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Cortos: Tengo un plan

Te voy a decir un secreto. Tengo un plan. Eres la primera persona a la que se lo cuento. No me vayas a hacer el feo de ir por ahí contándolo. Aquí en el polígono comercial de Alcorcón no se lo he dicho a nadie. A ningún compañero de trabajo. Así que espero que sepas mantener la boca cerrada.

Con este plan van a cambiar las cosas. Va a cambiar todo de manera radical. Lo primero que hago para que nadie se de cuenta de mi plan es hacerme el despistado mientras voy poniendo las cosas en los estantes. Me hago el tontito. Me visto como un tontito y me comporto como un tontito. En los pasillos de este gran almacén llevo uniforme, así que no necesito utilizar un vestuario especial. Pero aun así utilizo elementos para distraer. Por ejemplo, las gafas. Un tipo con gafas puede parecer o un intelectual o un despistadillo. Yo lo que hago para no parecer intelectual es dejarme el pelo algo sucio, para que me salga grasilla, para que me salga caspa, y me reviento los granos de la cara para que me salgan más grandes después. Me peino raro, con raya al lado muy marcada, para parecer muy repipi, como si mi madre me hubiese peinado antes de ir al trabajo. Como si fuera uno de esos que tienen ya una edad y siguen dependiendo de su mamá. Aunque tengo uniforme, me pongo calcetines blancos con los zapatos negros. Así parezco muy despistado.

Me dedico a poner en las estanterías las cosas que se van terminando. Soy reponedor, vaya. Y voy cogiendo lo que me interesa cuando nadie me mira. Me guardo cositas pequeñas en los bolsillos. Cuando alguna señora me pregunta, yo me hago el despistado. Vienen señoritingas con abrigos de visón y me preguntan. Y yo me hago el tonto mientras pienso que el último en reír voy a ser yo. Así que reiré mejor que nadie. Estas señoras que vienen a comprar a la periferia con sus mariditos repeinados y sus hijos con pantalones cortos y calcetines de borlitas van a sufrir de las que más cuando lleve a cabo mi plan. Se les va a descolocar todo. Por eso insisto en eso de que el que ríe el último ríe mejor. Y el que va a reír el último voy a ser yo.

Para que nadie sospeche de mi, tengo que hacer muy bien mi papel de tío rarito. Por eso en el trabajo hablo poco con los compañeros. Al principio todos me hablaban, pero yo me hacía el tonto. Miraba hacia abajo y decía “sí, sí” y me iba corriendo. Para que se pensasen que me daba vergüenza hablar con ellos. Pero pese a todo ellos seguían intentando hablar, que si “vamos a tomar una copita” o que si “el sábado salimos juntos todos los del curro” y todo eso. Yo digo que no, que es que en mi casa las cosas están raras, y me voy corriendo, mirando para abajo. Andando con un reprís. Para que parezca que evito el tema. Para que parezca que escapo de ellos. Había una cajera que parecía que como misión en la vida tenía hacerse mi amiga. Porque el resto, poco a poco, después de los cuatro años que llevo aquí trabajando en mi plan, han ido dejando de hablarme. Se limitan al “hola y adiós”. Muy de tanto en tanto, alguno parece que tiene un reconcome interno y vuelve a las andadas. A intentar hablar con el tipo este rarito. Pero la chiquita esta no paraba. Que si “vente un día conmigo”. Que “por qué no vamos al cine”. Que si “no seas tan antisocial”. Que “hemos quedado todos, no seas el único en no venir”. Una vez hizo amago de rendición. Era su cumpleaños. Y estuvo toda la semana dale que te pego con su cumpleaños, dale que te pego para que yo fuese ahí. Que yo era clave para su cumple. Yo hacía como siempre. Andar rapidito, dando pasitos cortos pero muy rápidos, casi sin levantar el talón. Tititititi. Para que me dejase un poco de lado. Le dije que no podía, que me venía mal, le decía estas cosas y me iba a mis estanterías. Cogiendo cositas pequeñas que me cupiesen en los bolsillos. Pero ella al final dijo “o sea que cuento contigo, consideraré que has confirmado tu asistencia” y se empezó a reír. No veas tú que rollo de tía. Yo por supuesto no le había dicho nada, así que llegada la fecha, no fui. Además, que ahora que lo pienso, ni siquiera podría haber ido porque no tenía su dirección. Sabía la hora y el día pero no la dirección. Y no fui. Al día siguiente me vino diciendo que yo era un malqueda y tenía la chica los ojos llorosos. A mi no me dio pena, todo lo contrario. Porque estuvo diez días o así sin dirigirme la palabra. Así que ya todos me dejaban en paz.

No sólo podía parecer despistado. Tenía que parecer enclenque. Así que de vez en cuando me inventaba desmayos al mover algunas cosas pesadas. Porque un tipo despistado, rarito, que se peina con raya, casposillo, puede ser un tipo que va a liarla parda. Que va a hacer que se cague la perra. Pero un tipo que además de todo eso es débil, ese ya tiene menos posibilidades. Por eso me inventaba desmayos. De repente, al suelo. Y me hacía un poco el aturdido. Me decían los compañeros “venga tómate un bocadillo y una cocacola, que estás muy flojo” y yo les decía “sí, sí” y me iba rapidito. Así todos pensaban “a este tío se lo lleva el viento”. Pero vaya, el viento se los llevará a todos. Otro día hice una demostración de conocimientos. Me inventé una historieta de forma que se fuera transmitiendo de boca en boca que yo mantenía relaciones sexuales con el guardia de seguridad, arreglándomelas para que nadie supiese que en realidad toda la historia la había iniciado yo. Al final le llegó el bulo al de la seguridad y vino y me pegó una paliza por maricón. Yo no hice nada por defenderme, así que parecí más indefenso aún. Además luego hice correr el bulo de que eso lo había inventado la cajera porque no fui a su cumple. Así a esta la echaron de la empresa por generar un incidente tan doloroso y el de seguridad me pidió disculpas. Quedé como un tipo inocente e indefenso y me quité de encima a la petarda esa, que ya estaba husmeando en mis cosas porque me volvía a hablar y me preguntaba mucho.

También tenía que parecer tonto. Porque puedes estar despistado pero tener unos conocimientos intelectuales altos. Y un tipo muy débil, muy despistado, con sus conocimientos elevados puede hacer cosas impensables. Así que yo a ojos de los demás tenía que parecer todo lo contrario a lo que soy. Tenía que parecer un ignorante. Un analfabeto total. Huelga decir que la mayoría de mis compañeros de trabajo no son unos cerebrines. Son de ese tipo de gente que sabe tres o cuatro cosas y ya se piensan que son los más listos. Aunque lo que saben sea una mierda que ni ellos entienden. Pero da igual. Un día rompí mi silencio para hacerme notar. Había unas chicas de una agencia de viajes haciendo una promoción. Tenías que rellenar un formulario diciendo el país europeo que te gustaría visitar de punta a punta. Luego participabas en un sorteo y si lo ganabas, visitabas ese país. Había otros premios como neceseres, camisetas o una bicicleta. En el descanso, varios compañeros se acercaron a rellenar el formulario. Yo me acerqué tras ellos y pedí un formulario. Lo entregué a la señorita de la agencia, que me sonrió amablemente. Uno de los compañeros me preguntó :

-¿Y tu, qué país has puesto?

