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Lo que da de sí una calabaza

Hace unas semanas, cuando estuve por tierras alicantinas, me dio por pasear por los caminales con la Reina. En Denia y la comarca de la Marina Alta en general, los caminales son todos esos caminos, asfaltados o no, que transcurren entre las huertas, pasando al lado de casas grandes y pequeñas llenas de naranjos principalmente pero también de muchas otras cosas. Los cracks del lugar saben llegar por medio de caminales, sin salir ni una vez a la carretera (salvo para cruzarla) a cualquier pueblo de los alrededores.

El caso es que íbamos por ahí y nos encontramos a un señor, Don Francisco, que estaba cargando una furgoneta de calabazas. Aurora se acercó para preguntarle por si podía sacar una fotografía y el hombre no sólo accedió sino que nos regaló dos calabazas, “jo vos las done de bona gana!“. Una se la dimos luego a mi abuela porque le encantan las calabazas asadas y la otra viajó con nosotros hasta Madrid.

Y ¿qué hacer con una calabaza? En Valencia es de lo más común comer calabaza de distintas maneras, pero aquí en Madrid no es algo tan habitual. La gente las usa para la decoración de esa terrible fiesta de origen celta impuesta por los yanquis y el capital que se celebra dentro de poco, pero poca cosa más.

Nosotros la dividimos en cuatro cuartos y lo que ha salido es:

1.- Coca de carabassa:


500 gramos de harina, 500 gramos de azúcar, 5 huevos,  2 sobres de levadura, medio kilo aproximado de calabaza

Empezamos con esta receta valenciana para hacer honor al origen de la calabaza. Mezclas el huevo y el azúcar en un bol,añades la calabaza, algo de aceite, la levadura y la harina y lo sigues moviendo.

Se mete todo en un molde para el horno untado con mantequilla o aceite de oliva, se hornea y se saca. Cuando ya no está tan caliente le pones azúcar glas por encima.

2.- Puré de calabaza

¼ de la calabaza más o menos, 2 puerros, un bote de nata líquida, caldo de pollo,2 dientes de ajo, un poco de comino y jengibre, también unas bolas de pimienta verde.

En el fondo de una olla con poco aceite doras los ajos, cuando están dorados añades el puerro cortado en rodajas y la calabaza. Lo dejas un rato friéndose, viertes el caldo justo hasta que cubre, le pones una pizca de comino, jengibre, las bolas de pimienta verde y sal. Se deja hirviendo más de media hora, después añades la nata y lo bates. Tremendo

3.- Calabaza especiada

Calabaza cortada a tiras y las especias que más rabia te den

Esta es una guarnición que hicimos para acompañar a unas pechugas de pavo a la plancha. Cortas la calabaza en tiras y las fríes en la sartén. Paralelamente en un cuenco pones sal y las especias, nosotros pusimos pimienta negra, jengibre, tomillo y clavo. Eso lo machacas todo y lo pones por encima de las tiras de calabaza que estabas haciendo en la sartén. Y de acompañamiento va fenomenal.

4.- Nos queda todavía un poco de calabaza ¿qué hacemos con él?

Diario de unas vacaciones empordanesas (y II)

Día 6

Hacemos una división de tareas. Como nos levantamos tarde, la Reina se va sola a la playa de Sant Feliu de Guixols aunque no sea una cala hermosa y aislada y esté llena de adolescentes, familias bastorras y marujonas. Yo paseo por el pueblo, compro un libro (La Costa Brava, de Josep Pla, muy propio). Me voy a casa, me tiro en el sofá. Me termino el libro “Los dolores del mundo” de Schopenhauer y descubro que, en mis días finos, yo soy como Schopenhauer.  Me dedico a no hacer nada, porque no hacer nada es hacer algo. Nos juntamos la Reina y yo a la una y vamos de expedición a comer al pueblo de Foixá. Para ir allí Antonio, que es nuestro GPS y mi tocayo, decide ir por una carretera pequeña que va de Calonge a La Bisbal D’Empordá. Pasa por pinares preciosos. Hay pinares por todas partes. Llegamos a Foixá por una carretera pequeña y secretísima compuesta por muchas carreteras pequeñas y secretísimas.  En el restaurante Can Quel la Reina se come unas berenjenas con cigalas y jamón. Servidor unas manitas de cerdo. En este restaurante de este pueblo aislado hacen su propio cava. Como aquí no es raro comer con cava, pido una botella del cava local. Como la Reina conduce, no bebe. Como la Reina no bebe, me tomo casi todo el cava. Después probamos el licor local, Ratafía.  Qué peligro. De vuelta a casa visitamos el pueblo de Pals, lleno de turistas. Pasamos por el Acuadiver, ya iremos otro día. En Sant Feliu visitamos otra librería (hay que visitar todas las librerías) en la que compro un libro de cocina catalana.

Por la noche, en la terracita del piso, degustamos unas cervezas locales de marca “Moska” que habíamos comprado en la bodega. Siempre hay que degustar las cervezas locales. La “Moska”rubia no es nada del otro mundo.

