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Análisis de coyuntura. Mes de Junio.

Cumplimos nuestro cuarto mes en la carretera, que se dice pronto. La verdad es que a ratos parece que fue ayer cuando salimos y otras veces parece que en vez de llevar cuatro meses llevamos cuatro años.

Este mes lo hemos pasado íntegramente en Japón. Lo más interesante para nosotros es que hemos podido viajar con cierta calma. Antes teníamos la presión del visado ruso, tanto para no entrar más tarde de la fecha de inicio como para no sobrepasar su fecha de expiración. En Japón hemos podido viajar marcando nosotros el ritmo.

Pasar más de seis semanas en Japón nos ha ayudado a acercarnos mucho a este país y comprenderlo un poquito. Cuando llegamos, Aurora decía que era el paraíso y yo, como siempre fastidiando la fiesta, le decía que estaba seguro de que tendría sus cosas malas. Creo que hemos logrado aproximarnos tanto a lo bueno como a lo malo.

Viajar es una actividad que tiene menos presión que tener una jornada laboral intensa (y ahora encima la quieren ampliar los de la UE, dan ganas de no volver) o que vivir endeudado como tanta gente trabajadora en nuestra tierra. Pero el ritmo que llevamos no deja de ser agotador. Es el ritmo que hemos elegido nosotros, y como nosotros elegimos, lo vamos a cambiar. En Japón hemos ido algo más despacio que anteriormente y de cara al futuro lo único que tenemos medianamente claro es que iremos lentamente.

Tenemos cierto cansancio mental. Se da una situación curiosa, hay veces que nos llegan noticias de que tal persona pulula por Indonesia o que los viajeros cántabros David y María están en Omán, o que no se quien va a cruzar América de norte a sur, y nuestra cabeza empieza a funcionar y a pensar “¿por qué no?”. Pero luego nos damos cuenta de que mentalmente no estamos para mucho trote. Llegamos a una casa y lo que nos apetece es estar tumbados leyendo, navegando por Internet o charlando con la gente. Y a veces esto último tampoco nos apetece mucho. Estamos conociendo a muchísima gente en poco tiempo y aunque es gente muy maja nos cansa contar siempre las mismas historias. Nos apetece no contarle nada a nadie.

Ahora mismo nos gustaría vivir en un mundo en el que puedes viajar tres meses al año. Si existiese ese mundo, ya estaríamos de vuelta en Madrid. El tema es que esto que tenemos ahora entre manos es una oportunidad que no se puede dejar. La vida del trabajo asalariado consiste en lo que consiste. Treinta días en Agosto, a veces menos, temporada alta, viajando a todo correr pagando precios desorbitados en sitios petados de turistas, o ir a localidades masificadas… eso no lo queremos ni pensar, es terrorífico.

En el aspecto nostálgico, del que siempre hablo en estos análisis, creo que estamos en un grado de nostalgia bastante tremendo en estos momentos. Nos apetece como es natural ver a nuestros seres queridos y a nuestros amigos y compañeros de trincheras. Y también nos apetece tomar cañitas y que nos den unas tapitas y todo este tipo de costumbres tan sanas que tenemos por ahí. Tendremos que lidiar con ello. Las contradicciones se acaban resolviendo y la contradicción que tenemos se resolverá también.

En el aspecto de salud, decir que seguimos bastante bien. Salvo por los bichos de los tatamis que me han devorado los pies, los dos no estamos teniendo problemas de ningún tipo y cruzamos los dedos por seguir así.

Económicamente, Japón se nota y mucho. Este mes es en el que más hemos gastado con diferencia. La media de gasto diario se nos ha puesto en 20 euros, antes estaba en 18. En total, llevamos gastados desde que salimos de Madrid
29,029.72 dirhams.

Y bueno, que seguimos hacia delante por un ratito más.

Carta desde Fukuoka

Queridas amiguitas

Nuestros días en Kyoto transcurrieron sin demasiados acontecimientos de interés. Conocimos a los chicos de San Francisco. Eran unos chavales de 18 años que tenían mucho pájaro en la cabeza. Eran majetes, pero estaban impresionados porque en Japón se puede fumar (tabaco) por todas partes y les parece el paraíso del libertinaje y la perdición. El país de lo prohibido…

Como decíamos, con Shoji, el de la casa, no estuvimos mucho. El pone la casa y se desentiende. Le dejamos una cantidad simbólica de dinero, porque couchsurfing no va de eso. Tenía un libro de visitas y allí le explicamos que todo muy bien pero que nosotros veíamos las cosas de otra manera.

De Kyoto, poco que contar. El turismo organizado es una gran mentira. Viajo con una fotógrafa y ella me dice todo el rato “no saco eso en la foto, que es muy feo”. Algo así pasa con Kyoto. Los folletos turísticos están llenos de fotografías de templos y la venden como una ciudad con sabor añejo. Es cierto que hay muchos más templos que en otras ciudades, pero no deja de ser una ciudad de japoneses estresados. Y al fin y al cabo a nosotros, como ya es sabido, los conjuntos monumentales no nos importan demasiado. Las ciudades turísticas, especialmente cuando son pequeñas o medianas, acaban por ser un hervidero de guiris con la lonely planet paseando por aquí y por allá. Y se aprovechan de su condición de ciudad turística. En Kyoto a poco que te descuidases te dejabas mil pesetas al día en transporte. Una barbaridad.

Lo más destacado que hicimos fue caminar hasta los jardines imperiales y pasar varias horas en un café llamado Seattle Best porque tenían conexión inalámbrica a Internet. En Internet leímos que había una tienda en Kyoto de libros extranjeros usados. Mayoritariamente en inglés, pero anunciaban que tenían también en castellano, francés, alemán… así que nos dirigimos a echar un ojo. Para nuestra sorpresa, la sección de libros en castellano estaba llena de libros ¡en catalán!. Al final me compré uno de Paul Auster, “La nit de l’oracle”. Me viene bien que esté en catalán porque así continúo practicando. Luego voy a Dénia y se me olvidan las palabras, así que por lo menos mantengo el entrenamiento. Me imagino que algún catalán habría vivido en Kyoto y al irse decidió sacarse unas peles por los libros que tenía.

Kyoto creo que es la ciudad que menos nos ha gustado de Japón. No es demasiado espectacular, es más cara que otras… en fin, depende siempre de como veas la ciudad. El Shoji tampoco nos dio demasiadas indicaciones y nosotros por nuestra cuenta no le sacamos mayor partido.

Salir de Kyoto tuvo su miga. Teníamos que coger un tren de cercanías hasta una localidad en las afueras. Paradójicamente el cercanías costaba menos que el Metro de la ciudad. Cosas del turismo. Una vez allí nos ubicamos en la “Route 9”. Esta vez ibamos a apostar por viajar por carreteras nacionales.

El primer conductor que nos llevó tenía nombre taurino: Miura. Miura nos llevó hasta la ciudad de Fukuchiyama (o algo así). A mitad del camino nos llevó a visitar la casa de campo que estaba construyendo en un paraje espectacular. Un remanso de paz a una hora de Kyoto.

En este tramo del viaje es en el que vimos los pueblos más bonitos de Japón hasta ahora. No sólo por los paisajes, que en Japón en general son preciosos, sino también por la estética de las casas.

En Fukuchiyama nos costó lo nuestro encontrar a alguien que nos llevase un tramo. Decidimos cambiar nuestra estrategia. Cogimos el último hueco de nuestra señal desmontable (una enorme caja de cartón que habíamos llenado de nombres y que íbamos recortando a medida que conquistábamos una nueva plaza) y dibujamos el escudito de las carreteras con el número 9 y unas flechitas. Mano de santo. Al poco de probar el nuevo método, se detuvo una furgoneta. Parecían los rústicos en dinerolandia en versión nihongo. Una pareja divertidísima con su joven hijo mitad japonés moderno mitad aldeano paletillo (dicho sea desde el cariño). Se reían todo el rato. Los mejores en Japón son la gente de los pueblos, son los que más se ríen. Después de dejarnos en algún punto en la carretera 9, en uno de estos Lawson que hay por todas partes, intentaron, sin éxito, encontrar a alguien que nos llevase, preguntando a las distintas personas que veían. Les dijeron que no se preocupasen, que nos apañaríamos solos, y así lo hicimos.

El siguiente tramo lo hicimos hasta la ciudad de Tottori con un camionero algo raro. El tipo era muy serio, le decíamos las típicas tonterías que decimos siempre y no nos daba mucha bola. Tenía mucha revista porno japonesa, que por cierto son revistas horribles, y no se, gesto extraño. Aunque el hombre iba a seguir por la carretera 9, le dijimos que nos dejase en Tottori. Luego el tipo nos invitó a unos cafés y nos sentimos algo mal por la desconfianza, pero las cosas son como son. Nuestra regla es “no seas paranoico pero desconfía de todos”. Igual un día el tipo más simpático pinza del todo mal, y el caballero más melancólico es un tío d.p.m. Sea como sea, mejor no ir rayados y además el camión era incómodo en demasía.

En Tottori, siguiente tramo en coche hasta la ciudad de Yonago. Nos llevó un conductor entusiasta del fútbol. Aquí te encuentras a varios que te salen siempre con lo del Real Madrid. Es lo único con lo que no transijo. Cuando me empiezan a alabar España les intento explicar la diferencia entre nación y estado, sin éxito. Al final me rindo. Cuando salen con la paella, les explico que no lleva marisco en su modo original. No entienden. Al final me rindo. Pero si me salen con el Real Madrid, me sale la vena india hasta la muerte. No se cuantos japoneses conocen ya al Atleti, pero muchos más que antes.

Nos despedimos en Yonago y cogimos el siguiente coche hasta Matsue. Y hasta ahí llegamos. Nate, nuestro siguiente anfitrión, nos dijo que si teníamos problemas para llegar pero alcanzábamos Matsue, el podría ir a buscarnos. Queríamos llegar hasta Mitoya, nuestro destino final, pero el principal problema del autostop es que en Japón van muy despacio. Hay veces que vas aburrido, ves la señal y pone que te faltan 50km para el destino. Cuando ha pasado media hora, ves que pone 42km y te tiras de los pelos. Así que se nos hizo de noche. Intentamos seguir adelante pero parece que los japoneses por la noche desconfían mucho en su país tan peligroso. Así que tiramos del comodín de la llamada y vino Nate a buscarnos.

