Rebeldes en la Estrella de la Muerte

Cortos: La pesadilla de Eugenio (y III)

Febrero 7, 2010 · 3 comentarios

Súbitamente, terremoto humano. Algo sonó en los altavoces, una canción relativa a un tipo nervioso, borracho y violento. Ese esperpento musical causó un revuelo tal entre la concurrencia que todos comenzaron a saltar y dar empujones. Eugenio sujetaba su vaso como podía y notó que todo ese movimiento humano realizado al mismo tiempo y de manera irregular le estaba provocando un total desplazamiento posicional. Jeremy y Arturo empujaban a los que estaban a su alrededor, todos empujaban a todos. Cuando Eugenio se quiso dar cuenta, estaba al fondo del bar. Intentó volver hacia la puerta, pero la canción había terminado y todos volvían a estar quietos. Sonaba otra canción atronadora, pero no les hacía brincar ni empujar, simplemente seguir con sus cosas, con sus pipas y sus bebidas. Intentó volver hacia sus “amigos”, pero no había forma, nadie reparaba en él y su intento por pasar. Tocó en el hombro a una inmensa chica con el rostro pálido y llena de anillos en las manos y en las orejas

-          ¿medejaspasar?

La chica ni le escuchó. El lo repitió, más alto

-          ¿Me dejas pasar?

Ni caso. Ni se giraba para mirarle, ni hacía gesto alguno. Eugenio estaba acorralado. Se apoyó en la pared e intentó calmarse. Mientras se relajaba, notó algo. Se estaba meando. Las puertas que había al fondo parecían ser los baños. Vio salir a una chica de la puerta de la izquierda, así que por simple deducción llegó a la conclusión de que el servicio de caballeros era el de la derecha. Empujó la puerta y vio a dos punkis agachados sobre el lavabo.

-          ¿ESTÁS TONTO O QUE? – le chilló uno de ellos al tiempo que cerraba la puerta de golpe.

Eugenio se meaba, se meaba como nunca en la vida. Intentó pensar en otras cosas, pero no sabe como acabó pensando en la manera en la que había llegado a ese antro. Eso le llevó a la lluvia, a las cascadas en las escaleras del Metro, todo ese líquido fluyendo le hizo desear mear con más fuerza. Miró al techo y mantuvo fija su atención ahí. Notó que el litro de kalimotxo que se había bebido en tres segundos le empezaba a subir a la cabeza, todo eso añadido al que se estaba bebiendo en aquel momento. Empezaba a estar piripi y se meaba. De repente los punkis salieron del baño. Un tipo se le iba a colar, pero Eugenio entró lo más rápido que pudo. Se echó la mano a la bragueta. Pasado el lavabo había otra puerta donde estaría el urinario. La abrió, encendió la luz, se sacó su miembro, se dispuso a descargar, miró hacia abajo y se encontró un agujero en el suelo, una taza turca, con meadas por todas partes y una hez humana (o eso pensó el) en un lateral, rezumando mal olor. Tuvo una arcada, terminó su meada y salió disparado de allí.

Según salía, le gritaron al oído

-          ¡SI ES MI AMIGO, EL DE ANTES!

Cuando se quiso dar cuenta tenía un trozo de manguera en la boca y notó que una gran cantidad de cerveza le bajaba por la faringe. Marchante se iba con su embudo serpenteando entre la gente, Eugenio intentó aprovechar el hueco que este abría, pero todos se cerraban en banda, le ignoraban y el no podía pasar.

Se giró hacia el baño, la puerta se abría. ¡Era Arturo! No sabía por qué, pero se alegraba de verle.

-          CUANDO SE BEBE SE MEA, ES LA LEY – dijo Arturo – ¿QUÉ HACES AQUÍ SÓLO? – miró a la tipa enorme – ¿HAS VENIDO A LIGAR?

-          No consigo abrirme paso…

-          ¿¿QUÉ??

-          ¡QUÉ NO CONSIGO ABRIRME PASO!

Arturo le miró con lástima, le cogió de la mano y tiró de él. Se desenvolvía con soltura entre la masa humana compacta. Cuando llegaron al principio del bar, Eugenio comprobó sorprendido como Jeremy se había agenciado un taburete y estaba junto a un chaval también con melenas, muy delgado y con cara de enfermo de muerte, sentado en otro taburete. Junto a ellos había un tercero con gafitas, pecas y pelo revuelto. Eugenio se puso a su lado, pero nadie tuvo la gentileza de presentarles. Jeremy y el de la cara de enfermo de muerte hablaban al oído muy bajito, algo complicado en aquel antro, tramando algo de gran importancia. Reflexionaban sobre como llevar a cabo alguna tarea que no conseguía identificar, analizando pros y contras. El chico del pelo revuelto no hablaba, sólo bebía. De repente, Jeremy y el de cara de enfermo hicieron un gesto de haber llegado a una conclusión. Se levantaron de sus taburetes, los pusieron en fila ante la barra y encima de la misma pusieron varios minis en distinta disposición, con pipas alrededor de cada uno y desperdigadas por la barra formando figuras psicodélicas. Le dijeron al chico del pelo revuelto que se pusiera detrás de la fila de los dos taburetes. Sin mover los pies, estirándose lo máximo que pudiese, tenía que coger los minis sin tocar las pipas que los rodeaban ni deshacer las figuras psicodélicas formadas a su alrededor.

