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Autobuses ardientes

Ayer iba en el Circular a las 5 de la tarde. Pegaba un sol que no veas y todo era la rutina de siempre, aburrido y hasta las narices de estar sudando. Iba yo despistado en uno de estos asientos de cuatro, pensando en mis cosas y en que iba siendo hora de comprar cervezas buenas. En Doctor Esquerdo se subió una chica muy mona, que tenía algo que llamaba la atención. No era en plan cañón, pero tenía un no-se-qué. Llevaba un vestidito veraniego verde y blanco, el pelo castaño ondulado y ojos de gata remolona. Unas sandalias blancas y un tatuaje de una flor en el tobillo. El vestido en cuestión tenía un escote de estos al límite entre la discreción y el vértigo, que a nivel mental son sin duda los peores. Se había pegado una carrerita de aupa para coger el autobús y resoplaba un poco. El mencionado escote estaba humedecido del sudor y el blanco transparentaba ligeramente. Sus muslos asomaban por debajo de la falda minúscula, con esas piernas tan lindas al aire. La chica me preguntó que donde se tenía que bajar para El Corte Inglés de Castellana y esta pregunta tan tonta hizo que nos pusiésemos a hablar. Una cosa llevó a la otra y acabamos dando rienda suelta a nuestros impulsos sexuales ahí en el autobús, en medio de todo el mundo, mientras las ancianas aplaudían sin soltar el abanico.

En realidad todo esto me lo acabo de inventar ya que yo con la reina de La Guindalera voy sobrado. Lo del título de autobuses ardientes va más relacionado con una cuestión que empieza a ser una mierda y de la que ya hablé en el pasado. A ver, ¿por qué narices los asientos del fondo dan TANTO calor? Hay algo mal hecho. Si te sientas al fondo de muchas líneas de autobús debe haber algo mal puesto, debe ser que el motor está colocado por ahí, el caso es que eso emana un calor insoportable, llega hasta a quemar. Así, el personal usuario frecuente de autobús ya se sabe la historia y nunca se sienta en el fondo, pero la gente que no lo coge a menudo o no coge determinadas líneas peca de incauta, se sienta al fondo y al cabo de dos paradas no resiste más y se levanta. Con lo que quedan cuatro o cinco plazas (dependiendo del modelo) inutilizadas porque en la EMT compran unos modelos de autobús urbano que son una mierda pinchada en un palo. Ahora que rozamos los 40 grados es fascinante, una sauna para la clase obrera. Da gustico viajar así en bus oye

Cortos: 2

Imagínate que por tus oídos fluyen estas letras narradas en francés. Imagina que un galán te susurra este relato con voz melosa.

Son las 8 de la tarde y la Gran Vía de Madrid es una olla a presión. Cada vez menos comercios tradicionales conviven con cada vez más negocios multinacionales o tiendas de ropa moderna con poky-poky sonando en los altavoces. La masa estúpida consume su café en alguno de los tres o cuatro Starbucks que hay entre Alcalá y Plaza de España. Pandillas de chavales de instituto hacen cola en el McDonalds o en el Burger. Chicas con dinerito en el bolsillo gastan euros para estar a la altura en la nueva temporada de moda. Junto al cine Capitol hay un mimo con unos gatos.

Grupos de guiris rosáceos avanzan con sus mochilas. Da igual que esté a punto de llover, pues están convencidos de estar en la tierra del sol y llevan chanclas playeras. Con calcetines algunos de ellos, horror. Dentro de una hora estarán borrachos y haciendo el ridículo en plena calle.

Los agentes de movilidad ponen la banda sonora en la calle. Al tiempo que hacen indicaciones manuales dan un tono imperativo mediante toques de silbato. Un pitido largo. Muchos pitidos cortos. Pitidos secos.

Por más que los agentes de movilidad se esmeran en sus funciones, lo cierto es que el panorama no es esperanzador. Pues a los silbatos de estos buenos funcionarios les acompañan los cláxones de tantos coches hartos del atasco. En uno de los coches, don Jacinto habla por el manos libres cerrando una importante operación. En esta furgoneta blanca, Kevin escucha reggaeton. Gloria lleva un Smart pequeño con un fox terrier en el asiento de copiloto, que mira concentrado por la ventanilla.

¿Ves esa parada de autobús atestada de gente? Paran diferentes autobuses. Todos los que están ahí cogerán alguno para regresar a casa. O quizá para encontrarse con los amigos, o con su pareja. Este atractivo cuarentón tiene que ir a hacer la maleta, pues mañana sale de Barajas con rumbo a Londres. Esta señora mayor va hacia Prosperidad cargada de bolsas. Ha pasado la tarde en el cine con unas amigas y ha comprado un regalo para su nieta, que cumple 18 años. Allí hay un señor sentado que medita sobre su vida. ¿Y esta? ¿Quién es? Esta chica con aire modosito va a dar mucho que hablar.

Nuestra chica trabaja en una oficina en plena Gran Vía, casi esquina con San Bernardo. Lleva una falda gris, una blusa blanca y una chaqueta gris. Un pequeño moño y gafitas redondas. Su día laboral no ha sido muy bonito. Su jefe es un ser despreciable que de tanto en tanto le da palmaditas en el trasero y le dice “hay que estar más atento”. Sus compañeros se dedican a contar chistes machistas, a leer el MARCA y a fanfarronear. Sus compañeras son unas marujas que hablan del peinado de la infanta o de si el torero le ha puesto los cuernos a su mujer.

El jefe hoy le ha echado la madre de todas las broncas. Ha habido un problema con una compra, el hombre se ha frustrado y ha gritado a todos y cada uno de los compañeros. Y a ella, por algún motivo que sólo el conoce, le ha gritado más.

Nuestra chica está  esperando el autobús. El 2. Que la lleve a su apartamento en La Guindalera. Para poder quitarse los zapatos, para desnudarse y darse un baño caliente, para pasear cubierta tan sólo por aquel kimono regalo de su cuñado, abrir el congelador, coger una cuchara y comerse un helado directamente desde la tarrina mientras ve desde el sofá un dvd de una película de Truffaut. Va repasando mentalmente todo lo que hará, imaginando con gran placer esa humilde culminación a un día lamentable. Zapatos fuera, ropa fuera, baño caliente, kimono sobre la piel suave, congelador, helado, sofá, dvd. Luego dormiría, al día siguiente su día sería mejor.

No aspira más que a una existencia tranquila. Pasa desapercibida para casi todos, no tiene demasiado éxito con los hombres. Su familia vive en una capital de provincia de Castilla, pero ella vive sola en la ciudad. Apenas ha conocido a algunas personas. Su hermana se fue a vivir a Milan y se siente un poco más sola. Entre el tumulto de la Gran Vía, apenas nadie repara en ella.

El atasco continúa. Por la parada de autobús desfilan vehículos de distintas líneas. El 1, el 147, el 74… pero no el 2. Van subiendo y van bajando personas. En seguida distingue a los que esperan su mismo autobús. Son los que llevan ya más de un cuarto de hora. Los pitidos de los agentes de movilidad taladran su cerebro. Se cansa de esperar sentada, se levanta. Mira hacia el fondo de la calle, pero no se ve nada. Una hilera de coches, pero ningún autobús. Pasea de lado a lado. El sonido de los cláxones la va generando cada vez más ansiedad. Tiene un nudo en el estómago. Observa con rabia el paisaje urbano, preguntándose qué hace ella allí.

Pasan treinta minutos, comienza a llover. Todos se acurrucan bajo la marquesina. Especialmente interesantes son esas dos señoras que con el paraguas abierto se cobijan también ocupando el doble de espacio. Doble seguridad para ellas, si el agua traspasa el cristal caerá sobre el paraguas. Quien quede fuera, que se moje.

Cuarenta y cinco minutos. A lo lejos, se divisa el autobús. Finalmente. Pero el sistema nervioso de nuestra chica ha generado algo en su interior. Una vibración le recorre el cuerpo. El nudo del estómago apenas la deja respirar.

Se abren las puertas. El chofer tiene la misma cara de hastiado que el resto de pasajeros. Las gotas caen sobre las lunas del autobús. Cinco personas suben. El 2 está lleno.

Nuestra chica se monta. Saca su abono de transportes. Paga todos los meses para recibir un buen servicio. Toda la tensión del día se le sube a la cabeza en ese mismo instante. Se desmaya.

Abre los ojos de nuevo. Está tumbada en el suelo del autobús. El conductor le sujeta la cabeza. Un policía local llega. Avisa de que pronto llegará  el Samur. Ella se reincorpora, despacio. Hoy se ha dado cuenta de que su existencia carece de sentido. Ella no mueve los hilos. Se limita a aceptar su papel de marioneta en el gran teatro de la existencia. Todas las mañanas se levanta para aguantar a personas inaguantables. Pasa sola el día, la tarde, la noche. Trabaja en un sitio para ganar dinero. Pero para qué quiere ese dinero. El policía le pregunta si está bien. Ella le mira a los ojos. Es un chico joven, delgado. Fuera está su compañero, mirando a los lados, posiblemente en espera del Samur. Sigue lloviendo sobre la Gran Vía.

Nuestra chica se disculpa. No tiene por qué disculparse, le dice el municipal. Pero ella le dice que sí, que hace falta. ¿Por qué? Pregunta el municipal. Por esto, dice nuestra chica. Le propina un codazo en la cara con todas sus fuerzas, le roba la pistola con un movimiento que desconocía que supiese hacer y le apunta. Le pide educadamente que se baje del autobús. Apunta al compañero, que desde fuera observa sorprendido. Grita al conductor que cierre la puerta y tome el volante. Grita a los pasajeros. Vamos a hacer algo.

Indica a los policías que abran paso al autobús o todo el pasaje será ejecutado. Se usar este chisme, dice ella. Los policías intentan tranquilizarla. Indica a los policías que, si le obedecen, nadie resultará herido. Un hombre grita histérico. El resto de viajeros permanece en silencio. A más de uno no le importa morir. Ordena arrancar al conductor y este así lo hace. Hacia donde voy, pregunta. De momento sigue recto.

El autobús avanza por la Gran Vía. Los policías con la moto abren paso entre el tráfico. Nuestra chica habla con los pasajeros. No les pasará nada si le hacen caso. Hay que hacer lo que hay que hacer. Un hombre le grita, diciéndole que su barbaridad les va a costar la vida a todos. Ella dice que no quiere héroes. El hombre responde que su padre fue un héroe y que el lo será si es necesario. Pero ella le dice, simplemente, que se replantee su vida.

Cuando llegan a Cibeles, se escucha una señal procedente de la radio del autobús. El conductor le dice que eso que suena es la radio, por si no se había enterado. Pregunta que si responde. Ella le dice que lo haga. Un niño llora. Nuestra chica ordena a su madre que le de un beso. Mientras tanto apunta a unos y a otros. Pero no les va a hacer nada. De la radio sale una voz. Es un señor de la Policía Nacional. Habla con calma. Le dice que se tranquilice. Ella responde que está tranquila. Le dice que está cometiendo una locura. Ella responde que la existencia en sí misma es una locura. Que vivir tragando todo lo que tragamos es una locura. El señor de la Policía Nacional le pregunta que es lo que quiere. Hay que sacar a esas personas, no las haga daño, no le han hecho nada a usted, dígame que es lo que exige para liberarlas. Ella no medita. Quiero que venga a este autobús el responsable de transportes. La persona que más manda sobre los autobuses de la EMT. Quiero que suba aquí a hablar conmigo. El policía nacional se queda en silencio. Verá que puede hacer, le dice.