-Nueva York- le dije. Me miró pasmado y se puso a reír.

- ¡Pero si Nueva York no es un país y además no está en Europa!

Todos se empezaron a reír de mí. Yo cogí y me puse a caminar a toda velocidad, haciéndome el avergonzado. En días sucesivos hubo bromitas al respecto. En realidad, en mi formulario puse “Islandia”. Pero ellos ya pensaban que yo era tonto de remate. Lo siguen pensando. Como su tema intelectual es el fútbol, alguna vez alguno de estos que siente necesidad de hablarme por remordimiento interno me comenta lo emocionante que está la Primera División. Yo suelo decir “Ojalá que el Segovia gane la Copa de Europa este año”, aunque el equipo de Segovia en realidad se llama Gimnástica Segoviana y está en Tercera. Ellos me dicen “bueno está difícil” y se van asombrados.
Con el encargado de mi sección, intento parecer todas esas cosas pero también procuro ser ejemplar en mis tareas. Porque aunque tenga aire despistadillo, aunque me haga el tonto, aunque me haga el enclenque, el encargado tiene que llegar a la conclusión de que hago bien mi trabajo. La mayoría de las veces los encargados de estos grandes centros son trepas que quieren contentar al jefe que tienen por encima, que suele ser otro trepa. Por encima de todos estos trepas siempre hay otro trepa hasta llegar a los chavalitos con master en mil cosas que trabajan subordinados a grandes jefes interesados en vender y vender más. Estos trepas de grado inferior quieren contentar al trepa superior que a su vez quiere hacer lo propio con el siguiente. Entonces tiene que hacerse todo bien en su sección. Y les da igual lo tontaina que seas mientras hagas las cosas bien, porque quieren el puesto del trepa que les manda y tienen que hacerlo todo bien. Así que yo hago todo bien. Lo único, que me llevo cositas pequeñas cuando nadie mira, para que mi plan llegue a buen puerto. Pero intento llevármelas de otras secciones, así el encargado de la mía está contento conmigo. Un trabajador ejemplar, por tonto que sea, no suele ser sospechoso de poner patas arriba las estructuras del Estado.

Fuera del horario laboral, tampoco os penséis que hago demasiadas cosas. Me relaciono con los vecinos con máxima amabilidad, pero manteniendo las distancias y con mi aire de tonto. Así piensan que soy un tonto muy amable. Eso me conviene. Así piensan que soy un chiquito agradable pero con pocas luces. Ayudo a las señoras con las bolsas, aunque cuando me hablan me hago el tímido, me muerdo el labio, sonrío un poco, hago alguna que otra mueca para parecer más imbécil. Hago ruidos nasales en plan rinoceronte o hago ronquidos intercalados mientras hablo. Así piensan “este chaval está más ‘pallá’ que ‘pacá’”.

Mientras estoy por el vecindario hago notar mi vestuario. Me pongo pantalones de pana que me quedan cortos, pesqueros, con los zapatos negros con el calcetín blanco. Me pongo camisas y las dejo un poco por fuera y un poco por dentro. Me pongo jerséis antiguos, de estos que tienen bolitas de lana. Los doy un poco de si para parecer algo amorfo. Al tiempo que hago todo esto siempre doy mis buenos días y mis buenas tardes. Porque les quiero dar lástima, pero no miedo, y quiero que me tengan cierta estima, que se compadezcan de mi con cierto afecto.

Por el vecindario salgo lo justo. Lo justito que uno puede y debe salir. Voy a comprar las cosas que necesito a una tienda de chinos, porque los chinos no hacen preguntas. Los chinos podrían ser perfectos cómplices para mi plan si ellos quisieran serlo. Porque no hacen preguntas. Van a su aire. Miran sus dvd en chino y van a su aire. Si les compras algo, te lo venden. En este barrio hay varias tiendas de alimentación regentadas por ciudadanos chinos. Y también varios supermercados regentados por chinos, en los que tienen de todo. Cubo de fregona, fregona, cajas de plástico, cuadernos, guantes. Todo lo necesario.

Una vez cada quince días cojo el transporte público para ir a cualquier punto de la ciudad. Voy de punta a punta. A veces voy a Vallecas, a veces voy a Hortaleza, a veces voy a Canillejas, a veces voy a Aravaca. Voy a sitios muy distantes unos de otros. Voy a droguerías y compro lo que me hace falta. En una compro azufre. En la otra compro glicerina. Voy cogiendo de aquí y de allá, pero poco, muy poco. Todo cosas que le venderían hasta al peor de los terroristas sin sospechar. Y yo levanto menos sospechas que nadie. Con el papel que interpreto, incluso puedo parecer un joven químico distraído.

En mi casa, la mayor parte del tiempo la ocupo organizando mis cosas. Así que como cosas precocinadas y limpio lo justo. Mi saloncito es mi centro de operaciones. Lo tengo todo lleno de planos de la ciudad en los que marco los puntos clave. Los puntos en los que habrá que esconder cosas, los puntos por los que habrá que pasar rápido o en los que hay posibilidad de actuar. Voy memorizando calles para que cuando llegue el momento esos planos estén en mi cabeza. Las paredes las tengo llenas de fotografías. En esas fotografías salen individuos muy importantes de este país. Individuos que lamentablemente voy a tener que neutralizar. Porque las cosas tienen que cambiar. Tengo sus fotografías. Y en mis planos marco también sus horarios, a que hora entran y a que hora salen. A que hora quedan con su querida o con su mujer. Todos los movimientos. En mis ratos libres les sigo y voy apuntando las cosas. Para tenerlo todo controlado. Todos los cacharritos que he ido cogiendo los tengo amontonados en la mesita. Todos los cacharritos y todas las sustancias. Porque lo que estoy fabricando necesita de todo eso para cumplir su papel destructivo. Paso hasta altas horas de la madrugada ensamblando piezas o rodeado de tubos de ensayo. Pero no me importa sacrificarme. No me importa emplear todo mi tiempo libre en esta causa. Porque esto va a llevarnos a otra situación.