Con mucho esfuerzo, el chaval de las pecas se fue bebiendo los minis uno por uno, de un trago, sin mover los pies ni deshacer nada. El otro, el de cara de enfermo, se emocionó tanto que decidió invitar a una ronda de kalimotxo para todos.

-          ¡BEBE HOMBRE! – le dijo a Eugenio, poniendo contra su pecho un mini lleno hasta el borde.

Eugenio pegó un buen trago de aquel kalimotxo, esta vez con mora. El de las pecas estaba sonriente y sin hablar, el de cara de enfermo estaba eufórico, Arturo gemía hablando de Carolina y jurando amor eterno y venganza mundial y Jeremy reía frenéticamente. En los altavoces una canción hablaba de que estaban hartos de aguantar.

-          ¡¡TEQUILA PARA TODOS!! – gritó la “Dolly Parton”, al tiempo que servía unos chupitos.

Eugenio se detuvo. Pensó en sus amigos extraviados en Alonso, preocupados por su vida mientras el estaba emborrachándose, sintió un gran desasosiego interior. Todos tenían su chupito en la mano, el de Eugenio permanecía en la barra. Como no lo cogía, todos brindaron entre sí y también con el vaso solitario que estaba en la barra. Pensó que era de mala educación dejar ahí aquel vaso y no brindar con aquellos nuevos acompañantes que al fin y al cabo estaban salvaguardando su integridad. Cogió el vaso y se lo metió de un trago entre pecho y espalda.

Los primeros rayos de sol entraban por su ventana. Eugenio sentía un terrible dolor de cabeza, pero estaba en la cama, en su cama. Había tenido una pesadilla. No estaba seguro de calificar aquello como pesadilla, así que simplemente lo consideraría un sueño extraño. Con aquella lluvia torrencial en primavera, aquel cielo oscuro cerrándose sobre sus cabezas. Aquellas riadas en el Metro. Eugenio con Arturo y Jeremy, aquello si que era algo improbable. Los dos riendo con sus pintas extrañas. Aquel antro de perdición con música atronadora, con aquel tipo que le gritó en el pasillo y le amenazó de ser “carne para la picadora”, aquel punki agresivo del baño, aquella tipa enorme que le cerraba el paso, aquel chaval con pecas que hacía malabarismos para alcoholizarse, aquel loco del embudo, aquel tipo con cara de enfermo, aquella camarera risueña y rubia y aquella otra con cara de pocos amigos, aquella sucesión de empujones, aquel truño asqueroso en el suelo del baño. Nada tenía sentido. ¿Por qué le dolía tanto la cabeza? Seguramente resbaló por algún motivo. Simplemente caerían unas gotas, no una tormenta, unas simples gotas que formarían un charquito. El habría resbalado, siempre fue torpe, se habría golpeado la cabeza, habría quedado inconsciente y sus amigos, siempre preocupados por el, que jamás le dejarían atrás, le habrían llevado corriendo al hospital y de allí a casa, donde estaba a salvo. Le dejaron en su cama, durmió tranquilo y despertó. El día era hermoso. Se fue a tomar una ducha.

Su ropa del día anterior estaba tirada en el suelo de su habitación vacía. El pantalón estaba justo en el centro de la habitación, con un bolsillo vuelto. Junto a las clásicas pelotillas que se forman en tan insigne lugar, había, bien adheridas al tejido, unas cáscaras de pipas.

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Cortos: La pesadilla de Eugenio (II)

Febrero 7, 2010 · Dejar un comentario

“Este tren no admite viajeros”. Mientras entraban en la estación, el conductor anunciaba por megafonía a los pasajeros que esperaban fuera una verdad incómoda. Esto fastidió también a Eugenio, que  tenía idea de seguir montado en el tren para regresar. Argüelles era la última parada, apenas había tres estaciones de regreso a Alonso Martínez. Al abrirse las puertas, entró agua. El andén estaba cubierto por una fina capa de agua y se repetía el panorama de cascadas y escaleras. Quedarse ahí era una locura. No podía esperar otro tren, el agua ya estaba allí, al acecho. Tenía que salir, volverían andando.

Subieron las escaleras y el volumen de agua era mayor cada vez. Una capa fina que se hacía algo más gruesa según avanzaban. En la parte de arriba, en las taquillas, les cubría medio zapato. Había que salir de allí, volver andando, tenían que volver andando y encontrarse con los demás.

Salieron a la calle Alberto Aguilera

-          ¡Volvamos, estamos a tiempo!- Eugenio rogaba y exigía al mismo tiempo

-          No te preocupes tío, ¡con nosotros lo vas a pasar bien! – Arturo le puso el brazo sobre los hombros.

De repente, corrían otra vez, calle arriba. Era una calle oscura y el agua caía con tal fuerza que incluso dolía. A ratos corrían y a ratos andaban pegados a la pared. De tanto en tanto un chorretón les visitaba con fuerza. De pronto, se pararon. A la derecha de Eugenio se abría un hueco difícil de definir. Entre dos bloques de viviendas había un espacio abierto con una serie de pasillos y pasarelas que cruzaban por debajo de uno de los edificios hacia la izquierda para desembocar en otro espacio abierto con similares características. Un cartel más viejo que la vida anunciaba “Bajos de Aurrerá”, adornado con nombres de establecimientos que seguramente ya ni existían. Eugenio estaba perdido, no sabía por donde había venido exactamente, no sabría regresar al metro, no sabría salir de ahí con vida. Su única salvación era seguir a Jeremy y a su amigo Arturo, mantenerse pegado a ellos y volver a casa sano y salvo.