Nate es también profesor de inglés pero tiene la particularidad de que no le gusta Japón. Tenía varias deudas en Minesotta y pensó que con lo del inglés podía ganar suficiente dinero para pagarlas. Así que aquí está. Es un tío gracioso, hace bromas todo el rato. Es bastante normal, lo cuál es lo mejor para nosotros, es la gente con la que más disfrutamos. O con los bastante normales o con los locos perdidos. Los intermedios nos gustan menos.

Mitoya es una ciudad pequeña rodeada de verdes valles y ríos. No tiene demasiado, y por eso nos gusta, como ya sabéis. Un día fuimos con los alumnos adultos de Nate y una de ellas decidió llevarnos al día siguiente a ver un templo a la ciudad de Izumo, con su pequeño hijo de dos años.

Otra de las cosas que hemos hecho es comer “soba”, que es la especialidad de la zona y como ya comenté anteriormente es una sopa de pasta. La particularidad aquí es que la sirven con distintas cosas,como huevos crudos o tempura.

Con Nate pasamos mucho tiempo debatiendo acerca del copyright y la piratería o sobre religión. Muy interesante.

Cosas más interesantes de Mitoya… que decidí renovar mi vestuario. Mi amada camiseta de Askatasuna estaba cada vez más agujereada. La he aguantado al máximo, pero tendré que cambiar de pijama, me temo. De momento me he comprado aquí un polo en uno de los miles de outlets que hay. Los outlets estos tienen muchas prendas con taras y otras con frases en inglés que están mal escritas y como están mal escritas, las venden baratísimas. Precios entre 100 y 1000 yen, hay muchas cosas decentes. Lo de las frases en inglés es la risa porque a los japoneses les gusta llevar camisetas con frases en inglés aunque no tengan sentido y algunas llevan unas parrafadas…

En Mitoya descubrí que nos han atacado a Aurora y a mi unos bichos llamados “dani” que son los que viven en los tatamis. Probablemente nos atacaron en Kyoto. Pero mientras a Aurora no le han picado más, yo descubrí que cada vez que me ponía las botas tenía más mordiscos. Así que debían vivir allí dentro. Decidimos llenar las botas de insecticida. Luego las metimos en unas bolsas que tenía Nate para envasar al vacío, de manera que dejábamos a toda vida interior sin nada de oxígeno. Y finalmente decidimos meter todo el conjunto en el congelador. Esperábamos que esto matase a los “dani” porque tenía los pies hechos un poema.

Esta mañana salimos hacia la ciudad de Fukuoka, la que pensamos que será nuestra última ciudad en Japón. Saqué las botas del congelador y nos pusimos en marcha (esta frase de “saqué las botas del congelador”, por cierto, me parece muy interesante).

Estaba lloviendo a cántaros. Así que Nate nos salvó la papeleta. Nos llevó en coche hasta una ciudad cercana y nos dejó justo en la parte de atraś de la estación de servicio. Dado que Nate está en Japón para pagar sus deudas, le pagamos en buena lid la gasolina por los servicios prestados y nos despedimos de el.

En este viaje hemos saltado unas cuantas vallas para entrar y salir en distintas autopistas. Algunas veces hemos hecho caminatas bastante duras para encontrar la manera de llegar. Pero lo de hoy ha sido triunfal. Nate nos ha dejado en la parte de atrás de la estación de servicio. Y simplemente hemos entrado por la puerta de empleados. Se han quedado algo flipados al vernos entrar, pero nosotros hemos ido con toda seguridad y nadie nos ha dicho ni pío.

Facilmente hemos encontrado a nuestros primeros conductores. Una pareja japonesa que residió siete años en Filipinas. Hablamos un rato con ellos, nos recomendaron visitar las Filipinas y nos dejaron en una estación de servicio cerca de Hiroshima. Esta mítica ciudad no la hemos visitado, aunque la teníamos en mente. Pero hemos descubierto que echarnos en manos del destino y simplemente hacer camino al andar nos depara las mejores sorpresas. Así que nada de pensar si vamos o no vamos a ir aquí o allá. Vamos donde caemos.

En esta estación de servicio, pese a haber más tráfico, no hemos tenido tanta suerte para encontrar conductor. Pero el que hemos encontrado ha sido un crack. Un chaval de nuestra edad, diseñador gráfico, nos ha hecho unos 200km, que en Japón es una barbaridad. Era muy majete, aunque sacaba temas de conversación y luego los dejaba porque no había manera de entendernos. Pero era muy sonriente y amable, nos ha parecido un buenazo.

Con el hemos dejado la isla de Honshu, la más grande de Japón, y hemos llegado a la de Kyushu, atravesando un enorme puente.

Este chico nos ha dejado en una estación de servicio a 20km de Fukuoka y allí hemos encontrado el siguiente coche, conducido por un hombre de negocios y su acompañante, una chiquita japonesa de estas teñidas con pantaloncitos cortos. Estos nos han dejado en Fukuoka y la chiquita nos ha explicado como coger el Metro.

Y en Metro hemos llegado a la estación de Befu, donde nos hemos encontrado con Peter, nuestro nuevo anfitrión, y su novia Kaori, y ambos nos han recibido con un plato enorme de arroz y un poco de sopa de miso.

Parece que nuestra presión contra los “danis” ha funcionado, porque no tengo nuevos mordiscos de bicho en los pies.

Fins aviat.

Carta desde Kyoto

Queridas amiguitas:

En anteriores misivas dejé pasar la oportunidad de celebrar dos grandes acontecimientos futbolísticos de gran importancia. El Atleti a la liga de Campeones por primera vez en once años, el Denia obtiene la permanencia en Segunda B. Felicidades a ambos dos.

Dicho esto, procedo a relataros como nos ha ido últimamente.

Como bien recordaréis, la última carta que os escribí fue recién llegados a Nagoya. En Nagoya estuvimos con Yas, su mujer Chame y su hija Yasming. Eran unos japoneses muy peculiares, bastante “underground” (¿me podría decir algún sabio que palabra usamos en castellano para underground?). Nada más llegar nos pusieron una película llamada “Stardust Brothers” que aconsejo a todos los amantes de lo absurdo que la vean.

En Japón hay mucha presión acerca de como debe ser la sociedad y la familia. Por eso esta familia está considerada en sí misma como una familia de bichos raros. Yas trabaja por su cuenta en lo que le ha ido saliendo porque no le gustan los jefes y en Japón que no te guste el jefe y admitirlo es como si allá por los madriles eres de la Coordi Antifa… vamos, el mal puro (sí, estoy al tanto del diario de la progre Mercedes Milá acerca de sus tonterías habituales). Bueno, el mal puro, decía.

Yas era un hombre de pocas palabras, pero muy atento con nosotros. Un día nos llevó a pasear por un templo y por unos jardines. Lo que más nos gustó del templo es que era gratis, y es que aquí los yenes vuelan.

Con quien más tiempo pasábamos, sin embargo, era con su mujer Chame. La historia de Chame es bastante interesante para saber como se cuecen las cosas en Japón. Los abuelos de Chame eran de Corea y se instalaron en Japón. Los padres de Chame, tanto padre como madre, eran hijos de inmigrantes coreanos y se casaron. Los dos se habían criado en Japón y sólo hablaban japonés, apenas conocían la tierra de sus padres. Chame nació en Japón y se crió en Japón y del coreano apenas sabe alguna palabra. Tercera generación, por tanto. Pero no tiene nacionalidad japonesa. Esto en España y en muchos otros países sería de inicio también así porque se rigen por lo que se llama “ius sanguini”. Para los que no estén metidos en la materia, sin entrar mucho en explicaciones teóricas, “ius sanguini” significa que tienes la nacionalidad según tu sangre, o sea, la de tus padres, mientras que “ius soli”, que es lo común en Irlanda y el Reino Unido, significa que eres de la nacionalidad del suelo en que has nacido. El ius sanguini es lo mayoritario en el mundo. El tema es que por ejemplo en la mayoría de países tienes derecho, pasado un cierto tiempo y reuniendo una serie de condiciones, de obtener la nacionalidad. En Japón es algo casi imposible. Lo cuál es llamativo, porque bien que nacionalizan a futbolistas brasileños de segunda fila para los mundiales. Pero bueno, el tema es que aquí se toman muy en serio la pureza racial. Y nada de votar, ni siquiera en las municipales.

La hija de Yas y Chame era la pequeña Yasming, que era una xiqueta divertidísima. Lo pasábamos muy bien con ella. Sonreía todo el rato y le justaba imitar lo que hacías. Yo me dedicaba a poner caretos y a hacer movimientos raros con las manos a ver si era capaz de copiarlos. Su madre llevaba la política de enseñarla inglés (Chame era profesora de inglés) y de vez en cuando Yasming, que tenía sólo tres años, te decía alguna frase. Por un lado nos llamaba la atención positivamente ver a una niña de tres años practicamente bilingüe (sólo prácticamente, porque hay que tener en cuenta que tampoco hablaba todavía japonés correctamente), pero por otro lado no se si no se le liaría mucho la cabeza con su madre japonesa hablándole sólo en inglés. De lo que no cabe duda es que la mejor edad para aprender idiomas es lo más joven posible, para no tener complejos de ningún tipo y limitarte a repetir y pronunciar de manera natural. Yo ya tenía decidido que si alguna vez tengo hijos, cosa que nadie sabe a estas alturas, les enseñaría un poco de valenciá, pero hablarles constantemente… si no vives en Valencia o en Cataluña, igual se vuelven locos.

Con esta familia hicimos una vida muy normal. Nos dedicamos a la cocina, que es lo que más nos gusta. Ellos nos hicieron varias recetas con tallarines. La que más nos gustó es la que llaman “soba”, que es esencialmente una sopa con unos tallarines especiales y un caldo en el que vienes a meter lo que te entra en gana.

Nosotros no nos quedamos atrás e hicimos varias cosas muy ricas, como arroz a la cubana, chocolate (al estilo madrileño, espesura de la buena) y un gazpachito andaluz, que el calor ya empieza.