Dormir poco es perjudicial en cierto modo porque si no estoy lo suficientemente descansado, no estoy lo suficientemente lúcido. Debo decir en mi descargo que cuando puedo me echo siestas en las que pongo en orden mis ideas. Pero lo que viene siendo dormir por la noche, duermo poco. Pero me viene bien, muy bien, porque eso contribuye a que mi aire despistado sea mayor. Porque para mi tarea me conviene hacerme el despistado. Y tu me dirás que por qué me hago el despistado. Pues porque tengo un plan en el que es fundamental hacerse el despistado. Con el plan que tengo, todo va a cambiar para mejor.

¿Por qué no hay delis en Madrid?

Una de las cosas que más me gustó de mi estancia en los Estados Unidos fueron esos locales llamados “deli”.

Aquí en Madrid las gentes progres que van de alternativas intentan rescatar ese término, difundiendo comercios del tipo “Hespen & Suarez” que suelen ser un robo a mano armada de productos variados de distintas partes del mundo.

En Estados Unidos los “delis” estaban por todas partes y no eran precisamente tiendas gourmet. Si bien los había en todo el país, en San Francisco y Nueva York los encontrabas en cualquier parte. Se trata de comercios de alimentación, de estos con vitrina de cristal, en los que ir a comprar desde embutido hasta una lata de conservas. Con la particularidad de que suelen tener allí unas mesitas para comer algo. Satriale, el local donde van los personajes de “Los Soprano”, sería un deli. O sea, es fundamentalmente una tienda de embutidos, pero tu puedes pedir allí que te hagan un bocadillo de los embutidos que tienen, te pides un refresco y lo comes sentado en una de las tres o cuatro mesitas que tienen. El que íbamos nosotros en San Francisco estaba en la calle South Van Ness, el dependiente era un señor mayor con bata blanca, hacía unos bocatas tremendos de cualquier cosa. El tema es que es una cosa muy práctica para comer barato en un momento, en Nueva York siempre estaban con el rollo de “grab a sándwich”, porque había “delis” por todas partes.

El caso es que en Madrid siempre ha habido tiendas de alimentación en las que pedirte el bocadillo. En Chamberí, cerca de mi colegio estaba “Bermejo”, en la calle Santa Engracia. Tenían un gran surtido de embutidos, así que ibas y te pedías un bocata de cualquier producto que tuvieran, una lata de algo y así tomabas la merienda, o el almuerzo en el recreo. No se si seguirá ese local, espero que sí. En todos los barrios había sitios de estos, con rótulos tipo “Alimentación Fernández” o “Mantequería Valentín” (esta última, por cierto, es real, existe y está en mi barrio). En Avenida de América justo en frente del intercambiador, en la acera de Hontanares, hay un lugar de estos donde pone “Se hacen bocadillos”. Y la zona de Ortega y Gasset está llena de estas tiendas, de hecho, para mí sorpresa, algo tan humilde como estas tiendas de alimentación sobrevive fundamentalmente en el barrio de Salamanca y aledaños. Pero la infinitud de tiendas de estas que había en todas partes, en general,  han sucumbido ante los chinos. No es que los chinos les hayan echado, como diría algún demócrata nacional, es lo que pasa con tantos comercios, que el dueño se jubila, nadie le sucede, su local lo ocupa otra gente con perspectiva diferente y tampoco es que nadie abra negocios así, porque no se considerará oportuno. Lo que pasa es que debo sincerarme, a mi no me gustan demasiado las tiendas de los chinos, pero no porque sean chinos, sino porque no tienen ese rollo familiar de barrio, y tampoco es que te hagan bocadillos o cualquier otra comida. Puestos a proponer, yo si fuera ellos vendería más productos chinos y algo de comida caliente para llevarse a la boca, aunque sean cuatro cosas.

(Mantequería en el barrio de Prosperidad, Madrid)

El tema es que he estado pensando que vivimos en el tiempo de las prisas y la comida rápida y al final mucha gente va a comer al Burrikín y similares. La verdad es que Madrid es una ciudad que en términos gastronómicos es bastante estimulante. Ya que he mencionado Nueva York, hay que admitir que todavía le faltan un par de escalones para igualarse. Por ejemplo, falta eso de encontrar comida para llevar en cualquier parte, y cuando hablo de comida para llevar no me refiero a multinacionales. ¿Y si tuviésemos en todos los barrios tiendas donde pillarte el bocata de toda la vida, con algo para beber a un precio de risa? Si estas tiendas de alimentación que quedan en pie ponen un par de mesas y lo difunden un poco, aunque sea por su zona (nada de grandes campañas en periódicos) el rollo de la comida rápida cañí, me juego un dedo a que les iría bastante bien. Así que si algún dueño de tiendas de estas de alimentación o mantequerías que quedan en pie lee esto, yo le animo a que lea esta pequeña sugerencia, no pienso cobrar derechos.

[Más información: Leer este  interesante artículo (Deli o no Deli) sobre los delis en el también interesante blog "Diario del gourmet de provincias y del perro gastrónomo"]

Cipreses en el camino (o Miguel Delibes y yo)

Es vergonzoso, pero siendo un lector medianamente constante, hasta hace poco no había entrado en el universo de Miguel Delibes. Me imagino que es debido a mi costumbre de hacer lo contrario a lo que me decían. Porque ¿a quién no le han mandado leer en el colegio “La sombra del ciprés es alargada”?. Pero todas esas cosas que nos ordenaba leer “La Gato” en clase de Literatura, a mi me entraban por un oído y por el otro me salían. Conseguía que alguien me explicase de que iba el libro, o me lo leía en una tarde a todo correr para “vomitarlo” en el examen. Nunca suspendí y no me enteré de casi ningún libro de los que mandaban.

Son cosas que haces cuando te obligan a algo y por eso dejas de leer cosas que son muy interesantes. Es curioso cómo la manera de sugerir (u ordenar, en estos casos) algo puede variar totalmente la percepción que tenemos sobre ello.

El caso, decía, es que nunca había leído a Miguel Delibes. Me entró el “runrún” más adelante, ya en la facultad, pero tampoco le metía mano. El caso es que al final ha sido el destino el que me ha traído a Delibes. Primero fue en Nueva York. Llevaba varios meses pululando por los Estados Unidos sin orden ni concierto y suplía mi apetito lector leyendo innumerables libros en inglés sobre cualquier cosa. Empezaba a estar cansado de leer en idiomas bárbaros y necesitaba algo en mi idioma, lo que fuese. Así que nos plantamos en la librería Strand, que es una librería enorme con libros nuevos y antiguos (por cierto, posiblemente una de las cosas que más me gustó de la ciudad, y eso que la ciudad me gustó mucho) y nos dirigimos a comprar algo. La reina se perdió por ahí mirando libros de fotografía y yo me fui a los libros en lengua extranjera. Entre los libros en castellano había, como pasa a menudo (sí, pasa a menudo) varios libros en catalán (tampoco me apetecía catalán por esas fechas), unos cuantos sobre psicología, sexualidad y cuidado de niños pequeños, que no interesaban a nadie, y oculto por ahí apareció “El camino” de Miguel Delibes. Lo empecé a ojear, cayó un pase de avión de una aerolínea mexicana de entre sus páginas y, como quiera que íbamos a coger un avión pocos días después, lo interpreté como una señal de que ese era el libro que me debía leer en el avión, teniendo en cuenta que al ser nuestro viaje una vuelta al mundo decíamos siempre que íbamos “camino a casa”. Y así lo leí.