Día 7

Seguimos con las playas. La Reina necesita ir a la playa. Lo bueno es que buscamos calas que son bonitas y tranquilas. Acabamos en Illa Roja, en el término municipal de Begur, que está justo al lado de la playa de Pals. En esta calita hay gente muy variada, todos en cueros para seguir con la dinámica. Hay muchísima gente. Las olas son enormes y poca gente se baña. Yo me pongo bajo la sombrilla y cuando el sol se mueve yo muevo la toalla siguiendo la sombra.

Cuando volvemos hacia el piso pasamos por el Acuadiver y decimos que iremos uno de estos días.

Por la tarde vamos en el coche a un punto más avanzado de la vía verde (llamada “el carrilet”) para correr nuestros kilómetros de rigor. Todo está lleno de hinojo alrededor y me dedico a mascarlo. Mejor que la hoja de coca, aprended, bolivianos. En Sant Feliu de Guixols y toda la comarca hay mucha humedad y a poco que te pones a correr empieza la sudada. Al volver, ya en casa me termino el libro “Golfos de Bien”, sobre chavales que hacen el gamberro en algún barrio de Madrid, supuestamente el mío. Tres libros en siete días, recupero ritmo.

Mientras dormimos me despierta el llanto de un niño y me monto la película de que alguien ha tirado a un niño a un cubo. Alarmado me asomo a la ventana. He visto demasiados programas de sucesos, porque el niño parece ser hijo de algún vecino.

Día 8

Volvemos a la playa de Illa Roja. En estas playas es difícil mirar a los sitios porque si miras a la gente parece que les estás mirando sus partes, cosa que es verdad o mentira dependiendo de la persona a la que se mira, claro. Yo me dedico a coger piedrecitas y hacer un gran montículo en torno al palo de la sombrilla, así no se vuela. Los peores en esta playa son los holandeses que abundan en la zona, porque son los que recogen el testigo de familia escandalosa. Y también hay holandeses adolescentes. No hay salvación.

Visitamos el pueblo de L’Escala que no nos llama mucho la atención porque no encontramos sitios donde comer a buen precio, aunque al final encontramos uno regular. Pedimos sangría y la carga el diablo. Pasamos por el Acuadiver y decidimos que iremos al día siguiente. El viaje de vuelta al piso en Rayito a más de 30 grados es infernal.

Día 9

Adoptamos la playa de Illa Roja como la nuestra. Como es sábado, está llena de gente, más que nunca. A mi ya me da igual y como no se que hacer miro a la gente. A ratos me baño, pero cuando estoy en la toalla me aburre lo de estar tumbado y además no tomo el sol. Por eso hay que mirar a la gente. Al lado tenemos una pareja. El chico llega, se despelota y se lo pasa pipa, como un niño pequeño. Coge las olas nadando y juega con la arena. La chica se pone en topless, pero al cabo de un rato se raya y se pone el bikini. Luego discuten. Yo me imagino que porque al chico le gusta ir ahí y a la chica le da vergüenza. El chico la hace mimos un rato y le hace un montículo de arena para poner la toalla por encima y tener “almohada”.  Al poco tiempo se vuelve a saltar en las olas y jugar en la arena para ser feliz mientras su novia sigue con cara de pie.  Vamos muy preparados, llevamos hasta un arroz con pollo y berenjenas. Hay más personajes que nunca. Un tipo argentino se fuma unos porros el solito y acaba hablando con la gente de alrededor. Una chica que hay a nuestro lado está totalmente tiznada y reparamos (repara la Reina también, no sólo yo) que tiene tiznado hasta el chichi. La mayoría de la gente que va a estas playas es gente normal y corriente, si todo el mundo fuese a estas playas desde pequeño no tendríamos tantas obsesiones con los cuerpos desnudos y demás. Sí se ven tíos mazados, la mayoría gays, y pocas tías con cuerpazo, quizá porque las que vemos son más photoshop que otra cosa. Miento, hay una que sí. Una y media, vale. Hay mucho tanoréxico que tiene morenos hasta los agujeros de la nariz. Una señora tiene pliegues en el culo, cuando se tumba no se le ven pero cuando se inclina de una determinada manera resulta que los tiene totalmente blancos. Debe tomar el sol a diario pero claro, el sol no llega a los pliegues.

Por la tarde visitamos el mirador de la ermita de Sant Elm y de vuelta en el piso tomamos más cervezas catalanas, esta vez de la Companyía Cervesera del Montseny. La llamada “Blat” es una de trigo muy suave. La llamada “Lupulus” la denominan “Iberian Ale” que es un amago de “IPA” y que es algo más amarga.

Día 10

Es la dura realidad, hay que volver. Nos mentalizamos para ocho horas de viaje (no vamos por autopistas de peaje) en pleno verano en un coche sin aire acondicionado. Vamos preparados con botellas de agua congelada. Por suerte, el tiempo es misericordioso y de salida no hace demasiado calor. Como no vamos por autopistas de peaje, Antonio, que es el GPS y  mi tocayo, nos lleva por una carretera por la que no fuimos al venir. Va por la comarca de “La Selva”, atravesando pinares hermosos porque está todo lleno de pinares. Es idílico, la luz va entre las ramas y pasan muchos ciclistas. También muchos moteros.