Varios coches con sirenas escoltan al autobús, que hace tiempo giró hacia el Paseo de la Castellana. Hay lecheras por todas partes y sirenas. Los viajeros apenas hablan. No nos haga daño, dice una señora. No tengo intención, dice la chica.

Vuelve a sonar el intercomunicador. El conductor responde. Vuelve a hablar el policía nacional. Le dice que el responsable de transportes ha accedido a hablar con ella por el intercomunicador. Ella le dice que no, que le quiere ver en persona. Dispara al aire, un señor mayor grita con fuerza. La chica corta la conexión. El niño llora más fuerte. Nuestra chica también llora.

El autobús continúa avanzando, despacio. Varias motos lo escoltan. Vuelve a sonar el intercomunicador. El policía habla de nuevo. Y le cuenta que el responsable de transportes no quiere que pesen vidas humanas sobre su cabeza. Que le garantice que no le hará daño, que subirá a hablar con ella si deja salir a alguien. Ella dice que le dejen quinientos metros de distancia, frenará el autobús y dejará salir a tres personas. La policía accede. Las motos frenan, el bus avanza quinientos metros por un lateral de la Castellana. La chica cumple su promesa, deja salir a tres personas. El niño, su madre y el señor mayor.

Dos policías escoltan a un señor trajeado. Ella deduce que es el responsable de transportes. Con la pistola sobre la nuca del conductor, le ordena abrir la puerta. El responsable de transportes hace un gesto de calma a los policías que le acompañaban. Sube al autobús. La puerta se cierra tras él.

La chica se pone en cuclillas. Ordena al señor trajeado que haga lo mismo. Los dos quedan fuera de la visión de los policías. La chica le pone la pistola en la cabeza. Usted no es un héroe por subir aquí, le dice. En este autobús hay un señor que dice que su padre fue un héroe. Y llama al señor que lo dijo, para que se acerque. El señor se acerca. La chica dice que todos los que están en ese autobús son héroes con conciencia dormida. Que son héroes porque cometen la heroicidad de vivir.

Nuestra chica agarra por la corbata al señor, le muerde el lóbulo con suavidad y después le susurra. Pago todos los meses un abono de transportes. Pago todos los meses por una mierda de transporte público. Todo es una mierda, mi trabajo es una mierda, mi vida no vale para nada. Sólo quiero estar tranquila en mi piso. Sólo pido eso. Sólo pido vivir bien. Sólo pido llegar a casa y tener algo de paz. Algo de paz para disfrutar lo que pago con mi esfuerzo. Usted está al mando de esto porque su partido gobierna porque hay gente que le ha votado. Y nos ofrecen una mierda.

El señor trajeado se disculpa. Dice que no se deben llevar las cosas al extremo. Que no es necesario ser así. Que la comprende. El la comprende y todo se solucionará. Nunca más habrá mal transporte público en Madrid. Ella le mete la pistola en la boca, él comienza a temblar.

El señor musita algo suplicante. Ella comienza hablar. Le dice que los que se comen los atascos son los que pagan los impuestos, los que trabajan a destajo. Que paga un alquiler muy alto para un piso del que no puede disfrutar. Que se mata a trabajar para no sabe que, mientras señores encorbatados dicen sobre esto y lo otro, sobre aquello y lo de más allá. Pero que no saben lo que es la vida. No saben nada de la vida. Educados en universidades prestigiosas, con masteres bajo el brazo y con diplomas de mil cosas, se creen que todo está en los libros.

Lo único que quiere es que a partir de mañana, deje el coche oficial aparcado y vaya por la ciudad en transporte público.

Atleti – Sporting Lisboa

Hay en los partidos un momento de tedio infranqueable que es cuando alguno de los conjuntos decide meter el autobús. Y eso sucedió ayer. Empezamos dominando con un Reyes en estado de gracia, a base de faltas acabaron con diez muy pronto (habría que plantearse si no sería necesario proteger más a los jugones que dan emoción a este juego, llámese Reyes, Messi, Cristiano Ronaldo o Quero, igual da, que reciben una cantidad de faltas por partido insufrible) y tomaron la siguiente decisión. Un portero bajo los palos. Ocho tipos encerrados dentro del área y un tipo que atiende por Liedson suelto por el centro del campo.

Con este panorama, el Atleti atacaba, chocaba con la defensa, estos lanzaban un pelotazo, Liedson intentaba algo, perdía el balón y vuelta a empezar. Si íbamos por el centro chocábamos. Kun se va de cuatro, pero no de ocho según parece. Así que centros por las bandas, ocho tipos dentro del área, patadón, Liedson intenta algo, le corta la defensa y… vuelta a empezar. Así hasta que el propio Liedson tuvo una oportunidad que por suerte no acabó en nada.

Pero no echemos toda la culpa al autobús portugués. Porque hay datos que desconciertan. Raúl García ni está ni se le espera. Simao está físicamente fundido, hay que empezar a darle descanso. Forlán, lo mismo que Raúl García, quizá no están muertos y están tomando cañas juntos. Y Valera volvió ayer a vivir en su mundo multicolor. A mi me daría vergüenza que cuando tengo que robar un balón tenga que bajar Reyes desde el quinto pino para ser él quien hace la entrada y vuelve con el balón arriba.

Y a lo tonto, van y se quedan con nueve los Leones. Lo único que espero es que esas bajas las noten en la vuelta, porque la UEFA se nos pone un poquito más difícil.

Autobuses calientes

Aunque el título de la entrada podría evocar a un autobús ardiendo en Donosti, tras una algarada de la kale borroka, lo cierto es que el tema que me preocupa está en Madrid.

¿Os habéis fijado en que la fila de atrás de los autobuses de la EMT en Madrid quema que da gusto? Sí, sí, quema. Vaya, que te sientas y te achicharras. A los dos minutos ya estás con unos sudores que lo flipas y te tienes que cambiar.

La mayoría de usuarios ya se han dado cuenta y ahora casi siempre está vacía la fila de atrás al completo. Eso significa que hay cinco asientos vacíos siempre, que no valen para nada.

No se por qué ahora pasa, me imagino que será producto de cierto modelo de autobús.

Moverse por Madrid: Calculador de Itinerarios

Como firme defensor del transporte público, llega la hora de cumplir con mi deber informativo ante todos ustedes.

Pienso que una ciudad que da primacía al transporte público sobre el privado a motor, que del transporte privado mima a la bicicleta, que quita espacio al coche y se lo da al peatón , es una buena ciudad. Ganamos todos porque hacemos ciudades más sociales al tener a la gente en espacios comunes en lugar de en cubículos personales, porque quitamos contaminación acústica y ambiental de nuestras calles y eso nos da alegría y nos quita el nerviosismo. Por muchas razones es positivo todo esto.

Hay muchas razones para no usar el transporte público. Una es la pereza, otra es el ir apretado, otra podría ser la falta de opciones (no es el caso en Madrid capital), otra la falta de información. Esto es especialmente notorio en lo respectivo a autobuses, ya que hay cientos de líneas, muchas las tenemos al lado de casa y no sabemos ni a donde van.

Para paliar esta última, hay una herramienta que yo utilizo muchísimo y que es sin embargo muy desconocida por los madrileños. Se trata del servicio de recomendación de itinerarios del consorcio de transportes de Madrid. Mediante este servicio, simplemente ponemos la dirección de partida y la de llegada (se puede poner también un lugar de interés), seleccionamos el tipo de transporte que queremos utilizar (todos, metro, autobús, cercanías) y el tipo de trayecto (más rápido, menos transbordos, trayecto óptimo)… así esto nos calculará distintas opciones para desplazarnos.

Posiblemente sea una de las herramientas de Internet que más utilizo y por eso me dispongo a cumplir con mi deber cívico y compartirla con vosotras:

Recomendación de Itinerarios

Carta desde Chicago

Queridas amiguitas:

Últimamente no para de llover. Y parece que esto de escribir cartas mientras llueve es algo muy artístico. Cuantas veces hemos visto la escena en la que la protagonista escribe a su enamorado mientras observa como una gota de lluvia se desliza por el cristal de la ventana. Pues eso.

Iowa City es una ciudad en el estado del mismo nombre que se caracteriza por ser la sede de la universidad estatal. Allí llegamos con “nuestro” Volkswagen Jetta para hacer una de las paradas técnicas de rigor. Tuvimos suerte de nuevo y encontramos quien nos alojase. Lara, una chica de raíces palestinas que estudiaba psicología y al terminar quería cometer la locura de estudiar Derecho. Insensata. Era una chica llena de vitalidad, con una intensa vida militante. Reivindicar lo palestino en los USA es muchas veces dificiles pero a ella no le quedaba otra. Junto a ella y un amigo suyo pasamos una velada muy amena. Eran gente con muchos intereses y proyectos. A su amigo le metimos en la cabeza lo de cogerse un coche de driveaway, quizá a estas alturas anda por alguna carretera local con rumbo incierto.

Si las interestatales americanas son carreteras monótonas, como cualquier autopista, otro gallo nos canta al mentar las carreteras locales. Antes de llegar a Iowa City, descubrimos el pueblo de Winterset. Este pueblo no es un pueblo del montón, no, es el pueblo donde nació “El Duque”, John Wayne. Y bien que se encargan de hacerlo notar. Aquí les va el culto al personaje. Así que tenían museo de John Wayne (en la que fue su casa natal), la calle principal dedicada a tan mítico actor y numerosas fotografías repartidas por distintos rincones. Teniendo el padre que tengo, parar en Winterset era obligatorio.

Las calles de Winterset eran similares a tantas otras calles de tantos otros Estados. Pero tenía un punto diferente. Encontramos lo que tanto buscábamos, una cafetería local. En los Estados Unidos se está produciendo un fenómeno triste. Las localidades medianas y pequeñas se están quedando sin locales familiares o regentados por pequeños empresarios. En cualquier pueblo mediano encuentras un McDonalds y las demás alternativas van cayendo. Así que el local donde se reúnen los vecinos, la cafetería o garito vecinal, algo tan básico en cualquier sociedad que se precie, va desapareciendo. En Winterset no. Tenían más de tres pequeños restaurantes y cafeterías. En el que comimos no tenía precio. Todos estos yankis con gorra y camisa de cuadros, comentando la actualidad informativa. Me hizo una enorme ilusión que en el país capitalista por excelencia quede un rincón como Winterset donde quedan pequeños comercios en pie, donde no todo son multinacionales, donde la gente se reúne en locales donde se conocen unos a otros y conocen al dueño. Será la influencia de John Wayne lo que les hace heroícos.