Meses después, ya en Madrid, de vuelta a mi nueva vieja vida, en el trueque que organizan los vecinos del barrio en el descampado del Parral, en La Guindalera, me llevé la sorpresa de que alguien estaba interesado en mi vieja camiseta desgastada de Salamanca. Miré que tenía para cambiar y ahí estaba, de la misma editorial (Destino) que “El Camino” que encontré en Nueva York, con el mismo formato, “La sombra del ciprés es alargada”. De nuevo sin buscarlo se cruzaba Delibes en mi vida.

Así es como accedí a las dos primeras novelas de este gran autor castellano, por casualidad. Me sumergí en sus páginas con un gran apetito, en ambos libros. El primero que leí “El Camino”, la historia de la iniciación a la vida de un chaval de un pueblo castellano, que entre narraciones de su infancia irá madurando a golpe de acontecimientos. El segundo que leí, “La sombra del ciprés es alargada”, la historia de un hombre con gran miedo a la vida. Ambos libros son bastante existencialistas, cosa que casa con mi carácter, al plantearse el por qué de todo esto. A mi todas estas cosas me tocan mucho por ser tan sufridito, imagino. “La sombra…” es quizá más triste, mientras que “El Camino”, teniendo su parte triste, también tiene momentos muy divertidos. Quizá por eso me ha gustado más “El Camino”, por ser para mí un mayor reflejo de lo que es la vida, algo que no es ni completamente claro ni completamente oscuro.

Ambos tienen algo en común también. Son literatura pura. Leyendo estos dos libros me he regodeado en mi idioma como pocas veces. No disfrutaba sólo por la historia que me contaban, sino por las propias palabras encadenadas, una detrás de otra, construyendo hermosas frases. Menuda lengua tenemos los castellanos, oiga, y aquí cada vez hablamos peor.

¿Cuál es la conclusión de todo esto? Ni yo lo sé. Probablemente esto signifique: Niños, leed lo que os mandan en el cole, de lo contrario los libros os perseguirán, apareciendo en ciudades lejanas o en descampados urbanos, pidiendo que los leáis, todo bajo una conspiración de “La Gato”, empeñada hasta el final en que leamos lo que nos mandó.

Carta desde Madrid, Castilla, Planeta tierra

Queridas amiguitas:

Os colé una pequeña engañifa por la escuadra. Mil perdones. Nos pagaron el cheque de driveaway según fuímos a cogerlo. ¿Por qué dijimos lo contrario? Porque necesitábamos justificar de alguna manera todo el tiempo que estábamos pasando en Nueva York, cuando en teoría nuestro plan era ir hacia el norte. ¿Y por qué estábamos pasando tanto tiempo en Nueva York? Pues porque ya teníamos el billete de vuelta. Amigas, ya estamos en casa.

¿Por qué os ocultamos la fecha de regreso?. Hay tres motivos

1.- Porque por casualidades de la vida, la tarifa más barata para volver coincidía con el cumpleaños de mi querida y ya querida por todos vosotros Maria Luisa. Así que sorpresa sorpresa.

2.- Ya puestos, dijimos, “bueno, pues sorpresa para todos”

3.- Os parecerá una chorrada, pero nos entró la rayada de que decir la fecha de regreso a bombo y platillo nos daría mala suerte en lo que quedaba del viaje. Y habiendo pasado ocho meses con buena suerte, fastidiarlo en el último minuto no era menester.

Como leeís, ya estamos en casa, sanos y salvos.

Nuestros últimos días en Nueva York fueron plácidos, tranquilos, paseando por las calles y confirmando el encanto que nos ha despertado esta ciudad. Sin duda un gran colofón para nuestros ocho meses de viaje.

La vuelta, pesada, 20 horas para tres vuelos, Nueva York – Dublín, Dublín – Londres, Londres-Madrid, con mucho tiempo de espera en aeropuertos.

¿Y por qué hemos terminado el viaje?

El motivo fundamental es que ambos habíamos llegado a la conclusión de que el viaje había cumplido su misión. Disfrutábamos el viaje, pero pensábamos que ya era demasiado tumbo. Estábamos felices y estamos felices por el viaje realizado, una aventura en nuestras vidas dificilmente repetible, pero desde hace un mes pensábamos que había cumplido su ciclo.

Un segundo motivo, imagino que bastante comprensible, es que empezábamos a echar de menos nuestro espacio (tanto couchsurfing…) y a nuestra gente.

Y por supuesto, un motivo de bastante peso es que el dinero se nos estaba terminando y no queríamos ir a la calle 16 de San Francisco a vivir con los mendigos en la plazuela del Metro. Antes de quedarnos a cero, mejor volver.

En estos momentos estamos en una nube. Llegar a Madrid, volver a ver las calles, o volver a nuestras casas… parece como si nunca nos hubiésemos ido y sin embargo han pasado ocho meses sin pisar nuestra tierra, sin ver a nuestra familia (yo no les había visto ni en foto, a Aurora una vez le mandaron una tanda de fotos, pero esto fue hace cinco meses). Abrir el armario y encontrar nuestra ropa (que ya cansaba llevar las mismas camisetas todos los días), reír con la familia… y me imagino que pronto vendrán los reencuentros, con el resto de familia, con los amigos y con los camaradas de trinchera. Ya os iré llamando, zascandiles, de momento pongo el aviso general por aquí pero como se que no todos leeis esto a diario, igual alguno se lleva alguna nueva sorpresilla.

¿Conclusiones del viaje? No se si esto es lo que toca poner, imagino que sí. Intentaré no dar la chapa.

Acerca del fenómeno de viajar, es sin duda una experiencia irrepetible si se hace bien. Cada uno que viaje como quiera, pero creo que la única forma de aprender es dejar el turismo de lado y simplemente involucrarse en las sociedades que se visitan. Viajar para ver monumentos, para quien le interese, puede estar bien, pero para conocer el mundo y sobretodo para comprender el mundo, es mucho más fácil, aunque quizá más pesado. Romper con la barrera del touroperador y coger el tren local, el autobús, hacer autostop, ves como vive y siente la gente. Caminar por cualquier calle, ver que cosas compran, que rutinas tienen, que trabajos distintos y cuales similares. Entrar en un restaurante, cualquiera, guíados por si está lleno o vacío de autóctonos y probar los nuevos sabores.

