era cercana al colegio y que no tardaba más que un ratito en llegar, muchos edificios me sonaban como referencias visuales pero era incapaz de ponerlos en orden geográfico o de orientarme, por esto debo reconocer que mi manía de ir pensando en mis extravagancias mientras mis padres me traían del colegio jugó en mi contra en aquel momento trascendental en mi vida.

Acabé en una plaza que me era bien conocida. Sabía que la había cruzado más de una vez con mi madre. Me hacía a la idea de que estaba en mi barrio y poco más. Frustrado, me senté en un banco, vestido con mi traje de futbito, pensando en por qué demonios mi padre se había olvidado de mí. Quizá cometí un error al irme corriendo del colegio, quizá mi padre llegó con retraso, agobiado porque sabría que le estaba esperando, y se encontró con la desagradable sorpresa de mi ausencia. O quizá se habían cansado de mis deseos deportivos y decidieron dejarme allí tirado como un calcetín sucio. Aunque a veces mi cabeza se inclinaba hacia este pensamiento tan desagradable, al final se imponía la razón y me culpaba de haber salido corriendo como el niño asustadizo que era. Aquella lamentable carrera fue la causante de mis males, de estar perdido y desorientado. Temía la regañina de mi padre, me lo imaginaba serio, sentado en su sillón, mirándome con los ojos llenos de decepción y echándome una charla sobre la responsabilidad. Entre tanto pensamiento me quedé profundamente dormido.

“¡Niño! ¿¡Qué haces en mi casa?!”. Recibí unos golpes en el hombro y comencé a desperezarme mientras veía frente a mí la horrible cara de una especie de mendigo. Sin esperar respuesta por mi parte, el hombre cogió mi mochila y empezó a hurgar. “Es mi mochila, ¡señor! ¡no toque ahí! ¡sólo tengo libros!”. El mendigo vació todo el contenido de esta y cuando vio que había dicho la verdad y que no había más que libros escolares, dejó todo desparramado y con aire de desprecio dijo “Ya te puedes ir de mi banco o te acribillo”. Me levanté enfadado, patee mis libros, los dejé ahí tirados y comencé a caminar sin rumbo. Ya se veían los primeros rayos de sol.

Al cabo de unos quince minutos llegué a un conglomerado de calles más estrechas, desordenadas y sucias. Siguiendo una de estas acabé en una plaza con una estatua blanca de dos hombres que alzaban los brazos, sobre los cuales alguien había colocado una botella de cristal. Me volví a dormir en un banco y desperté al cabo de un rato. Me dolía todo el cuerpo. Intenté poner en orden mis pensamientos. “¿Cómo llegar a casa?” me preguntaba. La situación empezaba a ser un fastidio tremendo. Era miércoles y había faltado a clase, seguramente todos estaban ya buscándome y en cualquier momento vendría alguien a llevarme a casa de nuevo. Mis padres me regañarían, yo me enfadaría y en seguida olvidaríamos todo. Pensaba en todas estas cosas con la mirada perdida y casi sin darme cuenta me vi rodeado de dos tipos con una pinta terrible. “Futbolista” me dijo uno “¿qué haces?”. Les miré detenidamente boquiabierto y les entró la risa. “Vosotros sois punkis, ¿verdad?”. Se volvieron a mirar y estallaron en una sonora carcajada, uno comenzó a cantar una canción que decía “yo me paso todo el día en un coche policía” y el otro me dijo “Chavalito, somos el residuo podrido de esta sociedad asquerosa”. Después lanzó un flemón al suelo. “Vosotros” dije yo “sois punkis y mi madre me ha dicho que no vaya con vosotros porque el hijo de una del barrio fue con vosotros y le acabaron poniendo una cresta y una jeringuilla”. Los punkis empezaron a hacer muecas de burla mientras mentaban a mi madre. Tras un rato aguantando sus tonterías, me levanté sin decir nada y comencé a caminar enérgicamente. De nuevo unos seres del inframundo me echaban de la calle. Mientras caminaba, uno de ellos vino corriendo hacia mí y me cortó el paso. Tras intentar franquearle sin éxito, me di media vuelta para andar hacia otro lado. Sin embargo, el punki me frenó y me dijo “Chaval, ¿qué te pasa? Mi socio y yo podemos ayudarte”. Desconfíe, pero nadie me había ofrecido ayuda y yo empezaba a cansarme. Les expliqué toda la situación, les dije que seguramente mi padre me estaría buscando y que todo sería mi culpa por haberme ido corriendo. “Donde vives chico”, me dijo el punki que habitualmente hablaba menos, “podemos llevarte allí si nos dices la dirección”. Avergonzado, les confesé que desconocía mis señas. “Joder con el crío… ¿cuántos años tienes?”. “Once”, dije yo. “¿Y no sabes tu dirección?”. Apreté los labios, negué con la cabeza y comencé a llorar silenciosamente. “Vamos, vamos… ¡los futbolistas no lloran!” me dijo el que era más charlatán. “¡Pronto saldrás de esto!”. Les miré muy serio y les dije “¿Y si me lleváis a una comisaría y les decimos a los policías que me he perdido? Ellos me ayudarán”. Los punkis se miraron incrédulos. “Ni hablar chaval. ¿Ayudarte? A saber que harán contigo. A la madera ni hablar. No sufras, nosotros cuidaremos de ti”. Comenzamos a caminar un buen rato hasta que llegamos a un sitio que ellos llamaban “Amparo”. Era una casa donde ellos vivían. Me enseñaron un colchón en el que podría descansar y me ofrecieron agua y un bocadillo de chopped.

Esa es mi historia, así fue como me convertí en, probablemente, el primer niño criado por “una manada” de punkis. Nos echaron de Amparo y pasamos a otras casas por la zona. Crecí con ellos, con la esperanza de encontrar a mi padre y a mi madre, pero nada. No volví jamás a la escuela, seguí a mis “tutores” (el Choco y el Papelas) por sus andanzas y así fui madurando. Con catorce años me lié con la primera chica, una antifa alemana que vino a unas jornadas. Viví en sitios variados, algunos conocidos fueron devastados por la droga. No tuve jamás más tarea que la de buscarme la vida y tratar de encontrar a mis padres de nuevo. Recogí cartones, pinté paredes, hice chapuzas, desfasé, fui a conciertos. Ahora empiezo a quedarme calvo y me falta un diente que perdí en una pelea con unos fachas. Durante un tiempo cesé en mi búsqueda, olvidé a mis padres, incluso pasé un día por el barrio, encontré mi casa y pasé de largo. Me gustaba mi nueva vida. Pero ahora me siento vacío. Volví otra vez a la que fue la casa de mi infancia y sólo supe que ya nadie vivía allí, que mis padres se habían mudado. Me gustaría reencontrarme con mis padres, por eso cuento mi vida. Todavía llevo la camiseta de futbito, con la esperanza de que, pese al paso de los años, nos crucemos y puedan reconocerme. Papá, mamá, si leéis esto, os comunico que estoy dispuesto a que nos reconciliemos y olvidemos el pasado. Os espero en “La kloaka”, el garito donde paso las tardes. Sigo llevando la camiseta del equipo, me reconoceréis. Gracias al director por dejarme publicar esto. Gracias.

Cortos: La curva de Jacinto Benavente

Allá íbamos. Metidos en la furgoneta. Lanzando gritos para animarnos unos a otros. No mirábamos hacia fuera, nos concentrábamos en nosotros mismos. Repasábamos mentalmente las directrices a seguir. Silencio. Cada uno pasaba esos momentos como podía. ¿Tensión? Algo. ¿Miedo? Nada.

Se abren las puertas y allí están, con su pancarta. Como corderitos. Gritando consignas que nadie entiende y a nadie importan. No son muchos. Dicen que son miles, pero yo lo dejaría en cientos. No sé. No me importa. Los compañeros se ponen en fila, yo me pongo en mi sitio. Un niñato me mira desafiante. Ya me reiré yo de ti, mentecato, cuando te parta la cara. Hoy vamos puestísimos y parece que habrá fiesta. Llueve. Van pasando los minutos, esto empieza tarde, esperan que venga más gente. Poco a poco se congregan más. Ríen, algunos se saludan efusivos.

Camina el rebaño, camina. Escuchamos sus lemas monótonos. Por Atocha que subimos. Allá van varios punkis con las litronas y el perro que no falte. A la mínima que se muevan, repartiremos. Que ganas de perder el tiempo que tiene la gente. No perder la posición, no perder la fila, caminar a su lado. Escuchando sus insultos. Reiré el último y esta noche lo celebro. Que si torturamos, que si asesinamos… pero os vais a cagar a la mínima porque lo estamos deseando. Siento ira incontrolada. Aprieto fuertemente los dientes, hasta que me duele la mandíbula. Les miro en silencio, impasible. A nuestro lado van los del cordón de seguridad. De que irán estos macarras, con sus gorras, tapándose la cara. De que cojones van. Subimos, subimos, una punki me hace los cuernos. No cambio el gesto, todavía no toca.

Llegamos a Antón Martín. Todos a formar frente al McDonalds, no sea que estos lo rompan. De tanto en tanto pasan, ¿qué tendrán en contra de una empresa modélica? Nosotros lo defenderemos con nuestro cuerpo, porque somos la garantía de la seguridad en democracia. Lo defenderemos a costa de lo que sea. Estos se paran en el edificio de los abogados y aplauden. Poco se de historia, no me interesa, pero si esos abogados no se hubiesen metido en política… nosotros no nos metemos en política. Ya tenemos el país que necesitamos. Que ganas tiene la gente de cambiarlo. Que ganas de chillar a los empresarios, a la autoridad. Esta gentuza que camina por Atocha.

La lluvia arrecia, pero estos siguen. Y si siguen, seguimos. Caminando, despacito. Cada dos por tres se detienen, sin saberse por qué. Y luego reanudan. Y paran. Y reanudan. Y paran. Vamos a darle un poco de emoción, ordenan. Así que empezamos a hacer ruido contra los escudos. Se escucha un murmullo que crece y hay algunos gritos e insultos, ¡qué miedo! Guarros asquerosos, que miedo. Estamos casi en Jacinto Benavente, la calle se estrecha. Apretamos un poco a la gente, se ponen más nerviosos, insultan, gritan. La tensión crece. Un disparo disuasorio. Algunos se van corriendo. Que efecto más satisfactorio para nosotros, cuando unos empiezan a correr y los que van detrás, que no saben ni lo que ha sucedido, corren también. Es el miedo. El respeto y el miedo, que van de la mano. Es el sálvese quien pueda. Esas oleadas de corredores de fondo aficionados que contagian al de atrás. Los de delante, los militantes más curtidos, calman a la gente, lanzándoles proclamas. No es demasiado difícil distinguir al militante del simpatizante. El militante en general entra menos a trapo, controla más los tiempos, tiene más sangre fría. Les reconozco con la mirada. Pero se que han perdido. Porque son los simpatizantes los que van a empezar a correr, son los que van a perder los nervios, son los que nos van a dar pie para que les mandemos calientes a casa. Porque nosotros, a diferencia de los que organizan esto, sabemos qué efecto causar en la gente y cómo hacerlo.

Avanzamos. Con un estado de histeria creciente. Algunos ya se han dado la vuelta, otros siguen. Todos seguimos, bajo la lluvia. ¿Qué veo al fondo? La calle de la Concepción Jerónima. Estos van a Tirso de Molina en procesión. Pero saben ellos y sabemos nosotros que esa curva tiene un efecto mágico. Que al girar aumentan las posibilidades de fiesta. Lo estamos deseando. Llegamos. Los compañeros nos miramos y decimos todo sin decir nada. Los más expertos entre “ellos” ponen gesto preocupado. Y sucede. Ruido de cristales. Alguien ha lanzado una litrona contra la pared. Suficiente. Hasta aquí habéis llegado. Y recibimos la orden. Carga.

Pronto vendrán más compañeros.  Mientras tanto, nosotros sacamos las porras y empezamos. Es el momento del día. Es cuando cobramos sentido. Nos contenemos cuando nos mandan, golpeamos cuando nos mandan. No hacemos preguntas, ese no es nuestro trabajo. No cuestionamos, porque sabemos que somos la garantía de orden, paz y estabilidad del Estado. Se sientan unas chicas, con las manos alzadas. Pobres ilusas. A hostias las levantamos. Estas no vuelven a pasearse en manada. Dispersamos a golpes. ¡Qué placer indescriptible ese caos de carreras por todas partes! Corred, bastardos, hasta quedaros sin aire. Es el punto en el que la mayoría corren como nunca han corrido en su puta vida. Pasan los minutos, sólo quedamos nosotros y los más macarras. Más de uno duerme hoy en comisaría y aunque un juez progre les saque al día siguiente, la experiencia que van a pasar no se les olvida jamás.