Después de Iowa City también encontramos localidades interesantes. Llegamos al Estado de Illinois, donde se veían pueblos más prósperos, con gran variedad de cosas y con un aumento absoluto del número de locales con nombre italiano. Cruzamos Indiana y llegamos al Estado de Michigan. Allí nos metimos a investigar los pueblos pegados al lago Michigan, como Michigan City o New Buffalo, donde pasamos la noche. Entre estos dos puntos hay una inmensa cantidad de casas junto al lago, casas preciosas con dueños indudablemente ricos. Tener una mansión tipo Brad Pitt no es algo entre mis prioridades, pero agarrar un pellizco y hacerse con una casa junto a la tranquilidad del lago Michigan, a eso es posible que no me niegue. No negaremos tampoco que los que vivían por ahí tenían una pinta de pijales tremebunda, haciendo un poco de footing y un nuevo deporte para señoras ricas entradas en edad que consiste en andar rápido. Es parecido a la marcha olímpica, pero con menas restricciones reglamentarias (imagino).

En New Buffalo nos alojamos en la mejor habitación hasta el momento. Resulta que encontramos un motel, llamado Judy’s. Preguntamos por el precio y por si tenían Internet, porque de entre todas las noches, esa era la que más nos urgía consultarlo. En las habitaciones de Motel no tenían Internet, pero tenían también camping donde había wi-fi. Pero nosotros no íbamos equipados para el camping. Tenían unas pequeñas habitaciones muy básicas, simplemente literas y nada más, junto a un sitio para hacer una hoguera. No nos parecía muy mal. Y también tenía un pequeño apartamento con baño, cocina, una salita e incluso chimenea. Eso era lo más caro. Según íbamos haciendo preguntas, Rob, que así se llamaba el dueño,nos iba rebajando el precio. Al final nos lo dejó tiradísimo. El primer pensamiento que tuvimos: “Para las horas que son, este ha visto que no viene nadie y prefiere sacarse sus 50 dolares aunque nos metamos en la habitación grande”. De primeras somos maliciosos, pero la verdad es que repensado te dabas cuenta de que el tío, que parecía muy majo, era un buenazo, porque nosotros nos habríamos ido encantados al sitio de las literas y habríamos pagado igual, el se habría llevado el dinero y sin problemas, y aun así decidió dejarnos la habitación más grande. Aplauso pues para el hostelero más majo (hasta la fecha) que hemos encontrado por estos lares.

A mediados de semana llegó el momento que temíamos, el de devolver a nuestro querido Jetta a su dueña. Aurora ya se había hecho a los controles y yo me había hecho al cómodo (y reclinable) asiento de copiloto. Por la mañana antes de dejar el coche lo llevamos a un lugar de lavado a mano. El coche estaba lleno de roña y al limpiarlo descubrimos que tenía un interesante desconchón en la pintura. A estas alturas no sabemos si su dueña se habrá quejado de algo y si eso repercutirá en nuestro deposito. Informaremos. Sea como sea, el coche lo dejamos sano y salvo en Ann Arbor.

En la ciudad de Ann Arbor nos alojaba Thom. Un estudiante de Filosofía, Ciencias Políticas y Francés (aquí puedes mezclar muchas materias). Además de estudiar francés era un total francófilo, quería vivir en Francia o Suiza. Como persona, era encantador, muy atento, agradabilísimo. La ciudad de Ann Arbor es también sede universitaria y su vida transcurre en torno al campus. Tenía muchas más cosas que Iowa City y el campus era más bonito. Por lo visto estaba inspirado en los campus ingleses, tenía un aspecto muy europeo. Tiene el auditorio con mejor sonoridad de Estados Unidos y un impresionante parque llamado “The Arbs” que más bien parece un bosque. Para no renegar de lo mío, confesaré que visité la biblioteca de Derecho, que es algo que hago cuando tengo la oportunidad porque en el fondo me gusta ver a la gente clavando codos y me entra incluso cierta nostalgia de las horas de biblioteca. Aunque para bibliotecas, lo destacado era la biblioteca general de la universidad, ocho pisos con una cantidad enorme de libros. Que pena no poder leerlos todos.

Thom era semivegetariano (comía pescado) y nos hizo una lasagna con espinacas y tofu que era para quitarse el sombrero. También era amante del vino y nos dio a probar más de una botella distinta. ¡Así es dificil no hacerse amigos!

De Ann Arbor vinimos a Chicago. Retrocedimos varios cientos de kilómetros hacia el Oeste en un autobús lleno de estudiantes que se iban de fin de semana. A destacar la re-pija sentada tras nosotros, que decía “Oh my gosh” cada dos minutos (sí, gosh y no god) y comentaba a voces mientras hablaba por teléfon que por un lado tenía a sus amigos del campus y a su nueva alma gemela, su compañera de habitación, y por otro lado a la gente latina, la coolest people que te puedes encontrar en esta vida. Esta gente adinerada cuando se hace amiga de un pobre se sienten como Elliot y su amistad con ET, algo inaudito y apasionante.

¿Qué nos trae a Chicago? Básicamente, los tejados verdes. Un tejado verde consiste en organizar una especie de jardín en los tejados de los edificios, de forma que reduce la contaminación, es más agradable estéticamente, regula la temperatura interior y otra serie de ventajas. Aurora está particularmente interesada en la materia y había una serie de conexiones que había que explotar. No se si os acordáis de nuestra estancia en Fukui. Allí conocimos a una chica llamada Sara que era de Chicago, puso en contacto cibernético a Aurora con Jerry, un amigo suyo que trabaja en el departamento de Medio Ambiente de Chicago. Se cruzaron varios emails de información acerca de los tejados verdes. Una vez llegados a Chicago, había que contactar con Jerry. Así que eso hicimos, contactamos con el. Jerry fue todo simpatía y atención hacia nosotros, nos organizó una visita al museo de ciencias naturales y a su tejado verde, tejado al que no mucha gente puede acceder. Además nos explicó distintos proyectos que tienen en su departamento para recuperar algunos ecosistemas o para hacer de Chicago una ciudad más verde. Parece que se lo toman bastante en serio, por lo visto el alcalde de la ciudad está verdaderamente comprometido con esta causa.
Paralelamente a Jerry, en Chicago tenemos también un anfitrión: Jason. Jason vive en un área llamada Franklin Park, juega al fútbol normal, habla castellano con un nivel bastante alto y es un amante de la música.

¿Os gusta la cerveza? – Nos preguntó al llegar
Sí, claro

Así conocimos un nuevo mundo, el mundo de su nevera, una nevera llena de cervezas de distinto tipo. En EEUU nos hemos llevado una sorpresa con el tema cervecero. Pensábamos que se limitaban a cervezas tipo Lager, que son las que se beben en Castilla. Si allí tenemos la Mahou (cerveza mediocre que se convierte en celestial cuando es una cañita bien tirada, ¡magia!) o la Cruzcampo, pensaba que aquí se limitaban a la Miller, Budweiser y demás. La sorpresa es que su nivel cervecero SUPERA al alemán y se ACERCA al belga. La cantidad de marcas es abismal, tienen una gran cultura de la cerveza local y las pequeñas destilerías por encima de las marcas más industriales, tienen una gran cantidad de tipos de cerveza y hay multitud de establecimientos donde venden todo tipo de marcas. De la mano de Jason nos adentramos en un mundo apasionante de zumo de cebada (siempre con moderación), sin duda la mayor sorpresa gastronómica que nos hemos llevado en este país.

Junto a su amigo Rob, Jason canta canciones mexicanas y cubanas. Escuchar a este par de gringos cantar “Guadalajara” no tiene precio. Aquí en EEUU se lleva lo que llaman el “open mic”, micrófono abierto. Vas a un bar y te pones a cantar. Decidieron que ayer era el momento para hacer una demostración y se plantaron con sus guitarras en el bar “Weeds”. La fauna de este bar era similar a la del glorioso “Café Doré”. Su sueño, un tal Sergio, era un tipo enorme con un peto vaquero y gafas de sol, tenía una busto suyo que era idéntico. En este bar había un loco poniendo videos de los Rolling Stones del año de Mari Castaña, intercalado con videos en los que a Mimi Rogers completamente desnuda le daban un masaje. Fauna local. El concierto se escuchó de Rob y Jason se escuchó de aquella manera,pero lo importante fue pasar un buen rato.

Otro agradable descubrimiento de estas tierras es el “garito americano”. Es un bar que está a medio camino entre nuestros bares de toda la vida y nuestros pubs. Abren a las 3 o 4 de la tarde y cierran a media noche o algo más tarde, de Lunes a Domingo. No son bares para el fin de semana con copas a precios abusivos, son antros oscuros en los que en líneas generales dan mucha importancia a la música, con mesas donde apoyar el codo y pasar un rato tranquilo. Por atmósfera no es como nuestros bares de tapas, por precios, tipo de gente que va, actitud y demás no es tampoco como nuestros pubs. Es un punto intermedio y necesario, complementario a lo que tenemos allí por Europa del Sur.

Carta desde Bangkok

Queridas amiguitas:

Terminaron nuestras vacaciones en ChiangKhan. Paramos allí para reponer fuerzas y creo que lo hemos conseguido.

Esta última semana fue el día de la madre en Tailandia. El día de la madre era martes y al viernes siguiente era el cumpleaños de la reina. Por lo visto todos los días de la semana tienen un color. El color del viernes es azul. Y aunque el día de la madre era martes, todo el mundo tenía que ir de azul. Nosotros no fuimos menos, nos trajeron unas camisetas azul celeste y con ellas pasamos la jornada. Lumpi, el masajista, nos invitó a su casa a cenar con su anciana madre. Vivía en una zona cercana a ChiangKhan en una pequeña casa, allí sí que no habían visto muchos extranjeros y la gente nos miraba curiosa. Fue un poco extraña la cena puesto que nos servían unas mujeres (¿hermanas de Lumpi?) que no comían nada, el propio Lumpi tampoco comía mucho, sólo comía la madre. Nosotros fuimos en tropa con la familia de nuestra casa, que tampoco comieron demasiado. Aquí me da la sensación de que cuando uno monta una cena no debe comer mucho, porque una de las veces que cenamos con los de la casa tampoco es que se hinchasen.

Después de esto fuimos a una explanada donde habían puesto una gran foto de la reina, todo el mundo iba de azul con velitas en las manos. Tiraron fuegos artificiales y cantaron canciones. La perra que tienen aquí con el rey y la reina es considerable, yo no he visto semejante culto a la personalidad en mi vida. En todas las tiendas tienen la foto del rey saludando desde el balcón, también en muchas casas, junto a otras muchas fotos de dicha persona. La más mítica es la que salen todos los parásitos reales europeos, con la Sofi de Grecia en la esquina inferior izquierda.

Al rey, de todas formas, le he cogido simpatía. Le veo en las fotos, es así delgadito, con una media sonrisa, poquita cosa, parece tímido. Pero la reina es grandota, con cara de malos humos… en fin, el día de la reina, así es como es.