Uno de los días fuimos a un café-galería de arte de un amigo de la pareja. Este vio las fotos de Aurora y le gustaron mucho. Estuvo en el aire la idea de hacer una exposición. Nos hacía mucha ilusión a los dos, especialmente a Aurora. Si hubiese habido una posibilidad de hacerla de manera “inmediata” la habríamos hecho. Entrecomillo lo de inmediata porque no habría sido de un día para otro, habría supuesto pasar varios días imprimiendo las fotos, comprando marcos, preparando todo… pero vaya, si hubiese supuesto un máximo de un mes, nos habríamos lanzado. El tema es que había varias exposiciones programadas antes, por lo que entre pitos y flautas la cosa habría supuesto quedarse más de dos meses en Nagoya entre la espera y la preparación de todo, y eso además de haber sido imposible porque nos caducaría el visado, económicamente habría sido terrible. Al final la cosa queda en que el de la galería y Aurora estarán en contacto por email y seguramente se haga la exposición sin Aurora allí… en fin, no entiendo yo tampoco mucho de como funcionan las exposiciones, nunca he hecho ninguna.

Fue una gran oportunidad pasar varios días con una familia japonesa, los primeros de todo el viaje. Pero el mismo continuaba.

La salida de Nagoya fue terrorífica. El peor autostop en Japón y uno de los peores del viaje. Empezamos tempranito. Intentamos ponernos en algún acceso a la autopista pero no lo encontrábamos. Encontramos la manera de entrar andando al peaje, pero está prohibido estar allí y nos echaron. Eso sí, al estilo japonés, con el gomen nasai por delante (“lo siento”) y además amablemente nos dieron un mapita indicando como podíamos llegar al acceso a la autopista por la carretera y hacer allí autostop.

El acceso era malo con avaricia. No había demasiado espacio para que los coches frenasen y estos además iban a toda velocidad. Así que pasamos varias horas allí aburridísimos. No sabíamos que poner en la señal. Tras mucha deliberación, pusimos simplemente “Autopista Horukiru”, ya que pensamos que estando en el acceso, alguien pararía y le explicaríamos que nos dejase en la primera estación de servicio que hubiese y desde allí ya seguiríamos. Tras un par de horas, un coche se detuvo y aparentemente quedó claro lo que queríamos.

Aparentemente, decía. Después de un rato en el coche, el señor se salió de la autopista. No recorrimos ni 10 km. Nos dijo que nos dejaba en un sitio genial. Y resultó ser otro acceso con coches pasando a toda caña y un McDonalds al lado. Cometimos dos errores garrafales. El día anterior no cenamos. Esa misma mañana apenas desayunamos. Son errores garrafales porque consideramos que el día que se hace autostop hay que ir bien alimentado, porque nunca sabe donde se puede acabar cuando arrecie el hambre… en fin, una derrota dolorosa. Porque tras siete años, comimos en un McDonalds y rompimos nuestro boicot. Lo confieso, fuimos débiles. Espero que nos perdonéis esta irreverencia.

Junto al McDonalds los coches seguían yendo bien veloces. Es algo que jode porque en Japón suelen ir pisando huevos. Pero ese era el día de la velocidad. Paró un señor que nos hizo un dibujo y nos explicó que teníamos que intentar llegar a un área de servicio llamada Yoro, y que el no nos llevaba porque el iba a un sitio anterior y no tendría donde llevarnos.

No se cuanto tiempo pasó, más de una hora, hasta que paró otro coche. Era la furgoneta de Pubudu, un hombre originario de Sri Lanka dedicado a la importación de coches. Nos quedamos un poco pillados. El tipo había pasado un rato antes con la furgoneta, nos había mirado y había pasado de largo. Luego volvía. Ya pensábamos algo malo. Luego resultó que era un majete. Nos estuvo explicando que la primera vez intentó parar, pero que el sitio era malísimo y que no pudo. Luego volvió a buscarnos. Nos intentó explicar como ir al área de servicio, porque el no iba hacia allá. Finalmente decidió meternos en la autopista y fue crucial. Fueron diez minutos los que estuvimos en su furgoneta, pero nos solucionó el día.

Una vez en el área de servicio, todo fue coser y cantar. Nos plantamos de dos saltos en Fukui. El primero con una pareja de trabajadores a los que les hicimos un poco el lío. Hay una cosa que nos fastidia mucho del autostop que son los que nos dan excusas. Nos fastidia porque nosotros sabemos que la gente no tiene obligación de llevarnos, entonces simplemente cuando alguien no nos recoge pensamos que es lo más normal del mundo. Pero de vez en cuando se te acerca alguien y te empieza a decir excusas chorras. Uno de estos trabajadores vino a decirnos que si es que iban antes de Fukui, que no se qué… al final les liamos para que nos dejaran en el área de servicio anterior. Y de allí una chica ya nos hizo lo que nos faltaba y nos llevó a la estación de Fukui.

En la estación de Fukui teníamos que esperar un rato para encontrarnos con nuestro siguiente anfitrión, Chris. Allí estábamos cuando la policía nipona volvió a hacer de las suyas. Sin más, nos vino un tipo todo serio y nos dijo que tenía que registrar nuestras mochilas debido al encuentro del G8 de Hokkaido dentro de un mes. No se por qué, lo primero que me pasó por la cabeza fue pedirle su identificación y el tipo se quedó muy cortado. Debo ser autocrítico, porque no emplee el mejor tono posible. Estábamos cansados tras un día duro de autostop, desorientados en una ciudad nueva para nosotros. Creo que siempre hay que mantenerse firme ante los abusos de autoridad, no hay que dejarse pisar, pero del mismo modo creo que con la policía hay que emplear un tono diplomático y educado, porque es una gente que se le cruza el cable y te mete en un lío. Afortunadamente, pese al mal tono, el tipo no nos buscó las cosquillas, de hecho se sintió avergonzado. No registró la mochila, sólo la miró por encima, y nos pidió disculpas varias veces.

Con lo del G8 en Hokkaido esta gente está un poquito de los nervios. Hokkaido, si recordáis, es la isla del norte de Japón, a la que llegamos desde Korsakov en Rusia hace más de un mes y en la que ya nos estuvieron interrogando por el mismo motivo. Fukui está al sur, creo que está a unos 800 km de Hokkaido. Y para el G8 queda más de un mes. Yo le dije al tipo que ya nos habían parado varias veces, que el encuentro es al norte y que nosotros estamos al sur y que además para el encuentro faltaba más de un mes. El hombre nos dio la excusa perfecta “es que la estación de Fukui es la más grande de Fukui” y por eso debía registrarnos. Aunque la frase en sí misma sonaba a tontería, yo pensaba que lo que el tipo quería decir es que Fukui es una estación de intercambio desde las grandes ciudades hacia Hokkaido o algo así, pero luego me enteré de que la estación de Fukui apenas conecta con nada. En fin, me temo que el tipo quería tener su día heroíco.

Nos encontramos con Chris a la hora señalada. Fue un amor a primera vista. Un tipo grandote, con una gran barba, al que le gustaba el punk, Monty Python, El Gran Lebowski, El Club de la Lucha, el Padrino… en fin, reunía todas las condiciones esenciales de la vida. La primera noche nos llevó a un sitio de kebab junto a su amiga Sara. El sitio de kebab lo agradecí bastante porque aunque la comida japonesa nos apasiona, hay muy poca variedad para encontrar otras cosas y ya apetecía tomar algo insano. Su amiga Sara es de Chicago, pero vivió un año en México y habla un castellano al estilo mexicano con bastante perfección y mucha gracia. Para nosotros es muy gracioso escuchar a una chica de EEUU que además físicamente se nota que es de allí diciendo cosas del tipo “que chido” y “ahorita vamos a platicar”, entre otras.

El segundo día fuimos a comer una cosa típica de Fukui, que era una especie de filete empanado con vinagre y arroz que nos gustó, como era de esperar. Por la noche compramos una botella de sake y Chris llamó a su amigo Mattie para tomarla en la casa. Estamos muy avergonzados de que apenas hemos tomado sake en el tiempo que hemos pasado en Japón, así que tuvimos que poner pronto remedio.

Mattie era también un chico de gran tamaño y una gran barba. Yo estaba muy feliz con esta situación, porque así mi barba no estaba sola. Los dos eran fanáticos de la barba y lo primero que me dijeron cuando me vieron, tanto Chris como Mattie, en días separados, fue “nice beard”. Estaba más que a gusto, sepan los lectores que varios de mis mejores amigos en Madrid o bien son barbudos, o bien lo fueron, o bien defienden la barba no sólo como algo estético sino incluso filosófico. Uno de ellos dice incluso que afeitarse es una agresión contra uno mismo. Así pues, entenderéis que estuviese la mar de agusto.

Con Mattie, Chris, un amigo suyo escocés llamado Sammie y otro inglés llamado también Chris acabamos de nuevo en un karaoke. Hicimos un gran repertorio punk del que estoy muy satisfecho. Además hice una gran actuación con ese tema que tanto gusta a grandes y pequeños, “Gasolina”, de Daddy Yankee, ya sabéis, el de “me gusta la gasoliiiina, dame mas gasoliiiina”. Acabamos la jarana a las 5 de la mañana, esto no lo hacíamos desde Berlín.

Al día siguiente volvimos a dar clase de instituto, a chavales de 14 años. Como yo me he criado en Valencia, Chris y el profesor japonés, el sensei Ito, prepararon anteriormente la clase pidiéndole a los chavales que hiciesen preguntas sobre Madrid y Valencia. Sorprendentemente para mí, hicieron más preguntas acerca de Valencia. A mi esto me gustó mucho, porque en este viaje estoy siendo embajador esencial de lo castellano y haciendo un gran alarde de ello, pero tenía un poco olvidada mi segunda nacionalidad y tocaba poner pronto remedio. Fue muy divertido. Algunos andaban un poco perdidos, nos preguntaban sobre el flamenco (como sabéis, ese baile originario de Madrid y Valencia) y cosas así. Pero nos preguntaron también sobre las Fallas, las naranjas, monumentos de Madrid y cosas así. Un pobre chaval se quedó un poco chafado porque me preguntó sobre mi jugador favorito del Real Madrid y al decirle que yo era del Atleti y que el Real Madrid era nuestro máximo enemigo, se quedó algo triste. Al final le dije que Castillas, porque además es la verdadera respuesta, pero el chiquito se quedó muy serio toda la clase. Yo creo que aquí cuando se “equivocan” (aunque como iba a saber el chico si yo era de tal o cual equipo) se torturan demasiado y se lo toman muy en serio. En fin, por lo demás, muy divertido.