¿Qué pasa? Ya están haciendo barricadas con los cubos de basura. Empieza la lluvia de litronas. Nos cubrimos bien. Avanzar un poco, disparar, avanzar un poco. Mierda. Nos empiezan a rodear. Es justo reconocerlo, muy lentamente aprenden. Muy despacio, necesitan décadas para mejorar. Pero aprenden. Nos tienen rodeados, lanzando de todo. Nos cubrimos con los escudos. Es cosa de aguantar. Aguantar. Algún disparo y aguantar. Botes de humo y aguantar. Escucho a lo lejos las sirenas. Estamos preparados, vendrán los compañeros y acabaremos con esto. Se ponen agresivos. Nos protegemos como podemos. La tensión crece, pero estamos preparados. Por detrás empieza a caernos de todo, respondemos disparando. Intentamos avanzar, girándonos, pero es imposible. Una litrona me pasa cerca. Y otra. Me duele el cuello. Con la tensión ni me entero si me dan. Se me nublan los ojos. Me mareo. Quedaros ahí guarros, que esta noche me río yo. Veo borroso. Escucho las sirenas a lo lejos…

Cortos: Mis nueve céntimos

-       Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? – preguntó el dependiente con una gran sonrisa

-       Sí, mire… – Marcos caviló – es que…

-       Sí dígame

-       Mire, que yo he estado haciendo unas llamadas.

-       Sí.

-       Y mandando unos mensajes.

-       Sí.

-       Y que me quedan nueve céntimos en el teléfono. A ver si me los podían dar

-       (…silencio…)

-       Es que con eso, no voy a ninguna parte

-       Ya veo… ¿entonces le hacemos una recarga?

-       No, no, es que ya no estoy interesado en usar el teléfono.

-       Entiendo.

-       Y lo que quería era que me dieran mis nueve céntimos. Porque con eso no puedo llamar a nadie ni mandar mensajes. Y llamé a información y me dijeron que fuese a la sucursal más cercana, que es la de Bravo Murillo, y por eso he venido aquí a Bravo Murillo

-       Ya… mire, me temo que eso no se puede hacer, pero podemos recargar cinco euros.

-       Es que yo  no quiero recargar cinco euros.

-       No se preocupe señor, si ahora no tiene dinero no tiene por qué hacer la recarga de inmediato, puede esperar y venir otro día.

-       Mire es que yo no quiero venir otro día, es que no puedo hacer nada con los nueve céntimos y por eso quería que me los devolviesen.

-       No… no… no va a ser posible, caballero.

-       ¿Cómo no va a ser posible? Mire, yo no tenía teléfono móvil. Y mi hija me dijo, “papá, cómprate un teléfono móvil, que estás ya mayor y hay que tenerte localizado”.

-       Ya.

-       Y entonces yo no me lo compré. Pero para Reyes, me lo regalaron.

-       Ya.

-       Y entonces lo cogí y le hice una recarga.

-       Ya.

-       Y fui llamando. Mandé unos mensajes, pero los que me mandan no los se leer

-       Ya.

-       Y se me acabó el saldo. Y como se me acabó, yo ya me he cansado del teléfono móvil. Por eso no lo quiero usar más ni lo quiero recargar. Cómo no lo quiero recargar, porque no quiero usar más teléfono móvil, el dinero que yo metí, quería que me lo devolviesen, si son ustedes tan amables.

-       Señor, lo siento mucho, pero me temo que no va a ser posible.

-       Entonces ¿quién se queda esos nueve céntimos? ¿La compañía?

-       No lo sé, señor… de todas maneras, son sólo nueve céntimos…

-       Oiga joven, ¡me está usted faltando al respeto! ¡¿Me está llamando agarrado?!

-       Nada más lejos de mi intención…

-       ¡No quiero hablar con usted! ¡Qué venga el encargado!

-       No se ponga así caballero, el problema es que lo que usted me está pidiendo es sencillamente imposible.

-       ¡Pero como va a ser imposible! ¡Usted no me entiende, que venga el encargado!

-       Pero…

-       Ni pero ni leches. ¡Qué venga!

-       Señor intervino una señora de la cola – le vengo escuchando y creo que no tiene usted razón y además nos está haciendo perder el tiempo –dijo, al tiempo que el dependiente se iba a buscar a una mujer alta-

-       Oiga usted no se meta –dijo Marcos- que yo con usted no tengo nada que ver ni me meto en sus asuntos.

-       Por gente como usted van las cosas tan mal en este país –replicó la señora-

-       ¡Déjeme! ¡Déjeme en paz! ¡Métase en sus asuntos!

-       Señor, ¿tiene algún problema? – Dijo la mujer alta, que venía con el dependiente

-       ¿Y usted quién es? – preguntó Marcos

-       Señor… es… es la encargada, con quien usted quería hablar ¿sé acuerda? – Dijo el dependiente

-       ¡Claro que me acuerdo! ¡Qué no estoy gagá! Mire señorita, a ver si usted me puede ayudar, porque tienen un dependiente que da muy mal servicio. Mire, yo tengo en este teléfono móvil nueve céntimos de saldo. No puedo llamar, ni mandar mensajes, no puedo hacer nada y quiero que me devuelvan mis nueve céntimos restantes porque no los he usado y no los voy a usar porque no puedo.

-       Señor – dijo la encargada – eso que me está usted pidiendo es totalmente imposible de efectuar. No entra dentro de nuestras posibilidades. ¿Por qué no hace usted una recarga? Así podrá seguir utilizando su teléfono

-       Oiga señorita, mire, yo nunca he tenido un chisme de estos en mi vida y he vivido muy bien. He trabajado en Correos, me he casado, he vivido siempre en la calle de Almansa. He tenido hijos y nietos y nunca he tenido un teléfono, ya lo he usado, no-me-gus-ta, ¡no me gusta! Y quiero que me devuelvan mis nueve céntimos.

-       Lo siento muchísimo señor, usted no lo comprende, pero es que no puedo reintegrarle sus nueve céntimos.

-       Pues algo habrá que hacer. Porque con estos nueve céntimos,  no puedo ni llamar, ni mandar mensajes ni nada.

-       Bueno, pero puede usted recibir llamadas y mensajes.

-       ¿Y quién me va a llamar, leche! ¡Y no se leer los mensajes!

-       Me temo que no podemos hacer nada por usted. Lo siento. Le ofrezco dos alternativas, recargarle el móvil o que se vaya usted a su casa. Tenemos más clientes a parte de usted y la cola es cada vez más larga.

-       ¡Nos están faltando todos al respeto! ¡El señor y ustedes los de la compañía! – dijo la señora de antes-

-       Pues yo de aquí no me muevo sin mis nueve céntimos –insistió Marcos-

-       ¿Y qué va a hacer? ¿No ve  que no hay nada que se pueda hacer? – Dijo la encargada-

-       Pues me pienso quedar aquí sentado hasta que esto se resuelva. A mi me están robando, ¡me están robando! Uno trabaja toda la vida para que vengan ustedes y me roben – Y dicho esto, se sentó en el suelo

-       Pero… pero… ¡señor! ¡hombre deje de hacer el tonto! ¡Qué no está usted ya para estos trotes! ¡Levántese de ahí o tendré que llamar a alguien! – exclamó la encargada de la sucursal.

-       Pues que me devuelvan mis nueve céntimos. Si les parece una cantidad tan mísera, pues devuélvanme mi dinero, que uno no ha trabajado toda la vida para que le roben así como así.

-       ¡Bueno! ¡Pues haga usted lo que quiera! ¿A quién puedo atender? – preguntó la encargada

-       ¡Pero me va usted a atender con este señor ahí sentado, entre nosotras dos? – dijo la señora de la cola

-       ¡Esto es vergonzoso! ¡Un señor mayor y ustedes humillándole! ¡Denle su dinero! – dijo una chica joven que también estaba en la cola, de más de quince personas en esos momentos, mientras un rumor de aprobaciones o desaprobaciones se escuchaba entre los demás clientes

-       Javi, ¡Javi! – Dijo la encargada al dependiente, que estaba absorto – ¡Atiende a la gente, anda!  – Javi se puso manos a la obra. Entre los dos fueron atendiendo a la clientela, que se apañaba como podía con el señor Marcos sentado entre ellos y el mostrador

——-

-       ¡Antes me muero en esta tienda que irme sin mis nueve céntimos! – dijo Marcos

-       ¡Hombre! Vuelve a hablar el antisistema – Dijo la encargada

-       No se haga la tonta conmigo, señorita. Devuélvanme mi dinero, ¡mi dinero! O moriré aquí y saldremos en “El Caso”

-       Llevo un tiempo observándolo desde la cola, ¿alguien me puede decir por qué hay un señor sentado en el suelo y gritando? – dijo un señor trajeado cuando le llegó el turno de ser atendido

-       ¡Estoy protestando y haciendo boicot porque me están robando!

-       Diga que no, señor – dijo la encargada – no le haga caso. Este señor nos está pidiendo algo imposible. Como es imposible de hacer, no lo hacemos. Al señor no le gusta y ha decidido sentarse ahí, perturbando el libre desarrollo de nuestra actividad. No llamo a la policía por pena

-       ¡Pues llame! ¡Llame! Irán ustedes a la cárcel, por ladrones – dijo Marcos

-       Y ya ve, habíamos decidido ignorarle, se había callado durante un par de horas, pero de repente ha decidido volver a pegar gritos como un salvaje – seguía contándole la encargada al señor trajeado

-       ¿Y no pueden hacer nada para que se vaya? ¡Está molestando a la clientela! – replicó el trajeado

-       Válgame Dios, menudo egoísta está usted hecho – proclamó Marcos desde el suelo – ¡ya le robarán a usted! ¡Y cuándo pida ayuda, no le hará nadie ni caso! ¡Insolidario!

-       Oiga señor, todos tenemos nuestros problemas… estoy seguro que hay mejores soluciones que sentarse ahí como un loco y molestar a todo el mundo

-       ¡Pues a mi no se me ocurre ninguna!

-       ¿Por qué no habla con alguien superior? Le estarán esperando en su casa, no tiene sentido que esté usted aquí tirado, está molestándonos a todos. Ponga una queja al departamento pertinente – dijo el trajeado

-       ¡A mi me han dicho que para resolver mi problema venga a la oficina más cercana, que es la de Bravo Murillo, y aquí estoy, en Bravo Murillo, y nadie me resuelve mi problema

-       Señor, mire, pero es que estamos en el mundo civilizado, ponga una reclamación en el lugar que corresponda, hable con alguien, estos dependientes no tienen culpa ninguna…

-       ¡Eso voy a hacer!

-       ¿Cómo? –se extrañó el trajeado

-       No me muevo de aquí hasta que no venga el dueño de la compañía – dijo Marcos

-       ¡Ja! – rió sarcásticamente la encargada

-       Y usted de qué se ríe, señorita? ¿Le hace gracia todo esto? – Marcos preguntó

-       Mire señor, el dueño de nuestra compañía es un señor muy importante, con muchísimos compromisos sociales, no va a venir aquí a una sucursal de barrio porque a usted no le de la gana recargar su teléfono móvil

-       ¡Pues de aquí no me pienso mover! ¡Qué venga alguien! ¡Qué venga alguien pronto o me muero aquí mismo! Tratar así a un anciano…

-       Mire, yo ya no se ni que quería comprar, ya vendré otro día – dijo el señor trajeado – , estamos todos perdiendo el tiempo

-       ¡Eso! – Dijo un hombre que no paraba de mirar su reloj y resoplar

-       Señor, ¡estoy hasta el moño de usted! ¡Me tiene harta! ¡Está espantando a los clientes y está poniéndome de los nervios! ¡Yo qué le he hecho a usted! No tengo la culpa de sus nueve malditos céntimos ¡Nos está fastidiando el día! ¡Váyase de aquí! – La encargada estaba cada vez más alterada

-       Señorita, esto es un acto de justicia. Esto es muy sencillo. Que me den mis nueve céntimos y me voy de aquí. Y si no me los dan, aquí me quedo, en el suelo. Que venga el presidente de la compañía a hablar conmigo – contestó Marcos

-       ¡Por Dios! ¡Dioooooosssssss! ¡Está volviéndome loca! Mire señor, mi paciencia se empieza a agotar. ¡Levántese de ahí! ¡Mire que no estoy llamando a la policía porque no quiero que esto vaya a mayores ¡Pero lo voy a hacer!