Ese mismo día hicieron una velada de taiboxing en el pueblo y nos invitaron a verlo en la “zona vip”, que no eran más que unas sillas azules de estas de KAS (no eran de KAS, pero nos entendemos) junto al cuadrilatero. Lo que más nos sorprendió era la edad de los luchadores, en general todos tenían siete años, aunque vimos un combate de unos chavales que tenían unos diez. El muaytai, que creo que así es como se llama hablando con propiedad, es un deporte que tiene muchas reglas para respetar al oponente, además se ve que es un respeto real. Algunas veces ves el boxeo por la tele y al final el perdedor felicita al ganador con muy poca gana, por cumplir el protocolo. Aquí el perdedor se ve que felicita con sentimiento y los entrenadores rivales le abrazan y le dan agua. Pero aunque hay todo ese trasfondo de respeto y es todo muy ceremonioso, ver a unos niños tan pequeños meterse tamañas leches impresiona. A parte del combate, hay algo a lo que se le da mucha importancia, es una danza que se hace al principio en la que los luchadores recorren todo el cuadrilatero lado por lado y después hacen una serie de movimientos. Esto es tan importante que hasta en un momento entre combates subió una chica a hacer una danza de demostración, aunque no fuese a combatir.

Nuestros últimos días en el pueblo estuvieron marcados por las tremendas lluvias. El Mekong subió varios palmos y en algunas zonas cercanas al pueblo se desbordó. Muchos niños no podían ir a la escuela y muchos agricultores perdieron toda la cosecha. Se pasaba toda la noche lloviendo, al día siguiente mirábamos por el balcón e íbamos viendo como las plantas de los márgenes del río iban quedando sumergidas… además se veían muchísimos árboles enteros arrastrados por el agua.

Él último día en ChiangKhan, los de nuestra casa se empeñaron en que teníamos que levantarnos a las 6 de la mañana. Todas las mañanas los monjes de los templos pasean por las calles y la gente les da de comer, esencialmente “arroz pegajoso”, que es un arroz que se come con las manos y se hace bolas, y también otras cosas que tengan. Como nos íbamos a ir de viaje, nos dijeron que de esta manera Buda nos protegería. Mejor tener a las divinidades del lado de uno, así que nos dimos el madrugón y les dimos arroz, plátanos y dulces. No fue gran cosa, de hecho fue algo muy soso, los monjes ni sonríen, ni dan las gracias, ni nada, no tiene ni una pizca de emotividad, van con su cesto, lo abren y metes ahí la comida. Al primero le dimos mogollón y después vimos que venían muchísimos y tuvimos que darles bolitas de arroz minúsculas. No se si nos valió para mucho, porque ese día fue el único que comimos mal en toda nuestra estancia en el pueblo. Fuimos a un sitio al azar, de los pocos que no conocíamos, y nos pusieron una carne mala y dura que encima valía una pasta. Nosotros le dimos arroz al monje, otros marcan la casilla de la Iglesia en la renta, estamos en paz.

Al llevar allí un tiempo tan largo, ya nos conocía mucha gente del pueblo y nos iban saludando por la calle. ChiangKhan quedará para siempre en nuestra memoria, le hemos cogido mucho cariño al pueblo y a sus gentes.

Íbamos a comer mucho a un restaurante que se llamaba algo así como “Leoulé” al que rebautizamos como “Louie Louie” en honor a la mítica canción. Otro que frecuentábamos a menudo era el Choi, así se llamaba su dueño, un gran cocinero, simplemente nos sentábamos allí y le decíamos que nos pusiese lo que quisiera, el siempre nos sorprendía para bien. Era de los pocos en el pueblo con los que podíamos comunicarnos con cierta fluidez y hablábamos con el siempre que íbamos. El sitio del somtam (ensalada de papaya) y el pollo a la barbacoa era el tercero en nuestra lista de favoritos, donde Aurora perdió su cuaderno.

Por el pueblo paseaban carritos con comidas. El más comercial era el de helados Nestlé, con una canción que parecía que decía “Ice Cream mi amor”, pero el mejor heladero era un señor mayor al que bauticé como “Miquel Gelater” que vendía un helado de coco metido en pan de sandwich con birutillas de coco que estaba tremendo y valía diez baht, que no es ni dinero.

Al lado del Louie Louie había un sitio de juegos en red en el que alguna vez vimos Internet. Estar ahí rodeado de chavales jugando a juegos en red era la risa, había uno que tenía una musiquilla que parecía “Su Ta Gar” pero en tailandés, que sonaba una y otra vez, y un chaval viciadillo se la sabía de memoria y no paraba de cantarla.

Dejamos atrás también a Pui y su casa, donde pasamos mucho tiempo tomando helados y batidos y mirando el correo electrónico o escribiendo aquí, tuvimos la suerte de ser sus invitados más de una vez. No le correspondimos nunca quedándonos a dormir allí, estábamos muy bien en nuestra casa, pero le deseamos lo mejor. También dejamos atrás a otros muchos. A Lumpi, el masajista, un tipo peculiar y siempre sonriente. Al señor que vendía los salapaos, a las de la tienda de edredones, a los de la casa del Soi 14 que siempre nos decían algo cuando pasábamos aunque no entendíamos nada, a todos los chavales que nos saludaban al pasar junto a la escuela, al tipo que vendía bolsas llenas de hielo picado y café con leche… cuanta gente estupenda en ChiangKhan.

Chongruk, Tiu y Piqué, los de nuestra casa, nos trataban de maravilla. Para nosotros han sido, en estos cinco meses, lo más parecido que hemos tenido a una familia, y echando de menos a la familia tanto como echamos de menos a la nuestra, eso se agradece y aunque la familia de uno es insustituible, hicieron un más que digno papel. Hablábamos con ellos, cocinábamos, pasábamos el rato. Uno de los días nos enseñaron a hacer un curry buenísimo. A mi me llamaban “Antoni” y yo estaba en la gloria porque lo pronunciaban a la valenciana. El nombre de Aurora no sabían decirlo, la llamaban “Lola” y pese a que Aurora se pasaba su buen rato intentando explicarles, luego estaban siempre “Lola, Lola, Lola” arriba y abajo.

El último día nos llevaron en coche a la estación de autobús y yo creo que a los que casi se nos sale la lagrimilla fue a Chongruk y a mi, y es que te vas de un sitio así humilde y te dicen que has sido como un hijo y que no te olvidarán, y piensas “que habremos hecho nosotros para que esta gente nos trate tan bien, si no somos nada ni tenemos nada que enseñar ni aportar”.

Nos fuimos del pueblo de ChiangKhan con la convicción de haber dejado atrás a gente millonaria. Hay gente que mide los estándares de calidad de vida según términos muy occidentales. Esta gente no vivía en el lujo, pero en el pueblo, al menos en lo que conocimos, no había mucha necesidad. Ganaban menos que nosotros, pero todo el tiempo libre que tenían, la pachorrilla vital, lo sociables que eran, lo bien que te trataban… yo creo que un millonario en estos tiempos es quien tiene lo necesario para vivir , regado de seres queridos y tiempo para disfrutar un poco de hacer lo que le guste. Otros se matan a trabajar para ser los más ricos del cementerio. De quien más se aprende es de la gente sencilla.

El cambio a Bangkok ha sido brutal. Viajamos en el bus VIP, porque no tendremos nunca más la posibilidad de afrontar económicamente un bus con tanto espacio. Era más cómodo, pero sigue siendo bastante pesado dormir allí, porque para, enciende la luz, arranca, la apaga… nunca se descansa mucho.

Al llegar a Bangkok, ya nos encontramos a los tailandeses malos. Los taxistas empezaron a preguntarnos que a donde íbamos, nosotros les íbamos diciendo que nos dejasen en paz (teníamos urgente necesidad de ir al baño). Una vez preparados para irnos, nos pusimos a buscar taxi. Nos habían dicho en ChiangKhan que a ellos les suele costar un poco más de 100 baht hacer el recorrido que nosotros íbamos a hacer. Visto esto, siendo extranjeros, nos propusimos lograr que nos lo dejaran en 200 baht. Había un tipo que tenía organizados a los taxistas, le dijimos que más de 200 baht no pagábamos, habló con ellos y uno se ofreció a llevarnos por ese precio. Fuimos a su coche, metimos las mochilas en el maletero y nos soltó “bueno, 200 baht cada uno”. Allí empezamos a discutir con el y dejé mi mítica frase “oye, que yo soy de ChiangKhan, no soy estúpido”. El también dejó una mítica, nos dijo que con el taxímetro se nos quedaría la cosa en torno a 250 baht, pero que el nos lo dejaría en 300. Con un tipo tan amable poco puedes hacer, así que nos fuimos. Por cierto, siempre leemos en todas partes que debemos ir al sitio de taximetro, que nos activen el taxímetro que es lo más importante para que no te timen, pero nosotros no se como lo hacemos pero siempre acabamos en el taxi equivocado. Los taxistas de Bangkok y seguramente los de muchas otras ciudades son la vergüenza del país, porque luego la gente no es tan rancia, pero lo de los taxistas es tremebundo.

El propio taxista reconoció tácitamente que su objetivo de la noche era timar a alguien. Vio que nosotros teníamos cierto control de los precios, así que decidió dejarnos de lado y buscar a otro taxista que nos llevase por 200 baht. ¿Por qué el nos buscaba a otro taxista para que nos llevase por ese precio y no lo hacía el? Porque el se iba a buscar a algún primo.

El taxista nuevo yo creo que iba pedo. Decidimos ir a Khao San, que es la calle famosa por ser la calle de los viajeros. Con esos antecedentes, estaba claro que era el lugar a donde no ir. Cuando algo se hace famoso por ser “de mochileros” suele ser una mierda. Es interesante cuando no ha cogido la fama, cuando coge la fama es que ya es un circo. El taxista además estaba alcoholizado o lo que fuera y no nos dejó en el sitio.

Ahí estábamos, a las cinco de la mañana, buscando sitio para dormir. El panorama era desolador. Un inglés borrachísimo con una pilingui tailandesa, dando un espectáculo tristísimo. Pero no era el único. Un par con litronas en un tuk tuk, haciendo el idiota, otros claramente puestos hasta arriba de todo, muchísima fulana y muchísimo baboso rosaceo de mierda. Si el sitio ya ha cogido fama es que ya ha degenerado del todo.

¿Por qué decidimos venir a esta zona? Porque Agosto es un mes en el que los de couchsurfing o bien viajan o bien tienen muchísimas peticiones para alojar gente. Marie, la chica que nos alojó anteriormente, estaba fuera. Así que pensé “a ver si el liberalismo funciona”. Un sitio con tanta fama, con una gran oferta hostelera, algo decente tendría que haber. Encontrábamos o bien sitios carísimos o bien sitios que parecían ratoneras. Era difícil escoger. Al final encontramos una ratonera de mayor tamaño con baño incluido, una habitación graciosa porque está oculta, entras al hostal y tienen unas cuantas sin ventana, muy agobiantes, pero yendo por unas escaleras al fondo del local, tras el tendedero está la nuestra, de las pocas con ventana, algo más cara. Aun así, buscamos duro y no encontramos nada que fuese sencillo pero cómodo, era o todo o nada, así que la democracia del consumidor a tomar por saco. Yo no se para que me fío de estas teorías. Se supone que el mercado se autorregula y tal. En Khao San no.