Aquel día Aurora se cortó el pelo mientras Chris y yo comíamos mogollón de sushi. La pobre se quedó un poco celosilla, pero en la vida hay que optar. Corte de pelo o sushi. Por la tarde Chris el inglés nos invitó a ver un partido de la Eurocopa, el Alemania – Portugal, que ganó Alemania como era de esperar para nuestra tristeza.

Por la noche hicimos una barbacoa en la terraza de Chris (el nuestro, no el inglés). El apartamento de Chris es pequeño, como el de todos los profesores de inglés, o sea, una cocinilla y dos mini habitaciones con tatami. Pero tiene una terracita muy larga (es de estos edificios que en lugar de tener las puertas dando al interior, dan al exterior y tienen largos pasillos con terraza) y allí nos curramos una barbacoa con Chris, su amiga Sara y dos amigos suyos japoneses muy majetes.

Con Chris nos llevamos muy bien, tanto que el se fue de camping y para que no nos descoordinasemos con las fechas nos dejó su apartamento para nosotros. Nos despedimos de el muy agradecidos, ha sido una de las mejores personas que hemos encontrado en el viaje.

El día que estuvimos solos no hicimos mucho, sólo descansamos, leímos y poco más. Lo bueno de las ciudades como Fukui es que a nivel monumental no hay nada que hacer y no hay mucha presión por parte de los anfitriones para que estés todo el día por ahí (a veces pasa con estas redes de hospitalidad, que parece que tienes que estar todo el día rondando y si no no están contentos). Como a nosotros no nos gustan los monumentos ni los planes (“el camino proveerá”, que dice el maestro Villarino, nuestro mentor) estábamos de maravilla.

La mañana del domingo salimos de Fukui con las mochilas a cuestas. El tiempo está raro, hace calor pero está nublado todo el tiempo, y es que a mediados de Junio empieza la temporada de lluvias en Japón.

Caminamos por Fukui buscando el acceso a la autopista, pero nos perdimos. El motivo de esta pérdida radica en la confianza que depositamos en un mapa cutrecillo de un folleto turístico de Fukui con el que nos habíamos hecho. Al final un amable policía nos llevó al acceso de la autopista. Para que nos quejemos de la policía japonesa. En las autopistas está prohibido estar incluso en el peaje (en Europa el peaje se utiliza mucho para el autostop), pero el policía nos dejó en uno igualmente.

Ninguno de los trabajadores del peaje nos hacía demasiado caso, así que sacamos nuestro cartelito con tranquilidad. Al fina un coche se detuvo para llevarnos y menos mal, porque justo en ese momento venían los vigilantes del peaje pegando gritos. Nosotros nos hicimos los sordos, nos metimos en el coche y adiós muy buenas.

Nos llevaba una familia de Kyoto que estaba haciendo un pequeño viaje e iban hacia Tsuruga. Nos dejaron en el área de servicio anterior a dicha ciudad.

Había una densa niebla y parecía que iba a llover de un momento a otro. A ratos chispeaba. No paraban demasiados coches. Nada más llegar nos plantamos con el cartelito de marras junto a la salida del área de servicio. En seguida comenzó a llover, al principio suave, luego fuerte. No nos quedó más remedio que resguardarnos junto a los aseos y preguntar uno por uno a la gente que iba a hacer sus necesidades a ver si alguno iba hacia Kyoto. Es curioso, en Europa el contacto directo con los conductores en áreas de servicio es lo que mejor funciona. En Japón sin embargo nos da la impresión de que es todo lo contrario, es más, creo que lo ven demasiado agresivo. Entre que todos rechazaban llevarnos y que tampoco había mucho tráfico, y el poco que había no paraba por la lluvia, pasamos más de dos horas viendo las gotas caer. Esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú.

Pero la persistencia de tanto en tanto tiene premio y una pareja decidió llevarnos directamente a Kyoto. La mujer hablaba inglés muy fluido y pasamos un buen viaje hablando con ella. Era muy crítica con el modo de vida japonés y, atención, alardeaba de ser la única en su trabajo junto a otra persona que se iba todos los días a su hora y no hacía horas extra voluntarias.

Nos dejaron en Kyoto y nos apañamos para llegar en Metro al sitio indicado por nuestro siguiente anfitrión. Este se llama Shoji, es agricultor. Vive en una casa con su mujer e hijas. A parte, tiene lo que llama la “casa de invitados” que es donde estamos y que es algo que nos tiene muy inquietos. Shoji nos ha dejado en la casa, ha hablado un rato con nosotros, nos ha dado una llave y se ha ido sin más. Es como un hostal gratis,aunque hay una hucha que pone que dejemos lo que queramos. El tema es que esto puede estar bien, pero no se corresponde con lo que son las llamadas “redes de hospitalidad”. Estas no se tratan sólo de alojamiento gratis o baratísimo, sino de conocer gente que vive en el sitio, compartir experiencias, aprender… en fin, se trata de enriquecerse mediante el intercambio y la interrelación anfitrión – huesped. Lo de la hucha, me imagino que meteremos algo simbólico. El sitio está bien y me imagino que mantenerlo valdrá un dinero, porque este hombre mete gente en la casa todo el rato y les da una llave y les deja que paguen lo que les viene en gana…

En la casa hay dos parejas. Martijn y Haneke, holandeses de Rotterdam, empezaron a viajar en Abril y han hecho un recorrido bastante similar al nuestro. Fueron de Holanda a Polonia cruzando Alemania, de allí a los países bálticos y de ahí a Rusia en el transiberiano de San Petersburgo a Vladivostok, yendo de ahí a Corea y desde ahí a Japón. Mañana se van en barco a Okinawa y de ahí creen que irán a Taiwan. En fin, gente bastante simpática e interesante con la que hablar. Estaremos en contacto con ellos, me imagino.

La otra pareja son unos chicos de San Francisco, EEUU, a los que no hemos conocido todavía.

Ahí queda eso.

Carta desde Nagoya

Queridas amiguitas:

Después de escribiros la última misiva, tuvimos nuestro encuentro con el célebre friquismo nipón. Fuímos al parque Yoyogui. Este parque está situado cerca del área de Shibuya y los domingos se llena de gente. Básicamente la gente va a pasar el tiempo con sus amigos, jugar a la pelota, tumbarse en la hierba y cosas así. Tipo El Retiro. Pero tiene una peculiaridad y es la acumulación de personajes extraños.

Vimos tres tipos de ellos. Por un lado, varios tipos vestidos de colegialas haciendo una especie de performance rarísima, pegando gritos. Interesante. Otra, que fue la que más nos gustó, una congregación de rockeros japoneses, rollo la panda de John Travola en Grease, con tupés, cadillacs antiguos, bailando y tomando cervezas. Tipos chungos japos. Lo último, en una de las entradas del parque, un sitio donde se ponen todos estos seres con trajes raros,en plan siniestro, gótico, muñeca, futurista (por llamarlo de alguna forma). A mi me pareció un espectáculo lamentable este último, porque toda esta gente se pone así los domingos para dar la nota y que los turistas les hagan fotos. Era bastante ridículo.

El domingo por la tarde nos encontramos con nuestros nuevos anfitriones, Heath y Jim. Esta pareja eran profesores de inglés, también, pero de universidad. Ganaban bastante más que el resto y estaban muy asentados en Tokio. Tenían una casa de tres pisos con tele en la bañera. Yo la veía siempre, aunque no entendía nada. Celebramos nuestro encuentro tomando un rico plato cocinado por Heath y regándolo con un vino que nos dio por comprar.

Nuestra estancia en Tokio la dedicamos fundamentalmente a pasear por distintas zonas. A parte de las ya comentadas, paseamos por el área de Shinjuku, que era donde vivíamos, y Akihabara. Shinjuku es célebre actualmente porque hay varios rascacielos que pertenecen al ayuntamiento. A uno de ellos puedes subir y ver las vistas de manera gratuita. Nosotros fuimos a echar un vistazo por la zona y a hacer varias gestiones económicas. Básicamente, conseguimos moneda coreana e intentamos deshacernos sin éxito de unos cuantos rublos que teníamos. Al final le cambiamos los rublos a Heath, porque va a viajar a Rusia y vista la imposibilidad de cambiarlos en Tokio, nos pareció a todas las partes un buen trato.

Otro de los días fuimos al barrio de Akihabara, que es el llamado barrio electrónico. Nos habían dicho que era un barrio muy ajetreado, pero el día que fuimos no lo era tanto. El motivo era que estaba muy reciente el asesinato cometido por un perturbado el domingo anterior. El tipo fue a Akihabara decidido a matar al que se le pusiese por delante y acabó con la vida de siete personas.

El barrio este tenía varias tiendas de ordenadores, televisiones y demás. También muchas tiendecitas en las que vendían cables sueltos, chips y cosas así. Y muchísimas tiendas de manga y muñequitos variados.

En este barrio comimos dos platazos por menos de 1000 yen. Es increíble, pero es cierto, en Tokio es más barato comer que en Madrid. De hecho Tokio en general no es más caro que Madrid. Sólo es más caro el metro y los hoteles, de lo que nosotros hemos conocido. En cualquier sitio comes señores platos de cierta calidad y dos personas pueden comer por una media de 10 euros.

Una noche fuimos al barrio de Kabukicho, que es una parte de Shinjuku, con Heath, Jim y varios amigos. Cenamos por ahí y fuimos al karaoke. Es interesante que todos los habitantes de la ciudad tienen este barrio como el más peligroso de todo Tokio, porque hay varios negocios de prostitución y tal. A mi me pareció más seguro que mi barrio de Madrid, y mi barrio es bastante seguro. Aquí en general no hay crimen, ahora que cuando lo hay suele ser espectacular, como el psicópata este que se ha cargado a siete. De esos tienen tres o cuatro al año, luego nada más.

En el karaoke, que decir, yo sigo con los Sex Pistols y los Ramones porque mis nociones musicales no dan para mucho más. Nos obligaron a cantar La Bamba y respondimos con mucha dignidad.

Al finalizar la velada, hicimos una más de las rarezas japonesas, el “print club”. Es una maquinita en la que metes creo que 200 yen. Te salen una serie de fondos temáticos (parque de atracciones, zoo, rascacielos, etc), todo dibujado con colorines. Y te indican más o menos como debes posar. Entonces al final te haces no se cuantas fotos con los fondos. Es de este fondo azul que usa el hombre del tiempo. Luego tienes que escoger las que más te gustan y esas fotos las puedes “mejorar” poniendo más colorines, muñequitos y demás. Luego se imprimen y esa es toda la diversión. Si tuviésemos un escaner os metíamos el resultado final.