Intento aprovechar la radio nueva buscando emisoras, pero el panorama radiofónico español es muy triste. Se encuentran muchas radiofórmulas minoritarias y mayoritarias con la misma música de mierda. Con la cantidad de estilos musicales que hay y siempre se encuentra el mismo rollo prefabricado. Cuando encontramos algún programa interesante, la señal se pierde aunque tengamos rds.  Pasamos por el desierto de Los Monegros y resulta que es el festival de Los Monegros. Pasan muchísimos coches embarrados y hay picoletos por todas partes haciendo controles. En los controles hay conos y un camión se lleva todos por delante, uno termina bajo Rayito y Rayito parado en el arcén. Un señor agente de la ley saca el cono y podemos seguir.

En el kilómetro 286, por recomendación fraterna, comemos en el Restaurante “El Navarro” que resulta tener un menú a 10 euros con platos riquísimos y una eficacia al servir que parece de otro mundo. Según cuenta, la Reina, pensando en otras cosas, se despista en el baño y hace aguas menores con la tapa bajada. Por lo visto, monta un cirio curioso y yo esperando.

Por la radio escuchamos la etapa del Tour y resulta que Schleck y Contador hacen el amarreti. Para colmo vuelve a hacer calor, aunque sólo lo soportamos la última hora del viaje. Llegamos a Madrid. No hemos ido al Acuadiver

Diario de unas vacaciones empordanesas (I)

Día 1

Este viaje lo hacemos tres componentes: La Reina de La Guindalera, Rayito y yo. La Reina de La Guindalera es la máxima autoridad de dicho barrio. Rayito es el bólido que conduce, un potente Citroen Saxo de 14 años de edad que no tiene aire acondicionado y que va donde le digan. Yo soy yo. Destino: Sant Feliu de Guixols, Baix Empordá, Principat de Catalunya.

Regamos los olivos que plantamos en el descampado y salimos. Son las 7 de la tarde y da igual que no sean horas para emprender un viaje largo, pero hay que salir de Madrid. Retenciones. Más retenciones. En los momentos de retenciones me dedico a mirar a toda la gente que hay en los coches de alrededor, a ver si conozco a alguien. Nunca me he planteado que haría si conociese a alguien. Nunca se ha dado el caso. Retenciones varias. Se nos hace de noche y paramos a dormir en un pueblo de Zaragoza llamado La Muela. Las callejuelas son pequeñas, las casitas son de piedra, muchas restauradas. Hay un supermercado local, cerrado con una verja. Tras la verja, una máquina de refrescos. Al intentar comprar uno, pega un calambrazo. Es una trampa. Compramos un refresco en un local en el que todo es caro. Al final vemos una peli de unos obreros catalanes obsesionados con los marcianos, “Platilos Volantes”, en la habitación del hostal.

Día 2

Rayito no tiene aire acondicionado. Por la mañana hace mucho calor y pega el sol que no veas. Sudamos la gota gorda. Llegamos a Sant Feliu de Guixols, al piso que nos han dejado. Está ubicado en un lugar céntrico. El centro histórico está muy bien conservado, casitas pequeñas de colores claros. El pueblo va de abajo a arriba. Todo son cuestas. A los lados del centro histórico hay algunos bloques de pisos más altos, pero no muchos. Se parece a Dénia, sólo que en Dénia toleran la destrucción de casas del centro histórico (ej: Passeig del Saladar). Se parece a los pueblos mediterráneos. Hay una plaza llamada Plaça del Nord que es casi idéntica a la Plaça del Tenor Cortis de Dénia. Vamos a comer a un sitio de menú y la camarera no sabe hablar. Aquí hay gente que no sabe hablar y eso es una batalla política, porque se empecinan en no hablar. Sepia con guisantes. Por la tarde vamos a un Mercamujer a hacer la compra. El coche huele a choto. La condensación del sudor en los asientos es lo que tiene. Da asco entrar. En el Mercamujer no encuentro mi objetivo principal: botifarra dolça, butifarra dulce, que por lo visto es una especialidad de la zona. Me termino el libro “Kanikosen”, sobre unos pescadores que montan una huelga en un pesquero japonés.

Día 3

Vamos a una cala llamada “Cala del Senyor Ramón”. Es una cala nudista. La playa no me gusta especialmente, pero a la Reina sí y ella manda porque no tiene más vacaciones. A alguna gente le da vergüenza, a mi en realidad me da más vergüenza que me vean la tripa que he echado en los últimos años que el pito, y la tripa la enseño igual en las otras playas. Por el contrario, en las playas nudistas hay tres ausencias fundamentales para poder disfrutar de cualquier lugar con tranquilidad. No hay adolescentes maquineros tronados ni grupos de marujonas gritonas ni familias bastorras. Eso decanta la balanza. A la cala se accede por medio de una finca privada y los de la finca hacen el negocio del año cobrando 7 euros de aparcamiento. La cala está llena de piedrecitas y quema un montón. Se nos pone delante una señora cincuentona ultrasiliconada, pijaza y repelente. No tenemos sombrilla, así que me pongo en un recoveco con sombras. Sin sombra no voy a la playa.

Samuel Sánchez hace el canelo en la etapa del Tour haciendole todo el trabajo a Schleck. Me pego una siesta muy cabezona, de estas que te dejan aturdido. Paseamos por el pueblo, que sorprende por lo bien conservado que está en la parte central. Tomamos una orxata en un puesto llamado “La Jijonenca” en la rambla peatonal. No está mala.