Nos pusimos a dormir nada más llegar a la habitación y nos despertamos cuatro o cinco horas después, decididos a pasear por Khao San. Como era de esperar, esta famosa calle es un circo para turistas. Precios infladísimos por todas partes. En nuestra anterior etapa en Bangkok encontramos Internet a 10 baht la hora, aquí el más barato son 30 y gracias, porque muchos tienen la broma de “un baht el minuto”. Yo es lo que digo, no es por dinero, en realidad muchos precios no son tan caros, pero lo que jode es ver como lo inflan. Hay además muchísimos restaurantes “thai” a precios occidentales, a parte de un Burger Kin, un Starbucks y todo esto. Khao San es una calle mítica porque seguramente en su momento era donde estaba todo el meollo alternativo de la ciudad, donde iban a parar los viajeros y se mezclaban con los locales. Ahora hay turistas lamentables bebidos o a punto de serlo y los tailandeses más pesados que he encontrado. Y si, es impactante porque venimos de un pueblo muy tranquilo, pero la otra vez que estuvimos en Bangkok no nos llevamos esa impresión tan negativa de tener gente que te da la brasa para todo, es cosa de este barrio. Cuando un lugar ya ha cogido toda la fama, es que ya no tiene nada que ofrecer. Teníamos que venir a verlo con nuestros ojos, ya lo hemos visto.

Como suele pasar, hay que desplazarse un poco para encontrar cosas interesantes. Es lo que pasa siempre. La Gran Vía de Madrid se va quedando sin comercios de los que siempre estuvieron ahí, pero si callejeas los encuentras. Aquí pasa lo mismo, hay que moverse un poco para encontrar restaurantes a precio local y con gente local, o comercios locales o lo que sea. Es triste que todas las calles importantes de todas las ciudades del mundo acaben siendo el mismo espectáculo lamentable de turistas ridículos y multinacionales a tuti. La gente no se plantea esto, el mundo se va a la mierda. Creo que este planeta tiene poco más que ofrecernos, no se que queda por inventar, cuando todo en todas partes acaba siendo lo mismo, creo que la especie humana ha alcanzado su techo de necedad, nadie tiene voluntad de recular, ya hemos superado la media de existencia de otras especies animales… siempre nos quedarán las calles aledañas. Aquí en la zona de Khao San, es lo único interesante. Si alguien me hace caso, que lo dudo, yo diría a quien viaje a Bangkok que si tiene curiosidad por ver Khao San, que se busque alojamiento en otra parte y se venga un día en un tuktuk o en un taxi, haciendo lo máximo para no ser estafado. Creo que no vale la pena hacer lo que hemos hecho, alojarse en el barrio. Con tanta fama no podía ser bueno y lo sabíamos, pero aun así lo intentamos y fallamos. No aprendemos.

Así damos prácticamente por finalizada nuestra estancia en Tailandia, a falta de un par de jornadillas. Bangkok en general no está mal, lo que vimos la vez anterior nos gustó más, era muy caótico pero tenía algo especial. ChiangKhan es un remanso de paz del que no hablaré más, no me gustaría contribuir a que se visitase por mala gente, pero lo bien que hemos estado, lo contentos y tranquilos que hemos estado, ya ha quedado aquí escrito.

Ahora las vacaciones se terminan y volvemos al camino. Una pista: Incheon.

Carta desde Seúl

Queridas amiguitas:

En Corea, el medio de transporte más eficaz es el autobús. También el más suicida, porque los choferes arrean que da gusto. Lo cierto es que hay múltiples conexiones entre localidades y prácticamente puedes llegar a donde desees, a veces dando varios saltos.

En autobús es como llegamos al pequeño pueblo de Sinnam y tuvimos la oportunidad de conocer algo del mundo rural coreano. Este área, además de ser rural, es un área bastante militarizada, puesto que está relativamente cerca de la “zona desmilitarizada”, que viene a ser el territorio que divide a la nación coreana en dos Estados con distinto sistema político. Como en la zona desmilitarizada no hay militares, están todos justo al lado de dicha zona. Total, que el área de Sinnam está llena de cuarteles y uno no debe extrañarse al ver todo el rato “jeeps” y camiones de aquí para allá.

Nos acogía Aaron. En Corea ya sabéis a lo que se dedica, y en Estados Unidos vivía en el estado de Pensilvania en un pequeño condado habitado por 6000 personas, así que estaba bien contento viviendo en una zona similar. Aaron es de los anfitriones más interesantes que hemos tenido. Para pagar sus estudios se metió al ejército profesional y le ordenaron acudir con su unidad a Irak. El se presentó en el cuartel y su sargento le echó la bronca por presentarse, porque la siguiente semana tenía exámenes finales de la universidad. Claro, a Aaron no le hacía mucha gracia ir a Irak, pero se empezó a comer la cabeza pensando en la posibilidad de que el sargento estuviese patinando, porque no había ninguna orden que dijese lo contrario. El sargento le decía que se fuese, el decía que no podía desobedecer ninguna orden, porque no sabía si prefería acabar en Irak o en una prisión militar, total que al final convenció al sargento para que le firmase la orden para no ir a Irak (además su unidad era la que estaba destinada a sustituir a los tristemente célebres torturadores de Abu Graib) y se salvó del marrón in extremis.

Algunas os preguntaréis que por qué el chico se quería salvar de ir a Irak si estaba en el ejército. Bueno, en realidad el estaba en la reserva, no es exactamente lo mismo. Os lo explicaría, pero carezco del vocabulario técnico necesario y no quiero meter la pata. Lo que pasa con la reserva es como su nombre indica, que al final hay que tirar de las reservas cuando hace falta y en EEUU con su política de “me invento armas y luego te invado y Ansar me sigue” al final manda todo lo que tiene.

El tema militar nos dio para muchas conversaciones interesantes porque el padre de Aaron estuvo en la guerra de Vietnam y tenía estrés postraumatico. Claro, nosotros nos preguntábamos, si su padre está con ese problema, quien le manda seguir sus pasos. El nos dice que fue un error de juventud que no volvería a repetir, ya que lo vio como una manera de ganar dinero rápido. De todas formas, el tema le interesaba y era todo un experto en la II Guerra Mundial, a mi me regaló un libro sobre el desembarco de Normandía que ya me estoy terminando en estos momentos.

La zona de Sinnam en la provincia de Gangwon-do es una de las menos densamente pobladas de Corea. Se dedica básicamente al cultivo de arroz y a la agricultura en general, además de tener una actividad de pequeño comercio inaudita para la escasa densidad de población que tiene. El motivo de esto no es otro que el de las numerosas bases militares que hay en la zona, ya que los militares tienen que hacer sus compras, comer, cortarse el pelo o lo que sea.

Nuestra actividad allí se centró en llevar una vida contemplativa. Aaron se iba a la escuela todas las mañanas y nosotros nos quedábamos leyendo en casa. Luego íbamos en el autobús local al núcleo urbano de Sinnam (nosotros estábamos en medio del campo) y nos encontrábamos con Aaron, para comer algo por ahí.

En lo gastronómico, varias novedades. La primera, los fideos fríos. Hacen una especie de “soba” como los japoneses sólo que la ponen fría con vinagre y azucar. Curioso. La segunda, el momento que todos estabais esperando. Sí, comimos la célebre “boshintang”, que no es otra cosa que sopa con carne de perro. Con esto me he ganado, me temo, el carnet de carnaca (un saludo al FLA) para siempre. ¿Qué que tal? Pues nada, tanta polémica y al final todo sabe a un estofado de carne sosa. Es algo que se come sin notar demasiado el sabor a nada, sin más. Es mejor la sopa y las tapas que ponen que la propia carne en sí misma. Aurora decía que olía a perro sucio, pero también dice que los riñones saben a pis y creo que nunca ha bebido pis, así que me temo que la imagen mental que se creó del tema perro le hizo una jugarreta sensorial. No creo que lo tome otra vez salvo que me inviten porque no era nada del otro mundo. Los coreanos dicen que cuanto más sopa de perro tomes, más potencia sexual tendrás. Así que quien sabe, igual volvemos a casa con sobrinitos para Miguelito, gracias a alguna lassie coreana.

En Sinnam estuvimos bastante bien porque creo que es donde mejor saboreamos la vida en Corea, y no lo digo por el boshintang. Estábamos en un valle precioso al que bautizamos como el valle de la cabra. Todo se debe a que una mañana hicimos una pequeña excursión a una tienda para comprar algo de comida. Para llegar ahí teníamos que ascender por un sendero. Resulta que el sendero daba a la propiedad de un granjero y el granjero tenía, haciendo funciones de perro guardián, a una cabra. Ustedes dirán que no, que simplemente la cabra estaba ahí atada y no tenía nada que ver con funciones perrunas. Pero la cabra estaba claramente vigilando la entrada del sendero. Según llegamos, vino corriendo hacia nosotros balando y mirándonos con rostro criminal. Si hubiese sido un perro habría hecho lo mismo, sólo que ladrando. Por suerte una cuerda la impedía llegar mucho más lejos. Pero no hacía más que beee, beee, beee y mirarnos mal, encima era bizca la tía. La bautizamos como la cabra Lucera (original, lo sé) y en su honor decidimos bautizar al valle como el valle de la cabra. Nos gustaría jugar por una vez y sin que sirva de precedente el papel de conquistadores castellanos y que el valle en adelante se llamase así y apareciese así en los mapas, como Valle de la Cabra. Igual que hay un río llamado Colorado y unas ciudades llamadas El Paso o Florida, no se por qué no se iba a llamar este valle “Valle de la Cabra” o sencillamente toda la provincia pasar a llamarse “La Cabra”.

Mucha gente del pueblo al vernos rondando por ahí se acercaba a hablar con nosotros y a decir “nice to meet you”, que es su frase favorita en inglés. A todos les decimos “hola hola” y así se queda la cosa. Alguno es capaz de contarte cosas, especialmente de fútbol. Este fue el caso de un militar admirador de Fernando Torres. Y de un chaval al que llamaban todos “Potato” que no sólo era seguidor del Atlético de Madrid, sino que me relató su admiración por el Kun Agüero y se mostró enormemente feliz por habernos clasificado este año a la Liga de Campeones. Este chaval estará para siempre en mi corazón porque es el mejor que he conocido en todo el viaje. Es que a uno le jode que le digan en todas partes el consabido “Real Madrid, Raul…” .

