Archivo de la etiqueta: gastronomía

“Bueno para comer” de Marvin Harris

Tengo últimamente abandonado este blog, porque entre trabajo, asambleas, cervezas, gastronomía y demás no me da el tiempo y es una pena porque este es el espacio de desquite.

Ahora vuelvo por aquí para comentaros, y recomendar, el libro que acabo de terminar, “Bueno para comer”, del antropólogo Marvin Harris.

Este libro explica cómo unas culturas comen unos alimentos (desde vacas y cerdos hasta insectos y perros… o seres humanos) y otras no, y nos explica el por qué. La tesis principal y fundamental del libro es que no podemos atribuir a razones arbitrarias los motivos de comer unas cosas u otras, sino que existen en todos los casos motivos materiales verificables, rentabilidad, relaciones de coste/beneficio, etc, que son las razones concretas que prueban el uso de unos u otros alimentos en las diferentes culturas. Así, vemos que el hecho de que no coman vaca en India o cerdo en los países musulmanes se debe generalmente a unas condiciones concretas de interrelación entre la capacidad de generar alimentos de origen vegetal, de origen animal y el esfuerzo humano necesario para conseguirlos, señalando que si ha habido religiones que han prohibido determinados alimentos a sido a raíz de estas razones y no de manera arbitraria.

El repaso es impresionante y lo que más llama la atención son los últimos capítulos, dedicados al consumo de insectos, perros y seres humanos por parte de determinados pueblos (por cierto, me incluyo orgullosamente entre los que han consumido perro al menos una vez en la vida).

Para los amantes tanto de la gastronomía como de las culturas de los pueblos, es un libro altamente recomendable. Voy a ver si me introduzco un poco más, aunque sea a nivel aficionado, en el mundo de la antropología, especialmente si es de la mano de este autor, que parece de buena cuerda.

El gourmet solitario

Por mi cumple me regalaron este tebeo tan chulo, “El Gourmet solitario”. La verdad es que la regaladora iba encaminada porque ya le había echado el ojo, pero como a tantas otras cosas.

Este manga tiene una estructura muy simple. Trata de un comercial autónomo de objetos de importación, que va por Tokio visitando a clientes y haciendo reuniones. Como pasa tanto tiempo fuera de casa, se ve obligado a comer por ahí casi todos los días y suele tener preferencia por esos rincones ocultos que puede haber en cada barrio, aparentemente nada glamourosos pero con grandes joyitas gastronómicas.

El libro se divide en 19 capítulos, que no son sino 19 comidas. No hay ni principio ni final, solo un tipo que tiene hambre y que filosofa un poquito sobre el comer cuando llega el momento. Puede ser que a muchos esta estructura les resulte sorprendente o sin sentido, aunque creo que el autor, Jiro Taniguchi, tiene la filosofía de que la narrativa debe ser como la vida, en la que las cosas no tienen un principio ni un final demasiado abiertos y en la que muchas veces,de muchas personas, no sabemos más que cosas puntuales. En este caso, del protagonista del libro sólo sabemos que es un enamorado de la gastronomía popular japonesa.

A mi me ha gustado por mi vertiente glotona, también porque me ha recordado el tiempo que pasé en Japón hace un par de años y todas las cosas ricas que encontrabas para comer, y por último me ha gustado por la manera de funcionar del protagonista: come donde le surge. La analogía de esto en castellano sería un tipo que va por los barrios de Madrid y cuando llega la hora de comer entra en los sitios de menú a ver que se encuentra.

Para los amantes de la gastronomía y/o de lo japonés que quieran leerse un manga facilito, este queda totalmente recomendado.

Para quien quiera conocer como se gestó la portada de la edición en castellano, pueden leerse este interesante enlace

David De Jorge

Tengo que comentar ante todos ustedes que he unido a mi altar de los ídolos a un nuevo ser humano. Se trata del magnífico cocinero vasco David De Jorge, persona dedicada a la difusión gastronómica y a la guerrilla culinaria en diversos frentes.