Por la noche, milagro. España gana un Mundial y lo vemos por la tele. Lo próximo será ver al Deportivo de La Coruña ganar la Liga de Campeones. Gana el fútbol, porque lo de Holanda es terrorífico, ni la sombra de lo que fueron. Políticamente, perdemos. En la publicidad de Telecinco se congratulan de haber retransmitido los dos acontecimientos deportivos más importantes del año: la copa de la UEFA del Atleti y el Mundial de España. El portero besa a la periodista. Yo no puedo evitar evocar a Javier Sauras, en cuya casa vimos muchos partidos de la selección española de pequeños y que lamentablemente nos ha dejado en fechas recientes.

Cuando estamos en la cama, medio dormidos, escuchamos un ruido. ¡Alguien está intentando forzar la cerradura para entrar en el piso! Nos levantamos, cogiendo el primer objeto contundente que encontramos (un “posavelas”) dispuestos a morir matando. La Reina pone una voz autoritaria y clama “¡Quién anda ahí!”. Abrimos todas las puertas del apartamento y no hay nadie. Oímos pasos… en el piso de arriba. Tendremos que acostumbrarnos a la apariencia inquietante de que todo lo que suceda en el piso de arriba parecerá que está sucediendo en nuestro piso. Si el vecino entra en su casa, parecerá que entran en la nuestra.

Día 4

Vamos al mercado. El mercado es uno de los lugares principales que hay que visitar cuando se visita una localidad. El otro lugar principal es la taberna. Busco butifarra dulce, el del puesto que hay abierto no tiene. Nos dice que vayamos al puesto de al lado al día siguiente, donde si tendrán y estarán abiertos. En recompensa por la información y amabilidad le compramos butifarras de setas y de escalibada. El tipo se piensa que soy de Lleida por mi acento.  Vamos al polígono comercial y compramos una sombrilla. La Reina se interesa mucho en que tengamos una sombrilla. Porque sin sombrilla, yo no voy a la playa. Existe por tanto una relación de intereses que es un proceso dialéctico muy interesante que ya describió Engels en uno de los capítulos de “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. Hablaba de la importancia de las sombrillas en las relaciones conyugales. Sin sombrilla no hay playa. Así que el elemento que nunca yacerá bajo la sombrilla se vuelca en conseguir una sombrilla.  La conseguimos en una tienda de chinos en la que no todos los empleados son chinos.

Con la sombrilla en el maletero, vamos hacia la playa. Nos perdemos en un pueblo infernal llamado Platja D’Aro. Es un lugar apocalíptico lleno de las típicas tiendecitas de moda y comercios para turistas que compran chorradas. La Costa Brava no está mejor que la Costa Blanca aunque Sant Feliu de Guixols sí lo esté. De camino pasamos por el Acuadiver, un parque acuático. La Reina de La Guindalera nunca ha estado en un parque acuático y le digo que un día iremos .Al final no llegamos a ninguna playa. Nos conformamos con bañarnos en la piscina de la casa. Nos hacemos con dos tumbonas que resultan ser de unos vecinos. Cada vecino tiene su propia tumbona. Catalanes.  Nos vamos por ahí a comer, en un lugar llamado “Hot Dog” tomamos el menú. Berenjena mar y montaña, una berenjena rellena de carne y gambas. Es típico de la zona mezclar cosas de mar y montaña, plasmando la geografía del lugar en la cocina. Bebemos “Tisana” que no es la infusión sino una especie de sangría con cava.

Esclavos de la disciplina, encontramos un lugar para correr. Lunes y Jueves corremos 5 kilómetros. Si no los corremos, pasa algo grave. Es como pulsar el botón de la escotilla. Hay una vía verde muy maja, si te pones llegas hasta Olot. Nosotros llegamos corriendo hasta Castell D’Aro. En la tele, por la noche, ponen la celebración del mundial de España. El acto demuestra que España es un país cutre. Bisbal haciendo el tonto, tópicos de toreros y casposidad a raudales.

Día 5

Compramos un ambientador para el coche y le echamos también spray ambientador a raudales. Huele mal, pero diferente. Acaba por oler bien. En el mercado está abierto el puesto de las butifarras dulces. Vamos a la playa de Pals. Pasamos por el Acuadiver, ya iremos al día siguiente. En la playa de Pals, a la que se accede por unos hermosos pinares cada vez más destruidos, en un tiempo hubo unas antenas enormes de Radio Liberty, la radio que emitía propaganda capitalista a los países del Este. Las antenas ya no están. Hace mucho viento y la sombrilla acaba descalabrándose.  Comemos butifarras variadas (setas, escalibada, dulce). La dulce es un bombazo. Gran descubrimiento. En el Tour gana Sandy Casard la etapa de la Madeleine. De nuevo, siestón cabezón.