Después de comer, solíamos irnos a la única multinacional del pueblo, el “Family Mart”, que es un comercio del tipo “Seven Eleven”, con un poco de todo y un mucho de nada. En Corea lo divertido de estas cadenas es que sirven de terracitas. Entras al local, te compras una cerveza o un refresco y tienen mesitas fuera para que lo tomes ahí. Y nosotros, pensando en toda la gente que estará en Madrid en las terrazas, teníamos que hacer eso aunque fuese en una multinacional. Allí comentábamos con Aaron las costumbres coreanas. Aaron decía que le encantaba la zona, pero que no podía lidiar más con el sistema educativo coreano porque los chavales están muy robotizados. Además estaba cansado de los mitos que se crean los coreanos. Uno es el ya comentado de la potencia sexual de la carne de perro. Otro es que si comes mucho kimchi, tu salud será de hierro. Viendo mi estómago ultimamente, lo dudo. Pero el mejor de todos es la teoría de la “muerte por ventilador”. Los coreanos piensan que si duermes con un ventilador encendido, morirás. El motivo de esto es que según cuentan el ventilador al remover todo el aire acaba consumiendo el oxígeno y es sabido que sin oxígeno no se puede vivir. Lo curioso del tema es que cuando hay olas de calor y muere gente debido a ello, todos piensan que es que han usado el ventilador ,“algo habrán hecho”.

Una costumbre coreana que tenía loco a Aaron es la obsesión por el juego de ordenador “Starcraft”. Es tal la obsesión que incluso en las escuelas organizan torneos de este videojuego, que dicho sea de paso es un videojuego de hace diez años sin actualizaciones ni nada por el estilo. Pero bueno, el ajedrez es más antiguo y la gente juega, y el go mucho más.

Los últimos días estuvo con nosotros en la casa de Aaron una chica llamada Sonia que está viajando por toda Corea buscando los mejores sitios para escalar para hacer un libro al respecto. Nos parecía muy interesante su búsqueda, en el fondo los viajeros que más admiramos son los que viajan buscando cosas, rollo explorador.

Os comenté la semana pasada que seguramente no haríamos más autostop. Bueno, pues mal hecho, porque volvimos a las andadas. Nos despedimos de Aaron y Sonia y salimos hacia Seúl a dedo. Los motivos de esto son esencialmente dos. El primero es que justo al lado de la casa de Aaron estaba la carretera que iba directa hacia Seúl y estábamos sólo a 136 kilómetros de la capital, así que era muy tentador. El segundo es que llovía a cántaros y en tales condiciones no se nos ocurría nada más inseguro que viajar en autobús, dado el grado de temeridad de los conductores.

Con la lluvia torrencial salimos y encontramos un coche que nos llevó directamente todo el camino. Un tipo de pocas palabras. Le preguntamos su nombre y ni nos contestó. A mi me gusta imaginar que era un espía coreano en misión especial y por eso no nos desvelaba su identidad. Salía del cuartel en Sinnam hacia Seúl a hablar con el Estado Mayor para transmitir una importante información acerca de una trama dirigida por un grupo secreto en el seno del ejército llamado “Colectivo Juche” partidario de la unión con Corea del Norte y la proclamación del juche como ideología de toda la nación y el amor total hacia el gran líder. En su labor de contraespionaje, vestido de paisano, en medio del diluvio se encuentra a dos viajeros desvalidos. Les mete en el coche y descubre con horror que uno de ellos lleva simbología antisistema prendida de su mochila… ¡quizá es un agente extranjero al servicio del lider Kim! ¡Mejor mantener silencio!. Total, que sólo nos dijo tres palabras al final del viaje para desearnos buena suerte. A mi me sabe muy mal cuando no hablamos mucho con el conductor, porque siento que no les aporto nada ni siquiera un poco de entretenimiento en un viaje que harían solos de no ser por nosotros, pero si no quieren hablar, tampoco hay que forzar, además con los idiomas la cosa está dificil.

Empapados pese a contar con chubasquero y paraguas nos metimos en el Metro y llegamos a casa de nuestros nuevos anfitriones, Nathan y Rachel, una pareja estadounidense que dentro de varios meses comenzará su propia vuelta al mundo.

Lo de la temporada de lluvias es de traca, porque tenía que haber acabado hace más de una semana. Pero claro, durante la propia temporada no llovió demasiado y ahora está lloviendo todo el rato. En Seúl de todas formas, como sabéis no estamos haciendo turismo, pero teníamos que hacer varias gestiones y eso es lo que nos mantiene ocupados.

Una de las cosas que hemos hecho es visitar el barrio de Itaewo, que es el llamado “barrio extranjero”. Nosotros pensábamos que sería un barrio lleno de yankis e ingleses. Los hay. Pero hay de todo, indios, pakistaníes, africanos, chinos, rusos… muy interesante zona de la ciudad. Allí hemos buscado nuevos libros que leer y me he comprado unas impresionantes bambas de marca “Tommy Atkins”, una clara copia de Tommy Hilfiger con pinta de Adidas pero con más rayas en el lateral… por supuesto, made in Korea y vendido en una tienda de chinos. Las tiendas de chinos son la sensación, cuando preguntas por el precio de algo te meten por unos pasadizos para acabar en un sótano lleno de zapatillas de marcas raras, tipo Buma (en plan Puma), Kanguroo (esta no se que imita), The North Race (North Face) etc. En fin, divertidísimo. Estos por lo menos venden a precio decente, aunque todo lo que tienen es horrible. Pero una chica nos intentó vender unas Reebok claramente falsas a 100.000 wones (10.000 pesetas, 60 euros) diciéndonos que era la gran oportunidad de nuestra vida. No sólo eran falsas, sino que eran del año de la tana, de estas con cámara de aire enorme… en fin, increíble.

Para entretenernos, algo que hacemos es visitar los supermercados. A parte de emocionarnos por todas las cosas distintas que se pueden encontrar, lo que nos gusta es que está lleno de sitios de degustación. Así que la cena de hoy nos la hemos organizado así, plantándonos en el supermercado y comiendo un pincho de esto, un pincho de aquello, un poco de hamburguesa, salchicha, tofu… y de beber un vaso de Coronita y otro de vino argentino. Para culminar, granizado de naranja. Si amigos, así funciona un supermercado coreano. Los mejores, los niños. Todo el mundo se acerca con disimulo, con cara de “bueno, en realidad yo NO llevo una hora comiendo pinchitos gratis, sólo quiero probar esto porque estoy verdaderamente interesado” (mentira, pero lo hacen los coreanos y nosotros). Pero los chiquillos, se lanzan con todo descaro y algunos se ponen to gordos, se comen cinco o seis pinchos de lo mismo y no se cortan un pelo.

Con esta carta, doy por finalizada la primera etapa de nuestro viaje. Aunque nuestro lema era “Madrid – Tokio – Madrid”, creo que Seul va a ser un punto de inflexión.

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Este es un mensaje para Chicho: Chicho, ponte en contacto con tus amistades y conocidos en Madrid. La gente me escribe y me pregunta si se algo de ti, y que yo sea el que más sabe de ti en los últimos cinco meses, estando en Seúl…. tiene delito. Te echan de menos. Y mándame cositas al email, carámbanos.

Carta desde Daegu

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Recuerdo a todos que estoy desarrollando una votación popular, con el mismo éxito que el referendum de la Constitución Europea o el del Estatut juntos, en este apartado clic. Ya veremos lo que da de sí, si es que da algo de sí

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Queridas amiguitas:

En Corea, ser extranjero es casi como ser una atracción de circo. Especialmente en una ciudad mediana como Yeosu. Todo el mundo te mira sin ningún tipo de disimulo y los chavales incluso te detienen para decir “hello” o “bye bye”. Que triste que por no tener ojos rasgados todos piensen que debes hablar inglés. Nosotros replicábamos “hola” y “hasta luego”.

En Yeosu gozamos la oportunidad de tener un apartamento propio. Gillian tenía que cuidar el apartamento de sus amigos que estaban de viaje, lo que imagino que implicaba desde regar las plantas hasta pasear al perro.

El calor en Corea empieza a ser un asunto serio y nos está condicionando enormemente. Las temperaturas rondan los cuarenta grados, si bien no los alcanzan, pero la humedad hace el resto. Como yo siempre me quejo del calor (y de muchas otras cosas) no me fío de mi propio criterio. Lo que me tiene preocupado es que es Aurora la que se está quejando bastante del calor. Eso significa que hace calor. Mis percepciones subjetivas en algunos temas las supedito a lo que diga Aurora. El calor es una de ellas.

Debido a esto, últimamente no estamos haciendo demasiado. En Yeosu nos dedicamos a pasear por la calle grande que llevaba hacia una playita con un templo. Los coreanos hacían lo propio y se resguardaban bajo la primera sombra que encontraban. No da el tiempo para mucho más. Para rematar el calor, uno de los días se nos hacía imposible encontrar algún sitio con agua fresca y como mínimo un ventilador para darnos algo de tregua. Al final encontramos un lugar en el que nos pusieron de comer bulgogi, carne a la plancha con tallarines. Un almuerzo potente que nos subió la temperatura varios grados.

Con Gillian sólo estuvimos la última tarde. Sus amigos cambiaron varias veces la fecha de vuelta, así que ella tuvo que quedarse más tiempo cumpliendo sus funciones de guardesa. El último día estuvimos con ella y nos llevó a la pequeña isla de Odongdo, una isla comunicada con Yeosu por un puente. En esta isla hay vistas de toda la ciudad, un camino de reflexología (algo muy común en Corea, piedrecitas en el suelo para que camines descalzo sobre ellas), un parquecillo y una fuente con un espectáculo de luz y color. Lo de la fuente no tenía gran misterio. Ponían una música clásica y salían chorros de agua alternativamente con focos de distinto color. Como el Palacio de la Granja pero más moderno. Era muy cursi,pero nos cogió en un día cursi y nos pareció hasta bonito. No se me cayó la lagrimilla de milagro.

De Yeosu nos desplazamos a la ciudad de Gwanju. Esta ciudad es clave en la historia de la mitad sur de Corea por ser donde se centraron un gran número de protestas contra la dictadura militar. Volvimos a dejar el autostop de lado, si bien por un motivo distinto. Nuestro siguiente anfitrión nos dijo que intentásemos llegar a las 13:30. Cómo no queríamos jugar con el tiempo, fuimos a lo seguro.

Este autobús fue mucho más sencillo y seguro que el anterior que cogimos en Corea. Una vez en la ciudad de Gwanju, el transporte público nos dejó junto a la plaza de la Democracia, en la que nos encontramos con Michael.

De profesión obvia a estas alturas, Michael había estudiado cine especializándose en guión y animación. Con el dinero que ahorrase pensaba rodar los primeros minutos de un proyecto de animación que luego tendrá que presentar a la productora pertinente para ver si sale adelante. Se lo va a jugar a una carta. Aurora le aconsejó que lo hiciera, yo no llegué a tanto porque prefiero no aconsejar a nadie que se gaste todo su dinero. Luego me vienen remordimientos.

El calor en Gwanju era aun mayor que en Yeosu. Y además la comida picante empieza a pasarnos factura. Estamos atravesando momentos estomacales que mejor no relatar, en nombre del buen gusto, a nuestros queridos lectores. Aurora mantiene la prudencia, pero a mi me ponen un poco de kimchi y no se decir que no. Con este panorama, no hicimos mucho más que estar en casa.