Se encaminaron por una especie de rampa y anduvieron por un corredor lateral. Dejaron atrás un local cerrado con una verja. La gente humana, que es de natural guarra, se había dedicado a tirar todo tipo de envases y basuras por el hueco de la verja. Conforme avanzaban se iba escuchando un murmullo que era cada vez mayor. Al girar la esquina, se encontraron con un gran pasillo con un terrible olor a orina. El pasillo estaba lleno de gente. Había grupos de gente bebiendo cervezas y kalimotxo, fumando marihuana o vete tú a saber que cosas. Había gente deambulando de un lado para otro, gente gritando, gente vomitando, gente sentada en el suelo y gente de pie. Eugenio se giró a la izquierda y vio en diagonal la calle. La calle estaba allí, pero ellos se habían adentrado en aquella estructura ilógica de perdición. Esa calle oscura, llena de peligros, a la que no volvería bajo ningún concepto. Tenía que seguir con Jeremy, tenía que seguir con Arturo, tenía que seguir con los dos. Ellos se adentraban en el pasillo, no quedaba más remedio.

Andaban con paso despreocupado, parecía que con ellos no iba la cosa. No les preocupaba la vida de Eugenio ni la suya propia ni la de sus amigos que les buscaban entre el barro y la muerte. Para ellos era lo más normal, lo más lógico que podía hacerse en aquel momento. No tenían sentido del bien y del mal, no hacían lo correcto. Aquel desgraciado de Arturo merecía el desprecio de Carolina y aquel desgraciado de Jeremy merecía también algo malo que ya pensaría después. Cuando andaban, se cruzaron con dos tipos que llevaban sujeto a sus cuellos a un tercero con evidentes síntomas de intoxicación etílica. Se pararon frente a ellos, bloqueándoles el paso. Ya llegó su hora, la hora de la muerte, el día en el que San Pedro a las puertas del cielo leería las cartillas. Arturo y Jeremy irían directos al infierno y él al menos gozaría de la vida eterna.

El tipo al que llevaban los otros dos tenía barba de tres días, pelo largo rubio muy sucio, una camiseta blanca semitransparente y los bajos de los pantalones llenos de mierda. Se irguió, miró fijamente a Eugenio y le gritó con la voz cascada y los ojos fuera de órbita:

-          ¡¡Carne pa la picadora!!

Después se fue. Eugenio, asustado, se mantuvo lo más cerca que pudo de sus dos acompañantes, los dos a los que debía agradecerles su muerte próxima. Avanzaban por el pasillo. A su derecha, se abría otro pasillo. En este se repetía el mismo panorama, gente sentada, gente de pie, gente pululando, sólo que todos más apretaditos. El olor a meada era más intenso si cabe. Hacia el final del pasillo, a la izquierda, había una puerta negra de la que salía un ruido infernal.

-          ¿Vamos a entrar ahí? – Preguntó Eugenio

No le contestaron con palabras, pero si con hechos. Se dirigían hacia allá con gran decisión. ¿En qué clase de tugurio o garito de mala muerte le iban a meter? ¿Qué habría ahí dentro?

Cuando estuvo frente a la puerta vio una maraña de cuerpos apretados en un espacio minúsculo. El antro estaba lleno, no cabía ni un alfiler. Por fin la suerte corría de su lado, volverían atrás. Cuando se quería dar cuenta, sin embargo, ya estaban dentro. En la barra había vasos de plástico llenos de pipas de girasol. Así que eso era “El Pipas”. Un sitio enano, un agujero, con un terrible olor a sudor y música atronadora. En las paredes había unos dibujos de una especie de trolls con instrumentos musicales. Entre toda la gente que había podía vislumbrar la barra con los vasos de mini llenos de pipas y también a las camareras. Una especie de Dolly Parton chelis y otra con cara de pocos amigos. A la izquierda, nada más entrar, había un murete y tras el un tipo sin camiseta pegando gritos y poniendo discos.

Vio que Arturo le hablaba pero era incapaz de comprender nada con aquel griterío. Puso cara de no entender nada y acercó la oreja

-          ¿¿¿ CERVEZA O KALIMOTXO???

Aquel demente le acababa de destrozar el tímpano. Se echó atrás de golpe con la mano en la oreja y chocó con un tipo. Se giró para pedir disculpas.

-          ¡¿QUÉ ESTÁS MIRANDO, CUATRO OJOS?!

Había chocado con un rapado de metro noventa con patillas de lobo marino y gesto agresivo, un tipo con un aspecto terrible, con unos tirantes rojos y un pantalón desteñido. Entre pedir disculpas y contestar a la pregunta directa que le habían hecho, optó por darse la vuelta y hacerse el despistado. El rapado le empujó y chocó contra Arturo, que levantó rápido los brazos. Se desestabilizó un poco y, cuando se repuso, Arturo bajó los brazos. En las manos llevaba dos minis, le puso uno en la mano a Eugenio.

-          ¡SI QUIERES MORA PIDESELO A LA CAMARERA!

