Este 2011 no está siendo muy exitoso en lo que a lecturas se refiere. Coinciden dos factores, por un lado está el hecho de que simplemente no se está dando bien, los libros que la vida a puesto a mi disposición, en general, no están siendo gran cosa. Por otro lado las probabilidades se reducen en tanto en cuanto leo menos que nunca dado que estoy metido en mil cosas.
Estaba dando el año por fracaso completo . Hasta que me he leído “Educación Siberiana” de Nikolai Lilin. Lo compré en la pasada Feria del Libro de Madrid porque me habían hablado bien, aunque no tenía del todo claro la temática, fue una compra “medio a ciegas” y ha resultado ser el mejor libro que he leído en todo el año.
¿De qué trata? Pues trata de los urcas, una tribu (o etnia, no se como lo definiría un antropólogo) originaria de Siberia, con un código de funcionamiento un tanto peculiar. Se definen como “criminales honestos”, como la palabra indica se dedican al crimen, fundamentalmente tráficos ilícitos y robo organizado. Pero no de cualquier manera, no, debe existir siempre un código de comportamiento: respetar a los ancianos, ayudar a los discapacitados, no hablar nunca con policías, hablar siempre con respeto y deseando el bien…
Este libro no es una novela. Es la propia vida del autor, que nos cuenta como fue su infancia y juventud siendo un siberiano en Transnitria (pues los siberianos urcas fueron ahí deportados), sus peleas con otras bandas, sus reflexiones y las particularidades de los siberianos.
El relato está lleno de historias, grandes y pequeñas, interesantísimas. Unas cuantas hablan del mundo del crimen y de peleas violentas con gente de otros barrios y comunidades nacionales. Algunas ponen la piel de gallina, como las experiencias en la cárcel. Otras hablan del día a día de la comunidad siberiana, hacer tatuajes, pescar en el río, beber chiffir (una especie de té, según entendí) o hablar con los ancianos.
Lo recomiendo todo lo que pueda recomendarse un libro, me ha parecido una lectura genial, dinámica, una historia interesantísima, sobre cosas que pasan en este planeta, contada con gracia, que atrapa casi casi desde la primera página.
Muchos conoceréis la película “Trainspotting”, gran obra de culto. Lo que no todo el mundo sabe es que esta película está basada en un libro del mismo nombre del autor Irvine Welsh.
Y hoy toca meter aquí unas breves líneas para recomendar a este escritor. Nacido en Leith, ciudad anexionada a Edimburgo (y por tanto ahora mismo parte de dicha capital), recrea en su escritura la vida de la gente obrera de esa ciudad/barrio. Pero no en plan moralista, sino con toda la crudeza necesaria. Donde los yonkis son yonkis, los puteros son puteros, los cabrones son cabrones y la gente legal es legal. Como en tu barrio y como en el mío.
Si os atrajo el universo de Trainspotting, tenéis que entrar en otros libros del autor porque los personajes se repiten, o bien de manera constante o bien con apariciones espontaneas.
Los libros que yo me he leído son “Cola”, que sería paralelo a Trainspotting y en el que algunos personajes se entrecruzan y “Porno”. “Cola” trata de una pandilla de amigos a lo largo de distintos momentos, cuando son niños, cuando son adolescentes, cuando son más mayores… como la vida les separa y les une. “Porno” sería posterior a Trainspotting y repiten todos los personajes. En este libro, “Sick Boy” pretende ganar fama y riquezas metiéndose en la industria del cine porno, pero sus viejos compañeros de aventuras están distanciados y no todo será demasiado fácil. En este libro varios personajes de “Cola” tienen gran importancia.
Me gustó más “Cola” que “Porno”, aunque este último, que ha sido el más reciente, también me ha gustado. Y en general me gusta el estilo de Welsh porque aunque a veces se le va un poco la narración o entra en diálogos de extraña construcción, en general te relata las cosas más o menos como son. Además al tener siempre distintos narradores juega con distintos estilos, si el personaje es más culto o más disperso su parte será igual.