Salimos a la calle pocas veces. La primera de ellas, visitamos una institución coreana: el DVD Bang. Bang quiere decir habitación. Por lo tanto, habitación del DVD. Son unos negocios en los que vas y seleccionas una película en DVD que luego ves en una sala con un sofá muy confortable y una pantalla gigante. El precio no vale la pena, pero queríamos probar. La mayoría de los coreanos le dan un uso muy distinto al que le dimos nosotros. En Corea no puedes casi ni acercarte con tu novia a casa hasta el momento de la boda. Así que los coreanos se piden la película más larga que encuentran, se meten en su “bang” y el resto lo podéis imaginar. Nosotros vimos “Old Boy”, la última gran película del cine coreano. Muy impactante. Tan impactante como que el dependiente del DVD Bang no la conocía. Suerte que es la más famosa que se ha hecho en Corea hasta la fecha, junto a un par más. Coreanos…

También paseamos por las calles céntricas de la ciudad. Unas calles llenas de pequeños comercios de escaso interés, puesto que la mayoría eran de ropa y al final era lo mismo en todas partes. Si algo destacaba era la ropa interior con el dibujo del billete de 10.000 won que por supuesto me compré.

Con Michael pasamos mucho tiempo hablando de series y películas. También salimos a cenar varias veces, en general a los “kimbab”, que son los sitios de comida rápida y barata coreana. El kimbab es un rollo de arroz en una alga, tipo maki sushi pero diferente. Otros de los platos que sirven son el bibimbab, arroz con huevo y verduras, el tokpoki, pasteles de pasta de arroz picantes, o las mundu, que son las empanadillas. En general estos kimbab son la base de nuestra alimentación. Además probamos pollo frito al estilo coreano, que es un pollo rebozado con una serie de especias (la nuez moscada es la que más se hace notar… les va la marcha a esta gente eh superpaguer), y el payong, que es una especie de torta con verduras y pulpo, muy rica. Además nos pusimos finos de una pasta picante, lo cual repercutió en nuestros estómagos y en la mala leche que me ha acompañado los últimos días. Y lo peor es que es culpa mía.

De Gwanju fuimos a Daegu. Esta vez sí, en autostop. Fue relativamente fácil. Encontramos un sitio idóneo para que parasen coches. Tan idóneo era que los propios coreanos se citaban allí con sus amigos para que les fuesen a recoger, según pudimos comprobar. Tenía algo de peligro porque no era más que un arcén grande lleno de coches haciendo maniobras. Varias personas pararon para encontrarse con sus amigos y nosotros pensábamos que paraban para encontrarse con nosotros. Hasta que uno lo hizo. Se llamaba “Juan”. Bueno, no se llamaba Juan, pero el nombre sonaba parecido y así es como pasará a nuestra historia. Nos enchufó el aire acondicionado a todo meter y no nos quedamos congelados de milagro, pero era un tipo simpático que nos hizo todo el camino en un sólo tramo. Más no se puede pedir. No invitan a te o a comer, como los japoneses, pero conducen a más de 100 por hora. Tardamos algo más de dos horas en hacer 250 km. En Japón eso podía haber supuesto seis horas.

No sabemos si este habrá sido nuestro último autostop en un tiempo largo. Ya os enteraréis. Los motivos son variados. El primero es que estamos perretes. El segundo, que hace muchísimo calor y estar parado en un arcén con el sol pegando duro no nos hace mucha gracia. El día que vinimos a Daegu apenas estuve 30 minutos con la mochila a la espalda, quizá menos, y ya la tenía chorreando de sudor. Nos puede dar un jamacuco. El tercero es que la última semana hemos estado muy piltrafillas entre los dolores de espalda, pie, estómago… así somos de flojos. Y el cuarto es que a todo eso podemos añadir que los billetes de autobús en Corea, sin ser regalados, tienen un precio bastante razonable. En fin, queríamos probar como funcionaba el autostop en Corea y lo probamos. Si lo haremos más, ya se verá…
En Daegu nos encontramos con nuestro siguiente anfitrión, Bron. Por no decir su profesión actual, diremos mejor que es arquitecto y que ha recorrido todos los Estados Unidos en bicicleta. Y que ahora está aquí, como tantos otros, porque no tenía nada mejor que hacer. Tiene la particularidad de que no tiene teléfono móvil, así que tuvimos que buscar su casa y esperar que estuviese el ahí. Efectivamente, estaba.

Para seguir nuestro camino de la estupidez alimenticia, volvimos a hacer de las nuestras. Nos metimos en un restaurante. No nos entendíamos con la camarera, una amable señora. Así que conseguimos que captase que queríamos que nos pusiese comida, la que fuera. Apareció con una paella llena de panceta con cebolla y una salsa muy picante. Nos la comimos, claro. Así que seguimos con una fiesta en nuestros intestinos de cuidado. Por eso lo único que hicimos en los primeros días fue salir a comprar alguna vez y jugar a un juego de mesa llamado Propolis consistente en conseguir recursos y construir ciudades.

Ya recuperados minimamente de nuestras molestias estomacales, esta mañana hemos salido a tomarle el pulso a la ciudad de Daegu. Hemos tenido unas últimas comidas muy blandas. Aquí están de moda las tostadas. Hay muchos locales de tostadas, básicamente son de sandwiches con el pan tostado rellenos de cosas variadas bastante suavecitas. Respecto al centro de la ciudad, tiene bastante más vida que la que tenía Gwanju, además de una mayor variedad de negocios, aunque tampoco nada del otro mundo. Interesante para dar un paseo y poco más. Quizá lo más interesante para pasear por la ciudad es la rivera del río.

Esto es lo que ha dado de sí esta última semana. No demasiado, pero es lo que hay. La nota más destacada de esta semana es que me he arreglado MÍNIMAMENTE la barba que tantas sensaciones está despertando allende los mares. Tenía mis dudas acerca de su mantenimiento, pero un gran amigo me dijo que Klaus ordena que me deje la barba durante todo el viaje. Y no puedo desobedecer a Klaus. Por eso sólo la he adecentado un mínimo. Me llegan emails de amigos que se están dejando también crecer la barba debido a mi constancia. No puedo más que animarles a que resistan el verano con entereza y en invierno tendrán el placer de mantener su rostro cálido como una tarde junto a la chimenea cantando villancicos.

Carta desde Yeosu

Queridas amiguitas:

Esta carta y todas las que se escriban dese Corea van dedicadas al señor Dani Lucas. Por su compañerismo en la facultad, por lo que se está currando su oposición sudando la gota gorda, pero sobretodo por ser quien me introdujo en el mundillo de la cocina coreana, de la que vamos a disfrutar las próximas semanas.

Nuestros últimos días en Japón los pasamos como sabéis en la ciudad de Fukuoka, en casa de Peter y Kaori. Peter era profesor de inglés en la universidad. La diferencia entre los profesores de inglés de universidad y los de instituto se aprecia fundamentalmente en el tamaño de sus casas. También era licenciado en Filosofia y tenía muchos libros interesantes. Tenía una hija de tres años a la que no conocimos porque estaba pasando unos días en casa de sus abuelos. Kaori había vivido en Singapur durante siete años, en los que fue profesora de japonés.

En su casa tradicional japonesa recibimos un trato estupendo. Kaori era adicta al mundo del manga y del anime, así que vimos varias películas como Lupin en el castillo de Cagliostro y Tokyo Godfathers. La primera es por lo visto mítica en la historia del anime. La segunda es más actual, nos dejó impresionados tanto la historia como la técnica, avanzadísima para nuestros ojos profanos. Otra que vimos fue Paprika, muy rara.

También nos aconsejó sobre mangas para leer y nos compramos un par de ellos. Uno que me compré era “Monster”, que es un thriller muy interesante. Además del comic, hay serie anime y tendré que hacerme con ella porque sólo tengo el tomo 1 y tengo que ver como continúa. Trata sobre un doctor japonés que está en Alemania y es un cirujano buenísimo. Pero es utilizado por el director del hospital, que no sólo se atribuye todos sus éxitos sino que para conservar sus amistades altera el orden de llegada de los pacientes. Así obliga al doctor a que opere a una famosa cantante de ópera antes que a un obrero que había llegado antes. Esto le pesa en la conciencia al doctor, así que más adelante cuando se le presenta otra situación similar, decide desobeder al director y salvar la vida de un pequeño muchacho en lugar de la del alcalde de la ciudad. Esto le causará todo tipo de problemas y detendrá su progresión médica, peor lo peor es que pasados los años el muchacho se convierte en un asesino en serie…

El argumento es bastante prometedor. Lo que he visto de la serie (por supuesto, la tenían en dvd en casa de Peter) son capítulos muy bien realizados, con una interesante trama, con muchos personajes con muchos claroscuros… en fin, me tendré que hacer con la serie completa al regresar a casa.

En Fukuoka también volvimos a cocinar nuestros platos típicos (no por ser típicos de nuestra tierra, sino porque empiezan a ser típicos de Aurora y míos, pero son los únicos para los que encontramos los ingredientes). La novedad destacada fueron los tres litros de sangría que preparamos, y es que el veranito ya despierta los sentidos…

Sobre la ciudad de Fukuoka, es muy parecida a todas las ciudades japonesas, aunque tiene un algo especial. Parece más limpia (lo que es dificil en Japón), con más naturaleza, más protagonismo del peatón… tienen el impresionante edificio del Across Fukuoka, con un tejado verde que es como una gran escalera de jardines al que se puede acceder a pie de calle para subir hasta el último peldaño y divisar toda la ciudad.

Así terminó nuestra estancia en Japón. Un país muy interesante que verdaderamente nos ha gustado y nos ha sorprendido en general muy positivamente.

De Fukuoka salimos en barco hacia Busan en Corea. Tuvimos que coger el barco exprés, el más caro, porque como viene siendo nuestra costumbre, el barco que queríamos estaba en tareas de mantenimiento por diez días. Así que a soltar yenes, total, por unos cuantos miles más… Del barco poco puedo contar porque la pastilla del mareo tenía en sus componentes algo que te dejaba k.o, así que fue tomármela y quedarme grogui.

La entrada en Corea, muy simple, como deberían ser todas. Enseñar el pasaporte y dentro. Teníamos que hacer tiempo para encontrarnos con Michael , nuestro anfitrión. Nuestra primera idea fue pasear por la ciudad, pero la lluvia torrencial nos hizo quedarnos en la terminal de ferry. No nos apetecía ir con las mochilas calados hasta los huesos. Esto de la temporada de lluvias es curioso porque lo mismo cae un chaparrón que hace un día soleado y muy caluroso.

En la terminal de ferry tuvimos nuestro primer acercamiento a la comida coreana. Fue muy testimonial porque acabamos tomando tallarines, que es algo no exclusivo de Corea. Pero nos encontramos con el kimchi, que es una especie de repollo con una salsa picante. Este kimchi te lo ponen en todas partes a modo de tapa, pidas lo que pidas te ponen un platito con kimchi. Otra novedad fueron los palillos metálicos, en Japón siempre eran de madera.