Por la tarde ponemos a Rayito una radio nueva que había comprado la Reina. Con la radio nueva el coche parece un bólido de alta gama. Mientras la Reina conduce yo intento poner el aire acondicionado, hipnotizado por los efectos de la radio nueva. Pero no, sigue sin haber. Visitamos los pueblos de Castell D’Aro y Calonge. Tienen aspecto medieval muy bien preservado. En la plaza de Calonge hay una peluquería, “Perruquería Joan”. Esta tiene unos altavoces apuntando hacia el exterior y suena a todo trapo la canción de “Quiero una motocicleta” de Los Bravos. Muy ye-ye. De vuelta visitamos una bodega y nos ofrecen licores gratis, yo acabo pedo, la Reina no porque es responsable y conductora. Cambiamos la sombrilla descalabrada, nos devuelven el dinero. Cenamos en el pueblo unas raciones. Ceno con cava y decido que a partir de ese momento siempre cenaré con cava, todos los días de mi vida. Luego recuerdo que no lo haré porque no tendré dinero. Al pasear por el pueblo La Reina siempre se tropieza en las aceras, todos los días, dice que están mal hechas.

Al volver al piso encontramos una sombrilla en buen estado.

Pues una fideuá

Hay que decir las cosas como son y es que últimamente la reina y yo cuando nos ponemos a cocinar nos salimos por todas partes, dicho sea con toda la modestia.

El pasado fin de semana me lancé con la ayuda de mi pinche a hacer una fideuá. ¿Y qué es una fideuá? Bueno, es un plato bandera de las comarcas de La Safor (de donde es originario) y la Marina Alta, en el País Valenciá. Según cuentan su origen está en los tradicionales guisos que hacían los pescadores en sus barcas. Era una costumbre llevar arroz en la barca y cuando pescabas esto y aquello hacías un caldito y hacías cualquier plato. Parece ser que un día no tenían arroz y probaron a hacerlo con fideos y la cosa se popularizó, y así hasta ahora, cuando es sin duda uno de los mejores platos para hacer en paella.

Hay dos ingredientes fundamentales. El primero es el fideo gordo corto y hueco, que ya en muchos sitios lo venden como “fideo de fideuá”. Esto es importante, si se hace con fideo fino es un rossejat que es algo que se hace en el País Valenciá Nord, o sea, la C.A. de Cataluña. El segundo ingrediente clave es el caldo de pescado. Para hacer un caldo de pescado se pueden usar muchísimas cosas y si nos atenemos al espíritu del plato vale cualquier cosa que venga del mar, básicamente si coges morralla, cáscaras de mariscos y demás, lo cueces todo varias horas y tienes un caldo de pescado. Hay ahora muchas recetas para hacer caldos, pero como digo los pescadores hacían el caldo con lo que tenían. Nosotros hace meses hicimos un caldo de pescado para no se qué, congelamos una parte y esa es la que usamos para la fideuá. No se ni de que era, pero era caldo de pescado. Yo siempre digo que una persona práctica debería tener siempre caldos caseros de pescado, cocido y verduras, pero luego soy el primero que no encuentro tiempo y tengo que comprar los que vienen ya hechos. Pero si siempre tienes a mano, mejor.

Luego hay otros ingredientes también importantes, que son los “tropezones” y lo que uses para hacer el sofrito. Aquí yo  me he ceñido a lo que he visto siempre hacer a mi padre y a mi tío. De “tropezones”, gambas y sepia cortada en trozos pequeños. Por cierto, antaño en Denia se usaba como tropezón la gamba roja, que había a mansalva y sobraba siempre, ahora resulta que es un producto delicatessen que vale la vida. Para hacer el sofrito, ajos, cebolla, tomate (hay gente que usa salsa de tomate Apis o alguna de esas, yo creo que si usas varios tomates cortados a pelo o bien una lata de esas en las que vienen troceados queda mejor) y pimentón. Y para culminar, azafrán y colorante de ese asqueroso.

El proceso para hacerlo es el siguiente. Coges la paella, echas aceite y sofríes el ajo y la cebolla, cuando se ha dorado echas el tomate, después pimentón, remueves, echas la sepia troceada, las gambas, sofríes un rato y cuando ya ves que la sepia no va a quedarte crudo, echas los fideos y les das unas cuantas vueltas ahí, a pelo. Dadas las vueltas a pelo, echas el caldo. ¿Cuánto? Ni idea, yo siempre lo he visto hacer a ojo, echar caldo hasta que cubre o hasta que llega a los clavos de las asas de la paella. Ahí es cuando yo meto azafrán y el colorante. Esto es un tema de debate muy serio. El asunto es que para que una paella o una fideuá queden amarillas como corresponde hay que echar una cajita entera de azafrán y teniendo en cuenta que el azafrán es lo más caro que hay en el planeta, no se lo puede permitir cualquiera. Pero estos platos si no son amarillos es como si falta algo, así que se meten esos sobres asquerosos. Claro que el azafrán da muy buen aroma, por lo que unas hebras como mínimo hay que poner. En cosa de diez minutos ya está todo hecho y después se come y no hay más que contar.