Me tendré que ir haciendo con más libros de este autor porque verdaderamente vale la pena
Una de las obsesiones que me atormentan son los libros. No la lectura o la literatura, que también, sino los libros. Soy un fetichista de ellos, cosa de la que ya hablé al hablar del libro electrónico en estas mismas páginas. Si voy a una casa y no hay libros o hay muy pocos me da bajón, si voy a casa de alguien y tiene muchos libros no paro de mirarlos todos por arriba, por abajo o por los lados. Por supuesto hay distintos grados de locura porque todos los libros que yo tengo son libros que he leído y no compro rarezas que valen un dineral sólo porque hay pocos ejemplares y la copia es del año de la picor. Pero luego los tengo, los acumulo, los contemplo y me embeleso.
Claro que esto es un problema para un trabajador que vive en un piso que no llega por poco a los 50 metros cuadrados. Porque los libros ocupan espacio. Sin embargo, la enfermedad de tener los libros es irracional. Se que existen las bibliotecas, pero los libros de las bibliotecas no los puedo maltratar como a los míos ni doblarlos por todas partes. Podría leer los míos y luego regalarlos, pero me viene la duda de que pasará si en el futuro necesito consultar cualquier cosa que ya leí en su momento. Un pasaje, una cita, algo. No pasa con todos, pero pasa, al menos a mí. Sin ir más lejos, ayer recordé una cosa de un libro y no paré hasta que localicé con el pasaje que necesitaba.
Poseer libros es un tema muy serio que es, como digo, puro fetichismo. Agarrarse a lo material. Durante 2008 estuve casi todo el año dando tumbos y no eché en falta posesiones materiales que tenía en Madrid. Pero necesitaba libros y los cargaba en la mochila metiendo un peso absurdo y si conseguía algún libro en tal o cual país ya me buscaba la manera de pensar como lo encajaría en mis estanterías. Y así es el tema.
Hay personas obsesionadas con los libros y para ellos un tipo llamado Jacques Bonnet ha escrito un ensayo titulado “Bibliotecas llenas de fantasmas”. Es un ensayo fácil de leer, en una tarde te lo ventilas, sobre este tema de las bibliotecas personales. El famoso asunto del orden (¿cómo organizarlos? ¿Por géneros, por idiomas, por colores?) ocupa el capítulo más interesante, pero hay muchos otros sobre autores, bibliotecas de locura, incendios, personajes ficticios y demás.
Cita el ejemplo de un tipo que murió aplastado porque le cayó encima la biblioteca que tenía sobre la cama, cosa que es muy inquietante porque sobre mi cama tengo unas estanterías que cualquier día me mandan a hacer puñetas.
Tengo una recomendación para lectores y para aquellos que no son lectores pero les gustan las cosas de mafias y crímenes. Se trata de la novela “El poder del perro”, de Don Winslow. Es lo mejor que me he echado a la cara en todo el año. Hay novelas que vas leyendo a trozos, con paciencia, unas te gustan más y otras menos, vas poco a poco y las acabas. Hay otras que las devoras. Lees un poco. Quieres más. Otro poco. Quieres más. Llega la madrugada y se te cierran los ojos, pero quieres más… hasta que caes rendido. Al día siguiente vas a trabajar y conforme se acerca la hora de llegar a casa empiezas a pensar en coger el libro donde lo dejaste para poder seguir. De vez en cuando hay alguna así ¿verdad? Pues para mí esta ha sido una de esas.
Esta novela no es moco de pavo. Es una historia que transcurre por más de 700 páginas a lo largo de treinta años. Treinta años de juego del “gato y el ratón” entre Art Keller, un miembro de la DEA norteamericana (la agencia antidrogas) y el clan de los Barrera, una familia mexicana. En este juego Keller pasa de ser el típico poli honrado de las novelas a ser un auténtico desconfiado que hace la guerra por su cuenta porque sabe que los estamentos oficiales funcionan según sus intereses políticos, pasando la barrera entre una lucha por lo que cree que es su deber a una obsesión personal.