Algunos antes, durante y me imagino que después del viaje nos han dicho que somos afortunados. Así nos sentimos después de haber hecho este viaje. Creo que para viajar es necesario disponer de tiempo y en esta sociedad en la que quieren aumentar la jornada laboral a 60 horas cada vez es más dificil. El tiempo es necesario para observar. Sólo se viaja bien si se viaja despacio. Cuando tienes una fecha estricta, puedes viajar mucho, pero es dificil viajar bien. El fenómeno que se repite es: profesionales jóvenes, quince días de viaje y querer verlo todo. Quince días en los que ver norte, centro y sur de un país sin detenerse, tachando sitios de la lista. Quizá en quince días, yo vería tres ciudades o tres zonas, con calma, o quizá sólo dos.

Nos han dicho “que suerte, cuantas vacaciones”. Lo “único” que hay que hacer es dejarlo todo. El trabajo, la casa, los amigos, dejarlo todo e irse. No es cuestión de suerte. Nadie regala nada. Hemos ahorrado, nos lo hemos currado y hemos viajado. Lo puede hacer cualquiera, pero no es cuestión de suerte.

Conste que nosotros mismos hemos incumplido a veces en este viaje nuestra propia filosofía, pero creemos que es un ideal al que aspirar.

Nos hemos planteado muchas veces el tema del turismo y si es posible un turismo positivo. A estas alturas, creo que turismo siempre es negativo. No es negativo viajar, involucrarse, pero todo el negocio del turismo es una permanente prostitución del alma. Las ciudades que viven del turismo, las peores.

Habiendo visto mundo, otra conclusión que sacamos es que en ninguna parte se vive como en el Sur de Europa. Claro que nos falta mundo por ver. Y claro que hay muchísimo que mejorar en muchísimos aspectos, pero socialmente los pueblos del sur de Europa son los más cercanos, amigables, al tiempo que tienen una serie de servicios públicos (en el norte de Europa son mejores, pero la gente es más arisca) y una comida excelente.

No obstante, tenemos muchas cosas que destacar, positivas de muchos sitios:

De Francia, el pan y el queso. De Bélgica, las cervezas.

De Holanda y Alemania, sus servicios públicos, su urbanismo, sus medios de transporte.

Del este de Europa, de Polonia la amistad de sus gentes. De Ucrania y Rusa, su increíble sistema de trenes. Si te dicen que un tren sale hoy de Moscú y va a llegar a Vladivostok dentro de ocho días a las 14:33 , parando en muchos sitios, con inclemencias del tiempo, la regla general es que no se retrase más de dos minutos.

De todo Asia en general, la amabilidad de sus gentes, distinta en cada país en su forma pero no en el fondo. De Japón, lo limpio que está todo, lo fácil que es hacer autostop, el increíble sushi. De Corea lo alegres que son, los paisajes del norte, los autobuses que llevan a todas partes. De Tailandia, que la gente humilde es la que más tiene que enseñar. Y nuestro pueblito junto al Mekong, que posiblemente sea lo que más huella nos ha dejado en estos ocho meses de periplo.

De los Estados Unidos, su espíritu emprendedor, la cercanía de la gente (en seguida entablan conversación), su variedad de paisajes (desiertos, bosques, océanos), las microdestilerías y parte de su comida, totalmente insana y deliciosa (pese a la falta de variedad).

Hemos aprendido, dando tantos tumbos, que vivimos con demasiadas cosas. No he echado de menos mis posesiones materiales. Nos hemos adaptado a todo tipo de situación teniendo sólo lo justo, espero que sea una lección para toda la vida. Lo único que me hacía ilusión reencontrar eran mis dvds (es dificil ver películas durante el viaje), por cierto, me faltan las películas de Kurosawa, Pulp Fiction y HellBoy, si alguno ha aprovechado una visita a mi casa para cogerlas de estrangis… ¡que las devuelva!

En general hay una conclusión que todo aquel que viaja por el mundo acaba sacando:

- Es fundamental acabar con las fronteras. Las fronteras nos encierran en nosotros mismos. Creemos que nos cerramos a los demás pero lo que hacemos es encerrarnos. Se bloquea un territorio y dentro de ese territorio se imparten doctrinas, “somos los mejores”. Ahí empieza el culto a la bandera, al rey, al país. Pasar una frontera es además humillante, las inspecciones, el control del pasaporte, es la degeneración total de la humanidad.

Hasta aquí todos de acuerdo y felices. Ahora viene la mía especial.

- A pesar de la necesidad de acabar con las fronteras, en estos tiempos, en el siglo XXI, es fundamental reivindicar a los pueblos del mundo. Sus lenguas, sus culturas. La diversidad nos hace ricos y el respeto al diferente nos hace ricos. Que un pueblo no tenga estado propio o no tenga, según algunos, suficiente historia para “ser”, no significa que no debamos respetar y defender sus peculiaridades. Vivimos en un mundo en el que se está imponiendo un modelo de vida nefasto que corresponde a cierto modo de vida estadounidense. Es el modelo de vida Burger King, Starbucks, brunch y centro comercial. Avanzamos hacia un mundo homogeneizado y cuando se homogeneizan las culturas se homogeneizan las mentes. Se acaba la diversidad y se acaba el pensamiento. Esto causa estragos en el mundo y también en donde se inició todo, en los propios Estados Unidos, donde uno se cansa de ver pueblo tras pueblo las mismas cadenas multinacionales.

El reto, entonces, es reivindicar los pueblos al tiempo que destruimos las fronteras. Dificil, sin duda, porque muchas veces la reivindicación del pueblo implica una exaltación nacional y creación de un nuevo encierro.

Pero para eso estamos aquí los malvados antisistema.

Amigos y amigas que nos habéis seguido estos ocho meses, aquí acaba la aventura de este viaje. Ahora tendremos que reacoplarnos a la vida sedentaria, lo que será complicado, pero imagino que podremos hacerlo.

Volver en medio de una crisis, así somos nosotros: echaos p’alante

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Y ahora, ¿qué hago con este blog? ¿Lo dejo sin actualizar para siempre? ¿Lo dedico a la subversión total? ¿A la subcultura pop y al mundo freak? ¿A la crítica gastronómica? ¿A las reflexiones vitales? ¿A todo, a parte, a nada de eso?

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POR CIERTO, ESTAMOS AQUI, PERO TODAVIA FALTAN FOTOS POR SUBIR EN EL BLOG DE AURORA, ESTAD ATENTOS SI QUEREIS VER LAS ULTIMAS

(si no entiendes de que va esto, pincha aquí http://caminoacasa.wordpress.com/ )

Carta desde Brooklyn, Nueva York

Queridas amiguitas:

Era previsible, es nuestra dinámica habitual, nos hemos vuelto a quedar “atrapados” en una ciudad.