-       Haga usted lo que le plazca, a mi amenazas las justas – Marcos seguía en sus trece y algunas personas de la cola se iban a sus casas, cansados de esperar.

-       ¡No se vayan! ¡Esto está bajo control! ¡Este señor nos está faltando al respeto a todos, pero nosotros les atenderemos igualmente, aunque el esté ahí sentado! ¡Que haya calma, por favor! ¡Este señor es inofensivo! – suplicaba la encargada a los clientes – ¡Javi! – llamó al empleado, comenzando a susurrarle – llama a las oficinas, a ver si puede venir alguien trajeado, que le diga que es el presidente de la compañía y a ver si se va de aquí…

———

-       Señor… ¡señor! Javi, mira a ver que le pasa… ¡a ver si se va a haber muerto! – dijo la encargada, asustada.

-       Señor… ¿está usted bien? – Javi le dio unos toques en el hombro. Este se agitó y Javi retrocedió de un salto

-       ¿Qué pasa? ¿Por qué me molestan?

-       ¡¿No se habría dormido?! – inquirió Javi

-       ¡Pues claro que sí! ¡Tengo setenta y ocho años! ¡Me tienen aquí tirado como una mula, me han robado! ¡Estoy cansado! ¡Denme mi dinero!

-       Mire señor, el motivo por el que le despertamos es porque hemos cerrado, está bajada la puerta y todo.  Nos ha dado usted el día, se ha pasado aquí casi desde que hemos abierto. Le hemos dejado tranquilo, para no hacer de esto una montaña. Pero ya nos vamos a casa, aquí no le vamos a dejar. Si no se levanta, le sacaremos por la fuerza, ¡y si no quiere irse a su casa, haga lo que le plazca, duerma en la calle! Pero aquí no se va a quedar. Se lo pido por favor, muévase – le indicó la encargada

-       Vale. Vale. Yo me voy… pero antes, ¡denme mi dinero! ¡Ladrones!

-       ¿Qué es eso? – Preguntó la encargada – ¿Has oído, Javi?

-       Están tocando a la puerta metálica…

-       Mira a ver quien es y luego tendremos que mover a don intransigente – Mientras Javi se iba por debajo de la puerta del local, la encargada se giró hacia Marcos – ¡Ya ve lo que está consiguiendo! ¡Le vamos a tener que sacar a rastras! – Abrieron la puerta de la entrada completamente de nuevo. Javi entraba con un señor elegante de 60 años, una mujer joven y dos señores más entorno a los cuarenta – Oh Dios… no me lo puedo creer – enmudeció la encargada mientras el séquito se acercaba al mostrador – ¿Es… es… es usted? – dijo la encargada al señor elegante.

-       Señorita, no tenemos tiempo que perder con preguntas absurdas. Tenemos aquí un caso de extraordinaria gravedad. – respondió el señor elegante-

-       Señor presidente… yo… – la encargada no conseguía articular las palabras-

-       Alguno de ustedes ha llamado para explicar una situación, al final el mensaje ha llegado a Marta, mi secretaria, aquí presente, y aquí estoy. ¡Tengo compromisos importantísimos! Así que vayamos al grano. Hay un señor que tiene quejas, ¿dónde está?

-       Está ahí…sentado en el suelo, a sus pies, señor presidente – musitó Javi, el dependiente

-       ¡Ya veo! –dijo el presidente, agachando la cabeza- Señor, ¿cuál era su nombre?

-       Marcos Herrera. Ex funcionario de Correos. ¿Y usted quien narices es?

-       Señor Herrera, soy Feliciano Hidalgo y Contreras. Dueño de esta compañía. Usted, según parece, tiene un problema con nosotros. Expóngame la situación. Le advierto, con mi abogado aquí presente, que no toleraré ningún tipo de pantomima. Ni se le ocurra fingir lesiones o daños, porque en los tribunales las cosas me favorecerán, si es que usted quisiera seguir ese camino

-       Mire, señor, yo no quiero ir a los tribunales. ¡Yo lo que quiero es muy sencillo! Yo tengo un teléfono de esta compañía. Antes no tenía, ahora sí, porque mi hija se empeñó y me lo trajeron para Reyes. Toda la vida he vivido sin teléfono inalámbrico. Pero la niña se empeñó, a mis nietos les hacía ilusión, le di una oportunidad. Hice una recarga. Hice llamadas, mandé algún mensaje, aunque no sabía. Un día llamé a mi amigo Salvador, con el que juego a La Pocha, y después de esa llamada no pude hacer nada más. Consulté el saldo, me quedaban nueve céntimos. Imposible llamar, imposible mandar mensajes. Yo para aquel momento ya había determinado que no iba a usar más el teléfono móvil, porque no me gusta. Por eso quiero que me devuelvan mi dinero. Se lo dije a este chico, también a la señorita, pero se empeñaron en no darme nada. Ante su actitud, decidí hacer una sentada para protestar pacíficamente por estos desagradables hechos. Sólo pido justicia. Quiero mi dinero, no es de recibo que ustedes se lo queden si no lo voy a usar ni me dan la posibilidad de hacer llamadas de nueve céntimos.

-       Señor, ¿todo por esto? ¡¿Y por qué no recarga el teléfono?! ¡Así podrá llamar! El problema es que usted está usando el teléfono mediante recargas, cuando podría perfectamente contratar alguna de nuestras ofertas de tarifa plana para jubilados, pero podemos arreglarlo… Marta le puede ayudar con el contrato, lo hace y nos vamos todos tan amigos, ¡no queremos ningún escándalo!

-       ¡Es que yo no quiero recargar! ¡Yo quiero mis nueve céntimos! – se indignó Marcos

-       Veo que es usted obstinado… -pronunció el presidente de la compañía, que se giró hacia uno de los señores que iban con el – Señor Cruz, legalmente, ¿estamos obligados a darle su dinero?

-       Señor presidente –haciendo cuenco con su mano en el oído del presidente, el señor Cruz le explicó-, más allá de nuestra posible obligación legal, creo que este señor podría causar un escándalo, metiéndonos en líos de tribunales y, lo que es peor, teniendo que aguantar la repercusión mediática

-       Lo empiezo a ver claro. Aunque me disgusta. Martínez – dijo al otro hombre que les acompañaba, manteniendo un tono de voz discreto para que sus palabras pasasen desapercibidas ante Marcos – ¿podemos permitirnos las reclamaciones de este señor? ¿Ha contrastado usted los datos? ¿Ha hecho números?

-       Señor Hidalgo, sin estar seguro al ciento por ciento, le diría que creo que no supondría un gran problema para la economía de nuestra empresa darle a este señor el dinero que solicita – expuso Martínez, el economista-

-       Caramba … – el señor Hidalgo, presidente de la compañía, se mostró contrariado – no me gusta tomar decisiones sin estar cien por cien seguro. ¿En qué porcentaje está usted seguro, Martínez?

-       En un noventa por ciento, señor presidente – afirmó Martínez

-       Está bien. ¡Marta! ¡Extienda un cheque por valor de nueve céntimos a nombre del señor Herrera!

-       ¡Un momento! ¡Después de tenerme todo el día aquí sentado, me van a hacer ir mañana al banco, con lo mal que tengo el cuerpo! – se quejó Marcos

-       ¡Está bien! Se lo daremos suelto, a condición de que nos firme un “recibí” – dijo el Presidente de la compañía, hurgando en su cartera – Vaya… tengo una moneda de cinco céntimos, ¿alguien tiene cuatro céntimos?

-       Yo tengo una moneda de dos céntimos, señor presidente – Dijo Cruz, el abogado

-       Y yo tengo dos monedas de un céntimo – añadió Martínez, el economista

-       Bien, bien, préstenme esas monedas. No se preocupen, se les reintegrará todo en su próxima nómina – les dijo el presidente de la compañía

-       ¡Oh, no se preocupe señor Presidente! Es del todo innecesario – manifestó Martínez

-       ¡Vaya que no es necesario!… a mi me gusta dejarlo todo en orden con mis empleados. Y con mis clientes. Por eso, señor Herrera, ya puede usted levantarse. Le hago entrega personalmente de nueve céntimos de euro.

-       No esperaba menos – Marcos extendía la mano

-       Firme este “recibí” que le extiende Marta y así quedaremos en paz

-       Por supuesto – dijo Marcos, firmando el papel  – ¿Me ayudarían a levantarme?

-       No se preocupe señor – dijo el señor Cruz, que le cogió de un brazo, mientras que Marta le cogía del otro-

-       ¿Lo ven? – dijo Marcos, una vez de pie, mostrando las monedas a Javi, el dependiente, y a la encargada de la tienda – ¡No era tan difícil!

Cortos: Verano en La Guindalera

Otra vez. Aquí estamos, los dos, con todo el calor. Siempre los únicos, tú y yo, que se quedan en Agosto en La Guindalera. Muchos son los llamados y pocos los elegidos, que diría aquel. Cuando llegaban las vacaciones la mayoría de los niños se iban a la playa con su familia, a meterse en apartamentos que compraban a plazos sus padres, al mar, mientras apenas una decena de chicos del barrio de nuestra edad sufríamos el asfalto caliente en este centro de la nada.

Me acuerdo, hace muchos años, de ir a comprar un ramo de flores en la calle Béjar con mi madre, que cuando llegaban estas fechas le daba por poner color al piso, imagino que para dar una imagen más alegre a todo mientras mi padre trabajaba todo el día. En la salida del Metro, esa que es una rampa, echabas carreras con otros niños, que luego me enteré de que eran tus primos. Casi nunca ganabas, te ganaba otro con el pelo rizado, pero insistías en repetir una y otra vez hasta que te llevabas alguna pequeña victoria. Ya tenías cara de pillo mientras subíais y bajabais, colorados, mientras os gritaban las viejas del barrio, “¡niños, que conozco a vuestro abuelo!”. Yo me quedaba mirando vuestras carreras mientras volvíamos a casa, con mi madre tirando de mí mientras giraba la cabeza y me moría de la envidia por las ganas que tenía de jugar.

Recuerdo, claro, jugar a la goma al lado de la calle de Ardemans y veros pasar corriendo porque a alguien se le habían caído muchísimas pelotas de tenis por una ventana y os peleábais por ver quien recogía mas. Poco os duró la alegría, porque cuando volvía a mi casa mientras mi madre me llamaba por la ventana, ya estaban la mayoría tiradas por el suelo, de nuevo, cerca de la Escuela de Danza. Parecías un duende, pequeño, muy delgado, con un bicho metido en el cuerpo.

Luego pasaba el año, te veía alguna vez por la zona, pero ¡ya era distinto! Ya el barrio volvía a su actividad, con las tiendas abiertas, la gente por la calle saludando de una acera a otra, los bares de tapas llenos, con el partido del Atleti los domingos en la tele,  y los de tu pandilla salían del cole en tropel mientras yo me iba a las clases de dibujo a las que me quiso apuntar mi abuela con el dinero que ganó en el bingo.

Así nos quedábamos, con nuestras vidas paralelas que no se tocaban nunca, hasta que volvía el calor, acababa el curso, nos daban las notas, a algunas nos daban la enhorabuena y a otros os caía una muy gorda, y con las vacaciones Santillana nos quedábamos mientras todos se iban. De un año para otro crecíamos un poco. No conocíamos más playa que la de San Cayetano, donde jugaba con Tere y Carmen, otras dos chicas del barrio que se quedaban siempre, aunque luego Carmen se mudó y nunca más la vimos. Saltábamos a la comba como si nos fuera la vida en ello y trepábamos algún árbol, por eso mi abuela me regañaba después, porque me había cosido un vestido y lo dejaba echo unos zorros, “una señorita no hace eso”. Tú jugabas al fútbol todo el día, ¡menudos pelotazos que pegábais! Recuerdo vuestra pelota, una pelota de color naranja, sonando al dar contra la pared del mercado, ¡vaya golpes! Dábais muy fuerte y hacía un eco que rebotaba, y las señoras siempre con el bastón en la mano, torciendo el gesto y santiguándose. Me acuerdo de un día que se os coló aquella pelota naranja en la casa esa que hay tan antigua en la calle Pilar de Zaragoza, intentabais trepar, tus amigos y tu, pero erais todavía muy pequeños. Os mirábamos curiosas hasta que desististeis de recuperar el balón y os quedasteis sentados en la acera, con las manos en las mejillas, con gesto fastidiado. Cuando os disteis cuenta salisteis corriendo detrás de nosotras, que salimos pitando hacia nuestras casas con un susto tremendo, ¡que borricos erais! Un día que iba tomando una limonada que hizo mi madre hubo una pelea de globos de agua con unos niños que venían de otro barrio, tomasteis San Cayetano y quedo todo hecho un Cristo. Aquel verano no te vi mucho más, porque te castigaron tus padres por hacer tanto el gamberro.