Era kalimotxo. ¿Para qué quería mora? Arturo se dio la vuelta, se puso junto a Jeremy. Ambos bebían a ritmo pausado y berreaban las canciones que sonaban por los altavoces.

Cuando se disponía a beber el primer trago, un tipo le dio la mano y se presentó:

- ¡¡MARCHANTE!!

Le robó el vaso de entre las manos, se lo dio a Jeremy. Llevaba en la mano un embudo que estaba conectado de forma chapucera a un trozo de manguera de goma. Cuando Eugenio trató de comprender lo que ocurría, Marchante le metió la manguera en la boca. Elevó el embudo, cogió el vaso de las manos de Jeremy y lo vertió entero. Todo el kalimotxo bajó de golpe por el embudo, la manguera y la garganta. Un litro de vino con coca-cola, sin mora, en tres segundos. Eugenio agitó la cabeza, intentó quejarse, levantó la mano para iniciar un discurso agresivo, para cagarse en todo, para cantar las cuarenta a aquellos dos, que le habían arrastrado hasta allí contra su voluntad, que habían girado la cabeza ante la adversidad, que abandonaban a todo el grupo y se metían en un tugurio infernal. Cuando bajó la mano, Jeremy le dio un mini. Eugenio lo agarró con fuerza con la mano izquierda, lo tapó con la derecha, lo resguardó como pudo y se aseguró de que Marchante se había ido. Miró hacia el fondo del bar, que era como el pasillo de su casa o más pequeño, y entre todas las cabezas vio un embudo que se desplazaba de aquí para allá. No había peligro, de momento.

(continuará…)

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Cortos: La pesadilla de Eugenio (I)

Febrero 7, 2010 · Dejar un comentario

La pesadilla de Eugenio

Caía la lluvia sobre la plaza de Santa Bárbara. Al principio eran unas gotas casi imperceptibles. Se diría que incluso eran agradables, porque el día había amanecido caluroso. Pero pronto aquello tornó en un tremendo chaparrón. Todos salieron corriendo a resguardarse.

Cuando quiso darse cuenta, Eugenio se había quedado solo. Con la tormenta primaveral que asolaba la zona de Alonso Martínez, y previsiblemente todo Madrid, sus amigos y conocidos habían puesto pies en polvorosa. El botellón de confraternización que habían planificado, al que iba a ir tanta gente, se iba al traste. No hacía falta ir a comprobarlo, las Salesas y la Villa serían un barrizal. En realidad, no se había quedado del todo solo. Tomó la decisión de cobijarse en un portal, junto al Pizza Hut, y allí se habían cobijado también Jeremy y Arturo. Aquellos chavales tan raros.

Hacía tiempo que les conocía, pero, aunque no tenía una estrecha relación con ellos, no le gustaban demasiado. A él, Eugenio Hernández, un chico tan educado, el hijo que toda madre querría tener, no le hacía mucha gracia estar con aquellos dos. Con sus pintas, sus greñas, sus camisetas negras y sus chistes raros. En una conversación normal, sobre temas manidos como el clima, por ejemplo, se cagaban numerosas veces en la Santa Madre Iglesia. Eran irreverentes y no necesariamente seguían las normas. No es que anduviesen saltándoselas de manera constante, pero no les importaba romper con lo establecido, con la formalidad. Era el tipo de gente que ponía nervioso a Eugenio. Los típicos que irían a una recepción en la Casa Real con chanclas y pantalón corto. Pero allí estaba, bajo el portal, con ellos dos. Arturo llevaba la camiseta estirada por encima de la cabeza, ese había sido su recurso para cubrirse de la lluvia. Parecía… Eugenio no sabría definir que es lo que parecía, pero no parecía nada normal. Ellos dos hablaban y Eugenio se mantenía callado. Como no sabía que hacer, decidió, para pasar el rato, fijar la mirada con máxima atención en las casetas de libros del bulevar.

- ¡Tú!- El grito de Jeremy le sacó de su anonadamiento. – ¿Qué vas a hacer?

- He pensado que deberíamos ir a buscar a los demás – musitó Eugenio- Se estarán preocupando porque no saben donde estamos

- Yo paso tío – ahora hablaba Arturo – En realidad no se ni que hacemos aquí nosotros. Y no creo que se estén preocupando