Dejamos a Brett y los suyos en Rhode Island el lunes por la mañana y nos acercamos en tren a la gran ciudad. Nuestro plan básico era el siguiente: ir a la oficina de Driveaway, cobrar el cheque de nuestro depósito e ir hacia el norte del país, quizá hasta Canadá, investigar un poquito aquello y luego volver aquí antes de que se acabase nuestro visado. Sobre el papel, todo fácil.

Nos buscamos una anfitriona en Nueva York para estos días, Rachel, que vivía en Brooklyn junto a su compañero de piso Ross, y también Sam, Jack y dos perros. La zona en la que estaban era Williamsburg, que es bastante alternativa, tipo Malasaña, en el buen y mal sentido.

Con ella fuimos un día a Manhattan, que es la parte más conocida de Nueva York y considerada “el centro” de la ciudad. Paseamos por Union Square, cogimos un ferry gratuito que va hasta Staten Island y pasa justo por delante de la estatua de la libertad, visitamos Chinatown y Little Italy. Lo curioso de Little Italy es que está en el medio de Chinatown, vas paseando por calles llenas de comercios chinos, con letreros en chino, y de repente apareces en una calle llena de banderas italianas.

Este era nuestro único plan para Nueva York, lo demás lo dejaríamos para más adelante porque al día siguiente fuimos a la oficina de Driveaway. La oficina estaba en un pueblo de New Jersey llamado Stockholm, llegar era una odisea y además caro de narices. Total, que allí nos plantamos, llegamos al sitio y nos encontramos a un tipo muy majete en la agencia. Nos dice que no hay ningún problema con el coche, que el cliente quedó contento, que todo está en orden (bien) pero que han tenido un problema informático en el banco y no pueden expedirnos el cheque hasta la semana que viene (mal). Así que así nos quedamos. Como ya nos habíamos quedado estancados en San Francisco y en Dallas, esto ya nos pareció lo más normal.

El tipo nos dijo que lo sentía pero que no nos preocupásemos porque con darnos el cheque no iba a haber ningún problema, sólo que habría que esperar un poco más. Para alegrarnos el día, nos recomendó ir a comer a un sitio italiano que había allí cerca. Nueva Jersey es una de las zonas con más población italiana y de nuevo los tópicos se hacen realidad. Los clientes del local italiano parecían los amigos de Tony Soprano, con chandal, repeinados hacia atrás, la cremallera abierta y medallas con cruces. Y esa forma de hablar inglés que tienen los italoamericanos en las películas, no es sólo de las películas, es real. Yo estaba en la gloria allí. La gente era muy diferente, se nota que venían del sur, porque eran más simpáticos, bromistas, cálidos…

Allí en Nueva Jersey hacía un frío increíble, así que nos tuvimos que volver con los bolsillos vacíos y el cuerpo congelado. Ya será a la próxima.

A la vuelta paseamos por Times Square y todas estas zonas famosas. Era curioso verlo, pero la verdad es que también era un agobio impresionante, con todas las gentes cruzando de lado a lado.

Como habíamos contactado mucha gente de Nueva York en vistas a nuestra visita futura,no nos costó organizarnos un poco para esta vez no pasar todo el tiempo en la casa de la misma persona y así estorbar menos.

De casa de Rachel pasamos a la de Sean, también en Brooklyn. Decir “también en Brooklyn” es como no decir nada, porque la percepción que tenemos en Europa es que Brooklyn es un barrio pequeño pero en realidad es un grandísimo distrito lleno de muchos barrios.

Sean vivía en la zona llamada “Grown Heights”, que es la zona donde viven los inmigrantes caribeños. Había muchísima gente de Jamaica, Barbados, Trinidad y Tobago, Guyana… con su peculiar acento y su música en las calles.

Sean era profesor de lengua y literatura en un instituto en una de las zonas más peligrosas de la ciudad, aunque decía pasárselo bastante bien. Claro que no me extraña porque les llevaba a los chavales comics de Batman para analizar la historia y así te ganas el cariño de los chicos en un periquete.

Además de ser profesor de lengua y literatura, era un auténtico profesor de cervezas. Nada más llegar nos obsequió con varios ejemplares, destacando la cerveza local Brooklyn. Vuelvo a reivindicar desde este epistolario las pequeñas destilerías de cerveza que hacen maravillas a lo largo del mundo, mucha mejor calidad que las grandes marcas. Un punto para los EEUU por sus cervezas.

El conocimiento de este chico en la materia era impresionante, tanto que un día fuimos a una localidad fuera de Nueva York para probar una cerveza que hacían con calabaza, ahí es nada. Allí vino una chica amiga suya que había aprendido castellano en Argentina, tenía un acento argentino fuertísimo,era muy curioso.

En Nueva York el transporte es relativamente sencillo, hay muchas líneas de metro,estas tienen distintos trenes, ya que unos son exprés y otros paran en todas las estaciones, hay que saber esto porque si no te pasas tu estación más de una vez, a nosotros por supuesto nos ha ocurrido. Tienen un pase semanal a muy buen precio, en cuanto supimos que nos íbamos a quedar aquí varios días lo compramos, con el puedes coger todos los trenes y autobuses. Lo malo es que en una misma estación no hay comunicación entre uno y otro andén, por lo que si te equivocas al entrar tienes que salir y volver a pagar, o esperar 20 minutos si tienes un abono como el nuestro (por supuesto, también nos ha ocurrido). La información no es demasiado clara, aunque preguntando lo arreglas todo.

Con el transporte fácil y a buen precio, vamos y venimos de Manhattan facilmente. Por ejemplo, visitamos el famoso Central Park, del que poco puedo decir porque es un parque como tantos parques sólo que más grande que muchos. Agradable para pasear o sentarse un rato en alguno de sus rincones.

Lo malo de Central Park son las hordas de cazaturistas que quieren venderte paseos en bicis, caricaturas o cualquier chorrada, pero bueno, nada que no sepamos evitar a estas alturas.

De casa de Sean pasamos a casa de Scott, que nos acoge ahora. Nos hemos organizado así para no pasar todo el tiempo en la misma casa, así además conocemos más cosas y nos quitamos la sensación de estar quietos. En realidad, lo que hacemos es hacer ahora todo lo que teníamos pensado hacer más tarde.

Scott estudia Derecho y vive en el área llamada “Brooklyn Heights”, que es considerada el centro de Brookyn y el área más bonita estéticamente. Quizá es el área más normal o más parecida a cualquier barrio estandar de Madrid. Para seguir la buena tradición, nos recibió con cervezas locales y hamburguesas.

