De la cadena perpetua

Este país es muy de calentón. Pocas veces se piensa, la mayoría de las veces lo que se hace es reaccionar, en caliente y con mala leche. Será que tenemos una vena impulsiva en nuestra sangre peninsular, que hace que nos decantemos más por el arrebato que por la neurona.

Aunque sigue coleando en todas partes el tema de la pobre Marta del Castillo, ahora que ha bajado un poco el tirón mediático y ya no están los perros rabiosos de los medios gritando sus disparates, voy a meterme un poquito en harina.

Unos canis se cargan a una chavala de una manera que es todavía una incógnita. Se monta un tinglado con tintes de culebrón mediático y al final, lo único que plantea la gente es esto: cadena perpetua. Esta petición es seguida por algunos contertulios y aquí todos tan contentos, “¡cadena perpetua para los asesinos!”.

El Estado Español se rige por una Constitución que no vale para nada. Yo me parto la caja cuando están hablando de los “constitucionalistas”, porque a día de hoy sólo se hace caso de dos artículos de la Constitución, los dos primeros, con el resto cada uno hace lo que le da la gana.

Hay uno, el 25.2, que dice lo siguiente:

Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados.

Voy a deciros un secreto, pero no lloréis: Este artículo es mentira, nadie le hace ni caso. Todo el sistema penal y penitenciario español tiene una orientación absolutamente castigadora y vengativa. A nadie, en ninguna instancia, se le pasa por la cabeza 1) Analizar el por qué del crimen y 2)Una vez realizado, orientar el sistema hacia la reeducación y reinserción social.

Cada vez que se hace un nuevo Código Penal, es más punitivo y duro que el anterior. Y cada vez que se plantea uno nuevo, todas las modificaciones van encaminadas hacia castigar por más y más cosas, aumentando siempre las penas de prisión. Esta es la vía para todos los Ministros de Justicia, de cualquier signo político, para cumplir con el precepto constitucional de la reeducación y la reinserción social.

El otro día hablaban de pequeños hurtos en las tiendas, sancionados como faltas sin pena de prisión, y ya estaban los histéricos de la tele poniendo el grito en el cielo “¡Dios mío, siguen en libertad después de robar una camiseta en una tienda!”, “¡son delincuentes inteligentísimos, roban artículos de un valor menor a 400 euros para así librarse de la cárcel!”. Diablos, ¿es qué la cárcel es la solución para todo?

Aun hay más. Todo el sistema penitenciario está hecho con mala leche, para joder al recluso, considerando que no está suficientemente castigado con el hecho de estar en un Centro Penitenciario. No sólo castiga al recluso, también a sus familias, con medidas como la dispersión de presos o los restrictivos e incómodos regímenes de visitas, además de la permanente incomunicación. De puertas adentro, es una falacia hablar de reeducación y reinserción. Los Centros Penitenciarios son la alfombra del sistema, el lugar bajo el cual se esconde la mierda, y poco más. Porque para el sistema penal y penitenciario español, la persona que delinque es eso, mierda carente de condición humana, que metemos en los CP’s para que no los vean las visitas. En estos centros se reproduce la marginalidad de fuera, con diferencias de clase (no vive igual un banquero que un culero), menudeo de droga y otros conflictos, sólo salvados por la solidaridad y amistad entre internos, que agudizan su sentido de la supervivencia ayudándose unos a otros en muchos casos.

Cuando sucede todo el tema de Marta del Castillo, salen nuestros vecinos a clamar venganza, además de todos esos andaluces que van siempre a las puertas de los juzgados a armar la marimorena, que a mi a parte de darme miedo me parece que muchos no tienen nada mejor que hacer, porque a mi me da en la nariz que son los mismos los que van a gritarle a Miguel Carcaño que a Julián Muñoz, gente que no tiene otra cosa que hacer que mentar a la madre de cualquiera que entre/salga de un juzgado, aunque sea un mensajero llevando un sobre. Salen, decía, nuestros vecinos, a pedir penas más duras y yo me pregunto, seriamente, si alguien se cree que algo va a cambiar aumentando las penas. Yo sí se que va a cambiar, va a aumentar la población reclusa y van a construir más cárceles. Por lo demás, nada. Con la cadena perpetua, se acaba eso de la reinserción y la reeducación.