- Vamos a Los Bajos – sugirió Jeremy- me apetecen unas pipas

¿Los Bajos? A Eugenio le empezó a parecer que aquello estaba girando hacia una vertiente muy desagradable. Todo lo que había escuchado sobre Los Bajos era negativo. Peleas todos los fines de semana y muertes de tanto en tanto copando las páginas de sucesos. Sí, no cabía duda, Eugenio había tomado una decisión. Si esos dos locos no querían ir a buscar al resto, se iría él solo. Todos estarían comiéndose la cabeza, preguntándose donde podía estar él en ese momento, quien sabe si estarían llamando a la policía, a lo mejor pensaban que Eugenio, imprudente, se había marchado a la Villa y había quedado atrapado en el barro, quien sabe si estaban cavando para desenterrarle, pensando que se estaba sumergiendo hacia el centro de la tierra, ¡oh, no! ¿Y si alguno de ellos por intentar salvarle creyendo que estaba ahí moría por su culpa? Eugenio no podía consentirlo. Si aquellos dos elementos subversivos, zafios y groseros, sin futuro alguno en la vida, no tenían la suficiente decisión como para ayudarle y cometer un acto heroico, si ningún ideal les movía, si ni siquiera tenían la suficiente caridad y un corazón noble que les moviese a romper aquel malentendido en el que todos buscaban al pobre Eugenio, perdido en el segundo diluvio universal mandado por Nuestro Señor, a él no le importaba. Porque él, Eugenio, era un héroe. Un héroe anónimo cuya heroicidad no había salido a la luz anteriormente en su vida, lo que no significaba que nunca debiese aflorar. Este era el momento. Había sido un imbécil, no corrió junto a los demás a resguardarse de la lluvia, a buscar un lugar seguro, a salvo de los caprichos de Dios y sus juegos con el clima. Por cierto, se la guardaba a Dios, incluso se quejó mentalmente, procurando, eso sí, no caer en la blasfemia. No, no le importaba ir solo, bajo la torrencial lluvia. Sólo era agua, agua que cae con fuerza, agua que puede transformarse en piedras de granizo mortíferas, pero agua al fin y al cabo. Sí, Eugenio iría él solo a buscar al grupo, a quitarles las preocupaciones. Cuando se reencontrasen todos sonreirían aliviados al descubrir que seguía vivo, que nada le había pasado.

Miró a su derecha. No había nadie en el portal. Miró hacia la esquina de Sagasta con la plaza. Arturo corría con la camiseta estirada cubriéndole la cabeza y Jeremy había imitado su gesto. Corrían los dos y le dejaban solo en el portal.

-          ¡Esperadme! – Gritó Eugenio.

El agua corría por las escaleras del metro, formando una cascada urbana de aspecto putrefacto. Cosas que pasan en Madrid, estaciones que se inundan cuando cae la lluvia. Aquellos dos descerebrados bajaban las escaleras corriendo despreciando su vida. ¿No sabían que en un mal paso podían caer y abrirse la cabeza? Cuando llegaron a los torniquetes dejaron de correr y sacaron su abono de transportes.

-          ¡¡Es qué estáis locos o qué!! – Eugenio no podía entender a sus dos acompañantes

-          Tranqui tío ¿qué te pasa? – respondió Arturo

-          Tenemos que ir a buscar al resto

-          Que no, que nos vamos a Los Bajos, que vamos al Pipas, que aquí no pintamos nada, que con esta lluvia no hay botellón que valga y que además hemos cambiado de idea y aunque hubiese botellón no queremos ir – esa fue la retahíla de Jeremy

-          Es que el resto…

-          Si tanto te importa el resto ¿por qué no te vas tú a buscarles? – cortó Arturo

Antes de que Eugenio pudiese responder, la singular pareja estaba metiendo el billete y dirigiéndose hacia el andén. Mierda, mil veces mierda, pensaba Eugenio. Si no pensaba esto, algo parecido pensaría. Iría con aquellos dos hasta el andén y les convencería de que lo más sensato era regresar, hacer todo lo posible para reagrupar al grupo y pensar entre todos un modo sensato para solucionar la noche. ¡Era un peligro meterse en el metro! Si seguía lloviendo con aquella violencia, todo se inundaría, ¿cómo no pensaban en eso? Las vías del Metro eran como la cuenca vacía de un río, aquello se llenaría y se inundaría. El agua subiría más y más y ellos irían subiendo junto al agua hasta que la cabeza tocase con el techo y luego no les quedaría más remedio que sumergirse, intentarían salir buceando pero sería demasiado tarde, habría mucha distancia y perecerían. Morirían ahogados, llenarían sus pulmones de esa agua asquerosa, esa mezcla de nube llena de gases con mierda del suelo, con restos de gasoil, con caca de perro, colillas, vómitos de adolescentes alcoholizadas. Todo eso acabaría en sus pulmones y morirían allí. Ellos morirían, Arturo y Jeremy morirían, Eugenio moriría y los demás insensatos que estaban en el andén morirían. Y sus amigos, que estaban en la plaza de la Villa de París escarbando en el barrizal para salvarle de la muerte, morirían también. Todo sería culpa de esos dos antisociales, esos guarros piojosos, con esos pelos largos impropios de hombres decentes. Eugenio tenía que pararles, convencerles. Tres son mejor que uno, saldrían de allí, se agarrarían de los brazos para no ser vencidos por las riadas que aquel diluvio iba a originar, llegarían a la plaza y mostrarían a sus amigos que Eugenio vivía, que nadie debía morir, que debían escapar cuando antes de esa tormenta, resguardarse en sus hogares y llorar de felicidad por la mañana, sentirse vivos viendo salir el sol y dar gracias a Dios por vivir un nuevo día.

¿Otra vez corren? El tren ya estaba en el andén. Arturo y Jeremy habían salido disparados para no perderlo. Eugenio tenía que impedirlo a toda costa, salió tras ellos, pero entraron en el tren, las puertas comenzaban a cerrarse, Eugenio saltó y Arturo le cogió del brazo al tiempo que el vagón quedaba sellado. Eugenio les lanzó una mirada fulminante.

-          ¿Qué pasa contigo? – Aquel pesado de Arturo le desafiaba cada vez que abría la boca

-          Tenemos que ir a buscar a los demás, ¿no os dais cuenta de que estarán buscándonos?