Y seguro que no te has olvidado de los baños en las piscinas del Apóstol. Ibas con tu abuela caminando por la calle Méjico, pero como querías ir de machito te daba mucha vergüenza que te vieran con ella y te dedicabas a ir corriendo, ¡pobre señora! Te perseguía dando voces, mientras tus primos se dedicaban también a hacer el loco. Cuando llegabais a Cartagena en tropel, dabais insistentemente al botón para que el semáforo se pusiese en verde. Mi madre y yo subíamos por la calle mirándoos, a mi madre le dabais miedo, “¡que niños mas malos!” decía siempre. En la piscina erais unos trastos, os dedicabais a hacer ahogadillas y más de una vez os llamaban la atención. Yo me iba al otro extremo para no cruzarme con vosotros.

A los 12 años ya íbamos mas sueltos por el barrio. Tu ibas siempre con tres chavales y os gustaba entrar a las naves abandonadas en la calle de Marques de Ahumada, o a una casa muy vieja que estaba en la calle Eraso. Ahí os metíais a fumar a escondidas, me lo contó mi amiga Tere, porque se hizo “novia” de uno de tus amigos y cuenta que pego tantas caladas que estuvo dos días vomitando. Os metíais por esas calles hasta llegar al pequeño vivero que había al final, y todos esos descampados donde siempre nos decían nuestros padres que no fuésemos porque había gitanos. Una vez fui con vosotros y me estuvisteis vacilando toda la tarde, me mandasteis a la Avenida de Bruselas a comprar unos kikos y cuando volví ya no estabais. Os estuve buscando como loca, por la parte esa de detrás de las casitas blancas donde siempre se juntaban los yonkis  y como no os encontraba me puse a llorar cuando una drogadicta se me acerco para pedirme veinte duros. La chica se asusto más que yo y se dio la vuelta con andar desganado. Resultó que estabais escondidos, mirándolo todo, y tu amigo Quique me vio tan triste que fue el único que me vino a consolar, mientras todos os moríais de la risa. A quien no se lo he perdonado todavía, y me encargo bien de recordárselo, es a Tere. Ahora han tirado casi todas aquellas naves (¿te acuerdas de que en una hubo hasta okupas?) y han hecho una avenida muy grande y solitaria en lo que era descampado. Poco queda ya de aquello, una casita medio derruida en la calle Oltra, en medio de todos esos edificios tan modernos donde vienen a vivir familias de dinero con sus hijos. Y me acuerdo, claro, del pobre Quique, siempre tan sonriente y amable, (¿vivía en Francisco Remiro, verdad?) con su chándal verde, del que lo ultimo que supimos es que le robó a sus padres todo el dinero que tenían debajo del colchón y alguien cuenta que le vio colocadísimo en Ibiza.

Eran esos primeros años en los que te haces más rebelde, las hormonas se te vuelven locas, las chicas maduramos antes y los chicos os ponéis mas tontos. Y así pasábamos el año, haciéndonos poco caso, diciendo hola y adiós al cruzarnos, hasta que volvía de nuevo Agosto, y aquí estábamos, preguntándonos como sería eso del mar. Empezábamos a hacer botellón en el Eva Perón en la parte de las mesitas, no íbamos juntos pero los que quedábamos de nuestras respectivas pandillas tampoco teníamos muchos más sitios a donde ir. Ahí estábamos a veces y otras muchas en las escaleras junto a la Plaza de Toros. Cerca de las casas de la calle Londres un chaval os vendía talegos de costo y os veíamos siempre con la risa tonta. Estabais mas vacilones que siempre, aunque tú siempre me hiciste gracia. “¡Hola rubia!”, decías, “¡me gustan tus trencitas!”, y luego te daba con llamarme “Pippi Langstrum”. Me hacia la cabreada mientras te ibas con tus amigos, que te reían las gracias, y yo despotricaba contándole a mis amigas que desde pequeño eras insoportable.

Pocos nos quedamos en el barrio cuando llega el verano. Acababa el instituto y al principio, en Junio, era la risa, porque salvo aquellos que tenían algunas para Septiembre, estábamos todos en Madrid y era una fiesta continuada. Me acuerdo del año pasado, en el cumple del “Gusano”, que hicimos un botellón en el descampado del Parral, el único que queda. Empezaste vacilando, como siempre, pero entre las risas y la bebida acabamos enrollándonos. Al día siguiente, con mucha resaca, vomitando, en el suelo del water con las manos agarrando la taza,  mientras mi madre me echaba la bronca se me hacia un nudo en el estomago pensando en aquel beso. Después se iban yendo unos y otros, a su pueblo, a su playa, a su no sé donde, y nos quedábamos otra vez solos, los cinco de siempre, con tantas tiendas cerradas. Aquel verano se me hizo larguísimo porque quería hablarte, quería decirte algo y tu estabas ahí, con tu pavo de siempre, bromista, mientras yo me moría por dentro por las ganas de transmitir no se sabe que. Después me evitabas, te ibas a Malasaña, y yo solo pensaba en el inicio del curso. Un poco antes de empezar las clases empecé a salir con Toni, y huías de mi mas todavía, ni me saludabas, ¡que raro era todo!

Cuantos recuerdos, ¿verdad? Y ahora estamos aquí, en el mismo descampado, subidos a la montañita, abrazados, mirando las estrellas de una noche de Agosto, otro verano mas, juntos, en La Guindalera.

Cortos: 2

Imagínate que por tus oídos fluyen estas letras narradas en francés. Imagina que un galán te susurra este relato con voz melosa.

Son las 8 de la tarde y la Gran Vía de Madrid es una olla a presión. Cada vez menos comercios tradicionales conviven con cada vez más negocios multinacionales o tiendas de ropa moderna con poky-poky sonando en los altavoces. La masa estúpida consume su café en alguno de los tres o cuatro Starbucks que hay entre Alcalá y Plaza de España. Pandillas de chavales de instituto hacen cola en el McDonalds o en el Burger. Chicas con dinerito en el bolsillo gastan euros para estar a la altura en la nueva temporada de moda. Junto al cine Capitol hay un mimo con unos gatos.

Grupos de guiris rosáceos avanzan con sus mochilas. Da igual que esté a punto de llover, pues están convencidos de estar en la tierra del sol y llevan chanclas playeras. Con calcetines algunos de ellos, horror. Dentro de una hora estarán borrachos y haciendo el ridículo en plena calle.

Los agentes de movilidad ponen la banda sonora en la calle. Al tiempo que hacen indicaciones manuales dan un tono imperativo mediante toques de silbato. Un pitido largo. Muchos pitidos cortos. Pitidos secos.

Por más que los agentes de movilidad se esmeran en sus funciones, lo cierto es que el panorama no es esperanzador. Pues a los silbatos de estos buenos funcionarios les acompañan los cláxones de tantos coches hartos del atasco. En uno de los coches, don Jacinto habla por el manos libres cerrando una importante operación. En esta furgoneta blanca, Kevin escucha reggaeton. Gloria lleva un Smart pequeño con un fox terrier en el asiento de copiloto, que mira concentrado por la ventanilla.

¿Ves esa parada de autobús atestada de gente? Paran diferentes autobuses. Todos los que están ahí cogerán alguno para regresar a casa. O quizá para encontrarse con los amigos, o con su pareja. Este atractivo cuarentón tiene que ir a hacer la maleta, pues mañana sale de Barajas con rumbo a Londres. Esta señora mayor va hacia Prosperidad cargada de bolsas. Ha pasado la tarde en el cine con unas amigas y ha comprado un regalo para su nieta, que cumple 18 años. Allí hay un señor sentado que medita sobre su vida. ¿Y esta? ¿Quién es? Esta chica con aire modosito va a dar mucho que hablar.

Nuestra chica trabaja en una oficina en plena Gran Vía, casi esquina con San Bernardo. Lleva una falda gris, una blusa blanca y una chaqueta gris. Un pequeño moño y gafitas redondas. Su día laboral no ha sido muy bonito. Su jefe es un ser despreciable que de tanto en tanto le da palmaditas en el trasero y le dice “hay que estar más atento”. Sus compañeros se dedican a contar chistes machistas, a leer el MARCA y a fanfarronear. Sus compañeras son unas marujas que hablan del peinado de la infanta o de si el torero le ha puesto los cuernos a su mujer.

El jefe hoy le ha echado la madre de todas las broncas. Ha habido un problema con una compra, el hombre se ha frustrado y ha gritado a todos y cada uno de los compañeros. Y a ella, por algún motivo que sólo el conoce, le ha gritado más.

Nuestra chica está  esperando el autobús. El 2. Que la lleve a su apartamento en La Guindalera. Para poder quitarse los zapatos, para desnudarse y darse un baño caliente, para pasear cubierta tan sólo por aquel kimono regalo de su cuñado, abrir el congelador, coger una cuchara y comerse un helado directamente desde la tarrina mientras ve desde el sofá un dvd de una película de Truffaut. Va repasando mentalmente todo lo que hará, imaginando con gran placer esa humilde culminación a un día lamentable. Zapatos fuera, ropa fuera, baño caliente, kimono sobre la piel suave, congelador, helado, sofá, dvd. Luego dormiría, al día siguiente su día sería mejor.

No aspira más que a una existencia tranquila. Pasa desapercibida para casi todos, no tiene demasiado éxito con los hombres. Su familia vive en una capital de provincia de Castilla, pero ella vive sola en la ciudad. Apenas ha conocido a algunas personas. Su hermana se fue a vivir a Milan y se siente un poco más sola. Entre el tumulto de la Gran Vía, apenas nadie repara en ella.

El atasco continúa. Por la parada de autobús desfilan vehículos de distintas líneas. El 1, el 147, el 74… pero no el 2. Van subiendo y van bajando personas. En seguida distingue a los que esperan su mismo autobús. Son los que llevan ya más de un cuarto de hora. Los pitidos de los agentes de movilidad taladran su cerebro. Se cansa de esperar sentada, se levanta. Mira hacia el fondo de la calle, pero no se ve nada. Una hilera de coches, pero ningún autobús. Pasea de lado a lado. El sonido de los cláxones la va generando cada vez más ansiedad. Tiene un nudo en el estómago. Observa con rabia el paisaje urbano, preguntándose qué hace ella allí.

Pasan treinta minutos, comienza a llover. Todos se acurrucan bajo la marquesina. Especialmente interesantes son esas dos señoras que con el paraguas abierto se cobijan también ocupando el doble de espacio. Doble seguridad para ellas, si el agua traspasa el cristal caerá sobre el paraguas. Quien quede fuera, que se moje.

Cuarenta y cinco minutos. A lo lejos, se divisa el autobús. Finalmente. Pero el sistema nervioso de nuestra chica ha generado algo en su interior. Una vibración le recorre el cuerpo. El nudo del estómago apenas la deja respirar.

Se abren las puertas. El chofer tiene la misma cara de hastiado que el resto de pasajeros. Las gotas caen sobre las lunas del autobús. Cinco personas suben. El 2 está lleno.

Nuestra chica se monta. Saca su abono de transportes. Paga todos los meses para recibir un buen servicio. Toda la tensión del día se le sube a la cabeza en ese mismo instante. Se desmaya.

Abre los ojos de nuevo. Está tumbada en el suelo del autobús. El conductor le sujeta la cabeza. Un policía local llega. Avisa de que pronto llegará  el Samur. Ella se reincorpora, despacio. Hoy se ha dado cuenta de que su existencia carece de sentido. Ella no mueve los hilos. Se limita a aceptar su papel de marioneta en el gran teatro de la existencia. Todas las mañanas se levanta para aguantar a personas inaguantables. Pasa sola el día, la tarde, la noche. Trabaja en un sitio para ganar dinero. Pero para qué quiere ese dinero. El policía le pregunta si está bien. Ella le mira a los ojos. Es un chico joven, delgado. Fuera está su compañero, mirando a los lados, posiblemente en espera del Samur. Sigue lloviendo sobre la Gran Vía.

Nuestra chica se disculpa. No tiene por qué disculparse, le dice el municipal. Pero ella le dice que sí, que hace falta. ¿Por qué? Pregunta el municipal. Por esto, dice nuestra chica. Le propina un codazo en la cara con todas sus fuerzas, le roba la pistola con un movimiento que desconocía que supiese hacer y le apunta. Le pide educadamente que se baje del autobús. Apunta al compañero, que desde fuera observa sorprendido. Grita al conductor que cierre la puerta y tome el volante. Grita a los pasajeros. Vamos a hacer algo.