Y si le queremos poner una guinda, podemos añadirle la ineficacia judicial, el desastre fiscal y todo ese caos institucional que hacen que ser jurista en este Estado de chichinabo se antoje un camino feliz y hermoso.

Como jurista y como individuo que vive en la sociedad, tengo varias convicciones bastante poco compartidas, al parecer, por mis conciudadanos. Pero yo las pongo aquí, que para eso es mi blog y pongo lo que me viene en gana:

1.- Afirmo que la mayor parte del crimen hunde sus raíces en condiciones socioeconómicas. Es evidente que no todas las personas de una determinada condición socioeconómica van a cometer crímenes, porque eso sería una concepción mecanicista del comportamiento humano. Pero si miramos las procedencia social de la mayoría de los presos, veremos que la mayoría de ellos son gente muy humilde que ha delinquido por desesperación para mejorar su situación económica. También gente con poco acceso a la cultura, criada muchas veces en climas de violencia, que no ha conocido otra forma de vida más que la que conduce a prisión. Por eso considero que incrementar las mejoras sociales de la población sería una más que efectiva medida preventiva del crimen.

2.- Afirmo que la reinserción y reeducación es posible y necesaria. El Código Penal que tenemos simboliza una sociedad que esconde sus problemas, no una sociedad que soluciona sus problemas. La estancia en prisión no sirve para nada, muchas de las veces los presos son gente de entrada y salida, porque de la prisión no sacan nada positivo. Delinquen, pasan su temporada a la sombra, salen, vuelven a delinquir, así hasta el final de sus vidas. Esto es porque en prisión nada se hace dirigido a la reinserción y reeducación de presos. Cambiar radicalmente el modo de vida en prisión, incrementar cursos, actividades culturales, dar un trato más humano y menos sombrío son cosas que están en nuestras manos. El interno tiene suficiente castigo estando dentro privado de libertad, no hace falta tratarlo como a una mierda.

3.- Afirmo que el Código Penal español debería ser menos punitivo. No puede ser que para todo la única solución sea la cárcel. Imaginemos el caso de un chaval joven que ve dinero rápido en el menudeo de droga, es descubierto y da con sus huesos en prisión. Es cierto, ha cometido un grave error que además causa un daño social (no mayor, por otra parte que el que causa la venta legal de otras drogas como el tabaco o, por qué no, el alcohol que casi todos consumimos en mayor o menor medida, quitémonos la máscara de la hipocresía), pero ¿va a solucionar algo su estancia en prisión? Si yo fuese juez, le diría “tienes dos opciones, pasar cinco años en prisión o trabajar un año como voluntario en un centro de rehabilitación de drogodependientes, si trabajas un año ahí se te anula la pena de prisión, si escoges esta opción pero luego no cumples, irás a prisión”. Así generas un bien social ayudando en el centro y además castigas en positivo, ya que el penado hace una contribución a la sociedad y además obtiene una enseñanza debido a su actividad. Hay muchos casos muy variados, pero estoy seguro de que más de la mitad de las penas de prisión tienen alguna alternativa interesante y más útil que pasar el día en un centro cerrado mirando al techo.

4.- Afirmo que la legislación penal y penitenciaria debe hacerse con sangre fría y cerebro de hielo, no a golpe de sensacionalismo, manifestación histérica y populismo electoralista. Los legisladores han de pensar con mucha lógica, sin arrebatos, con total rectitud y sin dejarse influir por todos los tinglados. Lo que pasa es que hay muchos votos en juego y PP y PSOE van de la mano en estas cosas, como en tantas otras.

En fin, esa es mi reflexión, que igual le interesa a alguien o igual no.