-          ¿No te gustan Los Bajos o qué?

Eugenio lanzó su segunda mirada fulminante. Claro que no le gustaban. Decidió que lo mejor que podía hacer era pensar en cual sería el siguiente paso a dar. Intentaba pensar, pero no podía. Quijote y Sancho, Arturo y Jeremy, no dejaban de hablar. No había quien se concentrase. Resultaba que Arturo estaba totalmente prendado de una chica llamada Carolina, la cual tenía novio. Arturo, que apenas había cruzado con ella tres o cuatro frases en su vida, por algún motivo incomprensible había decidido que Carolina debía corresponderle. Así que se dedicaba a mandarle mensajes telefónicos cantando su amor a los cuatro vientos y clamando que estaba incluso dispuesto a morir por ella o a que su novio le partiese las piernas y le dejase lisiado de por vida. Arturo, según decía, sentía un amor desgarrador y una pasión total que le enloquecía. Jeremy también tenía lo suyo, así que iban a beber kalimotxo hasta la muerte. Irían a aquel “Pipas” en “Los Bajos” y beberían hasta perder el sentido. Eugenio dejó de intentar pensar en su anterior pensamiento de retorno para pensar en aquel Arturo y aquella Carolina, una chica mona que no tenía, por lo que el había entendido siempre, fama de ser muy agradable y comprensiva. Entonces ¿cómo es que Arturo había decidido, de un día para otro, que estaba enamorado de ella? No tenía ningún sentido, apenas la conocía, no se puede colgar uno así. Pero, por otra parte ¿Cómo esperaba Arturo ser correspondido? No hacía más que acosarla con mensajes y cartas de amor desesperado, no era capaz, seguro, de mantener una conversación cabal con ella, además llevaba esas pintas. Pobre Carolina, Eugenio se compadecía de ella. Jeremy también vivía un amor no correspondido y ambos decidieron que culminarían la noche destruyendo una papelera. Aquello, pensaba Eugenio, era un sinsentido por dos motivos. Uno, porque no había conexión lógica entre el amor y el mobiliario urbano. Dos, porque la lluvia inundaría la papelera y al llenarse esta de agua se desprendería de su soporte y se iría flotando por la calle.

(continuará…)

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Atleti – Racing

Febrero 5, 2010 · Dejar un comentario

Ayer reduciendo las cosas al máximo hablaba con mi amigo Chicho, que es quien se vino al fútbol conmigo, de dos clases de personas:

1.- El futbolero, que es aquel al que le gusta el fútbol como juego, es ese al que le gusta ver un buen partido, que quiere entender lo que pasa y por qué.

2.- El hincha, que lo que le gusta es que gane su equipo, de la manera que sea, aunque lleve treinta años yendo al fútbol y todavía no entiende ni lo más mínimo del juego. Además es bastante impaciente.

Estas reducciones son bastante básicas puesto que uno puede tener también un poco de cada categoría, pero digamos que estos dos existen claramente. El hincha valora la entrega, el coraje, el sacrificio, por tosco que sea el juego del equipo. El futbolero valora el balón a ras de suelo, el toque, el desborde, un buen pase entre líneas que llega a su destino por la genialidad del que lo hace…

Y ayer, milagrosamente, confluyeron en un mismo equipo lucha, entrega y buen juego. Ya habíamos hablado en el partido contra el Sporting de que a veces la diferencia la marcan las ganas de los jugadores, ese correr un poco más, ese pelear cada balón… a veces los del Atleti han hecho eso, pocas veces. Ayer se vio la mejor versión de la defensa atlética, atentísima, con Perea recuperando balones de todas las maneras posibles y Domínguez en su sitio. En general, balón que se perdía, balón que se peleaba. Assunçao y Tiago no dejaban respirar al contrario en el centro del campo.

Pero es que, además, por primera vez en lo que va de año, el equipo jugó al fútbol. Que maravilla el fichaje de Tiago. Pelota que le llega, pelota que analiza, pelota que circula con calma y paciencia, de una banda a otra, al toque, pasando por varios compañeros, controlando el balón y atentos al desmarque. No sólo brilló Tiago, sino que también Assunçao dio varias muestras de calidad sacando el balón, driblando… (bueno, incluso Perea recortó varias veces a delanteros contrarios). Simao y Reyes se volcaron en ayudar en el centro del campo. Y luego está el Kun, menudo pieza. Cuando el Kun coge el balón, pasan cosas.

El equipo arrolló y el resultado se me quedó corto. Varios balones al palo, varios disparos al muñeco, varias oportunidades claras enviadas fuera, si fueron sólo cuatro fue porque los cántabros desplazados hasta Madrid eran legión y tampoco era plan de amargarles el viaje de vuelta. Por cierto, que teníamos detrás a un sector (hubo que ponerles en tres sectores del estadio, tantos eran) que al principio del partido se desgañitó a cantar de todo, pero pasados diez minutos quedaron en silencio y no volvió a haber noticias suyas.

Pese a la victoria, no nos subamos a la parra. Todavía no estamos en la final, aunque la eliminatoria esté de cara, no sería la primera vez en la historia del fútbol que se remonta un 4-0. Al Atleti le han remontado 4-0 en sólo 45 minutos, así que en 90 puede pasar de todo.