Indica a los policías que abran paso al autobús o todo el pasaje será ejecutado. Se usar este chisme, dice ella. Los policías intentan tranquilizarla. Indica a los policías que, si le obedecen, nadie resultará herido. Un hombre grita histérico. El resto de viajeros permanece en silencio. A más de uno no le importa morir. Ordena arrancar al conductor y este así lo hace. Hacia donde voy, pregunta. De momento sigue recto.

El autobús avanza por la Gran Vía. Los policías con la moto abren paso entre el tráfico. Nuestra chica habla con los pasajeros. No les pasará nada si le hacen caso. Hay que hacer lo que hay que hacer. Un hombre le grita, diciéndole que su barbaridad les va a costar la vida a todos. Ella dice que no quiere héroes. El hombre responde que su padre fue un héroe y que el lo será si es necesario. Pero ella le dice, simplemente, que se replantee su vida.

Cuando llegan a Cibeles, se escucha una señal procedente de la radio del autobús. El conductor le dice que eso que suena es la radio, por si no se había enterado. Pregunta que si responde. Ella le dice que lo haga. Un niño llora. Nuestra chica ordena a su madre que le de un beso. Mientras tanto apunta a unos y a otros. Pero no les va a hacer nada. De la radio sale una voz. Es un señor de la Policía Nacional. Habla con calma. Le dice que se tranquilice. Ella responde que está tranquila. Le dice que está cometiendo una locura. Ella responde que la existencia en sí misma es una locura. Que vivir tragando todo lo que tragamos es una locura. El señor de la Policía Nacional le pregunta que es lo que quiere. Hay que sacar a esas personas, no las haga daño, no le han hecho nada a usted, dígame que es lo que exige para liberarlas. Ella no medita. Quiero que venga a este autobús el responsable de transportes. La persona que más manda sobre los autobuses de la EMT. Quiero que suba aquí a hablar conmigo. El policía nacional se queda en silencio. Verá que puede hacer, le dice.

Varios coches con sirenas escoltan al autobús, que hace tiempo giró hacia el Paseo de la Castellana. Hay lecheras por todas partes y sirenas. Los viajeros apenas hablan. No nos haga daño, dice una señora. No tengo intención, dice la chica.

Vuelve a sonar el intercomunicador. El conductor responde. Vuelve a hablar el policía nacional. Le dice que el responsable de transportes ha accedido a hablar con ella por el intercomunicador. Ella le dice que no, que le quiere ver en persona. Dispara al aire, un señor mayor grita con fuerza. La chica corta la conexión. El niño llora más fuerte. Nuestra chica también llora.

El autobús continúa avanzando, despacio. Varias motos lo escoltan. Vuelve a sonar el intercomunicador. El policía habla de nuevo. Y le cuenta que el responsable de transportes no quiere que pesen vidas humanas sobre su cabeza. Que le garantice que no le hará daño, que subirá a hablar con ella si deja salir a alguien. Ella dice que le dejen quinientos metros de distancia, frenará el autobús y dejará salir a tres personas. La policía accede. Las motos frenan, el bus avanza quinientos metros por un lateral de la Castellana. La chica cumple su promesa, deja salir a tres personas. El niño, su madre y el señor mayor.

Dos policías escoltan a un señor trajeado. Ella deduce que es el responsable de transportes. Con la pistola sobre la nuca del conductor, le ordena abrir la puerta. El responsable de transportes hace un gesto de calma a los policías que le acompañaban. Sube al autobús. La puerta se cierra tras él.

La chica se pone en cuclillas. Ordena al señor trajeado que haga lo mismo. Los dos quedan fuera de la visión de los policías. La chica le pone la pistola en la cabeza. Usted no es un héroe por subir aquí, le dice. En este autobús hay un señor que dice que su padre fue un héroe. Y llama al señor que lo dijo, para que se acerque. El señor se acerca. La chica dice que todos los que están en ese autobús son héroes con conciencia dormida. Que son héroes porque cometen la heroicidad de vivir.

Nuestra chica agarra por la corbata al señor, le muerde el lóbulo con suavidad y después le susurra. Pago todos los meses un abono de transportes. Pago todos los meses por una mierda de transporte público. Todo es una mierda, mi trabajo es una mierda, mi vida no vale para nada. Sólo quiero estar tranquila en mi piso. Sólo pido eso. Sólo pido vivir bien. Sólo pido llegar a casa y tener algo de paz. Algo de paz para disfrutar lo que pago con mi esfuerzo. Usted está al mando de esto porque su partido gobierna porque hay gente que le ha votado. Y nos ofrecen una mierda.

El señor trajeado se disculpa. Dice que no se deben llevar las cosas al extremo. Que no es necesario ser así. Que la comprende. El la comprende y todo se solucionará. Nunca más habrá mal transporte público en Madrid. Ella le mete la pistola en la boca, él comienza a temblar.

El señor musita algo suplicante. Ella comienza hablar. Le dice que los que se comen los atascos son los que pagan los impuestos, los que trabajan a destajo. Que paga un alquiler muy alto para un piso del que no puede disfrutar. Que se mata a trabajar para no sabe que, mientras señores encorbatados dicen sobre esto y lo otro, sobre aquello y lo de más allá. Pero que no saben lo que es la vida. No saben nada de la vida. Educados en universidades prestigiosas, con masteres bajo el brazo y con diplomas de mil cosas, se creen que todo está en los libros.

Lo único que quiere es que a partir de mañana, deje el coche oficial aparcado y vaya por la ciudad en transporte público.

Cortos: Tengo un plan

Te voy a decir un secreto. Tengo un plan. Eres la primera persona a la que se lo cuento. No me vayas a hacer el feo de ir por ahí contándolo. Aquí en el polígono comercial de Alcorcón no se lo he dicho a nadie. A ningún compañero de trabajo. Así que espero que sepas mantener la boca cerrada.

Con este plan van a cambiar las cosas. Va a cambiar todo de manera radical. Lo primero que hago para que nadie se de cuenta de mi plan es hacerme el despistado mientras voy poniendo las cosas en los estantes. Me hago el tontito. Me visto como un tontito y me comporto como un tontito. En los pasillos de este gran almacén llevo uniforme, así que no necesito utilizar un vestuario especial. Pero aun así utilizo elementos para distraer. Por ejemplo, las gafas. Un tipo con gafas puede parecer o un intelectual o un despistadillo. Yo lo que hago para no parecer intelectual es dejarme el pelo algo sucio, para que me salga grasilla, para que me salga caspa, y me reviento los granos de la cara para que me salgan más grandes después. Me peino raro, con raya al lado muy marcada, para parecer muy repipi, como si mi madre me hubiese peinado antes de ir al trabajo. Como si fuera uno de esos que tienen ya una edad y siguen dependiendo de su mamá. Aunque tengo uniforme, me pongo calcetines blancos con los zapatos negros. Así parezco muy despistado.

Me dedico a poner en las estanterías las cosas que se van terminando. Soy reponedor, vaya. Y voy cogiendo lo que me interesa cuando nadie me mira. Me guardo cositas pequeñas en los bolsillos. Cuando alguna señora me pregunta, yo me hago el despistado. Vienen señoritingas con abrigos de visón y me preguntan. Y yo me hago el tonto mientras pienso que el último en reír voy a ser yo. Así que reiré mejor que nadie. Estas señoras que vienen a comprar a la periferia con sus mariditos repeinados y sus hijos con pantalones cortos y calcetines de borlitas van a sufrir de las que más cuando lleve a cabo mi plan. Se les va a descolocar todo. Por eso insisto en eso de que el que ríe el último ríe mejor. Y el que va a reír el último voy a ser yo.

Para que nadie sospeche de mi, tengo que hacer muy bien mi papel de tío rarito. Por eso en el trabajo hablo poco con los compañeros. Al principio todos me hablaban, pero yo me hacía el tonto. Miraba hacia abajo y decía “sí, sí” y me iba corriendo. Para que se pensasen que me daba vergüenza hablar con ellos. Pero pese a todo ellos seguían intentando hablar, que si “vamos a tomar una copita” o que si “el sábado salimos juntos todos los del curro” y todo eso. Yo digo que no, que es que en mi casa las cosas están raras, y me voy corriendo, mirando para abajo. Andando con un reprís. Para que parezca que evito el tema. Para que parezca que escapo de ellos. Había una cajera que parecía que como misión en la vida tenía hacerse mi amiga. Porque el resto, poco a poco, después de los cuatro años que llevo aquí trabajando en mi plan, han ido dejando de hablarme. Se limitan al “hola y adiós”. Muy de tanto en tanto, alguno parece que tiene un reconcome interno y vuelve a las andadas. A intentar hablar con el tipo este rarito. Pero la chiquita esta no paraba. Que si “vente un día conmigo”. Que “por qué no vamos al cine”. Que si “no seas tan antisocial”. Que “hemos quedado todos, no seas el único en no venir”. Una vez hizo amago de rendición. Era su cumpleaños. Y estuvo toda la semana dale que te pego con su cumpleaños, dale que te pego para que yo fuese ahí. Que yo era clave para su cumple. Yo hacía como siempre. Andar rapidito, dando pasitos cortos pero muy rápidos, casi sin levantar el talón. Tititititi. Para que me dejase un poco de lado. Le dije que no podía, que me venía mal, le decía estas cosas y me iba a mis estanterías. Cogiendo cositas pequeñas que me cupiesen en los bolsillos. Pero ella al final dijo “o sea que cuento contigo, consideraré que has confirmado tu asistencia” y se empezó a reír. No veas tú que rollo de tía. Yo por supuesto no le había dicho nada, así que llegada la fecha, no fui. Además, que ahora que lo pienso, ni siquiera podría haber ido porque no tenía su dirección. Sabía la hora y el día pero no la dirección. Y no fui. Al día siguiente me vino diciendo que yo era un malqueda y tenía la chica los ojos llorosos. A mi no me dio pena, todo lo contrario. Porque estuvo diez días o así sin dirigirme la palabra. Así que ya todos me dejaban en paz.

No sólo podía parecer despistado. Tenía que parecer enclenque. Así que de vez en cuando me inventaba desmayos al mover algunas cosas pesadas. Porque un tipo despistado, rarito, que se peina con raya, casposillo, puede ser un tipo que va a liarla parda. Que va a hacer que se cague la perra. Pero un tipo que además de todo eso es débil, ese ya tiene menos posibilidades. Por eso me inventaba desmayos. De repente, al suelo. Y me hacía un poco el aturdido. Me decían los compañeros “venga tómate un bocadillo y una cocacola, que estás muy flojo” y yo les decía “sí, sí” y me iba rapidito. Así todos pensaban “a este tío se lo lleva el viento”. Pero vaya, el viento se los llevará a todos. Otro día hice una demostración de conocimientos. Me inventé una historieta de forma que se fuera transmitiendo de boca en boca que yo mantenía relaciones sexuales con el guardia de seguridad, arreglándomelas para que nadie supiese que en realidad toda la historia la había iniciado yo. Al final le llegó el bulo al de la seguridad y vino y me pegó una paliza por maricón. Yo no hice nada por defenderme, así que parecí más indefenso aún. Además luego hice correr el bulo de que eso lo había inventado la cajera porque no fui a su cumple. Así a esta la echaron de la empresa por generar un incidente tan doloroso y el de seguridad me pidió disculpas. Quedé como un tipo inocente e indefenso y me quité de encima a la petarda esa, que ya estaba husmeando en mis cosas porque me volvía a hablar y me preguntaba mucho.

También tenía que parecer tonto. Porque puedes estar despistado pero tener unos conocimientos intelectuales altos. Y un tipo muy débil, muy despistado, con sus conocimientos elevados puede hacer cosas impensables. Así que yo a ojos de los demás tenía que parecer todo lo contrario a lo que soy. Tenía que parecer un ignorante. Un analfabeto total. Huelga decir que la mayoría de mis compañeros de trabajo no son unos cerebrines. Son de ese tipo de gente que sabe tres o cuatro cosas y ya se piensan que son los más listos. Aunque lo que saben sea una mierda que ni ellos entienden. Pero da igual. Un día rompí mi silencio para hacerme notar. Había unas chicas de una agencia de viajes haciendo una promoción. Tenías que rellenar un formulario diciendo el país europeo que te gustaría visitar de punta a punta. Luego participabas en un sorteo y si lo ganabas, visitabas ese país. Había otros premios como neceseres, camisetas o una bicicleta. En el descanso, varios compañeros se acercaron a rellenar el formulario. Yo me acerqué tras ellos y pedí un formulario. Lo entregué a la señorita de la agencia, que me sonrió amablemente. Uno de los compañeros me preguntó :

-¿Y tu, qué país has puesto?