Nueva York nos está dejando una grata impresión. Es una ciudad con mucha vida en todos sus barrios, a mi me da cierta envidia porque desde que tenemos alcalde faraón (Manzano vuelve, si ya decía yo que más vale malo conocido…) Madrid va perdiendo progresivamente toda su vidilla. Coge cualquier barrio al azar de Nueva York y encontrarás algo peculiar (como el barrio judío, con todos vestidos con sus gorros negros y su barba), con tiendas únicas, o a lo mejor son barrios muy normales pero con gente en la calle todo el tiempo, con un predominio del pequeño comercio en el que se encuentra de todo. Es una ciudad más parecida a las ciudades que tenemos en Europa, quizá la mejor de Estados Unidos desde mi punto de vista. Lo que marca la diferencia es eso, lo viva que está, no hay ni un barrio por el que vayas y esté todo apagado, aquí dan ganas de salir a la calle sólo a ver la gente que hay.

Teoría del multiverso

Desde que empecé a escribir este blog, he ido progresivamente perdiendo el respeto de mis queridos lectores. A base de redactar largas diatribas acerca de temas dispares, algunas veces con tono excesivamente refunfuñante, he ido poco a poco dinamitando cualquier tipo de autoridad moral que pudiese tener anteriormente.

Buceando en el fondo de mi cuenta de correo electrónico, buscando otra cosa, he encontrado un texto que redacté hace ocho o nueve años (con 15-16 años). Voy a publicarlo, aunque esto signifique perder el respeto de los pocos discípulos que me quedan a estas alturas. No importa. He considerado que mi deber es dar ejemplo y demostrar que los grandes prohombres de la historia también nos equivocamos. Y es que debo admitir que como Teruel, como Soria, como los Reyes Magos: Nueva York también existe.

Se va a cagar la perra:

Teoría del multiverso

No voy pedo ni nada, he tenido una iluminación que me ha iluminado el camino. Leed esto y pensad detenidamente. Leed con seriedad, pues es algo muy serio.Vivimos en el mundo actual.¿ Qué es la realidad? ¿Existe Nueva York? Yo no he estado en Nueva York, pero lo he visto en fotografías ¿He de creer, por ello, en la existencia de Nueva York?¿No he visto también el dibujo del ojo aquel que representa a Dios?¿He de creer por ello que existe el tal señor? Aquí viene una duda existencial que deberíamos plantearnos todos ¿es Nueva York un montaje de la Conferencia episcopal para que acudamos los Domingos (y fiestas de guardar y santificar) a llenar las arcas de la Iglesia?¿Es Nueva York, por ello, el auténtico Vaticano? ¿Es, en verdad, la Estatua de la Libertad pariente del Papa Juan Pablito II? De aquí podemos deducir que, basándonos en las demostraciones del fotograma fotómico, hay mas de un universo. Por ello hay que decir que en realidad vivimos en un multiverso. Hay universos paralelos, colocados en lineas no espaciales, sino temporales. Es por esto que existe la posibilidad de que haya un universo donde se esté en el pasado. Ahora bien, en caso de que viajemos a un universo donde se esté en el pasado ¿hablaríamos con propiedad al decir que estamos en el pasado? ¿No sería mas correcto decir que estamos en nuestro presente actual, aun estando en el pasado? De ahí viene la segunda duda planteada por mi mismo. Tenemos una tortuga y un caracol. Podemos plantear dos similitudes completamente ciertas: que los dos van despacio y que los dos tienen concha. Pero hay algo que hemos de tener presente: el caracol es hermáfrodita. Entonces, en un universo paralelo al nuestro ¿puede un caracol ser en verdad una tortuga y una tortuga ser un caracol, sin ser hermafrodita? ¿Puede ser la tortuga un animal hermafrodita o solo bisexual? Y llegamos al caso del mono y la serpiente. Ambos son animales que habitan en la jungla. Entonces ¿puede el mono ser caracol? ¿puede el caracol ser serpiente? ¿puede la serpiente ser tortuga? ¿puede la tortuga ser mono? Una cosa es cierta, el caracol puede ser serpiente, y la serpiente puede ser caracol. Esto está basado en que el caracol y la serpiente se mueven pegados al suelo y ambos pueden subir a los árboles, al igual que los monos, aunque no la tortuga. Pero, en un universo paralelo, ¿no puede la tortuga ser un animal arboríboro, es decir, según el término que acabo de inventar, un animal que vive en un árbol? Bueno, pensad sobre esto a lo largo del tiempo. Y recordar que el verbo chuscar es un verbo muy serio. Echar un polvete es de cachondeo, pero recordad que chuscar es un verbo muy serio

Carta desde Kingston, Rhode Island

Queridas amiguitas:

Aurora al final se fue haciendo amiga del Honda y dejó de refunfuñar acerca de si el coche tenía diez años y todas esas cosas.

Por lo demás, el viaje transcurrió con normalidad. Atravesamos de nuevo Oklahoma. Con Oklahoma todos tienen un cierto cachondeo, dicen que son los más paletos. La verdad es que dan en general un poco de imagen de “Cletus”, pero están orgullosos de ello.

Antes de llegar a Oklahoma, todavía en Texas, visitamos el cañón de Palo Duro, que es el segundo más grande después del Gran Cañón. Nos quedamos con el mal sabor de boca de no haber podido visitar el famoso Gran Cañón, pero dependemos de los cochoes.

En Henryetta, Oklahoma, fue donde les dió por preguntarme si soy irlandés y desde entonces me lo han preguntado varias veces más esta semana. Me ven con mis camisetas reivindicativas, mi barbarroja y mi acento raro y me ubican en la tierra de Eriu. Así son ellos. Lo celebro.

En general hemos tenido muchas carreteras preciosas en Arkansas, Tenessee, Virginia, Pensilvania… y es que comienza el otoño y los colores son impresionantes. Lo ves en una postal y parece “photoshop”, pero o han inventado el photoshop tridimensional o esto es el otoño más bonito que he visto nunca.

Toda la parte del sureste de Arkansas y sudoeste de Tenessee son zonas bastante deprimidas. Era muy dificil encontrar moteles y en general había muchísimas casas abandonadas, muchísimos afroamericanos y muchísimos campos de algodón. Estos dos últimos factores han ido desgraciadamente unidos durante mucho tiempo.

El primer couchsurfing de la semana lo tuvimos en la ciudad de Nashville, la llamada ciudad de la música. Nos acogía DeeDee, una chica de Milwaukee que había viajado por Italia y estaba enamorada de dicho Estado, al igual que nosotros. La pena es que llegamos muy cansados y no pudimos disfrutar de la ciudad, DeeDee vivía en una de estas casas en las afueras y coger el coche no nos apetecía nada. Sólo vimos el centro una media hora y nos fuímos con la sensación de estar perdiéndonos una ciudad con mucha vidilla, la música se respiraba por todas partes.