No se como di con él, el caso es que un día aparecí en su blog: www.daviddejorge.com

Lo comencé a leer y vi que era de los míos. Es un tipo al que le gusta la cocina sin tonterías. Que valora un chuletón y un buen guiso. Que sí que es partidario de la fusión pero siempre que esta tenga su base y su contundencia, que entiende la cocina como un disfrute, que piensa que ir a un restaurante no debería consistir en la visita a un lugar en el que te dan pijadas y una especie de secretaria te explica la lección, sino que más bien tiene que ser una experiencia para la alegría de los sentidos, sin chorradas de por medio.

Después supe que tenía un programa en ETB, “Robin Food”. Todas las emisiones pueden verse en su página web. El tipo promete, es enorme como una ballena, pero es que yo sólo me fío de los cocineros que tienen cierto peso. En serio, si ves al Darío Barrio (con todos los respetos), con la pinta atlética que tiene, ¿te puedes fiar de que coma bien? Ya con David De Jorge sabes que comer es lo suyo. Sus recetas son sencillas pero también muy creativas.

Y para colmo tiene un libro, “Con la cocina no se juega” que me acabo de leer en la que hace un repaso de sus teorías sobre la gastronomía, de varias recetas y de muchos sitios que a él le encantan para ir a comer.

En fin, este “Robin Food” de la gastronomía debería hacerse más huecos, en los congresos culinarios se tendrían que escuchar sus odas al cordero y no las memeces sobre hidrógeno líquido que se escuchan.

Es de estas personas que cuando hablan de cocina sólo te hacen salivar. Ahora ya estoy pensando en mi comida de hoy con unas ganas que no veas.

Lo que da de sí una calabaza

Hace unas semanas, cuando estuve por tierras alicantinas, me dio por pasear por los caminales con la Reina. En Denia y la comarca de la Marina Alta en general, los caminales son todos esos caminos, asfaltados o no, que transcurren entre las huertas, pasando al lado de casas grandes y pequeñas llenas de naranjos principalmente pero también de muchas otras cosas. Los cracks del lugar saben llegar por medio de caminales, sin salir ni una vez a la carretera (salvo para cruzarla) a cualquier pueblo de los alrededores.

El caso es que íbamos por ahí y nos encontramos a un señor, Don Francisco, que estaba cargando una furgoneta de calabazas. Aurora se acercó para preguntarle por si podía sacar una fotografía y el hombre no sólo accedió sino que nos regaló dos calabazas, “jo vos las done de bona gana!“. Una se la dimos luego a mi abuela porque le encantan las calabazas asadas y la otra viajó con nosotros hasta Madrid.

Y ¿qué hacer con una calabaza? En Valencia es de lo más común comer calabaza de distintas maneras, pero aquí en Madrid no es algo tan habitual. La gente las usa para la decoración de esa terrible fiesta de origen celta impuesta por los yanquis y el capital que se celebra dentro de poco, pero poca cosa más.

Nosotros la dividimos en cuatro cuartos y lo que ha salido es:

1.- Coca de carabassa:


500 gramos de harina, 500 gramos de azúcar, 5 huevos,  2 sobres de levadura, medio kilo aproximado de calabaza

Empezamos con esta receta valenciana para hacer honor al origen de la calabaza. Mezclas el huevo y el azúcar en un bol,añades la calabaza, algo de aceite, la levadura y la harina y lo sigues moviendo.

Se mete todo en un molde para el horno untado con mantequilla o aceite de oliva, se hornea y se saca. Cuando ya no está tan caliente le pones azúcar glas por encima.

2.- Puré de calabaza

¼ de la calabaza más o menos, 2 puerros, un bote de nata líquida, caldo de pollo,2 dientes de ajo, un poco de comino y jengibre, también unas bolas de pimienta verde.