Varios apuntes:

1.- Canales, un fuera de serie, veremos en que queda con los años pero promete. El único del Racing que dio sensación de peligro.

2.- Munitis, un picado, se cabreaba hasta el infinito cuando le regateaban. Una pena, porque él era muy “virguero” y debería saber que el desborde es la salsa del juego (junto al toque) .

3.- Desde mi ángulo, Antonio López hizo mano en el área.

4.- Desde mi ángulo, el penalty a Jurado no fue tal. Fue a un metro del área. Vaya con Mateu Lahoz

5.- Pese a los puntos 3 y 4, el Atleti arrolló. El Racing no jugó ni un minuto al fútbol y la superioridad fue aplastante

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El principio del fin

Febrero 2, 2010 · 3 comentarios

Mi abuela Carmen (92 años y contando) dice que estamos en el principio del fin del mundo porque los desmanes de nuestros tiempos coinciden con no se qué escritos de S.Vicente Ferrer, cosa que ve confirmadas con las teorías dragonianas (de Sánchez Dragó) del advenimiento del kali-yuga.

No se si esto es cierto o no, quizá me incline a pensar que sí en mis días más nostálgicos o en los que vuelvo del Calderón. Lo que sí que es cierto es que todo final tiene un inicio. Y el inicio más deseado del final más esperado no es otro que el que va a producirse esta madrugada en el canal ABC de Yankilandia. Ni el propio Obama puede evitarlo. Empieza el final de Lost, agarrense los machos.

Es un momento trascendental para las vidas de los que hemos dedicado los últimos años a la abnegada tarea de ver la serie “ritmo USA”. Un hito histórico para la televisión, sin lugar a dudas.

¿Es la mejor serie del mundo? No creo que sea la mejor, pero está entre las mejores. De lo que no cabe duda es de que es la serie que más engancha a sus acólitos. Nunca una serie dio tantos quebraderos de cabeza a una legión tan amplia de seguidores. A mi me ha hecho adicto hasta lo insoportable. Recuerdo que empecé a verla cuando la ponían en TVE1, pero mientras la emitían me fui de vacaciones a recorrer Italia. A la vuelta, aburrido en Madrid, sin tener mucho que estudiar para Septiembre (oh, benditos tiempos universitarios, ojalá tuviese vida de universitario con sueldo), recordé aquella serie que había comenzado a ver y me bajé todos los capítulos de la primera temporada. En un fin de semana me la ventilé entera. No contento con eso, descubrí que había posibilidad de descargarse los capítulos a “ritmo USA”, así que en seguida enganché con la segunda temporada. Menudo vicio. Madrugando cada día para buscar en mininova el capítulo adecuado, que era el de ezTV, para meterle chicha al bittorrent. Y después de ver el capítulo, me buscaba los subtítulos que habían hecho los duendecillos de lostzilla, para verlo otra vez no sea que me hubiese quedado lost in translation en algún momento.

Así fue en la segunda y tercera temporada. En la cuarta , en el año 2008, aconteció que me dediqué a viajar por el mundo durante casi todo el año. No importaba, allí estaba yo en un cibercafé en Amberes viéndome el episodio. Que terrorífico era recorrer Rusia de punta a punta con esas lamentables conexiones a Internet con las que era imposible ver nada. Así que estuve un mes de vacío hasta que llegué a Japón y pude ver todo lo que faltaba, descargando aquí y allá o en viendo capítulos online en series yonkis. Que vicio. Cuando nos vimos en algún aprieto, en alguna situación complicada en la que piensas que tu vida puede correr peligro, la primera preocupación que me venía a la cabeza era “pero como voy a morirme ahora, si no ha terminado Lost”. Tengo una testigo que puede corroborar esta preocupación demencial. Ahora todavía me queda el miedo de seguir vivo durante los próximos cuatro meses, no sea que me vaya a la nada sin ver el final.

Es un final esperado, pero no deseado. Necesario, porque las series que se alargan más de la cuenta pierden calidad. Pero es drogaína pura y dura. Ya uno se hace a convivir con Locke y el pesado de Jack.

Esta madrugada es el principio del fin. Si mañana no nos ha partido un rayo ya habremos visto el capítulo y estaremos subiéndonos por las paredes, porque seguro que por un interrogante que se resuelva, se abrirán nuevas incógnitas, para dejarnos ansiosos esperando que llegue la siguiente semana y descargar nuestros torrents queridos.

Que empiece, pues, la fiesta.

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Sobre el doblaje al catalán

Febrero 1, 2010 · 4 comentarios

Yo, que soy internacional, siempre acabo alardeando de mis raíces valencianas, quizá porque es lo que más me tira. En la comarca por donde pululo, la Marina Alta, la mayoría de población habla valenciano/catalán, concretamente su variante meridional. Claro que depende de donde, porque en las ciudades costeras por vía de negocio siempre está el tipo del pueblo que vende su alma y se avergüenza de su lengua para marcar una distinción “los ricos como yo hablamos castellano, los paletos hablan valenciá”. Estos acomplejados me parecen de lo más triste que puede haber, porque luego están dale que te pego con que “no mos fareu catalans”, pero eso sí, de hablar su idioma nada, mejor arrinconarlo en el olvido.