A mediados de semana llegamos al Estado de Virginia que nos sorprendió gratamente. Ellos se consideran “sudistas” pero nosotros lo consideramos el comienzo del Este, y es que las casas empiezan a ser muy diferentes. No sólo las casas, también la configuración de los pueblos, que tienen más vida, como Wytheville, donde pasamos una noche, o Staunton. Toda esta zona junto a los montes Apalaches tiene preciosos paisajes muy diferentes a todo lo que íbamos dejando atrás.

En la localidad de Staunton tuvimos una gran alegría gastronómica porque estábamos más que descontentos con la comida americana. Los yankis que conocíamos en Japón nos decían que echaban de menos algo de variedad alimenticia, así que nos hicimos a la idea de encontrarnos una gran diversidad de alimentos insalubres. Pero no ha sido así. Hamburguesas, las que quieras, algunas muy ricas. Pizzas de todo tipo, la mayoría malas. Muchísimos Burritos, algún kebab. Poco más. Nos hablaban de los “mom and pop restaurants”, así llaman a los restaurantes de toda la vida, donde te sientas, te lees una carta, te atiende alguien medianamente majo nativo del lugar y todos tan amigos. Pero no encontrábamos nada. O bien encuentras cadenas, o bien encuentras imitaciones de las cadenas. Pero en Virginia, en Staunton, encontramos por azar un sitio llamado “Mrs Rowe´s” de comidas locales que fue una agradabilísima sorpresa. Muchas cosas insanas, por supuesto, pero diferentes. Es curioso las cadenas lo que anulan culturalmente a un pueblo, desaparece toda la diversidad y se avanza hacia la uniformidad, en este caso alimenticia, comida caca por todas partes. Hay gente a la que le gusta, lo respeto, pero el problema llega cuando hasta en el pueblo más perdido sólo encuentras un McDonalds y los viejos del pueblo se reúnen allí para contar sus batallitas. Es lo más triste que puede pasar. Yo desde aquí reivindico la “slow food” y la manera de comer que tenemos en Castilla y en tantos otros pueblos del sur de Europa, donde te sientas, tomas varios platos, un buen vino u otra cosa, y pasas una hora o más tiempo comiendo, hablando con los amigos, la familia, quien sea. Aquí hemos comido con algunas familias, muchas veces comen fast food, otras veces alguien cocina pero en vez de sentarse todos juntos cada uno se coge su plato y se va por ahí, o se sientan y comen rápido en cinco minutos… las comidas con mis abuelas (ambas, en Madrid o Valencia), largas, contundentes, agradables, es de lo mejor de mi cultura, perderlo sería lamentable.

De Virginia fuimos a Pensilvania, donde nos acogió Rita en la ciudad de Harrisburg. Esto fue interesante porque fue nuestra anfitriona “de rebote”. Habíamos contactado con un chico de couchsurfing pero el no estaba y lo arregló todo para que fuésemos a casa de su amiga Rita. Rita y su marido Gerald vivían en un barrio esencialmente africano, su familia había vivido en EEUU por varias generaciones pero ambos tenían ascendencia alemana. Esto nos llevó a una interesante conversación porque a veces en la radio hay Losantos yankis que dicen que si toda esta gente mexicana (o de donde sea) que viene a invadir la tierra de sus ancestros… lo que es una barbaridad, porque los únicos que podrían decir eso son los nativos americanos (cherokees, navajos, apaches, etc), y no todos estos que son inmigrantes igualmente, aunque de más generaciones.

Nos contaron Rita y Gerald que tenían una hija que era una enamorada de Madrid. Lamentablemente no pudimos conocerla, ya será a la próxima. Fueron una pareja encantadora que cuidó de nosotros fenomenalmente.

Y así llegamos finalmente a Kingston, Rhode Island. El viaje fue duro, había que pasar cerca de Nueva York y allí hay un inmenso conglomerado de autopistas, muchísimas de peaje. Pagamos alguno, pero nos cansamos de ello y decidimos buscar un atajo. Nos metimos en plena ciudad, empezamos a ver personajes raros raros raros por todas partes… al final vimos un cartel, “Bronx City”. Todo esto del Bronx, esta fama que tiene tendrá una gran parte de leyenda urbana, no sabemos, pero vimos una cantidad de seres extraños por metro cuadrado que ni en San Francisco. Queríamos haber sacado una foto para nuestros amigos bronxtoleños, pero no pudo ser.

La jornada acabó en Kingston, donde nos acogen Brett, Adam, Jessie y Dan , cuatro chavales que rehabilitaron una casa del siglo XIX a cambio de que les dejasen un alquiler barato. Pagan en total unos 600 euros por una casa que es bien grande, con seis habitaciones, cocina, dos baños y dos salones. Aquí está el campus de la universidad de Rhode Island, donde estudian Jessie y Dan. Los otros dos trabajan (Adam, que por cierto es una versión de Albareto) o lo intentan (Brett).

La primera noche nos llevaron a cenar a un sitio de pescados, Aurora está contentísima porque llevamos un par de meses sin tomar nada salido del mar.

Toda esta zona es muy diferente, los pueblos son parecidos a los ingleses (o eso creo, nunca he estado en Inglaterra, pero por las fotos…)

Al final entregamos el coche, aunque fue un lío. El tipo de Los Ángeles de Driveaway nos ha dejado un muy mal sabor de boca, un liante de cuidado. Llamamos al cliente y resultaba que el había dicho que el coche había que llevarlo a Massachusetts. A nosotros el de Driveaway nos había dicho que el tipo seguramente estaría en Massachusetts, pero que dejásemos el coche en casa de la hermana. Al final el hombre se portó y vino el hasta aquí a recoger el coche. Eso sí, de lo del depósito de gasolina vacío, no tenían ni idea, así que de gasolina me temo que no vamos a ver ni un duro. No nos pusimos pesados con el cliente porque pensamos que la responsabilidad total es de la agencia, que ha funcionado lamentablemente en ambos sentidos, hacia el cliente y hacia los que llevaban el coche, nosotros. A ver si no tenemos problemas con el depósito que pagamos, ya veremos. Tenemos que ir a New Jersey a cobrarlo y cruzamos los dedos para que no se nos atraviese la situación, como tantas veces está ocurriendo últimamente.

Anecdotilla: El tipo nos ha comentado que el coche perteneció a la madre de la actriz de la serie “Buffy Cazavampiros”

Por lo demás, hemos paseado por esta zona, así como por el pueblo de Narragansset, donde hemos vuelto a ver a nuestro viejo conocido, el Oceano Atlántico, pensando lo raro que era todo esto, salimos de casa hacia el Este y yendo hacia el Este parece que llegaremos pronto.

Un saludo a Islandia y a Bjork, sin más. Las conclusiones, he decido guardármelas, salvo para los afortunados que ya las hayan leído.