Nuestro último día en Tokio lo pasamos con Jim en su universidad. Paseamos por un enorme jardín japonés cercano y fuimos a la clase con el. El da clases normales a chicos y chicas de 20 años, pero por la tarde da clases especiales a adultos. La clase era de escritura en inglés. Básicamente el les da nociones acerca de como describir cosas, como contar ciertos temas, y todos hacen una redacción y la corrigen. Así que ahí estuvimos.

Esa misma noche habíamos quedado con nuestra siguiente anfitriona, Kori, en Funabashi. Con todo el lío de los estudiantes acabamos visitando un izikaya, el pub japonés, y al final llegamos tarde. Que vergüenza.

Funabashi es una ciudad dormitorio de Tokio, que como es sabido es un tipo de ciudad que nos interesa mucho porque suelen ser ciudades sin nada destacado donde ves como es la vida real. Y Funabashi era eso, una ciudad sin nada especial. Tomamos el mejor sushi de todo el viaje, eso es lo más destacado.

Kori, nuestra anfitriona, era, evidentemente, profesora de inglés. No pasamos demasiado tiempo con ella, estaba muy liada. Por contar algo, le gustaba el tango.

Un paréntesis. Ayer fue el terremoto este de Akita. Estamos vivos, si no no estaría escribiendo. Según las noticias, el terremoto se notó en el área de Tokio. Aurora dice que las paredes temblaban y se movía la lámpara. Yo, fiel a mi costumbre, dormía como un bebé.

Hoy hemos llegado a Nagoya. Nuestro primer autostop en varios días, porque en el área de Tokio nos habíamos movido esencialmente en Metro y JR, que viene a ser Cercanías. Para salir de Tokio, como en todas las grandes ciudades (menos Berlín), la jugada fue difícil. Suele ocurrir que las grandes capitales están rodeadas por un conglomerado de autopistas. Aquí además de las autopistas hay cientos de carreteras nacionales que cruzan todas las ciudades, Tokio incluida, de punta a punta. Así que pintaba dificil hilvanar todo el asunto desde Funabashi.

Tuvimos que coger dos trenes. El primero hasta el barrio de Akihabara. El segundo, hasta las afueras de la ciudad de Yokohama. Allí en Yokohama ya vislumbrábamos la autopista que teníamos que coger. Habíamos leído en Internet que se podía acceder a un área de servicio. Nos pusimos a caminar junto a la autopista por fuera, por detrás de las vallas estas que se supone que frenan el sonido. Caminamos en un sentido y encontramos un agujero, miramos y ponía “Kohoku 1km”. Kohoku era el nombre del área de servicio. Lo que pasa es que era un kilómetro en el sentido contrario al que habíamos estado caminando.

Intentamos seguir la autopista por fuera, pero la perdimos varias veces. Una de las veces se nos interpuso un río en nuestro camino, tuvimos que dar un buen rodeo para cruzarlo. Luego caminábamos y caminábamos pero no encontrábamos nada, nos metíamos en callejuelas, entre huertos, entre árboles… cuando lees en Internet esta información de los sitios de autostop parece fácil encontrar el sitio, pero luego caminas, no encuentras el sitio y te entra la neura. A veces es que la información no está del todo bien. Y a veces es que te pones nervioso porque no encuentras nada y te desanimas. Ya estábamos desanimados porque estábamos dando muchísimos rodeos y no encontrábamos nada, cuando nos encontramos un puente sobre la autopista y desde ahí vimos el área de servicio.

Acceder al área de servicio fue bastante sencillo. Caminamos junto a una carreterilla que la bordeaba por atrás. Estaba toda vallada, pero la valla era bastante fácil de saltar. De un bote nos metimos en el área de servicio y en el mundo de la autopista. Nos sentamos un rato en un banco para descansar de la caminata y al rato nos pusimos con el cartel. En un par de minutos ya íbamos montados en el coche de una simpática pareja que nos llevó del tirón a Nagoya. Creo que han sido los más difíciles o de los más difíciles para comunicarse. Pero nos invitaron a una especie de patatas con sabor a gambas con gabardina. Y nos regalaron un amuleto.

En Nagoya nos encontramos con Yas, nuestro nuevo anfitrión, el primer japonés en un mes. Y su familia. Nos dijeron como ir a su casa en autobús. Les llamamos para decirles que habíamos llegado, nos pusimos a la cola del autobús y aparecieron por sorpresa en el coche.

Y aquí estamos, en su casa.

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Nota:

Veo en las estadísticas que este blog tiene cerca de un centenar de visitas a diario, lo cual me alegra. He estado echando cálculos y no se si le he dado la dirección a cien personas, no me suena habérsela dado a tantos. Tengo los fieles que comentan a menudo, pongamos que unas seis personas… me quedan 94 que no se quienes son y que me pica la curiosidad por saberlo, así que si alguno se atreve a dar la cara… ;)

Carta desde Tokio

Queridas amiguitas:

Empezamos la semana donde acabamos la anterior, en el tranquilo pueblo de Kamo Aosa, con Scott y Masako. Comimos mucho, escuchamos mucha musica y jugamos mucho a las cartas. Intentamos ensenarles a jugar a La Pocha pero no hubo manera humana. Es imposible jugar una partidita de Pocha por estos lares. Tuvimos que jugar a “Culo”, que tampoco se me da mal, aunque solo con cuatro es mas dificil.

El ultimo dia, Scott y Masako nos hicieron en coche el primer tramo de nuestro recorrido. Nuestro objetivo era llegar a la ciudad de Murakami, 200 km al sur. No parecia un autostop dificil, y en cierto sentido no lo fue. No tardabamos en encontrar gente que nos hiciera algun tramo. El tema es que todo el mundo hacia tramos minusculos. Necesitamos seis coches y mas de seis horas para recorrer estos 200 km.

La primera persona en llevarnos fue una senora de 60 anios que conducia muy acongojada, iba a 30 por hora y yo pensaba que ibamos a morir en aquel coche. La mujer era amable, nos conto acerca de sus viajes por Turquia y nos invito a comer, nos compro unas bandejitas de las que tanto nos gustan.

Nos dejo en la ciudad de Akita, desde la que hicimos el siguiente tramo a la ciudad de Honjo de mano de una pareja muy simpatica. Ni les vimos aparecer, estabamos con nuestra senal y aparecieron andando ofreciendose a llevarnos. Eran muy majetes, se llamaban Hiro y Nika, creo.

A partir de ahi, un pastor protestante, un camionero, una chica alternativa que iba descalza con su hermano de 14 anios y finalmente, un senior mayor que se porto de maravilla. Este ultimo senor no iba a Murakami, pero al final se animo y nos dejo donde queriamos.

En Murakami nos acogio Sean (a que no sabeis en que trabajaba), un chico de Alaska. Como al final nos quedamos en Kamo Aosa mas de lo previsto, le habiamos mareado un poquito con las fechas, pero de todas formas nos acogio por dos noches y estuvimos bastante bien con el. Era una persona amabilisima. Lo que mas le gustaban eran las empanadillas japonesas, las gyoza, un dia compramos cuatro bandejas para cenar, no se si tocamos a doce empanadillas cada uno.

Murakami es una ciudad mediana o incluso pequenia. Tenia muchas casitas que parecian de pelicula japonesa de epoca. Tambien una montana desde la que se veia todo el pueblo. Al subir a esta montana, un senor se nos puso a hablar un buen rato. La gente de los pueblos siempre es partidaria de hablar contigo, eso es universal.

El ultimo dia alli, Sean nos hizo un gran trabajo. Nos hizo todas las senales de autostop en kanji, que es uno de los alfabetos japoneses.

Con la senales de kanji, nos pusimos manos a la obra. Aun asi, no fue muy facil el autostop aquel dia y teniamos un reto bastante serio para tratarse de Japon, hacer casi 400 km. En Japon eso equivale a 800, porque van lentos de narices.

En la salida de Murakami esperamos un buen rato. Empezamos a las 7:40 de la manana y hasta casi una hora despues no encontramos quien nos llevase. Entre medias, tuvimos un incidente algo raro. Un camionero que estaba aparcado frente a un Lawson de estos (una cadena tipo Seven Eleven que hay por todas partes) se acerco a nosotros y nos dijo que nos llevaria,pero que teniamos que esperar un momento. Vimos al tipo meterse en el camion y cerrar la cortinilla. Lo primero que pensamos era que como los camioneros hacen grandes distancias, igual el tipo tenia proyectada su siestecilla, nos vio por ahi, decidio ofrecerse a llevarnos para luego continuar su siesta de todos modos. De repente, vimos como abria la cortinilla y la volvia a cerrar. “Puede ser cualquier cosa”, pensamos. Nosotros estabamos sentados sin sacar nuestra senal del autostop, esperando a que el tipo apareciera. Pero de vez en cuando le sorprendiamos abriendo un poco la cortinilla,mirandonos de reojo y cerrando rapidamente.

Al final nos rayamos y decidimos que pasabamos de el. Nos pusimos mans a la feina y en seguida se detuvo el siguiente coche. El conductor, el senor Miyamoto, era genial.

En principio ibamos a Nigata. El senor puso su musica con temazos tipo Mister Postman y nos iba hablando un poco en ingles a su manera. Por ejemplo para decir “quieres esto” decia “you hope this” y para decir “hace unas semanas” decia “after weeks”. Pero nosotros le captabamos muy bien.

Cuando llegamos a Nigata, estaba lloviendo. El hombre nos pregunto a donde ibamos despues, le dijimos que teniamos intencion de ir a Nagaoka para continuar con el autostop desde ahi mas hacia el sur. El tipo miro la lluvia, le dimos pena y decidio: 1) que nos invitaba a un te , 2) que nos llevaria a Nagaoka y 3) que nos invitaria al museo de cultura de Nigata. Asi, sin mas.

El museo de cultura de Nigata es un sitio que valio la pena. Era una antigua mansion de una familia rica de la zona. Una casa japonesa enorme con un hermoso jardin. En la planta baja conservaban todo con la forma que tenia la casa hacia cien anios (creo que eran cien). En la planta superior tenian distintas cosas, esculturas, libros antiguos, etc.