Saltando de Keller a los Barrera, de México a California, no sólo conocemos las interioridades de los personajes principales, sino también un mundo cruel de oficiales superiores, matones subalternos, tiroteos, torturas, persecuciones, engaños y mentiras. La novela está construida con brillantez, de manera que además de los personajes principales (Keller y el clan Barrera) aparecen en escena matones irlandeses, mafia italiana de Nueva York, poderes eclesiásticos, pandilleros chicanos y prostitutas de lujo. Cada cuál va viviendo su vida y progresivamente van todos viéndose salpicados por la trama principal.
Posiblemente esta novela sea de las que “La Gato”, mi profesora de Literatura del cole, calificaba como “no literatura”. Puede que sea así. Esto quizá no sea literatura. Quizá el estilo directo, los saltos de personajes, los cambios de persona al narrar (pasa de primera a tercera con mucha facilidad) y de tiempos verbales (lo mismo, pasa de presente a pasado) hagan que estilísticamente no se considere que esto encaja dentro de las formalidades necesarias para los gurús del arte. No lo se ni me interesa. Pero esto te atrapa en la primera página y no te suelta hasta la última.
La presencia de los libros en Lost es una constante de la que todos los seguidores de la serie nos hemos percatado hace tiempo, sobretodo aquellos a los que nos gusta leer.
Si a alguien le interesa el asunto, he encontrado una web que habla sobre todos los libros que salen en Lost, con posibilidad de descargárselo.
Ando inmerso en una racha positiva en lo que a lecturas se refiere. Ya tocaba, porque últimamente he leído demasiadas medianías. Es lo malo de escoger muchas veces al azar. Por suerte, para asegurar el buen rumbo, he ido a lo fácil y he apuntado de nuevo a Delibes. Andaba por ahí pendiente “El hereje”.
Lo primero a destacar es que leer a Delibes supone permanentemente gozar la propia lengua. Pocos como Delibes manejan con tanta soltura el castellano, se aprende mucho leyéndole, su forma de narrar es muy amena y utiliza un vocabulario amplísimo, muchísimas palabras son nuevas para mí, cada vez que leo algo suyo aprendo cosas nuevas.
Dicho esto, centrándonos en la obra, para los que no sepan de que va, trata de un comerciante pucelano que se convierte al protestantismo. De inicio narra su vida en Valladolid en el siglo XVI, lo cuál es muy interesante porque se nota que hay una fuerte documentación a la hora de hacer todo esto. Es en realidad un relato de la vida cotidiana en Valladolid y alrededores, que por supuesto tendrá sus fallos porque Delibes no es historiador. Después ya entra en el tema del protestantismo, de cómo funcionan los grupos protestantes y demás, sus persecuciones y todo el tema. La novela se convierte así en un alegato por la tolerancia hacia las ideas de los demás. Una denuncia a la iglesia católica que bien puede extenderse a todas las demás religiones. De paso mete alguna que otra puntilla sobre comportamientos sociales, como la crítica a la traición, el desprecio a los bocazas y la defensa de la integridad y respeto a los que son firmes en sus creencias.
Como las buenas lecturas, es esta novela una muy llevadera y además muy interesante por todo lo que cuenta. Y yo os la recomiendo por eso
Menuda semana llevo, he vuelto a 1991, sin comerlo ni beberlo. Al patio de los Maristas, a jugar en el Parterre, a Valencia, a los viajes en Intercity para ir a Madrid a ver a los abuelos… y todo porque me ha dado por sacar de la estantería y releer los cinco libros cinco del Pequeño Nicolás.