De acompañamiento, lo que se suele hacer es all-i-oli y sobre esto va a haber que sentar doctrina en este momento. El nombre lo dice todo, all-i-oli, ajo-y-aceite. Lo que tomamos normalmente es una mayonesa (aceite y huevo) a la que se añaden ajos. Y es comprensible porque es más fácil. Pero un all-i-oli de verdad es ajo machacado ligado con aceite en un proceso largo y laborioso. Para hacer all-i-oli, se procede de la siguiente manera: se pillan dos o tres dientes de ajo, se cortan en trozos, se meten en un mortero (¡de cerámica!) y se machaca con rabia durante cosa de diez minutos (o más) hasta que tienes un puré de ajo, una masilla que huele que alimenta. Sobre el uso del ajo aquí hay que ser muy claros porque a veces la gente te dice que lo hagas con poquito ajo… no, no, no, el all-i-oli es algo que tiene que tener tal potencia que haga desmayarse a todos los que están a diez metros de ti cuando hablas. Es algo que tomas si sabes que no vas a salir a ligar porque sabes que no tienes oportunidades o porque quieres ser fiel a tu novia, claro que esto último es un riesgo también porque puede provocar divorcios. Eso es el all-i-oli, lleva ajos, vas a oler a ajo y has de asumirlo. ¿Por donde íbamos? Al puré de ajos que has hecho le vas echando aceite de oliva muy despacio y vas removiendo todo constantemente para que vaya ligando, lo puedes ir haciendo gota a gota para que sea más fácil, pero aviso que puedes estar fácilmente media hora con todo el proceso y si no lo haces con mucha calma te saldrá mal.

Aquí pongo un par de videos donde hacen all-i-oli, a ver si os animáis

(ah, nunca hablo de sal porque la doy por supuesta)

Horchata al poder

La verdad es que últimamente estamos a saco en la cocina y eso nos está proporcionando brillantes momentos alimenticios. Lo que pasa es que luego la báscula se estropea y pesa de más.

Una cosa que siempre quise hacer es horchata. Será por mis arrels valencianos, o porque es simplemente una de mis bebidas favoritas, y porque la asocio a miles de momentos, a la plaza del Doctor Collado, o a la Jijonenca, a fallas, a estiu… ponga una horchata en su vida. Recuerdo hace un año cuando estaba en tierras lejanas pasando calor y con la horchata insertada en mi cerebro torturándome, ¡qué ganas tenía de tomar una! (en San Francisco los hondureños y salvadoreños hacen horchata, por cierto, aunque no es de chufa).

En Madrid es difícil encontrar una buena. En el kiosko de la calle Narvaez probablemente hacen la mejor de la ciudad, el resto que encuentras suele ser tirando a malo. Y de la marca innombrable que comercializan en las tiendas, por mucho que pongan “Maestro Horchatero”…

La horchata como sabéis es una bebida cuyo ingrediente principal es la chufa, un fruto seco duro y rugoso que sin embargo tiene un juguillo líquido en su interior (si la chufa es diminuta, imaginaos el líquido, una gota). No se a quien se le ocurriría inventarlo, ni de donde viene el nombre, aunque hay una leyenda cutre que no vamos a repetir, porque ya hay gente que se lo cree.

El caso es que tenía ganas de hacerla y al final, tras años barruntándolo, lo hice.

Ingredientes (4 vasos)

250 gramos de chufas

125 gramos de azucar

125 ml (mililitros, no marxistas-leninistas) de agua

Procedimiento:

1.- Se trituran las chufas en la batidora de vaso.

2.- Se añade el azucar y se sigue triturando un poco.

3.- Se añade el agua y se vuelve a triturar.

4.- Se mete el vaso de la batidora en la nevera un par de horas, para que la mezcla coja el gusto.

5.- Se saca de la nevera y el líquido se cuela por un colador de tela o colador chino, para filtrar todas las cáscaras de las chufas, pasándolo a un nuevo recipiente.

6.- A partir de ahí, depende de como te guste. Si te gusta granizada, métela en el congelador, cada hora dale un meneo y pasadas tres te lo bebes. Si te gusta simplemente fresca, pues nada más colarlo ya te lo bebes

Indicaciones:

Chufas:

No son tan fáciles de encontrar en una ciudad como Madrid. En muchas tiendas de frutos secos “tuvieron” o “si quieres te lo miro en el almacén”… vaya, que no siempre tienen, pero es el primer sitio a mirar. En el p**o Corte Inglés tienen siempre. Odio decirlo, porque el Corte Inglés apesta, pero su supermercado es de lo mejor que hay en el mundo.

Canela:

En muchas recetas de horchata pone que le añadas canela. En mi vida horchatera, o sea, toda mi vida, nunca había notado sabor de canela en la horchata, pero también es cierto lo que siempre dice mi madre “hijos, es que engullís, no saboreáis”, así que todo podía ser. Hice la prueba con canela y me cargué mi primera horchata. El resultado fue un refresco de canela, curioso, fresquito, pero no era horchata. No le pongáis ni una gota de canela

Rayadura de limón:

Esto también viene en muchas recetas. Lo dejo al gusto de cada cuál, yo después de haberlo probado no lo voy a añadir, pero al contrario de la canela, no jode el sabor de todo.

Fresca:

La horchata hecha así es un producto fresco, se debe consumir en el día. Si se quiere conservar no queda más opción que congelarla. Si la dejas en la nevera de un día para otro, se convierte en una especie de “blandiblú” rarísimo.

Historias de la Marina Alta: El enviscador de cardeneras

Falleció hace un par de años y por su localidad natal todos le llamaban “El Benissero”. Era aficionado a la ornitología, por eso en su pequeño tossalet, subiendo la rampa hacia el assagador de Sant Pere, tenía una gran jaula del tamaño de una habitación mediana. Era especialista en coger cardeneras (jilgueros) enviscando. El método de enviscar consiste en tender una trampa a los pájaros, untando las ramas de un árbol con liga, para que el pájaro se quede allí pegado y poder cogerlo. Era el único en la zona que sabía hacer aquello.