En el fondo de una olla con poco aceite doras los ajos, cuando están dorados añades el puerro cortado en rodajas y la calabaza. Lo dejas un rato friéndose, viertes el caldo justo hasta que cubre, le pones una pizca de comino, jengibre, las bolas de pimienta verde y sal. Se deja hirviendo más de media hora, después añades la nata y lo bates. Tremendo

3.- Calabaza especiada

Calabaza cortada a tiras y las especias que más rabia te den

Esta es una guarnición que hicimos para acompañar a unas pechugas de pavo a la plancha. Cortas la calabaza en tiras y las fríes en la sartén. Paralelamente en un cuenco pones sal y las especias, nosotros pusimos pimienta negra, jengibre, tomillo y clavo. Eso lo machacas todo y lo pones por encima de las tiras de calabaza que estabas haciendo en la sartén. Y de acompañamiento va fenomenal.

4.- Nos queda todavía un poco de calabaza ¿qué hacemos con él?

Ragù!

Ayer hice un ragù tan exquisito que tengo que compartirlo con la humanidad entera. El “ragù” viene a ser esencialmente una salsa consistente en una carne picada con un sofrito de verduras y con una larga cocción. Lo que aquí llamamos “salsa bolognesa” en Bologna lo llaman “ragù”, quizá así quede más claro lo que es. La patria del ragù es Italia y nosotros somos sus siervos. El ragù lo puedes usar para el relleno de la lasagna o para acompañar pastas.

Tenía yo por casa medio paquete de “rigatoni” pululando, vimos una receta de un ragù pero al final nos faltaban los ingredientes esenciales e hicimos otro con cosas que teníamos en casa y algún ingrediente suelto que pudimos encontrar. Todavía lo estoy saboreando así que ahí va la receta facilísima:

Ingredientes (para 2 que comen bien)

-         250 gramos de carne picada de ternera

-         50 gramos de jamón ibérico picado (el toque local)

-         1 cebolla

-         1 zanahoria

-         1 apio

-         Una lata entera de tomates ENTEROS (o bien tres tomates escaldados)

-         Pimienta negra, sal, aceite de oliva, mantequilla

-         Vino blanco

Al lío:

Picamos la cebolla lo más que podamos y cortamos en dados la zanahoria y el apio. En una cacerola a fuego lento pones un fondo de aceite de oliva, lo justo para cubrir, y una cucharada de mantequilla que va a dar un toque jugoso. Cuando digo mantequilla no veo que esté diciendo margarina, que es algo que hay que desterrar de la faz de la tierra. Metes ahí la cebolla picada, cuando se dora añades la zanahoria y el apio que hemos cortado en dados. Lo dejas un poquito, al rato subes el fuego y en seguida añades la carne picada y el jamón hasta que la carne coja color. Después le metes una buena chorretá de vino blanco (como cinco tazas pequeñas). Cuando empieza a hacer burbujas añades la lata entera de tomates, con su jugo y todo. Con la cuchara de madera destrozas los tomates (esto es lo mejor de que los tomates sean enteros, si no son enteros no los puedes destrozar).

Una vez hecho todo esto verás que el tema está un poco inundadillo, así que lo único que hay hacer es esperar hasta que el liquidillo se evapora. Tarda 45 minutos o una hora.

Y ya lo tienes, para acompañar a la pasta, para rellenar la lasagna ¡ o para comerlo a culleraes!

Estas nihongas saben como está:

Pues una fideuá

Hay que decir las cosas como son y es que últimamente la reina y yo cuando nos ponemos a cocinar nos salimos por todas partes, dicho sea con toda la modestia.

El pasado fin de semana me lancé con la ayuda de mi pinche a hacer una fideuá. ¿Y qué es una fideuá? Bueno, es un plato bandera de las comarcas de La Safor (de donde es originario) y la Marina Alta, en el País Valenciá. Según cuentan su origen está en los tradicionales guisos que hacían los pescadores en sus barcas. Era una costumbre llevar arroz en la barca y cuando pescabas esto y aquello hacías un caldito y hacías cualquier plato. Parece ser que un día no tenían arroz y probaron a hacerlo con fideos y la cosa se popularizó, y así hasta ahora, cuando es sin duda uno de los mejores platos para hacer en paella.