Debo confesar que me daba terror. Tenía miedo, lo admito, de destrozar un recuerdo de mi infancia. Pasa muchas veces, cuando vuelves a ver, o a leer, aquellos dibujos o libros de cuando eras pequeño, y descubres que en realidad no eran tan buenos. Claro que guardas un buen recuerdo de los momentos que pasaste, pero ya no puedes decir que mola, porque ya tu juicio crítico es distinto, ya sabes que NO mola. Por eso muchas veces, recordando mis buenos momentos con Nicolás y su pandilla, me acercaba a los libros, los cogía entre mis manos y los volvía a dejar en su sitio, dispuesto a no convertirme en iconoclasta.
Lo que pasa es que últimamente ando moviendo trastos de aquí para allá y no he podido resistirme. Y volví al día en que un fotógrafo aparece en clase del pequeño Nicolás y saca a todos al patio, y Godofredo, cuyo padre es rico y le regala todo lo que quiere, aparece vestido de astronauta. O a ese día en el que juegan todos a indios y vaqueros y Rufo, un chaval de la clase, aparece vestido de gendarme, porque su padre es policía. A vacaciones en campamentos con niños salvajes y hoteles en Bretaña donde el verano se chafa con la lluvia. El padre de Nicolás, picándose con su vecino, el señor Bledurt, haciendo carreras de bicicletas. La pandilla jugando al fútbol en el descampado contra chicos de otro barrio, Agnan, el ojito derecho de la maestra, llorando porque es un desgraciado, Clotario castigado en el rincón, Eudes y su hermano militar, Majencio con sus trucos de magia, Alcestes siempre comiendo, Joaquín fastidiado por el nacimiento de su hermano, y todos pegándose en el patio bajo la atenta vigilancia de “El Caldo”.
Este viaje al pasado, a esos libros que ya había leído decenas de veces, no me ha gustado tanto como cuando contaba ocho años y leía los libros en el Intercity, mirando las ilustraciones de Sempé, me ha gustado más. Porque claro, todo cambia si lo lees desde la empatía al tener la misma edad que el protagonista, o ya lo miras en la vida adulta, en la que a todo le encuentras dobles sentidos, críticas ocultas… y al mismo tiempo, sentirse niño otra vez y ¡qué pena al acabar el último de los libros!
Así que si alguno leyó en el pasado al pequeño Nicolás, le animo a que vuelva a sumergirse en su mundo. Y si no lo ha leído, que no tenga miedo a meterse en esos libros para niños, porque lo pasará muy bien.
Nos quedan si cabe más motivos de alegría, porque la hija del autor, Goscinny, encontró una serie de relatos que el escritor no encajó en ninguno de los libros (todos son microrrelatos que no siguen un orden concreto, salvo el de “Las vacaciones del pequeño Nicolás”) y han salido ahora a la luz. Que sensación esta, la de saber que quedan aventuras de Nicolás desconocidas, pronto caerán en mis manos…
Es vergonzoso, pero siendo un lector medianamente constante, hasta hace poco no había entrado en el universo de Miguel Delibes. Me imagino que es debido a mi costumbre de hacer lo contrario a lo que me decían. Porque ¿a quién no le han mandado leer en el colegio “La sombra del ciprés es alargada”?. Pero todas esas cosas que nos ordenaba leer “La Gato” en clase de Literatura, a mi me entraban por un oído y por el otro me salían. Conseguía que alguien me explicase de que iba el libro, o me lo leía en una tarde a todo correr para “vomitarlo” en el examen. Nunca suspendí y no me enteré de casi ningún libro de los que mandaban.
Son cosas que haces cuando te obligan a algo y por eso dejas de leer cosas que son muy interesantes. Es curioso cómo la manera de sugerir (u ordenar, en estos casos) algo puede variar totalmente la percepción que tenemos sobre ello.