Me encantan los idiomas, ojalá hablase más. Renuncio a la idea de idioma como idea de mercado, no soporto a estos de “¡y para qué sirve el gallego!”. Las lenguas abren la mente, da igual que sea gallego que francés, euskara que inglés, cántabru o alemán. Conocer idiomas da una dimensión mental mayor y favorece la paz entre pueblos. No hay idioma pequeño ni menos importante, siempre que haya tres, cuatro, diez personas que lo hablen. Es un patrimonio cultural de la humanidad vivo y dinámico.

¿Y por qué digo esto? Porque también soy un enamorado del cine y de la cultura y pese a mi defensa de las lenguas minoritarias lo que no podemos hacer es el imbécil.

Una buena película se basa en gran parte en la buena o mala interpretación de sus actores. Los actores tienen su voz, sus gestos, elevan el tono, lo bajan, con una frase nos pueden hacer vibrar, reír, llorar, emocionarnos. Lo que no es de recibo es coger y cargarse la interpretación de un actor, sustituyéndola por otra, por la interpretación del actor de doblaje. Te cargas algo importantísimo en una película.

Así que lo siento, yo no me subo al carro del doblaje al catalán. Dando la batalla para que termine de una vez el doblaje al castellano, sólo nos faltaba eso. Con las películas en versión original apreciamos como se merece la interpretación del reparto y además abrimos un poco más la mente cateta española, nula para los idiomas, que ni acostumbrar el oído sabe.

Si quieren difundir el catalán en los cines, se me ocurren dos opciones más sensatas que andar doblando todo y jodiendo las películas:

1.- Rodar más cine en versión original en catalán.

2.- Las películas en otros idiomas, dejarlas en versión original y subtitularlas al catalán.

Los políticos son unos genios para crear cosas absurdas. De hacer algo inteligente y razonable, ni hablamos.

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Atleti – Málaga

Enero 31, 2010 · Dejar un comentario

Cuando ya has dicho tres veces en lo que va de temporada “no puede haber partido peor”, va y viene el Málaga.

Así que hoy vamos a hablar de un fenómeno mucho más interesante que el (no) partido del Atleti. Vamos a hablar de los señores que van con auriculares al estadio. ¿No es maravilloso? Hoy mi padre ha sido uno de ellos, escuchando el Carrusel Deportivo todo el rato. En el Calderón lo entiendo, porque por lo menos con las paridas de “puritos reig” te echas unas risas.

El primer recuerdo que tengo a este respecto es el de mi tío Eduardo en Mestalla, siendo yo un tierno infante. Mi tío no llevaba ni auriculares, tenía un pequeño transistor (sigue teniendo) y se lo ponía pegado a la oreja durante todo el partido, cuál rapero del Bronx.

Antes había más de esa escuela pero ahora se llevan los auriculares y los que los llevan son un gran elemento dentro del terreno de juego. Porque estás tu viendo a once patanes de rojiblanco y de repente se escucha una voz entre la masa , algo del tipo “penalty en El Molinón”. Hoy en medio de una jugada de ataque del Málaga mi padre ha soltado, muy serio “Valverde destituido del Villarreal”. Pobre Txingurri, piensas, y a lo tonto de olvidas de lo que sucede en el campo, cosa que siendo abonado del Atleti está la mar de bien.

Hay momentos más profundos, son los momentos polideportivos. Quieras que no, hay una relación bastante directa entre lo que suceda en El Molinón (o en cualquier otro campo) y nuestro destino. Pero los momentos polideportivos son grandiosos pues se empieza a escuchar un murmullo entre la grada hasta que alguien dice “Djokovic 6-4″… y te quedas más tranquilo.

Imposible olvidar un partido del glorioso Denia en nuestro particular Camp Nou, con mi primo Edu (de casta le viene al galgo) narrando para los presentes un partido de Copa Davis.

Sin duda alguna, los señores que van escuchando el Carrusel en los estadios son un gran elemento de la fauna de las gradas.

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¿Le pegaba el Arcipreste al pacharán?

Enero 29, 2010 · 2 comentarios

¡Ay Dios e cuán fermosa viene doña Endrina por la plaça!

¡Qué talle, qué donaire, qué alto cuello de garça!

¡Qué cabellos, qué boquilla, qué color, qué buen andança!

Con saetas de amor fiere cuando los sus ojos alça

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Haiku de Juliet

Enero 26, 2010 · 2 comentarios

Juliet llorando

Un fundido en blanco

Una semana

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Atleti – Celta

Enero 22, 2010 · 1 comentario

Este año no había ido hasta ahora a un partido de Copa del Rey. Pese a mi fidelidad a los colores, había tres motivos básicos: los partidos son muy tarde (manía absurda de jugar a las 22:00 entre semana, todo por la audiencia… la Champions es a las 20:45 y tiene mejor audiencia), hace mucho frío y presumiblemente el partido del día, el que sea, va a ser una castaña total.

Lo que pasa es que veía que íbamos pasando rondas (facilísimas) y pensé “al final nos eliminan y no he visto ni un solo partido de Copa”. Me imagino que ese era el destino, pasar de rondas hasta que yo fuese y así dejar la eliminatoria más jodida.

El Celta de Vigo es un equipo para hacerle un monumento. Están en media tabla de Segunda División y nos comieron de mala manera. Un tal Joselu (creo que era ese, si me he confundido que me lo avisen) le hizo cuatro, CUATRO, 4 bicicletas seguidas al fenómeno Valera.

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