Hay dos ingredientes fundamentales. El primero es el fideo gordo corto y hueco, que ya en muchos sitios lo venden como “fideo de fideuá”. Esto es importante, si se hace con fideo fino es un rossejat que es algo que se hace en el País Valenciá Nord, o sea, la C.A. de Cataluña. El segundo ingrediente clave es el caldo de pescado. Para hacer un caldo de pescado se pueden usar muchísimas cosas y si nos atenemos al espíritu del plato vale cualquier cosa que venga del mar, básicamente si coges morralla, cáscaras de mariscos y demás, lo cueces todo varias horas y tienes un caldo de pescado. Hay ahora muchas recetas para hacer caldos, pero como digo los pescadores hacían el caldo con lo que tenían. Nosotros hace meses hicimos un caldo de pescado para no se qué, congelamos una parte y esa es la que usamos para la fideuá. No se ni de que era, pero era caldo de pescado. Yo siempre digo que una persona práctica debería tener siempre caldos caseros de pescado, cocido y verduras, pero luego soy el primero que no encuentro tiempo y tengo que comprar los que vienen ya hechos. Pero si siempre tienes a mano, mejor.

Luego hay otros ingredientes también importantes, que son los “tropezones” y lo que uses para hacer el sofrito. Aquí yo  me he ceñido a lo que he visto siempre hacer a mi padre y a mi tío. De “tropezones”, gambas y sepia cortada en trozos pequeños. Por cierto, antaño en Denia se usaba como tropezón la gamba roja, que había a mansalva y sobraba siempre, ahora resulta que es un producto delicatessen que vale la vida. Para hacer el sofrito, ajos, cebolla, tomate (hay gente que usa salsa de tomate Apis o alguna de esas, yo creo que si usas varios tomates cortados a pelo o bien una lata de esas en las que vienen troceados queda mejor) y pimentón. Y para culminar, azafrán y colorante de ese asqueroso.

El proceso para hacerlo es el siguiente. Coges la paella, echas aceite y sofríes el ajo y la cebolla, cuando se ha dorado echas el tomate, después pimentón, remueves, echas la sepia troceada, las gambas, sofríes un rato y cuando ya ves que la sepia no va a quedarte crudo, echas los fideos y les das unas cuantas vueltas ahí, a pelo. Dadas las vueltas a pelo, echas el caldo. ¿Cuánto? Ni idea, yo siempre lo he visto hacer a ojo, echar caldo hasta que cubre o hasta que llega a los clavos de las asas de la paella. Ahí es cuando yo meto azafrán y el colorante. Esto es un tema de debate muy serio. El asunto es que para que una paella o una fideuá queden amarillas como corresponde hay que echar una cajita entera de azafrán y teniendo en cuenta que el azafrán es lo más caro que hay en el planeta, no se lo puede permitir cualquiera. Pero estos platos si no son amarillos es como si falta algo, así que se meten esos sobres asquerosos. Claro que el azafrán da muy buen aroma, por lo que unas hebras como mínimo hay que poner. En cosa de diez minutos ya está todo hecho y después se come y no hay más que contar.

De acompañamiento, lo que se suele hacer es all-i-oli y sobre esto va a haber que sentar doctrina en este momento. El nombre lo dice todo, all-i-oli, ajo-y-aceite. Lo que tomamos normalmente es una mayonesa (aceite y huevo) a la que se añaden ajos. Y es comprensible porque es más fácil. Pero un all-i-oli de verdad es ajo machacado ligado con aceite en un proceso largo y laborioso. Para hacer all-i-oli, se procede de la siguiente manera: se pillan dos o tres dientes de ajo, se cortan en trozos, se meten en un mortero (¡de cerámica!) y se machaca con rabia durante cosa de diez minutos (o más) hasta que tienes un puré de ajo, una masilla que huele que alimenta. Sobre el uso del ajo aquí hay que ser muy claros porque a veces la gente te dice que lo hagas con poquito ajo… no, no, no, el all-i-oli es algo que tiene que tener tal potencia que haga desmayarse a todos los que están a diez metros de ti cuando hablas. Es algo que tomas si sabes que no vas a salir a ligar porque sabes que no tienes oportunidades o porque quieres ser fiel a tu novia, claro que esto último es un riesgo también porque puede provocar divorcios. Eso es el all-i-oli, lleva ajos, vas a oler a ajo y has de asumirlo. ¿Por donde íbamos? Al puré de ajos que has hecho le vas echando aceite de oliva muy despacio y vas removiendo todo constantemente para que vaya ligando, lo puedes ir haciendo gota a gota para que sea más fácil, pero aviso que puedes estar fácilmente media hora con todo el proceso y si no lo haces con mucha calma te saldrá mal.