El caso, decía, es que nunca había leído a Miguel Delibes. Me entró el “runrún” más adelante, ya en la facultad, pero tampoco le metía mano. El caso es que al final ha sido el destino el que me ha traído a Delibes. Primero fue en Nueva York. Llevaba varios meses pululando por los Estados Unidos sin orden ni concierto y suplía mi apetito lector leyendo innumerables libros en inglés sobre cualquier cosa. Empezaba a estar cansado de leer en idiomas bárbaros y necesitaba algo en mi idioma, lo que fuese. Así que nos plantamos en la librería Strand, que es una librería enorme con libros nuevos y antiguos (por cierto, posiblemente una de las cosas que más me gustó de la ciudad, y eso que la ciudad me gustó mucho) y nos dirigimos a comprar algo. La reina se perdió por ahí mirando libros de fotografía y yo me fui a los libros en lengua extranjera. Entre los libros en castellano había, como pasa a menudo (sí, pasa a menudo) varios libros en catalán (tampoco me apetecía catalán por esas fechas), unos cuantos sobre psicología, sexualidad y cuidado de niños pequeños, que no interesaban a nadie, y oculto por ahí apareció “El camino” de Miguel Delibes. Lo empecé a ojear, cayó un pase de avión de una aerolínea mexicana de entre sus páginas y, como quiera que íbamos a coger un avión pocos días después, lo interpreté como una señal de que ese era el libro que me debía leer en el avión, teniendo en cuenta que al ser nuestro viaje una vuelta al mundo decíamos siempre que íbamos “camino a casa”. Y así lo leí.
Meses después, ya en Madrid, de vuelta a mi nueva vieja vida, en el trueque que organizan los vecinos del barrio en el descampado del Parral, en La Guindalera, me llevé la sorpresa de que alguien estaba interesado en mi vieja camiseta desgastada de Salamanca. Miré que tenía para cambiar y ahí estaba, de la misma editorial (Destino) que “El Camino” que encontré en Nueva York, con el mismo formato, “La sombra del ciprés es alargada”. De nuevo sin buscarlo se cruzaba Delibes en mi vida.
Así es como accedí a las dos primeras novelas de este gran autor castellano, por casualidad. Me sumergí en sus páginas con un gran apetito, en ambos libros. El primero que leí “El Camino”, la historia de la iniciación a la vida de un chaval de un pueblo castellano, que entre narraciones de su infancia irá madurando a golpe de acontecimientos. El segundo que leí, “La sombra del ciprés es alargada”, la historia de un hombre con gran miedo a la vida. Ambos libros son bastante existencialistas, cosa que casa con mi carácter, al plantearse el por qué de todo esto. A mi todas estas cosas me tocan mucho por ser tan sufridito, imagino. “La sombra…” es quizá más triste, mientras que “El Camino”, teniendo su parte triste, también tiene momentos muy divertidos. Quizá por eso me ha gustado más “El Camino”, por ser para mí un mayor reflejo de lo que es la vida, algo que no es ni completamente claro ni completamente oscuro.
Ambos tienen algo en común también. Son literatura pura. Leyendo estos dos libros me he regodeado en mi idioma como pocas veces. No disfrutaba sólo por la historia que me contaban, sino por las propias palabras encadenadas, una detrás de otra, construyendo hermosas frases. Menuda lengua tenemos los castellanos, oiga, y aquí cada vez hablamos peor.
¿Cuál es la conclusión de todo esto? Ni yo lo sé. Probablemente esto signifique: Niños, leed lo que os mandan en el cole, de lo contrario los libros os perseguirán, apareciendo en ciudades lejanas o en descampados urbanos, pidiendo que los leáis, todo bajo una conspiración de “La Gato”, empeñada hasta el final en que leamos lo que nos mandó.
Menuda suerte tengo, los dos últimos libros que me he leído han sido un gozo absoluto, de esto que arrancas en la primera página y vas casi del tirón hasta que te lo terminas. Ya me empieza a pasar que cuando lo gozo tanto hago lo posible por leer más despacio, así extiendo en el tiempo el disfrute del libro que me ocupa, no sea que el siguiente que caiga en mis manos sea un petardo.