Cuando llegó la hora, salimos hacia el encuentro con Michael. Nos dirigimos en Metro hacia donde el nos había indicado. En la sala de espera de la terminal y en el propio Metro pudimos ver una diferencia con Japón, como es el hecho de que la gente es más ruidosa, levanta más la voz, ríe a carcajadas y tiene contacto directo con otras personas, se abrazan, se tocan el hombro al hablar, etcétera. Otra sorpresa del Metro fueron las máscaras antigas que tienen preparadas por si el amado líder Kim lanza un pepino desde el norte y se lía parda. Choca la primera vez que lo ves.

Michael nos dijo que cogiésemos un taxi, que es algo muy barato, pero al final el taxi, tras ir en Metro hasta donde nos dijo, nos costó un pastón. Una pena porque en Corea los precios son realmente más baratos que en Japón, pero ya por el tema del taxi gastamos más de la cuenta. Michael no vivía en Pusan propiamente, sino en Jangyu, una ciudad dormitorio.

Como cabe esperar, Michael era profesor de inglés. Vivía en un apartamento bastante decente pagado integramente por la academia que le tiene contratado.

Salimos a cenar con el, su amiga McKenzie (una chica majísima) y su novia coreana a un sitio muy interesante al lado de su casa. Una especie de merendero con sillas y mesas de plástico y una carpa. En Corea se lleva el rollo terracita y el rollo cutrismo, lo cuál nos encanta porque nos recuerda a casa. En este sitio la gente estaba cenando a pie de calle montando escándalo y contando chistes. La camarera no llevaba el rollo inclinación de cabeza, sino más bien , aunque no la entendíamos, contar gracias y poner de vez en cuando raciones extra de regalo, rollo tapa a la asiática. Este sitio que fuimos era un sitio de carnes. Todas las mesas tienen un hueco en el que ponen unas brasas y sobre estas una plancha en la que te haces tu propia carne. Por otro lado te dan unas hojas de lechuga y lo que tienes que hacer si quieres es meter la carne en las hojas de lechuga, con ajos que también haces a la plancha si te gustan, una crema de judías pintas y cebolla en vinagre, lo enrollas todo y te lo comes, así de simple.

Michael se empeñó en comprar no se cuantas botellas de shoju, el licor nacional coreano, y acabamos con una melopea muy poco honorable. Así fue nuestra primera noche en Busan.

Al día siguiente estábamos rotos y no hicimos demasiado. Probamos un desayuno a la coreana, que no era más que una sopa de tofu con montones de kimchi picante. Demasiado para el estómago de buena mañana. Luego volvimos a cenar carnes a la plancha y acabamos en un sitio de billares porque a Michael le dio la vena. Se picó y retó a un coreano y yo veía tensión en el ambiente, el coreano tenía pinta de que si quería te arrancaba el cuello, pero luego era muy sonriente.

Nuestro anfitrión Michael estaba como una regadera. Es el tío más loco que nos hemos encontrado en todo nuestro periplo. A cada poco se le ocurría una idea alocada, pero en seguida la cambiaba por otra aún peor, repitiendo el proceso miles de veces. El castellano no da para describir la chaladura que tenía el chico.

Uno de los días hablamos sobre el judaísmo, porque el decía que era judío, aunque no practicaba ningún precepto. Pero bueno, ya es sabido que son temas que a mi me gustán y tuvimos nuestra charla. No fue muy fructífera porque tras asegurar que nosotros si éramos creyentes y casi judíos nos acabó hablando de las intenciones amistosas de los alienígenas. Lo único judío que sacó fue una serie de ataques a Jesús de Nazaret por atribuirse el título de Mesías. Según el, Jesús de Nazaret no era ningún Mesías, porque el sabe que el día que llegue el Mesías nadie podrá con el, nadie podrá crucificarle y además el mundo se acabará en ese instante. Yo le pregunté que como lo sabía y tampoco me lo supo responder. En fin, a veces con la gente religiosa el problema es que todo es “porque sí”, es muy dificil debatir y si se ponen los alienígenas de por medio ni te cuento.

El último día en Busan la reina y yo fuimos a la playa. Ya se sabe que a la reina cuando le da por la playa es algo imperativo. Así que nos dirigimos allí a la zona de Hondae. Es una especie de playa alicantina ( o sigui, encara que no m’agrae dirho, platja horrible). Las diferencias las pone la gente. Se baña muchísima gente con ropa. No hablo de bañarse con bañador y camiseta, no. Hablo de bañarse tal cual con la ropa que llevas puesta en el momento. Vamos que si vas por ahí y te da por pegarte un baño, pues con lo puesto al agua. Yo sigo diciendo que lo lógico sería bañarse en pilota picá, pero estos y los japos tienen costumbres curiosas al respecto. También había gente en bañador, claro. Y unas sombrillas que alquilaban por 500 pesetas. Mientras Aurora se torraba al sol, yo me cogí una sombrillita, no sea que me de el sol demasiado.

Otro punto a destacar es que los coreanos en general no usan toallas. Y los que las usan, no las extienden en la arena. Hay dos formas. O bien vas sin toalla ni nada y después de bañarte te sientas en la arena tal cual, o bien la gente que va preparada lo que tiene es una lona de un material cuyo nombre no se, eso es lo que extienden. Luego llevan la toalla que no la extienden sobre la arena sino que la usan exclusivamente para secarse. A esto yo le veo mucha lógica, la arena y yo nos llevamos tirando a mal y no me gusta lo de que la toalla se llene de arena y luego te pones allí y es un asco… en fin, yo no valgo para eso. Ya lo dice mi tío, “los de Denia ni comen postre ni van a la playa”.

Ese último día probamos otra novedad, el bimbibab, un arroz con verduras y huevo frito. Interesante y barato.

Tras tres días allí, seguimos adelante. Y lo hicimos en autobús. Decidimos aparcar el autostop momentaneamente. Tantos días de mochila junto a muchas malas posturas al dormir (cosas de los tatamis, imagino) más la nueva cámara colgada al cuello tienen a Aurora con algunas molestias en la espalda. Por mi parte, uno de los días en Busan, caminando me pegué una leche con un armatoste de cemento. No era demasiado alto, estaba casi a ras de suelo, pero ya lo dice mi madre “hijo es que andas arrastrando los pies”. Y como ando arrastrando, a poco que algo se eleve un poco siempre me lo como. Vamos, que somos unos piltrafillas y decidimos ir en bus. Pero no podían ser las cosas tan simples.

Michael, en su último alarde de ideas alocadas, nos aseguró que había un autobús directo desde Gimhae (junto a Jangyu) a Yeosu, nuestro siguiente destino. Y que fuésemos a la terminal en taxi, que costaría menos de 4000 won. No se por qué le hicimos caso sabiendo sus locuras. Porque el taxi costó mucho más y al final no había bus directo. Así nos separamos de Michael. Un tipo que se esforzó mucho para que estuviésemos a gusto, pero que estaba como una cabra. Para nuestros bolsillos va a ser un alivio porque la dinámica que llevaba nos implicaba gastar mucho y aunque nadie nos obligaba al final acababamos gastando.

En fin, el tema del autobús, como decía, estaba algo liado. Desde Gimhae tuvimos que coger un autobús a Changwon. Lo cogimos a esa ciudad porque nos dijo un señor en la cola que seguro que desde Changwon habría conexiones a Yeosu. Lo peor de todo fue cuando descubrimos que dicho autobús pasaba por la puerta de casa de Michael y, es más, tenía una parada justo delante. Nos habríamos ahorrado el taxi. Pero daba igual, porque desde Changwon no había conexiones a Yeosu. Lo bueno de los coreanos es que siempre te ayudan, incluso más que los japoneses, que ayudan muchisísisisisimo. Lo malo es que no les importa inventarse la ayuda. Total, que en Changwon tuvimos que coger otro autobús a la ciudad de Masan. La amable vendedora de billetes nos metió en el autobús y le explicó al chofer exactamente donde tenía que dejarnos, así que olé por ella.

En Masan, ya sí, teníamos conexión directa. El viaje en autobús duró unas cuatro horas. Cuatro horas de locura porque el conductor era un kamikaze que adelantaba a los coches por todas partes. Acabamos algo pálidos, vaya fiera. El autostop es algo que nos encanta y que nos ha deparado grandes momentos, pero el autobús también fue de traca. En adelante, según como estemos de fuerzas y de dinero cogeremos autobús o no, que tampoco hay que forzar la máquina.

Finalmente en Yeosu nos encontramos con nuestra nueva anfitriona Gillian. De la misma profesión que el resto. Vivió en Australia, en India, en Japón y en Corea. Le dio por el budismo y nos estuvo explicando un poco. Al contrario que Michael, nos explicó las cosas con la mente muy dispuesta, parece que algo controla del tema.

Fuimos a cenar con ella a un sitio de tofu. Al pedir el tofu, que no es tofu a pelo sino convertido en una especie de pasta con muchas especias, te ponen además muchísimas tapitas de acompañamiento. Todo por unos 3 euros. Vinieron varias amigas suyas, una chica sudafricana con su novio coreano y otra chica originaria de Bangla Desh, criada en Londres y que había vivido en Madrid y Chile. Fue una cena muy agradable.

Nuestro único plan para Yeosu es llevar un ritmo relajado, para desentumecernos un poco de tanto tute. Luego ya veremos.

Hemos notado ya muchas diferencias con Japón. En general la gente es más sociable y hace más vida de calle. Por otro lado, son más sucios, no está todo reluciente, sino que las calles parecen como las de cualquier sitio, con su dosis de mierdecilla. Conducen mucho más temerariamente. Y hay muchísimas iglesias con cruces rojas luminosas que se ven por la noche por doquier, porque los evangelistas son la segunda religión del país. Todo es más barato, aunque no lo hemos notado mucho por el ritmo de Busan, pero esperamos que en Yeosu podamos poner un poco en orden nuestro bolsillo.

Y hasta aquí esta carta.

Por cierto, estoy al tanto de determinados acontecimientos políticos que hay por nuestra tierra. Se ha hecho un manifiesto en defensa del castellano por parte de varios intelectuales de gran prestigio internacional (ja).

Como castellano he hecho mi propio manifiesto en defensa del castellano, que os pongo a continuación. Consta de un único punto. El punto pelota.

1.- La única lengua que amenaza al castellano es el inglés. Punto pelota.

Desde Yeosu, les dedico una baladita, obra de un tal Evaristo, a tal insignes intelectuales tan preocupados por las cosas de Castilla. Dice así:

No, se ve que no hay nivel
nada nos van a dar la cultura ni el que la parió
Joder!! Hombres del saber iros a cagar
No podéis justificar vuestra inmoralidad
es una enfermedad que no podéis curar
Y no nos vais a convencer
nos conocemos bien lo podéis intentar pero lo haceis muy mal
¡Eh! Tu Superioridad
prodigio de humildad me tiene emocionado
Eres un asco, qué le vas a hacer
toda tu cultura ni araña mi piel
está podrida, es un puto
insulto al buen gusto
Todo es de color y muy marrón
en el planeta basura los limpios
hacen seguros sus negocios gracias al amor y la oración
¿Hay nivel o no hay nivel?
Tu cultura, para los pánfilos.