Al final el senor Miyamoto nos llevo hasta Nagaoka y nos dejo junto a otro Lawson para continuar nuestra aventura. Casi cien kilometros extra solo por nosotros. Eso solo pasa en Japon.

Alli en el Lawson comimos mas bandejitas y nos lanzamos a la tarea. Esperamos un rato bastante largo, no sabiamos donde ponernos. En Japon las autopistas se usan poco, a parte de que hay pocas. La gente en general va por las carreteras nacionales. A nosotros nos gustan mas porque ves todos los pueblos y te ofrecen muchas posibilidades para el autostop. Pero la cosa es que para la distancia que queriamos hacer, o pillabamos autopista o pasabamos la noche al raso. Asi que en Nagaoka nos pusimos junto a la autopista en direccion a Tokyo y esperamos mas de una hora.

Finalmente, un coche se detuvo. Una madre de familia, llamada Jinko, con su hijo de dos anios. El hijo al principio estaba muy sonriente, nos dijo “konichiwa” y nos saludaba con la manita. Luego se fijo en mis barbas y se puso a llorar a lo bestia. Tenia un timbre de voz atroz. Era bastante incomodo, la madre se reia y nosotros no sabiamos que decir. No era muy facil comunicarse con la mujer. Queriamos decirle que nos dejase en cualquier area de servicio en la autopista porque no queriamos molestarla con el chaval y todo eso. Pero no queriamos que pensase algo asi como “encima que les llevo, se quejan de que el chaval llora”. Los japoneses son muy sentidos con esas cosas. Asi que al final esperamos.

Cuando la chica llego a su ciudad, le dijimos que antes de salir nos dejase en el area de servicio y desde alli continuariamos nuestro viaje por la autopista. Asi que eso hizo.

Es curioso aqui en Japon porque no todas las areas de servicio tienen gasolinera. Esta tenia un restaurante, unas mesitas, banios y un puesto de helados. La estudiamos detenidamente por si nos tocaba dormir ahi. Pensamos que nos iba a tocar, porque los coches que pasaban por ahi no se detenian para llevarnos. Un senior hizo una de las maniobras que mas me molesta con el autostop. El tipo se acerca a nosotros, baja la ventanilla. Le decimos que vamos hacia Urawa. Nos dice que lo siente mucho, que el va a no se que pueblo que esta un rato antes. Entonces le decimos que genial, que nos lleve a ese pueblo y desde ahi seguiremos. Asi que el tipo se pone nervioso, empieza a balbucear excusas… yo me pregunto, si no me vas a llevar, que no es tu obligacion, que necesidad tienes de parar y contarme una historieta de que si vas a no se donde. En fin.

Al final otro coche se detuvo. Llevaba muchas cosas de madera en el maletero, creo que era una especie de carpintero. Le dijimos que ibamos a Tokorozawa, cerca de Urawa. El tipo miro el reloj, el iba a Tokyo pero nos dijo que nos llevaria. Se llamaba Mototsuke. No hablaba mucho. Nos subimos en su coche y nos costo mucho no dormirnos. De hecho Aurora se durmio. Llevabamos casi diez horas en marcha y eso empezaba a pesarnos.

Al final tardamos dos horas mas en llegar a nuestro destino. Doce horas de autostop para algo menos de 400km. Pero lo conseguimos. Llegamos al municipio de Tokorozawa en medio de un gran atasco. El pobre Mototsuke se empenaba en llevarnos a donde teniamos que ir, a nosotros nos sabia muy mal porque sabiamos que el tipo se tenia que ir a Tokyo.

La entrada a Tokorozawa era atroz. Una gran avenida con naves comerciales a ambos lados y un terrible atasco. De tanto en tanto se veia una huerta aislada o una casa. A mi la vision me ha provocado pesadillas, porque me recuerda todo a mi querida Denia pero a gran escala. Creo que el camino que llevamos alli en Denia, gobierne quien gobierne (en las ultimas legislaturas, el partido local Gent de Denia, el PP y ahora el PSOE con la alcaldesa Paqui Viciano y sus corruptos urbanistas al mando, y todo sigue siendo un desastre absoluto), nos conduce a ese caos.

En Tokorozawa nos acogia Christina. Si, profesora de ingles. Medio catalana medio hawaiana, no veas que mezcla. Criada en California. Hablaba un castellano con giros catalanes muy graciosos. La primera noche cenamos con ella y con su amiga Sedaf y les contamos nuestras experiencias. Christina nos conto que su contrato en Japon termina pronto y que su siguiente trabajo va a ser en un barco dando clases de castellano y viajando por todo el mundo. Yo no se de donde salen estos trabajos, pero la verdad es que tienen su gracia. Bueno, para el que no se maree en un barco. Yo haria todo lo posible por no currar en un barco.

Tokorozawa nos resultaba interesante porque venia siendo una ciudad del extrarradio de Tokyo. Las ciudades del extrarradio son las que mejor te permiten conocer la vida real de una gran capital, mucho mas que la propia capital. Al fin y al cabo, es ahi donde viven las masas de trabajadoras que se desplazan a diario para que la maquina funcione. Yo siempre mantengo que si vas a Madrid tienes que ir a Mostoles, Alcorcon, Vallekas… de hecho a alguno de mis invitados, a los mas amigos o que ya conocia de haber viajado yo antes a su casa, les he llevado a la Eskuela Taller a Alcorcon. Alli es donde ves a la gente mas real. Hay que verlo todo, hay que ver la gran capital y los barrios de extrarradio y yo animo a quien viaje a que intente visitarlos si puede.

Tokorozawa era muy particular porque en la parte en la que viviamos sobrevivian muchos huertos y dimos un paseo por ellos. Por la noche fuimos al centro y tuvimos nuestra primera aproximacion a lo que se llama una sobrecarga sensorial. Paseamos por la calle principal y todo eran negocios con luces de neon y mucho ruido. Entramos a visitar un Pachinko. Son unas maquitinas a las que juegas y ganas unas bolitas plateadas, al final vas a otro sitio y canjeas esas bolitas plateadas por premios. El motivo de las bolitas plateadas es que en Japon estan prohibidas las tragaperras, entonces han encontrado ese atajo para que la gente se vicie igual. Las maquinas no son como tragaperras exactamente, pero son parecidas. En los Pachinkos estos, el ruido es infernal, no se como se puede pasar ahi la gente horas. Es indescriptible, es como meter en la misma habitacion la sesion mas chunta chunta del Radikal y un concierto de Los Rudos junto a la tamborrada de Donosti.

Esa noche cenamos en un coreano junto a Christina y su amigo escoces Spencer. Era parecido al de Madrid, pero no exactamente igual. Pronto iremos a Corea y degustaremos como es debido todas las comidas. Yo ya no oculto que viajo para comer.

Al dia siguiente descubrimos que, tras mas de tres meses de viaje, habiamos tenido nuestra primera descoordinacion con nuestros anfitriones. Christina no nos podia acoger mas dias y nuestros siguientes anfitriones no nos podian acoger hasta un par de dias despues. Asi que nos quedaba una noche en blanco sin saber a donde ir. Asi que fuimos con Christina en Cercanias y asi es como llegamos a Tokyo.

En Tokyo, nuestra primera mision era dejar las mochilas en unas taquillas y ponernos a investigar un poco. Llegamos a la estacion de Shibuya, en una de las areas mas centricas de la ciudad. Dejamos las mochilas y descubrimos un mundo nuevo. Masas humanas por todas partes, edificios altos, calles elevadas, gentes con ropas rarisimas…

Hay un sitio con cuatro pasos de cebra que se cruzan y es brutal ver tanta gente. Junto a esto, una placita que sirve de punto de encuentro para quedar con los amigos desde la que se ven enormes pantallas con todo tipo de publicidad. Amigos, estabamos en Tokyo.

Nos pusimos a caminar pot Shibuya y flipabamos con los edificios y la cantidad de comercios, grandes y pequenios, con gente por la calle con megafonos gritando. Increible.

No sabemos por que, pero pensabamos que Tokio, como casi todas las grandes ciudades, no nos iba a gustar. Sin embargo, desde el principio, algo nos hizo “tilin”. Lo que mas nos fascinaba era el aspecto de la gente. Esta muy de moda que los chicos vayan con los pelos de punta y tenidos de colores, en plan “Dame un Beso Licia” y las chicas van con maquillaje bronceador, minifalda y unas medias hasta las rodillas. Las piernecitas tan finitas que tienen junto a esas medias hacen que parezca que en vez de piernas tienen “palulu”. Ademas de todo esto, estan las chicas que parecen munecas antiguas… bueno, y gente de todo tipo. Aqui parece que hay que llevar pintas. Lo negativo es que mucha gente se empena en ir muy extravagante solo por dar la nota. Lo positivo es que en esta ciudad puedes ir como te plazca sin miedo a las convenciones sociales. Yo estuve pensando en como iria si viviese en Tokio y di con la clave. Iria como “El Nota”, Jeff Lebowski. En chanclas, pantalon corto y bata. Mejor kimono, por eso de estar en Tokio.

Con la llegada de la noche nos tuvimos que plantear a donde dirigirnos a dormir. Teniamos tres opciones. Una era pasar la noche en un cyber cafe. Aqui estan muy viciados y tienen tarifas especiales de 12 de la noche a 8 de la manana, mucha gente hace eso y se duerme en el cyber cafe. El tema era que nos parecia que las 8 de la manana era muy temprano para salir y las 12 de la noche, muy tarde para entrar, no queriamos seguir pululando por la ciudad, mas que nada por cansancio.

La segunda opcion era ir a un celebre hotel capsula. Fue muy muy tentador.Pero declinamos porque hombres y mujeres van por separado.

La tercera fue la ganadora. Un “love hotel”. Estos hoteles no son como los hoteles normales. Tu no entras y tienes tu habitacion y vas entrando y saliendo sin mas. Son hoteles cuyo origen es el siguiente: en Japon, padres e hijos tradicionalmente duermen en futones en la misma habitacion. Pero los padres, por ese motivo, pocas veces tienen intimidad. Asi que se crearon estos hoteles para que maridos y mujeres tuviesen su rato de intimidad. Principalmente estan para lo que estan, pero hay hoteles que tienen Play Station y cosas asi, porque verdaderamente lo que los padres quieren es desconectar y no estar escuchando a los hijos, asi que pagan unas horas y se meten ahi a jugar videojuegos.