Este último que ha sido un disfrute total ha sido “Historias del Calcio”, de Enric González. Enric Gonzalez es periodista de EL PAÍS y fue corresponsal durante mucho tiempo en ciudades como Londres, New York, París o Roma. Ahora escribe una columna de opinión en la página anterior a la de la programación televisiva.
“Historias del Calcio” es un producto de su estancia en Roma. El entonces director de deportes de EL PAÍS, Santiago Segurola, le encargó escribir una columna sobre algo relativo al mundo del fútbol italiano. Lo que empezó como una anécdota acabó durando tres años. Cada lunes, tras la jornada de liga italiana, aparecía alguna historia. El autor narra deliciosamente detalles futbolísticos, sí, con los que disfrutamos las personas a las que nos gusta este deporte. Pero también curiosidades históricas sobre futbolistas italianos o sobre las distintas hinchadas. Y tras todo esto un análisis crítico, a veces velado y a veces muy directo, de la sociedad italiana y todas sus peculiaridades. Esto para un italófilo tiene todos lo necesario para enamorar… ¡si sólo falta que hable de pasta en el libro!
Al ser una recopilación de artículos se lee en un “plis plas”, yo me lo leí casi enteramente en trayectos de Metro y autobús. Sobre el autor, quiero destacar sus cualidades narrativas porque es capaz de escribir cosas magníficas a base de detalles que pueden pasar muy desapercibidos. Este hombre de cualquier cosa te saca una historia interesante.
Hay muchas historias que me han gustado, así que compartiré con vosotras una de ellas:
La “cuchara” de Totti
“Mo je faccio er cucchiaio“, dijo Totti. Y a Maldini le sonó tan raro como a cualquier lector español. Luego, cuando el tótem milanista tradujo mentalmente del romanesco al italiano, la cosa le sonó aún más marciana. En aquellas circunstancias, lo último que podía uno esperarse era un cucchiaio del romano más castizo desde Alberto Sordi. Maldini se quedó lívido.
Era el 29 de junio de 2000 y la semifinal Italia-Holanda del Europeo acababa de terminar en empate. Se jugaba en Holanda y los italianos, encerrados en el círculo central, hablaban de quién tiraba los penaltis. Di Biagio fue el primero en reconocer que la cosa imponía. “Francesco, yo tengo miedo”, dijo. Y Francesco Totti, en su romanesco cerrado: “A quién se lo dices. ¿Has visto lo grande que es aquél?”, resopló, señalando al portero Van der Saar. Di Biagio: “Pues sí que me animas”. Entonces llegó la frase inmortal: “Nun te preoccupá, mo je faccio er cucchiaio”. O sea, “no te preocupes, yo le hago la cuchara”.
El gran jefe Maldini tenía la oreja puesta y al cabo de unos segundos, cuando comprendió, se dirigió con gran alarma hacia Totti. “¿Pero estás loco? Estamos en una semifinal del Europeo”. Pero Totti ya tenía la idea clavada en el entrecejo: “Sí, sí, le hago la cuchara”.
“Er cucchiaio“, “la cuchara”, es la marca de fábrica del mejor futbolista italiano. Un toque suave, por debajo del balón, que eleva la trayectoria unos metros y luego la deposita en el suelo, dentro de la portería. Una de esas jugadas caprichosas que pueden hacerse cuando se gana por mucho y queda muy poco partido. Una burla amable al contrario y un guiño al público. Una broma, algo que no se hace en el momento más crucial del año. Lo que pasa es que Totti es Totti. El capitán del Roma tendría poco de qué hablar con Einstein, pero la inconsciencia le da a su juego el toque de locura y genio de los grandes idiotas del fútbol: Totti forma parte de la dinastía de Garrincha, Best, Gascoigne, Cassano. Con la ventaja de no ser cojo, ni alcohólico, ni paranoico.