Aquí pongo un par de videos donde hacen all-i-oli, a ver si os animáis

(ah, nunca hablo de sal porque la doy por supuesta)

Patatas a la Riojana

Aprovechando que las temperaturas vuelven a bajar, voy a dar una receta para todos aquellos que están siempre con eso de “yo no se ni freír un huevo” y están todo el día comiendo a base de pizzas congeladas y demás historias.

La receta que os doy es un clásico de nuestra tierra, las Patatas a la Riojana. Los requisitos son los siguientes: saber cortar con un cuchillo, saber mover una cuchara de madera, saber echar agua en una olla y saber mirar el reloj. No os quejaréis.

Los ingredientes son variables porque las Patatas a la Riojana son de esas cosas que en cada casa se hacen de una manera, a no ser que haya una ortodoxia riojana sobre el tema, en cuyo caso que alguien me la diga y esa será la pauta a seguir. De momento indico mis ingredientes para cuatro: patatas (1kg), cebolla (1), ajo (3 dientes), pimiento rojo (1), chorizo (2), pimentón (1 cucharada), sal (al gusto), laurel (1 hoja), guindilla (1), agua (en Madrid del grifo, claro).

Se cubre la base de la olla de aceite (de oliva o no respiro) y se sofríe (a fuego lento; sofreír es siempre a fuego lento, mientras que rehogar es a fuego fuerte removiendo mucho) la cebolla, el ajo y el pimiento, todo picado. Hay quien a este sofrito le mete puerros, pimiento verde, quien no le mete cebolla… no se cuál es la manera auténtica, así que digo esa por decir una. Cortas los chorizos por la mitad. Ahora viene lo más difícil, atención. Se echa una cucharada de pimentón y nada más echarla se remueve todo un rato para que el pimentón no se queme, lo cuál sería fatal porque deja un regusto terrorífico. Cuando ya ves que no ves el pimentón porque se ha fusionado con todo su entorno en un interesante proceso dialéctico sin igual, echas el chorizo y sigues removiendo. Recuerda, deja el fuego lento. Metes la guindilla y sigues dándole. Después pelas las patatas y las vas cortando a la buena de Dios, sobre la olla, que salgan los trozos como salgan, que queda más bonito. Vas cortando trozos, removiendo, cortando, removiendo, hasta que has metido todas las patatas dentro. Cuando ya está todo esto hecho, echas agua hasta cubrir (no te pases porque no debe quedar demasiado líquido) y echas el laurel y la sal, y esperas hasta que las patatas estén hechas. Esto puede llevar 30-45 minutos, pero no es exacto, así que ve pinchando de tanto en tanto.

Esto te proporciona energía infinita para el día, te da calor en pleno invierno, te da felicidad por tomar un guiso de cuchara hecho por ti mismo y además está rico y podrás fardar de que además de esa pizza congelada puedes hacer ¡un guiso! Y de ahí a conquistar el mundo no hay nada.

(he encontrado esta imagen en este blog http://blogs.lasprovincias.es/blogalhorno/posts porque a las que hice la semana pasada olvidé sacarles una foto)

No se me ocurre nada mejor que el Kaki

Uno de los placeres de la vida es partir un kaki por la mitad y comérselo a culleraes. Así que quiero rendir un tributo al kaki porque yo lo valgo.

El kaki es un fruto bastante conocido para los que tenemos un pie en el Mediterráneo, ya que en el País Valenciá se cultiva muchísimo. Este fruto es originario de Asia, tengo entendido que se consume sobretodo en China y Japón. Aun así se cultiva en muchísimos sitios. Su temporada es cortísima, apenas hay de mediados de Octubre hasta primeros de Diciembre, por lo que encima es exclusiva (aunque ahora casi hasta Febrero puedes encontrar).