Habiamos escuchado que muchos de estos hoteles tenian habitaciones tematicas, en plan camas tipo cuadrilatero del pressing catch, habitacion “hello kitty”… cosas asi. Nosotros paseamos por la zona de estos hoteles en Shibuya y no vimos nada de eso.

Hay dos tipos de tarifa. “Descanso”, que son cuatro horas a lo largo del dia, y “Estancia”, que es pasar la noche. Las parejas en general tiran mas de “descanso”, y cuando alguien liga en una discoteca o algo asi, paga una “estancia”. Son mas baratos que los hoteles normales, lo que no significa que sean baratos especialmente.

Al llegar, te encuentras un gran panel con fotografias de las habitaciones. Unas estan oscurecidas, esas estan ocupadas. Otras estan iluminadas, esas estan libres. Tu seleccionas la que quieres tocando la fotografia. Luego vas a la taquilla, en la que solo ves las manos del empleado, y pagas ahi. Nosotros hicimos eso, escogimos y fuimos a la habitacion. Pero resulta que el fin de semana en la estancia puedes ir menos horas y ademas es mas caro. Claro, el fin de semana es cuando mas se liga.

Es bastante poco comun ir con equipaje a estos hoteles. Son mas para un “aqui te pillo, aqui te mato”. Asi que llamabamos un poco la atencion. La zona de los love hotels en Shibuya son una serie de calles llena de hoteles de estos. Ibamos con la mochila por ahi y todos los trastos y unos tios de un bar nos gritaron “backpackers for love” (mochileros por el amor), lo que da cuenta de lo raro que es esto.

La habitacion, que decir. Hilo musical con canciones romanticas, con varios canales. Casi todos en japones, menos uno instrumental y otro en ingles. En el instrumental escuchamos ni mas ni menos que “Hijo de la luna” de Mecano. Mangas variados para entretenerse, varios de ellos eroticos. Una tele con una Nintendo para la que habia que pagar un extra si querias usarla (pasamos de ello). Baniera con hidromasaje. Y una cama muy comoda. En fin, toda una experiencia.

Esta manana hemos salido de ahi y hemos caido finalmente en un cybercafe, para ponernos un poco al dia con nuestras cosas y nuestros contactos, que empezamos a descoordinarnos. Los cybercafes tienen la particularidad de que los ordenadores estan separados con distintos compartimentos y se puede cerrar por dentro. Ademas hay bebidas gratis no alcoholicas, del tipo zumos, batidos, etc. Por eso se puede dormir en ellos si te quedas sin opcion, porque pagas el especial de ocho horas, te cierras y te duermes dentro si quieres.

Y asi hemos llegado a Tokio. Se habran dado ustedes cuenta de que el lema de este viaje es “Madrid-Tokio-Madrid”. Ahora estamos en Tokio. Eso significa que empieza el camino de vuelta a casa. Claro que este camino de vuelta puede ser mas largo que el de ida.

Estamos un poco flipados. Hace hoy 100 dias sali de mi casa, cogi el Circular en Narvaez con ODonnell, fui a Avenida de America, pille un autobus a Bilbao. De ahi, poquito a poco, sin volar un centimetro, hemos llegado hasta aqui. Es increible. Pero parece que cierto.

Última hora:

Para tranquilidad de familiares y amigos, os informamos de que el psicópata de Tokio no nos ha matado. Este acontecimiento, de todas formas, dice mucho sobre las frustraciones que tiene esta gente y sobre las que escribiré más adelante. Lo tenía ya en mente, pero tras ver que un perturbado se ha cargado a 7 personas así por las bravas, más razones. Sólo deciros que no me extraña ni un pelo.

Análisis de coyuntura. Mes de Mayo

Tres meses llevamos ya en la carretera. Mas que Willy Fog y Rigodón (no se si se escribe exactamente así).

Este mes de Mayo ha sido el más importante en nuestro viaje, al menos en lo que a reflexiones personales se refiere.

La primera parte del mes, como sabéis, recorrimos más de media Rusia en vagones platzkarny. La segunda parte, recorrimos la isla de Hokkaido en Japón y el norte de la de Honshu. Dos mundos muy distintos, Rusia y Japón, pese a estar tan cerca. La explicación no es compleja, ambos han sido países tradicionalmente muy herméticos y en cierto modo lo siguen siendo.

El viaje por Rusia coincidió con mis estudios acerca de la NEP, de la que os hablé anteriormente. Esto fue muy curioso, ver la teoría y la práctica a la vez. Da mucho que pensar a nivel político. En general, viajar por Rusia significa conocer su historia reciente y lleva a pensar en los porqués de las cosas. Mi conclusión al respecto ya la adelante hace un par de semanas: hay quien piensa que el pasado de Rusia implica que se hizo todo lo mal que se pudo y por ello no se puede repetir. En mi opinión, el hecho de saber que las cosas se hicieron mal, junto al hecho de ver la situación actual del país, implica que hay que volver a intentarlo. Millones de personas no pueden vivir en la miseria mientras unos pocos viven en la gloria. Volver a intentarlo no es una opción, es una necesidad humana. Me temo que esto decepcionará a quienes pensaban que este viaje sumado al paso del tiempo me iba a ablandar las ideas, pero igual alegra a otros.

La llegada a Japón cambió muchas cosas respecto a la etapa anterior. Da gusto estar en un país en el que puedes dejar la puerta abierta. O en el que puedes ir a un cajero con total tranquilidad. Es un país en el que hay calma. Hay una serie de traumas de los japoneses que tienen su peligro. Están siempre pensando en el que dirán y en las apariencias, intentan siempre ser majos pero por su cabeza muchas veces pasan otras cosas y tienen una vida interior bastante atormentada… pero en tanto en cuanto sólo estamos de paso, esto no nos afecta especialmente. Supongo que tendremos que asumir que no vamos a sacar muchas amistades japonesas de este viaje. Pero para ser extranjero , el país es bastante cómodo. En el fondo aprovechamos todo lo bueno y lo malo no lo sufrimos al no trabajar aquí ni tener vida social aquí.

En este último mes se ha producido un fenómeno previsible en nosotros: las ganas de parar. Prácticamente desde que salimos de casa, con excepciones en Berlín, Moscú y Kamo Aosa, hemos estado apenas dos o tres días en cada sitio, en algunos simplemente uno. Coger cada dos o tres días todos los bártulos, salir a la carretera, cambiar de casa, volver a encontrar gente a la que volver a contarle todo lo que hemos hecho… colapsa un poco mentalmente. Por eso tenemos ganas de parar en algún lugar, de tener “nuestro sitio”.

A esto último debemos añadir unas circunstancias concretas. Casi todo aquel que empieza un viaje con el elemento común de la indefinición temporal, tiene muchas veces unas inquietudes, una especie de preguntas para las que encontrar respuesta. Pues yo creo que nosotros hemos encontrado casi todas las respuestas que buscábamos en estos tres meses. Hay gente a la que le lleva menos, hay gente que pasa nueve meses, otra que necesita dos años… en nuestro caso, en el sentido de “viaje interior”, aunque uno nunca termina de buscar, la verdad es que estamos bastante saciados.

¿Qué nos queda entonces? Nos queda todavía la curiosidad cultural acerca de muchos países que nos rodean. Eso me imagino que no acaba facilmente. Y, lo que más nos pesa, nos queda la certeza de que en la vida del buen asalariado un viaje con tanta libertad es algo completamente imposible.

Por lo tanto, como es fácil deducir, el viaje va a continuar un tiempo más. Pero va a cambiar de formato tarde o temprano, si no es este mes será el siguiente. Nos empieza a apetecer disfrutar de la quietud. Pensad que hace tres meses estábamos en Madrid y que ahora estamos en la isla de Honshu, son muchos kilómetros recorridos muy deprisa. Vamos a bajar el ritmo seguro.

A nivel de nostalgia, del que siempre hablo en este análisis mensual, después de tres meses como es lógico echamos muchas más cosas de menos. Cada vez pensamos más en familia, amigos y camaradas y eso es algo que está ahí. Por suerte en Japón todo es más tranquilo y lo sobrellevamos disfrutando de la calma que hay por estos lares.

De salud no nos podemos quejar. Cruzamos los dedos, porque llevamos tres meses sin que nos suceda nada. Apenas tuve algo de fiebre en Bélgica, el resto del tiempo todo en orden. Ojalá siga la cosa así en adelante. Salí de Madrid con 80 kg (sí, me sobraba alguno) y ahora peso 76. Lo llamaremos “la dieta del movimiento”. Ando lejos de los 68 que pesaba al acabar COU (siete años ha), pero está bien.

Económicamente, seguimos manteniendo un muy buen nivel de gastos. Nuestra media diaria sigue en torno a los 19 euros. En Japón, sin embargo, estamos gastando más. Es quizá este el único punto negativo del país. Los días que nos permitimos alguna licencia, inevitablemente nos pasamos del límite. Y los días que vamos a lo barato, cubrimos casi todo el cupo. Así que preveo que durante el mes que comienza, que pasaremos casi completo por aquí, nuestra media va a subir inevitablemente.

Y estas son todas las reflexiones que me despierta el mes de Mayo, mes de María. Ya sabrán ustedes que el 13 de Mayo la Virgen María bajo de los cielos a Cova de Iría. Y hasta ahí puedo leer.

Carta desde Kamo Aosa

Queridas amiguitas

Finalmente abandonamos la preciosa isla de Hokkaido y dimos el salto a la de Honshu, que esla isla principal de Japon, donde estan las grandes ciudades.

El transito fue sencillo, fuimos a la terminal de ferry en Hakodate y esperamos unas horas a que saliese el siguiente ferry. En la espera estuvimos viendo el beisbol. Les encanta el beisbol a estos japoneses. Yo ya le he cogido la dinamica, pero me parece un juego bastante aburrido. Hasta que pasa algo interesante pierdes media vida. Y eso cuando pasa. Un ‘home run’ de esos que hacen es impresionante, pero en el fondo mandan la pelota fuera, recorren todas las bases i prou.

El barco en el que viajamos era mas pequenio y discreto que aquel con el que entramos en Hokkaido. Pero seguia teniendo su rollito tatami en el que tumbarte. En Japon da gusto tumbarse en el suelo.