-Nueva York- le dije. Me miró pasmado y se puso a reír.

- ¡Pero si Nueva York no es un país y además no está en Europa!

Todos se empezaron a reír de mí. Yo cogí y me puse a caminar a toda velocidad, haciéndome el avergonzado. En días sucesivos hubo bromitas al respecto. En realidad, en mi formulario puse “Islandia”. Pero ellos ya pensaban que yo era tonto de remate. Lo siguen pensando. Como su tema intelectual es el fútbol, alguna vez alguno de estos que siente necesidad de hablarme por remordimiento interno me comenta lo emocionante que está la Primera División. Yo suelo decir “Ojalá que el Segovia gane la Copa de Europa este año”, aunque el equipo de Segovia en realidad se llama Gimnástica Segoviana y está en Tercera. Ellos me dicen “bueno está difícil” y se van asombrados.
Con el encargado de mi sección, intento parecer todas esas cosas pero también procuro ser ejemplar en mis tareas. Porque aunque tenga aire despistadillo, aunque me haga el tonto, aunque me haga el enclenque, el encargado tiene que llegar a la conclusión de que hago bien mi trabajo. La mayoría de las veces los encargados de estos grandes centros son trepas que quieren contentar al jefe que tienen por encima, que suele ser otro trepa. Por encima de todos estos trepas siempre hay otro trepa hasta llegar a los chavalitos con master en mil cosas que trabajan subordinados a grandes jefes interesados en vender y vender más. Estos trepas de grado inferior quieren contentar al trepa superior que a su vez quiere hacer lo propio con el siguiente. Entonces tiene que hacerse todo bien en su sección. Y les da igual lo tontaina que seas mientras hagas las cosas bien, porque quieren el puesto del trepa que les manda y tienen que hacerlo todo bien. Así que yo hago todo bien. Lo único, que me llevo cositas pequeñas cuando nadie mira, para que mi plan llegue a buen puerto. Pero intento llevármelas de otras secciones, así el encargado de la mía está contento conmigo. Un trabajador ejemplar, por tonto que sea, no suele ser sospechoso de poner patas arriba las estructuras del Estado.

Fuera del horario laboral, tampoco os penséis que hago demasiadas cosas. Me relaciono con los vecinos con máxima amabilidad, pero manteniendo las distancias y con mi aire de tonto. Así piensan que soy un tonto muy amable. Eso me conviene. Así piensan que soy un chiquito agradable pero con pocas luces. Ayudo a las señoras con las bolsas, aunque cuando me hablan me hago el tímido, me muerdo el labio, sonrío un poco, hago alguna que otra mueca para parecer más imbécil. Hago ruidos nasales en plan rinoceronte o hago ronquidos intercalados mientras hablo. Así piensan “este chaval está más ‘pallá’ que ‘pacá’”.

Mientras estoy por el vecindario hago notar mi vestuario. Me pongo pantalones de pana que me quedan cortos, pesqueros, con los zapatos negros con el calcetín blanco. Me pongo camisas y las dejo un poco por fuera y un poco por dentro. Me pongo jerséis antiguos, de estos que tienen bolitas de lana. Los doy un poco de si para parecer algo amorfo. Al tiempo que hago todo esto siempre doy mis buenos días y mis buenas tardes. Porque les quiero dar lástima, pero no miedo, y quiero que me tengan cierta estima, que se compadezcan de mi con cierto afecto.

Por el vecindario salgo lo justo. Lo justito que uno puede y debe salir. Voy a comprar las cosas que necesito a una tienda de chinos, porque los chinos no hacen preguntas. Los chinos podrían ser perfectos cómplices para mi plan si ellos quisieran serlo. Porque no hacen preguntas. Van a su aire. Miran sus dvd en chino y van a su aire. Si les compras algo, te lo venden. En este barrio hay varias tiendas de alimentación regentadas por ciudadanos chinos. Y también varios supermercados regentados por chinos, en los que tienen de todo. Cubo de fregona, fregona, cajas de plástico, cuadernos, guantes. Todo lo necesario.

Una vez cada quince días cojo el transporte público para ir a cualquier punto de la ciudad. Voy de punta a punta. A veces voy a Vallecas, a veces voy a Hortaleza, a veces voy a Canillejas, a veces voy a Aravaca. Voy a sitios muy distantes unos de otros. Voy a droguerías y compro lo que me hace falta. En una compro azufre. En la otra compro glicerina. Voy cogiendo de aquí y de allá, pero poco, muy poco. Todo cosas que le venderían hasta al peor de los terroristas sin sospechar. Y yo levanto menos sospechas que nadie. Con el papel que interpreto, incluso puedo parecer un joven químico distraído.

En mi casa, la mayor parte del tiempo la ocupo organizando mis cosas. Así que como cosas precocinadas y limpio lo justo. Mi saloncito es mi centro de operaciones. Lo tengo todo lleno de planos de la ciudad en los que marco los puntos clave. Los puntos en los que habrá que esconder cosas, los puntos por los que habrá que pasar rápido o en los que hay posibilidad de actuar. Voy memorizando calles para que cuando llegue el momento esos planos estén en mi cabeza. Las paredes las tengo llenas de fotografías. En esas fotografías salen individuos muy importantes de este país. Individuos que lamentablemente voy a tener que neutralizar. Porque las cosas tienen que cambiar. Tengo sus fotografías. Y en mis planos marco también sus horarios, a que hora entran y a que hora salen. A que hora quedan con su querida o con su mujer. Todos los movimientos. En mis ratos libres les sigo y voy apuntando las cosas. Para tenerlo todo controlado. Todos los cacharritos que he ido cogiendo los tengo amontonados en la mesita. Todos los cacharritos y todas las sustancias. Porque lo que estoy fabricando necesita de todo eso para cumplir su papel destructivo. Paso hasta altas horas de la madrugada ensamblando piezas o rodeado de tubos de ensayo. Pero no me importa sacrificarme. No me importa emplear todo mi tiempo libre en esta causa. Porque esto va a llevarnos a otra situación.

Dormir poco es perjudicial en cierto modo porque si no estoy lo suficientemente descansado, no estoy lo suficientemente lúcido. Debo decir en mi descargo que cuando puedo me echo siestas en las que pongo en orden mis ideas. Pero lo que viene siendo dormir por la noche, duermo poco. Pero me viene bien, muy bien, porque eso contribuye a que mi aire despistado sea mayor. Porque para mi tarea me conviene hacerme el despistado. Y tu me dirás que por qué me hago el despistado. Pues porque tengo un plan en el que es fundamental hacerse el despistado. Con el plan que tengo, todo va a cambiar para mejor.

Cortos: El duelo (y III)

Bajaron en Sol. Pufi se acercó a una señora y le preguntó la hora, pero esta salió corriendo. Después se acercó a un guardia de seguridad y repitió la pregunta.

-          Las seis menos cuarto, caballero.

-          Me apetece un gofre de esos – dijo Pufi

Salieron del Metro con el gofre en la mano. Se mezclaban entre el gentío en pleno centro de la ciudad. Callejeando, llegaron al Viña T.

El local era un pequeño bar, con tres mesitas tipo pupitre escolar, una barra y una televisión alta con el canal satélite parado en el canal de cine español antiguo. Una película de Gracita Morales atraía la atención de los clientes. Un punki desdentado, un semi vagabundo con mucha barba y un tipo bajito con gafas formaban el selecto grupo de asiduos.

-          Tabernero, una sangría para mi y para mi compadre el Pitufo

El tabernero les hizo la sangría y la sirvió en un gran vaso de plástico. Les ofreció también unos cacahuetes y unos canapés con chorizo. Eran las 18:15. Pufi miró al tabernero, que tras servir la bebida se iba hacia el otro extremo de la barra. Le chistó y le hizo una señal con el dedo para que se acercase.

-          Oiga, mire, me llamo Porfirio Díaz… ¿no ha preguntado nadie por mi?

-          ¡Ah! ¿Es usted el señor Porfirio Díaz?. Antes han venido preguntando por usted, se fueron y dijeron que volverían

-          ¿Cuántos eran?

-          Eran dos

-          Dos para dos – Susurró Pufi a Pitufo – ¿Y como eran? – dijo de nuevo en voz alta

-          No me fijé mucho, uno iba vestido con una cazadora de cuero, tenía la mandíbula algo salida y el pelo con entradas. El otro era moreno con coleta

-          El cuñado – musitó Pufi – ¿y por qué se han ido? Luego dicen que yo soy un cagado por el barrio y ahora se acojonan me cago en su puta mierda

Una voz sonó detrás de Pufi

-          ¿A quien llamas maricona? – Koke entró en el local. Efectivamente iba de negro, tenía los ojos claros y el cabello cada vez ocultaba menos la piel de su cabeza. Junto a él un tipo alto, moreno, con cadenas de oro, perilla y pelo rizado recogido en una coleta. Pufi y Pitufo se giraron precipitadamente y cerraron los puños. – Tranquilos… tranquilos, sólo he venido a hablar.

Koke le señaló a Pufi la mesa central. Pitufo se sentó solo en la mesa más cercana a la puerta, mientras que el cuñado de Koke se sentó en la que estaba más al fondo. Los tres clientes del local seguían a lo suyo.

-          Pufi, yo pensaba que eras un tío legal, no un tío que jodía las cosas. Un mierda, Pufi, un rajado que sale cagando hostias cuando las cosas se complican

-          Mira cagamierdas me tienes hasta las pelotas… todo es tu puta culpa, tu lo montaste mal, y mandas a tus sobrinos de mierda de los cojones a pegar a un chaval pequeño al patio, no me llames rajado – el tono era cada vez más hostil – porque eso es ser rajado, rajado eres tu y tu puta familia y tus sobrinos – el cuñado de Koke hizo ademán de levantarse, pero este le hizo un gesto con la mano para que se detuviese. Pufi le observó, acercó la cara a Koke y le dijo en voz baja – y ese gitano… se folla a tu hermana

-          Así no creo que lleguemos a un grado de entendimiento. Te exijo una compensación por la pérdida que tuvimos debido a tu cagalera de última hora que todo lo jode. Si no, tú, tu hijo y tu mujer pagaréis caro.

Pitufo se terminó la sangría, se levantó de la mesa, fue hacia la barra y se dirigió al tabernero:

-          ¿El baño?

-          Al fondo del pasillo

Dejó atrás la mesa de Koke y Pufi, también la del cuñado. Llegó a la puerta del baño y encendió la luz. Koke y Pufi continuaban hablando, en términos serenos pero con tensión. El cuñado había desconectado de la escena y miraba la película de Gracita Morales mientras comía canapés con chorizo y bebía un tercio de cerveza. Entonces Pitufo decidió que la cosa se estaba alargando demasiado y que ese Koke no era más que un desgraciado. Así que cogió un taburete, se acercó sigilosamente al cuñado de Koke y se lo estrelló en la cabeza. Koke se levantó de golpe pero antes de que pudiese reaccionar se llevó otro taburetazo. Cayó al suelo, junto a su cuñado. Pitufo les siguió dando con el taburete mientras Pufi les daba patadas en el estómago. El tabernero empezó a gritar.

-          ¡¡Por favor, en el bar no!! ¡¡En el bar no!!

-          Calla cojones loco, que estás loco, calla, cabezón – le increpó Pufi

El tabernero se puso a llorar y a pedir a Dios o a quien fuese que todo acabase pronto. El punki y el barbudo dejaron de mirar la pantalla y se giraron hacia la escena, mientras que el tipo de las gafas aprovechó la coyuntura para ponerse a vaciar la caja registradora.

Pufi siguió pateando a Koke y su cuñado, Pitufo había dejado el taburete en su sitio y se dirigió a su amigo

-          Vámonos de aquí, salimos por la puerta y nos vamos andando tranquilos, por aquí pasa poca gente. Luego nos vamos los dos del barrio porque los gitanos nos van a matar, pero ese tío ya no se ríe de ti

Pufi dejó de patear en el estómago a Koke. Este gemía en el suelo. Pufi le cogió la cara, apretándole con la mano en las mejillas, acercó bien su rostro y le dijo muy serio:

-          Koke Jiménez, hijo de la gran puta, la próxima vez que quieras que tú y yo robemos a una anciana su collar de diamantes, si no quieres que me vaya corriendo, no lo hagas delante de su hijo de dos metros, cien kilos de peso y siete días de gimnasio a la semana… te tengo que partir la cara por una negligencia tuya. Yo soy maricona, pero tu organizas los palos como una puta mierda

El tabernero estaba absorto y seguía lamentando su mala suerte. En el suelo yacían maltrechos Koke y su cuñado. Pufi y Pitufo se acercaron a la puerta.