Cuando le tocó lanzar a Francé Totti, caminó hacia el punto de lanzamiento, miró a aquel portero holandés tan grande, se aproximó al cuero y lo acarició en el vientre. El balón partió en cámara lenta, como un globo de feria, hacia el centro del marco. Van der Saar, en cámara rápida, se había lanzado ya hacia un costado. Y el penalti entró como un suspiro, dulce, desmayado, con la miel de un beso y el ritmo preciso de un buen chiste.
Totti publicará el año próximo un manual de fútbol que se titulará, cómo no, “Mo je faccio er cucchiaio“. Será su tercera obra, tras las memorables Los chistes sobre Totti contados por mí mismo y Los nuevos chistes sobre Totti contados por mí mismo. No los escribe él, pobrecito, pero en este caso no importa, porque los beneficios (una millonada) se destinan a beneficencia. Totti es, seguramente, el futbolista que más dinero ha aportado a obras de caridad, el que ha visitado más asilos y hospitales y el que más ha hecho por su ciudad.
A raíz de una discusión con mi madre cayó en mis manos un libro que ha resultado ser de lo más interesante que he leído últimamente. Esta discusión más o menos se basaba en que yo, entre otras cosas, leo novelas policíacas (mi admirado comisario Montalbano, esencialmente) y ella solamente lee este tipo de libros, lo que para mí era una vergüenza en alguien con su vasta cultura.
Le debió dar donde dolía a mi querida madre porque me vino al poco con un libro en la mano: “Me he leído este libro, no es novela policíaca y además está muy bien”. Con gesto de desafío, que a veces los Álvarez son gallitos. “La elegancia del erizo”, se llamaba. Autora francesa y una portada mitad cursi mitad psicodélica, “mala señal”, pensé. Pero como yo me leo hasta las “100 preguntas que usted siempre quiso hacer sobre el yogurt”, lo puse ahí en el montón de futuribles para darle una oportunidad.
Empiezan las páginas y hablan de “La ideología alemana” de Marx y ahí ya le captan el interés a uno rápidamente, que fácil que soy, pensarán. Córcholis, resulta que el libro me iba enganchando conforme pasaban las páginas.
Básicamente trata de la vida de dos personas en un edificio burgués de París. Por un lado está la portera del edificio, la señora Michels, que es una señora de origen muy humilde pero que tiene un gran conocimiento cultural. Ante los vecinos del edificio, gente muy pudiente, decide adoptar “papel de portera” y hacerse la ignorante. Por otro lado está Paloma, la hija de 12 años de un diputado residente en uno de los pisos, que es también extraordinariamente culta y se plantea el sentido de la vida. Ambas van narrando su existencia en el edificio de forma paralela sin entrecruzarse demasiado. Hasta que llega a vivir allí el señor Ozu, un elegante japonés que causa fascinación a las dos y a partir de ahí su existencia comienza a cruzarse.
Es un gozo leer el libro. Las partes de la señora Michels por toda su cultura y su análisis social, su crítica implacable a la burguesía parisina desde un punto de vista antropológico. Cómo se comportan, como tratan a los demás, que piensan o qué es lo que parece que piensan… Eso y sus reflexiones sobre autores filosóficos no tienen precio. Se agradece mucho, todo viene porque la autora del libro, Muriel Barbery, es o era profesora de Filosofía y toda la parte tocante con tan interesante materia queda muy bien explicada. La parte de la niña me gustó también muchísimo porque además me surgió un curioso sentimiento de identificación con ella y sus pensamientos existenciales. Ambas comparten un análisis social similar muchas veces y una fascinación por lo oriental y lo japonés compartida por mí. Impagable el tramo en el que la niña habla del juego del “go”.
El final me parece un poco abrupto y sus conclusiones me parecen un poco pilladas por los pelos, resulta que el libro no podía ser perfecto. El libro está siendo un éxito editorial muy potente y creo que está más que justificado. Es una lectura agradable así que nada, mi recomendación queda ahí.