Miguel era aficionado a la caña y el anzuelo y hace años cogió su pequeña barquita y se fue a Dénia a ver si pescaba algo. Se le hizo de noche y empezó a llover. Se levantó una tormenta tan tremenda que pudo mirar a la muerte a los ojos. Pasó la noche agarrado a los laterales de su barca, rezándole a la mare de Deu. Salió de aquella y por eso juró que jamás volvería a acercarse a la mar.

Por eso, en medio de la huerta, en aquella rampa a un par de kilómetros de la playa se puede ver todavía la barquita azul de Miguel, “El Benissero”.

Historias de la Marina Alta: Ciudad sin ley

“Els joves de hui ja no respecten” pensaba mientras bebía, acodado en la barra, su burret. El había sido el brazo de la autoridad del pueblo durante años, pero los tiempos cambian.

Medía un metro sesenta, tenía las manos ásperas y sólo peinaba canas. Armado con su pistola, con su gorra en la cabeza y su cinturón, paseaba por el pueblo arriba y abajo. Controlando que todo estuviese en orden. Que los chicos no hiciesen travesuras, que no hubiese disputas por si el vecino ha entrado al huerto del otro y le ha cogido naranjas… Vigilando el temperamento de algunos paisanos, que beben más de la cuenta y no queremos crímenes pasionales en este pueblo.

Él era la ley en Sanet i els Negrals. La justicia. La autoridad. Ahora , de cachondeo, los demás le llamaban “El Sheriff”. Pero estaba orgulloso. Sí, era el sheriff del pueblo. Más de cincuenta años de servicio. El único policía municipal en toda la localidad. Él y nadie más que él, representaba la ley y el orden.

¿Qué no les gustaba? Allá ellos. Había tomado una decisión: la retirada. Lo pensó durante meses, todos los días y todas las noches. Reinaría el caos en el pueblo. “Que todo se vaya garete, si no quieren seguridad, no la tendrán”. Se bebería este último burret y dejaría la estrella y la pistola en un cajón. Pasaría sus últimos años en un tossalet apartado.

Historias de la Marina Alta: Tomaquets by the face

Tú escuchas el nombre, “Jesús Pobre” y suena a todo menos a municipio. “Ayer fui a Jesús Pobre”, parece, que se yo, que fuiste a visitar a un sanador, o a un filósofo, o ermitaño.

Cuando el centro de tu universo infantil es Dénia, se establecen unas categorías por parte de los adultos que quedan marcadas. Si los de La Xara eran “comunistas, catalanistas, burros y alguna buena persona”, los de Xábia eran el enemigo (muchos celos…), los de Jesús Pobre ya eran legendarios. Agricultores que vivían casi aislados en las faldas de la montaña, sin apenas conexión con la sociedad a pie de mar. Ir a Jesús Pobre parecía más difícil que ir hasta Madrid. Allá tan arriba…

El célebre ermitaño de la zona, Pare Pere, vivió por esas tierras. El carrer que lleva su nombre atraviesa una plazuela y abarca cinco manzanas más antes de perderse en un caminal. Dos calles a cada lado completan el pueblo. Y ahora, una hilera de chalets, porque hay una ley no escrita que dice que si en un pueblo de Alicante no tiene chalets horribles, el señor Camps lo fulminará con un rayo sideral. Después, desperdigadas, pequeñas huertas familiares en casas aisladas en torno a los caminos rurales. Queda también un pequeño “riu riau”, arco de la arquitectura tradicional de la zona, en estado de semi abandono. Asociaciones del lugar luchan por su conservación, así como por la difusión de esta arquitectura.

Los habitantes son los auténticos aborígenes de la zona, gente sabia que transmite toda la cultura popular. Bueno, y también hay ingleses. Si Dénia es territorio alemán, Jesús Pobre lo es inglés.

En la pastelería venden coca de calabaza, el dulce tradicional. Además hay dos peluquerías, porque las señoras del pueblo serán de pueblo y vivirán en la montaña, pero la elegancia la llevan en la sangre. Hay cuatro bares. En el Rosita dan chorisets de la terra muy especiados a buen precio. También está el Pedro, donde a lo mejor encuentras al mestre Sifoner echándose una garimba. Y los que faltan.

Un pinar corona el flanco derecho del municipio. Los amigos de la naturaleza, o sea, los constructores y el ayuntamiento de Dénia, quisieron talarlo entero para hacer una de sus promociones urbanísticas de moda. Pero como el pueblo unido jamás será vencido, las buenas gentes de allí impidieron la tala a base de movilizaciones.

Cuanto más pequeño es el pueblo, más apacibles y legales suelen ser sus gentes. Un día, caminando por la calle principal, cruzando el pueblo de una punta a otra, vimos un portón de garaje abierto. Un señor sentado en un taburete con aire soñador reflexionaba acerca del mundo junto a una cesta llena de tomates. Tomates grandes, verdirrojos, estéticamente feos y por eso, seguramente, excelentes al gusto. Tomates de verdad. Me acerqué a hablar con el:

-Els tomaquets… els ven? (Los tomates… ¿los vende?)