-          Mis colegas me llaman Pufi, pero vosotros no sois mis colegas, así que ni me miréis – dijo a los clientes – Tu, no por ser más sucio eres más revolucionario – le dijo al punki – tu lávate, que hueles a choto – le dijo al barbudo – y tu… ¡acércate! – el tipo de las gafas dejó de hurgar en la caja, se guardó un fajo de billetes en el bolsillo de la camisa y se acercó. Pufi le cogió del pelo, le quitó las gafas y le estrelló la cabeza contra la barra varias veces. Le metió la mano en el bolsillo, sacó todos los billetes y se los dio al tabernero – Esto para que se cobre nuestras consumiciones, la de mi amigo y su pariente ahí presentes – señaló con la barbilla a Koke – y para arreglar los desperfectos que le hayamos podido ocasionar.

El tabernero cogió el dinero y se quedó mirándolo.

-          ¡Pero si este dinero es mío!

Pero Pufi y Pitufo ya se habían marchado.

Cortos: El duelo (II)

-          ¡Qué hay de comer! – exclamó Pufi

-          Eres un irresponsable y nos llevas a todos por la calle de la amargura, si tu no resuelves esto mi hermano lo resolverá y luego te va a pegar a ti una paliza – fue la respuesta de Mari . A Pufi se le notó en el gesto que no le hizo mucha gracia tener que vérselas con su cuñado

-          ¡¡Pues esta tarde mi compadre Pitufo y yo, Porfirio Díaz Herrero, hijo de Agustín y Remigia, voy a ir a limpiar mi honor al Viña, a las seis, tal y como quiere el mierda malnacido de Koke Jiménez!!

-          De comer hay pollo al ajillo – Mari se fue hacia la cocina

Pufi se sentó en el sofá y siguió viendo la televisión. En el canal local la pitonisa echaba las cartas, diciéndole a una señora agobiada que llamaba desde el barrio de Tetuán que su marido le ponía los cuernos con su mejor amiga. Se escuchaban los sollozos de la señora a través del teléfono “no es posible, no es posible, con todo el amor que yo le doy”. Pitufo se levantó, cogió un taburete y se sentó frente a Pufi.

-          Mira Pufi, yo no pinto nada en esta historia, yo estoy limpio ya de todo, yo no tengo ya más nada que ver con el talego ni la hostia, mis chavales van bien en el cole, uno está aprendiendo ordenador, mi vieja está enferma y mi mujer no tiene por qué soportar más preocupaciones, y la única que tengo yo es encontrar un currelo, no meterme en tus cosas, que bastante te ayudo ya…

Pufi se mantuvo en silencio, observándole atentamente, con semblante muy serio

-          Es en los grandes momentos donde se demuestra la lealtad hacia los socios de andanzas. Mi vida es mi vida y la tuya es la tuya, cada uno toma su camino. No te escondas detrás de un vino peleón del “Día” cuando viene un problema… o hazlo, deja a tu colega vendido. Que yo me he jugado el cuello por ti, por ti y por más malnacidos de este barrio que son unos gilipollas y unos hijoputa que ya no se donde están y si me vendes pues vete a tomar por culo, lo cual digo en estado de plena salud mental y sin irritación

Pitufo se levantó nuevamente y se dirigió a la puerta. Tomó el pomo, abrió, puso un pie en el descansillo, miró al techo, suspiró y volvió atrás.

Ambos estuvieron viendo la televisión por las dos horas siguientes. Pufi cambiaba de canal sin aparente interés por nada de lo que ponían, pasaba del 1 al 12 y vuelta a empezar, desde los canales estatales hasta las cadenas locales. Mucho magazine matutino, algo de dibujos, pitonisas, videoclips y anuncios de colchones.

Mari entró de nuevo en el salón, puso cuatro platos sobre la mesa con sus cubiertos

-          ¡Hijo trae los vasos! ¡Vosotros sentaros a comer!

Fue a la cocina y trajo un cuenco de ensalada y una cazuela de pollo. Toni puso un vaso frente a cada plato

-          Venga niño trae agua – ordenó la madre

-          Y vino para el tío Pitufo – dijo Pufi

-          No, ya tomaré más tarde – Pitufo no tenía muchas ganas de beber, vista la situación

-          Y para papá cerveza

Mari les puso a todos cuatro o cinco trozos de pollo y también ensalada. Pufi se quejaba diciendo que no era un caballo, pero Mari insistió en lo beneficioso que era, especialmente en un día como el de hoy. Quedaban cuatro horas para que su marido y Koke se vieran las caras y dirimieran sus diferencias.

Pitufo cortaba los trozos con cuchillo y tenedor, Pufi directamente usaba las manos, al igual que el resto de su familia.

-          Muy bueno Mari – dijo Pitufo. Pufi eructó.

Acabaron de comer y Pufi ordenó tajante que todos fueran a dormir la siesta. Pitufo por ser invitado la dormiría en el salón.

Pufi cogió a Mari del brazo y la dirigió hacia la habitación.

-          La mesa está sin recoger…

-          Ya la recogerá el niño – le retiró el pelo del oído y le habló en bajo – ahora un poco de caña.

Entraron en la habitación y Pufi cerró la puerta, puso a su mujer sobre la cama, le bajó las bragas por debajo del vestido, se bajó los pantalones y los calzoncillos y la penetró.

En el salón, Pitufo veía la televisión tumbado en el sofá. Toni se sentó a ver la tele. Se escuchaba el golpe de la cama contra la pared. Pitufo dio una colleja al niño

-          Venga chaval, a dormir, que has tenido un día duro.

En la habitación conyugal, Pufi había terminado su faena.

-          Cada día estás mas seca – Y se durmió.

Llamaban a la puerta de la habitación. Pufi se desperezó.

-          Que pasa cojones – murmuró

-          Pufi – Pitufo gritaba a través de la puerta – ¡son las cinco menos cuarto!

-          ¡Me cago en la hostia!

Se levantó de un salto, se puso los pantalones mal que bien. Entró en el baño, se echó agua en la cara, luego entró en la habitación del niño, que jugaba con una maquinita.

-          Adiós chaval

Cerró la puerta de su hijo y le hizo un gesto con la cabeza a Pitufo

-          Es un buen niño. Es tonto, como es natural, porque su abuelo materno es tonto y su tío es tonto del culo, pero es un buen niño. No se como pueden pegar a un niño gordito y con gafas. Venga vámonos, que vamos justos de tiempo.

Pufi cogió su chaleco, salió del piso y cerró. Se encaminaron de nuevo hacia el Metro. Al volver seguía allí Don Ramón

-          Mire Don Ramón, usted es un toca cojones y un yonqui de mierda y si mañana a estas horas tengo la oportunidad de verle le arranco la oreja, que usted escucha demasiadas cosas por este barrio y maricona lo será su puta madre.

Don Ramón le miró de reojo. Estaba absorto en la lectura de “Pantagruel”, de François Rabelais.

Pufi y Pitufo bajaron las escaleras del Metro, escucharon un tren y bajaron a toda prisa. Lo perdieron. Pufi estaba nervioso.

-          Joder me cago en mi puta calavera, ¡cojones!

Cinco minutos después, llegó el siguiente tren. Se sentaron y Pufi empezó hablar

-          Mira, a este tío le voy a ir a partir la boca porque está metiendo a mi familia en este asunto. Pero todo ha sido culpa suya, culpa del puto Koke, no hay que juntarse con ese tío, escúchame Pitufo, no hay que juntarse con ese tío porque te enmierda y se junta con navajeros y te mete en un tinglado y es un gilipolla y malnacido y le cojo y le mato. Tú vas a ser mi secretario, tú vienes conmigo para dar fe y si la cosa se pone fea, tú me vengas y te quedas con mi familia y mi hostia. Ahora silencio, que tengo que pensar

Pitufo sabía que cuando Pufi quería silencio lo mejor era no hablar. Murmuraba tacos cuando había ruido o daba golpes contra el cristal. En la estación de Canal se bajaron. Andando por los pasillos en el trasbordo hacia la línea 2, les adelantó una chica joven, una estudiante con pantalones vaqueros ajustados, una carpeta en las manos, gafas de sol a modo de diadema.

-          Pitufo, ¿has olido su perfume? Ese aroma en ese cuello joven: el futuro. La belleza de esa chica es una muestra de alegría. Su perfume me ha recordado a las flores, al campo, el amanecer, el sol tenue de una mañana de primavera. Su piel me recuerda al césped, a las briznas de hierba con gotas de rocío. Pitufo, a veces miro las nubes, veo sus formas, pienso en la vida. Algunos dicen que la vida no tiene sentido, que es una mierda, pero el sentido de la vida está ahí, en una nube, en una flor que se abre, en las abejas que recogen el polen para que después nos tomemos la miel.

Cogieron la línea 2. En la estación de Noviciado subieron unos ecuatorianos que empezaron a tocar esa de “Llegando está el carnaval, quebradeño mi cholita, cerca de la quebrada humahuaqueño para cantar”. Pufi se inquietaba con tanto escándalo, aunque Pitufo les dio dos euros.

Cortos: El duelo (I)

-          ¿Qué necesidad tengo yo de partirle a un tío la boca por una negligencia suya?

Las puertas del metro se abrían en Guzmán El Bueno. Pufi y el Pitufo salían para hacer el transbordo hacia la línea siete.

-          ¿Dime, dime, Pitufo, yo qué beneficio obtengo con esto, si al final le voy a partir la boca al tío, por negligencia de él?

Pitufo no respondía. Pufi era alto, rubio, con el rostro demacrado por la heroína, vestía un chaleco negro, una camisa blanca y unos pantalones vaqueros, llevaba unos tatuajes descoloridos en el brazo derecho y una lata de Mahou de las grandes en la mano izquierda. Tenía la voz totalmente cascada.

Pitufo era bajo, con el rostro colorado y pestazo a vino, con una sudadera Kelme del Real Madrid y pantalón de pana, los dientes torcidos y el pelo revuelto.

Andaban por los pasillos de la estación. Pufi estaba más bien alterado, aunque no era para menos.

-          Vas a volver a la trena de todas formas

-          Pitufo si a mi la trena me come la polla, a mi me come la polla porque allí me dan lo que yo necesito, a mi me suda los cojones pero la cuestión entonces como bien apuntas no es esa porque de todas formar por hache o por be allá voy a volver, pero la cuestión es si yo tengo o por el contrario no tengo necesidad de partirle la boca, máxime cuando, cojones, es negligencia suya todo este asunto que nos mueve y nos lleva ahora a plantearnos esta historia, coño, joder – Pufi se agitaba conforme hablaba- si es que hostia… – pegó el último trago a su lata y la tiró contra la pared.

En el andén de la línea siete el tren no se hizo mucho esperar. Eran las 11 de la mañana, el servicio aparentaba ser bueno, había trenes para todos con cierta celeridad. La puerta del metro se abrió ante ellos y cogieron sitio rápidamente.

-          No le veo los pros a partirle la boca por ninguna parte

-          ¿Y no partírsela? – Replicó Pitufo

-          La ganancia del tiempo, el bien inmaterial del que carecemos en esta sociedad, perder o no perder tiempo, realizar o no realizar un esfuerzo. Porque realizar un esfuerzo supone un trabajo y un trabajo no remunerado y yo puedo estar en casita con la churri o con mi puta madre tocándome la vaina y no por el mierda ese, que encima es el que tiene la culpa, ir allí y perder una tarde que otrora podría ser maravillosa.

Se abrió la puerta en Francos Rodríguez y subió una gitana con un bebé en brazos y un pañuelo en la cabeza, que no tardó en comenzar su perorata

-          Buenos días señoras señores soy una chica pobrecita de la BosniaHerzegovina no tengo dinero porfavor no tengo casa por favor, no tengo leche para este niño pequeño por favor…

Mirando con rostro afligido a cada uno de los pasajeros, se detuvo ante Pufi y Pitufo sin variar el gesto, cabeza gacha y mano extendida.