Al llegar a la ciudad de Aomori, nos recogio Chris, nuestro siguiente anfitrion. Como no, English teacher. Lo primero que hizo fue llevarnos a su clase para adultos, que era basicamente de conversacion. Se juntan ahi y Chris les pregunta sobre lo que han hecho en la semana y les va corrigiendo cuando meten gambas. Habia niveles de todo tipo. Chris decidio que seria mas ameno si dabamos la clase en un izikaya, asi que alli fuimos. Era un restaurante muy curioso porque todas las mesas tenian compartimentos privados, de manera que no veias a nadie mas. Habia un boton para llamar a los camareros, cuando lo pulsabas aparecian, se inclinaba y te preguntaban de carrerilla que querias. En cinco minutos lo tenias servido. Lo malo es que fue algo caro, y es que en Japon es dificil limitarse al presupuesto.

Chris vivia en una casa de dos pisos solo para el, cesion del gobierno nipon mientras trabaje como profesor. Una casa en medio de un arrozal, muy comoda y muy tranquila. El futon en el que dormiamos era la mar de comodo.

Una de las alumnas de Chris, Kyoko, nos ofrecio invitarnos a su casa a tomar el te al estilo japones. Por supuesto, aceptamos la invitacion. Kyoko tenia un nivel de ingles muy elemental, pero se esforzaba mucho por aprender e intentaba siempre hablar de todo tipo de cosas. Nos llevo en coche a la casa y nos quedamos asombrados. Un enorme jardin japones con riachuelo y pececitos fue lo primero que vimos. Desde el jardin entras por un huequecillo a la sala del te, una salita pequenia en la que hay que entrar de rodillas y hacer varias inclinaciones. Por lo visto es asi en todas partes y la regla es que aunque seas el emperador tienes que agacharte al entrar a tomar el te en casa de cualquiera.

En el interior, la casa de Kyoko seguia siendo impresionante. Habitaciones con tatamis y puertas corredizas, altares budistas… Kyoko nos presento a su nonagenaria madre, una mujer muy sonriente. Me contaron que la madre,debido a los achaques de la edad, no podia moverse mucho por su cuenta y pasaba mucho tiempo en casa haciendo sudokus. Yo le dije que mi abuela en Valencia tambien tenia la misma situacion, asi que me regalo un libro de sudokus y un boli de tinta especial para que se entretuviera. Lo tendre que hacer llegar en el proximo envio.

La tarde de aquel mismo dia, Chris decidio llevarnos con el a sus clases de ceramica a casa de su sensei. Este sensei era por lo visto una celebridad en la materia y tenia un cason enorme. Le gustaba darle al sake que no veas. De ceramica yo no entiendo demasiado, aunque el me alabo la extraordinaria ceramica toledana. Despues de las clases nos invito a cenar en el jardin en una pequenia parrilla que se habia instalado, en la que hizo varios pescaditos y verduras. El sake corrio en grandes cantidades. El sensei estaba empeniado en que le hablasemos de arte de nuestra tierra, yo no soy un gran experto pero me defendi bien y le conte un poco acerca de las intoxicaciones de Goya, tema que le intereso profundamente.

En nuestro ultimo dia en Aomori, Chris nos ofrecio a ir con el al instituto a sus clases de ingles. Fue una gran experiencia. Dimos clase a dos cursos distintos, que vendrian a ser el equivalente a COU y a 2 de BUP. Basicamente en las dos clases nos presentabamos y les contabamos nuestro viaje, ellos decian ‘oooohh’ y se reian. Luego nos hacian preguntas que les parecieran interesantes. Les gusto mucho hablar sobre la siesta (aqui eso es algo que no se da), sobre los toros, sobre Raul, Torres y Casillas… tambien nos preguntaron sobre que mangas eran famosos alli. Tampoco es mi materia, pero me limite a relatarles los mangas de la tele mas celebres y quedaron muy contentos. Fue una gran experiencia, yo lo pase en grande y nos echamos muchas risas. Que curioso estar en el lado del profesor, controlando a los chavales.

Ese mismo dia fue el reto del sushi. El dia anterior habiamos comido sushi y habia una foto de un chico en la que ponia ’53′. Eso significaba que ese chico habia comido 53 platos de sushi, 106 piezas en total. Si lo superabas, era gratis. Con mi experiencia en bufets libres, barbacoas, Bonar, Casa de las Tortillas y Guarro de Vallekas, pense que seria capaz de superarlo. Asi que nos emplazamos al dia siguiente para intentarlo. Llame a mi sensei de la comida, la persona que conozco que mas puede comer, cuya identidad preservo para no hacerle famoso, y recibi varios consejos. Al dia siguiente lo intente, pero sucumbi en 28. Cuando llegue a esa cifra, pense que sin problemas podria llegar a 35 o incluso superar esa cifra, pero no llegar mucho mas alla. Asi que como ya no me iba a salir gratis y al record no llegaba ni de broma, decidi frenar.

Haciendo un analisis, basicamente tuve dos errores. Con mi maestro habiamos hablado de que seria interesante hacer un arranque potente porque luego el ritmo bajaria seguro. Pero quiza lo hice demasiado potente. Habia que evitar el agua para llenarse menos, y tambien cosas saladas para no beber mucho. Por eso rechace poner soja en el sushi. Creo que tenia que haber buscado un termino medio, porque sin la soja todo estaba demasiado seco y era mas dificil tragar y mas incomodo. Estos son los errores por mi parte. Probablemente, con estos errores hubiese perdido de todas formas. Pero creo honestamente que un trozo de atun estaba en mal estado. En cuanto lo comi note algo raro, lo senti mal y a partir de ahi ya empece a estar muy incomodo. En fin, reto no superado, aunque es mi reto personal.

Nuestra ultima noche en Aomori la pasamos en uno de los celebres karaokes. En nuestros karaokes, hay un gran espacio en el que cantas ante todo el bar. En los karaokes japoneses tienes un espacio privado para ir con tus amigos. Pagas una cantidad inicial y con eso tienes barra libre de canciones y bebida por un plazo de dos horas. Pasamos un rato bastante ameno, yo me centre basicamente en los Ramones y los Sex Pistols (bueno y Las Ketchup y France Gall) y creo que en el Blitzkrieg Bop di la talla medianamente bien (bueno y en el Asereje).

Asi nos despedimos de Chris, una persona excepcional a la que le vamos a estar siempre agradecidos por su genial trato.

De Aomori salimos temprano hacia nuestro siguiente destino, la ciudad de Kamo Aosa. El inicio del autostop fue algo complejo, tardo en frenar el primer coche. Aunque cuando freno, nos llevamos desayuno como regalo de los hombres de negocios que nos hicieron el tramo. En el siguiente pueblo esperamos un rato y nos recogio un joven viajante que trabajaba vendiendo kimonos y material para los templos por el norte de Japon. Nos iba a llevar al pueblo de Odate, eso era lo acordado. Le dijimos al chico que si nos podia acercar a algun cajero, porque nos estabamos quedando sin dinero suelto. Asi que nos pusimos a buscar. Buscabamos, buscabamos y nada. Japon es la sociedad del dinero suelto, casi nadie tiene tarjetas de credito, todos llevan inmensas cantidades de dinero suelto encima. Claro, aqui no roban. Encontrar un cajero es una odisea y cuando lo haces, reza porque acepte tu tarjeta. Una sociedad sin bancos en el fondo es algo bastante interesante, pero cuando sabes que tienes dinero pero no puedes gastar porque no encuentras un cajero, te pones nervioso. Total, que este buen hombre decidio llevarnos hasta el siguiente pueblo a buscar cajero. Tiramos hacia delante y nada, no habia. El tipo queria llevarnos de pueblo en pueblo a buscar cajero, pero ya nos supo mal y le dijimos que por favor que volviese a su trabajo. Al final nos regalo dos amuletos.

Llamamos a nuestros siguientes anfitriones y les explicamos nuestra situacion. Nos dijeron que fuesemos hacia su casa, porque alli conocian un cajero que aceptaba muchisimas tarjetas. Asi que seguimos el camino hacia delante. El siguiente tramo nos lo hizo un tipo llamado Koisei, que era el duenio del restaurante del mercado de los granjeros en la zona. Nos escribio su nombre en kanji y nos invito a comer al restaurante, que estaba en un punto intermedio entre donde estabamos y nuestro destino. Nos invito a un inmenso plato de arroz con curry al estilo japones.

Desde el mercadode los granjeros hicimos nuestro ultimo tramo, hasta el pueblo de Kamo Aosa, en la peninsula de Oga. Nos llevaron unos pueblerinos bastante salados con un coche que parecia una nave espacial.

Ese dia me puso un poco hippie, pero no os asusteis. Recibimos tanta ayuda de gente que no nos conocia de nada, que no podiamos mas que sentir inmensa gratitud, porque todo era bueno para nosotros, gente interesandose por nosotros, invitandonos a desayunar, a comer, ayudandonos a buscar cajeros… daban ganas de darles a todos abrazos enormes.

En Kamo Aosa, nos recibieron Scott y Masako, nuestros nuevos anfitriones. Scott es de California y Masako es de aqui, aunque se conocieron alla en las Americas. Gozan de un envidiable retiro junto al mar en Japon. El pueblo de Kamo Aosa apenas tiene 200 habitantes, playa y montania.

La vida de Scott es interesantisima. Fue actor en Broadway y en Hollywood, solo hizo papeles secundarios pero alcanzo un nivel suficiente como para vivir de la profesion con comodidad. Se canso del trabajo, pinto un cuadro y lo vendio por un dineral a una actriz de una teleserie. Luego se dedico a diseniar joyas e hizo una fortuna. Pero finalmente una serie de inversiones mal pensadas le llevaron al limite de la quiebra. A todo esto, ya conocia a Masako en California. Esta situacion nueva de dificultades les llevo a venir a Kamo Aosa, el pueblo natal de Masako, donde viven en una casa humilde pero muy comoda. Scott dice que antes tuvo millones de verdad, pero que ahora se siente mucho mas millonario en este increible emplazamiento.

Aqui estamos de relax, que es algo que necesitabamos tras tanto autostop. Jugamos a las cartas, leemos y nos deleitamos con la extraordinaria comida de Masako. Ayer hizo un tiempo terriblemente malo, hacia tanto viento que temblaba la casa. Por cierto, que tenemos una azotea para nosotros cerca de la casa de Scott y Masako, con vistas increibles al mar. A pesar del mal tiempo que nos hizo, como digo, aqui estamos de maravilla.

Estaremos un par de dias mas y luego seguiremos hacia delante.