Hay muchas variedades, aunque la mejor en mi opinión es el llamado “kaki rojo brillante”. Tiene textura gelatinosa, por eso se come así, abriéndolo por la mitad y a cucharadas. El mejor de los mejores es el que se cultiva en la comarca de la Ribera del Xuquer, que además tiene denominación de origen.  Es casi como una mermelada, sólo que sale así del árbol. Dentro de la variedad de kaki rojo hay una llamada “persimón” que aun siendo blanda no es tan gelatinosa. Además el kaki clásico deja la boca un poco áspera después de consumirlo, cosa que a algunos no les gusta (a mi m’enfot) mientras que el persimón no produce ese efecto. Hay también otra variedad llamada “sharony” condenadamente dura que no vale la pena consumir, porque encima tiene nombre de genocida.

Como en Madrid no se consume tanto ni es una fruta tan conocida, quería aprovechar que es viernes (por ejemplo) para darla a conocer.

Y que nadie se intente comer mucho la cabeza dándole salidas gourmets. El mejor kaki, partido al medio y con cuchara.

Membrillo

No se si sabéis que ahora es la temporada de membrillo. El membrillo, no haría falta decirlo, es un fruto , que viene del árbol también llamado membrillo o membrillero, o ya puestos Cydonia Oblonga. El fruto este está bastante duro. Además de sus utilidades alimenticias sirve para dar buen olor a la ropa

 

Como nadie se come un membrillo a pelo (o poca gente) a lo que llamamos mebrillo es al “dulce de membrillo” que todos conocemos.

 

El caso es que a mi me gusta el dulce de membrillo y me dio por predicarlo por ahí. Y ahora, si quieres caldo toma tres tazas, me encuentro en mi nevera con tres dulces de membrillo de diferente procedencia. Por afecto a quienes me lo han entregado tengo el compromiso de comérmelo todo, pero es tarea difícil, queridas amigas, porque ¿qué se puede hacer con tanto membrillo?. Todo el mundo toma el membrillo con queso, que es quizá lo más famoso. Pero comer membrillo con queso puede llegar a cansar. Ya lo tomo hasta con las tostadas por la mañana, pero por más que como me siguen quedando unas cantidades de membrillo exageradas para una persona humana.

Así que el otro día se me ocurrió darle otro uso. Y como se que hay muchas personas anónimas por ahí sufriendo la invasión del membrillo, como se que muchos de vosotros también recibís a diario tarteras llenas de dulce de membrillo casero y como se que estáis desesperado, os comunico lo siguiente: el membrillo rinde muy bien en la ensalada.

Al loro:

- Una bolsa de esas de lechuga con zanahoria de marca con nombre francés (que también me regalaron, normalmente yo lo compro todo por separado)

- Un poco de queso herreño canario cortado en tacos (el queso este es el que usé porque lo compré en Canarias el pasado mes de Septiembre, pero valdría con cualquier queso)

- Jamón ibérico picado (ahora voy a hacer publicidad, lo compro en “Nuevo Silvela”, la mejor tienda de embutidos de La Guindalera, calle Francisco Silvela 58, te lo dan ya picado)

-Aceite de oliva virgen extra (rechace usted cualquier sucedaneo)

-Vinagre de Módena

- Sal, porque la ensalada, ya se sabe: salada, poco vinagre y bien aceitada

- Y por supuesto, dulce de membrillo

 

El tema es muy sencillo. Es una ensalada normal y corriente, pero al removerlo todo, el dulce de membrillo, que es pastoso como sabemos, se va mezclando con el aceite y el vinagre, por lo que acaba saliendo un aliño de contrastes dulces y salados que es una maravilla.

Y lo mejor es que todo esto os lo digo ¡gratis!