-          ¿Y esta? – dijo Pufi

-          Mira para otro lado y se irá – susurró Pitufo

-          Pero cojones – le dijo Pufi a la chica – pero tu me ves a mi en el gesto pinta de que yo estoy en condiciones de darte a ti nada me cago en mi historia joder… ¡fuera coño! – gritó al tiempo que gesticulaba con las manos y la chica se fue a mirar con cara de pena al siguiente pasajero

-          No es para ponerse así hombre

-          Hombre, si es para ponerse, si es para ponerse, porque nos ocupa una cuestión vital de supervivencia absoluta, de vida o muerte, de todo o nada y no me puede venir esta chica, de origen zíngaro, a mi a decirme que si tal o que si cual porque estoy viajando en el metro y además un euro he pagado, he pagado un euro para montarme en este metro y no es para andarse con historias

-          Ya pero esta chica es de otras tierras

-          A partir de ahora silencio, porque quiero pensar y necesito un estado de silencio

Pitufo cerró la boca y Pufi cerró los ojos. En la estación de Valdezarza subieron unas chicas que iban hablando alegremente sobre sus cosas y Pufi les lanzó un grito de silencio acompañado de una mirada asesina. Las chicas se callaron y se desplazaron al otro extremo del vagón. A cada mínimo ruido, Pufi musitaba tacos “jodercoñohostiasilencioo” entre dientes. Pitufo miraba los itinerarios de cada línea imaginando transbordos posibles para llegar a tal o cual sitio.

El tren se detuvo en Pitis. Última parada. Ambos salieron y Pufi tomó aire al llegar a la superficie.

-          Viva mi barrio joder

-          ¿Has pensado ya que hacer?

-          No he determinado que hacer, si ser asín o asá, pero si he determinado que la solución la marcará el destino.

A la salida de Metro se encontraron con Don Ramón, que fumaba un poco de cocaína y heroína en papel de plata

-          Venga coño fumaros un poquito a mi salud

-          Que no Don Ramón que andamos con prisa – dijo el Pitufo

-          Pitufo, ya veo que vas con el Pufi – Don Ramón miró de refilón a Pufi y este tomó la palabra

-          ¿Algún problema?

-          Dice el Koke que eres una maricona

-          ¿Maricona yo? ¡me cago en la hostia! ¡Que te mato!

-          Tranquilo chaval que yo paso aquí las horas y digo lo que escucho

Pitufo tomó del brazo a Pufi, se fueron mientras Don Ramón protestaba por su falta de educación manifiesta y su descortesía al no despedirse. Se encaminaron por las calles del barrio. Como de costumbre, las señoras decentes que quedaban en el vecindario sujetaban bien el bolso al cruzarse con ellos (las madres de ambos hacían lo mismo al encontrarse con sus conocidos). Gitanos y latinos no les hacían mucho caso al verlos, aunque ambos notaron que cuando veían a algún conocido estos se limitaban a saludarles rápidamente o con cierta sorna.  Pufi y Pitufo llegaron al portal, subieron andando hasta el tercer piso y empujaron la puerta.

-          ¡Ya he llegado Mari, ya he firmado! – gritó Pufi

Tiró su chaleco sobre la silla, encendió la televisión y se sentó en el sofá.

-          ¡Tráete dos cervezas que el Pitufo come en casa!

-          No tío, yo me voy – le dijo Pitufo al oído

-          Que tú te quedas compadre, que la Mari si cocina para tres cocina para cuatro…¡¡MARI!! ¡Coño la cerveza!

Mari apareció en el salón con Toni, su hijo de 11 años, que tenía un ojo morado.

-          Me cagüen mi sombra que le ha pasado a este chico … ¡No te sabes defender o que!

-          Mira Porfirio que me tienes negra… ¡que le han pegado en el cole los sobrinos de Koke, que le han dado una paliza y han dicho que su padre es un cagado!

-          Si ya decía yo que el cole no tenía nada bueno – Pufi empezó a reír a carcajadas y le pegó un toque a Pitufo, para que se riese también, cosa que hizo tímidamente. Mari le miró con el rostro más agresivo con el que le había mirado jamás.

Pufi se levantó del sofá, le pegó unos cachetes al niño y empezó a andar dando vueltas alrededor de la habitación

-          ¿He estado o no he estado pensando en la cuestión? Llevo – subió la voz – o no llevo todo el puto día pensando en la cuestión y en los acontecimientos – miró a Pitufo, que a su vez miraba al suelo y musitaba un “sí” prácticamente inaudible – y le doy vueltas y me pregunto por qué tengo yo que tener una confrontación de cualquier tipo con el mandangas ese que la maricona lo será el y por qué los niñatos esos que son medio gitanos medio europeos tienen que pegar a mi chaval – miró a su hijo Toni – ¡que estás gordo, que te hinchas a chocolatina y a gominolas y te pegan luego joder, que así no vas al Real Madrid ni a nada!

-          ¡¡No grites a tu hijo que el no tiene culpa de tus problemas!! ¡Y le han roto las gafas!

-          Coño y si no tiene culpa por qué le atacan por la espalda

-          No ha sido por la espalda – dijo el chaval

-          ¡Pero seguro que eran más que tu! – replicó el padre

-          Eran cuatro

-          Pues cojones me cago en mis muertos y en la pera amarga… ¡castigado a tu habitación!

Se hizo un silencio en la sala

(continuará…)

Cortos: La vida de Roberto

La vida de Roberto

Roberto estudió Derecho y ADE, tenía muchas salidas, sobretodo viniendo de ICADE.

Todas las mañanas Roberto se pone su traje de marca, su corbata y sus gemelos de oro. Sale de su chalé adosado, que está pagando a plazos, en su Audi nuevo, que está pagando a plazos, y enfila hacia la calle Orense, donde trabaja. Roberto todavía no se ha enterado de que es el último mono.

Roberto entra en la oficina a la hora estipulada, aunque antes compra EL MUNDO en el VIPS porque Roberto es un liberal y los liberales leen EL MUNDO, igual que los progres leen EL PAÍS.

Con EL MUNDO bajo el brazo, Roberto entra a su oficina a la hora estipulada. Como es un padre ejemplar, tiene la foto de sus hijos y su mujer en la mesa.

Roberto hace lo que le manda el jefe hacer porque, como es bien sabido, en estos tiempos que corren el jefe siempre tiene razón. De hecho admira a su jefe, un gran hombre, hecho a si mismo, que era analfabeto e inculto y trabajaba recogiendo boñigas y ahora su objetivo es de una tremenda superioridad cultural, ya que consiste en ganar todo el dinero posible y ser un triunfador. Roberto quiere también ser un triunfador y por eso imita a su jefe, aunque él tiene estudios. Cuando el jefe habla, Roberto calla, cuando el jefe manda, Roberto asiente, cuando el jefe está de pie Roberto le ofrece una silla y cuando el jefe tiene sed Roberto le ofrece un café. Aunque le griten, Roberto sabe que así sube en el escalafón.

Roberto hace los papeleos que tenga que hacer y firma donde haya que firmar. No importa lo que sea mientras el cliente pague. A la hora de comer, mejor a las 14:05 que a las 13:55, Roberto baja a uno de los múltiples establecimientos de comida rápida. Todos llenos de hombres trajeados, algunos solos y con la mirada aburrida, otros acompañados de compañeros de la oficina haciendo chistes soeces sobre las tetas de la secretaria. Como Roberto es un hombre de buena familia, bien educado, con estudios y liberal, no mira las tetas de la secretaria o sólo lo hace de refilón. Otra cosa es lo que imagine, pero imaginar no es pecado. El cargo que ocupa Roberto le permitiría ir a comer a sitios de mayor categoría, pero aun así lo rechaza. No es por dinero, porque Roberto sabe que su sueldo es la envidia de todos sus conocidos, es por tiempo. Roberto come rápido, termina rápido y vuelve rápido a su puesto de trabajo. Así, el jefe le ve llegar antes que nadie, incluso cuando el jefe llega más tarde puede comprobar que Roberto ya está en su mesa de roble preparando papeles para que la empresa vaya a más. Así se prepara la ascensión a la cumbre.

La tarde la ocupa en repasar lo hecho por la mañana y preparar lo del día siguiente, salvo cuando surge algo urgente que se hace de inmediato. Lo urgente no se mide según la importancia objetiva y contrarreloj que tenga un asunto, sino según lo que pague el cliente y lo amigo del jefe que sea. Los asuntos del dueño de los grandes almacenes son siempre urgentes, eso lo saben todos. Si hay que meter horas extra, Roberto mete horas extra, aunque haya protestas. Quienes le consideran pelota o trepa desconocen el camino del triunfo, pero él tampoco se ocupa de revelárselo. En las alturas sólo hay sitio para uno, Roberto no quiere llevarse bien con los compañeros, quiere dejarles atrás cuanto antes.

Cerca de las 21:30 Roberto vuelve a casa, al chalet adosado en Las Rozas. Es un chalet adosado junto a otro chalet adosado que a su vez está al lado de otro y así sucesivamente. Es lo que se llama una vida en el campo, aunque el campo ya no exista porque el chalet está encima.

Cuando llega a casa los niños están a punto de marcharse a dormir. Lucía, la asistenta ecuatoriana, o de algún país andino, que para el caso es lo mismo, les da la cena en la cocina. El piensa que sus hijos no deben comer como chachas, pero su mujer dice que manchan.

Su mentada mujer habla por teléfono con sus amigas. Todas las semanas va a la peluquería y a hacerse las manos. Trabaja como secretaria en una empresa multinacional, habla idiomas, hace Pilates, paga a Lucía y se acuesta con su jefe si el bienestar familiar y el ascenso lo requieren. Roberto se lo imagina, como hombre hecho y derecho debería montar en cólera, pero como triunfador potencial sabe que el camino hacia el éxito requiere aventurarse por vericuetos más o menos agradables. El se pregunta “¿si yo fuera mujer, lo haría?” y sabe que en el fondo lo haría incluso siendo hombre.

Hay tres adultos responsables en la casa. Lucía, Roberto y su mujer. Lucía acuesta a los niños, la señora destila envidias por teléfono y Roberto se relaja en su castillo. Se pone sus pantuflas y  una copa de brandy, se sienta en su sofá de cuero y enciende su pantalla de 50 pulgadas que todavía no ha terminado de pagar. Una buena parte del reconocimiento social se obtiene rodeándose de distintos objetos que dan prestigio, independientemente de lo que cueste pagarlos. Roberto sabe que todos le envidian cuando van de visita a su hogar.

Roberto está rodeado de multitud de estos objetos, tanta hora extraordinaria tiene que servir para algo. Estas horas extra hacen también, quid pro quo, que no disponga de tiempo para disfrutar de tanto chisme. Pero lo importante es tenerlos, no disfrutarlos.

Entre el centro de la ciudad y el centro comercial, Roberto prefiere el segundo para hacer compras y pasar el día. El centro de la ciudad es símbolo de decadencia y degeneración, delincuencia, suciedad, multitud, vulgo. El centro comercial – depende de donde esté- es símbolo de la victoria del sistema sobre sus enemigos, de orden, calidad, rapidez, distinción. Tienda de marca, comida de marca, película infantil en el minicine con palomitas y Coca-Cola. Todo está bajo control.

La vida social de Roberto se divide en momentos de distinta intensidad. Hace unos meses fue la primera comunión del niño. La celebraron en un hotel de cinco estrellas, el menú fue excelente, todos los invitados quedaron impresionados. El jefe de Roberto no pudo asistir, pero hizo un buen regalo, un reloj Tag-Heuer. Además el niño recibió el Cuerpo de Cristo.

Algunas veces van a comer con amigos, se invitan entre ellos a buenos restaurantes y miran por encima del hombro la cuenta, para así poder decir en los corrillos que Pepito es un tacaño porque yo pagué mucho mas la otra vez. De tanto en tanto hacen barbacoa en el jardín, todos con sus náuticos y ropa de sport.

Aunque su castellano escrito es pésimo, los hijos de Roberto hablan un inglés más que decente. Van al colegio bilingüe de la urbanización, saben los verbos irregulares, el presente perfecto y otras muchas cosas importantes para la vida moderna. Cuando sean mayores su padre les enviará a estudiar a Estados Unidos, para que sean alguien en la vida y aprendan todo en el país de las oportunidades y la libertad.

No todo son responsabilidades en la vida de Roberto, también hay tiempo para el asueto. Por eso exprimen sus treinta días de vacaciones en un apartamento en el golf resort en ese pueblo, como se llamaba… Oliva. No, no consideren que Roberto tiene mala memoria, es que para un hombre como él, basta con decir que va a “la playa”, saca sus palos, mantiene su buen par y no se relaciona ni con los horteras de sombrilla y suegra ni con los brutos valencianos. Esas cosas las deja para su distinguida señora, que a primera hora coloca la sombrilla y se levanta la primera para coger sitio en la playa, no sea que se acabe. Roberto coge el bronceado entre hoyo y hoyo.

La vida de Roberto es maravillosa. Por eso todos quieren ser como el.