-No! Jo els tomaquets no els venc!… jo els tomaquets els done! (¡No! ¡Yo los tomates no los vendo!… Yo los tomates ¡los doy!)

-

Volvimos a casa con una bolsa llena. La ensalada de aquel día fue, como dicen por aquí, “de categoría”

Historias de la Marina Alta:Fessols i naps

Son las maravillas que suceden en los pueblos. Pides comida para dos y de la olla que te sirven bien podrían comer cuatro.

El Bar Nati es un bar similar a los bares que hay en tantos pueblos de la Marina Alta. Con una barra en la que los señores comentan la actualidad política y deportiva marcando un ritmo fuerte de cassalles para el cogote. El valencianocatalán es la lengua predominante. Sólo la camarera, colombiana, alardea de que en ocho años no ha aprendido ni una palabra. Ya sabemos cómo es el bilingüismo de muchos castellanoparlantes: el bilingüismo, obligatorio para los demás, que yo con mi lengua me apaño.

Cinco mesitas con manteles de papel llenan el espacio. A la hora de comer, decenas de trabajadores del pueblo acuden a tomar el económico menú. El buen precio es acompañado de grandes raciones de buenísima calidad.

Las calles de La Xara en el mes de Diciembre respiran la tranquilidad que en otros tiempos se respiraba durante todo el año. Con casitas bajas de colores. Las hay azules, verdes, amarillas, rosas, blancas… en la pastelería Paquita venden dulces de gran calidad. Los ingleses y alemanes ya lo han descubierto y llenan el local hasta arriba.

La construcción ha marcado también la forma de este pequeño pueblo, pedanía de Dénia. Es la cercanía a la capital de la Costa Blanca lo que ha hecho que muchos promotores se fijen ahí para sus construcciones. “No vas a conocer La Xara, parece una gran ciudad”, dice mi abuela, “aunque sigue habiendo muchos comunistas y catalanistas… y también buenas personas, aunque un poco burros”, puntualiza. Para la gente de Dénia, La Xara siempre ha creado esa fascinación. No obstante, ahí es donde de verdad se ha mantenido durante décadas el paradigma de la forma de vida de la Marina Alta: gossera, meninfotisme y tradición. En esa tradición se han fijado los de la constructora Benlloch, que con su promoción “Ca La Xara”, en vez de hacer armatostes de pisos han hecho unas casitas blancas que encajan a la perfección con el aroma del pueblo. ¿Es un espejismo o hay por ahí sueltos más constructores con cabeza?

El arros amb fessols i naps (arroz con alubias y nabos) es potente. Se trata de un arroz meloso que lleva, además, sus buenos pedazos de carne de cerdo. Para subir así la temperatura corporal y sobrellevar estos inviernos tan húmedos.

“I aixó… no lo menjeu?”, nos dice Salva, señalando las tres cucharadas que nos quedan en la olla y que definitivamente han vencido nuestra resistencia “ Que ja vos queda poquet, a vore si podeu!”

Historias de la Marina Alta: La ciudad de los polígonos

Erase que se era una localidad que gustó a fenicios, griegos y romanos. Estos últimos la honraron llamándola como a Diana, la diosa de la caza. Erase que esta localidad vivió de la pesca y la uva. Después, de la naranja. Hasta que a alguien se le ocurrió lo del turismo de sol y playa. Esta localidad tenía casitas de pescadores blancas de dos o tres alturas y casas de huerta, muchas casas de huerta. Se cansaron de todo eso. E hicieron hoteles y urbanizaciones. Como la localidad tenía un crecimiento poblacional muy muy grande y la gente reclamaba servicios, los sucesivos gobernantes encontraron la solución: los polígonos.

Los polígonos son sucesiones de naves destinadas a la industria o, como es el caso de la localidad que nos ocupa, al comercio. Primero hicieron uno, para maderas y vehículos, pero al final quedó en medio del pueblo. Resultaba que los polígonos los hacían sin orden ni concierto. Porque nadie en aquella localidad sabía lo que era un plan de ordenación urbanística. Así que cada vez que había tierras, ponían un polígono.

De esta manera, los gobernantes de la localidad de Diana, dieron la espalda a las huertas. Porque lo que querían hacer eran polígonos. Por eso, en medio de los caminales ponían polígonos. Entre el cementerio y los naranjos, un parque y polígonos. En la entrada al pueblo, polígonos, más polígonos, un tanatorio y polígonos. En medio de una huerta, una tienda de muebles de diseño. Polígono, pisos, descampado, huerta, polígono, polígono, calle, garaje, casa, polígono, naranja,mandarina, polígono, tumba, coche, polígono…

Los gobernantes de la localidad de Diana, decidieron poligonizarse hasta el infinito para alcanzar las estrellas y ganarse un lugar en la memoria colectiva. El poligonizador que poligoniza, bien poligonizador será. La zona de carga y descarga de los polígonos da a las huertas que se llenan de envoltorios de embalajes de los polígonos. Ponga un polígono en su vida. Y su vida fue poligonal.

(después de tanto tiempo sin pasar por aquí lo fácil sería decir “xe, que rebonico que es el meu poble” y mirar para otro lado, pero es que quería rendir tributo a tanto poligonamiento per tot arreu)

(y va el Denia y pierde 1-3 contra el Oriola… cachis en los mengues)