Comiendo en Tenerife

Ahora sí que sí, ya no hay excusas, no vale negar la realidad: han terminado las vacaciones. Debo reconocer que fue para mí placentero currar en Agosto y pirarme cuando todo el mundo volvía, pero ahora toca reincorporarse como cualquier hijo de vecino a la jornada laboral.

Estos últimos días los he pasado familiarmente en la isla de Tenerife, en un viaje familiar que nos hemos marcado toda la tropa. Me esperaba una isla mucho peor de lo que me he encontrado. No se, algo así como la zona de Levante, una destrucción total. Aunque hay bastante destrucción, todavía conserva zonas no masificadas. Quizá sea por su afortunada geografía, por todas esas cuestas arriba y abajo, todo ese paisaje montañoso que hace que sea bastante difícil plantar urbanizaciones a saco. Aun así, algo de mierda hay. Estuvimos por ejemplo en la zona de la playa de Las Américas, que es un mamotreto destinado al turismo a lo bestia, he visto poca cosa igual, parecía Los Ángeles aquello. Donde estábamos alojados, en Puerto de la Cruz, algo de eso también había. De hecho, estaba por un lado el centro histórico, bien conservado, y justo al lado un puñado de hoteles.

A parte de eso, todo lo demás se conservaba con cierta decencia. Las ciudades grandes, como Santa Cruz o La Laguna, las fusilamos en un día, con visita al campo del Heliodoro para rematar la faena. A partir de ahí todo lo que vimos, que no fue tanto como hubiésemos querido (pero no había más tiempo) fue esencialmente rural, desde Garachico hasta Candelaria, dimos la vuelta alrededor del Teide parando en pueblos medianos y pequeños de todo tipo. Por cierto, que por una carretera tortuosa subimos también al Teide y afortunadamente el teleférico no admitía viajeros debido al fuerte viento. Digo afortunadamente, porque mi familia estaba dispuesta a dejarse estafar (25 lereles cuesta la broma) y yo no quería consentirlo, así que la meteorología fue una buena aliada.

Cuatro días dan para poco, pero aun así intentamos escapar de lo esencialmente turístico y mezclarnos un poco con la cultura de allí. Es difícil conseguirlo, pero lo intentamos esforzadamente, con el coche de alquiler metiéndonos en todo tipo de lugares.

En lo gastronómico, que es al fin y al cabo lo que más nos interesa a todos los que hacemos este blog, la visita a este país fue mucho mejor de lo esperada. Por suerte ahora en Internet hay gente que hace blogs y te va aconsejando sitios. Con eso y el instinto de haber viajado un poquito y saber cuáles son los sitios estafas y cuáles son los buenos, pudimos comer bastante bien.

Está claro que probamos las omnipresentes papas arrugás con los mojos verde y picón. Imagino que esto es algo un poco tópico, como aquel que toma paella en todas partes cuando va a Valencia, aunque sea una mierda. La suerte es que las papas, según parece, no tienen mucha complicación, por lo que aparentemente era difícil que nos colocasen “papas falsas”. Aun así, imagino que no todos los sitios eran los indicados para tomar este sencillo plato, pero mi madre estaba obsesionada con pedirlas en todas partes. De todas formas, estaban buenas aquí y allá.

Estuvimos en varios restaurantes interesantes, frecuentados básicamente por lugareños. Algunos los encontramos por casualidad, otros los habíamos visto en blogs y otro par nos fueron recomendados por un amigo de mi hermano, al que debemos hacerle un monumento: el Chusma.

Por ejemplo, en el Restaurante La Papaya, en el Puerto de la Cruz, pudimos probar una de las especialidades de la tierra, el Conejo con Salmorejo. Este salmorejo no es como el salmorejo andaluz, es una salsa picante que tengo entendido que se usa más bien como acompañamiento a platos como este.

El Restaurante “Los Garrafones” en La Victoria, es un lugar en el que básicamente se come pollo asado con mojo picón. Otra exquisitez alejada de los circuitos turísticos.

En La Carambola”, una pequeña tasca en el pueblo de El Sauzar, la comida era menos tradicional, aunque partía siempre de productos canarios. Tomamos por ejemplo batata con bacalao, unas papas explosivas con bechamel y queso fundido o solomillo con salsa de coca-cola. Este sitio me emocionó especialmente, por ser uno de estos en los que se ve que el dueño disfruta con su trabajo. El hombre sonreía mientras nos decía las especialidades de la casa y nos aconsejaba lo que debíamos pedir para no pasarnos mucho.

Por supuesto, en una isla el pescado tiene cierta presencia gastronómica. En un restaurante llamado “Miramar” en el pueblo de Garachico, probamos un pescado llamado “Sama” que al menos yo no había tomado nunca y que estaba delicioso. Aunque quizá fue más intensa aún la experiencia del restaurante “La Pimienta en el municipio de La Matanza. Allí reservamos para seis personas y nos esperaban con un mero enorme, sin más. Estos sitios me encantan, los sitios donde tienes poco margen de elección. En “La Pimienta”, si hay mero, comes mero, si hay otra cosa, comes otra cosa. Además había cuatro entrantes y poco más que decir. Al contrario de lo que mucha gente piensa, en los sitios donde hay poco margen de elección está garantizado que son expertos en lo poco que ofrecen. Hay que dejarse llevar… (por cierto, nosotros habíamos reservado, pero la gente que no había reservado tenía que ir y escoger algún pescado de entre los que tenían allí cogidos el mismo día)

Otras cosas que probamos en sitios diversos y que vimos en numerosas cartas fueron la morcilla dulce, algo que me maravilló y que nunca había probado antes, solomillo relleno de gambas y aguacate, y el gofio. El gofio debe ser el plato nacional canario, una harina de trigo y maíz que por lo visto se toma con cualquier cosa. Es como una papilla que no causó demasiado éxito en nuestra comitiva, puesto que yo fui el único que lo tomaba en todas partes. También en todas partes había queso de cabra, que lo podías tomar a pelo, frito o asado. En Tenerife hay, por lo visto, buenos quesos bastante desconocidos. Es interesante mencionar también que las ensaladas en general llevaban aguacate y melón, y que los tomates eran muy sabrosos

Una experiencia gastronómica muy interesante son los guachinches. Los guachinches son unos lugares en los que las familias te venden vino de producción propia y de paso te ofrecen cuatro o cinco cosas muy básicas para comer o cenar. Son una especie de restaurantes familiares, aunque la base fundamental de todo el tinglado es el vino, lo de la comida es acompañamiento. En general están en sitios un poco a desmano, sobretodo, según tengo entendido, en el Valle de la Orotava. Nosotros pudimos a ir a uno en el pueblo de Pinolere, “el guachinche del tío Kiko”, donde junto al vino de la casa nos ofrecieron “huevos a la estampida”, huevos revueltos con chorizo y patatas fritas. La pena es que no pudimos explorar más estos sitios, aunque intentaré volver y probar más.

A nivel postres, en Tenerife pudimos probar cosas como el frangollo, el Príncipe Alberto, el Bienmesabe (una bomba calórica) o el Quesillo, que era quizá el más popular.

Respecto al bebercio, las cervezas canarias eran malas con avaricia. La marca “Dorada” estaba en todas partes y en algunas estaba la “Reina”. Fácilmente olvidables. Respecto a vinos no soy tan entendido, pero el que más entendía de esta materia en nuestra pequeña comitiva dijo que estaban bien. A mi me sabían bien, pero empiezo a pensar que casi todos me saben bien.

Y esto es lo que gastronómicamente ha dado de sí la visita a Tenerife. Me quedo con ganas de volver a la isla porque pienso que nos faltó bastante por ver (hace falta calma para saborear las cosas, puedes ver muchas cosas en poco tiempo pero lo suyo es cogerle el saborcillo), porque la gente era muy amable y porque el acento era muy dulce. Y bueno, me quedo con ganas de conocer más lo que se mueve por ahí, pero ya volveré.

[A ver si puedo subir pronto alguna foto de todo esto]

[Me como Tenerife, uno de los blogs que nos sirvieron de ayuda para encontrar donde comer decentemente ]